COLLOQUIO

En que se tratan los daños corporales del juego, persuadiendo á los que lo tienen por vicio que se aparten dél, con razones muy suficientes y provechosas para ello.

INTERLOCUTORES

Luis.Antonio.Bernardo.

Luis.—Verdaderamente, señor Antonio, aunque la profesión ú orden de vida que los hombres toman para sustentarse, á lo más sea muy áspera y trabajosa, cuando los bienes de fortuna no bastan para poder vivir con ellos conforme á la calidad de sus personas, todas me parecen tolerables y que con mayor paciencia se pueden sufrir los trabajos que acarrean pudiéndose passar sin venir á perder su propia libertad, compelidos y apremiados á venderla por dineros, haciéndose esclavos y muchas veces por muy pocos, siendo esta libertad tan sin precio que dice Ovidio della que no se vende bien por todo el oro del mundo.

Antonio.—Antigua querella es esta de todos los que viven con señores, y los más dellos tienen poca razón de agraviarse, porque demás de llevarles sus dineros y sustentarse con hacienda ajena, hay otras ganancias que obligan á dissimularlas con sobras de la falta de libertad, porque se ganan los favores en las necesidades, el socorro en los trabajos, el valor y merecimiento en las personas, que si bien lo consideráis, á muchos tenéis mucho respeto por ser criados de los señores que decís, que no lo siendo hacíades poco caso dellos.

Luis.—Es muy gran verdad lo que habéis dicho, pero todavía parece gran bien vivir los hombres libres si tienen posibilidad de hacerlo.

Antonio.—Pocos hay que la tengan que no la hagan, y los que no lo hacen es porque pretendan otras cosas que no tienen en menos que la riqueza.

Luis.—¿Qué cosas son esas?

Antonio.—De lo que he dicho lo pudiésedes haber inferido. La honra, la autoridad, la preminencia, el acatamiento que se les hace, el respeto que se les tiene por causa de los señores con quien viven, y no quiero daros exemplos desto porque serían perjudiciales, pues no puedo decir que se les da todo esto por causa ajena sin mostrar que por la suya no lo merecían.

Luis.—Bien sería todo ello si no viniese tan cargado de inconvenientes que apenas puede el provecho y honra con ellos, porque si hacéis algún delito ó cosa por donde merezcáis ser castigado en tierra del señor con quien vivís, mayor es el rigor que se usa con vos que en otra parte ninguna; porque dicen que con el castigo de su criado dan mayor exemplo á sus súbditos, y assí estáis con obligación de vivir más recatado y con mayor aviso. Y lo que peor es que, conociendo esto los vasallos, tienen en poco á los criados de los señores, desacatándose con ellos y tratándolos con poco respeto, y éstos porque saben que los han de sufrir, y que por no dar ocasión á que el señor se enoje con ellos y aun por ventura los despida, sufren muchas veces más de lo que sería justo.

Antonio.—Los señores que esso permiten no pueden excusarse de culpa mientras así lo hicieren, pues es ley universal de naturaleza que haya unas personas preferidas á otras, y los que quieren tan grande igualdad en sus tierras, yerro es manifiesto que hacen. Pero debéis engañaros, que si algunas veces los señores muestran querer esa igualdad no es para más de quitar la ocasión á los criados que no se ensoberbezcan ni traten ásperamente á los vasallos, pensando que con servirles tienen libertad para ello.

Luis.—No sé lo que tenga por peor; una cosa quiero que me confeséis.

Antonio.—¿Qué cosa?

Luis.—Que no conoscen los señores el buen servicio que tienen.

Antonio.—¿Cómo es eso?

Luis.—Yo os lo diré. Porque nunca supieron ser mal servidos: tiene uno de nosotros un mozo ó dos ó tres, que á cada paso que les decimos ó mandamos alguna cosa fuera de su voluntad se agravian en nuestra presencia y nos dicen palabras sueltas y libres, y muchas veces se desvergüenzan á responder que no quieren hacer lo que se les manda, y aun algunas con palabras iguales. Y todo esto sufrimos y passamos y disimulamos, que no es menester poca paciencia para ello.

Antonio.—¿Y qué es la causa que la tenemos?

Luis.—Servirnos nosotros de gente ruin, desvergonzada y desenfrenada, y que se les da poco vivir hoy con uno y mañana con otro. Y si no hallan amos, pedirlo por Dios ó tomar cordel y ser ganapanes. Y si nosotros los despedimos, no hallamos otros mejores, y por ventura serían de peor condición; pero los señores que se sirven de hombres que tienen y temen la honra, no pasan por este trabajo, que con ser buenos y hijos de buenos, demás de no hacer vileza, procuran tener contento siempre al señor con quien viven, sufriendo sus desabrimientos, sus importunidades y sus condiciones, que son muchas veces fuera de todos términos de razón, porque saben que han de salir con todo lo que quieren, sin que sus criados se lo contradigan ni dexen de cumplir lo que les manda, sea bueno ó malo, justo ó injusto, ¿y qué pensáis que lo hace? La vergüenza y la virtud que tienen; de manera que la mayor ventaja que nos hacen los príncipes y señores es servirse de buenos y hijos de buenos y que procuran hacer y sufrir como buenos, y nosotros somos servidos de gente ruin y de ruines costumbres y inclinaciones. Así que si aquellos á quien servimos mirasen y pusiessen ante sus ojos una cosa tan áspera y terrible como es que negamos nuestra propia inclinación y voluntad por seguir la ajena; y muchas veces tan fuera de razón y de propósito parecerles ya poca recompensa el salario por grande que fuesse, y holgarían de disimular algunas flaquezas, si en nosotros las hubiese, en lo que toca á su servicio, y juntamente con esto caerían en la cuenta de la obligación que tienen de hacer merced á los que bien y con trabajo les sirven.

Antonio.—Ese es el mayor que los servidores padescen, á lo menos aquellos que, como habéis dicho, son criados de grandes señores y príncipes, porque no sirven tanto por el galardón y premio que les dan de su salario y partido, como por la esperanza que tienen de ser remunerados en beneficios y mercedes. Y muchas veces les pasa la vida bebiendo los vientos como camaleones y cebándose en esperanzas vanas, sin sacar más fruto ni provecho de hallarse burlados.

Luis.—No tienen de esso los señores toda la culpa.

Antonio.—¿Cómo no? Pues los servidores ¿hacen por su parte lo que son obligados?

