VIII.
Los walíes de Málaga, Guadix y Comares entraron por la tierra llevando en sus algaras adelante la frontera. Acorríales el rey Alfonso X de Castilla, y una hueste poderosa amenazó los muros de Granada. El rey Al-Hhamar se vistió el arnés, reunió en torno de su bandera á sus caballeros, y salió contra los rebeldes; al pasar bajo la puerta de Bib-Al-bolut, rompióse la lanza al primer caballero que iba en los adalides, y túvose esto por mal agüero; y uno de los sábios que siempre acompañaban al rey, le dijo:
—Torna, señor, torna, que ya veo el cuervo cernerse en los aires y canta la corneja; torna porque la muerte te espera en esta jornada.
—¿Qué puede el hombre contra su destino? dijo el rey; si morir hé, ¿dónde ocultarme que la muerte no sea conmigo?
Y siguió adelante, al frente de sus caballeros.
Y á poco más de mediodía de camino, sintióse cansado y enfermo, y se detuvo y llamó á sus sábios.
Los sábios le dijeron:
—Tósigo te han dado, señor, y tus dias están contados; vuélvete á tu ciudad si quieres morir junto á los que amas.
El rey tornó hácia Granada, pero antes de llegar á la ciudad se agravó su dolencia, y alzando su pabellon le entraron en él y le rodearon todos los caballeros, así muslimes como cristianos que le seguian, y los sábios no sabian qué hacer.
A cada momento era más espantosa la lividez del rey: á medida que la muerte se acercaba, su pensamiento leia en el pasado y sólo entonces recordó las visiones que habian sido ante él en el alcázar del Destino; recordó á su hijo Juzef vertiendo el tósigo en la fuente donde hacia su ablucion, y oró á Dios por su hijo. Despues se apoderaron de él horribles convulsiones; arrojó por la boca espumosa y negra sangre, y le llegó el decreto de Dios á la hora de almagrib (puesta del sol) el dia veinte y nueve de la luna de guimada postrera del año seiscientos setenta y uno[34].
Enterrósele con gran pompa en el cementerio que él habia mandado edificar en su mismo alcázar, para sí y sus descendientes, embalsamado en caja de plata cubierta de preciosos mármoles, en que su hijo Mohamet mandó esculpir en letras de oro este epitafio:
«Este es el sepulcro del sultan alto, fortaleza del Islam, decoro del género humano, gloria del dia y de la noche, lluvia de generosidad, rocío de clemencia para los pueblos, polo de la secta, esplendor de la ley, amparo de la tradicion, espada de la verdad, leon de la guerra, sábio adalid del pueblo escogido, defensa de la fe, honra de los reyes y sultanes, el vencedor por Dios, el ocupado en el camino de Dios, Mohamet Aben A'bd-Allah-Aben-Juzef-Abem Nazar, el de Arjona, el vencedor y el magnífico; ensálcele Dios al grado de los altos y justificados, y le coloque entre los profetas, justos, mártires y santos. Fué su tránsito, dia veinte y nueve de la luna guimada postrera, año seiscientos setenta y uno. ¡Alabado sea aquel cuyo imperio no fina, cuyo reinar no principió, cuyo tiempo no fallecerá, porque no hay más Dios que él, el misericordioso y clemente!»