COLLOQUIO

Que trata de la desorden que en este tiempo se tiene en los vestidos y cuán necesario sería poner remedio en ello.

INTERLOCUTORES

Sarmiento.Escobar.Herrera.

Herrera.—¿No veis, señor Sarmiento, qué galán y costoso viene Escobar? Por Dios, que me espanto de verle cada día salir con un vestido de su manera, que si tuviera un cuento de renta no podría hacer más de lo que hace.

Sarmiento.—Passo que, según es delicado, si nos oye pensará que estamos murmurando dél.

Herrera.—Y aunque lo hiciésemos sería pagarle de lo que merece, porque jamás sabe hacer otra cosa de todos cuantos hay en el mundo.

Sarmiento.—No le arriendo la ganancia, pues ha de pagar su ánima lo que pecare su lengua.

Escobar.—¿Qué ociosidad es esta tan grande? ¿Por ventura tenéis, señores, tomado el paso á las damas, que hoy andan en visitaciones, para gozar de verlas y juzgarlas? Pues á fe que no tarden en venir dos dellas, que no son de las más feas del pueblo.

Herrera.—Antes estamos para juzgar los galanes, y vos sois el primero, porque venís tan galán que dais á entender á todos en miraros.

Escobar.—¿Y qué gala halláis que es ésta?

Herrera.—Si essa no lo es, ¿cuál queréis que lo sea? En verdad que me parece á mí que bastaría para un gran señor, cuanto más para un pobre caballero como vos. No fuera bien que os contentárades con tafetanes en esas calzas, sino que por fuerza había de ser telilla de oro, y aun no de la de Milán?

Escobar.—Hícelo porque dice mejor con el terciopelo blanco.

Herrera.—Pues, la guarnición de capa y sayo, ¿no es costosa? Yo fiador que con lo que ella costó se pudieran hacer bien dos sayos y dos capas, sin que la capa está toda aforrada en felpa para el fresco que hace, y la hechura, según lleva la obra, no debió de ser muy barata.

Escobar.—No fué muy cara; en ocho ducados sayo y capa.

Herrera.—Loado Dios que ocho ducados os parecen poco. Agora acabo de confirmar lo que muchas veces he pensado, que una de las cosas, y aun la más principal, que el día de hoy trae la gente pobre y perdida, sin alcanzar con qué poder sustentarse, es la costa grande de los vestidos, los cuales empobrecen harto más dulcemente que no los edificios. Y esta manera de empobrecer no la puedo yo llamar por otro nombre sino locura.

Escobar.—De essa manera todo el mundo es loco, pues no hay ninguno que podiendo no quisiese andar muy bien vestido.

Herrera.—Confieso que, generalmente, es assí; pero muchos hay que no entran entre los que decís.

Escobar.—Essos hacerlo han de desventurados y mezquinos y que tienen en poco la honra, porque una de las cosas con que los hombres andan más honrados es con andar muy bien aderezados y vestidos.

Herrera.—Bien habéis dicho, si en ello no hubiese extremos, los cuales son muy odiosos en cualquiera cosa, y más en ésta que forzosamente, tarde ó temprano, se ha de dar señal de un extremo á otro.

Escobar.—Yo os declaro que hasta agora no os he entendido.

Herrera.—Pues yo haré que me entendáis muy presto. Digo, que los hombres habrían siempre de tener respeto á su posibilidad y mirar lo de adelante, conformándose y contentándose con lo que puedan para no caer de aquello en que una vez se pusieren, y si lo sustentaren, que sea con no padecer trabajo por otra vía. Que muy bien puede un hombre vestirse de terciopelos, rasos y gastar ciento ó doscientos ducados si los tiene, y acabados aquellos vestidos, como no tenga con qué comprar otros, viene á caer de un extremo en otro, que es harto peor que si al principio se contentara con un sayo y una capa de paño, sin hacer tanta costa, de manera que se hallan los hombres sin la hacienda que gastaron y no pueden sustentar la honra que por ello decís que se les sigue.

Escobar.—Muy gran seso sería esse si los mancebos hubiesen de contemplar essas cosas.

Herrera.—No pongo yo menos culpa á los viejos que á los mozos, porque también en esto andan desordenados, aunque no sea tanto como ellos.

Escobar.—Por vuestra vida, señor Herrera, que dexéis estar el mundo como lo hallasteis y como siempre fue, porque excusado será que por vuestro parecer haya mudanza ni las gentes dexen de vestirse costosamente como lo hacen.

