III

Cuando salió Monsalvat del cabaret era la una. Apenas puso un pie en la vereda, el frío, que esperaba a la puerta como un ladrón, le saltó a la garganta y al rostro. Se abroqueló con el cuello del sobretodo y echó a andar lentamente. Su paso vacilaba un poco, y su mirada, siempre en el suelo, avanzaba por la vereda sin desviarse, como siguiendo un riel. En la primera esquina se detuvo un instante, pensando.

Pasaba gente. Salía de los espectáculos retardados y de los cafés. Tranvías atestados, carruajes, automóviles. La calle,—viviendas familiares, comercios dormidos, estaba pobre de luz. En los puntos más negros, mujeres solitarias y anhelantes esperaban escondidamente el paso de los hombres. Monsalvat siguió una cuadra hacia el sud, por la calle en sombra, hasta que le envolvió el polvillo de oro del barrio luminoso. Las inmensas vidrieras de los cafés exhibían multitud de mesitas y de bustos humanos, bajo una espesa humareda de cigarrillos, ardientes ondas de luz y densas marejadas de tango. En las esquinas de las calles, restos de aglomeraciones se estaban ahí estúpidamente. Mujeres de ojos ágiles, algunas lindas y elegantes, torcían hacia las sombras, encabezando pequeños grupos de hombres, dispersos y disimulados. Bocinas de automóviles, conversaciones en todos los idiomas. El timbre de un tranvía detenido acribillaba la noche, impacientemente, con pinchazos sonoros. Pero a pesar de toda la vida y la luz del barrio, ya no duraban en su integridad ni el ansia de vivir ni la energía de las primeras horas nocturnas. Aquel sobrante vital, que aún se retardaba, apegado a su noche como a un vicio, difundía en la calle una invasora sensación de cansancio.

Monsalvat seguía caminando. Insensible a la vida de aquellas calles luminosas, no veía sino sus propios sufrimientos. Iba cada vez más lentamente, como quien apenas puede andar porque lleva una agobiante carga de sensaciones dolorosas. Quería ordenar estas sensaciones, quería recordarlo y comprenderlo todo; pero no lograba sino exasperar su dolor y aumentar el peso de su carga. Sufría como jamás había sufrido. Hasta el imaginar las mutuas miradas con Nacha le hacía sufrir, pues la veía desgraciada, víctima de su urgencia de vivir y de la ajena perversidad; desleal y mala para con él, que la defendiera. Le hacía sufrir el recordar sus momentos desesperados, cuando se sentía incapaz, cobardemente incapaz de librar a Nacha de los ruines que la humillaban; el recordar sus momentos de dolor al mirar tanta tristeza en un ser humano. Le hacía sufrir el pensar en aquel minuto de angustia, cuando sintió que una cosa desbordante, imperativa, enorme, crecía en su alma y en su corazón, le arrancaba del asiento, le empujaba hacia los miserables que maltrataban a Nacha, y penetraba todo su ser de un coraje desconocido. Y sobre estos dolores multiformes, le hacía sufrir abrumadoramente, destacándose por encima de todos, haciéndolos más intensos y más crueles, ennegreciendo su vida, el recordar que había conocido al hombre que engañó a su hermana, a aquel Dalmacio Arnedo que había tal vez llevado a la depravación a la infeliz Eugenia Monsalvat; el recordar que había soportado su nombre, sus ojos y sus burlas; el recordar su angustia cuando la perdición de Eugenia; y más que nada, el recordar lo poco que hizo por educar a su hermana menor que él, lo poco que hizo por salvarla cuando fué perdida y lo poco que hizo hasta entonces por encontrarla, por arrancarla de la infamia en que tal vez vivía.

Caminaba lentamente, por la calle luminosa, cuando sintió que le tocaban un brazo. Era Amílcar Torres.

—Dos palabras, Monsalvat. Entremos aquí, ¿eh?

Penetraron en un café inmenso. Una orquesta de señoritas, con la sensibilidad lánguida de su valse tzigano, endulzaba las miradas de los hombres y les hacía entreabrir las bocas beatíficamente. Torres y Monsalvat se sentaron.

—Yo fuí quien dió parte a la policía—dijo Torres, marcando sílaba por sílaba, con acento muy expresivo, exageradamente enérgico, y sonriendo luego de pronto, con afectada malicia.

