III.

Llegó la noche oscura y silenciosa; el lago Dembea dormia bajo su pabellon de sombra; de vez en cuando un relámpago rasgaba las tinieblas, y una caliente ráfaga iba á perderse murmurando en las quebraduras de las rocas. La ciudad y el castillo, en los cuales relumbraban algunas luces, se destacaban negros en la sombra, como un gigante de cien ojos de fuego destinado á velar sobre la naturaleza dormida.

Era cerca de la media noche: en la parte oriental del lago, en el fondo de una quebradura, situada entre dos montes, donde penetraban las aguas formando un estrecho canal, habia un hombre que llevaba en la mano una antorcha, y buscaba al parecer un lugar determinado en el reducido terreno que existia entre las aguas y la cortadura de la montaña: saltó por cima de una pequeña cerca casi arruinada, en cuyo interior crecia el espino silvestre en torno de un ciprés seco, y entró al fin en una cabaña, que por su estado indicaba un remoto abandono; clavó la antorcha en el suelo, y sentóse sobre los escombros.

Este hombre era Djeouar; pero Djeouar con su deformidad, con su miseria y su cofre de juglar. Su semblante revelaba con más fuerza que nunca las pasiones de su espíritu, y enrojecido por la luz de la antorcha, se semejaba al de un espíritu condenado. Su mirada estaba tenazmente fija en un ángulo de la cabaña sobre una pequeña prominencia cubierta de un musgo verdinegro y húmedo.

—Allí fué, murmuró el juglar; si yo me atreviese...

Un movimiento inequívoco de terror corrió por el cuerpo del juglar, motivado por el objeto que reflejaba en su pensamiento.

—Sí, es preciso, continuó; va á venir, y yo quiero oir la resolucion de su suerte de la boca de mi padre.

Tras esto, abrió el cofre y tomó de dentro de él la calavera mágica.

—¡Oh tú! dijo mirando siempre á la prominencia; ¡oh tú, que has dormido treinta años bajo el musgo de tu fosa, surge de ella como el dia en que entraste en este fatal recinto!

Apenas pronunciadas estas palabras, la tierra se rasgó en la parte donde el juglar fijaba su mirada, dejó descubierta una huesa, y del fondo de ella se levantó un hombre.

Era un jóven árabe; su traje revelaba á un jefe de tribu, y su blanco alquicel estaba manchado de sangre sobre el costado izquierdo; sus feroces ojos grises, de una movilidad extraordinaria, recorrieron en un momento el espacio abierto ante ellos, y se elevó su voz gutural, lenta y sombría entre el silencio que dominaba cerca y léjos.

—¿Quién trae á mi hijo, exclamó, hasta la tumba de su padre? ¿Por qué emplaza aquí á su enemigo en medio de la noche?

Djeouar se prosternó.

—La sangre pide sangre, contestó temblando el juglar, y la tuya reclama la de Aben-Sal-Chem.

—¡La venganza! exclamó el árabe: ¡siempre la venganza en el corazon del hombre! ¡Siempre la que se llama justicia humana pretendiendo anteponerse á la justicia de Dios! ¡Lo que está escrito se cumplirá, y el dia que ha de venir sólo Dios lo sabe!

—¡La venganza! exclamó Djeouar levantándose y encarándose á su padre; ¡sí, la venganza! Nuestros enemigos los fuertes y los poderosos cortan nuestra carne á su placer, y encarcelan nuestro espíritu á su antojo. Siervos somos de ellos, y en vano es pedir á ese Dios justicia y amparo. Rebaño sin pastor son los débiles en quien se ceba el tigre y cuya sangre bebe. ¡Venganza, sí, contra ellos, los que han vertido la sangre de nuestro padre y deshonrado á nuestra madre; los que nos han lanzado pequeñuelos y sin amparo al hambre y á la desnudez despues de haberse hartado y abrigado con nuestro pan y nuestra túnica! ¡Venganza, sí, contra Aben-Sal-Chem! porque yo soy Djeouar, tu hijo, el mendigo abandonado por Dios y protegido por Satanás.

El árabe miró severamente á Djeouar que, pasado el primer impulso de terror, sostuvo con insolencia la mirada de su padre.

