AMAR SOLO POR VENCER.
Cuando dio fin la música, ya la hermosa Matilde estaba prevenida para referir su desengaño, bien incierta de que luciese como los que ya quedaban dichos; mas ella era tan linda y donairosa, que solo sus gracias bastaban a desengañar a cuantos la miraban, de que ninguno la merecía; y así, cuando no fuera su desengaño de los más realzados, la falta de él supliera su donaire; y viendo que todos suspensos callaban, dijo así:
—Cierto, hermosas damas y bien entendidos caballeros, que cuando me dispuse a ocupar este asiento, dejé a la puerta prevenida una posta, y ya traigo las espuelas calzadas; porque el decir verdad es lo mismo que desengañar: y en el tiempo que hoy alcanzamos, quien ha de decir verdades ha de estar resuelto a irse del mundo, porque si nos han de desterrar de él los que las escuchan, más vale irnos nosotros; pues la mayor suerte es vencerse uno a sí mismo, que no dejarse vencer de otros.
De esto nació el matarse los gentiles, porque como no alcanzaban la inmortalidad del alma, en cambio de no verse abatidos y ultrajados de sus enemigos, no estimaban la vida, y tenían por más hermosa victoria morir a sus mismas manos que no a las de sus enemigos; y de esta misma causa nace hoy el decir mal los hombres de las mujeres, porque los desengañan, si no con palabras, con las obras.
Hablo de las que tratan de engañar y de desengañar; los hombres fueron los autores de los desengaños; historias divinas y humanas nos lo dicen, y aunque pudiera citar algunas, no quiero, porque deseo granjear nombre de desengañadora, mas no de escolástica; que ya que los hombres nos han usurpado este título con debilitarnos más de lo que la naturaleza nos afeminó; y ella, si nos dio flacas fuerzas y corazones tiernos, por lo menos nos infundió el alma tan capaz para todo como la de los varones; y supuesto esto, gocen su imperio, aunque tiranamente adquirido, que yo por lo menos me excusaré de cuestiones de escuela.
Digo, en fin, que como las mujeres vieron que los hombres habían de más a más inventado contra ellas los engaños, hurtáronles no el arte sino el modo. Entra un hombre engañando (como es la verdad, que todos lo saben hacer bien), la mujer finge engañarse, y cuando ve que ya el hombre trata de deshacer el engaño, adelántase a ser la primera.
¿Quién es tu enemigo? El adagio lo dice. Ellos, por no declararse por engañadores, disimulan y queréllanse de que no hay que fiar de ellas, porque todas engañan. Ved cómo la verdad está mal recibida: ellas, por no morir a manos de los engaños de los hombres, desengañan y quieren más morir a las suyas, que bien cruel es la mala opinión en que las tienen; porque, ¿qué mayor desengaño que quitarles su dinero y ponerlos en la calle?
El daño es que los hombres, como están tan hechos a engañar que ya se hereda como mayorazgo, lo mismo hacen con la buena como con la que no lo es. Ellos dicen hacerlo por escarmentados, y este es el mayor engaño suyo, que no es sino porque no pueden más.
Miren las que no tratan de los deleites vulgares lo que les sucede a otras y será el verdadero acierto el mal, que como las que digo no van con el dictamen de las demás, que es engañar y desengañar, entran en el engaño y se están en él toda la vida, y aun de esto se les ha seguido a muchas la muerte, como se verá en mi desengaño.
Pues si hoy las que estamos señaladas para desengañar hemos de decir verdades y queremos ser muestras de ellas, ¿qué esperamos sino odios y rencillas?; y aseguraré hay más de dos que están deseando salir de este lugar para verter de palabra y por escrito la ponzoña que les ha ocasionado nuestro sarao; luego bien prevenida está la posta y bien dispuesto el traer puestas las espuelas, y con todo esto no he de morir de miedo; ya estoy en este asiento, desengañar tengo a todas y guardarme de no ser engañada.
Paciencia, caballeros, que todo viene a ser una satirilla más o menos, y eso no hará novedad, porque ya sé que no puede faltar; mas en esto me la ganan, porque jamás dije mal de las obras ajenas; y hay poetas y escritores que se pudren de que los otros escriban.
Todo lo alabo, todo lo estimo; si es levantadísimo, lo envidio, no porque lo haya trabajado su dueño sino por no haber sido yo la que lo haya alcanzado, y juzgo, en siendo obra del entendimiento, que cuando no se estime de ella otra cosa sino el desvelo del que la hizo, hay mucho que estimar; y supuesto que yo no atropello ni digo mal de los trabajos ajenos, mereceré de cortesía que se diga bien de los míos, y en esta conformidad digo así:
En la Babilonia de España, en la nueva maravilla de Europa, en la madre de la nobleza, en el jardín de los divinos entendimientos, en el amparo de todas las naciones, en la progenitora de la belleza, en el teatro de la gloria, en el archivo de todas las gracias, en la escuela de las ciencias, en el cielo tan parecido al cielo, que es locura dejarle si no es para irse al cielo, y, para decirlo todo de una vez, en la ilustre villa de Madrid, Babilonia, madre, maravilla, jardín, archivo, escuela, progenitora, retrato y cielo, en fin, retiro de todas las grandezas del mundo, nació la hermosísima Laurela, no en estos tiempos, que en ellos no fuera admiración el ser tan desgraciada como ella por haber tantas bellas y desgraciadas, de padres ilustres y ricos, siendo la tercera en su casa, por haberse adelantado la primera y segunda hermana, no en hermosura, sino en nacer antes que Laurela.
Ya se entiende que, siendo sus padres nobles y ricos, la criarían y doctrinarían bien, enseñándola todos los ejercicios y habilidades convenientes, pues sobre los caseros, lavar, bordar y lo demás, que es bien que una mujer sepa para no estar ociosa, sabía leer, escribir, tañer y cantar a una arpa, en que salió tan única que, oída sin ser vista, parecía un ángel, y vista y oída, un serafín.
Aún no tenía Laurela doce años cuando ya tenía doce mil gracias; tanto que ya las gastaba como desperdicios y la llamaban el milagro de naturaleza; y si bien criada con el recogimiento y recato que era justo, ni se pudo esconder de los ojos de la desdicha, ni de los de don Esteban, mozo libre, galán, músico, poeta y, como dicen, baldío, pues su más conocida renta era servir, y en faltando esto le faltaba todo: no se le conocía tierra ni pariente, porque él encubría en la que había nacido, quizá para disimular algunos defectos de bajeza. Servía a un caballero del hábito, y era de él bien querido por sus habilidades y solicitud.
Tendría don Esteban, al tiempo que vio a Laurela, diez y nueve a veinte años, edad floreciente y en la que mejor asesta sus tiros el amor; y así fue, pues viendo un día a la hermosa niña en un coche, en compañía de su madre y hermanas, se enamoró tan locamente (si se puede decir así) que perdió el entendimiento y la razón, que no pudo ser menos, pues informado de quién era Laurela, no desistió de su propósito, conociéndole tan imposible, pues ni aun para escudero le estimaran sus padres.
Andaba loco y desesperado, y tan divertido en sus pensamientos que faltaba a la asistencia de su dueño; si bien como había otros criados, no se conocía de todo punto su falta.
En fin, viéndose naturalmente morir, se determinó a solicitar y servir a Laurela, y probar si por esta parte podía alcanzar lo que no conseguía por otra, supuesto que no alcanzaba más bienes que los de su talle y gracias, que en cuanto a esto no había que desperdiciar en él.
Paseaba la calle, dábala músicas de noche, componiendo él mismo los versos, engrandeciendo su hermosura y gentileza, porque en esto era tan pronto que, si cuanto hablaba lo quería decir en versos, tenía caudal para todo, mas de nada de esto hacía caso ni lo sentía Laurela, porque era tan niña que no reparaba en ello, ni aunque a esta sazón tenía catorce años, porque todo este tiempo pasó don Esteban en sus necios desvelos, no había llegado a su noticia qué era amar ni ser amada, antes su desvelo era, en dejando la labor, acudir al arpa junto con criadas que tenía buscadas al intento que sabían cantar, y con ellas entretener y pasar el tiempo, aunque no sé para qué buscamos ocasiones de pasarle, que él se pasa bien por la posta.
Todo el tiempo que he dicho pasó don Esteban en esta suspensa y triste vida, sin hallar modo ni manera para descubrir a Laurela su amor; unas veces por falta de atrevimiento, y las más por no hallar ocasión, porque las veces que salía de casa era con su madre y hermanas, y cuando no fuera esto, ella atendía tan poco a sus criados que los pagaba con un descuidado descuido.
Pues considerando el atrevido mozo lo poco que granjeaba aguardando a que por milagro supiera Laurela su amor, intentó uno de los mayores atrevimientos que se pueden imaginar, y que no se pusiera en él sino un hombre que no estimara la vida, y fue que, hallándose un día en casa de un amigo casado, estaba allí una mujer que había sido criada de la casa de Laurela, a quien él reconoció, como quien medianamente por su asistencia conocía de vista a todas, y haciéndose algo desentendido, dijo:
—Paréceme, señora, haberos visto, mas no me puedo acordar dónde.
La moza, acordándose haberle visto algunas veces en aquella casa, le respondió:
—Habreisme visto, señor, hacia el Carmen, que allí cerca he servido algunos meses en casa de don Bernardo.
—Así es —dijo él—, que en esa misma casa os he visto, y no me acordaba.
—Y yo a vos —dijo la moza— os he visto algunas veces pasar por esa misma calle.
—Tengo en ella —dijo don Esteban— un galanteo, y por eso la paseo a menudo. ¿Mas por qué os salisteis de esa casa, que tengo noticia de ser buena?
