COLLOQUIO
Entre dos caballeros llamados Leandro y Florián y un pastor Amintas, en que se tratan las excelencias y perfición de la vida pastoril para los que quieren seguirla, probándolo con muchas razones naturales y autoridades y ejemplos de la Sagrada Escritura y de otros autores. Es muy provechosa para que las gentes no vivan descontentas con su pobreza, no pongan la felicidad y bienaventuranza en tener grandes riquezas y gozar de grandes estados.
INTERLOCUTORES
Leandro.—Florián.—Amintas.
Leandro.—Paréceme, señor Florián, que no es buen camino el que llevamos; porque agora que pensábamos salir al cabo deste monte, entramos en la mayor espesura, y según veo no se nos apareja buena noche, pues será excusado salir tan presto de este laberinto donde andamos dando vueltas á una parte y á otra, sin hallar salida.
Florián.—Culpa es nuestra, pues quessimos que nos anocheciese en tierra tan montañosa, y cuanto más anduviéremos será mayor el yerro no sabiendo á qué parte vamos. Lo mejor será que nos metamos en una mata destas y desenfrenando los caballos para que puedan pacer, passemos lo que nos queda de la noche durmiendo, que venido el día presto podremos aportar á poblado.
Leandro.—Bien decís; pero á mí me parece que oigo ladrar algunos mastines, y sin duda debe de estar cerca alguna majada de pastores.
Florián.—Decís la verdad, que yo también los he oído; por aquí podremos ir, que el monte está menos espeso.
Leandro.—No sería malo hallar alguna cosa que comer, porque yo os doy mi fe que no voy menos muerto de hambre que si hubiesse tres días que no hubiesse comido bocado.
Florián.—A mí la sed me fatiga, aunque no lo había dicho; pero una noche como quiera puede pasarse.
Leandro.—Mejor sería passarla bien que mal, si pudiéssemos, y no hemos traído mal tino, que veis allí está fuego hecho y un pastor no poco enzamarrado; pero doy al diablo estos perros que assí nos fatigan como si veniéssemos á hurtalles el ganado.
Amintas.—Torna aquí, Manchado, que mala rabia te mate y lobos te despedacen; torna aquí; dolos yo á la mala ventura, que no saben ladrar sino cuando no es menester.
Leandro.—Buenas noches, hermano mío.
Amintas.—Salud buena os dé Dios. ¿Qué venida es ésta por aquí á tal hora?
Florián.—Mi fe, hermano, no venimos por nuestra voluntad, sino por haber perdido el camino, que toda esta noche hemos andado perdidos por este monte, hasta agora que contigo hemos topado, que no ha sido pequeña dicha.
Amintas.—Esa yo la he tenido en haber llegado á mi majada personas tan honradas, y más y más si en ella quisiéredes ser mis huéspedes por esta noche, pues que á cualquiera parte que queráis caminar, el pueblo más cercano está de aquí dos leguas; y con la grande escuridad que hace, dificultosamente podréis atinar allá, aunque yo quisiese poneros en el camino.
Leandro.—Desa manera forzado será aceptar tu buena voluntad y ofrecimiento; pero dinos, ¿por ventura tienes alguna cosa que comamos, que lo que nos dieres te será todo muy bien pagado?
Amintas.—No ha de faltar, si queréis contentaros con la miseria de que vivimos los pobres pastores. Desenfrenad los caballos para que puedan pacer, pues hay hierba en abundancia que suplirá la falta de la cebada, que para vosotros pan hay con un pedazo de cecina y esta liebre que mis mastines por gran aventura mataron, para la cual tenía encendido el fuego que veis, y assí está ya aparejada, y en lugar del buen vino que solemos beber en vuestra tierra, habréis de pasaros con agua que agora poco ha he traido de una clara y sabrosa fuente.
Leandro.—Dios te dé buena ventura, que más nos hartará tu buena voluntad y gracia que todos los manjares y vinos del mundo, y pues que así es, comencemos á comer, que en verdad yo estaba medio desmayado con pensar que esta noche la habíamos de pasar como camaleones.
Florián.—Nunca Dios hizo á quien desamparase, y yo os prometo que me sabe mejor lo que como y bebo que si estuviéssemos en el mejor banquete que se hace en la corte.
Amintas.—El buen gusto hácelo el buen apetito y la hambre, que es la cosa que mayor sabor pone á los manjares, y así agora no podrá saberos mal el pan de centeno de mi convite que tan buenos bocados os veo dar en él como si fuesse de trigo y de lo muy escogido, blanco y regalado.
Florián.—Así me ayuda Dios que hasta agora yo no había mirado si era de trigo ó de centeno, porque me sabe tan bien, que no tengo cuidado sino de hartarme.
Amintas.—Si queréis, señores, leche migada, aquí la tengo en este cacharro nuevo; bien podéis comer sin asco, que yo os digo está bien limpio.
Leandro.—Está tan sabrosa y tan dulce que ninguna cosa me ha sabido mejor en mi vida. Comed della, señor Florián, que por ventura nunca mejor la comistes.
Florián.—Assí es la verdad, pero no comamos tanta que nos pueda hacer daño.
Leandro.—Bien habéis dicho, que yo ya estoy satisfecho.
Florián.—Y yo muy bien harto. Dios dé mucha salud á quien tan bien nos ha convidado.
Amintas.—Assí haga, señores, á vosotros, aunque no tenéis de qué darme gracias, si no es por la voluntad, que, conforme á ella, de otra manera fuérades convidados.
Leandro.—Dime, hermano mío, ¿cómo es tu nombre?
Amintas.—Amintas, señor, me llamo, á vuestro servicio. Mas decidme, ¿para qué lo preguntáis?
Leandro.—Lo uno para saber de quién hemos recebido tan buena obra, y que cuando se ofreciere tiempo podamos galardonarte della, y lo otro para poderte mejor decir algunas cosas que después que aquí estamos me han pasado por el pensamiento.
Amintas.—Cuando alguna buena obra se hace, ella misma trae consigo el galardón en ser bien hecha, assí que yo me doy por bien pagado si en algo he podido serviros. En lo demás, decid, señor, lo que quisiéredes, que bien aparejado me hallaréis para oiros.
Leandro.—Pues tan buen aparejo hallo en ti, hermano Amintas, para escucharme, quiérote decir lo que estoy considerando, y no me tengas á mal mis razones, porque en el fin dellas conocerás que todas irán enderezadas en provecho y honra tuya; y cuando así no fuere, bien podré yo engañarme, pero mi intención será buena, pues quiero darte en todo el consejo que yo para mí mesmo tomaría, aunque por ello me puedas dar la viga que dicen que está aparejada para quien lo da á quien se lo pide.
Amintas.—Aquellos que son aconsejados mal ó bien, tienen una gran ventaja, y es que no son forzados, antes quedan en su libertad para escoger lo que mejor les está y les pareciere; que de otra manera no sería consejo, sino mandamiento forzoso; así que los que aconsejan, no solamente bien, pero aunque sea mal, han de ser con atención oídos, porque si el consejo es bueno pueden y deben los hombres aprovecharse dél, y si es malo toman las gentes mayor aviso para huir el peligro que consigo trae; aunque para esto yo confieso que hay necesidad de muy gran discreción, porque muchas veces las gentes simples son engañadas con el consejo de los maliciosos.