Herrera.—Engañado estáis, señor Escobar, ni yo, aunque no soy muy viejo, hallé en los vestidos el mundo como agora le vemos, ni fué siempre lo que agora parece; antes hace en esto tantas mudanzas, y más en nuestros tiempos, que ya es confusión pensar en ello.

Escobar.—Yo no las creo.

Herrera.—Es porque tenéis los pensamientos embarazados, y será bien que yo os diga algunas para que os desengañéis y para que veáis si se puede condenar las de agora por una desatinada locura.

Escobar.—Pues en verdad que yo huelgo de oiros de muy buena voluntad, y lo mismo hace, por amor de mí, el señor Sarmiento, que harto tiempo y espacio tenemos para todo.

Herrera.—No ha muchos tiempos que, en España, andaban vestidas las gentes tan llanamente que no traía un señor de diez cuentos de renta lo que agora trae un escudero de quinientos ducados de hacienda, porque estonces no había un sayo entero de terciopelo, y el que tenía un jubón, no hacía poco, que éste era el hábito que estonces se usaba, trayendo los sayos sin mangas para que se pareciesse, y algunos traían solas las mangas con un collar postizo de terciopelo que subía encima del sayo para que se pareciese. Y otros no ponían en las mangas más de las puntas, que eran cuatro ó cinco dedos de ancho, que por mucha gala sacaban fuera de las mangas del sayo para que se pareciesse. El hábito de encima eran capas castellanas como agora se usan, ó capuces cerrados de la manera que los traen muchos portugueses, y por guarnición un rebete de terciopelo tan angosto que apenas podía cobrir la orilla. Los sayos eran largos y con girones; el que se vestía de Londres no pensaba que andaba poco costoso; traíanlos escotados como camisas de mujeres, y una puerta muy pequeña delante de los pechos puesta con cuatro cintas ó agujetas y los musiquís de las mangas muy anchos.

Sarmiento.—Bien extremado está esto de lo de agora, porque lo que estonces echaban en las faldas y en las mangas echan agora en los collares, que hacen que suban encima de los cocotes y ande el pescuezo metido en ellos de manera que parecen los que los traen mastines con carrancas.

Herrera.—No quiero yo altercar cuál es mejor uso en los trajes, el de entonces ó el de agora; pero solamente quiero que entendáis que el de estonces era muy á la llana y el de este tiempo muy curioso, y cuanto al parecer bien, aquello que se usa es lo que bien parece, y si se usase traer los zapatos de lana y las gorras de cuero, á nadie le parecería mal; pero dexando esto, el hábito de encima era un capuz cerrado y el que lo traía de contray de Valencia no pensaba que era poco costoso, y había de ser muy rico para traerlo, y las calzas todas eran llanas, que no sabían qué cosa era otra hechura nueva; usábanse estos bonetes que agora se traen castellanos y unas medias gorras con la vuelta alzada ó caída atrás, y gorras de grana grandes con unos tafetanes de colores por debajo de la barba.

Escobar.—Debían de ser como las que agora se pintan en las mantas francesas.

Herrera.—Decís la verdad, y aun hoy veréis muchos trajes antiguos destos que digo. Los señores por fiesta se vestían de grana colorada ó morada, y era tan grande la templanza que se solía tener en los vestidos, que andando yo buscando unas escrituras de las de la casa de un señor deste reino, vi entre ellas una carta que el rey escrebía á uno de sus pasados, por la cual le rogaba y mandaba que se llegase á la corte, que para el gasto que se hiciese le ymbiaba once mil maravedís de ayuda de costa, y que lo que le encargaba era que en ninguna dejase de llevar él su jubón de puntas y collar de brocado.

Sarmiento.—Gentil antigualla es essa para lo que agora usamos; cierto pocas acémilas debían de ser menester en este tiempo para llevar las recámaras de los señores.