—¡Y cómo que lo es! Mas en habiendo muchas criadas, fácil cosa es encontrarse unas con otras, y así me sucedió a mí. Yo servía en la cocina: hay en casa otras tres doncellas, reñimos una de ellas y yo, y la una por la otra nos despedimos, y cierto que me ha pesado, porque los señores son unos ángeles, en particular mi señora Laurela, que es la menor de tres hijas que hay, que solo por ella se puede servir de balde, porque como es muchacha, todo el día anda jugando con las criadas.
—Hermosa es esa dama —respondió don Esteban—, más que sus hermanas.
—¡Qué tiene que hacer; ay, señor mío! Vale más la gracia, el donaire y el agrado de mi señora Laurela que todas las demás, y más cuando toma el arpa y canta, que no parece sino un ángel.
—¿Tan bien canta? —dijo don Esteban.
—Excelentísimamente —respondió la moza—; y es tan aficionada a la música que cuantas criadas recibe gusta que sepan cantar y tañer, y si no lo saben y tienen voz, las hace enseñar, y como lo sepan, no se les da nada a sus padres que no sepan otra labor; porque aman tan tiernamente a esta hija que no tratan sino de agradarla y servirla, y en siendo músicas, no regatean con ellas el salario. Y yo aseguro que habrá sentido harto mi señora Laurela la ida de la que riñó conmigo, porque cantaba muy bien; y aun yo, con no saber cómo se entona, si mucho estuviera allí, saliera cantora; que como la escuchaba a todas horas, también yo, en la cocina, al son de mis platos, entonaba y decía mil letrillas.
Oído esto por don Esteban, al punto fundó en ello su remedio, porque despedido de allí, se fue a la platería, y vendiendo algunas cosillas que tenía granjeadas, compró todo lo necesario para transformarse en doncella; y no teniendo necesidad de buscar cabelleras postizas, porque en todos tiempos han sido los hombres aficionados a melenas, aunque no tanto como ahora, apercibiéndose de una navaja para cuando el tierno vello del rostro le desmintiese su traje, dejando sus golillas a guardar a un amigo, sin darle parte de su intento, se vistió y aderezó de modo que nadie juzgara sino que era mujer, ayudando más el engaño tener muy buena cara, que con el traje que digo daba mucho que desear a cuantos le veían.
Hecho esto, se fue a casa de Laurela y dijo a un criado que avisase a su señora si quería recibir una doncella, porque tenía noticia de que se había despedido una.
Los criados, como su ejercicio es murmurar de los amos, pues les parece que solo para eso les sustentan, le dijeron, burlándose de la condición de Laurela, que si no sabía tañer y cantar que bien se podía volver por donde había venido; porque en aquella casa no se pedía otra labor, y que siendo música la recibirían al punto.
—Siempre oí —dijo don Esteban— que tañer y cantar no es ajuar; mas si en esta casa gustan de eso, les ha venido lo que desean; que a Dios gracias, mis padres, como me criaron para monja, casi no me enseñaron otro ejercicio: faltáronme al mejor tiempo, con que he venido desde señora a servir, y me acomodo mejor a esto que no a hacer otra flaqueza.
—En verdad, dijo el uno de los criados, que tenéis cara más para eso que para lo que pretendéis, y que gastara yo de mejor gana con vos mi jornalejo que con el guardián de san Francisco.
—En lo uno ni en lo otro le envidio la ganancia, hidalgo —dijo don Esteban—, y ahorremos de chanzas y entre a decir si me han menester; porque si no, tengo otras dos casas en venta y me iré a la que más me diere gusto.
—Yo le tendré muy grande en que os quedéis en casa, señora hermosa, porque me habéis parecido un pino de oro, y así entraré a decirlo; mas ha de ser con una condición, que me habéis de tener por muy vuestro.
—Entre, galán, y dígalo, que se verá su pleito —respondió don Esteban.
Con esto el criado entró donde estaban sus señoras y les dijo cómo afuera estaba una doncella que preguntaba si la querían recibir para servir en lugar de la que se despidió.
—Y os aseguro, señoras —medio amartelado el escudero—, que su cara, despejo y donaire más merece que la sirvan que no que sirva: y demás de esto dice que sabe tañer y cantar.
Sonole bien a Laurela esta habilidad, como quien era tan llevada de ella, y a las damas no desagradó, que luego mandaron que entrase, que como madre y hermanas querían ternísimas a Laurela, todas seguían su inclinación, no juzgándola viciosa ni advirtiendo que el demonio teje sus telas, tomando para hacerlo de cada uno la inclinación que tiene.
Dada pues la licencia, entró la doncella, y vista e informadas de lo que sabía hacer, agradadas de su brío y desenvoltura, a pocos lances quedó en casa; porque si a todas agradó, a Laurela enamoró, tanto era el agrado de la doncella. No fue este amor de calidad de don Esteban, porque Laurela, sin advertir engaño, creyó que era mujer.
Preguntáronle el nombre, y dijo que se llamaba Estefanía, sin don, que entonces no debía de ser la vanidad de las señoras tanta como la de ahora, que si tienen picaza la llaman «doña Urraca», y si papagayo, «don Loro»; hasta a una perrita llamó una dama «doña Marquesa», y a una gata, «doña Miza».
—Pues, Estefanía —dijo Laurela—, yo quiero oír tu voz, para ver si me agrada tanto como tu cara.
—¡Ay señora mía —respondió Estefanía—, si la voz no es mejor que la cara, buena medra sacaré!
Y habiéndole dado una guitarra, templó sin enfadar y cantó sin ser rogada: falta tan grande de los cantores, que cuando vienen a conceder, ya tienen enfadado al género humano de rogarlos; mas Estefanía cantó así:
Después que pasaron,
De la edad dorada,
Las cosas que cuentan
Las viejas honradas;
Y después que al cielo
Fueron desterradas
La verdad hermosa,
La inocencia santa:
Porque acá las gentes
Ya las maltrataban,
O por ser mujeres,
O por no imitarlas;
Cuando las encinas
La miel destilaban,
Y daba el ganado
Hilos de oro y plata;
Ofrecían los prados
Finas esmeraldas,
Y la gente entonces
Sin malicia estaba:
Cuando no traían
Fregonas ni damas
Guardainfantes, moños,
Guardapiés y enaguas;
Cuando los galanes
Calzaban abarcas,
No medias de pelo,
Que estén abrasadas;
La de plata vino,
Donde ya empezaban
A saber malicias
Y a maquinar trazas.
Esta pasó, y luego
La de alambre falsa
Mostró en sus engaños
Maliciosas trazas.
Llegó la de hierro,
Tan pobre y tan falta
De amistad, que en ella
No hay más que marañas.
Son tantos los males,
Tantas las desgracias,
Que se teme el mundo
De que ya se acaba.
Al Tiempo envió
Con su blanca barba
De Júpiter santo
A la audiencia sacra:
Para que le advierta
Que repare y haga
Contra tantos vicios
Jueces de la fama.
Júpiter le dijo
Que diga la causa,
Que a pedir justicia
Obliga a sus canas.
Lo primero pido,
Dijo en voces altas,
Que los lisonjeros
Desterrados vayan;
Porque solo aquestos
Oro y seda arrastran,
Y de los señores
Son pulgas que abrasan.
Y que a la mentira
Descubran la cara,
Que verdad se nombra,
Como anda tapada.
Ítem: que declare
Cómo o dónde halla
Los diversos trajes
Con que se disfraza.
Que las viejas muestren
Sus cabezas canas,
Las damas sus pelos,
Los hombres sus calvas:
Porque hay mil achaques,
Postillas y agallas,
Reumas y jaquecas,
Y otras cosas malas,
Después que se usa
Vender en la plaza
Cabelleras, moños,
Que a los muertos sacan.
Si son pelicortas,
Que mandan que traigan
Las cofias de pavos
De la infanta Urraca.
Que a los hombres manden
Que vistan botargas,
Como en otros tiempos
Los godos usaban.
Que nuestros abuelos
Era gente honrada,
Y siempre vistieron
Una martingala.
Las medias de pelo
Mueran abrasadas,
Y las que las hacen
Sean leña y ascuas;
Porque no hay haciendas,
Que todas se gastan
En ponerse unas
Todas las semanas.
Demás que parece
Que descalzos andan,
Quitando el valor
A las toledanas.
Que a sus trajes vuelvan,
Y vuelvan a Francia
Los que le han hurtado,
Que parece infamia.
Que Francia el valor
Le ha robado a España,
Y los españoles
Al francés las galas.
Que en la ropería
Acorten las faldas
A aquestos jubones,
Ya medio sotanas.
Y que se recojan
Aquestas que andan
Pelando atrevidas
Las bolsas y el alma.
Y porque trabajen,
Las señalen casa,
Donde recogidas
Coman, si lo ganan.
Que gastando mantos,
Y rompiendo sayas,
Como vemos, vale
La seda muy cara.
Que a los coches pongan
Corozas muy altas,
Por encubridores
De bajezas tantas.
Y que a ciertas viejas,
Que en forma de santas,
Voluntades juntan,
A los montes vayan.
Porque solo sirven
De enseñar muchachas
A chupar las bolsas
Y hacer caravanas.
Que algunos maridos
Manden que en sus casas
Miren, por si hay
Varas encantadas,
Con que sus mujeres
Oro y tela arrastran,
Y ellos paseando,
Comen, visten, calzan.
Que a mil maldicientes,
Que atrevidos hablan
Contra las mujeres,
A la guerra vayan.
Que sobre los dones
Echen alcabalas,
Y la cantidad
A pobres repartan,
Que si cada uno
Ofrece una blanca,
El uno por ciento
No hará a suma tanta.
Esto pidió el Tiempo,
Y Júpiter manda
Que se vea su pleito,
Que fue no hacer nada.
Cantó esta sátira Estefanía con tanto donaire y desenvoltura que dejó a todas embelesadas, creyendo que tenían en ella una preciosa joya, que a saber que era el caballo troyano, pudiera ser no les diera tanto gusto.