Leandro.—Tienes tanta razón en lo que dices y tan buenas razones en lo que hablas, y con tan polido y gentil estilo te muestras en tu plática tan prudente, que sólo esto me mueve á decirte mi parecer cerca de lo que debrías hacer de ti y de tu vida; que según siento traes tan mal empleada en la soledad de estos desiertos y montes, y en la braveza destas montañas, á donde aun las bestias fieras parece que de mala voluntad habitarían. Y para que mejor, hermano mío Amintas, puedas entenderme, yo he considerado que, siendo tú un mancebo al parecer de veintiuno á veintidós años, con muy buena disposición en el cuerpo y tan hermoso de rostro que andando tratado de otra manera pocos ó ninguno habría que te hiciesen ventaja, assí en gentileza como en hermosura, teniendo otras gracias que, según lo que de ti hemos visto y conocido no deben faltarte, y sobre todo un buen natural y juicio claro, dotado de gran discreción, con sutil y delicado entendimiento, que lo empleas tan mal todo ello, que con razón podrías ser reprendido de los que te conocen y sienten que podrías tener mayores y mejores pensamientos que no los que muestras andando tras el ganado, en hábito tan humilde que nunca serás ni podrás ser más de lo que agora paresces, que es ser pastor como los otros pastores. Y contentándote con la pobreza y desventura que todos tienen, sin pretender de pasar más adelante ni venir á ser más estimado y temido, habiendo en ti tanta habilidad y suficiencia, á lo que hemos visto y conocido, que más pareces hombre disfrazado que no criado en el hábito que traes. Así que, amigo Amintas, lo que todas las gentes pretenden, que es el valor de la persona y las riquezas, por donde vienen á ser más estimados y tenidos, tú también lo habías de pretender y procurar, no teniendo tan gran descuido para lo que te cumple, que si tú quieres ponerte en mudar el hábito y manera de vivir en que agora andas, yo fiador que ni te falten aparejos para venir poco á poco á poner tu persona en otra manera de vida con que puedas vivir más honrado y contento que agora lo estás, aunque á ti te parezca al contrario de lo que digo.
Florián.—Todas las mudanzas son trabajosas, y aunque sean de mal en bien ó de bien en mejor se hacen con dificultad, porque la costumbre se convierte en otra naturaleza, y assí debe de ser en Amintas, que aunque conozca que vuestro consejo, señor Leandro, es bueno y provechoso, con estar tan acostumbrado, y por ventura toda su vida, en el oficio que agora tiene, dificultosamente querrá dexarlo, que si él quisiesse todos le ayudaríamos para disponer de sí, mudando el hábito y procurando remediarse por otra vía más aventajada y honrosamente.
Amintas.—Conocido he, señores, la intención con que me habéis dicho lo que de mi vida os parece, y que el consejo que me dais es como de personas que deseáis mi bien y lo procuraríades cuando en vuestra mano estuviese, y pues no os lo puedo servir con las otras según mi pobreza, agradecéroslo he siempre con mi voluntad. Pero muy engañados estáis en lo que de mí habéis juzgado, porque yo voy por otro camino muy diferente del que á vosotros os parece que siga, y no debéis maravillaros mirando lo que comúnmente se dice: que cuantas cabezas hay, tantos son los pareceres y juicios diferentes. Vosotros fundáis vuestra opinión en aquello que tenéis por mejor y más bien acertado, porque así está concebido y determinado en vuestro entendimiento, y á mí pónenseme delante otras razones tan fuertes en lo contrario, que no me dexan determinar en dexar la vida que tengo, ni en que tenga por mejor otra ninguna de las que las gentes tienen; y si no fuesse por no cansaros y haceros perder el sueño, que os será más provechoso, yo las diría, para que viésedes que no me faltan razones, si por ventura con ellas me engaño, para querer ser pastor, como lo soy, y no tener en nada todo lo que el mundo para valer más me pueda poner delante.
Leandro.—No podrás, Amintas, darnos mejor noche que será con oirlas, que el sueño no nos hace falta, y pues que descansamos recostados en esta verde frescura, por amor de mí te ruego que prosigas hasta el cabo de tu plática, que de muy buena gana escucharemos, para poder entender qué causas pueden á ti moverte, fuera de la simpleza que los otros pastores tienen, para tener y estimar en mucho la vida que todos tenemos en poco, huyendo della con todo nuestro poder y fuerzas, y que tú por tu voluntad quieras seguirla, mostrando tan gran contentamiento con ella.
Amintas.—Pues que assí lo tenéis por bien, escuchadme, que yo las diré y con la mayor brevedad que pudiere, para que si os parecieren torpes y mal fundadas, como salidas de un entendimiento torpe y grosero, no recibáis cansancio en escucharlas, que los pastores á veces pueden leer cosas que los ciudadanos, impedidos de sus tratos y conversaciones, por ventura no leen, por donde recogeré en mi memoria algunas cosas de las que en este yermo á mis solas he leído acerca deste propósito de que hablamos.
Florián.—Antes te ruego que las digas sin dexar ninguna cosa de lo que te pareciere que hace al propósito, para que mejor las entendamos.
Amintas.—Todas las cosas como las hace y produce la naturaleza desnudas y con sólo el ser que de su sustancia tienen son de mayor perfición que cuando los accidentes son adquiridos y postizos, porque parece que la causa de tener necesidad dellos arguye aquella cosa ser imperfecta y querría ser ayudada con ponerlos en sí, para la imperfección que en sí sienten. Y porque mejor me podáis entender, decidme, señores, ¿qué ventaja hace una cosa viva, aunque sea fea y tenga muchos defetos para parecer bien, á la mesma cosa pintada, aunque el pintor se esmere en hacerla y procure contrahacer naturalmente á la viva? Y así mesmo ¿qué ventaja tan grande la de la hermosura igual al parecer en dos mujeres, si la una la tiene suya sin poner cosa ninguna y la otra la tiene postiza y con afeites y otras cosas que la ayuden á estar hermosa? Pues si tomáis las hierbas y flores que nacen en los campos de diversos colores y matices, ¿cuánta mayor perfición muestran en sí que las que están pintadas y contrahechas? Y dexando aparte la suavidad de los olores, y la virtud con que están criadas, en el parecer les hacen ventaja muy conocida.
Pareceros ha, señores, que estas comparaciones van sin propósito hasta que entendáis el fin para que las he dicho, el cual es mostraros que cuanto las cosas están más cerca y allegadas á lo que manda y muestra querer la naturaleza, tanto se podrían decir que tienen mayor bondad y que son más perfetas, y con la perfición más dignas de ser queridas y seguidas de las gentes. Todo esto he dicho para mostraros que, siendo la vida pastoril, por muchas causas y razones que para ello hay, más allegada á la que la naturaleza quiso como por principal intento y voluntad que los hombres seguiéssemos, que os parezca también que los que la siguen y se contentan con ella no solamente no hacen yerro ninguno, pero que no por esso es razón que sean tenidos en menos que los otros hombres que siguen y andan embebidos en las riquezas y en los deleites y en las pompas y honores, que todas son vanidades del mundo.
Leandro.—No me parece mal fundamento el que has tomado; pero yo no veo razón que baste á probar cómo quiso la naturaleza más que los hombres anduviesen guardando ganado que no que entendiesen en los otros tratos y negociaciones que se acostumbran en el mundo.