Era médico, y parecía un moro con sus encrespados cabellos negros, sus cejas retintas, sus ojos muy oscuros y adentrados y sus dientes blanquísimos. Llevaba un bigote espeso, de guías cortadas. Sonreía siempre, unas veces con tristeza, otras con ironía, otras con adoptada malevolencia.

Monsalvat no contestó. El médico cambió de postura, colocándose de lado. Montó una de sus largas piernas sobre la otra, de modo que ambas, sobresaliendo del territorio que podían naturalmente ocupar, obstaculizaban el tránsito.

—Y he venido siguiéndolo—dijo, torciendo la cabeza para hablar de frente a Monsalvat,—porque es indispensable que le advierta una cosa. Cuidado con esa gente, ¿eh? ¡Si los conozco! ¡Capaces de asesinarlo! Y he visto que... usted... y la muchacha... ¿eh?

Hizo un gesto señalando sus ojos y los de Monsalvat. Nuevamente había pasado de la expresión enérgica, un poco exaltada, a una expresión sonriente y maliciosa. Y vuelta la cabeza a su posición primera, obligado así a mirar de reojo, agregó:

—No niegue, hombre. ¡Si he visto todo! La muchacha es linda, no hay duda. Pero... cuidado, ¿eh? Lo pueden saquear...

—¿No estará exagerando usted, Torres? A mí me parece que la muchacha no es de ésas que...

—Que... ¿qué?—preguntó el médico, mirando siempre de reojo y sonriendo burlonamente.—No la conoce.

Y en seguida se colocó de frente a Monsalvat. Adoptó un rostro colérico, y con acento misterioso y grave, como quien hace una afirmación transcendental, pronunciando señaladamente cada sílaba, exclamó, mientras levantaba la mano derecha y movía el dedo índice en el aire:

—Por ésa... ¿eh?... ¡se ha hundido más de uno!

Y retornó a su anterior postura cómoda, con aire indiferente y filosófico.

Monsalvat no creía. Los dulces ojos de Nacha negaban esas miserias de que hablaba Torres. Pero, ¿y si fuese verdad? Ansiaba saber, necesitaba saber. Cada segundo que iba pasando, crecía en él una pasión de saber. Sin embargo, no preguntaba nada. Torres le adivinó sus deseos, y, feliz de mostrar su sabiduría en vidas ajenas, habló largamente de Nacha y de su amante.

—Ese Arnedo, el Pampa, como le dicen, es de avería. Tipo de meter bala y falsificar firmas. Se ha escapado raspando, dos veces, de ir a la cárcel por estafador. Y usted ha visto cómo trata a su querida, ¿eh? La tiene dominada. Un tirano. Un salvaje. Pero... le deja un poco de libertad para que... ¿eh?... para que ella enamore a individuos con plata. Después, por medio de ciertas combinaciones... ¿eh?... ¿me comprende?... le sacan a la víctima los pesos que quieren. No se asombre. Estas mujeres...

—¿Cómo se llama ella? ¿Quién es?—interrumpió Monsalvat, disgustado de oir aquellas cosas, temiendo que su amigo continuase refiriendo monstruosidades en las que él no podía creer, no quería creer.

—Su nombre de guerra es Lila, y se llama Ignacia Regules. Nacha Regules le dicen. La madre tenía una pensión de estudiantes, que todavía existe. Yo la conozco a la madre, porque una vez...

—Cuénteme de Nacha, mejor.

—Ah, quiere saber su historia, ¿eh? ¡Cómo le interesa!—dijo el médico socarronamente y gozándose en la curiosidad de su amigo, sonrosado de mostrar tanto interés por una muchacha de la vida.—Le contaré algo de lo que sé. Pero no todo, ¿eh? Lo más interesante lo reservo. Bueno. El caso es que Nacha, en la pensión, se enamoró de un estudiante. Huyó con él de la casa. Una barbaridad, porque allí mismo hubieran podido... ¿eh?... El tipo la usó dos años, creo. Después la abandonó en un estado que... ¿se da cuenta? Nacha fué al hospital. El hijo nació muerto. Al salir del hospital entró ella en una tienda. Quería ser honesta. Pero usted sabe lo que pagan las tiendas, ¿eh? Una miseria. Y hay las multas. Y hay también el gerente que exige... ¿comprende? Total, que con estas cosas y el mal ejemplo de algunas compañeras, acabó por frecuentar ciertas casas donde ganaba diez veces más que en la tienda y con un trabajo... ¿eh?... relativamente fácil y agradable...