Pues como Laurela era niña y tan inclinada a la música, fuera de sí de gozo, se levantó del estrado y, cruzando los brazos al cuello de Estefanía, juntando su hermosa boca con la mejilla, favor que no entendió ella llegar a merecerle, la dijo:
—¡Ay amiga, y qué alegre estoy de tenerte conmigo, y cómo no tengo de tenerte por criada, sino por hermana y amiga!
Tomola Estefanía una de sus hermosas manos, y besándosela por el favor que la hacía, dio por bien empleado su disfraz, que la hacía merecedora de tantos favores, y díjola:
—Señora mía, yo sé que te merezco y mereceré toda la merced que me hicieres, como lo conocerás con el tiempo; porque te aseguro que desde el punto que vi tu hermosura, estoy tan enamorada (poco digo, tan perdida), que maldigo mi mala suerte en no haberme hecho hombre.
—Y a serlo —dijo Laurela—, ¿qué hicieras?
—Amarte y servirte hasta merecerte, como lo haré mientras viviere; que el poder de amor también se extiende de mujer a mujer, como de galán a dama.
Diolas a todas gran risa oír a Estefanía decir esto dando un lastimoso suspiro, juzgando que se había enamorado de Laurela.
Preguntó Estefanía si había más doncellas en casa.
—Otras dos —dijo Laurela—, y una criada que guisa de comer.
Y oído esto, pidió a sus señoras se sirviesen darla cama aparte, porque no estaba enseñada a dormir acompañada, y demás de esto era apasionada de melancolía, cosa usada de los versistas, y se hallaba mejor con la soledad.
—Luego también tienes esa habilidad —dijo Laurela.
—Por mis pecados —respondió Estefanía—, para que estuviese condenada a eterna pobreza.
—Cada día me parece has de descubrir nuevas habilidades —respondió Laurela—; mas en cuanto a tu pobreza, vencido has a tu fortuna en haber venido a mi poder, pues yo te haré rica para que te cases como mereces.
—Ya soy la más rica del mundo, pues estoy en tu poder, que yo no quiero más bienes que gozar de tu hermosa vista; y en lo que toca a casarme, no tienes que tratarme tal cosa, pues la divina imagen que hoy ha tomado asiento en mi corazón no dará lugar para que se aposente en él otra alguna.
Volviéronse a reír todas, confirmando el pensamiento hecho de haberse Estefanía enamorado de Laurela: y, en fin, para más agradarla, le dieron su aposento y cama dividido de las demás, quedando Estefanía muy contenta, por poder, al desnudarse y vestirse, no dar algunas sospechas, y remediar cuando las flores del rostro empezasen a descubrir lo contrario de su hábito, pues aunque hasta entonces no le habían apuntado, se temía no tardarían mucho. Gran fiesta hicieron las demás criadas a Estefanía, ofreciéndosele todas por amigas, si bien envidiosas de los favores que la hacía Laurela.
Vino su padre a cenar, que era un caballero de hasta cuarenta años, discreto y no de gusto melancólico, sino jovial y agradable; y dándole cuenta de la nueva doncella que había traído a casa y de sus gracias y habilidades, diciendo este la quería ver, vino Estefanía y con mucha desenvoltura y agrado besó a su señor la mano, y él, muy pagado de ella, lo más que ponderó fue su hermosura, con tal afecto que al punto conoció Estefanía que se había enamorado, y no le pesó, aunque temió verse perseguida de él.
Mandola que cantase y no lo rehusó, pues como no era mujer sino en el hábito, no la ocupó la vergüenza; y así, pidiendo una guitarra, con la prontitud del ingenio y la facilidad que tenía en hacer versos, pues era maravillosa, cantó así:
Ausentose mi sol, y en negro luto
Me dejó triste y de dolor cercada;
Volvió a salir la aurora aljofarada,
Y dile en feudo lágrimas por fruto.
Nunca mi rostro de este llanto enjuto,
Le da la enhorabuena a su llegada,
Que si ella ve su sol, yo desdichada,
Al mío doy querella por tributo.
Sale Febo tras ella, dando al suelo
Oro, si le dio perlas la aurora,
Plata a las fuentes, y cristal al río.
Sola yo, con eterno desconsuelo,
No me alegro, aunque miro alegre a Flora,
Que aunque sale su sol, no sale el mío.
Amo, temo, y porfío
A vencer con mi amor fieros temores;
¡Mas ay, que por instantes son mayores!
En mí es amor gigante,
En mí es infante tierno,
Para que sea mi tormento eterno.
Ama gigante
Y teme como infante,
Y yo padezco como firme amante.
—Competencia puede haber, Estefanía, sobre cuál ha de llevar el laurel, entre tu voz y tu hermosura —dijo don Bernardo, que así se llamaba el padre de Laurela.
—Y más —dijo doña Leonor, que este es el nombre de su madre—, que lo que canta ella misma se lo compone; y en este soneto parece debía estar enamorada Estefanía cuando le hizo.
—Señora mía —respondió ella—, lo estaba, lo estoy, y estaré hasta morir; y aún ruego a Dios no pase mi amor más allá del sepulcro; y en verdad que como se iban cantando los versos, se iban haciendo, que a todo esto obliga la belleza de mi señora Laurela, que como se salió acá fuera y me dejó a obscuras, y yo la tengo por mí, soltome este asunto ahora que me mandó don Bernardo, mi señor, que cantase.
Empezaron todas a reírse, y don Bernardo preguntó qué enigmas eran aquellos.
—¿Qué enigmas han de ser —dijo doña Leonor— sino que Estefanía está enamorada de Laurela desde el punto que la vio, y lamenta su ausencia celebrando su amor, como habéis visto?
—Bien me parece —respondió don Bernardo—, pues de tan castos amores bien podemos esperar hermosos nietos.
—No quiso mi dicha, señor mío —dijo Estefanía—, que yo fuera hombre, pues a serlo sirviera como Jacob por tan linda Raquel.
—Más te estimo yo mujer que no hombre —dijo don Bernardo.
—Cada uno busca y desea lo que ha menester —respondió Estefanía.
Con estas y otras burlas, que pararon en amargas veras, llegó la hora de acostarse, diciendo Laurela a Estefanía la viniese a desnudar, porque desde luego la hacía favor de camarera.
Se fueron todos, y Estefanía con su señora, asistiéndola hasta que se puso en la cama, gozando así sus ojos, en virtud de su engaño, lo que no se les permitiera a no ser por su engañoso disfraz, enamorándose más y más, juzgando a Laurela aún más linda desnuda que vestida.
Más de un año pasó en esta vida Estefanía sin hallar modo cómo descubrir a Laurela quién era, temiendo su indignación y perder los favores que gozaba: pues es de creer que, a entender Laurela que era hombre, no pasara por tal atrevimiento, y aunque en todas ocasiones le daba a entender su amor, ella y todas las demás lo juzgaban a locura, y las servía de entretenimiento y motivo de risa siempre que le veían hacer extremos y finezas de amante, como llorar celos y sentir desdenes, admirando que una mujer estuviese enamorada de otra, sin llegar a su imaginación que pudiese ser lo contrario; y muchas veces Laurela se enfadaba de tanto querer y celar, porque si salía fuera, aunque fuese con su madre y hermanas, cuando venía la pedía celos: y si tal vez salía con ellas, la decía se echase el manto en el rostro porque no la viesen, diciendo que a nadie era bien fuese permitido ver su hermosura. Si estaba a la ventana, la hacía quitar, y si no se entraba, se enojaba y lloraba, y la decía tan sentidas palabras que Laurela se enojaba y la decía que la dejase, pues ya se cansaba de amor tan impertinente.
Pero en tratando algún casamiento, como era su belleza tanta, antes la deseaban a ella que a sus hermanas, aunque eran mayores y no feas: allí eran las ansias, las congojas, las lágrimas y los desmayos, que la terneza de su amor vencía la fiereza de hombre; y se tenía entendido que Estefanía se había de morir el día que se casase Laurela.
No le faltaban a Estefanía, sin las penas de su amor, otros tormentos que la tenían bien disgustada, y era la persecución de su amo, pues en todas ocasiones la perseguía, prometiendo casarla muy bien si hacía por él lo que deseaba: y si bien se excusaba con decirle era doncella, no se atrevía a estar un punto sola en estando en casa, porque no fuese con ella atrevido y se descubriese la maraña.
Abrasábase Estefanía en celos de un caballero que había en la misma casa, mozo y galán, con cuya madre y hermanas tenía Laurela, su madre y las demás, grande amistad, y se comunicaban muy familiarmente, pasando por momentos los unos al cuarto de los otros, porque sabía que estaba muy enamorado de Laurela y la deseaba por esposa, habiéndola ya pedido a su padre, si bien no se había efectuado por ser Laurela muy niña, y su padre quisiera primero acomodar a las mayores.
Era de modo lo que Estefanía sentía el que fuese allá Laurela que no le faltaba sino perder el juicio; y lo dio bien a entender una tarde que estaba Laurela con las amigas que digo en su cuarto, pues habiendo estado algún espacio de tiempo allá, la mandó llamar su madre, y viniendo, las halló a todas en una sala sentadas a los bastidores, y Estefanía con ellas bordando, pues aunque no era muy cursada en aquel ejercicio, con su buen entendimiento se aplicaba a todo. Llegó Laurela, y sentándose con las demás, miró a Estefanía que estaba muy melancólica y ceñuda, y empezose a reír, y sus hermanas y las demás doncellas de la misma suerte, de que Estefanía con mucho enojo, enfadada, dijo:
—Graciosa cosa es reírse de mi llorar.
—Pues no llores —respondió Laurela, riéndose— sino canta un poco, pues me parece, según estás de melancólica, que un tono grave le cantaras divinamente.
—Por esto te llamé yo —dijo su madre—, para que, mandándoselo tú, no se excusase, pues aunque se lo hemos rogado, no ha querido; y me he admirado, pues nunca la he visto hacerse rogar sino hoy.