Amintas.—No digo yo que la naturaleza lo quiso de manera que no dexase lugar para que pudiésemos entender en otras cosas; pero que parece que esto nos puso delante como cosa más principal, y assí lo podréis entender por lo que agora diré. Cuando nuestro señor Dios tuvo por bien de criar el mundo y en él á nuestros primeros padres á su imagen y semejanza, fué con aquella llaneza y simplicidad que se requería para estar en su servicio, hasta que comieron del fruto vedado, por el cual fueron echados del Paraíso; y como por el pecado cometido les fuese dado mandamiento, por maldición, que comiesen del sudor de sus manos, hallaron para sustentarse las hierbas y las raíces en los campos, las frutas en los árboles, las aguas en las fuentes y ríos y las semientes puestas, así verdes como maduras, en las mesmas hierbas; todo esto, después que una vez lo hallaban, no huía ni se apartaba dellos; pero los ganados, de cuya leche y lo que de ella se hace, también habían de comer, aunque no comían la carne para mantenerse, en descuidándose se iban por unas partes y por otras, de manera que les era trabajoso el andarlos buscando, y assí les fué forzado, juntando algunos rebaños dellos, hacerse ellos mesmos guardas y pastores, obedeciendo á la naturaleza que parecía mandarles, y aun forzarles, á que lo hiciesen para que mejor pudiesen sustentarse. Y assí en teniendo hijos los pusieron en el mesmo cuidado; pues que el oficio de Abel fué guardar los ganados, y el de Caín ser labrador de las hierbas y simientes que entonces producía la tierra; y conforme á esto se puede creer que en aquella edad primera y dorada los mejores bienes y mayores riquezas que los hombres tenían eran los ganados, de que se sustentaban á sí y á sus hijos y familias, gozando de los despojos de la lana, leche y queso y manteca, y aun haciendo vestidos de los pelejos dellos, porque entonces no procuraba la malicia humana las nuevas invenciones de los vestidos y atavíos que agora se usan, ni conocían el oro ni la plata, sino por unos metales muy buenos de que se aprovechaban en las cosas necesarias y no para hacer moneda, que fué la mayor perdición que pudo venir al mundo, no por el dinero, que, por ser como un fiador de las cosas vendibles, excusa de muchos males que habría sin él, mas por la cobdicia que vino al mundo junto con el dinero. Y el valor que tuvo el dinero cuando se hizo fué porque en él estaba esculpida la figura de oveja ó cabra ó de otra res de ganado, ó porque la primera moneda que hubo fué hecha y esculpida la señal en el cuero de los ganados, y por la una causa ó por la otra en latín se llamó pecunia, que quiere decir cosa de ganado, de manera que los que más y menos valían, todos debían de ser guardas y pastores de sus ganados. Y aun después de aquel universal diluvio, como parece por aquel gran patriarca Abraham, que, siendo un hombre tan poderoso, su principal patrimonio eran los rebaños de los ganados, los cuales él vía y visitaba de contino, y aun por aventura también guardaba, como parece cuando estaba á la puerta de su casa que se le parecieron tres ángeles en figura de hombres mancebos que le denunciaron que Sara, su mujer, en su senectud pariría, y queriendo tenerlos por convidados, él mesmo fue al ganado y trajo una ternera, con que les hizo el convite. Y así mesmo cuando hizo el concierto y confederación con Abimelec y Michol, para confirmar la amistad le dió parte de los ganados que tenía. También su hijo Isaac, cuando los de Palestina, pareciéndoles que se hacía más rico y poderoso que ellos, le mandaron salir de la tierra, las mayores riquezas que llevó fueron sus ganados, y haciendo pozos en muchas partes para que las reses no pereciesen con la sed, tuvo contienda sobre el agua con los pastores de Gerare. Y cuando aquel gran patriarca Jacob fué á la tierra de Oriente y allegó á la casa de Labán, su tío, primero halló á su hija Rachel que, siendo pastora, apacentaba los ganados de su padre, por la cual y por el engaño que le fué hecho con su hermana Lia, servió catorce años, y cuando se despedía de Labán, su suegro, para volverse á su tierra, siendo por él molestado que no se fuesse, hizo concierto con Jacob que porque tornase á ser pastor y guarda de sus ganados le daría todas las ovejas y cabras que de allí adelante naciesen manchadas y de diversos colores. Lo mesmo sabemos todos de los hijos de Jacob, que también fueron pastores como su padre, y el menor dellos, que fué José, les llevaba de comer al campo donde andaban con el ganado que Jacob tenía. Del pacientísimo Job es bien notorio que, siendo el más rico hombre de toda la provincia donde habitaba, sus principales riquezas eran los ganados de todas suertes, así como ovejas y cabras, bueyes, asnos y camellos, con los cuales andaban sus criados y sus mesmos hijos, no se desdeñando de ser guardas y pastores dellos. Moisés, caudillo del pueblo de Israel, y por cuyo consejo fué librado del poder de Faraón, pastor era y apacentando andaba el ganado de su suegro Jetro cuando Dios se le apareció en la zarza que ardía y no se quemaba. Saúl, cuando fué ungido rey, andaba buscando unos asnos de su padre que se le habían perdido, lo cual era señal que él era el que tenía cuidado de guardarlos. Del real profeta y grande amigo de Dios, el rey David, notorio y muy claro es á todos que siempre andaba en el campo apacentando el ganado de su padre, y que de allí lo escogió Dios para que gobernase y regiese el pueblo de Israel. Y sin estos que he dicho, hubo otros muchos patriarcas y profetas y varones muy señalados, no solamente entre los judíos, pero también entre otras naciones y maneras de gentes que á mí se me olvidan y de quien no hacen mención las escrituras y corónicas que fueron pastores, no lo teniendo en menos que cualquiera otro de los oficios y manera de vivir que las otras gentes seguían, porque, como he dicho, entonces no había las vanidades, las pompas, las presunciones, los pensamientos altivos y soberbios que hay agora, ni los bollicios y sutilezas de los ingenios, todos endrezados á subir y valer más como quiera que sea, lícita ó ilícitamente, desdeñándose las gentes de todo aquello que solían hacer y seguir los antiguos y personas señaladas en vida y en dotrina, de quien están obligados tomar enxemplo siguiendo sus pisadas, haciendo lo que ellos hacían.
Leandro.—No tienes razón, Amintas, en parecerte que essas razones sean tan bastantes que obliguen á todas las gentes para que, desando todos los otros oficios y maneras de vivir, se vuelvan á ser labradores ó pastores, como tú querrías que lo fuessen.
Amintas.—Menos razón tenéis vos, señor, en pareceros que no hace bien ningún hombre que tenga buen entendimiento, con otras gracias, en seguir la vida pastoril, pues con tantas razones á mí me estábades persuadiendo para que, pareciéndome tenerla mal empleada, la desamparase.
Florián.—Por cierto, Amintas, tú has dicho y alegado, defendiendo tu opinión, buenas razones y enxemplos; si hubiese agora algunos de los pastores de los que había en aquellos tiempos que supiesen y entendiesen tan bien lo que les convenía para con Dios, para con las gentes; pero pocos se hallarán de tu manara, que ya no hay en ellos aquella simplicidad santa, ni la sabiduría llena de bondad, ni las obras, para que merezcan tener aquella familiaridad con Dios, por la cual eran dél visitados y ayudados de su gracia, con que venían á ser estimados y tenidos en mucho, como tú lo has dicho.
