XXIV

La desaparición de Nacha causó a su hermana un colosal disgusto. Faltóle tiempo para desacreditarla entre los pensionistas, contando su historia y hasta inventando lo que no existía. El paisano, furioso, se creyó engañado y vejado. ¡Con razón desconfiaba él de los puebleros! Y se marchó de la casa, de bombacha y bota de potro, como el día de su llegada, imaginando vengarse así de Cata y de su hermana, de los estudiantes que ahora lo "titeaban" impunemente, y de todas las gentes de la ciudad.

Pocos días después de haber tomado una pieza en la misma casa donde Monsalvat vivía, Nacha escribió a su hermana. Decíale que no temiese ser comprometida por ella, pues su deseo de alejarla estaba realizado; aunque de otra manera que casándose con el paisano y yendo a vivir en una estancia. Podía Cata quedarse bien tranquila y asegurarse a su médico. Ella no la molestaría, no la vería más si se lo reclamaba. En cuanto al paisano, rogaba a Cata que, para aplacarle, echase a ella toda la culpa, que la desacreditase cuanto quisiera, que hasta le atribuyese únicamente a ella el plan de aquel noviazgo. De este modo, Cata se lavaría las manos y el hombre podría continuar en la casa. Nacha hubiera deseado pedirle perdón al pobre hombre, explicarle su caso. Pero pensó que ni el hombre ni tal vez nadie la comprendería, y prefirió que la odiara.

Nacha había conseguido, de aquel abogado que la protegiera desinteresada y honestamente, algún dinero que le devolvería apenas se vendiese la casita de Liniers al dividirse la herencia. Pagó los meses que debía Monsalvat, y empleó el resto en proveer a su amigo de ropa. Monsalvat no quería aceptarle nada y hasta llegó a enojarse. Pero como Nacha amenazó con dejarle, tuvo que acceder.

Poco a poco fué Monsalvat mejorando. El cariño de Nacha resultó un poderoso tónico para su salud. Salían todas las tardes a pasear. Iban a Palermo, al Zoológico, al Parque Lezama. Al cabo de dos meses, Monsalvat estaba curado de su debilitamiento.

Pero en cambio, otro mal aún más grave se había definido. A medida que mejoraba su salud, iba empeorando su vista. Ya no le era posible leer diarios; y libros, solamente los impresos en letras grandes, y con el auxilio de una lupa. Una mañana encontróse conque no podía leer nada, ni con la lupa. Aun los objetos del cuarto no los veía sino muy vagamente. Todo estaba en una penumbra, en una misteriosa, trágica penumbra. Hasta entonces, aquel mal de la vista le preocupó muy poco, creyéndolo algo pasajero. Pero aquella mañana comprendió que iba volviéndose ciego. Una triste noche comenzaba a caer sobre su vida, y sintióse solo, aislado del mundo entero, aislado para siempre de sus amigos, de Nacha misma, en una horrible soledad. ¡Y cómo se reconcentró en lo más hondo de su alma, cómo se elevó, en su dolor, por encima de todas las preocupaciones humanas! Todo se tornó pequeño, efímero, ante aquella gran tristeza que presentía. Hasta sus ideales fuéronle indiferentes en medio de su sordo y lento dolor. Tenía la sensación de que había comenzado a morir, de que una parte de su ser había ya muerto.

A Nacha habíale dicho varias veces que veía mal. Además ella lo notaba. En los días anteriores Monsalvat necesitó apoyarse en su brazo para caminar. Pero Monsalvat había hablado de aquello cuando no lo creía grave. Ahora, que se consideraba ciego, no se atrevía a decirle nada a Nacha. Parecíale que diciéndolo, su mal se agravaría. Era mejor ocultarlo y, cuando todo pasase, entonces se acordaría y le contaría sus temores a Nacha. Pero, ¿pasaría ese mal? Monsalvat pretendía sugestionarse a sí mismo, inculcarse esperanzas. Y no tanto por la esperanza en sí, sino para poder vivir, para seguir viviendo. ¡Era demasiado triste aquella muerte de sus ojos, aquella noche de su vida!