Luis.—Yo os lo diré: mucho está en ser unos venturosos y más bien afortunados que otros, digo cuanto á la opinión de algunos, que la verdad católica no lo consiente; mas prosiguiendo en alguna manera la vulgar opinión, para que mejor lo entendáis, quiero deciros en breves palabras que cuando niño me acuerdo que me contaron. Un rey que hubo en los tiempos antiguos, cuyo nombre no tengo memoria, tuvo un criado que le sirvió muchos años con aquel cuidado y fidelidad que tenía obligación, y viéndose ya en la vejez y que otros muchos que habían servido tanto tiempo ni tan bien como él habían recebido grandes premios y mercedes por sus servicios, y que él sólo nunca había sido galardonado ni el rey le había hecho merced ninguna, acordó de irse á su tierra y passar la vida que le quedaba en granjear un poco de hacienda que tenía. Para esto pidió licencia y se partió, y el rey le mandó dar una mula en que fuesse, considerando que nunca había dado nada á aquel criado suyo, y que teniendo razón de agraviarse se iba sin haberle dicho ninguna palabra. Y para experimentar más su paciencia invió otro criado suyo que, haciéndose encontradizo con él, fuese en su compañía dos ó tres jornadas y procurase entender si se tenía por agraviado. El criado lo hizo así, y por mucho que hizo nunca pudo saber lo que sentía, más de que passando por un arroyo la mula se paró á orinar en él y dándole con las espuelas dixo: Arre allá, mula, de la condición de su dueño, que da donde no ha de dar. Y passando de la otra parte aquel criado del rey que le seguía, sacó una cédula suya por la cual mandaba que se volviesse y lo hizo luego; y puesto en la presencia del rey, el cual estaba informado de lo que había dicho, le preguntó la causa que le había movido decir aquello. El criado le respondió diciendo: Yo, señor, os he servido mucho tiempo lo mejor y más lealmente que he podido; nunca me habéis hecho merced ninguna, y á otros que no os han servido les habéis hecho muchas y muy grandes mercedes, siendo más ricos y que tenían menos necesidad que yo, y así dixe que la mula era de vuestra condición, que daba donde no había de dar, pues daba agua al agua, que no la había menester, y dexaba de darla donde había necesidad della, que era en la tierra. El rey le respondió: ¿Piensas que tengo yo toda la culpa? La mayor parte tiene tu ventura; no quiero decir dicha ó desdicha, porque, de verdad, estos son nombres vanos, mas digo ventura, tu negligencia y mal acertamiento fuera de razón y oportunidad; porque lo creas quiero que hagas la experiencia dello. Y assí lo metió en una cámara y le mostró dos arcas iguales y igualmente aderezadas, diciéndole: la una está llena de moneda y joyas de oro y plata, y la otra de arena: escoge una de ellas, que aquélla llevarás. El criado, después de haberlas mirado muy bien, escogió la de la arena, y entonces el rey le dixo: Bien has visto que la fortuna te hace el agravio también como yo; pero yo quiero poder esta vez más que la fortuna, y assí le dió la otra arca rica, con que fué bienaventurado.

Antonio.—Entendido he lo que ahí queréis inferir, y lo que yo querría es que de la misma manera hiciesen conmigo, que no soy más dichoso que esse.

Luis.—Todavía quiero decir que los criados tenemos la culpa de que los señores se descuiden de hacernos merced, porque nosotros les damos mucha ocasión para ello.

Antonio.—¿Cómo es esso?

Luis.—Yo os lo diré. ¿Paréceos que es bien lo que los criados por la mayor parte hacen, que es agraviarse siempre de aquellos á quienes sirven diciendo mal y blasfemar dellos públicamente y donde quiera que se hallan, como si fuessen sus mortales enemigos, porque no les dan cuanto tienen y porque no les hacen cada día mercedes como si de fuero se las debiesen?

Antonio.—No alabo yo á los que esso hacen y es la mayor falta que puede haber en los servidores, si reciben la justa recompensa de su servicio en el partido y en otras cosas; pero así como digo esto de los que se agravian sin razón, quiero salvar á los que la tienen con aquel exemplo de Philipo, rey de Macedonia, el cual tuvo un criado llamado Nicanor, de quien fué muy bien servido, y como no recibía el galardón conforme á sus servicios, comenzó á desenfrenar la lengua y á decir mal del rey, tan libre y sueltamente donde quiera que se hallaba, que unos privados de Philipo que le oyeron se lo fueron á decir; agraviando el negocio y pareciéndoles que no cumplían con menos, le inducían á que le castigase gravemente y le desterrase de su reino. El rey dixo que él haría en él lo que convenía, y de ahí á tres ó cuatro días hizo muy grandes y crecidas mercedes á Nicanor. Y passado muy poco tiempo tornó á preguntar á aquellos criados suyos si porfiaba Nicanor en decir todavía tantos males dél como solía. Ellos le respondieron que antes decía y publicaba tantos bienes que los tenía maravillados de su mudanza. Y el rey les dixo entonces: Agora veréis que no tenía el sólo la culpa, sino yo, pues era en mi mano hacer que dixese bien ó mal de mí y no lo había remediado hasta agora.

Antonio.—Ya no son essos tiempos, ni se usa agora esa manera de remedios, aunque no hay menos obligación que entonces para que los señores tengan más cuenta con su familia y con los que mayor trabajo pasan en su servicio, para que mejor sean remunerados. Pero dexando esta materia, ¿no veis cuál viene Bernardo tan pensativo y triste que apenas puede moverse, la color mudada y levantando los ojos al cielo como si tuviesse que tratar con las nubes?

Luis.—No trate con Dios de decir alguna blasfemia entre dientes, que á lo que yo entiendo, el que daba poco ha jugado y debe haber perdido lo que tenía.

Antonio.—¡Ah, gentil hombre, por acá es el camino si no vais huyendo de nosotros!

Bernardo.—Antes vengo mejor guiado de lo que pensaba, pues he venido á hallar tan buena conversación para pasar el día.

Antonio.—Mejor viva yo que no quisiérades vos más que durara lo que habéis dexado y que vuestra bolsa os prestara más aparejo. Pero vos hacéis con el juego lo que ella hace con vos, que le dexáis cuando ella dexa de daros dineros, y assí creo que debe de haberos acaecido agora.

Bernardo.—¿En qué lo veis?

Antonio.—Vuestro gesto lo dice y el semblante que traéis muestra que habéis perdido lo que teníades.

Bernardo.—Pluguiera á Dios que no fuera más de esso, y de lo que me pesa es que no sólo perdí lo que tenía, pero también lo de mis amigos, que treinta ducados me prestaron y tampoco me dexaron blanca dellos.

Luis.—¿Pues por qué dexaste de jugar? Quizá os desquitárades.

Bernardo.—Porque no hallé quien me prestase más dineros.

Antonio.—Yo lo creo bien, que si el juego no os dexa á vos, no le dexaréis vos á él. ¿Y quién os lo ganó?

Bernardo.—Ruiz y Guevara me trataron como os digo.

Antonio.—¿Y por haber perdido habéis de mostrar essa tristeza? Péssame ya que nadie os lo sintiesse por lo que toca á vuestra honra. Ya yo os he visto perder mayor cantidad y no por eso dexasteis de quedar muy alegre y contento.

Bernardo.—No serán pocas veces las que esso me ha acaecido, pero entonces quedárame con qué poder tornar á jugar, y assí no sentía tanto la pérdida, y agora ha días que el juego me tiene fatigado, y no solamente he perdido cuanto tengo, pero también el crédito. Porque ya no hallo quien me preste un ducado, y los que agora me prestaron fué porque les debía más dineros, y quisieron aventurallos porque si ganasse se los pagasse todos. Y también empeñé mi palabra que lo uno y lo otro les pagaría dentro de tercero día, lo cual puedo tan bien cumplir como volar de aquí al cielo.

Luis.—Essa es la mayor pérdida. Porque con ello perdéis la autoridad, la fe que habéis dado, y por ventura perderéis los amigos, que de tales se os volverán enemigos no cumpliendo con ellos lo que habéis quedado.