—En verdad que me tiene mi señora Laurela muy sazonada para hacer lo que su merced me mande.
—¡Ay, amiga! —dijo Laurela—, ¿y en qué te he ofendido, que tan enojada estás?
—En el alma —respondió Estefanía.
—Deja esas locuras —replicó Laurela— y canta un poco, que es disparate creer que yo te tengo de agraviar en el alma ni en el cuerpo; y solamente porque sea verdad lo que mi madre dice, que cantarás mandándolo yo, debes hacerlo, para no desdecir lo que tantas veces has dicho, que eres mía.
—No me desdigo ni vuelvo atrás de lo que he dicho —dijo Estefanía—, que una cosa es ser de cúyo soy, y otra estar enojada; y sé que no estoy cantando y hablando sino para decir desaciertos; mas algún día me vengaré de todo.
Con esto reían las demás.
—Canta ahora —dijo Laurela— lo que te gustare, que después yo llevaré con gusto tu castigo, como no sea perderte, pues lo sentiría mucho.
—Así supiera yo —dijo Estefanía— que esto se había de sentir, como no estuviera un instante más en casa.
—Dios me libre de tal —respondió Laurela—. Mas dime, queriéndome tanto, ¿tuvieras corazón para dejarme?
—Soy tan vengativa que por matar, me matara, y más estando rabiosa como ahora.
—Canta, por tu vida —dijo Laurela—, que después averiguaremos este enojo.
Y como Estefanía fuese de tan presto ingenio, y más en hacer versos, en un instante apercibió cantando decirla su celosa pasión en estas canciones:
¡Oh soberana diosa,
Así a tu Endimión goces segura,
Sin que vivas celosa,
Ni desprecies por otra tu hermosura,
Que te duela mi llanto,
Pues sabes qué es amor, y amarte tanto!
Ya ves que mis desvelos
Nacen de fieros y rabiosos celos.
Fuese mi dueño ingrato
A no sé qué concierto de su gusto:
¡Ay, Dios, y qué mal trato!
Castigue amor un caso tan injusto:
Y tú, Diana bella,
Mira mi llanto, escucha mi querella,
Y sus veredas sigue,
Y con tu luz divina le persigue.
Para muchos ha sido
Cansada, sacra dea, y enfadosa,
Y muchos han perdido
Por descubrirlos ocasión dichosa:
Hazlo así con mi amante,
Sigue sus pasos, vela vigilante,
Y dale mil disgustos,
Impídele sus amorosos gustos.
Darete el blanco toro,
De quien Europa enamorada goza;
De Midas, el tesoro,
Y de Febo, tu hermano, la carroza,
El vellocino hermoso,
Que de Jasón fue premio venturoso,
Y por bella y lozana
Juzgaré que mereces la manzana.
Solo porque me digas
Si fue a gozar algunos dulces brazos:
Sí dices: no prosigas,
Hechos los vea cuatro mil pedazos;
Y di: ¿quiérelos mucho?
Que sí, me dices, tal sentencia escucha:
Ea pues, ojos míos,
Volveos con llantos caudalosos ríos.
¿Cómo, di, ingrato fiero,
Tan mal pagas mi amor, tan mal mi pena?
¡Mas, ay de mí! que quiero
Contar del mar la más menuda arena,
Ver en el suelo estrellas
Y en el hermoso cielo plantas bellas;
Pues, si lo consideras,
Es lo mismo pedirte que me quieras.
Del amor dijo el Sabio
Que solo con amor pagar se puede;
No es pequeño mi agravio,
No quiero amor que sin castigo quede;
Pues cuando más te adoro,
Si lo entiendes así, confusa ignoro,
Y es mi mal tan extraño,
Que mientras más te quiero, más me engaño.
Confieso que en ti sola
Extremó su poder naturaleza,
Y en la tierra española
Eres monstruo de gala y gentileza;
Mas de una piedra helada
Tienes el alma, por mi mal, formada;
Y la mía en tu hielo
Es Etna, es un volcán, es Mongibelo.
Esos ojos que adoras,
¿Acaso son más dulces que los míos?
Sí; pues en ellos moras,
Y por su causa tratas con desvíos
Los ojos que en tus ojos
Adoran por favores los enojos,
Por gloria los desdenes,
Y los pesares por dichosos bienes.
Ojos, ¿no la mirasteis?
Pues pagad el mirar con estas penas.
Corazón, ¿no la amasteis?
Pues sufrid con paciencia estas cadenas.
Razón, ¿no te rendiste?
Pues di, ¿por qué razón estás tan triste?
Pues es mayor fineza
Amar en lo que amáis esta fineza.
¿No sabes que te adoro?
Pues ¿cómo finges que mi amor ignoras?
¿Mas qué mayor tesoro,
Que cuando tú nueva belleza adoras,
Halles el pecho mío
Tan abrasado, cuanto el tuyo frío?
Y ten en la memoria
Que amar sin premio es la victoria.
Así seas oída
De tu Narciso, ninfa desdichada,
Que en Eco convertida
Fue tu amor belleza malograda;
Que si contigo acaso
Habla la causa en quien de amor me abraso,
Le digan tus acentos
Mis tiernos y amorosos sentimientos.
Y tú, Venus divina,
Así tu Adonis en tus brazos veas;
Y a ti, gran Proserpina,
Así de tu Plutón amada seas,
Y que tus gustos goce
Los seis meses que faltan a los doce.
Que a Cupido le pidas
Restituya mis glorias ya perdidas.
Así de la corona
Goces de Baco, o Ariadna bella,
Y al lado de Latona
Asiento alcances, como pura estrella;
Y al ingrato Teseo
Veas preso y rendido a tu deseo:
¿A qué le impides el gusto
A quien me mata con cruel disgusto?
Y tú, Calixta hermosa,
Así en las aguas de la mar te bañes,
Y que a Juno belosa,
Para gozar a Júpiter, engañes;
Que si desde tu esfera
Vieras que esta fe tan verdadera
Se paga con engaño,
Castigues sus mentiras y mi daño.
Oh tú, diosa suprema,
De Júpiter hermana y dulce esposa,
Así tu amor no tema
Agravios de tu fe, ni estés celosa,
Que mires mis desvelos,
Pues sabes qué es amor, agravio y celos,
Y como reina altiva,
Seas, con quien me agravia, vengativa.
Dile al pastor que tiene,
Para velar a Jove, los cien ojos,
Que a tu gusto conviene
Velar de aqueste sol los rayos rojos,
Que solían ser míos,
Y son ahora de otros desvaríos;
Pero tengo advertencia,
Que es vara de Mercurio su elocuencia.
Y tú, triste Teseo,
Refiere la pena que padeces
En el Cáucaso feo,
Que las entrañas al rigor ofreces
De aquella águila hambrienta,
Porque padezca con dolor y afrenta,
Y así en cabeza ajena
Tendrá escarmiento, y sentirá mi pena.
Dile, Tántalo triste,
Por faltarte lealtad, la pena tuya,
La gloria que perdiste
Del néctar sacro, y para que concluya,
Cuéntala tu fatiga:
Y como amor tu ingratitud castiga,
Habla, no estés tan mudo,
Podrá el temor lo que amor no pudo.
No goce de su amante
La verde yedra, de su cuello asida,
Pues que la fe inconstante
De aquel dueño querido de mi vida,
Ya se pasa a otro dueño,
Con que de morir mi palabra empeño,
Por ser de amores,
Porque sean más dulces mis dolores.
Desháganse los lazos
Del leal y dichoso Hermafrodito,
Pues en ajenos brazos
A mi hermoso desdén estar permito,
Sin que mi mano airada
No tome la venganza deseada,
Que con celos bien puedo,
Ni respetar deidad ni tener miedo.
Canción, si de mi dueño
Bien recibida fueses,
Pues de mi pena fiel testigo eres;
Cual sabia mensajera,
Dile me excuse esta pena fiera;
Y para no matarme,
Si desea mi vida, quiera amarme.
Admiradas estaban doña Leonor y sus hijas, con todas las damas, de oír a Estefanía; y Laurela de rato en rato ponía en ella sus hermosos ojos, admirando los sentimientos con que cantaba, tomando y dejando los colores en el rostro conforme lo que sentía, y ella, de industria, en su canción ya parecía que hablaba con dama, ya con galán, por divertir a las damas; y viendo había dado fin con un ternísimo suspiro, riéndose le dijo:
—Cierto, Estefanía, que si fueras, como eres mujer, hombre, dichosa se pudiera llamar la que tú amaras.
—Y aun así como así —dijo Estefanía—, pues para amar, supuesto que el alma es toda una en varón y hembra, no se me da más ser hombre que mujer, pues las almas no son hombres ni mujeres, y el verdadero amor en el alma está, y no en el cuerpo, y el que amare el cuerpo con el cuerpo no puede decir que es amor, sino apetito, y de esto nace arrepentirse en poseyendo, porque como no estaba el amor en el alma, el cuerpo, como mortal, se cansa siempre de un manjar, y el alma, como espíritu, no se puede fastidiar de nada.
—Sí, mas es amor y no provecho amar una mujer a otra —dijo una de las criadas.
—Ese —dijo Estefanía— es el más verdadero amor, pues amar sin premio es mayor fineza.
—¿Pues cómo los hombres —dijo una de las hermanas de Laurela— a cuatro días de amar le piden, y si no se le dan, no perseveran?
—Porque no aman —respondió Estefanía—, que si amaran, aunque no los premiaran, no olvidarían, que amor verdadero es el carácter del alma, y mientras el alma no muriere, no morirá el amor. Luego siendo el alma inmortal, también lo será el amor, y como amando solo con el cuerpo no le alcanzan, aborrecen u olvidan luego, por tener lugar para buscar alimento en otra parte, y si alcanzan, ahítos buscan lo mismo.
