SETIEMBRE.
Buena fecha, pero no la mejor. Si bien entran las perdices en la edad de la pubertad y dan más juego, aún no están del todo emancipadas de quien les dió el sér, aún no han pasado la muda, no obstante de ser todas pintadas, conservando tan sólo dos ó tres plumas en el arranque de las alas, plumas que en Cataluña llamamos mussolas.
En esa época del año la perdiz satisface más los goces del cazador y el perro las señala mejor, tal vez porque el terreno generalmente es más fresco, por cuyo motivo nota más los rastros, quedando muy á menudo de muestra. Ya las perdices han abandonado aquel canto tan empalagoso piu, piu, piu, y principian á hombrear imitando á las viejas, pero sin poder dar aún sus timbres. Su carne ya no siente á hormigas y á langostas; al contrario, en la época del año que nos ocupa es cuando constituyen el mejor bocado, pudiendo recomendarse á toda persona falta de apetito.
Para cazar las perdices en setiembre, si hay viñedos en el terreno que se escoge, búsquelas siempre el cazador en dichos sitios, pues tienen grande aficion á la uva. Jamás dejan aquel pasto, y como el sol aún molesta con sus rayos, sucede que se mantienen quietas en los pámpanos. Si se encuentran por primera vez en las viñas de diez á doce del dia, esperan mucho, pero ya salidas de allí no vuelven aquel mismo dia, hasta que las reclaman las viejas, yéndose á otras querencias.
En esa época ya intenta la perdiz pasar al vuelo una hondonada, quedándose á la parte opuesta del cazador, y cuando se ve que trasponen el cerro, hay que fijarse bien en la inclinación que escogen, pues la buena vista ahorra muchos pasos inútiles, dando el resultado de abreviar el tiempo, que en estas circunstancias es oro. Que ande ligero el cazador, pero sin precipitarse, pues el pulso y los latidos del corazon jamás han de ser más fuertes de lo natural, á fin de que al llegar el ansiado momento se aprovechen los tiros y pueda hacerse doblete y hasta carambola. El lance de la carambola es el que halaga más al cazador, y motivo hay para ello. Muchos confunden con la carambola el matar una pieza con cada cañon; la carambola es lo que saben y hacen con frecuencia algunos buenos tiradores, es decir, arrancar al vuelo dos perdices á la vez, yendo una por ejemplo hácia la derecha y la otra hácia la izquierda. En este caso el cazador consumado ya comprende la velocidad y alcance de entrambas, apunta á la que le parece más cercana y sin precipitarse dispara; se vuelve, apunta á la otra, pero listo, y dispara haciendo dar á las dos la voltereta, ó á lo menos así lo cree. Entonces debe dirigir el perro á la aliquebrada ó que le parece que lo está, para que la cobre, y si lo acierta, seguro que se cuelga las dos perdices al zurron. Esta suerte es la que requiere más serenidad y calma, pues algunos con el goce que produce la carambola alborotan el perro llamándole á derecha é izquierda, en cuyo caso hay bastantes probabilidades de perder alguna de las piezas; y aun he visto á cazadores perder las dos por ser aliquebradas y el perro de pocos sentidos.
La carambola que acabo de explanar es la de más mérito, y se hacen pocas, sobre todo en diciembre y enero. En setiembre es más fácil, pues no es tan rápido el vuelo. Efectúanse otras carambolas, si bien no de mérito superior. Cuando el bando marcha describiendo un semicírculo, y se les disparan de cola, los dos cañones, matándose dos piezas, esto tambien se llama carambola; el cazador queda satisfecho y basta, porque de todos modos son episodios que complacen.
Hay que perdonarme mis contínuas digresiones, pues son hijas del entusiasmo que en mí produce el recuerdo de lances inolvidables.