Bernardo.—Ninguno se obliga á lo imposible, y si no lo tengo, como suelen decir, el rey me hace franco; cuando pudiere les pagaré y en tanto tengan paciencia, pues yo la tengo, no me quedando qué jugar, y lo peor es que gastar, ni con qué remediarme.

Antonio.—Muy mala razón es essa, señor Bernardo, y por lo mucho que os quiero no querría que la dixérades fuera de entre nosotros porque seríades mal juzgado. Y pues que tantas veces tenéis experiencia de los males y daños y desasosiegos que el juego trae consigo, debríades moderaros en jugar, y aun lo mejor sería dexarlo del todo, pues habéis visto la ganancia que sacáis de andaros jugando toda la vida, que en fin no la podéis sacar mejor que todos la sacan, la cual es acabaros de perder del todo si no ponéis remedio en lo porvenir, pues tenéis tiempo para hacerlo.

Bernardo.—Por Dios que me parece, señor Antonio, que queréis contrahacer al raposo, que se vestía en hábito de frayre para predicar á las gallinas; nunca vi yo rufián que después de haber dexado el oficio por faltarle las fuerzas y aparejos para seguirle trayendo un rosario muy largo de agallones, y aun á las veces el hábito de hermitaño, mejor supiese hacer del hipócrita y dar á entender á las gentes ser un sancto sin pecado, que vos lo hacéis agora conmigo como si no tuviese noticias de vuestra vida ni os hubiese conocido hasta agora. Después que habéis jugado lo vuestro y lo de vuestros amigos, y que lo habéis tenido por oficio toda vuestra vida, pensáis de hacerme entender que es muy mala cosa el juego. Muy gran traición le haréis siendo vos de los mayores amigos y privados que él ha tenido y tiene, tratarle tan mal en ausencia; pero á fe que ó él podrá poco ó se vengará de vos en algún tiempo.

Antonio.—Ya le voy yo perdiendo el miedo, aunque no puedo negaros no ser verdad todo lo que habéis dicho, assí dejásedes vos su amistad como yo la he dexado. Por que he conocido sus traiciones y falsedades, sus trapazas y sus engaños. He visto esto, hele cobrado odio y enemistad y tan ruin voluntad, que de muy grande amigo le he hecho muy grande enemigo.

Bernardo.—Ora ya que poco trabajo sería menester para que retornasen á hacer las amistades.

Antonio.—Bien me tenéis entendido, si vos queréis tener paciencia para escucharme un cuarto de hora como la tenéis para jugar cincuenta días y noches, yo os mostraré lo que siento del juego y de los que siguen su blandeza para que entendáis cuál lexos estoy de tornar á caer en este piélago, y por ventura podrá aprovecharos á vos tanto que, aunque no sea muy á vuestro salvo, no dexéis de saliros á buen tiempo deste laberinto en que andáis tan perdido.

Bernardo.—Mirad, señor Antonio; si me queréis predicar los males y daños del juego y el peligro de la conciencia de los que juegan, en mi posada tengo un librillo que se llama Remedio de jugadores, que trata esta materia muy copiosamente; si habéis de decirme lo mismo que en él he leído, bien podéis desde agora excusaros de tomar esse trabajo.

Antonio.—¿Y no os ha aprovechado ninguna cosa lo que aquel frayre os aconseja?

Bernardo.—No, porque con ver que no hacía al propósito de mi voluntad, por un oído me entraba y por otro me salía; porque estoy determinado de no ser sancto como él me quiere hacer.

Antonio.—Pues si no os aprovechó lo quél como buen frayre y muy buen teólogo os ha dicho, por ventura os aprovechará lo que yo como tahur y como hombre que he traído á cuestas los atabales os dixesse, porque serán diferentes cosas y conocidas por pura expiriencia, por haber passado las más dellas por mí y haber visto las otras en otras gentes, y también os quiero decir que no han passado menos por vos. Y pues esse frayre trata lo que principalmente toca al ánima y á la conciencia, yo trataré agora de los males y persecuciones que el cuerpo recibe por el juego, aunque al cabo también diré lo uno como lo otro. Lo primero que tiene el juego es quitar á los hombres el buen conocimiento, para que no entiendan lo que hacen, que si lo entendiesen él quedaría perdido del todo, porque no habría quien le siguiesse, ni aun quien le conociesse, y assí usa deste ardid y de otros muchos, principalmente de dar algunos alegrones de ganancias, para después se le restituya todo con doblada pérdida, de las cuales la mayor de todas es la del tiempo mal empleado. Porque si San Bernardo dice que todas las horas que se duermen se han de quitar y descontar de la vida, ¿qué mayor sueño que el del juego, donde todos los sentidos están tan atentos, la memoria de otras cosas tan olvidada y el juicio tan fuera de sí mesmo, para entender cuál es bueno ni cuál es malo, que, como todos sabemos, muchas veces estamos como beodos, porque conociendo la ventura contraria, los naipes y suertes dellos, en favor de los que juegan con nosotros, de manera que casi claramente nos dicen que hemos de perder, la beodez del juego nos detiene y nos adormece, de manera que no despertamos hasta acabársenos la moneda, y entonces caemos en la cuenta de nuestro daño, cuando ya no tiene remedio? Verdaderamente, señor Bernardo, podéis creer que los que juegan no viven, y que, teniéndolo por oficio, su vida es como sueño, porque cuando comen no toman gusto en los manjares, pensando en lo que han perdido y cómo se desquitarán, y si han ganado cómo acabarán de ganar cuantos dineros hay en el mundo, y tan embelesados están en esto, que acaesce muchas veces acabando de comer preguntarles lo que han comido y no saber decirlo, ni acordarse dello; y con el bocado en la boca van á buscar con quien jueguen, y si á su posada vienen jugadores, primero están los dados ó los naipes en la mesa que se alcen los manteles; y muchas veces les acaesce comenzar á jugar y pasarse aquel día y después la noche y ser otro día sin haberse levantado de un lugar. Esta bien se puede decir que no es vida, pues se passa el tiempo sin vivirlo, y de aquí nascen muchos inconvenientes porque dexan los hombres de entender en lo que toca á las haciendas y al aprovechamiento de sus casas: pierden el cuidado de las mujeres y de los hijos y de lo que es menester proveer para ellos, y tienen en poco la salud de los cuerpos; porque de la desorden del juego suceden muchas enfermedades, que de estar tantas horas y tanto tiempo sentados sin hacer ejercicio, ni movimiento, no se gastan los manjares que se comen, y vienen á corromperse y á engendrar malos humores. Y demás desto, el que pierde porque no se levante el otro con la ganancia, y el que gana porque no se le passe la dicha ó ventura que tiene, aunque tengan necesidad de cumplir con lo que es forzoso con sus cuerpos, se detienen y fuerzan á estar quedos, y desto viene muchas veces la cólica pasión, la estrangurria, la disuria, mal de hijada y otras pasiones diferentes destas, y aun muchas veces tras ellas la muerte. Porque si estos trabajos del juego ó se pasan ó pueden mejor tolerarse en verano, veréis hombres en el ivierno que con estar fuego y brasas en las piezas donde juegan, están tan descuidados y embebecidos en los juegos, que cuando los dexan y se levantan tienen las piernas casi entomidas con el frío, el cual con la humidad les ha penetrado los huesos, y cuando se van á sus camas no pueden calentar en toda la noche, y cuando esto se continúa se vienen á follecer y padecer mill trabajos, poniendo la culpa dellos á otras ocasiones muy diferentes y no al juego, por no perder la amistad que con él tienen. Pues las cabezas de los que juegan desta manera, ¿no padescen detrimento, que los más se levantan con muy grande dolor dellas, y otros tan desvanecidos, que después que se levantan de jugar no se pueden tener en los pies? Tras esto viene que los que han ganado mucho muestren con grandes señales de regocijo la alegría que llevan consigo, y los que han perdido, una incomparable tristeza, teniendo la color mudada, los ojos baxos, el gesto turbado, dándonos tristes y muy profundos suspiros, todo en mengua y afrenta y ignominia suya, no sintiendo los desventurados lo que se platica, lo que se dice y murmura dellos y de su poquedad y desventura. Porque los que assí sienten la pérdida no debían aventurarla por la ganancia, por no mostrar tan gran flaqueza en lo uno como en lo otro. Otros cuando juegan, si están perdiendo se congoxan y trasudan; vereislos limpiar el sudor cien veces, ya dexan las capas, ya las gorras, ya se afloxan los vestidos hasta mostrar las camisas, porque la congoxa de la pérdida les ahoga y quita el huelgo, y así hacen diversos meneos y visajes como si estuviesen locos. De manera que dan qué mirar y qué reir y burlar á los que están presentes. Cada cosa que viene les embaraza; de cada uno que entra se amotinan; cada palabra que oyen juzgan que es en su perjuicio, y en fin, no hay cosa que no les saque de paciencia, y pluguiese á Dios que parassen en esto, y no en perderlo del todo, offendiendo á Dios con las lenguas é blasfemar, que aunque todos no lo hacen en público, pocos hay que en secreto no hablen con Dios muy enojados, y unas veces con el pensamiento y otras veces entre dientes le dicen lo que se les antoja, con palabras desacatadas, tratando entre sí muchas y diversas herejías, que por cada una dellas merecían ser gravemente castigados en el alma y en el cuerpo.