—Pues según eso —dijo otra doncella—, los hombres de ahora todos deben de amar solo con el cuerpo y no con el alma, pues luego olvidan, y detrás de eso dicen mal de las mujeres, sin reservar a las buenas ni a las malas.
—Amiga —respondió Estefanía—, de las buenas dicen mal porque no las pueden alcanzar, y de las malas, porque están ahítos de ellas.
—¿Pues por qué las buscan? —dijo la otra hermana de Laurela.
—Porque las han menester —dijo Estefanía—, y por excusar un buen día a los muchachos, porque los maestros no los suelten temprano.
—Pues si solo por necesidad aman, y son tan malas por ellos las unas como las otras, más vale —respondió Laurela— ser buena y no admitirlos.
—Todo es malo —dijo Estefanía—, que ni han de ser las damas tan desdeñosas que tropiecen en crueles, ni tan desenvueltas que caigan en desestimación.
—Sí, mas yo quisiera saber —replicó la otra doncella— qué piensa sacar Estefanía de amar a mi señora Laurela, que muchas veces, a no ver su hermosura, y haberla visto algunas veces desnuda, me da una vuelta el corazón pensando que es hombre.
—Pluguiera a Dios, amiga —dijo Estefanía—, dieras cuatro en los infiernos; mas eso es vivir de esperanza; aunque qué sé yo si algún día hará, viéndome morir de imposible, algún milagro conmigo.
—El cielo excuse ese milagro por darme a mí gusto —dijo Laurela—, porque no soy amiga de prodigios, y de eso no pudieras ganar más de perderme para siempre.
Con esto pasaban, teniendo todas chacota y risa con los amores de Estefanía, que aunque disimulaba, no estaba poco penada al ver que ya las compañeras, entre burlas y veras, jugando unas con otras, procuraban ver si era mujer u hombre; demás que había menester andar con demasiada cuenta con las barbas que ya empezaba a hacer, y no sabía cómo declararse con Laurela, ni menos librarse de su padre, que perdido por ella, era sombra suya en todas las ocasiones que podía.
Pues sucedió, porque la fatal ruina de Laurela venía a toda diligencia, que aquel caballero que vivía en casa y amaba a Laurela con mortales celos de Estefanía, tornó a pedírsela por esposa a su padre, diciendo, porque no se la negase, que no quería otro dote con ella sino el de su hermosura y virtudes.
Don Bernardo, codicioso, aceptó luego, y tratándolo con su mujer e hija, la hermosa Laurela obedeció a su padre, diciendo no tenía más gusto que el suyo; y con esto, muy contenta, entró donde estaba Estefanía y las demás criadas, y las dijo:
—Ya, Estefanía, ha llegado la ocasión en que podré hacer por ti, y pagarte el amor que me tienes.
—¿En qué forma, señora mía? —respondió ella.
—En que me caso —tornó a responder Laurela—, que ahora me lo acaba de decir mi padre, que me ha prometido por esposa a don Enrique.
Apenas oyó estas últimas palabras Estefanía, cuando con un mortal desmayo cayó en el suelo, con lo que todas se alborotaron; y más Laurela que, sentándose y tomándole la cabeza en su regazo, empezó a desabrocharle el pecho, apretarle las manos y pedir apriesa agua, confusa, sin saber qué decir de tal amor y sentimiento.
Al cabo de un rato, con los remedios que se le hicieron, Estefanía volvió en sí, con que ya consoladas todas, mandó Laurela fuesen a acostarla.
Laurela, mientras las demás fueron a que se acostase, quedó revolviendo en su pensamiento mil quimeras, no sabiendo dar color de lo que veía hacer a aquella mujer; mas que fuese hombre jamás llegó a su imaginación, que si tal pensara, no hay duda sino que resueltamente la apartara de sí sin tornarla a ver, y no le valiera menos que la vida.
Acostada Estefanía y las criadas ocupadas en prevenir la cena, Laurela entró donde estaba y, sentándose sobre la cama, la dijo:
—Cierto, Estefanía, que me tienes fuera de mí, y que no sé a qué atribuya las cosas que te veo hacer después que estás en casa. Y acaso pensara, a no ser cosa imposible y que pudiera ocasionar muchos riesgos, o que no eres lo que pareces, o que no tienes juicio. ¿Qué perjuicio te viene de que yo tome estado, para que hagas los extremos que esta noche he visto?
—El de mi muerte —respondió Estefanía—; y pues morir, viéndote casada, o morir a tus manos todo es morir, mátame o haz lo que quisieres, que ya no puedo callar, ni quiero: tan aborrecida tengo la vida que por no verte en poder de otro dueño, la quiero de una vez perder. No soy Estefanía, no, don Esteban soy, un caballero de Burgos, que enamorado de la extrema belleza que te dio el cielo, tomé este hábito, por ver si te podía obligar con estas finezas a que fueses mía; porque aunque tengo nobleza con que igualarte, soy tan pobre que no he tenido atrevimiento de pedirte a tu padre, teniendo por seguro que el granjear tu voluntad era lo más esencial, pues una vez casado contigo, tu padre había de tenerse por contento, pues no me excede más que en los bienes de fortuna, que el cielo los da y los quita. Ya te he sacado de confusión, cuerda eres, obligada estás de mi amor; mira lo que quieres disponer, porque apenas habrás pronunciado la sentencia de mi muerte con negarme el premio que merezco, cuando yo me la daré con esta daga que tengo debajo de la almohada para este efecto.
Figura de mármol parecía Laurela: tan helada y elevada estaba oyendo a Estefanía, que apenas osaba apartar de ella los ojos, pareciéndola que en aquel breve instante que la perdiese de vista, se la había de transformar, como lo había hecho de Estefanía en don Esteban, en algún monstruo o serpiente; y visto que callaba, no sabiendo si eran burlas o veras sus razones, le dijo (ya más cobrada del susto que le había dado con ellas):
—Si no imaginara, Estefanía, que te estás burlando conmigo, la misma daga con que estás amenazando tu vida fuera verdugo de la mía y castigo de tu atrevimiento.
—No son burlas, Laurela, no son burlas —respondió Estefanía—, ya no es tiempo de burlarme, que si hasta aquí lo han sido y he podido vivir de ellas, era con las esperanzas de que habían de llegar las veras, y habías de ser mía, y si esto no llegara a merecer, me consolara con que si no lo fueras, por lo menos no te hicieras ajena, entregándote a otro dueño; mas ya casada, o concertada, ¿qué tengo que esperar sino morir? ¿Es posible que has estado tan ciega que en mi amor, en mis celos, en mis suspiros y lágrimas, en los sentimientos de mis versos y canciones, no has conocido que soy lo que digo y no lo que parezco?; porque, ¿quién ha visto que una dama se enamore de otra? Y supuesto esto, o determínate a ser mía, dándome la mano de esposa, o apenas saldrás con intento contrario por aquella puerta, cuando yo me haya quitado la vida; y veremos luego qué harás, o cómo cumplirás con tu honor para entregarle a tu esposo y para disculparte con tus padres y con todo el mundo; que claro es que hallándome sin vida, y que violentamente me la he quitado, y viendo que no soy mujer, si primero creyendo que lo era solemnizaban por burlas mis amores, conociendo las veras de ellos, no han de creer que tú estabas ignorante sino que con tu voluntad me transformé contigo.
¿Quién podrá ponderar la turbación y enojo de Laurela, oyendo lo que don Esteban con tanta resolución decía? Ninguno por cierto. Mas en lo que hizo se conocerá: que fue, casi fuera de juicio, asir la daga que en la mano tenía, diciendo:
—Matándome yo, excusaré todas estas afrentas y evitaré que lo hagan mis padres.
Mas don Esteban, que estaba con el mismo cuidado, la tuvo tan firme que las flacas fuerzas de la tierna dama no bastaron a sacarla de sus manos; y viéndola tan rematada, la rogó se aquietase, que todo era burla, que lo que era la verdad era ser Estefanía y no más, que se mirase muy bien en todo y que no se precipitase, que Estefanía sería mientras ella gustase que no fuese don Esteban.
Con esto, Laurela, sin hablarle palabra, con muy grande enojo, se salió y la dejó contenta con haber vencido la mayor dificultad, pues ya por lo menos sabía quién era, la cual, ni segura de que fuese Estefanía ni cierta de que era don Esteban, se fue a su aposento con grandísima pasión, y sin llamar a nadie se desnudó y acostó, mandando dijesen a sus padres que no salía a cenar por no sentirse buena.
Dormían todas tres hermanas, aunque en camas distintas, en una misma cuadra, con lo que Laurela se aseguró de que Estefanía no se pondría en ningún atrevimiento, caso que fuese don Esteban; y ya todos recogidos y aun dormidos, sola Laurela desvelada y sin sosiego, dando vueltas por la cama, empezó a pensar qué salida tendría de un caso tan escandaloso como el que le estaba sucediendo.
Unas veces se determinaba a avisar a su padre de ello: otras si sería mejor decir a su madre que despidiese a Estefanía, y otras miraba los inconvenientes que podrían resultar si su padre no creyese que ella de tal atrevimiento estaba inocente.
Ya se aseguraba en lo mucho que la querían sus padres y cuán ciertos estaban de su virtuosa y honesta vida: ya reparaba que, cuando sus padres se asegurasen, no lo había de quedar el que había de ser su esposo, pues comunicación de tanto tiempo con Estefanía había de criar en él celosos pensamientos, y que, o había de ser para perderle, o para vivir siempre mal casada, pues no podía esperarse menos de marido que entraba a serlo por la puerta del agravio, y no de la confianza.
Consideraba luego las bellas prendas de don Esteban, y parecíale que no le aventajaba don Enrique más que en la hacienda; y para esta falta (que no era pequeña) echaba en la balanza de su corazón, por contrapeso, para que igualase el amor de don Esteban, la fineza de haberse puesto por ella en un caso tan arduo, las lágrimas que le había visto verter, los suspiros que le había oído desperdiciar, las palabras que le había dicho aquella noche, que con estas cosas y otras tocantes a su talle y gracias igualaba el peso, y aun hacía ventaja.