Herrera.—Lo que no llevaban de recámara llevaban en la mucha y muy lucida gente de que andaban acompañados, que parecía harto mejor que los cofres en las acémilas, cargados de plata y de oro y de vestidos demasiados, y no por esso dejaban de ir bien proveídos de lo necesario para la calidad de sus personas. Y con esto traían también los señores una ropa de martas que era la cosa de más estima que estonces había, y agora así Dios me salve que la he yo visto traer á mercaderes y personas que no valían otro tanto su hacienda como el valor que tiene la ropa. Pero esto no lo tengo en tanto como ver que hoy ha cuarenta años si vían á un pobre hombre con un sayo de terciopelo por rico que fuese, le miraban como á cosa nueva y desordenada, y en este tiempo hasta los mozos y criados de los caballos y aun los oficiales no lo tienen en más que á un sayo pardo, y pluguiese á Dios que se contentasen con andar vestidos de terciopelo y de las otras maneras de sedas llanamente, que lo que mayor daño hace es las hechuras, las invenciones nuevas y costosas que muchas veces cuesta más lo acessorio que lo principal, según las cosas que piden los sastres y oficiales de seda para pespuntar, para hacer los torcidos, los caireles, los grandujados, dando golpes y cuchilladas en lo sano, deshilando y desflorando, echando pasamanos, cordones y trenzas, botones, alamares; y lo que peor es, que cuando un hombre piensa que está vestido para diez años, no es pasado uno cuando viene otro uso nuevo que luego le pone en cuidado, y lo que estaba muy bien hecho se torna á deshacer y remendar, quitando y poniendo; y aun muchas veces no aprovecha toda la industria que se pone, sino que se ha de tornar á hacer de nuevo, de manera que los usos é invenciones nuevas de cada día desasosiegan las gentes y acaban las haciendas, porque somos tan locos, que ninguno hay que se conforme con lo que puede, sino que el que tiene veinte ducados los quiere también echar en un sayo y en una capa, como el que tiene dos mil, y no ha sido esto poca parte para encarecer los paños y sedas hasta venir al precio que agora piden y tienen, que si no hubiese quien los comprase, gastándolos, tan mal gastados, ellos vendrían á valer harto más barato de lo que valen.

Sarmiento.—Una cosa no puedo yo acabar de entender, y es que cuanto más encarecen los paños y sedas y van subiendo en precio, tanto se desordenan más las gentes y procuran andar mejor vestidos y más costosos.

Herrera.—Hacen como los hombres beodos, que cuando hay mayor carestía de vino les crece más el apetito del beber, y no tienen el real cuando lo ofrecen en la taberna, aunque no les quede otro ninguno; y pluguiese á Dios que lo mismo hiciésemos nosotros yendo con los dineros en casa de los mercaderes, pero no hacemos sino sacar fiado tan sin medida como si nunca se hubiese de pagar, y por esto sube cada vara tres ó cuatro reales en precio, y el pagar es muchas veces con essecuciones, de manera que por la mayor parte viene á ser más el daño y las costas que se pagan que lo principal que se debe, y sin tener respecto á ninguna cosa destas no dejan de andar todos desmedidos y desconcertados. Y de lo que á mí me toma gana de reir es de ver que los oficiales y los hombres comunes andan tan aderezados y puestos en orden que no se diferencian en el hábito de los caballeros y poderosos, y topándolos en la calle quien no los conozca, muchas veces juzgará que cada uno dellos tiene un cuento de renta.

Sarmiento.—Sabéis, señor Herrera, que veo que esta desorden y desconcierto que decís de los vestidos solamente la hay entre los cristianos. Y aun no entre todos, porque dexando aparte los que viven fuera del conocimiento y sujeción de la madre Iglesia romana, aun de los que le son subjetos hay muchos que no tienen esta curiosidad, como son los húngaros, los escoceses y otras gentes que andan con hábitos humildes y poco costosos; y lo que á mí me parece que me da mayor causa de murmurar es ver la templanza de los infieles, moros, turcos y gentiles. Porque á los moros y turcos, que son los que confinan con la christiandad y de quien más noticia tenemos, vemos que andan todos con hábitos y aderezos casi comunes, y los que son más ricos y poderosos, cuando más se quieren diferenciar en los vestidos, ponen una almalafa ó capuz cerrado de grana colorada ó de otro paño de color, con unos borceguíes de buen cuero. Todos ellos traen zarahuelles sin gastar sus haciendas en muslos de calzas, ni en guarniciones, ni en otras cosas semejantes, que son las que consumen las haciendas. Y esta orden guardan los señores y los servidores, los ricos y los pobres, porque los buenos y que algo pueden, quieren que tomen enxemplo dellos los inferiores para no desconcertarse, y no por esso dexan de conoscer los que más valen, porque los otros les reconocen la superioridad que sobre ellos tienen mejor que nosotros hacemos. Porque no hay en el mundo tanta soberbia ni tanta presunción y exención como en los christianos, y en esto de los vestidos mucho más, porque tan bien los quieren traer el oficial como el caballero y el criado como el señor, de manera que todo va desbaratado y sin ninguna orden ni concierto, el que no falta entre las otras generaciones de gentes de quien tengamos noticia de vista ó de oídas ó por escritura, porque lo mesmo leemos de todos los antiguos que se moderaban en gran manera en los vestidos y aderezos de sus personas.