Amintas.—¿Sabéis qué puedo responderos á esso? Lo que un pastor á un obispo, que reprendiéndole de cierta cosa en que había pecado, le decía que los pastores de los tiempos pasados todos eran santos y buenos y amigos de Dios, y que por esso Dios los quería bien y hacía tantos milagros por ellos, y así como á santos y amigos suyos se les aparecieron los ángeles á denunciarles el nacimiento de Christo y fueron los primeros que le adoraron y ofrecieron dones; y que los pastores deste tiempo eran muy mal inclinados y simples, y que toda su simpleza era inclinada á mal fin y á hacer con ella malas obras. Y el pastor le respondió: También, señor, en este tiempo, cuando moría algún obispo ó perlado se tañían las campanas de suyo, y ahora, cuando las quieren tañer, no bastan cien brazos y manos á moverlas. Mayor obligación tenéis los obispos y los curas de ánimas, los cardenales y patriarcas y aun el papa, de no hacer cosa mala ni de que poder ser reprendidos, pues sois más verdaderos pastores que nosotros y habéis de dar cuenta á Dios de mayores y mejores rebaños de ganados, so pena de pagar con vuestra ánima lo que por vuestra culpa se perdiere; que nosotros, si algún mal ó daño hacemos, á muy pocos daña, y principalmente es para nosotros, que pagamos de nuestras haciendas ó soldadas las reses que se nos perdieren; pero los perlados inficionan sus ovejas con el mal enxemplo de su vida y excesos; y en fin, todos somos pastores y todos hacemos mal lo que somos obligados, y así tiene agora Dios tan poca cuenta y familiaridad con los obispos y con los otros perlados y curas de ánimas como con los pastores que andan con el ganado en el campo. Y la verdadera reprensión que me habéis de dar es con el buen enxemplo y dotrina de vuestra vida, para que yo me avergüence y confunda cuando no hiciere lo mismo que vos hiciéredes.
Leandro.—Avisado pastor era esse, y bien conozco yo que no solamente los obispos y los otros perlados y pontífices son pastores y tienen la obligación que has dicho, pero que desa manera también se pueden llamar pastores los emperadores, reyes y príncipes, y los otros grandes señores y todos aquellos que tienen vasallos y súbditos con cargo de gobernarlos.
Amintas.—Pues si todos estos son pastores como yo soy pastor, harto mejor vida es la mía que no la suya; porque los unos han de tener cuidado de las ánimas y los otros de los cuerpos de muchas gentes, gobernándolos con muy gran rectitud y justicia, y cuando dexan de hacerlo por voluntad ó negligencia ó descuido, es grandíssima la pena que tienen, que no pagan con menos que con la condenación de sus ánimas; y yo, aunque se me pierda un carnero, ó me lleve el lobo una oveja, ó me coma un cabrito, con pagarlo á mi amo le satisfago y quedo sin pena ninguna; así que no tengo por buen consejo dexar de ser pastor de rebaños de bueyes y vacas, y ovejas y cabras, en que tan poco se aventura, y procurar de serlo (como vosotros me aconsejáis) de hombres y mujeres, poniendo en mayor condición la salvación de mi ánima de la que agora tengo.
Leandro.—Muy bien me parece, Amintas, lo que dices si bastasse para hacerme entender del todo lo que al principio dixiste.
Amintas.—¿Y qué dixe?
Leandro.—Que la vida pastoril era más conforme á la manera en que la naturaleza quería que viviesen las gentes que no ninguna de las otras.
Amintas.—Ya me acuerdo, y lo que por medio se ha tratado me embarazó á seguir la plática comenzada; pero tornando al propósito, digo que la naturaleza hizo y crió todas aquellas cosas que le pareció que no solamente bastaban para socorrer á la necesidad de todos los animales, pero también á la de los hombres; y á todas las puso en gran perfición, que si quisiésemos usar y aprovecharnos dellas, sin otro ningún artificio, por ventura las hallaríamos muy más provechosas, y serían causa de alargarnos la salud y la vida mucho más tiempo; porque cuando los hombres comían por pan las frutas de los árboles, las hierbas, las simientes y raíces y los otros mantenimientos sin hacer las mezclas que agoran hacen, no se les acababa la vida tan presto, y así veréis que los ciudadanos y ricos que no viven con otro cuidado si no de procurar de poner artificiosamente otro diferente sabor en los manjares del que consigo tienen, que no siguen la orden de naturaleza como la seguimos los pastores, los cuales nos contentamos con comer las cosas que he dicho, y el pan de centeno tenemos por curiosidad para nosotros; cuando hallamos algunas frutas montesinas ó algunas hierbas comederas y también algunas raíces sabrosas, deleitámonos en comerlas. Si matamos alguna liebre ó conejo con nuestros cayados, ó si tomamos con lazos y redes que armamos algunas aves, no las estimamos en tanto que se nos dé mucho por comerlas, por la costumbre que tenemos de contentarnos con lo que ordinariamente comemos, porque nunca nos falta esto que digo, con abundancia de leche y queso y manteca y cuajada que nos dan las cabras y las ovejas; y cuando la sed nos acosa, buscamos las fuentes de las montañas, y llegándonos á ellas, miramos cómo salen aquellos chorros de agua á borbollones por medio de las venas de la tierra, y á donde vemos que la arena está más limpia y dorada, con unas pedrecillas pequeñas que con la claridad transparente de la agua están reluciendo, allí nos echamos de bruces y nos hartamos. Y si esto no queremos hacer, con nuestras manos encorvadas tomamos el agua y la traemos á la boca, no tomando menos gusto en beber por este vaso natural y de que nos poseyó naturaleza, que si bebiésemos por los más ricos de oro y plata que tuvieron los reyes Creso y Mida, como se cuenta en las historias. Cierto, poco cuidado tenemos de los buenos vinos y sidras y cervezas y alojas, ni de los otros brebajes que se hacen, porque el no verlos ni tratarlos nos quita la codicia dellos y de los manjares sabrosos y delicados; y el gusto, como está hecho á comer y beber lo que digo, parécele que no hay cosa que mejor sabor tenga. Y, verdaderamente, muchos de nosotros, comiendo algunas veces de las cosas que no acostumbramos, por buenas que sean, nos revuelven los estómagos y nos hacen mucho daño; assí que no sentimos falta dellas, ni las procuramos, antes nos reimos y burlamos de ver á las otras gentes con un error y cuidado tan grande, y con una solicitud tan extraña en tener muchas cosas bien aderezadas y muchos manjares bien adobados para hartarse dellos, los cuales, pasando por tantas manos tan envueltos y revueltos, no pueden ir con aquella limpieza que lo que nosotros comemos, aunque á todos os parezca al contrario desto. Y dejando lo que toca al comer y beber, muy gran ventaja es la que haga la vida pastoril á la de todas las otras gentes, en la quietud y reposo, viviendo con mayor sosiego, más apartados de cuidados y de todas las zozobras que el mundo suele dar á los que le siguen; las cuales son tan grandes y tan pesadas cargas, que si las gentes quisiesen vivir por la orden natural, habían de procurar por todas las vías que pudiesen de huirlas y apartarse dellas; pero no viven sino contra todo lo que quiere la naturaleza, buscando riquezas, procurando señoríos, adquiriendo haciendas, usurpando rentas, y todo esto para vivir desasosegados y con trabajos, con revueltas y con grandes persecuciones y fatigas. Los que somos pastores, el mayor cuidado que tenemos es de dormir muy descansadamente; muy pocas cosas nos hacen perder el sueño si no estamos en alguna parte donde tengamos temor á los lobos. A donde quiera que vamos hallamos muy buena cama, que es la tierra, en la cual nos acostamos sin hallar menos los colchones y cabezales