Volvamos, pues, á esas perdices que con su vuelo han traspuesto el cerro y que el cazador hábil ha adivinado el sitio escogido para su descanso. ¿Le gustaria á V. que el puesto elegido fuese un pequeño torrente con hermosa campiña en ambos lados y abundancia de piedras á mano? Seguro de una contestacion afirmativa, allí coloco á mi cazador, quien antes de llegar ya ve marcharse una perdiz. Mejor fuera que se hubiese esperado, pero no debe hacerse caso, pues dicha perdiz iba de peon; hay otras. Fíjese el cazador en la que ha tenido la poca vergüenza de marcharse sin decir adios y por lo tanto sin podérsela hacer los honores de ordenanza. Se ve parar á alguna distancia en el mismo torrente, donde hay un árbol como señal. Allí debe V. encaminarse, pero... el perro se queda de muestra á la ladera de torrente; magnífico. Vuela una perdiz de la parte opuesta; si es larga no la tire V.; observe y verá que poco más ó menos va donde ha ido la primera, y con el ruido que mueve al marchar salen tres ó cuatro del mismo lado donde está V.; estas son las que olfateaba el perro. Ahora es ocasion de disparar la escopeta y de matar ó dejar de matar; pero está V. en regla y debe seguir, pues faltan otras. Eche V. alguna piedrecita, porque con el tiro las compañeras han quedado aturdidas, esperando ocasion propicia para largarse; y como el perro trabaja entusiasmado por los bajos del torrente, las perdices salen de las matas, tan bajas que casi el perro las alcanza con el hocico, y en ese estado arrancan con un miedo cerval. Piñac, piñac, piñac, óyese momentáneamente. Estas perdices dan tiempo al cazador para todo; para prepararse, apuntar bien y dar gusto al dedo. Cuando se esté convencido de que todas han salido, hay que dirigirse sin pérdida de momento hácia las que se han visto marchar al asomarse al torrente, y de seguro se tirará bien á estas. Obrando así y con tino es como se consigue buena provision de piezas. Cuando un bando ha tenido la desgracia de elegir como guarida un torrente, no desperdicie la ocasion el cazador afortunado que por allí transite, pues se divierte envidiablemente un par de horas.
Todo cazador verdadero que se encuentra con un bando de perdices y con su buen cazar las conduzca á sitios que tienen mataderos, no debe abandonarlas para ir en busca de otras, pues las que nuevamente halle le harán luchar y perder un tiempo siempre precioso, además que no todos los bandos obedecen al plan preconcebido por el cazador. Nunca hay que olvidarse de las que todavía no han volado, pues siempre la perezosa es el mejor tiro.
[OCTUBRE Y NOVIEMBRE.]
La mejor época del año para gozar cazando y matando perdices, es octubre y noviembre. El calor ya no molesta, y el perro caza todo el dia perfectamente. Si en ese tiempo el perro no rastrea bien y no encuentra las aliquebradas, hay que deshacerse de él, pues es dar pan á quien no lo merece.
En dichos meses el cazador se siente más ágil y las cuestas no son tan amargas, pudiendo hacer bien ocho horas de jornada. La salida de casa debe ser á las 8 y retirarse á las 5 de la tarde. Es muy importante encontrar á la perdiz que ya haya comido, y esto se logra entrando de lleno en el cazadero á las ocho de la mañana. Se caza á esa hora para evitar las humedades que generalmente deja el rocío, y porque mientras no estén secas las matas el perro siente muy poco.
Para cazar las perdices en esa época del año se requieren más conocimientos, y el cazador consumado saca mucho partido de las que encuentra, dándose juego todo el dia, pues ya las perdices que han perdido el carácter de pollas, se fraccionan y van por su cuenta y riesgo. De suerte que el cazador debe, despues de elegido el terreno, formarse un plan y calcular bien las horas del dia que con su conocimiento y destreza puede colocar las perdices en terrenos bien escogidos de antemano para tirarles á su gusto y para que las salidas sean mortales.