Ya se alegraba, pareciéndole que, si le tuviese por esposo, todas podían envidiar su dicha; ya se entristecía, pareciéndole que su padre no le estimaría, aunque más noble fuese, siendo pobre.
En estos pensamientos y otros muchos, vertiendo lágrimas y dando suspiros, sin haber dormido sueño, la halló la mañana; y lo que peor es, que se halló enamorada de don Esteban, que como era niña, mal leída en desengaños, aquel rapaz enemigo común de la vida, del sosiego, de la honestidad y del honor, el que tiene tantas vidas a cargo como la muerte, el que, pintándole ciego, ve adónde, cómo y cuándo ha de dar la herida, asestó el dorado arpón al blando pecho de la delicada niña, y la hirió con tanto rigor que ya cuantos inconvenientes hallaba antes de amar, los hallaba fáciles. Ya le pesara que fuera Estefanía y no don Esteban, ya se reprendía de haber hablado con aspereza, ya temía si se había muerto, como lo había de hacer, y al menor ruido que sentía fuera, le parecía que eran las nuevas de su muerte.
Todas estas penas la ocasionaron un accidente de calentura que puso a todos en gran cuidado, como tan amada de todos, y más Estefanía, que como lo supo, conociendo procedía de la pena que había recibido con lo que le había dicho, se vistió y fue a ver a su señora, muy triste y los ojos muy rojos de llorar, lo que notó muy bien Laurela, como quien ya no la miraba como a Estefanía sino como a don Esteban.
Vino el médico y mandó sangrar a Laurela, y ejecutado ese remedio saliéronse todos de allí, juzgando que donde Estefanía asistía sobraban los demás en servir a Laurela.
Últimamente, por ir dando fin a este discurso, tanto hizo Estefanía puesta de rodillas delante de la cama, tanto rogó y tanto lloró, y todo con tan ternísimos afectos y sentimientos, que ya cierta Laurela de ser don Esteban, perdió el enojo y perdonó el atrevimiento del disfraz, y prometiéndose el uno al otro palabra de esposo, concertaron se disimulase hasta que ella estuviese buena, que entonces determinarían lo que se había de hacer para que no tuviesen trágico fin tan extraños y prodigiosos amores.
¡Ay, Laurela, y si supieras cuán trágicos serán, no hay duda sino que antes te dejaras morir que aceptar este concierto! Mas inútil es querer excusar lo que ha de ser; y así le sucedió a esta mal aconsejada niña. ¡Oh traidor don Esteban! ¿En qué te ofendió la candidez de esta inocente, que tan aprisa la vas diligenciando su perdición?
Más de un mes estuvo Laurela en la cama bien apretada de su mal, que valiera más que la acabara: mas ya sana y convalecida, concertaron ella y su amante, viendo con la prisa que se le facilitaba su matrimonio con don Enrique, quien hechas las capitulaciones y corridas dos amonestaciones, no aguardaba a más que pasase la tercera para desposarse, y viendo también cuán imposible era estorbarlo, ni persuadir a sus padres que trocasen a don Enrique por don Esteban, pues no era lance ajustado el descubrir en tal ocasión el engaño de Estefanía, menos que estando los dos seguros de la indignación de don Bernardo y don Enrique, que ya como hijo era admitido; concertaron, digo, que se ausentarían una noche, y puestos en cobro y ya casados, sería fuerza aprovecharse del sufrimiento, pues no había otro remedio, y que interpondrían personas que con su autoridad alcanzasen el perdón de su padre.
Suspendieron la ejecución para de allí a tres días, y Estefanía, con licencia de su señora, diciendo iba a ver una amiga o parienta, salió a prevenir la parte adonde había de llevar a Laurela, como quien no tenía más casa ni bienes que su persona, y en esa había más males que bienes, que fue en casa de un amigo, que aunque era mancebo por casar, no tenía mal alhajado un cuarto de una casa en que vivía, que era el mismo donde don Esteban había dejado a guardar un vestido y otras cosillas, no de mucho valor.
Cuando el tal amigo le vio con el hábito de dama, pues él creía estaba fuera de Madrid, santiguándose le preguntó qué embeleco era aquel. A quien don Esteban satisfizo contándole todo lo que queda dicho; si bien no le dijo quién era la dama.
En fin, le pidió lugar para traerla allí, a lo que el amigo condescendió voluntariamente, no solo por una noche sino por todas las que gustase, y le dio una de dos llaves que tenía el cuarto, quedando advertido que de allí a dos noches él se iría a dormir fuera, porque con más comodidad gozase amores que le costaban tantas invenciones; con lo que se volvió muy alegre a casa de Laurela, la cual aquellos días juntó todas las joyas y dineros que pudo, que serían de valor de dos mil ducados, por tener, mientras su padre se desenojase, con qué pasar.
Llegada la desdichada noche, escribió Laurela un papel a su padre dándole cuenta de quién era Estefanía y cómo ella se iba con su esposo, por dudar que no le admitiría por pobre, aunque en nobleza no le debía nada, y otras muchas razones en disculpa de su atrevimiento, pidiéndole perdón con sentidas expresiones.
Aguardaron a que todos estuviesen acostados y dormidos, y habiendo de nuevo don Esteban prometido a Laurela ser su esposo, que con menos seguridad no se arrojara a tan atrevida acción, dejando el papel sobre las almohadas de su cama, y Estefanía el vestido de mujer en su aposento, se salieron cerrando por defuera la puerta y llevándose la llave, para que, si fuesen sentidos, no pudiesen salir tras ellos hasta que estuviesen en salvo.
Se fueron a la casa que don Esteban tenía apercibida, dando el traidor a entender a la desdichada Laurela que era suya, donde se acostaron con el mayor reposo, Laurela creyendo que con su esposo y él imaginando lo que había de hacer, que fue lo que ahora se dirá.
Apenas se empezó a reír la mañana cuando se levantó e hizo vestir a Laurela, pareciéndole que a esta hora no había riesgo que temer, como quien sabía que en casa de Laurela las criadas no se levantaban hasta las ocho y los señores a las diez, si no era el criado que iba a comprar.
Vestido él, y Laurela bien temerosa qué sería tanto madrugar, facción bien diferente de la que ella esperaba, la hizo cubrir el manto, y tomando las joyas y dineros, salieron de casa y la llevó a Santa María, iglesia mayor de esta corte, y en estando allí la dijo estas razones:
—Las cosas, hermosa Laurela, que se hacen sin más acuerdo que por cumplir con la sensualidad del apetito, no pueden durar, y más cuando hay tanto riesgo como el que a mí me corre, sujeto al rigor de tu padre y esposo, y al de la justicia, que no me amenaza menos que la horca: yo te amé desde que te vi, e hice lo que has visto, y te amo por cierto, mas no con aquella locura que antes, cuando no miraba en riesgo alguno, mas ya los veo todos y a todos los temo; con que es fuerza desengañarte.
Yo, Laurela, no soy de Burgos, ni caballero, porque soy hijo de un pobre oficial de carpintería, que por no inclinarme al trabajo me vine a este lugar, donde sirviendo he pasado fingiendo nobleza y caballería: te vi y te amé, y busqué la invención que has visto hasta conseguir mi deseo; y si bien no fueras la primera en el mundo que casándose humildemente ha venido de alto a bajo estado, y trocando la seda en sayal ha vivido con su marido contenta, aun cuando yo quisiera hacer esto, me es imposible, porque soy casado en mi tierra, que no es veinte leguas de aquí, y mi mujer la tienen mis padres en su casa, sustentándola con su pobre trabajo.
Esto soy; y como no hay tal potro como el miedo, que en él se confiesan verdades, puedes considerar cómo me atreveré a ser hallado de tu padre, pues a este punto ya seré buscado, y no puedo esperar sino la muerte, que tan merecida tengo por la traición que en su casa he cometido.
Nada miraba con el deseo de alcanzar tu hermosura; mas ya es fuerza que lo mire, y así vengo determinado a dejarte aquí, y ponerme en salvo, y para hacerlo tengo necesidad de estas joyas que tú no has menester, pues te quedas en tu tierra, donde tienes deudos que te ampararán, y ellos reportarán el enojo de tu padre, que al fin eres su hija y considerará la poca culpa que tienes, pues has sido engañada.
Aquí no hay que gastar palabras ni verter lágrimas, pues con nada de esto me has de enternecer, porque primero es mi vida que todo; antes tú misma, si me tienes voluntad, me aconsejarás lo mismo; pues no remedias nada con verme morir delante de tus ojos, y todo lo que me detengo aquí contigo pierdo de tiempo para salvarme.
Sabe Dios que si no fuera casado no te desamparara, aunque fuera echarme una esportilla al hombro para sustentarte, que ya pudiera ser que tu padre, por no deshonrarse, gustara de tenerme por hijo; mas si tengo mujer, mal lo puedo hacer, y más que cada día hay aquí gente de mi tierra que me conocen y luego han de llevar allá las nuevas, y de todas maneras tengo de perecer.
Dicho te he lo que importa, conque quédate a Dios, que yo me voy a poner al punto a caballo para en partiéndome de Madrid excusarme el peligro que me amenaza.
Dicho esto, sin aguardar respuesta de la desdichada Laurela, sin obligarse de su lindeza, sin enternecerse de sus lágrimas, sin apiadarse de sus tiernos suspiros, sin dolerse del riesgo y desamparo en que la dejaba, como vil y ruin, que quiso más la vida infame que la muerte honrosa, pues muriendo a su lado cumplía con su obligación, la dejó tan desconsolada como se puede imaginar, vertiendo perlas y pidiendo a Dios la enviase la muerte, marchándose donde hasta hoy no se saben nuevas de él; si bien piadosamente podemos creer que no le dejaría Dios sin castigo.