Escobar.—Pues no se os ha acordado de hablar en les aderezos del camino, que no me parece que habría poco que decir sobre ello.

Herrera.—Tenéis razón, porque casi todos son disparates, y si lo queréis ver, decidme, ¿puede ser mayor disparate en el mundo que andar un hombre comúnmente vestido de paño procurando que un sayo y una capa le dure diez años, y cuando va de camino lleva terciopelos y rasos, y los chapeos con cordones de oro y plata, para que lo destruya todo el aire y el polvo y la agua y los lodos, y muchas veces un vestido destos que les cuesta cuanto tienen, cuando han servido en un camino están tales que no pueden servir en otros? Y á mi parecer mejor sería mudar bissiesto y que los buenos vestidos serviesen de rua, y los que no lo fuesen de camino.

Escobar.—Cesse un poco esta plática y mirad cuáles vienen la señora doña Petronila y la señora doña Juana de Arellano que parecen dos serafines en hermosura, pues poco vienen bien aderezadas; yo fiador que pasa de quinientos ducados de valor lo que trae sobre sí doña Petronila.

Herrera.—También puedo yo fiar que no vale otro tanto la hacienda que su marido tiene, y así conoceréis la razón que yo tengo en lo que he dicho, porque si el desconcierto del vestir de los hombres es muy grande, el de las mujeres es intolerable.

Escobar.—Dexaldes pasar, que podrían oiros.

Herrera.—Poco va ni viene que me oyan, que no soy servidor de ninguna dellas, y assí estaré libre para decir la verdad, que quieren parecer fuera de sus casas unas reinas y morir dentro dellas con sus maridos y hijos de hambre. No sé que paciencia es la que basta á los hombres que se casan en cumplir con los atavíos de las mujeres tan costosos y fuera dé términos, que en otros tiempos la que tenía una buena saya y un buen manto pensaba que no le faltaba ninguna cosa; y assí los antiguos romanos pusieron por ley y estatuto que ninguna romana pudiese tener más de un vestido de su persona, y por cierta ayuda que hicieron á la república dando las joyas de oro para una gran necesidad, entre otros beneficios que les hicieron en remuneración desto, fué el mayor darles licencia que cada una pudiese tener dos vestidos. Agora no se contentan con seis, ni con diez, ni con veinte, que hasta que no quede hacienda ninguna, toda querrían que se consumiese en vestidos. Unas piden saboyanas, otras galeras, sayños, saltanbarcas, mantellinas, sayas con mangas de punta que tienen más paño ó seda que la misma saya, y otras cincuenta diferencias de ropas, unas cerradas y otras abiertas, de paño y de seda de diferentes colores, con las guarniciones tan anchas y tan costosas, que tienen más costa que la mesma ropa en que están puestas; las verdugadas y las vasquiñas que traen á cada día y en baxo de las otras ropas y sayas más cuestan agora que en otro tiempo lo que se solía dar á una mujer cuando se casaba, por rica que fuese. Y dexando los vestidos, en las invenciones de los tocados ¿habría poco que decir si hombre quisiese? Así Dios me salve que en pensarlo aborrezco sus trajes, sus redecillas, sus lados huecos, sus cabellos encrespados, sus pinjantes, sus pinos de oro, sus piezas de martillos, sus escosiones, sus beatillas y trapillos por desdén echados tras las orejas, con que piensan que parecen más hermosas; y de lo que me toma gana de reir muy de veras, es que lo mesmo quiere traer la mujer de un hombre común que la de un caballero que sea rico, todas quieren ser iguales y todas dan mala vida y trabajosa á sus maridos si no las igualan con las otras aunque sean muy mejores y más ricas que ellas.

