EPÍLOGO

I
EL ASESINATO

TRES meses y veintiún días después de los últimos sucesos, es decir, el 6 de abril de aquel mismo año, un extenso y pintoresco campamento se levantaba frente al castillo de Chalus, en el Limosin. Pero como sin duda saben nuestros lectores que esta es una provincia situada en el centro de Francia, nos vemos precisados á decirles por qué abandonamos á Londres y le llevamos á un campamento; para ello nos bastan pocas palabras: aquel campamento pertenecía al ejército de Ricardo Corazón-de-León.

Y no se crea por esto, que se había levantado contra Felipe Augusto aquella inmensa línea de tiendas, entre las cuales se veían á la débil luz del amanecer los bruñidos petos y las altas picas de los despiertos centinelas, guardando otra tienda mayor, sobre la cual ondeaba un pendón rojo; ni que era el monarca francés quien aguardaba en un magnífico castillo, situado sobre una eminencia á un tiro de ballesta del campamento.

Cierto es que Felipe Augusto, según había previsto el obispo de Eli, demandó á Ricardo Corazón-de-León pleito homenaje por los estados de Guiena, Poitú, Normandía y Aquitania; pero Ricardo contestó poniéndose al frente de sus normandos, y yendo con la pujanza de la fiera cuyo nombre llevaba, á embestir en el ejército de Felipe que se hallaba en Saintonges, y avistándole en Niort, le obligó á declararle único y libre señor de las provincias, por las cuales le exigía pleito homenaje. Desde entonces Ricardo y Felipe eran en apariencias los amigos más afectuosos, aunque no por eso dejaban de detestarse recíprocamente.

Por lo que Ricardo llevaba sus armas sobre la faz de Francia, era un asunto puramente señorial. Había heredado de su madre la Aquitania, llevada por ésta en dote á Enrique II, y era por tanto señor natural de Limosin, y de su capital Limoges, cuyo conde era fama había encontrado la noche de Navidad de 1193, un tesoro cuyo valor ascendía á diez millones de florines. Ricardo exigió al de Limoges una parte exorbitante del tesoro; el de Limoges negó su existencia, pero añadió de la manera más insolente, que aunque fuera cierto, ni un florín suyo entraría en las arcas del rey de Inglaterra; y este juró al oir esto, de la manera más segura, que el cráneo del conde le había de servir para medida de los diez millones de florines. Pensar y hacer eran en Ricardo dos cosas iguales; aprestó sus normandos, embarcóse, y entró en Francia por la Mancha. Un día al amanecer, el conde de Limoges vió una elevada tienda coronada por un pendón real, y en torno de ella acampado todo un ejército; aquel día era el 6 de abril de 1194.

Algún tanto preocupado y temeroso el conde, ocupábase en consultar en consejo á sus capitanes el partido que debería tomar, cuando sobre las torres del castillo sonó el toque de una corneta, y el alcaide entró diciendo que dos soldados demandaban hablar particularmente con el conde. Este mandó que fueran introducidos al momento, y en efecto, dos hombres cubiertos con tabardos y las viseras caladas sobre los ojos se presentaron demandando se les señalase un puesto para batirse en defensa del señor de Limoges contra el rey de Inglaterra.

El uno de ellos llevaba una ballesta y tres venablos: adelantóse, y dijo mostrando sus armas:

-Juro por los Santos Evangelios dar muerte al rey después de vencerlo; este, dijo mostrando uno de sus venablos, hará caer uno de sus más cercanos servidores; este, y mostraba un segundo venablo, herirá su caballo y le hará rodar por tierra; este otro se clavará en su pecho y le matará.

El conde de Limoges hizo un ademán desconfiado é incrédulo; pero el hombre que tal había jurado, llegó á una ventana, tomó una flecha del talabarte de un arquero, y señalando á la tienda real dijo:

-¿Véis la enseña del león tremolando sobre su guarida? ¿Si hago rodar esa enseña creeréis que del mismo modo podré herir al rey?

El conde y sus capitanes se acercaron á la ventana, sorprendidos por tan atrevida prueba. Aquel hombre armó la flecha en su ballesta, apuntó y disparó; el arma hendió los aires silbando, é instantáneamente el pendón cuya asta había sido cortada, rodó hasta el suelo, cayendo delante de la tienda.