Dejemos a Laurela en la parte dicha, adonde la trajo su ingrato amante, o donde se trajo ella misma por dejarse tan fácilmente engañar, implorando justicias contra el traidor y temiendo las iras de su padre, sin saber qué hacer ni dónde irse; y vamos a su casa, que hay bien que contar en lo que pasaba en ella.
Así que fue hora de que el criado que tenía a cargo el ir a comprar lo necesario se vistiese, fue a tomar la llave (que siempre para este efecto quedaba en la puerta por la parte de adentro, porque no inquietasen a los señores que dormían), y como no la halló, pensando que Estefanía, que era la que cerraba, la habría llevado, hubo de aguardar hasta que ya las criadas vestidas salieron a aliñar la casa, y dícholes fuesen a pedir la llave a Estefanía, de que enfadadas, así como envidiosas de ver que ella lo mandaba todo, después de haber murmurado un rato, como se acostumbra entre este género de gente, entraron a su aposento, y como no hallaron sino solos los vestidos sobre la cama, creyeron se habría ido a dormir con Laurela, de quien no se apartaba de noche ni de día; mas como viesen que sus señoras reposaban, no se atrevieron a entrar, y volviéndose afuera empezaron a decir bellezas sobre la curiosidad de quitar la llave; y así estuvieron hasta que fue hora, que entrando en la cámara y abriendo las ventanas para que despertasen, viendo las cortinas de la cama tiradas, abriéndolas decían: «¿Dónde Estefanía puso anoche la llave de la puerta?».
Ni hallaron a Estefanía ni a Laurela, ni otra cosa más del papel sobre las almohadas; y viendo un caso como este, dieron voces, a las cuales las hermanas, que estaban durmiendo con el descuido que su inocencia pedía, despertando despavoridas y sabido el caso, saltaron de las camas y fueron a la de Laurela, entendiendo era burla que les hacían las doncellas, y mirando no solo en ella, mas debajo y hasta los más pequeños dobleces, creyendo en alguno las habían de hallar, con que desengañadas tomaron el papel, que visto, decía el sobrescrito a su padre, llorando y viendo por esta seña que no había que buscar a Laurela, se le fueron a llevar, contándole lo que pasaba, que por no ser cansada no refiero lo que decía, mas de que, como he dicho, le contaba quién era Estefanía y la causa porque se había transformado de caballero en dama, como era don Esteban de Feí, caballero de Burgos, y como a su esposo le había dado posesión de su persona, y se iban hasta que se moderase su ira, y otras cosas a este modo, parando en pedirle perdón, pues el yerro solo tocaba en la hacienda, que en la calidad no había ninguno.
La pena que don Bernardo sintió, leído el papel, no hay para qué ponderarla, mas era cuerdo, y tenía honor, y consideró que con voces y sentimientos no se remediaba nada, antes era espantar la caza para que no viniese a su poder. Consideró esto en un instante, pareciéndole mejor modo para cogerlos y vengarse mostrarse risueño.
Viendo a doña Leonor y sus hijas deshacerse en llanto, las mandó callar y que no alborotasen la casa, ni don Enrique entendiese el caso hasta que con más acuerdo se le dijese: que para qué habían ellas de llorar el gusto a Laurela, y que pues ella había escogido esposo y le parecía que era mejor que el que le daba, que Dios la hiciese bien casada, y cuando quisiese venir a él, claro está que la había de recibir y amparar como a hija.
Con esta disimulación, pareciéndole que no se le encubrirían para darles el merecido castigo, mandó a los criados que, pena de su indignación, no dijesen a nadie nada, y a su mujer e hijas que callasen.
Ya que no los excusó la pena, moderó los llantos y escándalo, juzgando todos que pues no mostraba rigor, que presto se le pasaría el enojo, si tenía alguno, los perdonaría y volvería a su casa; si bien su madre y hermanas a lo sordo se deshacían en lágrimas, ponderando entre ellas las palabras y acciones de la engañosa Estefanía, advirtiendo entonces lo que valiera más hubieran hecho antes.
Tenía don Bernardo una hermana casada, cuya casa estaba cerca de Santa María, y su marido oía todos los días misa en la dicha iglesia: este pues, como los demás días, llevado de su devoción, entró casi a las once en ella, donde halló a Laurela, la que, aunque le vio y pudiera encubrirse, estaba tan desesperada y aborrecida de la vida que no lo quiso hacer, y como la vio tan lejos de su casa, sola sin su madre ni hermanas, ni criada alguna, y sobre todo tan llorosa, le preguntó la causa, y ella, con el dolor de su desdicha, se la contó, pareciéndole que era imposible encubrirlo, supuesto que ya por el papel que había dejado a su padre estaría público.
Algunos habrá que digan fue ignorancia; mas bien mirado, ¿qué podía hacer, supuesto que su desdicha era tan sin remedio? Porque como creyó que su atrevimiento no tenía de yerro más de casarse sin gusto de su padre, con esa seguridad le había declarado tanto en el papel; y así, en esta ocasión no le encubrió a su tío nada, antes le pidió su amparo; y el que la dio fue que, diciéndola palabras bien pesadas, la llevó a su casa y la entregó a su tía diciéndole lo que pasaba, que aun con más rigor que su marido la trató, poniendo en ella violentamente las manos, con lo que la desdichada Laurela, demás de sus penas, se halló bien desconsolada y afligida. Fue el tío al punto a casa de su cuñado, dándole cuenta de lo que pasaba. Con esta segunda pena se renovó la primera, de la que aún no tenía los ojos enjutos.
En fin, por gusto de su padre, Laurela quedó en casa de su tía hasta que se determinase lo que se había de hacer, y por ver si se podía coger el engañador. Los dos juntos contaron a don Enrique lo que había sucedido, del cual fue tan tierno el sentimiento que fue milagro no perder la vida, además que le pidió que pasasen adelante los conciertos sin que sus padres supiesen lo que pasaba: que si Laurela había sido engañada, el mismo engaño la servía de disculpa: tan enamorado estaba don Enrique. A quien su padre respondió que no tratase de eso, que ya Laurela no estaba más que para un convento.
Más de un año estuvo Laurela con sus tíos, sin ver a sus padres ni hermanas porque su padre no consintió que la viesen; ni él, aunque iba algunas veces a casa de su hermana, no la veía, ni ella se atrevía a ponérsele delante, antes se escondía temerosa de su indignación, pasando una triste y desconsolada vida, sin que hubiese persona que la viese, ni en ventana ni en la calle, porque no salía si no era muy de mañana a misa, ni aun reía ni cantaba como solía; hasta que al cabo de este tiempo un día de Nuestra Señora de Agosto, con su tía y criadas madrugaron y se fueron a Nuestra Señora de Atocha, donde, para ganar el jubileo que en este día hay en aquella santa iglesia, confesaron y comulgaron: Laurela, con buena intención (¿quién lo duda?); mas la cruel tía no sé cómo la llevaba, pues no ignoraba la sentencia que estaba dada contra Laurela, antes había sido uno de los jueces de ella.
Mucho nos sufre Dios, y nosotros por el mismo caso le ofendemos más.
Cruel mujer por cierto, pues ya que su marido y hermano eran cómplices en la muerte de la dama, ella, que la pudiera librar llevándola a un convento, no lo hizo; mas era tía, que es lo mismo que suegra, cuñada o madrastra. Con esto lo he dicho todo.
Mientras ella estaba en Atocha, entró el padre y el tío por un aposento que servía de despensa, donde no entraban sino a sacar lo necesario de ella, cuyas espaldas caían a la parte donde su tía tenía el estrado; y desencajando todo el tabique, lo pusieron de modo que no se echase de ver.
Venidas de Atocha, se sentaron en el estrado, pidiendo las diesen de almorzar, con mucho sosiego, y a la mitad del almuerzo, fingiendo la tía una necesidad precisa, se levantó y entró en otra cuadra desviada de la sala, quedando Laurela y una doncella que había recibido para que la sirviese bien descuidadas de la desdicha que les estaba amenazando; y si bien pudieron salvar a la doncella, no lo hicieron, por hacer mejor su hecho, pues apenas se apartó la tía, cuando los que estaban de la otra parte derribaron la pared sobre las dos, y saliéndose fuera, cerraron la puerta, y el padre se fue a su casa, y el tío dio la vuelta por otra parte para venir a su tiempo a la suya.
Pues como la pared cayó y cogió las pobres damas, a los gritos que dieron las desdichadas acudieron todas dando voces, las criadas con inocencia, mas la tía con malicia, al mismo tiempo que el tío entró con los vecinos que acudieron al golpe y alboroto, quienes hallando el fracaso y ponderando la desgracia, llamaron gente que apartasen la tierra y cascotes, lo que no pudo hacerse tan apriesa que, cuando surtió efecto, hallaron ya a la sin ventura Laurela de todo punto muerta, porque la pared la había abierto la cabeza y con la tierra se acabó de ahogar. La doncella estaba viva, mas tan maltratada que no vivió más de dos días.
La gente que acudió se lastimaba de tal desgracia, y su tía y tío la lloraban por cumplir con todos; ¿mas a una desdicha de fortuna qué se podía hacer sino darles pésames y consolarlos? En fin, pasó por desgracia la que era malicia; y aquella noche llevaron la malograda hermosura a San Martín, donde tenía su padre entierro.
Fueron las nuevas a su padre, que no era necesario dárselas, quien las recibió con severidad, y él mismo las llevó a su madre y hermanas, diciendo que ya la fortuna había hecho de Laurela lo que él había de hacer en castigo de su atrevimiento; en cuyas palabras conocieron que no había sido acaso el suceso, con lo que los tiernos sentimientos que hacían lastimaban a cuantos las miraban, y para que su dolor fuese mayor, una criada de los tíos de Laurela que servía en la cocina y se quedó en casa cuando fueron a Atocha, oyó los golpes que daban para desencajar la pared en la despensa, y saliendo a ver qué era, acechó por la llave y vio a su amo y cuñado que lo hacían y decían:
—Páguelo la traidora que se dejó engañar y vencer, pues no hemos podido hallar al engañador para que lo pagaran juntos.