Y guiñaba un ojo, mirando a Monsalvat.

—Y usted, ¿cómo sabe esas cosas?

—Ah, eso no se dice...

Nacha había sido amiga de un íntimo de Torres. Una vez que él la atendió como médico, ella le contó su historia. Pero Torres, misterioso, lleno de cábulas, un poco mistificador, gozaba en ocultar sus fuentes informativas. Así creía dar más valor a sus noticias, y saboreaba el placer, para él exquisito, de intrigar a su interlocutor.

Monsalvat no había cesado de remover sus sufrimientos. Miraba a su amigo con fijeza, miraba hacia la orquesta, dejaba a sus ojos recorrer las caras de los desconocidos que le rodeaban. Pero en su lugar veía a su hermana, seducida y abandonada, prostituida tal vez; veía a su madre, llorando su propia ignominia y la de su hija; veía a Nacha Regules, bajo la garra brutal del Pampa Arnedo; se veía a sí mismo feliz, viajando, conquistando bellas mujeres, escribiendo artículos, o en el Club o en una fiesta, mientras Eugenia Monsalvat caía cada vez más abajo, se vendía al primer pasante, y mientras millones de mujeres padecían idéntica miseria; y veía al mundo de los bienhallados, insensibles a la tortura eterna de los de abajo, orgullosos de su dinero, de su fácil virtud, robando a los pobres sus mujeres, comprándoselas, pervirtiéndoselas, y gozando egoístamente de sus placeres, al mismo tiempo que sus hermanos los pobres, hombres como ellos, seres que han de morir como ellos, seres con una alma como la de ellos, sufren tormentos espantosos, bajo los tentáculos de aquellos monstruos apocalípticos que se llaman el Hambre, la Miseria, la Prostitución.

—¿Y después?—exclamó Monsalvat, notando que Torres le observaba, y deseando saber la vida de Nacha, toda la vida de esa mujer que en aquellos momentos imaginaba como un símbolo de las desgraciadas.

—¿Después? Dejó la tienda. ¿Y sabe por qué? ¡Porque quería ser decente! Decente... ¿eh? Se ocupó entonces en trabajos más modestos, no recuerdo cuáles, hasta que fué a dar a un café-concierto como camarera. ¡Fíjese! Decente y camarera... ¿Se da cuenta?

Monsalvat, sombrío de sufrimiento, casi mudo de indignación contra la sociedad, insinuó que tal vez Nacha fuese buena. Su deseo de trabajar y ser honesta demostraba algo en su favor.

—¿Buena? Sí, todas son buenas, casi todas. Se las juzga mal a estas infelices. Yo las conozco, ¿comprende?, y puedo asegurar que tienen corazón. Si hacen maldades es inconscientemente, sin saber... Y sus ideas morales son a veces elevadas. Elevadas, así como lo oye...

Ahora Torres ya no sonreía. Sin duda se habían metido en su espíritu, desalojando su aparente y superficial escepticismo, algunos recuerdos de los innumerables que tenía del mundo de las tristes, algunos recuerdos de bondades, de extrañas lealtades, hasta de heroísmos: oscuros, silenciosos y bellos heroísmos.

Ante los ojos de Monsalvat estaba Nacha. Allí estaba exigiéndole que fuera a salvarla. Y él la salvaría de su vida lamentable, de sus horas futuras y del recuerdo de sus horas pasadas. En su espíritu se instaló el deber de hablar con ella. ¿Cómo la vería? ¿Dónde? ¿Para decirle qué? Lo ignoraba. Pero él la vería, él la salvaría. Y la salvaría no sólo por ella, no sólo porque era un pobre ser humano desgraciado, no sólo porque era linda y se había mirado con él. La salvaría por su hermana, por él. Sí, por él mismo.

—Son simples víctimas estas infelices—agregó Torres.—Nacha me contó una vez que en la tienda, en las fábricas donde trabajó, en las oficinas donde pedía empleo, en todas partes, los hombres la perseguían. Y es que nosotros los hombres... ¿eh?... somos todos, hasta los que parecemos decentes, unos vulgares canallas. ¿No le parece, ché? Y dígame si una mujer que apenas gana para comer, que vive miserablemente, puede resistir a la tentación de un individuo amable, tal vez buenmozo, que le ofrece sacarla del infierno en que vive... No, ellas no tienen la culpa...