-Es una casualidad, dijeron simultáneamente algunas voces.

El que tanta destreza había mostrado, tomo otra flecha, y apuntó á uno de los centinelas del campamento enemigo; un instante después el normando cayó como si le hubiera herido un rayo.

Este doble incidente produjo un movimiento hostil en el ejército de Corazón-de-León. Las tiendas se plegaron desapareciendo en un momento, y sólo se vió en su lugar una extensa línea de yelmos y picas, sobre las cuales reflejaban los primeros rayos del sol; línea que avanzaba rápidamente con las picas al hombro, arrojando nubes de flechas sobre el castillo, al son de las trompetas y de los timbales, desfilando como una serpiente, y circunvalando los fosos. Bien pronto el castillo de Chalus estuvo sitiado, y la catapulta empezó á batir sus muros.

Las almenas estaban cubiertas de archeros que arrojaban sobre el ejército sitiador una granizada de venablos, hiriendo á la descubierta á los normandos, que caían con una frecuencia que hacía rugir de rabia á Corazón-de-León.

Cabalgaba éste en un soberbio corcel con gualdrapas de batalla, ennoblecidas con el blasón de los Plantagenet: llevaba la misma armadura dorada con que entró en Londres, y bajo ella ceñía una fuerte loriga. Junto á él, armado de todas piezas, cabalgaba Ricardo Espada-larga á su derecha, y á su izquierda el conde de Surrey llevaba el pendón real.

-¡Adelante, tigres míos, gritaba el rey blandiendo su hacha de armas, y recorriendo al galope su línea que seguía avanzando; ¡adelante la normandía! es necesario que ahorquemos á esos perros franceses.

Los normandos adoraban al rey, si bien no le llamaban más que su duque; pero su duque era invencible cuando se ponía á su cabeza, cuando les aguijaba como un cazador aguija su jauría.

El ardor de los normandos era terrible; entraban sin detenerse un punto al paso de carga, sufriendo los disparos del castillo, y dejando tras sí un rastro de sangre y de cadáveres.

No se oía más que un solo grito:

—¡Salud al duque de Normandía! ¡A Chalus! ¡A Chalus!

Y entraban cada vez con más ardor, estrechando el círculo, á la carrera, con los escudos al pecho y las picas al hombro.

De repente la corneta del rey tocó alto, y aquella valiente muchedumbre se detuvo á un mismo tiempo sin adelantar un solo paso.

Se había abierto la puerta del castillo, dando salida á una pequeña cabalgata, entre la cual ondeaba un pendón blanco, y que adelantó á la carrera llegando junto al rey, el cual se había adelantado algún tanto á los suyos, acompañado de Espada-larga y del conde de Surrey.

Los que venían del castillo, echaron pie á tierra, y doblaron la rodilla ante Corazón-de-León, á quien uno de ellos se dirigió.

—Señor, dijo mostrándole un ramo de oliva; mi señor natural, el noble conde de Chalus, me envía á hacer proposiciones de arreglo á vuestra alteza.

El rey lanzó una mirada iracunda al mensajero, y señalando los cadáveres de los normandos, gritó enfurecido:

—Es ya tarde: decid á vuestro noble señor, que Corazón-de-León no se allana á admitir proposiciones de un vasallo rebelde, y que si al momento no me abre Chalus sus puertas, no dejaré piedra enhiesta en sus muros, ni cabeza en los hombros de sus defensores.

—Cuando el conde, mi señor, contestó el enviado, negó á vuestra alteza la pertenencia del tesoro encontrado en sus Estados, no disputó más que un derecho; nunca pensó defenderlo con la fuerza, y sólo tomó las armas cuando entró vuestro ejército á sangre y fuego, talando sus tierras. Nada han respetado vuestros soldados, y un terrible azote á caído sobre el Limosin; el conde, mi señor, por la vida de sus vasallos, que también lo son vuestros, me ha enviado á vuestra alteza con un ramo de pacífica oliva; pero ha arrojado la vaina de la espada para defender á todo trance su blasón coronado de conde.

—¿Eso es decir, gritó furioso el rey, que vuestro amo me da á escoger la paz ó la guerra?

—¡Señor!

—¡Basta! Cuando un vasallo rebelde como vuestro conde se atreve á empuñar las armas contra su señor natural, en vez de admitir su guante, se envían cuatro archeros acompañados de un verdugo, para que quiebre su espada y rompa su blasón; se le hace subir á una horca, y se le cuelga en ella para aviso de los traidores. ¡Idos!