—¡Hijo mio! exclamó este con amargura. ¡Es verdad que eres mi hijo, como es verdad que la desgracia y el crímen han pesado sobre mí! ¡Hijo mio, tú! ¡Sí; la justicia de Dios es incomprensible; yo habia sido ambicioso y cruel, y me castigó haciendo que tú nacieras de mí! Me castigó, entregando á mi esposa, dulce tímida paloma, en las manos de mi enemigo. Y bien; ¿qué quieres de mí, tú que te nombras mi hijo, y vienes á turbar el sueño de tu padre en su huesa de expiacion?

—Quiero derramar sobre ella la sangre de tu asesino.

—...Porque mi asesino posee una mujer hermosa á quien amas, le interrumpió con severidad el árabe; porque mi asesino te ha perseguido y te ha encarcelado, porque le aborreces, y quieres engañarte á tí propio creyendo un acto de justicia, lo que no es más que un crímen, al que unes el sacrilegio. Vuélveme á mi reposo; tu vista me estremece, y estos momentos de vida son más terribles para mí, que esa fosa fria y húmeda lo ha sido durante treinta años.

—¡Oh! ¿no quieres su sangre? pues bien, la tendrás; él perecerá aquí, y ella será mi esclava. Tienes razon, ¿qué me importas tú, ni el universo, ni los siete cielos de Dios, sin Noemi? Quiero que sea mia y lo será.

—Te engañas, miserable impío, gritó el árabe; te engañas, porque Dios no permitirá que la impureza una al hermano con la hermana... porque Noemi es la hermana de Djeouar.

El juglar lanzó una insolente carcajada.

—¡Lo sabes! es verdad, continuó el árabe; ese talisman que te ha prestado el infierno, te permite leer en el presente y el pasado; pero no leas en el porvenir... porque yo te maldigo, Djeouar, y el porvenir de los hijos malditos por su padre, es la muerte y la condenacion.

En aquel momento oyó Djeouar un ruido semejante al de una barca que choca en tierra. Animáronse sus mejillas con un fuego febril, tocó la calavera, murmuró un conjuro, y el árabe se hundió en la fosa que se cerró sobre el. Al punto un hombre, atraido por el resplandor de la antorcha, penetraba en las ruinas.

Djeouar se colocó de manera que la sombra ocultase su semblante, y se envolvió en su alquicel; el hombre que llegaba se adelantó, y la luz de la antorcha reflejó en su rostro.

Era el wisir.

—¿Estás ahí, príncipe Aben Charyarh? dijo, dirigiéndose al juglar, con un acento en cuya convulsion se mostraba el terror de su espíritu.

—Sí, contestó Djeouar, y á la verdad no te esperaba. ¡Amas demasiado á Noemi!

El acento de Djeouar era sombrío, el terror de Aben-Sal-Chem se colmó.

—¡Lo sabes! Aquí en este sitio, exclamó el wisir, le ví ante mí... estaba desarmado... se habia roto su espada luchando con los mios... tras él se agrupaban llorosos una mujer hermosa y dos niños, y el anciano emir parecia dispuesto á vender cara su vida...

—Todo lo sé, contestó con acento solemnemente marcado Djeouar; el emir sólo te dijo: «He huido por ellos», y te señaló sus hijos y su esposa.

El juglar se detuvo para observar el rostro del wisir; estaba cadavérico, sus dientes se entrechocaban y le dominaba un temblor convulsivo.

El implacable juglar, continuó:

—El emir era valiente; la mitad de su espada le hubiera bastado para cerrar tus ojos á la luz; pero tus soldados aparecieron, y una saeta se clavó en el costado izquierdo de tu enemigo. Todo acabó; la muerte fué con él.

Hubo otro intervalo de silencio más solemne que el primero.

—Mucho debes amar á Noemi, continuó el juglar, cuando arrostras por su amor tan terribles recuerdos.

—¡Si la amo! exclamó el wisir. Ella es la hurí que Dios me ha concedido, apiadado quizá de mis remordimientos, y si me engañase, su sangre caeria aquí, aunque Eblis tendiese ante ella sus alas para estorbarlo.

—Pues bien, Aben-Sal-Chem, esa mujer no te ama.

Una exclamacion, semejante á un grito arrancado por un dolor agudo, rebosó del fondo del alma del wisir.

—Esa mujer, continuó Djeouar, vendrá aquí esta noche en busca de un amante.

—¡Mientes! gritó furioso el wisir.