Pero cuando Nacha entró en el cuarto aquella mañana, lo comprendió todo. Aunque ella no dijera una palabra, Monsalvat tuvo la sensación de que Nacha ya lo sabía. Al sentir a la amiga junto a él, su emoción le traicionó. Extendió los brazos hacia ella y la atrajo.

—¡Nacha!—exclamó, con la voz rota, mientras se cubría los ojos con las manos, para indicar la causa de su dolor.

—No te aflijas tanto. Esta tarde iremos al médico. Tengo confianza en que sanarás...

Nacha lloraba silenciosamente, y, aunque él no podía ver su llanto, ella le ocultaba el rostro.

A la tarde fueron al consultorio de un especialista célebre. Nacha ya había explicado el caso a Torres, con minuciosos detalles. Torres visitó a su amigo y le observó insistentemente. No le auguró a Nacha nada bueno. Así es que ella no esperaba del especialista una respuesta favorable. Hacía algunos días de la visita de Torres. Desde entonces, Nacha pasaba las horas en una constante angustia. En la soledad de su cuarto, lloraba sin cesar. Y cuando estaba en presencia de Monsalvat, no hacía sino mirarle, mirarle a los ojos, como obsesionada, como si no pudiese dirigir los suyos hacia otra parte.

El especialista examinó al enfermo largamente. Cuando terminó hizo a Nacha un gesto con las dos manos, indicando que aquello no tenía remedio. Y en seguida, contestando a una pregunta de Monsalvat, repuso, afectuosamente:

—No es tan grave su caso, mi amigo. Le ordenaré unas inyecciones y espero que mejorará un poco.

—¿Usted cree que puedo mejorar...?

—Un poco, sí... no es imposible... los recursos de la ciencia son muy grandes... la naturaleza nos da tantas sorpresas... en fin... no debemos desesperarnos... hay cosas peores en la vida...

Desde este instante, Monsalvat y Nacha no desearon otra cosa que encontrarse solos. Cada uno lo deseaba por distintos motivos. Monsalvat, para desprenderse siquiera de una parte de aquella angustia que le ahogaba. Nacha, para darle su consuelo.

Porque ella tenía una idea. Desde que habló con Torres venía pensando en aquella idea que, en medio de su sufrimiento, le daba una gran felicidad.

Llegaron a la casa y entraron en el cuarto de Monsalvat. Nacha cerró la puerta con llave, para evitar que les molestasen los hijos de Moreno.

—Tengo una cosa que decirte, una cosa muy importante—empezó Nacha, dándole a Monsalvat una silla y sentándose a su lado.

—¡Es horrible mi situación, Nacha!—acertó apenas a balbucir Monsalvat.

—Mira, no te aflijas. Ya encontraremos la solución. Todo en la vida tiene una solución. La cuestión está en encontrarla...

Nacha había atraído al ciego hacia ella y le besaba en la frente. Su mano le acariciaba el cuello, los ojos, la cabeza. Monsalvat, en otro momento, se habría asombrado de aquella ternura de Nacha para con él. Sólo en tres o cuatro ocasiones transcendentales, en medio de grandes penas, se habían besado en la frente. Pero ahora, aquellos cariños le parecían cosa natural. Lo que no sabía era cómo interpretarlos, ¿Le amaría Nacha? ¿Le amaría con amor de amante y no como una hermana, según creyó hasta entonces? Por su parte, él sentía un renacer de todo su amor. Una dulzura interminable le iba invadiendo. Sin embargo, exclamó:

—¡No vale la pena vivir así!

Estas palabras decidieron instantáneamente a Nacha. No le miró ella, pero adivinó que él esperaba. Y con lentitud, llenos de lágrimas los ojos, le acercó la cabeza y puso sus labios en los de él.

—¡No digas eso, no digas eso!—le susurraba ella sin dejar de besarle.—No hay que hablar contra la Vida porque es insultar a Dios.