Monsalvat, ahora, veía al mundo como un astro siniestro, poblado por seres infames. Todo era negro, horriblemente negro; un abismo de perversas sombras. Él mismo era un criminal. Había seducido, había comprado caricias con recomendaciones y favores. Comprendía que era un canalla, tal vez como aquel vecino, y como el otro y como todos los hombres que allí estaban y como todos los hombres del mundo. Aquella modistilla que sedujo, aquella obrerita que fué su amante, ¿serían también rameras, más o menos disimuladas? ¿Y por culpa suya? ¿Se venderían también? ¿Habrían perdido todo derecho al aprecio del mundo, todo derecho a ser personas, todo derecho a ser compadecidas? ¿Y por culpa suya? Se despreció a sí mismo enormemente, y este desprecio le hizo soportable su dolor.

Mientras tanto, el valse de La viuda alegre flotaba lánguidamente sobre la espesura del aire, como tules sinuosos, ondulantes, armoniosos, luminosos, casi impalpables. Pero a Monsalvat aquella música se le envolvía a su cuerpo, se le envolvía hasta el infinito, como una venda interminable, como una venda que cada vez le oprimía más y que aumentaba sus sufrimientos traidoramente. Una melancolía de placeres mundanos se desflecaba de cada frase musical, de cada compás, de cada nota, para derramarse sobre el aire espeso del local. Siempre a Monsalvat le tornaron triste estas músicas de los bares y de los cafés, pero esa noche todo su ser llagaba, y los tules flotantes de aquellas melodías herían su alma lamentablemente.

—¿Y después?

Torres, que había callado, contestó a la pregunta casi mecánica, casi inconsciente de su amigo, refiriendo cuanto sabía de Nacha. La unión con un poeta bohemio, un muchacho romántico, Carlos Riga. La miseria espantosa, el alcoholismo de Riga, el abandono por Nacha, que no soportaba el hambre y que creía perjudicar al amante, quedando a su lado. Luego, el convencimiento de que era inútil querer ser honesta. La prostitución disimulada: dos meses con uno, seis con otro... Hasta que un día aceptó la idea de que viviendo con uno sólo, era infiel a Riga, al que adoraba. Y se entregó "a la vida", frecuentó las casas de citas. En una casa la encontró Arnedo. Bonita, inteligente, con mucho trato adquirido en "la pensión" de su madre, con cierta cultura que se le pegara cuando vivió con el poeta y entre muchachos escritores, Nacha era un tesoro para el Pampa, que deseaba una querida que luciese.

—¡Qué tristezas!...—exclamó Monsalvat lúgubremente.—¿Y habrá muchas como ella que...?

—¡Miles y miles! Lo sé porque soy médico. Médico de policía, ¿comprende? Y mi tesis, ¿eh? fué precisamente sobre prostitución.

Habló del tema, con los detalles más horribles. Monsalvat, que lo ignoraba, tenía sus ojos, sus oídos, sus sentidos todos, su alma entera y todo su cuerpo, ávidamente, en las palabras del amigo. Torres habló de las prostitutas vergonzantes, perdidas por el hambre; de aquéllas otras, víctimas de la maldad humana y de las preocupaciones morales: del novio que las sedujo y de la feroz moral paterna. Habló luego de las otras, las desdichadas convertidas en cosas, sin personalidad, sin alma, sin libertad. Esclavitud monstruosa, bajo la avaricia del traficante y de "la patrona". Esclavitud en la degradación obligatoria, sometidas las tristes mujeres a suplicios enormes. Esclavitud aceptada por la sociedad y por el Estado y protegida por las policías. Habló Torres de cómo los traficantes engañaban a las muchachas en Austria o en Rusia, llegando hasta casarse y traer la esposa virgen a Buenos Aires, para obtener de su venta un mayor precio; de cómo las mujeres eran vendidas a otros traficantes en pública subasta; de cómo estos hombres ganaban millones, tenían clubs, daban varios miles de votos a los políticos y se codeaban con personajes; de cómo las mujeres eran violentadas, atormentadas, y de cómo Buenos Aires era un vasto mercado de carne humana.

Monsalvat no podía hablar. Pensaba en su hermana, imaginaba su vida. Veíala abandonada, luchando por no caer, cayendo quizá. Veíala luchando de nuevo, por no caer más abajo. Y hundiéndose al fin en el lodo, tal vez bajo la garra de los traficantes; torturada, esclavizada, muerta... No podía hablar Monsalvat. Inmóvil seguía oyendo, seguía viendo. El mundo era una pesadilla lúgubre. Al cabo, pudo decir, balbuciente:

—¿Y qué se hace para remediar...?