—Y ese amante, soy yo. Añadió Djeouar descubriéndose y colocándose de modo, que la luz de la antorcha hirió de lleno su semblante.

—¡El juglar! gritó Aben-Sal-Chem, á quien el estupor hizo retroceder aterrado:

—Sí, el juglar, contestó Djeouar adelantando lentamente y asiendo con su crispada mano un brazo de su enemigo. ¡El juglar que se venga! ¡Has colocado para mí una escarpia en las puertas de Dembea! ¡Bien, servirá para tí! ¿lo entiendes? ¡Y aquí, donde tú robaste la vida y la esposa al emir, te arrancará la vida y la esposa su hijo el juglar! ¡Porque yo soy hijo del emir de Egipto Abu-Djeouar.

—¡Hijo del emir! murmuró Aben-Sal-Chem fijando una mirada insensata en el juglar. ¡Hermano de Noemi!

—Sí, su hermano y su amante; pero ella no sabe que soy su hermano, porque tú que lo sabes vas á morir.

—No; es imposible, ella no vendrá, exclamó Aben-Sal-Chem contentando á su pensamiento dominante; ella me ama, y te desprecia. ¡Mientes, no vendrá!

Djeouar llevó entonces al wisir á la orilla del lago.

—¡Que no vendrá! dijo cuando hubieron llegado; pues bien, escucha: ¿No te parece que en medio del silencio se levanta en el lago ruido de remos, y que á pesar de la niebla se ve una luz opaca que avanza hácia aquí?

En efecto, se oia el ruido y se veia la luz; los ojos y los oídos de Aben-Sal-Chem devoraban la niebla y el silencio.

Muy pronto no pudo dudarse que una barca se dirigia á la ensenada. La guiaba un solo remero, y una antorcha clavada en su proa dejaba ver que conducia á una mujer. Aben-Sal-Chem reconoció á Noemi, dió un grito salvaje y quiso desasirse de Djeouar, pero este le sujetó, como le hubiera contenido una cadena de bronce; entonces el wisir quiso desnudar su puñal, pero se anticipó el juglar y le desarmó.

—¡Miserable asesino! exclamó luchando con la fuerza de la desesperacion, aunque inútilmente el wisir.

Djeouar no contestó; con una fuerza, que no era de esperar en él, contrahecho y envejecido por los sufrimientos, arrojó por tierra al wisir, le puso una rodilla sobre el pecho, y levantó lentamente el puñal de Aben-Sal-Chem, que cerró los ojos resignado á morir.

Pero fuese que el recuerdo de la maldicion de su padre le aterrase; fuese un sentimiento de crueldad el que le impeliese á respetar la existencia de su enemigo, bajó el puñal con la misma lentitud que lo habia levantado, y murmuró al oído de Aben-Sal-Chem estas terribles palabras:

—Vive, pero vive para sufrir como he sufrido yo; vive para ver en los brazos de otro á la mujer de tu amor.

Nada contestó Aben-Sal-Chem, estaba desmayado.

—¡Zim-Zam! murmuró el juglar.

El genio se presentó instantáneamente.

—Te he mandado esta tarde que construyeses un alcázar en el fondo del lago.

—Cumplidos están tus deseos, poderoso señor, contestó el genio.

—Que en lo más profundo de él pusieses un calabozo.

—Así es, repuso el genio.

—Pues bien, lleva á él ese hombre, añadió Djeouar señalándole el wisir, y cárgalo de cadenas.

El genio, despues de haber envuelto en su alquicel á Aben-Sal-Chem, desapareció con él hundiéndose en las aguas del lago, y Djeouar tornó á la cerca, junto á la cual esperaba Noemi envuelta en su túnica.

Djeouar habia vuelto á parecer el jóven hermoso y rico; sólo habia necesitado la deformidad para la venganza; para el amor aceptaba la belleza que debia al talisman.

Al llegar junto á Noemi asió una de sus manos, que ella le abandonó temblando, y la condujo por una abertura del vallado hasta la cabaña donde ardia aún, clavada en el suelo, la antorcha.

—Siéntate, la dijo, tendiendo su alquicel sobre las ruinas.

La jóven obedeció; Djeouar se sentó á sus piés á alguna distancia; ambos permanecieron mudos: él contemplando con avidez á Noemi; esta ruborosa y trémula, fijando su mirada en el suelo musgoso de las ruinas.