En medio de su gran tristeza, Monsalvat era feliz. Nacha era también feliz. Veía que él la amaba siempre y que sus palabras y sus cariños le consolaban. Y era, sobre todo, feliz Nacha, porque sentía cuánto amaba a aquel hombre. ¿Cómo no lo comprendió antes? Pero pensó que era mejor así. De este modo, la revelación de su amor disminuía enormemente el mutuo sufrimiento de la tragedia.

Nacha sintió que había llegado el momento de hablarle a Monsalvat de "su idea".

—Quiero decirte una cosa. Escúchame. Vas a ver cómo todo tiene solución en la vida...

Monsalvat dirigió su rostro hacia ella, como para mirarla. Pero no dijo una palabra. Presentía lo trascendental para su vida. Presentía algo muy bello y muy grande. Su corazón latía con golpes de una extraña fuerza. Su alma vivía aquel silencio con la vida de años enteros. Recogido en lo más hondo de su alma, esperaba. Esperaba con una ansiedad mezclada de fe, de sufrimiento, de amor. Había en su trágica expectativa tal vez un poco de lo que hay en los momentos que preceden a una tempestad o un poco de lo que debió haber en el alma de Beethoven, momentos antes de escribir la Patética.

Pero ya el silencio terminó. Ya oía él la voz de Nacha que salía muy lenta, impregnada de la emoción del instante, confiada y resuelta.

—Una vez... hace más de un año... me pediste... una cosa. Yo entonces me negué... Me negué, queriéndote en el alma... para no inutilizar tu vida... Lo diste todo por mí... lo perdiste todo por mí... Ahora, yo puedo pedirte aquello mismo...

Calló. Instantáneamente vió lo que era Monsalvat: un hombre enfermo, ciego, que nunca podría trabajar lo suficiente para vivir con holgura; un hombre solo, sin nadie en el mundo; un hombre sin más porvenir que su tristeza y su noche. Pero entornó los ojos y continuó:

—Ahora... yo quiero... que te cases conmigo...

Monsalvat meditó un momento, con la cabeza inclinada. No se movía. No se movía tampoco Nacha. Ninguno quería turbar aquel silencio en que se resolvía la tragedia de dos vidas.

—No—afirmó Monsalvat.

Nacha se echó a llorar. Él entonces explicó.

—Te quiero demasiado, Nacha, para aceptar tu sacrificio. Que me acompañes, que me cuides durante un tiempo, está bien. Pero que te unas para toda tu vida con un inválido, ¡nunca, nunca!

¡Cómo sonaron estas palabras en el corazón de Nacha! Dos martillazos no le hubieran dolido más. Pero tuvieron la virtud de redoblar su firmeza. Le inspiraron las palabras de salvación.

—No es sólo por cariño ni por agradecimiento... ¡Es por mí misma!

—Piensa que sufrirás toda tu vida y que eres joven, Nacha. Piensa que faltándome recursos podrás padecer hambre y miserias...

—Sufriré con resignación... Una vez me dijiste que era necesario sufrir... ¡No he olvidado nunca tus palabras!

—Pero, ¿toda, toda la vida, Nacha?

—Toda la vida. Lo acepto y lo deseo. Quiero rescatar la mía. Quiero merecer ser perdonada.

—¿Por quién, Nacha?—exclamó él, atrayéndola.

—No sé. Por Dios, si existe. Por la Vida, contra la cual he faltado. Por el Amor, al que tanto ofendí. Por mí misma. ¡Necesito perdonarme a mí misma...!

Monsalvat le ofreció sus labios. Era su respuesta.

—Tu vida es mía—dijo ella dulcemente y con una sonrisa de felicidad, que Monsalvat sintió.—Tu dolor es mío. Ya sólo la muerte conseguirá separamos.

Monsalvat veía una gran Luz. ¡Era una Luz infinita que llenaba el mundo, que estaba también dentro de su alma y que se proyectaba hacia el futuro, hasta el término de sus días!