Luis.—Ya esso es salir de lo que cuando comenzasteis esta materia prometisteis: pues dexados los daños del cuerpo, comenzáis á tratar los del alma.

Antonio.—No es posible menos para que vaya bien enhilado; pues tornando á lo que decía, después que se van jugando los dineros y las haciendas, los que los llevan se aprovechan dellos como de dineros de trasgos. Hay algunos tan avarientos y tan codiciosos del juego, que no gastarán en sus casas un real aunque hayan ganado cien ducados, porque no les falte para jugar, teniendo aquello por suma felicidad, y con esto tornan á jugar otro día, perdiendo lo que ganaron sin quedarles ninguna cosa; otros hay contrarios desta opinión, que cuando han ganado les parece que hallaron aquella hacienda en la calle, y assí la gastan y destruyen comiendo demasiada y curiosamente, y haciendo gastos excesivos, de manera que se les cae por entre los dedos, y después cuando tornan á jugar y pierden, páganlo de sus propias haciendas, padeciendo ellos y sus mujeres y hijos y familia.

Luis.—Para esso yo os podré decir lo que pocos días ha yo mismo ví, que un amigo mío ganó en tres ó cuatro veces hasta ochenta ducados, y de hoy á tres días, jugando sobre su palabra, le ganaron los veinte dellos; y fué para mí muy congoxado, rogándome que se los buscase sobre unas prendas, porque no los tenía. Y yo le pregunté qué había hecho de los que ganara. Y queriendo echar cuenta y averiguar en qué los había gastado, jamás pudo llegar al término dellos, y jurábame que más daño recebiría en pagar aquellos veinte que provecho con los ochenta que había ganado.

Antonio.—Todas las ganancias de los tahures son desa manera, y después, cuando no tienen qué jugar, su officio es andar pidiendo emprestado de los unos y de los otros, envergonzándose con muchos que no les dan los dineros. Y si bien se considerase cuán grande affrenta es ésta para un hombre que se tiene en algo, bastaría quitarle del juego de manera que lo aborreciese perpetuamente. Veréis demás desto andar las prendas suyas y de sus amigos de casa en casa empeñadas y (lo que es peor) los vestidos de las mujeres empeñados y vendidos, que muchas veces no les dexan con qué salir de casa, y cuando no hay más que jugar (y aunque lo haya), si han perdido en alguna cantidad, muchos quieren que los de su casa padezcan los desatinos que ellos han hecho, buscando ocasiones para reñir, y el descontento y desabrimiento que traen consigo, hanlo de pagar las mujeres, los hijos y los criados, reñendo con ellos, dándoles y maltratándoles sin causa; de suerte que parece que el juego los dexó locos ó desatinados, y assí andan dando voces por casa como beodos ó gente sin juicio, y después están en sus camas pensando en la pérdida, no duermen sueño, sino dan vueltas á una parte y á otra, sospirar y gemir y andar vacilando, con el sentido sin reposo alguno. Y si el cansancio los vence, para que duerman algún poco, luego despiertan con el sobresalto de la pérdida; de manera que una noche mala de las que assí llevan habían de estimar en más los hombres de buen conocimiento que toda la ganancia que el juego puede darles en la vida, y despegarse de su vicio tan ponzoñoso. Y cuando esto no bastasse, debría bastar lo que saben que han de sufrir los que tienen por oficio andar siempre jugando. Pintadme los caballeros, ó muy valientes, ó personas que estiman en mucho la honra de cualquiera suerte que sean; han de sufrir injurias y afrentas por muchas vías y maneras, porque la codicia de la ganancia les hace jugar con gente vil y de baja suerte, y el juego es de tal condición que los hace á todos iguales. Y assí los inferiores quieren tratar á los otros igualmente, porque si pierden quieren que les sufran y si ganan súfrenlos porque no se levanten con la ganancia. Y cuando un hombre ruin ha dicho una injuria á un hombre honrado y le reprende porque se la ha sufrido, responde éste con pasión, y á los que pierden todos les han de sufrir, y mayor mengua es tomarme yo con aquél. De manera que anda la honra entre los que juegan debajo de los pies, y si hay algunos que son recatados y no sufren (como dicen) cosquillas, son muy pocos, y aun essos no todas veces salen desto tan bien como querrían.

Bernardo.—No habéis dicho cosa que no sea muy verdadera, y por eso he sufrido escucharos. Proseguid vuestra plática, que hasta el cabo della me tendréis muy atento.