blandos, ni las sábanas delgadas y mantas de lana fina. Ponemos una piedra ó terrón por cabecera, y muchas veces se nos passa así una noche entera sin que despertemos; y de mí os digo, que cuando me pongo á pensar que la tierra es la verdadera cama en que nuestros cuerpos han de reposar después que la ánima los desampare, tan largo tiempo como será hasta que seamos llamados para el universal juicio, que me maravillo cómo por tan pocos días y tan breve vida ninguno quiere hacer mudanza ni tener otra cama. Y si dixéredes que se hace por el daño que recebiría la salud con la humedad de la tierra, la costumbre es la que quita estos inconvenientes, que los pastores por la mayor parte viven muy sanos y con pocas enfermedades, y si las tenemos, no tan recias y trabajosas como los que viven con regalos y delicadezas. Y también os sé decir que los vestidos que traemos, aunque no son tan costosos, no son de menos provecho que los de los ciudadanos, porque después de andar muy bien arropados, traemos encima las zamarras y pellicos en el invierno, con el pelo adentro, que nos pone mucho calor, y en verano afuera, porque la lana nos defiende del sol y el pellejo es para nosotros templado; sentimos muy poco los grandes fríos y los grandes calores, porque ya el cuerpo está curtido y acostumbrado á sufrirlos y passarlos sin trabajo, de manera que no nos espantan las nieves ni las heladas, porque cuando algo nos fatiga, eslabón y pedernal traemos en los zurrones, y la leña siempre está cerca, y cuando hace muy grandes calores y siestas, nunca falta una cueva ó choza ó la sombra de algún árbol que nos defiende de la fuerza del sol; y en el campo pocas veces falta algún viento fresco con que mejor puede pasarse; y assí, muy contentos y regocijados, cuando algunos pastores nos juntamos en uno, tañiendo nuestras gaitas y chirumbelas y rabeles nos holgamos y passamos el tiempo muy regocijados, dando saltos y haciendo bailes y danzas y otros muchos juegos de placer; y cuando yo quedo solo de día, ando con gran atención mirando por mi ganado y procurándole buenos pastos para la noche, en la cual sin ningún sobresalto me echo y duermo, como dicen, á sueño suelto; y si despierto antes del día, limpiando los ojos los levanto al cielo, y mirando aquellas labores con que los planetas y estrellas lo pintan, estoy contemplando muchas cosas, principalmente en Dios que los hizo y después en la gloria que en ellos se espera. Y con esto acuérdaseme de los filósofos y astrólogos que quieren medir los cielos y la grandeza del sol y el tamaño de la luna, la propiedad de cada una de las estrellas, y riome dellos y del contentamiento que tienen con su ciencia, pareciéndoles tan cierta que no pueden errar en ninguna cosa; porque á mi me parece que aunque acierten en muchas dellas, es tanto lo que queda por saber, que casi es nada lo que saben, y que mucho de lo que ellos tienen por cierto y averiguado, lo debrían tener por dudoso y aun por falso, y que sólo aquello se puede tener por muy verdadero que por la verdad y certidumbre de nuestra santísima fe estamos obligados á creer sin duda alguna. Y de aquí métome en otras contemplaciones que me levantan los pensamientos á mayores cosas que las del mundo, y que aquellas que vosotros, señores, me aconsejáis y querríades que las emplease. Cuando viene la mañana, alégrome con la luz; estoy mirando el lucero que viene como guia del resplandeciente sol, miro cómo se está descubriendo poco á poco, cómo tiende sus claros rayos sobre la haz de la tierra. Levántome luego en pie sin tener trabajo de vestírme, como no lo tuve de desnudarme, y bendigo y alabo á Dios con ver que muchas veces el campo, que á la noche estaba seco y limpio, á la mañana comienza á reverdecer saliendo los gromecitos pequeños de la hierba, la cual (estándola yo mirando) va creciendo, y de ahí á pocos días veo salir las flores y las rosas de diversos colores y matices, con una hermosura y olor tan suave, que parece cosa celestial. Oyo los cantos de las aves á las mañanas y á las tardes, que también con su dulce harmonía parecen música del cielo, y, en fin, veo pocas cosas que me den enojo y pocas que me desasosieguen; como no veo lo que pasa en el mundo, tampoco lo codicio, ni me parece que me falta nada, y hartas veces con el sobrado placer ando alrededor del ganado tañendo con mi chirumbela, dando saltos, que quien me viese pensaría que estoy fuera de juicio, aunque yo cuando esto hago pienso que tengo más seso y estoy más cuerdo que nunca.
Leandro.—Según esso, hermano Amintas, más amigo eres de la vida contemplativa que no de la activa, y no te puedo negar que no tienes razón en ello, pues por la boca de Christo se declaró y averiguó tener mayor perfición; mas para hacer lo que tú dices, si yo no me engaño, lo mejor sería ser flayre.
Amintas.—En esso cada uno hace lo que Dios le da de gracia, que yo por agora no quiero perder la libertad, sino hacer con ella lo que pudiere, para que Dios sea servido, que yo confiesso que, no teniendo respecto sino al servicio de Dios, es más perfecta vida la de los flayres; pero si queremos gozar juntamente de la libertad del mundo, buena es la de los pastores, y no es por fuerza que se han de salvar todos los flayres ni condenarse los que no lo fuesen.
Leandro.—No tienen tan buen aparejo para salvarse los pastores como ellos, porque cada día dicen ó ven misa, rezan sus horas y hacen otras devociones y sacrificios que vosotros no podéis hacer.
Amintas.—Yo no comparo la vida de flayres y pastores para hacerlas iguales, que bien conozco la ventaja por las causas que he dicho, pero tengo la vida de los pastores por mejor que la de los otros hombres que siguen los oficios y tratos del mundo. Y lo que yo pretendo que entendais de mis razones no es sino la poca razón que tenéis en persuadirme que dexe esta manera de vivir y que siga cualquiera de las otras que á vosotros os parece mejores, no lo siendo.
Florián.—¿Parécete á ti que es bien oir missa tan de tarde en tarde, confessaros mal y por mal cabo, oir tan pocos sermones, saber tan mal las cosas que tocan á la fe y tener tan poca noticia de las cosas y precetos ordenados por la Iglesia?
Amintas.—Harto peor es saberlo y no usar dello como conviene, que aunque dicen que la iñorancia no excusa el pecado, como no se puede negar, á lo menos quita la gravedad del pecado, porque más gravemente peca el que comete un pecado sabiendo que lo es, que no el que iñorantemente peca sin saber lo que hace, y el pastor que no cumpliere con el preceto divino y de la Iglesia en lo de la confessión, no le meto yo en la cuenta de los pastores de quien he hablado, ni tampoco el que dexase de oir missa podiendo hacerlo, aunque los santos padres del desierto y los ermitaños con la contemplación suplían las faltas que hacían en esto, porque Sanct Antón y San Pablo y otro muy gran número dellos estuvieron muchos años y tiempos donde ni vían missa, ni oían sermón, ni estaban al rezar de las horas; pero no por esso dexaron de salvarse y venir á ser santos y canonizados; assí que no por la falta que en lo que he dicho hecieren los pastores dexarán de tener por otras muchas vías aparejo para su salvación.
Leandro.—Bien me parece lo que dices, pero no me podrás negar que no vivís todos los pastores apocados y abatidos y sin tener parte en el mundo, y no porque la tuviéredes dexaríades de ser tan buenos y aun por ventura mejores de lo que sois; contentándoos con la vida solitaria, viviendo más como bestias salvajes que no como hombres que usan de la razón, con que sobrepujaron por excelencia á todos los otros animales.
