II.

El príncipe Aben-al-Malek se sintió acometido por una languidez deliciosa.

Un negro murciélago, un murciélago gigantesco revolaba en torno de una de las cúpulas, descendia estrechando el círculo de su vuelo, rodeaba la cabeza del príncipe, y le halagaba, arrojando sobre él un leve y suavísimo perfume con sus alas de crespon.

El príncipe lanzó de sí aquella tentacion invocando el nombre de Dios, se quitó de sobre su espalda su arco, le entezó, armó en él una saeta que sacó de su aljaba, y cuando el murciélago se elevó, disparó sobre él y le clavó con su saeta en el artesonado de la cúpula.

Cayó delante del príncipe sobre el pavimento la sangre del murciélago en un negro chorro.

De aquella sangre se elevó un vapor rojizo é inflamado que fué condensándose hasta que tomó las formas de una hermosísima doncella, lánguida como aquel alcázar, como la ténue y blanca luz que le iluminaba, como el perfume que se elevaba de los braserillos, como la música que llenaba aquel espacio de armonía.