Todo contribuia á hacer solemne aquella situacion; la lobreguez y el silencio de la noche; las paredes ennegrecidas, que sustentaban aún algunas maderas cubiertas de tierra y juncos, entre los cuales brotaba el jaramargo; la antorcha, irradiando una claridad oscilante, y dejando oir de tiempo en tiempo su áspero chascarar, un conjunto, en fin, sombrío y apenador, hacia presumir la gravedad del motivo que habia impulsado á Djeouar á emplazar á aquel sitio á la mujer de su amor.

—Hubo un tiempo en la tierra de Egipto, dijo el juglar rompiendo el silencio, un valiente emir; era justiciero, aunque cruel en su justicia, y habia llegado á la edad en que las pasiones se desarrollan é inflaman el corazon. Dividia su tiempo entre el pórtico de su alcázar, donde hacia justicia al pueblo, el retiro del mirab, donde elevaba á Dios su espíritu, las arenas del desierto, donde daba caza á los leones, ó las fronteras de sus vecinos, á los cuales llevaba con frecuencia la guerra á la primera provocacion: justiciero, religioso, bizarro y prudente, era respetado por su virtud y temido por su rigidez. El califa de Damasco le llamaba Seifu-l'Islam (Espada del Islam), y sus enemigos Al-Muweiyid-Billah (Favorecido de Dios). Este hombre debia haber sido feliz, y sin embargo, no habia libado más que amargura en la copa de su destino. Niño, le habian vendido sus padres; hombre, le habian hecho traicion los que creyó amigos, y harto jóven aún, á los veinte años, habia leido todas las amargas frases del libro de la experiencia escrito por el desengaño. Esclavo, habia luchado por alcanzar una libertad adquirida á fuerza de constancia; libre y soldado, habia subido paso á paso la trabajosa pendiente de la fortuna, y cuando llegó á su colmo y pudo mirar desde la altura á que lo habia elevado la justicia del califa, el abismo insondable desde donde habia surgido hasta la cumbre del favor y de los honores, su vista sondeó aquel abismo, y en su oscuro fondo halló ultrajes que vengar, lágrimas que recoger y séres que exterminar. En aquel abismo estaba su pasado, y su pasado habia dejado huellas profundas en sus recuerdos.

Entre aquellos recuerdos se alzaba un hombre. Aquel hombre, colocado por su destino sobre la huella del emir, le habia comprado á sus padres, cuando sólo contaba diez años; le habia perseguido, cuando habia logrado huir de su padre, y cuando al frente de las tropas del califa habia recorrido triunfante las fronteras enemigas, la calumnia emanada de aquel, se habia levantado siempre entre él y su próspera fortuna. Era el mal genio que seguia por do quier al emir Abu-Djeouar.

Hubo un dia en que aquellos dos hombres se encontraron llenos ambos de odio; el uno, por una larga historia de sufrimientos y desgracias; el otro, por una envidia miserable: la lucha debia ser decisiva. Abu-Djeouar, el caudillo del califa, el guerrero de fortuna, el favorecido de Dios, envistió como un leon al miserable Muza Kelb-namir (Moisés, Corazon de Tigre), que le esperó con la traicion y la rabia del tigre. El combate fué tremendo; las aguas del Nilo se tiñeron de sangre: tres soles y tres lunas brillaron tristes y sombríos sobre el campo de aquel reto singular de hombre á hombre, y dos ejércitos poderosos, de árabes el uno, de egipcios el otro, enrojecieron sus cimitarras hasta la empuñadura, y sus lanzas hasta las manos. Y el Dios grande, el Dios de las batallas, el Dios que tiende su mano vencedora sobre los justos y los valientes, arrolló las gentes del pérfido Kelb-namir, como el viento azota las endebles cañas, y las quiebra y pasa sobre ellas. Kelb-namir y su walí Aben-Sal-Chem, que entonces contaba trece años, huyeron llevando tras sí los restos de sus huestes, y Abu-Djeouar penetró triunfante en Dembea, y sobre el alminar de la gran mezquita clavó la bandera vencedora del califa.

Abu-Djeouar habia satisfecho su odio; habia exterminado á sus enemigos; habia vencido; el califa le honró con magníficos presentes, le envió su espada y le nombró emir de Egipto.