Amintas.—No paséis, señor, más adelante, que estáis muy engañado en todo lo que habéis dicho; porque dexando aparte que á mí me paresce que lo que nosotros hacemos es usar de la razón, y que lo que las gentes hacen en los tráfagos y baratar, en la presunción de la honra, en procurar preminencias y estados, es todo muy gran desatino y locura, quiero responderos á lo que habéis dicho que el mundo nos tiene como á cosa superflua y olvidada, y esto sería si no se hubiese el mundo acordado de muchos pastores y aun casi reconosciendo algunas veces tener necessidad dellos; porque como en el principio de nuestra plática os dixe, Moisés, caudillo y capitán fue del pueblo de Israel, y para serlo salió detrás del ganado que guardaba; lo mesmo sucedió al rey David. Pero ya que queráis decir que á estos Dios los eligió por su mano, yo os diré otros muchos que de pobres pastores subieron á tener muy grandes y poderosos estados y reinos algunos, porque por su virtud fueron llamados para ellos, y otros que de sí mesmos los procuraron, dándose tan buena maña que hobieron y alcanzaron.
Florián.—Por tu vida que nos los digas, porque yo no sé ninguno y holgaré mucho de saberlo.
Amintas.—Á mí me place, que también lo he leído en historias. Los primeros que yo sé son Rómulo y Remo, que siendo criados por aquel pastor Faustulo que los halló echados á la ribera de una laguna, y por su mujer llamada Loba, después que iban creciendo les ayudaban á guardar sus ganados, y de allí vinieron á ser fundadores de la ciudad de Roma. Paris, hijo del rey Priamo, pastor fué mucho tiempo, y así lo era cuando la contienda de las tres diosas sobre la manzana de la discordia, y después por el robo de Elena fué causa de la destrucción de Troya. Apolo, por haber sido en la muerte de los cícoples, vino á ser pastor y guardó los ganados de Admeto, rey de Tesalia, y después vino á ser contado entre los dioses celestiales. Giges, rey de Persia, pastor fué primero, y hallando una piedra con la cual se hacía invisible todas las veces que quería, vino á tener amores con la reina, y matando al rey se casó con ella, y se dió tan buena maña que se quedó con el reino. Primislao, rey de Bohemia, primero anduvo apacentando vacas y yeguas que tuviese la gobernación del reino. Justino, emperador que tuvo el imperio antes de Justiniano, no solamente en su juventud fué pastor de vacas y yeguas, pero también dicen dél que fué mucho tiempo guarda de los puercos de un lugar donde vivía. Viriato, que fué príncipe y gobernó mucho tiempo el reino de los portugueses, deffendiéndolo muy esforzadamente del poder de los romanos, primero fué pastor y después cazador, y de allí vino á hacerse tan poderoso. Tulio Ostilio, rey de los romanos, cuando era mozo anduvo mucho tiempo en el campo apacentando las ovejas. Aquel tan poderoso y nombrado rey Ciro, estando en poder de Mitrídates y de su mujer llamada Espaco (pastores que lo criaron cuando por mandado de Astiages fué puesto á las bestias fieras que lo comiesen), muchas veces les ayudó á guardar los ganados. Licasto y Parrasio fueron gobernadores y reyes de Arcadia, los cuales habiendo sido echados en el campo cuando nacieron por su madre Filonomia y criados por un pastor llamado Teliso, le ayudaron, primero que la fortuna les ensalzase, á guardar los rebaños de los ganados con que andaban por los montes. El papa Sixto, primero deste nombre, hijo fué de un pastor y criado en el oficio de su padre, y no por esso dexó de alcanzar el pontificado. El gran Taborlán, rey de los citas, que casi fué en nuestros tiempos, el primer oficio que tuvo fué guardar los puercos, y después ser pastor de ganados, y de allí vino á ser entre los más poderosos reyes del mundo, y en ser famoso capitán muchos lo quisieron comparar al gran Alejandro, rey de Macedonia. También se dice que el primero Sofi, antes que viniese á ganar el señorío que agora tienen sus descendientes, guardaba ovejas y cabras en una montaña donde fue criado. Y porque viene al propósito, quiero contaros lo que sucedió á dos hermanas pastoras, hijas de un hombre que hacía carbón, lo cual me dixeron á mí por cosa muy cierta y verdadera, y assí lo tengo también por verdad.
Florián.—No será malo tener en qué pasar la noche, porque como estamos desvelados con la plática comenzada, yo fiador que aunque la dexásemos no nos venciese el sueño tan presto.
Amintas.—Pues escuchadme, que yo creo que es historia que holgaréis de oirla. Un rey de Francia, de cuyo nombre no tengo memoria, era en gran manera amigo de andar á caza y de montear venados y jubalís y otras bestias fieras; y como la tuviese por ejercicio y un día estando puesto en una parada se le fuese su venado della sin poderlo herir, fué tanta la codicia que le tomó de matarle, que encima de un muy hermoso caballo y muy ligero que tenía comenzó á seguirle sin tener atención á otra cosa. La tierra era muy montañosa y la espesura de los montes muy grande, y cuando el rey con los lebreles que le seguían vino á matar el venado, había corrido tan larga tierra, que estaba muy lejos de donde había dexado sus cazadores; y en fin, cebando los perros en la presa, y haciendo todas las otras muestras de gran cazador, sobrevino la noche muy cerrada y escura, y como hubiese venido dando vueltas á una parte y á otra, y también la escuridad le desatinase, cuando pensó que volvía donde sus cazadores tenían puestas sus armadas, se metió mucho más adentro en la montaña, y esto fué causa de que no pudiesse oir las bocinas que sus criados buscándole por unas partes y por otras tañían, y que ellos tampoco pudiesen oir la suya. Viéndose el rey perdido y soplando un viento cierzo que le hacía haber muy grande frío, aquella noche deseaba hallar alguna parte donde albergarse pudiese, y acaso oyendo los ladridos de unos mastines y yéndose al tino dellos, halló dos mozas pastoras que guardaban la una un rebaño de cabras y la otra de bueyes y vacas, y como les preguntase si por allí cerca había algún poblado, ellas le respondieron que por todas partes estaba tan lejos que no podría allegar ni atinar allá en toda la noche. El rey mostró congojarse con esta nueva, y sentiéndolo las pastoras, le dixeron que si él quería irse con ellas, que por aquella noche se podría acoger en casa de su padre, el cual era un hombre carbonero, que por causa de su oficio y para mejor poderlo hacer se había venido á vivir en aquella montaña. El rey les respondió que no solamente quería, pero que se lo rogaba; y assí llevando de sí los hatos del ganado, se fueron todos tres á la casa, que muy cerca estaba, y entrando dentro, el carbonero y su mujer (que muy buena gente eran) acogieron al rey con muy buena voluntad; el que le dió á entender con buena disimulación que era uno de los cazadores que con el rey había salido á caza, y que por venir en seguimiento de un venado se había perdido de los otros cazadores; y apeándose del caballo y queriéndolo meter en una caballeriza donde estaban los asnos del carbonero, antes tomándoselo con muy gentil gracia y desenvoltura lo ataron y echaron mucho feno y cebada de que su padre estaba bien proveído, y entre tanto la mujer hizo un fuego muy grande para que el rey se calentase, y sentándose á él con el carbonero, se estuvieron hablando en algunas cosas, en tanto que las hijas aderezaron la cena lo mejor que pudieron, porque en casa tenían buen aparejo de aves, de caza y de otras cosas de que siempre estaban proveídos; y puesta la mesa con mucha limpieza, conforme al aposento donde se hallaban, la una pastora cortaba lo que se ponía en ella y la otra proveía en todo lo que más era necesario. El rey las estaba mirando y diciendo entre sí que, puestas en otro hábito, parecerían á maravilla hermosas, y por poder disimular mejor quién era, al asentarse porfió mucho con el carbonero que tuviese la cabezera de mesa y el mejor lugar cabe el fuego; pero el carbonero fue