-¡Señor!

-¡Idos! ¡por San Jorge! gritó el rey lanzando sobre él su caballo, y levantando el hacha de armas.

Los mensajeros del de Limoges, tuvieron por conveniente cobrar sus bridones y escapar; el rey dió la señal de arremeter; los que huían, entraron en el castillo acompañados de un vendaval de flechas.

Casi al mismo tiempo, aparecieron sobre la solitaria plataforma del torreón más avanzado dos hombres; el uno de ellos, permaneció inmóvil, el otro armó una ballesta, y apuntó; el venablo se clavó rechinando en el escudo de Espada-larga.

-¡Ira de Dios! Surrey, exclamó el joven; que Dios no me salve si aquellos dos hombres no son los que continuamente nos persiguen.

En efecto, un mes después de la llegada del rey á Londres, dos hombres le habían acometido para asesinarle; pero frustrada la tentativa, lograron huir; lo mismo había acontecido respecto á Espada-larga y á Surrey, que donde quiera que estaban, tenían ocasión de ver á aquellos dos miserables asesinos, pagados sin duda, y á quienes el diablo debía proteger, puesto no había sido posible haberlos á las manos.

Una descarga de flechas fué á estrellarse sobre las almenas del torreón donde aquellos dos hombres estaban, pero sin herirlos; el que había disparado el primer venablo, armó otro, y el caballo del rey cayó rodando por la arena; el rey se levantó empolvado, frenético, rechinando los dientes y lanzando llamas de cólera por los ojos.

Las flechas pasaban espesas como el granizo junto á los dos temerarios del castillo, y siempre sin tocarlos. En fin, el que tan buen tirador era, armó el tercer venablo; Corazón-de-León dió un grito, y cayó entre sus caballeros: el venablo le había herido en el hombro izquierdo atravesando el escudo, la coraza y la loriga; en el asta del venablo estaba atado un pergamino; el rey le arrancó y le leyó.

—«Corazón-de-León, decía; yo soy el marido de tu hermana; yo el que mandaste poner en el tormento; yo soy el sentenciado por tí y salvado por Satanás para esterminarte; soy Adam Wast, y mueres á mis manos, porque el venablo está emponzoñado.»

Los caballeros lanzaron un grito de venganza; el rey quiso montar á caballo, pero no pudo, y fué necesario conducirle á su tienda.

El castillo fué asaltado, por los furiosos normandos que pasaron á cuchillo á sus defensores. En vano Ricardo Espada-Larga buscó al asesino de su hermano; no le halló ni entre los prisioneros ni entre los cadáveres.

Cuando volvió á la tienda real, Corazón-de-León había muerto.

El rey gigante en valor, el rey aventurero, el rey indomable, había perecido, como su padre, á manos de la traición.

Agiab había cumplido su juramento á Guillermo de Longchamps, Obispo de Eli y canciller de Inglaterra.

Corazón-de-León fué enterrado en la abadía de Jontevraud.

FIN

ÍNDICE

Págs.
[I].Los hermanos de la niebla,[5]
[II].El hermano del verdugo,[35]
[III].Principios de aventura,[47]
[IV].De lo que encontró Dik, cuando menos lo esperaba,[55]
[V].Lady Ester,[67]
[VI].Una traición involuntaria,[89]
[VII].Un motín.-Un florín por una cabeza,[105]
[VIII].Un instrumento roto,[115]
[IX].Una sorpresa,[127]
[X].Medidas preventivas,[137]
[XI].Principios de revelación,[157]
[XII].El rey se vende,[175]
[XIII].Agiab,[183]
[XIV].El verdugo de la Torre,[191]
[XV].El príncipe Juan,[195]
[XVI].El conde de Salisbury,[205]
[XVII].La sala del tormento,[217]
[XVIII].En que el rey encuentra otros dos hermanos,[227]
[EPÍLOGO].—El asesinato,[241]
OBRAS DEL AUTOR
SALOMÉ, un vol. 1 peseta.
AMPARO (Memorias de un loco), 2 pesetas.
PRÓXIMA Á PUBLICARSE
LA HISTORIA DE UN HOMBRE CONTADA POR SU ESQUELETO.