Antonio.—Huelgo que toméis gusto de lo que digo, y más holgaría de que os aprovechásedes dello. Pues escuchad, que no he acabado de decir todo lo que siento. ¿Tenéis por pequeño trabajo el andar buscando por las calles y de casa en casa quien juegue, rogando al uno, fatigando al otro, haciendo plegarias, conjurándolos como á espirituados? Y como en los juegos se prestan unos á otros dineros, y la principal causa porque otra vez se los presten al que los da, cuando no hay aparejo para pagarlos, andan los hombres corridos, affrentados de faltar sus palabras y promesas, y assí se esconden muchas veces de aquellos á quien son deudores, y si los ven venir por una calle ellos huyen por la otra, y si van á alguna casa á donde están no entran en ella. Y aun no solamente hacen esto los que no tienen aparejo para pagar, que muchos traen consigo los dineros y tienen en poco esta vergüenza, y disimulan porque no les falte para jugar. No es este el mayor mal, que otros hay muy mayores. Los hombres casados dan muchas veces ocasión á que sus mujeres, viviendo mal, hagan desatinos y los amengüen, lo que no harían por ventura no teniendo tan buen aparejo. Porque como saben que los maridos juegan noches y días y que no han de entender lo que ellas hacen, porque todo su cuidado es en el juego, toman mayor licencia con la libertad y con el tiempo que les sobra para sus pasatiempos deshonestos. Y demás desto suceden los debates y rencillas que hay sobre el juego. Que aunque, como he dicho, se suffran muchas injurias, son tantas y tantas veces, que algunas dellas vienen á parar en sangre y en muertes, como por experiencia se ha visto; de allí suceden pasiones, desafíos y desasosiegos, y quedan los hombres afrentados muchas veces sin poder tomar satisfacción ni venganza de los que los afrentaron. Sin esto veréis una pasión y flaqueza muy grande en muchos de los que pierden ó qué son las plegarias, las rogativas, las amenazas, los conjuros que hacen á los que se levantan del juego para que tornen á jugar con ellos para que dexen de ser jurados, porque este nombre les ponen ó que se han metido frailes. Desta suerte passan la vida los tahures noches y días con estos inconvenientes y otros más dañosos. Porque muchos dellos, cuando les faltan los dineros, procuran haberlos por todas las vías illícitas que pueden, y vienen á hurtar y robar y hacer insultos los hijos á los padres, los criados á los señores, y cuando de esta manera no pueden, lo roban de sobre el altar si lo hallan; y assí algunos lo vienen á pagar en las horcas, y aun si no lo pagan también las ánimas, no son tan mal librados. Y si el juego es tan malo generalmente para todos, los que sirven y son criados de señores tienen mayor obligación de huir y apartarse dél, porque si tienen y les dan cargos en que trayan hacienda entre manos, ó se han de aprovechar della para el juego ó ya que no lo hagan, siempre han de tener á sus amos sospechosos y recatados de que se aprovechan y hurtan para jugar, y sobre esto les dicen mil malicias y mil lástimas, que por ninguna cosa habían de dar ocasión á ellas; y si no tratan ni traen entre manos cosa de que pueda aprovecharse ni hacer menos, sirven muy mal, hacen mil faltas, cuando son menester no los hallan, cuando los buscan no parecen, cuando han de servir están embarazados, si topan con ellos ruegan á los que los llaman que digan que no los hallaron, y si les paresce que no pueden hacer menos de ir, van murmurando, blasfemando, perdiendo la paciencia con todos, diciendo mil injurias en ausencia á sus amos, y, finalmente, nadie puede servir bien jugando; y de mi consejo, quien jugare no sirva ó quien sirviere no juegue.

Bernardo.—Decidme, señor Antonio, ¿por qué no tomáis esse consejo para vos como lo dais á los otros?

Antonio.—Bien habéis dicho si no lo hubiese tomado, y no me acuséis ahora, pero acusadme de aquí adelante si me viérades hacer menos de lo que digo, que aunque haya sido tarde, todavía (como dice el proverbio) vale más que nunca; y porque no se me olvide lo que tengo que decir, tornando al propósito, no veo seguirse provecho ninguno del juego, y que se siguen los daños que he dicho, y tantos, que si todos se hubiessen de decir, sería para nunca acabar. Pero no quiero parar aquí, aunque os parezca que soy largo, porque no es de callar el trabajo que tienen los que se han de andar guardando de los chocarreros, que los que lo son ya tienen perdida la vergüenza á Dios y al mundo. Y como por la mayor parte hacen mayor mal los ladrones secretos que los públicos, assí éstos hacen grandísimo daño en las repúblicas, porque hurtan y roban secretamente las haciendas ajenas, no se guardando las gentes dellos; y para mí por tan gran hurto lo tengo, que á los que assí llevan los dineros mal ganados, con muy gran justicia les podrían poner á la hora una soga á la garganta y colgarlos sin piedad de la horca. Esta es una manera de hurtar sotil, ingeniosa, delicada, encubierta, engañosa y traidora, digna de muy gran castigo; y no veo que jamás se castiga, que las ferias están siempre llenas de ellos, en los pueblos se hallarán á cada passo, y, en fin, las justicias se han muy remisamente en no castigar un delito tan dañoso y perjudicial como éste; que con razón podrían acriminarlo tanto en algunos, que de allí tomasen ejemplo los otros para apartarse de tan mal trato y officio, los cuales, por no verse en este peligro, debrían tomar otra manera de vida, y los tahures, por no andar siempre recatados y recelándose (como los que tienen enemigos y se guardan de traición), sería bien que se apartasen de este vicio del juego, porque es uno de los grandes trabajos que se pueden tener; pero hacen como los beodos, que, sabiendo que el vino les hace mal, lo buscan y procuran, sin recelarse del daño que reciben en beberlo.

Luis.—¿No nos diríades qué son los delitos que cometen y cómo los hacen, pues que generalmente tanto mal decís dellos?

Antonio.—Deciros lo he, pero no particularmente, porque sería imposible acabar de contar sus maldades y traiciones, pero todavía contaré algunas dellas, assí para que sepáis que tengo razón en lo que digo como para que tengáis aviso en conocerlos. Aunque ellos fingen y disimulan y tienen tales astucias y mañas que dificultosamente podréis entender su manera de vida. Los más destos andan muy bien aderezados, con muy buenos atavíos y en tal hábito, que los que no los conozcan los juzgan por hombres honrados y que no presumirán dellos que harán vileza ninguna. Cuando van nuevamente á estar, ó por mejor decir, á jugar en algún pueblo, buscan formas y maneras para entrar donde juegan, entremeterse en conversación con los jugadores, y después que son admitidos al juego, si se conocen dos deste oficio luego se juntan, y si el uno juega, el otro está mirando á los contrarios. Si el juego es de primera tienen escritas ciertas señas con que dan á entender al compañero que el contrario que envida va á primera, otras para cuando va á flux, y otras y otras para cuando tiene tantos ó tantos puntos, de manera que juega por ambos juegos. Y estas señas son tan encubiertas, que nadie puede entendérselas, porque ó ponen la mano en la barba, ó se rascan en la cabeza, ó alzan los ojos al cielo, ó hacen que bostezan y otras cosas semejantes, que por cada una dellas entienden lo que entre ellos está concertado. Algunos traen un espejo consigo, y cuando están detrás lo ponen cuando es menester de manera que sólo su compañero puede verlo, y ver en él las cartas que tienen los que juegan para envidar ó saber si los envites que les hacen son falsos ó verdaderos. Esto mesmo hacen en el tres, dos y as y en los otros juegos desta calidad. Si juegan entrambos en un juego con otros, ayúdanse de manera que se entiendan la carta que han menester, y el uno la da al otro, porque las conocen todas, ó á lo menos de qué manjar es cada una dellas.

Luis.—Cosa recia decís creer si los naipes vienen nuevos á la mesa cuando comienza el juego, que no sé yo como los pueden conocer tan presto.

Antonio.—Yo os lo diré para que lo entendáis. Algunos dellos están concertados con otros tenderos tan buenos como ellos, que por alguna parte de la ganancia que les dan huelgan de ser también participantes de la bellaquería, y en casa destos ponen tres y cuatro docenas de barajas de naipes que tienen sus flores encubiertas, y cuando quieren jugar dan orden que vayan allí á comprarlas, y assí juegan con ellos sin sospecha, siendo tan falsos como podréis entender.