tan bien comedido, que no lo quiso hacer. Después, estando cenando, cuando las hijas ponían el primero plato, el rey se hacía de rogar queriendo que el carbonero fuesse primero servido, y assí porfiando la segunda vez sobre ello, el carbonero le dixo: Mirad, señor, cuando estuviéredes en vuestra casa, mandad y obedeceros han, y agora que estáis en la mía, habéis de obedescer lo que os mandan y hacerlo sin tanta porfía. El rey se rió desto y dixo: En verdad que vos tenéis mucha razón y yo lo haré assí de aquí adelante, y si alguna vez vos fuéredes mi huésped, acuérdeseos que quedáis obligado á hacer lo mesmo. Con esto cenaron con mucho regocijo y contento de todos, y acabada la cena, luego se puso en orden una cama bien limpia y mollida, en que el rey (aunque vestido) dormió lo que quedaba de la noche y muy sosegadamente con el cansancio que traía; y á la mañana levantándose, halló que las pastoras le habían ya piensado el caballo y le estaban aparejando una perdiz que almorzase, la cual el rey comió, por ver la buena voluntad con que se le daban, y cuando se quiso partir, hallándose sin dineros, sacó un anillo del dedo con una piedra de muy gran valor y dándola al carbonero le dixo: Huésped amigo, pésame de no tener dineros con que satisfaceros la honra que en vuestra casa me habéis hecho; pero en tanto que yo puedo mejor agradecéroslo, tomad este anillo, que mucho mayor valor tiene del que parece. El carbonero no lo quiso tomar, antes mostrándose agraviado dello le dixo: Señor, yo no os he hecho cortesía para ser con dineros pagado della, antes vos me habéis hecho merced en querer serviros de mi pobreza; algún día podrá ser que yo llegue con necesidad á vuestra casa, y por ventura me favoreceréis vos mejor de lo que agora habéis sido de mí socorrido, que los hombres se topan con los hombres y no los montes con los montes. Pues que así queréis, dixo el rey, ha de ser con una condición, y es que me prometáis, la primera vez que fuéredes á la ciudad, de verme y visitarme en mi posada. Eso haré, dixo el carbonero, de muy buena voluntad, que de aquí á seis días he de ir á vender dos carros de carbón que tengo hechos; mas no sabré yo á dónde hallaros si agora no me lo decís, para que sepa á dónde os he de buscar. En palacio me habéis de hallar, dixo el rey, que allí tengo mi aposento, y para que no podáis errarme, tened cuenta de que vais un poco antes de medio día, que yo tendré también aviso de mirar por vos, y si por ventura no me viéredes tan presto, esperadme en los corredores, que yo saldré allí sin falta. Assí lo haré, dixo el carbonero; y con esto se volvió el rey á los suyos, que toda la noche habían andado perdidos en su busca. El carbonero para el día que había quedado tomó sus dos carros de carbón y se fué á la ciudad con ellos, y vendiéndolos de mañana, tuvo cuenta con lo que el cazador le había mandado, y antes de medio día se fué á palacio, y no mirando si burlaban dél ó no, se subió á los corredores, y el rey, que tenía avisados á los de su guarda para que le hiciesen saber cuando viniese, habiéndoles dicho las señas para que le conociesen, luego que supo que era venido, salió de su cámara, y acompañado de muchos señores y caballeros. Y como el carbonero viera salir tanta gente, quisiera esconderse; pero el rey mandó que le detuviesen, y yéndose hacia él, el carbonero miraba si conocería al cazador que había estado en su casa, para que no le consintiese hacer mal, porque ya estaba atemorizado y se había arrepentido de haber venido allí, y mirando á unos y á otros, puestos los ojos en él, conoció que era el rey el que había tenido por huésped, y entonces él no quisiera haber venido por ninguna cosa del mundo. El rey conociendo su turbación fué para él y le abrazó. El carbonero se echó á sus pies y se los besaba diciendo: Señor, perdonadme que no os conocí cuando estuvisteis en mi casa. El rey le dixo: Buen hombre, vos me hecistes en ella tanta cortesía como si me conociérades, y assí quiero yo que la recibáis vos en la mía, pues que lo habéis tan bien merescido. Y con esto, alzándolo y tomándolo por la mano, lo llevó consigo, contando á todos lo que con él le había acaescido, y assí lo llevó á la capilla donde se decía la missa y le hizo sentar cabe sí para oirla, y después de dicha, pediendo que le diesen de comer, hizo poner al carbonero en una silla á la cabecera de su mesa, y mandóle que se assentase en ella. El carbonero lo rehusaba; pero vista la determinación del rey, lo hubo de hacer, y venido el maestresala, el rey le mandó que le diese agua á manos primero que á él. El carbonero comenzó á excusarse y á porfiar por no mostrar las manos, que debian de venir de la mesma color del carbón que había vendido. El rey estonces hizo que se enojaba y díxole: Mirad, buen hombre, no queráis vos mandar más en vuestra casa que yo en la mía, y pues que allá me mandasteis y yo os obedecí, también quiero que cumpláis vos agora lo que yo mandare, que ya yo os dixe que se os acordase para cuando fuéredes mi huésped, como yo lo fui vuestro. El carbonero, acordándose de lo que había pasado, no osó contradecir á la voluntad del rey, el cual en toda la comida quiso que fuese servido primero, y después que se alzó la mesa, delante de todos le dixo: amigo mío, justo será que yo os pague, y del galardón del buen servicio que me hícistes y porque yo no sé lo que más os agradará y con qué estaréis más contento, vos me pedid merced en lo que quisiéredes, que yo os la haré con muy buena voluntad. El carbonero estuvo pensando un poco, y no siendo tan discreto en esto como en el buen acogimiento que había hecho el rey, le dixo: Lo que yo, señor, querría, y en lo que vuestra alteza me hará muy gran merced, es que de aquí adelante los carboneros en este reino no paguen derechos ningunos y sean francos del carbón que vendieren, que yo tendré mucho que por mi causa reciban esta buena obra, y que siempre tengan memoria de mí por el beneficio que les hago. Todos los que allí estaban se reyeron de lo que el carbonero había pedido, teniendo antes por cierto que pediera alguna cosa de muy gran valor y para sí solo, porque de aquello poco era el aprovechamiento que le venía. Y el rey reyéndose también le dixo: Vos me habéis demandado la merced conforme á vuestro estado y á quien sois, pero no por esso me quitáis la obligación para dexarla de hacer como quien yo soy. La merced de essa franquicia yo os la hago á vos y á todos los carboneros de aquí adelante, y también quiero daros con qué viváis honradamente. Vuestras hijas me hicieron mucho servicio y con gran voluntad, y porque creo que deben tener mayores y mejores pensamientos que vos, quiero que conforme á ellos lleven el galardón, y assí yo inviaré luego recaudo para que vengan á mi palacio; haced que á la hora se pongan en camino. Y con esto mandó aparejar mucha gente y muchos aderezos con que las hizo traer muy honradamente, como si fueran hijas de uno de los grandes de su corte. La reina, por respeto del rey que lo quiso, les hizo tan buen tratamiento que ninguna cosa las diferenciaba de las damas de su casa, porque en ellas hallaba aparejo para todo el bien que se les hacía, y assí andando el tiempo, con estar tan favorecidas y con muy gran dote que les dieron, las casaron con dos caballeros de los más principales del reino, porque ellas eran muy hermosas y muy bien entendidas, que no fue poca parte para su buena dicha, y en Francia dicen que el día de hoy hay dos linajes que descienden de estas dos pastoras y son de los principales del reino, sin que ninguno de sus descendientes se deshonren ni afrenten de haberlas tenido por antecesoras, antes lo confiesan y se precian dello por el merecimiento que por su virtud estas dos hermanas tuvieron. Y no penséis, señores, que lo que os he dicho no sea verdad, que yo os digo que lo hallaréis muy cierto cuando mejor quisiéredes informaros dello.
