IV.
Pero la alegría de Betsabé fué de corta duracion; palideció su frente, estremecióse como por efecto de un terror invencible, y sus ojos se inyectaron de sangre; habia resonado en su oído una voz poderosa que la evocaba, una voz que la obligaba á obedecer como la del señor al esclavo.
Betsabé obedeció, pues, y apareció ante Wahdah.
Estaba esta envuelta en la alfombra del trono de Salomon; los destellos que lanzaba el talisman la rodeaban de una clarísima aureola; su hermosura tenia doble encanto; era entonces más hermosa que Betsabé, sólo podia comparársela á una hurí.
Su ademan era imperioso; su sonrisa terrible; la mirada de sus negros ojos, radiante é intensa, se fijaba en la de Betsabé, que comprendió su destino y cayó á los piés de la sultana.
—¡Perdon! gritó la hada; no me arrojes á las tinieblas y á la desesperacion, y seré tu esclava; quítame mi poder, pero que no se levante la torre sobre el abismo.
—Lo que está escrito se cumplirá, contestó Wahdah: ¿acaso pretendias, miserable espíritu condenado, hacerte superior á tu destino?
Betsabé entregó á Wahdah el anillo cabalístico, y salió de su retrete para encerrarse en el suyo.
Aún dormia el príncipe Juzef; Betsabé se arrodilló junto á él é inundó de lágrimas su frente; era la primera vez que la conmocion hacia brotar el llanto á los ojos de aquel espíritu soberbio y rebelde; era la primera vez que un amor de mortal habia llenado su corazon. Tal vez surgió en su mente el pensamiento de suplicar á Allah, pero su soberbia le rechazó, y desesperada, con la insensatez pintada en sus ojos, se replegó en un ángulo del divan.
El príncipe Juzef dormia. Betsabé sentia pasar el tiempo con una rapidez cruel; Wahdah en tanto contaba un siglo por cada vez que la voz del muecin llamaba á los fieles á la oracion; al fin llegó la hora de alajá: la noche encapotaba el espacio, la luna habia aparecido en el Oriente. Wahdah, reclinada en el ajimez, miraba á la Colina Roja y esperaba que la luna llegase á la mitad de su curso. Al fin llegó el momento tan temido por Betsabé y tan anhelado por Wahdah; la luna tocó en lo más alto de su órbita, y la sultana volvió el sello de la sortija cabalística al Oriente.
—¡Genios, esclavos del anillo; y del sello! exclamó. ¡En nombre del alto y poderoso Salomon, á quien Allah perpetúe la gloria, edificad el castillo de la Alhambra!
Apenas pronunciadas estas palabras, nublóse la luna, giraron en el espacio millones de sonoros rumores, y en la cumbre de la Colina Roja, aparecieron antorchas sin número, á cuya luz se veian cruzar, perderse y volver á aparecer multitud de hombres.
Una niebla densa fué velando la colina y todo lo envolvió; la sultana permaneció en el ajimez; veíase aún el resplandor informe y dudoso de las antorchas, oscilando, alejándose y tornando á aparecer; al fin la luz del crepúsculo dominó aquel resplandor mate, la alborada disipó la niebla, y Wahdah vió ante sí con asombro sobre la cumbre de la Colina Roja, un fuerte castillo.
Cuatro murciélagos pasaron entonces lanzando agudos gritos por delante del ajimez de Wahdah: eran Betsabé, Djeidah, Zahra y Obeidah.
La Torre de Siete Suelos se habia levantado sobre el abismo y las cuatro hadas iban á esperar en su oscuro seno á sus amantes.
Wahdah, entregada á una alegría delirante, corrió al aposento de su esposo. Este hacia su ablucion en la misma fuente en que el dia anterior habia vertido el tósigo el príncipe Juzef A'bd-allah.
El rey la miró con semblante severo; Wahdah se prosternó ante él.
—Levántate, Wahdah, exclamó el rey: ¿por qué abandonas tu retrete, cuando no te han llamado mis esclavos?
Wahdah se levantó y extendió su diestra en direccion á un ajimez á través del cual se veia la Colina Roja.
El rey exhaló una exclamacion de sorpresa.
—¿Qué torres son aquellas, dijo, que se levantan sobre la montaña? ¿Qué alminar es aquel que se eleva hasta las nubes? ¿Y de quién aquel alcázar cuyas cúpulas de oro lanzan rayos de fuego heridas por el sol de la mañana?
Wahdah refirió al rey el orígen de Betsabé, su ambicion y su odio hácia él, y le entregó el anillo y la alfombra de Salomon.