Sarmiento.—Por eso hicieron bien los ginoveses pocos tiempos ha, que viendo cuán gran polilla y destryción para su hacienda eran los gastos excesivos y trajes de las mujeres, hicieron en su república un estatuto y ley general (la cual no sé si agora se guarda), y por ella pusieron el remedio necesario, el cual fué que ninguna mujer podiese traer ropa de seda ni de paño fino, sino de otros paños comunes, y solamente les dexaron lo que echan por cobertura sobre la cabeza cuando hace gran sol ó cuando llueve, que son dos varas de alguna manera de seda, así como se corta de la pieza, sin otra hechura ninguna.

Escobar.—En eso, agravio parece que recebían las principales, pues no les dexaban en qué diferenciarse de las otras.

Herrera.—Pluguiese á Dios que el mesmo agravio hiciesen á las principales de España, que bien se sufriría tan poco mal por que se ordenase tan gran bien, cuanto más que en todo se podría poner buen remedio, y que la ley se hiciese de manera que fuese justa, y que hubiese algunas particularidades en que se diferenciasen las que más pueden y valen de las otras mujeres comunes.

Sarmiento.—Esso sería poner confusión entre ellas, porque no habría mujer que con dos maravedís no pensase que podía traer lo que una condesa; lo mejor sería que ellas se comediesen y hiciessen lo que las romanas agora hacen, y es que todas andan vestidas de paño negro, sin guarnición ni gala ninguna, en que muestran su gran honestidad y bondad; no traen sobre si oro, ni perlas, ni otras cosas con que parezca acrecentar en su hermosura artificialmente; los mantos son unos lienzos blancos en que hay poca diferencia, que es de ser unos más delgados que otros. Todo su fin es andar honestas y sin traer sobre sí cosa que pueda dañar á su honestidad, y si algunas tienen algún vestido rico, diferenciado deste, no lo visten sino cuando hay algunas fiestas grandes, algunos ayuntamientos de muchas romanas en que quieren mostrarse. Y sin esto si fuese decir los ritos y costumbres de otras naciones en el vestir de las mujeres, todas enderezadas á buen fin, sería nunca acabar; pero en nuestra España la curiosidad de las mujeres es tan grande, sus importunidades son tantas, sus desatinos en el vestir tan fuera de tino, que no hay quien las sufra, y en fin, todas hacen como las monas, que todo lo que ven que hacen y traen sus vecinas, quieren que passe por ellas, no mirando á la razón ni á la calidad y possibilidad de las otras, porque su fin no es sino de vestirse tan bien y mejor y más costosamente que todas, vaya por donde fuere y venga por donde viniere.

Herrera.—¡Guay de los pobres maridos que lo han de sufrir y cumplir!

Escobar.—No cabrían en sus casas si quisiesen hacer otra cosa.

Sarmiento.—Assí es, y particularmente mal podría remediarse este desconcierto; pero en general, remedio tendría si las gentes quisiesen.

Herrera.—¿Qué remedio?

Sarmiento.—Yo os lo diré. Que se heciesen leyes y pramáticas sobre ello, diferenciando los estados y dando á cada una qué ropas y de qué manera las podiese traer, y si no quesiesen tener respeto á las personas, que se tuviesen á las haciendas, y que no permitiesen que quisiesen andar tan bien vestidos el hombre y la mujer que tienen doscientos ducados de hacienda como el que tiene dos mill, como el que tiene tres cuentos, porque de aquí nace la perdición, de que dan á uno quinientos ducados en casamiento y muchas veces los echa todos en vestidos sobre sí y su mujer, y después se ven en necesidad y trabajos sin poder remediarse. Y la pena que se pusiese en las leyes que sobre esto se hiciesen, habría de ser la mayor parte para el que denunciase de los vestidos, porque los pobres con la codicia no dejarían de denunciar de quienquiera que fuese, y assí las penas serían mejor esecutadas, y esta sería buena gobernación, que con ella se remediaría muy gran parte de la perdición del reino, que según veo trocadas y mudadas las cosas de el ser que solían, yo me maravillo cómo las gentes se sustentan ni pueden vivir con estos desconciertos que agora se usan.

Herrera.—Nosotros no bastamos para concertarlos, y lo que más en ello se hablase es excusado; lo mejor será dexarlos y andar con el tiempo, que aosadas, que él haga presto mudanza de lo que agora se usa.

Escobar.—Plega á Dios que no sea de mal en peor.

Sarmiento.—Quien más viviere más cosas verá, y en fin, otros vendrán que digan que los usos de agora eran los mejores del mundo; y con esto nos vamos, que yo tengo un poco que hacer. Dios quede con vuestras mercedes.

Herrera.—Y á vuestra merced no olvide.

Finis.