Leandro.—Yo no quiero tenerlo por evangelio, pero lleva razón para creerse, porque yo he oído decir por cosa muy cierta que los carboneros no pagan derecho ni tributo ninguno del carbón que venden en el reino de Francia, y essa que tú dices debe ser la causa dello.
Florián.—También yo he oído decir lo mesmo y parte de lo que aquí Amintas ha contado.
Amintas.—Tornando al propósito comenzado, ya veis por estos ejemplos cómo de los pastores y pastoras se acuerda Dios muchas veces para hacerles merced; porque sin estos que he dicho, podiera decir otros muchos que, aunque no vinieron á ser reyes ni emperadores, subieron á otros estados y dignidades en que vivieron muy ricos y estimados y con muy gran aparato y honra; pero paréceme que bastan para que, señores, sepáis que Dios principalmente, y la opportunidad y el tiempo como despenseros de sus bienes, también se acuerdan de los pastores como de las otras gentes. Y no digo esto para que yo á los que assí han tenido mandos y gobiernos y grandes riquezas les tenga ninguna envidia, ni malicia, que maldita aquélla en mí reina; pero tampoco digo que si se me ofreciese otro mayor bien que ser pastor y me veniese (como suelen decir) de mano besada y sin trabajo, lo rehusaría ni dexaría de tomarlo, mas no porque dexe de estar y vivir muy contento con la vida que tengo, llena de tanta quietud y reposo, fuera de la ocasión de los vicios, quitada de todas contiendas y baratas, apartada de muchos cuidados y desasosiegos. Maldito el temor tengo de que me ha de faltar qué coma, porque cuando hubiere esterilidad del pan, las hierbas y raíces y frutas me bastan, que pocas ó muchas, nunca el campo dexa de darlas. Tampoco dexaré de dormir con pensar que me han de hacer mal los ladrones, que cuando más daño me hacen es tomarme lo que trayo en el zurrón y algún cabrito ó cordero del rebaño, que todo vale poco dinero. De los lobos me guarde Dios, que éstos, si me descuido, hacen muy gran destrozo; pero yo traigo muy buenos mastines y procuro siempre de poner tan buen cobro, que pocas veces hallan en mis rebaños aparejo para matar la hambre.
Leandro.—Paréceme, Amintas, que tú podrías decir lo que un filósofo, que todos tus bienes los traes contigo, y verdaderamente en todo lo que dices te has mostrado tan filósofo, que yo no sé qué responderte, sino que si mucho tiempo conversase contigo, creo que bastarías para hacerme mudar de propósito y que, dexando la vida que tengo, me tornase también pastor como tú lo eres.
Florián.—A mí muy bien me parece lo que dice y de muy buena gana lo he escuchado: pero en fin, determinado estoy de dormir en buena cama en cuanto podiere, y comer buenos manjares y beber buenos vinos y andar muy bien vestido y procurar buenas conversaciones para pasar el tiempo, sin cuidar de las filosofías de Amintas ni de sus contemplaciones, que la vida de los hombres es muy breve y lo mejor y más bien acertado, á mi parecer, es pasarla con las menos zozobras y trabajos que los hombres podieren.
Amintas.—Sabed, señor, que la buena cama es aquella donde los hombres duermen á su sabor sin tener quien les estorve el sueño, y los buenos manjares aquellos que hartan el estómago y dan contentamiento al gusto, y los buenos vinos los que matan la sed sin hacer daño á la salud. Los buenos vestidos, los que tapan el cuerpo y son amparo de la calor y del frío, y la buena conversación la que se tiene sin perjuicio del prójimo, y muy mejor la que se tiene en la contemplación con los ángeles y con los santos, teniendo siempre los pensamientos puestos en el cielo. Y esta es la verdadera filosofía y ciencia que todos debríamos aprender y saber para jamás olvidarnos della. Cuando yo duermo en el suelo duro no despierto en toda una noche, despertando ciento los que duermen en los colchones blandos y sábanas delgadas. El pan de centeno con una cebolla ó con un tassajo de cecina me sabe mejor que saben las perdices y gallinas y capones á los que no saben comer otra cosa. La agua dulce y clara de las fuentes y arroyos para mí tiene mejor sabor que los mejores vinos del mundo, porque el gusto está acostumbrado á beberla sin tener memoria del sabor ni de la diferencia que tiene en los sabores del vino. Mi jubón y mi capisayo y mi pellico que trayo encima son tan calientes y me quitan mejor el frío que á los señores las ropas de martas que traen de Rosia. La conversación, cuando la quiero, con otros pastores nunca falta, que cada hora podemos juntarnos, y si no en los lugares comarcanos la tenemos. Y en fin, esto que hacemos los pastores todo es con harto menos trabajo y peligro que lo que hacen los ciudadanos, y si á vosotros, señores, os parece otra cosa y que la vida que tenéis es mejor que la nuestra, seguilda, que así haré yo la mía, y desta manera podemos decir que cada loco con su tema.
Leandro.—No te veo yo, Amintas, tan loco que no seas muy cuerdo, y tan cuerdo que pluguiese á Dios que, assí como me satisfacen tus razones, podiesse acabar conmigo de seguirlas, y más si fuese con las condiciones que tú aquí has dicho; pero assí es el mundo, que Dios provee para todas las cosas con el remedio necesario y quiere que las gentes tengan pareceres diferentes y diversos, y que no quieran seguir todos una manera de vida, y aun no es este el menor de sus secretos si contemplamos cómo para todos los oficios hay hombres que los quieran, viendo que uno que tiene habilidad para platero quiere ser herrero, y otro que podría ser pintor huelga de ser embarrador, y el que tiene suficiencia para ser sastre toma el oficio de ganapán, y el que tiene aparejo para ser mercader quiere usar el oficio de tejedor, y esto todo procede de la voluntad y providencia del que crió todas las cosas, dando quien las quiera y las siga y tenga afición con ellas. Assí que no todos podemos ser señores, ni caballeros, ni ciudadanos, ni oficiales, ni flayres, ni pastores, sino que unos han de seguir una manera de vivir y otros otra; y pues que assí es, tú, Amintas, si estás contento con la vida pastoril, como aquí lo has mostrado, yerro sería que la dexases, y nosotros, pues lo estamos con la que tenemos, también la seguiremos. Plega á Dios que le sirvamos todos con ella. Y pues que ya el día se viene acercando y el lucero se nos muestra dando manifiesta señal de su venida, será bien que nos vamos, y tú, hermano mío Amintas, conócenos desde agora para tenernos por verdaderos amigos, que, si place á Dios, algún día te podremos pagar la honra que esta noche nos has hecho. Y porque con la espesura de los árboles no podremos acertar el camino, por tu fe que nos guíes por donde hemos de ir á la ciudad, que también el trabajo que en esto tomares te será galardonado.
Amintas.—A mí me place de muy buena voluntad; por aquí podremos ir mejor, y en bajando aquel valle hallaréis un camino abierto y ancho; por él os iréis sin tomar á una parte ni á otra, que no lo podréis errar; y porque dexo el ganado solo no voy hasta allá; por tanto, perdonadme y Dios vaya con vosotros os guíe.
Florián.—Ese quede contigo y te haga bienaventurado.
Finis.