—¿Qué se va a hacer? Nada. Sería preciso deshacerlo todo. Construir de nuevo la sociedad...

Y entonces Monsalvat, oprimiendo con fuerza extraña un brazo de su amigo, con los ojos húmedos de emoción, con la voz solemne de los grandes momentos, dijo lentamente, firmemente:

—Pues se deshace todo, se destruye todo... ¡Y se levanta una nueva sociedad!

Torres asintió con su expresión, sugestionado por la fuerza moral que sentía en Monsalvat, por el ambiente de emoción que acababa de crearse entre ellos, por aquel gran Bien y aquella gran Bondad que hablaban las palabras y los ojos del amigo. Asintió... Pero en seguida vino la reacción. Se defendió en su interior contra el lirismo ingenuo de Monsalvat. Miró a su alrededor. Volvió enteramente a la realidad. El hombre instintivamente generoso desapareció. Surgió el hombre de mundo, el hombre como todos, el hombre formado por las ideas y los sentimientos de todos, que empezó a encontrar ridículo todo aquello: Monsalvat, sus palabras, sus quijoterías, su dolor por cosas irremediables, aceptadas, sancionadas, necesarias. Surgió en seguida, casi encima, el médico. ¿No era todo eso cosa de nervios, de desequilibrio? Y dijo, escéptico, superficial como antes:

—Es un problema complejo, sin solución...

Monsalvat no le oyó. No oía sino una voz milenaria que le gritaba su culpa propia, su parte de culpa en el gran crimen social. Una campana lúgubre, hueca, desesperada era su corazón. Sus ojos veían el mundo como un escenario trágico. La tragedia de su madre, primero: de su madre engañada, sufriendo toda su vida, haciendo desgraciados a sus hijos. La tragedia de su hermana, luego. La tragedia de Nacha, después. Y como un coro lamentable, como un coro eterno, el coro más doloroso, más horrible, los llantos de las desgraciadas, los llantos de sus padres y sus hermanos, los ayes de sus hijos suprimidos, los gritos de la vergüenza, los clamores del hambre.

—¿Qué le pasa?—le preguntó Torres.—Será mejor que nos vayamos. Son las tres de la mañana.

Monsalvat accedió a marcharse. Dijo no sentirse bien. Se despidió de Torres, que iba hacia el norte, y él bajó hacia el sud, hacia la Avenida de Mayo, donde vivía.

En cuanto llegó al hotel, se acostó. Pero no durmió en toda la noche. Sin saber por qué, recordaba la matanza de los proletarios en la plaza Lavalle, y su canción se mezclaba molestamente, quitándole el sueño, con uno de los tangos del cabaret. Después, en una especie de semisueño, fué una cabalgata de imágenes espantables, un gemido aullante que se acercaba y crecía y se acercaba cada vez más, y era el gemido de la humanidad sufriente. Ya de día, dormitó unos instantes; pero esta sombra de sueño le trajo una pesadilla que le atormentó el corazón. Un fantasma monstruoso, cubierto de oro, sedas y piedras preciosas, y con unas fauces de bestia apocalíptica y unas garras trágicas, estaba allí, en su cuarto. Apenas cabía. Se acercaba a la cama, abría sus fauces, iba a devorarle. Y ese monstruo de vientre repugnante, donde yacían infinitas generaciones de los tristes del mundo, era la Injusticia Social.

Monsalvat se levantó tarde. Estaba tranquilo. Sentía una nueva vida en él. Las cosas todas tenían una nueva vida, un nuevo sentido. ¿Cuál era la nueva vida? Lo ignoraba. Pero sabía que en su interior comenzaba a crecer ahora una gran claridad.

Almorzó y salió a la calle. Pensó, sin decisión, en ir a casa de su madre. Pero caminando, caminando, sus pasos le llevaron en dirección distinta. Iba distraído, impregnado su espíritu de serenidad. No advertía por cuáles calles andaba. Cuando se enteró, vió con asombro que estaba a pocos metros de la casa de Nacha. Atribuyó el hecho a una voluntad del destino, y sin vacilar, con calma, seguro de que hacía una cosa buena, entró en la casa.