Ante todo ha de recorrer las mesetas de los cerros, buscar minuciosamente los comederos y esquivar un poco en las laderas; lo cual ahorra muchos pasos, bajadas y subidas, ahorro que no es de despreciar.
Supongamos que vayan saliendo perdices á medida que se ejecute ese paseo; hay que despreciarlas y no impacientarse. Si tuviese el cazador el mal gusto de correr tras ellas, echaria á perder la jornada. Siga, pues, su tarea, que ya irán volando otras, como efectivamente sucede, y una vez recorridos los cerros que el cazador se habia propuesto, siendo poco más ó menos las diez de la mañana sin que se haya disparado un tiro, entonces llama al perro, toma un bocadito, fuma un cigarrillo, y mientras, se hace cargo del terreno, tranquilamente y sin olvidar el más pequeño detalle. Luego se vuelve á emprender la marcha, desandando el camino andado, tomando los senderos del promedio del cerro; de esta suerte va indemnizándose el cazador del rato que ha estado sin tirar, pues las perdices, escamadas de sus querencias, principian á resistir la muestra del perro, saliendo una tras otra, y con tino y buena puntería, el perro va trayendo las que se matan. A éste le da el cazador la tripa de la perdiz, empero si caen muchas bajo el plomo de la escopeta no es prudente regalar al perro con todas las tripas, pues les producen indigestiones: de consiguiente se le distrae dándole un poquito de pan y pasándole la mano cariñosamente por el lomo. El perro necesita ser bien acariciado, porque todo lo comprende y cumple de este modo mejor, y está á la obediencia de la más leve indicación del cazador.
Seguiremos, pues, tranquilamente el camino indicado, llamando al perro si se adelanta: no conviene que vaya arrancando perdices si el cazador no puede tirar. Si se conoce el terreno, casi todas han de oir silbar los perdigones. Al encontrarse el cazador á ese punto de la cacería, no le aconsejo el descanso, pero sí que no le abandone la calma: el descanso no conviene, pues las perdices van saliendo de su asombro, y algunas de peon, otras de un vuelo, huyen de la ladera en que se ha propuesto cazarlas, perdiéndose inútilmente el tiempo empleado si se dejan cuando están cansadas; del segundo ó tercer vuelo apenas queda ninguna: de modo que la persecucion requiere actividad. Recórranse todas las matas, y donde no se pueda bajar, se arroja alguna piedra. Cuando se cree limpia materialmente la ladera, váyase en busca de las que se han visto retroceder, con la seguridad de encontrarlas y tirar todos los tiros á muestra del perro.
Si se observa que las perdices van de pecho á tomar los cerros, y son por ejemplo las cuatro de la tarde, no hay que molestarse en perseguirlas, pues poco daño se las hará. Por tanto, dejarse de nuevas fatigas, y pausadamente abandónanse los bajos, se traspone la parte opuesta de la senda que se ha seguido por la mañana, recogiéndose para descansar y comer, que en ese caso bien necesitado está de reposo el cazador.
De esta manera cazan las perdices los que se precian de cazar con arte, esto es, tomando siempre los altos. Cuando á uno le da por ser caprichoso y contra todas las reglas de la caza se empeña en principiar la cacería por los bajos y hondonadas, aunque halle las perdices, éstas se van de un vuelo á las cimas, y entonces poco daño se las hace. Sólo se puede tomar el cazadero por la mano baja cuando sopla con fuerza el viento, pues las perdices están á redoso; mas en este caso lo mejor es no salir á caza, pues el perro tampoco apercibe nada y se pierde miserablemente el tiempo.
En el mes de octubre prepara el cazador la diversion para el resto de la temporada. En agosto descubre las crias, pero en octubre conoce ya fijamente dónde escogen sus querencias y tambien dónde las ha de dar la muerte. De manera que cuando hace el halagador descubrimiento de que en tal ó cual comarca hay perdices, debe ir allí á estudiar sus vuelos, y si los acierta, de fijo tiene asegurada una buena campaña de invierno.