Pero el caudillo feroz, el hombre que hasta entonces sólo habia pensado en su venganza, se encontró subyugado y vencido á la vez. Entre las esclavas abandonadas por Kelb-namir en su alcázar de Dembea, habia encontrado una hechicera doncella, hija de la Persia, de ojos garzos, cabello brillante y tez blanca. Fué la única que tuvo una mirada dulce, exenta de terror ante el emir, entre aquellas mujeres que habian huido gritando á esconderse en el fondo del harem. Abu-Djeouar la tendió la mano, y Sayaradur (Schallaradurr, Arbol de Perlas), se arrojó en sus brazos.

—¿Y quién era esa mujer? murmuró en voz casi ininteligible Noemi.

El juglar se estremeció al escuchar aquella voz tímida, pudorosa, que vibraba en su corazon llena de un poder invencible.

—Esa mujer era tu madre, contestó.

—¡Mi madre! yo nunca la conocí, repuso Noemi, cuyos ojos se humedecieron. ¿Cuántos años han sido desde que el emir conoció á la esclava?

—Treinta y dos veces el estío ha pasado desde entonces sobre el lago.

—¡Treinta y dos veces! exclamó Noemi. Yo sólo cuento doce años; antes de mí debieron venir otros.... ¿qué ha sido de mis hermanos?

—Esta es una historia triste, contestó Djeouar dominando su emocion, una historia de lágrimas para tí, y de sangre y venganza para tus hermanos. Sólo Dios sabe dónde están, añadió el juglar anteponiéndose á una pregunta de Noemi. Tal vez murieron con su padre, aquí; tal vez tu túnica cubre el sitio de la tierra sobre la cual se derramó su sangre.

Noemi palideció.

—Pero la hora de la venganza ha sonado ya. La espada de la justicia se ha levantado, y Aben-Sal-Chem ha caido.

Un grito terrible salió de la garganta de Noemi.

—Sí, ha caido Aben-Sal-Chem; el asesino de tu padre, el verdugo de tu madre, el miserable esclavo engrandecido por el crímen.

Noemi sufria herida en su corazon: aquella historia llena de crueles revelaciones, destilaba gota á gota sobre ella toda su amargura; su frente se abrasaba; sus ojos fijos iban enrojeciéndose al par que pasaba sobre ellos un velo fúnebre. Era la pantera que arrancada de su cubil pequeñuela, dulce y mansa hasta conocer su linaje, se alzaba al cabo fiera, amenazadora, imponente en su primera embestida. Era una digna hija de Sayaradur, una digna hermana de Djeouar, que observó profundamente el primer impulso de aquella mujer, en cuya alma tras tanta pureza y tanto amor, dormian una valentía y una fiereza sin límites.

Sin duda en aquella cabaña abandonada, en las orillas de aquel lago silencioso, volaba el mal genio del crímen y de la venganza; sin duda pesaba sobre ella un terrible decreto del Altísimo. Tal vez habia algo más que humano en Noemi y Djeouar.

Entrambos posaban su mirada en la mirada del otro; entrambos sentian rodar la tormenta en sus corazones, y entrambos la contenian.

—¡Aben-Sal-Chem ha sido el enemigo de mi padre! ¡Oh! ¡no puede ser! exclamó Noemi. ¡Aquí han muerto mis hermanos! ¡Y tú lo sabes! ¿Quién eres tú?

—¿Quién soy yo? contestó lúgubremente Djeouar: tanto valdria que preguntases á esas ruinas, á ese lago, á ese cielo encapotado por las tinieblas.

—Pero tu padre...

—Murió como tu madre, Noemi; murió asesinado como ella murió de vergüenza y desesperacion. Escucha: el emir amó á la esclava y la hizo su esposa, y esta amó al emir, como aman los arcángeles á Dios; los dos eran jóvenes y hermosos. El genio de la felicidad posó sobre ellos, y á los dos años despues que unieron sus destinos tenian dos hijos; el valiente emir creyó terminadas sus pruebas sobre la tierra, y que Dios le anticipaba el Edem dándole el amor de Sayaradur. Vivia tranquilo, reposando sobre sus victorias y adormido en la límpida mirada de su esposa. Pero Eblis, el espíritu terrible á quien Dios permite el mal para poner á prueba la virtud de los hombres, arrojó un dia á un mancebo ante el paso del emir.