La moza, como oyó esto y sabía el caso de Laurela, luego conoció que lo decían por ella, y con gran miedo, temiendo no la matasen porque lo había visto, sin hablar palabra se volvió a la cocina, y no se atrevió o no pudo avisar a Laurela, antes aquella misma noche, mientras se andaba previniendo el entierro, cogió su hatillo y se fue, sin atreverse a descubrir el caso a nadie, y aguardando tiempo, pudo hablar en secreto a la hermana mayor de Laurela, y la contó lo que había visto y oído, y ella a su madre y a la otra hermana, lo que fue causa de que su sentimiento y dolor se renovase, que les duró mientras vivieron, sin poder jamás consolarse.
Las hermanas de Laurela entraron a pocos meses monjas, que no se pudo acabar con ellas se casasen, diciendo que su desdichada hermana las había dejado buen desengaño de lo que había que fiar de los hombres; y su madre, después que enviudó, se fue con ellas, las cuales contaban este suceso como yo lo he dicho, para que sirva a las damas de desengaño, para no fiarse de los bien fingidos engaños de los cautelosos amantes, que no les dura de voluntad más de hasta vencerlas.
—Dirán ahora los caballeros presentes —dijo la hermosa Lisis, viendo que Matilde había dado fin a su desengaño—: ¡cuántos males causamos nosotros! Y si bien hablarán irónicamente, dirán bien; pues en lo que acabamos de oír se prueba bastantemente la cautela con que tratan a las desdichadas mujeres, no llevando la mira a más que vencerlas, y luego darlas el pago que dio don Esteban a Laurela, sin perdonar el engaño de transformarse en Estefanía, y que hubiese en él perseverancia para que en tanto tiempo no se cansase de engañar, o no se redujese a querer de veras.
Quien le vio tan enamorado, tan fino, tan celoso, tan firme, tan hecho Petrarca de Laurela, ¿podría creer jamás hubiese usado con ella tan infame bajeza?; y nosotros asimismo deberíamos pensar que había de ser Laurela la más dichosa de cuantas han nacido, y que había de quitarnos a todos con su dicha la acedía de tantas desdichas.
¡Ay, señores caballeros! No digo yo que todos seáis malos, mas sí que no sé cómo se ha de conocer el bueno; demás que yo no os culpo de otros vicios, que eso fuera disparate; solo para con las mujeres no hallo con qué disculparos.
Conocida cosa es que habéis dado todos en este vicio, y haréis más transformaciones que Proteo por traer una mujer a vuestra voluntad; y si esto fuese para perseverar amándola y estimándola, no fuera culpable; mas, para engañarla y deshonrarla, ¿qué disculpa habrá que lo sea?
Vosotros hacéis a las mujeres malas, y os ponéis a mil riesgos porque sean malas, y no miráis que si las quitáis el ser buenas, ¿cómo queréis que lo sean? Si inquietáis la casada, y ella persuadida de las finezas que hacéis, pues no son las mujeres mármoles, la derribáis y hacéis violar la fe que prometió a su esposo, ¿cómo será esta buena? Diréis: siéndolo.
No se hallan ya a cada paso santas Teodoras Alejandrinas que, por solo un yerro que cometió contra su esposo, hizo tantos años de penitencia; antes hoy en haciendo uno, procuran hacer otro, por ver si les sale mejor; y no le hicieran si no hubieran caído en el primero.
Déjase vencer la viuda honesta de vuestros ruegos; responderéis: no se rinda. No hay mujeres tórtolas, que siempre lamentan el muerto esposo, ni Artemisas, que mueren en llorándole sobre el sepulcro. ¿Cómo queréis que esta sea buena si la hicisteis mala y la enseñasteis a serlo?
Veis la simple doncella, criada al abrigo de sus padres, y traéis ya el gusto tan desenfadado que no hacéis caso de nada; lo mismo es que sea doncella que no lo sea: decís linda y desahogadamente cualquier yerro, por pesado y fuerte que sea, solicitaisla, regalaisla; y aun si estos tiros no bastan, la amagáis con casamiento. Si cae, que no son las murallas de Babilonia, que tan a costa labró Semíramis, daisla mal pago, faltando a lo que prometisteis, y lo peor es que faltáis a Dios a quien habéis hecho la promesa. ¿Qué queréis que haga esta? Proseguir con el oficio que la enseñasteis, si se libra del castigo a que está condenada, si lo saben sus padres y deudos: luego cierto es que vosotros las hacéis malas; y no solo eso, sino que decís que lo son.
Pues ya que sois los hombres el instrumento de que lo sean, dejadlas, no las deshonréis, que sus delitos y el castigo de ellos a cuenta del cielo están; mas no sé si vosotros os libraréis también de él, pues lo habéis causado, como se ve cada día en tantos como pagan con la vida.
Lo cierto es que a ninguno matan que no lo merezca; y si en la presente justicia no lo debía, de atrás tendría hecho por donde pagase; que como a Dios no hay nada encubierto, y son sus secretos tan incomprensibles, castiga cuando más es su voluntad, o quizá cansado de que apenas salís de una cuando os entráis en otra: y es que como no estimáis de verdad en ninguna parte, para todas os halláis desembarazados.
Oí preguntar una vez a un desprevenido de amor (porque aunque dicen que le tiene, es engaño, supuesto que en él la lealtad está tan achacosa como en todos) que de qué color es el amor. Yo respondile que el que mis padres y abuelos y las historias que son más antiguas dicen se usaba en otros tiempos: no tenía color, ni el verdadero amor le ha de tener; porque ni ha de tener el alegre carmesí, porque no ha de esperar la alegría de alcanzar; ni el negro, porque no se ha de entristecer de que no alcance; ni el verde, porque ha de vivir sin esperanza; ni el amarillo, porque no ha de tener desesperaciones; ni el pardo, porque no ha de darle nada de esto penas. Solos dos le competen, que es el blanco, puro, cándido y casto, y el dorado por la firmeza que en esto ha de tener.
Este es el verdadero amor, el cual no es delito tenerle, ni merece castigo. Hay otro modo de amar, uno que no mancha jamás la lealtad: este es el amor imitador de la pureza. Otro, que tal vez violado, arrepentido de haber quebrado la lealtad, vuelve por este mérito a granjear lugar en amor; mas no por puro, sino por continente.
El amor que usáis ahora, señores caballeros, tiene muchos colores; ya es rubio, ya pelinegro, ya moreno, ya blanco, ya casado, ya soltero, ya civil, ya mecánico, y ya ilustre y alto: y Dios os tenga de su mano no le busquéis barbado, que andáis tan de mezcla que ya no sabéis de qué color vestirle.
Para conseguir esto es fuerza que hagáis muchas mujeres malas; y hay muchas que lo son por desdicha y no por accidente ni gusto; y a estas no es razón que las deis ese nombre, cuando es culpa sin perdón dársele aun a las más comunes.
Pues si el honrar a las mujeres comunes es deuda: ¿qué será para con las que no lo son, no habiendo entre tantos como hoy las vituperan y ultrajan ninguno que las defienda? ¿Puede ser mayor desdicha, que ni aun los caballeros, pues cuando se señalan por tales, prometen la defensa de las mujeres, se dejen también llevar de la vulgaridad, sin mirar que faltan a lo mismo que son y a la fe que prometieron?
No hay más que ponderar, sino que, ya que las hacéis malas y estudiáis astucias para que lo sean, ocasionando sus desdichas, deshonras y muertes, gustéis castigarlas con las obras y afrentarlas con las palabras, no os corráis de que sea así. Decid bien de ellas, y ya os perdonaremos el mal que las hacéis.
Esto es lo que os pido, que, si lo miráis con reflexión, en favor vuestro es más que en el suyo, y los más nobles y más afectuosos haréis que los que no lo son, por imitaros, hagan lo mismo; y creed que, aunque os parece que hay muchas malas, hay muchas más inculpables; y que no todas las que han sido muertas violentamente lo han sido con razón, pues si muchas padecen con causa, hay tantas más que no la han dado; y si la dieron, fue por haber sido engañadas.
Más dijera Lisis, y aun creo que no fuera mal escuchada; porque los nobles y cuerdos presto se sujetan a la razón, como se vio en esta ocasión, en la que estaban los caballeros tan colgados de sus palabras que no hubo allí quien quisiese contradecirla ni estorbarla.
Mas viendo la linda doña Isabel que era tarde y faltaban dos desengaños para dar fin a la noche; y también que doña Luisa se prevenía para dar principio al que le tocaba, haciendo señas a los músicos, cantó así:
Si amados pagan mal los hombres, Gila,
Dime, ¿qué harán si son aborrecidos?
Si no se obligan cuando son queridos,
¿Por qué tu lengua su traición perfila?
Su pecho es Caribdis y una Escila,
Donde nuestros deseos van perdidos,
No te engañen, que no han de ser creídos
Cuando su boca más dulzor destila.
Si la que adoran tienen hoy consigo,
Que mejor es llamarla la engañada,
Pues engañada está quien de ellos fía.
A la que encuentran, como soy testigo,
Dentro de una hora dicen que es la amada:
Conclúyase con esto tu porfía.
Su cruel tiranía
Huir pienso animosa,
No he de ser de sus giros mariposa.
En solo un Hombre creo,
Cuya verdad estimo por empleo;
Y este no está en la tierra;
Porque es un Hombre Dios, que el cielo encierra;
Este sí que no engaña;
Este es hermoso y sabio,
Y que jamás hizo a ninguno agravio.
NOCHE SÉPTIMA.
DESENGAÑO SÉPTIMO.