Bernardo.—Declaradnos qué cosas son estas flores, que yo hasta agora no las entiendo.

Antonio.—Estad atento, que yo os desengañaré. Toman los naipes y con una pluma muy delicada dan su punto con tinta tan subtil y delicado que si no es quien lo supiere parece imposible caer en la cuenta del engaño; á los de un manjar danlo en una parte, y de los otros á cada uno en la suya diferentemente para conocerlos. Y cuando estas señales parece que no se pueden tan bien encubrir, con una punta de tijera ó cuchillo ó con una aguja ó alfiler muy agudo los señalan tan delicada y encubiertamente que apenas los ojos los descubren. Y si los naipes no son destos, á la primera vuelta que dan con ellos están todos señalados, que con las uñas suplen la falta de los cuchillos; de manera que assí roban los dineros de todos los que con ellos se ponen á jugar sin que lo sientan, y aun algunas veces se dan tan buena maña, que toman para sí los mesmos naipes que están descubiertos. Otros, cuando se descartan, echan un naipe encima de los otros, y si lo han menester lo toman con toda la gentileza del mundo sin ser vistos ni sentidos.

Bernardo.—No puedo yo entender lo que les puede aprovechar tener los naipes señalados, pues que en fin han de tomar los que en suerte les venieren.

Antonio.—No estáis bien en la cuenta; lo primero de que se aprovechan es conocer por las señales cuántas cartas tiene el contrario de un manjar, y lo otro que, aunque venga en baxo, á segunda ó tercera carta, la que ellos han menester, la sacan del medio y tienen tan gran sutileza que, habiéndola de dar por suerte al otro, la toman para sí, y para esto siempre, cuando tienen los naipes, al sacar de uno dexan tres ó cuatro tendidos, que no juntan con los otros, porque si los tienen bien juntos no pueden tan bien conocer las señales. Y si tienen necesidad de la primera carta, dan á los otros tres y cuatro de las otras, y guardan y toman aquéllas para su juego ó para el de su compañero si son dos los que juegan de concierto. Y esto llaman salvar las cartas, y entre ellos se dice ir á salvatierra; mirad si es esta ventaja para robar el mundo que se jugase, no los entendiendo. Deciros he lo que á mí me sucedió estando en la isla de Cerdeña cinco ó seis compañeros que allí quedamos aislados por espacio de dos meses. Estaba entre nosotros un reverendo canónigo de más de sesenta años, que trataba en este oficio más que en rezar sus horas. Y jugando con nosotros con estas ventajas, ganónos el dinero que llevábamos para nuestro camino, y á mí, que presumía de gran jugador de ganapierde, me descubría á cada mano las primeras seis cartas que tomaba ó yo le daba, y con todo esto me ganó cuanto tenía, porque yo vía las seis y él me conocía las mías todas nueve. De manera que el negocio vino á términos que nos prestó dineros para llegar á Roma, á donde íbamos, sobre las cédulas de cambio que llevábamos. Llegado á Roma, acertamos á posar juntos ambos en una casa, y descuidándose un día este reverendo padre de cerrar bien una puerta de su cámara, yo la abrí y entré sin que él me sintiese, y estaba tan embebido haciendo una flor, más sutil que las que he contado, que por un buen rato no me sintió, y cuando me hubo visto, bien podréis creer que no se holgaría conmigo, y quísome deshacer el negocio con buenas palabras y burlas. Yo dissimulé también con él, porque me pareció que me convenía. Y en saliéndose de casa abrí su cámara y cogíle un mazo de bulas que habían costado á despachar más de doscientos ducados, y puestas en cobro, delante de todos los de la casa le dixe, cuando las halló menos, que yo las tenía y que si no me volvía lo que me había mal ganado que no se las daría. El me amenazó que se quejaría al auditor de la cámara, y yo le respondí que yo iría primero á informarle de lo que pasaba. El bueno del canónigo, por no verse más afrontado, se concertó conmigo, entendiendo algunos amigos entre nosotros, y me dió cuarenta ducados y me aseguró con una cédula otros treinta, aunque él me había ganado más de ciento.

Luis.—¿Y acabólos de pagar?

Antonio.—No, y deciros he el por qué. Yo jugaba un día en un juego de primera en que había harta cantidad de dineros, y estando metidos los restos de tres, un arcediano que tenía los naipes en las manos había tenido su resto á una primera de dos treses y una figura, y con ser de los mayores chocarreros que había en Roma, quiso salvar una carta, porque con la otra que venía hacía primera. Este canónigo viejo estaba tras él, y entendiéndolo, porque un ladrón mal puede hurtar á otro, hízome de señas que lo remediase. Yo caí luego en la cuenta, y púsele la mano en los naipes haciéndole tomar. El canónigo, vueltos á la posada, tanto se apiadó conmigo por la buena obra que me hizo, que le hube de volver su cédula, aunque después cuando jugaba y ganaba me iba pagando parte de la deuda, con que no me la quedó á deber toda. Sin esto que he dicho, hay otras mil formas y maneras de malos jugadores; hay hombres de tan sotiles manos, que sin sentirlo juntan cinco ó seis cartas ó más de un manjar, á lo cual llaman hacer empanadilla ó albardilla, y poniéndolas encima, siempre barajan por el medio, porque no se deshagan. Y cuando sale la una, saben que vienen las otras tras ella, y conforme á esto os envidan ó tienen los envites con esperanza de la carta que les ha de venir de aquel manjar. Algunos chocarreros hay que se hacen mancos y que no pueden barajar, porque así los ponen mejor á su voluntad. ¿Queréis más, sino que hay vellacos tan diestros en esto que jugando al tres, dos y as, si os descuidáis un poco os darían las más veces tres figuras y tomarán para sí un seis, cinco y tría, ó otro risco con que os quiten las ganancias? Y en el juego que agora se usa de la ganapierde, si se juntan dos de concierto son para destruir á todos cuantos jugaren con ellos, porque todas las veces que el uno está rey, el otro se carga, se deja dar bolo sin que se pueda entender, haciendo muy del enojado con los otros compañeros porque no la metieron ó porque jugaron por donde se cargase, y después él y el otro parten las ganancias. Pues los que esto hacen ¿qué no harán en los otros juegos?

Bernardo.—Bien entendido todo lo que habéis dicho; pero el juego de la dobladilla, que es el que más agoran usan, casi ha desterrado á la primera y á los otros, y este es un juego tan á la balda, que no hay lugar en él de hacer tantas maldades y bellaquerías.

Antonio.—Engañaisos, que si yo tuviese agora los dineros que se han ganado á ella mal ganados, más rico sería que un Cosme de Médicis; veréis á esta gente que digo hacer y urdir y componer en este juego veinte trascartones cuando los naipes les entran en las manos, poniendo juntos todos los encuentros que pueden, para que si por ventura viniesen no pierdan sino una ó dos suertes, y si acaesce alzar el contrario por una carta antes, viene luego su suerte y comenzan á contar subiendo lo que pueden, de manera que aventuran á perder poco y á ganar mucho. Otros hay que si pueden haber los naipes antes que jueguen, ó si son de los que he dicho, que tienen concertados con los que los venden ó con el dueño de las casas donde juegan, ponen entre ellos algunos naipes mayores ó más anchos que los otros alguna cosa, assí como cuatro reyes, cuatro cincos ó cuatro sotas, los unos son mayores por los lados y los otros por los cantos, y cuando no pueden hacer esto doblan algún naipe de manera que no assiente bien y acierten á alzar por él, y á estos naipes llaman el guión ó la maestra. Y cabe los que son mayores ó doblados ponen siempre y procuran juntar los otros como ellos, que si es as ponen los ases y si es seis ponen los seises, para que cuando alzasen por ellos, como lo hacen, venga cerca su suerte.

Luis.—Poco les puede aprovechar esso, si los naipes se barajan bien, porque todas essas cosas se deshacen.

Antonio.—Vos tenéis razón, que muchas veces con el barajar no tiene efecto su malicia, pero tan á menudo procuran esta ventaja que algunas suertes les salen como ellos procuran, y por pocas que sean bastan para destruir á su contrario, porque como tienen este conocimiento de la suerte que viene, cuando sienten que no es la suya, procuran que se salga y hacen veinte partidos hasta asegurarla. Y aun algunos hay que pasan la suerte de sus contrarios, á lo menos cuando los tienen picados, que están ya medio ciegos y para esto tienen mill formas y maneras exquisitas. Y no para en esto el negocio, que hay algunos chocarreros de los que se conciertan que yendo por ambos la moneda que juegan, el uno arma con dineros al contrario de la cuarta ó quinta parte, porque perdiendo allí gana acullá la mitad del dinero. Son tantas estas traiciones y bellaquerías, que es imposible acabarlas de decir ni entender, porque como estudian en ellas los que las usan, cada día inventan cosas nuevas en esta arte, como los otros oficiales que buscan nuevos primores en sus oficios, y si dos que se conciertan toman á uno en medio, no le dejan cera en el oído, siendo dos al mohíno. Y á los que no entienden ni saben estas cosas, esta buena gante los llama guillotes y bisofios. Y dexando los naipes, vengamos á los dados, que no hay menos que decir en ellos. Hay muchos hombres tan diestros en jugarlos, que todas las veces que se hallan con suerte menor, como es siete, ocho ó nueve puntos, hincan un dado de manera que le hacen que caya siempre de as, para que los otros corran sobre él, y cuando la suerte es doce ó de ahí arriba hincan otro dado de seis, de manera que las más veces aseguran su suerte; y esto quieren defender que no es mal jugar, sino saber bien jugar y tener mejor habilidad y destreza en el juego que los otros. Algunos hay tan hábiles, que hincan dos dados desta manera, y de otros dicen que todos tres; pero yo no lo creo ni lo tengo por posible si no los estuviesen componiendo en las manos; y si esto hiciesen habían de estar ciegos los que juegan con ellos. Y todo es sufridero para con otras tacañerías que se usan, y la mayor de todas es cuando meten dados cargados, que llaman brochas, los cuales hacen de esta manera: que á los que llaman de mayor, por la parte del as hacen un agujero hueco y allí meten un poco de azogue, que es muy pesado, y á los de menor donde están los seis puntos; y después tapan el agujero, que es muy sutil, y encima pintan uno ó dos puntos para que no se vean, y estos dados llevan los chocarreros escondidos, y cuando tienen una suerte de doce ó trece ó catorce puntos, echan los dados de manera que se les caya alguno en el suelo, y haciendo que se baxan por él, sacan otro de los de mayor, que meten en su lugar, y como está cargado en el as, cae siempre para abaxo y el seis para arriba; y de la mesma manera hacen cuando tienen por suerte siete ú ocho puntos, que meten un dado cargado en el seis porque vaya el as para arriba, yendo el seis para abaxo, y si es menester meten dos dados de esta suerte cargados de mayor, y cuando tienen suerte de doce ó de trece, alárganse en el parar y en el decir, de arte que, no siendo entendidos, todo el dinero es suyo. Otros dados hay que llaman falsos, que son mal pintados porque tienen dos ases y fáltales el seis, ó tienen dos seises, faltándoles el as, y conforme á la suerte que echan y á la necesidad que tienen, se aprovechan dellos metiéndolos en el juego tan bien como las brochas. Y cuando juegan á las tablas no penséis que se descuidan los hombres desta professión, que lo mesmo hacen con los dados, y verdaderamente yo tengo por malo y dañoso también este juego, assí por jugarse con dados, como por ser trabajoso y mohino. Á todos los otros juegos podéis levantaros y os toman en una petrera; habéis de esperar á que se acabe el juego, perdiendo á cada mano y cada vez que echáis los dados sabiendo que se echa para perder y no para ganar, y assí es el juego más aparejado de todos para perder la paciencia, porque es menester esperar á que el juego ó el dinero se acaben. Y aunque yo no os he dicho de diez partes la una de los males y trabajos y fatigas y persecuciones y desasosiegos y afrentas, menguas y deshonras y infamia que se siguen del juego, de lo dicho podréis collegir cuán perjudicial es, assí para la salud como para la hacienda y la honra de las gentes que lo siguen; porque pocos hay que jueguen, por ricos y caballeros y grandes señores que sean, que no les pese de perder, y muchos destos se acodician á jugar mal por ganar, y assí veréis muchas personas de muy gran autoridad, y de quien apenas se podría creer, que hacen malos juegos, por la buena estima y reputación en que están tenidos que, apremiados de la conciencia, restituyen dineros mal ganados, de los cuales yo conozco algunos que lo han hecho.

Bernardo.—¿De manera que queréis condenar á todos los juegos del mundo y no dejar ninguno para recreación de la vida y para poder pasar la ociosidad del tiempo?

Antonio.—No digo yo tal cosa, que otros juegos hay lícitos, assí como birlos, pelota y axedrez y los semejantes á éstos, y esto se entiende jugando pocos dineros y que se tome más por recreación que no por vía de vicio y exercicio continuo, de manera que por ellos dexen de entender las gentes en lo que les conviene, que si esto se hace ya dexan de ser buenos y honestos y se convierten en la naturaleza de los que habemos reprobado, y aun de tal manera se podrían usar los juegos de naipes y dados que no pudiesen tener reprensión; pero hay pocos que no comiencen por poco que si tienen aparejo no vengan á picarse y á perder ó ganar en mucha cantidad, y por esto tengo por mejor dexarlos del todo. Y si queréis que concluya, todo lo dicho es poco y casi nada, porque son trabajos y premios y galardones del mundo. Lo que toca á la ánima y á la conciencia es lo que hace al caso, y lo que más debríamos temer y ponérsenos delante de los ojos, para no solamente dexar de jugar, pero para acordarnos de jamás tener memoria dello; y si no hobiera prometido de no pasar más adelante en esta materia, todavía dixera algo que aprovechara; pero assí quiero dexarlo para cuando tengáis más voluntad de oir lo que sobre esto puedo deciros.

Bernardo.—Agora que habéis comenzado, queremos que no quede nada por decir, y estáis obligado á hacerlo, pues de tan buena gana os escuchamos y estamos atentos al discurso de vuestra plática.

Antonio.—Pues que assí es, yo lo diré tan brevemente cuanto he sido largo en lo pasado; porque en esto no podré decir cosa nueva, ni que dexe de estar escrita por muchos doctores, canonistas y legistas y teólogos que desmenuzan y apuran esta materia de las restituciones declarando los decretos y leyes en ella, altercando cuestiones y determinando la verdad dellas, hasta dexarlo todo en limpio; y quien quisiese satisfacerse y verlo todo á la clara, lea á Santo Tomás y á Grabiel, y al Antonio, arzobispo de Florencia, al Cayetano, que éstos sin otros muchos le dirán lo cierto, y porque no dexéis de llevar alguna cosa en suma de que podáis aprovecharos, digo que todos les que ganan en los juegos con naipes ó dados falsos ó con otro cualquier género de las chocarrerías y traiciones que he dicho, están obligados á restituirlo, so pena de irse al infierno, conforme á lo que dice San Agustín: Non dimittitur peccatum, nisi restituatur ablatum. Pues lo que assí se gana, tomado y hurtado es, siendo encubierto, como si fuese robo manifiesto. Anssí mesmo, todo lo que se gana á personas que lo que juegan no es suyo, ni pueden disponer dello sin licencia de otra persona, así como los criados que juegan los dineros ó haciendas de sus amos, los esclavos que juegan las de sus señores, los hijos que para esto toman las haciendas á sus padres, los que tienen curadores y por falta de edad no pueden disponer de sus haciendas, y también los que ganan dineros á otros que saben que los han ganado mal y están (antes que los juegen) obligados á la restitución dellos. Lo que se gana á personas simples y á enfermos necesitados, lo que se gana atrayendo á uno por fuerza ó por engaño ó por grandes persuaciones á que juegue, todo esto obliga á restitución; y en otros muchos casos que dexo de decir, en que hay la mesma obligación, el cómo y cuándo y en qué manera se haya de restituir, déxolo para que lo veáis en los doctores que os he dicho, y también porque los confesores os avisarán de ello, aunque lo mejor sería no tener en este casso necesidad de sus consejos. Solamente quiero agora que consideréis, señores, entre vosotros, pues sois tahures y habéis conversado y tratado con tahures, ¿cuántos habéis visto tan limpios y tan recatados que tengan advertencia á estas cosas, sino, bien ó mal, juegan con quien quiera, trayan dineros suyos ó sean cuyos fuesen, sean libres ó siervos, padres ó hijos, bobos ó sabios, los dineros que traen mal habidos? Por cierto pocos ó ninguno hay que dexen de hacer á cualesquiera dineros destos, y procurar de ganarlos de la manera que pudieren, alegando que no están obligados á la especulación destas cosas, ni á saberlas; sabiendo que la ignorancia no excusa el pecado y que San Pablo dice (Ad. Cor., XIII): Ignorans ignorabitur. Y si queréis que os diga lo que siento verdaderamente de los que esto hacen, se puede presumir que no son verdaderos cristianos, ni sienten bien de la fe, porque más adoran á los naipes que á Dios, más quieren los dados qué todos los santos, que por jurar no oyen misa ni sermón los días de fiestas, por el juego pierden todos los otros oficios divinos, y se estarán una semana sin entrar en la iglesia; si hacen alguna oración ó devoción es por ganar; las cuentas que traen y lo que por ellas rezan es echar cuentas cómo ganarán las haciendas á sus prójimos. Si pierden es abominable cosa su decir mal á Dios y blasfemar, y si lo dexan de decir en público, es porque temen más el castigo del cuerpo que el del alma y el del mundo más quel del infierno. Así que siendo cristianos usan tan mal de la cristiandad, que roban las haciendas ajenas y se aprovechan dellas, pierden el tiempo y muchas veces pagan de sus haciendas lo que han ganado de las otras, de los que viven de la manera que ellos, quedando todos debaxo de la obligación de restituirlas. ¿Qué diremos sin esto de los que buscan supersticiones y hechicerías para ganar con ellas diciendo que tienen virtud para ello? Y assí unos traen consigo nóminas con nombres no conoscidos, ó por mejor decir de demonios, otros traen sogas de ahorcados, otros las redecillas ó camisas en que nacen vestidos los niños, algunos traen mandrágulas y otras mil suciedades y abominaciones. Por cierto éstos tienen en tan poco sus ánimas, que las darán á trueque de ganar cuatro reales por ellas. Pues decidme, señor Bernardo, ¿qué os parece cómo es bueno el juego para el cuerpo y para el alma? ¿y qué provechos son tan grandes los que dél se sacan? ¿No es bien dexar su amistad y trato y conversación á cualquier tiempo que sea, pues que debaxo los halagos y placeres y deleites que dél se siguen hay tantos y tan grandes desabrimientos, tantas afrentas y menguas, tan terribles desasosiegos, tanta turbación y peligros, principalmente para la salvación de nuestras almas? Mirad bien en ello y consideraldo todo, que aunque nosotros como malos cristianos no tuviésemos atención al daño y perjuicio de nuestras conciencias, la habríamos de tener á que ningún contentamiento ni descanso de el juego hay que después no se vuelva en doblado trabajo y tristeza; y nunca dió ganancia que no se pagase con doblada pérdida; y en fin, es siempre mayor el dolor que se causa del perder que la alegría que trae consigo el ganar; y no aleguéis á dos ó tres ó cuatro personas que por ventura sabéis que se hayan hecho ricos por el juego, que éstos son como una golondrina en el invierno, porque por ellos veréis mill millones de gentes perdidas y abatidas por haber perdido cuanto tenían. Dicho os he mi parecer y dado os he consejo, como pienso tomarlo para mí, y el que estoy obligado á daros como vuestro amigo; si os pareciere bien, seguilde, y si no vuestro será el daño, que á mí no me cabrá dello más de pesarme de ver que os quedáis tan ciegos como hasta aquí habéis estado.

Bernardo.—No penséis, señor Antonio, que no he caído en la cuenta de todo lo que habéis dicho; porque vuestras palabras me han alumbrado el juicio y destapado los ojos del entendimiento, que tenía ciegos, y con firme propósito y determinación quedo desde agora de no jugar en mi vida, y si jugare, á lo menos de manera que me puedan llamar tahur por ello, que pues decís que pasar el tiempo entre amigos es algunas veces lícito, no se ganando tantos dineros que el que los perdiese reciba daño por ello, cuando alguna vez me desmandase será á esto y no á más.

Antonio.—Y aun eso no ha de ser muy continuo, porque, si muchas veces se hiciese, de pasatiempo se volvería en vicio, y si pudiésedes acabar con vos de dexar de todo punto el juego, sería lo más seguro; pero no quiero agora apretaros tanto que con ello quiebre este lance que os he armado y prisión en que de vuestra voluntad os vais metido.

Luis.—Pues en pago de vuestra buena intención, señor Bernardo, y porque me prometáis de seguir lo que agora tenéis determinado, os quiero prestar los treinta ducados que quedasteis debiendo, para que, pagándolos, cumpláis con vuestra fe y palabra.

Bernardo.—Muy gran merced es la que me hacéis, y de los primeros que vinieren á mí poder seréis muy bien pagado dellos.

Antonio.—Con esto nos podremos ir, que platicando se nos ha passado el día y yo tengo mucho que hacer.

Luis.—Pues comenzad á caminar, que nosotros os acompañaremos hasta dexaros en vuestra posada.

Finis.