EL JARDÍN ENGAÑOSO.
No ha muchos años que en la hermosísima y noble ciudad de Zaragoza vivía un caballero noble y rico, y él por sus gracias merecedor de tener por mujer una gallarda dama, igual en todo a sus virtudes y nobleza. Diole el cielo por fruto de su matrimonio dos hermosas hijas; la mayor llamada Constanza y la menor Teodosia, tan iguales en belleza, discreción y donaire que no desdecía nada la una de la otra. Eran estas dos bellísimas damas tan acabadas y perfectas que eran llamadas por renombre de su riqueza y hermosura las dos niñas de los ojos de su patria.
Llegando pues a los años de discreción, cuando en las doncellas campea la belleza y donaire, se aficionó de la hermosa Constanza don Jorge, caballero asimismo natural de la misma ciudad de Zaragoza, mozo galán y rico, único heredero en la casa de sus padres, que aunque había otro hermano, cuyo nombre era Federico, como don Jorge era el mayorazgo, le podemos llamar así.
Amaba Federico a Teodosia, si bien con tanto recato de su hermano que jamás entendió de él esta voluntad. No miraba Constanza mal a don Jorge, porque agradecida a su voluntad, le pagaba en tenérsela honestamente, pareciéndole que habiendo sus padres de darla esposo, ninguno en el mundo la merecía como don Jorge: y fiada en esto estimaba y favorecía sus deseos, teniendo por seguro el creer que apenas se la pediría a su padre, cuando tendría alegre y dichoso fin este amor, si bien le alentaba tan honesta y recatadamente que dejaba lugar a su padre para que en caso que no fuese su gusto el dársela por dueño, ella pudiese, sin ofensa de su honor, dejarse de esta pretensión.
No le sucedió tan felizmente a Federico con Teodosia porque jamás alcanzó de ella un mínimo favor, antes le aborrecía con todo extremo, y era la causa amar perdida a don Jorge, tanto que empezó a tratar y buscar modos de apartarle de la voluntad de su hermana.
Andaba con estos disfavores Federico tan triste que ya era conocida, si no la causa, la tristeza. Reparaba en ello Constanza que, por ser afable y amar tan honesta a don Jorge, no le cabía poca parte a su hermano; y casi sospechando que sería Teodosia la causa de su pena, por haber visto en los ojos de Federico algunas señales, lo procuró saber y fuele fácil por ser los caballeros muy familiares amigos de su casa, que siéndolo también los padres facilitaba cualquiera inconveniente.
Tuvo lugar la hermosa Constanza de hablar a Federico, sabiendo de él a pocos lances la voluntad que a su hermana tenía y los despegos con que ella le trataba, mas con apercibimiento que no supiese este caso don Jorge, pues, como se ha dicho, se llevaban mal.
Espantose Constanza de que su hermana desestimase a Federico, siendo por sus prendas digno de ser amado; mas como Teodosia tuviese tan oculta su afición, jamás creyó Constanza que fuese don Jorge la causa.
Estos enfados de don Jorge despertaron el alma a Teodosia a fin de dar modo cómo don Jorge aborreciese de todo punto a su hermana, pareciéndole a ella que el galán se contentaría con desamarla y no buscaría más venganza, y con esto tendría ella el lugar que su hermana perdiese: engaño común en todos los que hacen mal, pues sin mirar que le procuran al aborrecido, se le dan juntamente al amado.
Con este pensamiento, no temiendo el sangriento fin que podía tener tal desacierto, se determinó decir a don Jorge que Federico y Constanza se amaban, y pensando, lo puso en ejecución, que amor ciego ciegamente gobierna y de ciegos se sirve; y así, quien como ciego no procede, no puede llamarse verdaderamente su cautivo.
La ocasión que la fortuna dio a Teodosia fue hallarse solos Constanza y don Jorge, y el galán enfadado, y aun, si se puede decir, celoso de haberla hallado en conversación con su aborrecido hermano, dando a él la culpa de su tibia voluntad; no pudiendo creer que fuese recato honesto el que la dama con él tenía, la dijo algunos pesares, con que obligó a la dama a que le dijese estas palabras:
—Mucho siento, don Jorge, que no estiméis mi buena voluntad y el favor que os hago en dejarme amar, sino que os atreváis a tenerme en tan poco que, sospechando de mí lo que no es razón, entre mal advertidos pensamientos me digáis pesares celosos; y aun no contento con esto, os atrevéis a pedirme más favores que los que os he hecho, sabiendo que no los tengo de hacer. A sospecha tan mal fundada como la vuestra no respondo, porque si para vos no soy más tierna de lo que veis, ¿por qué habéis de creer que lo soy para vuestro hermano? A lo demás que decís, quejándoos de mi desabrimiento y tibieza, os digo, para que no os canséis en importunarme, que mientras no fuéredes mi esposo no habéis de alcanzar más de mí.
Y diciendo esto, por no dar lugar a que don Jorge tuviese algunas desenvolturas amorosas, le dejó y entró en otra sala donde había criados y gente.
No aguardaba Teodosia otra ocasión más que la presente para urdir su enredo, y habiendo estado a la mira y oído lo que había pasado, viendo quedar a don Jorge desabrido y cuidadoso de la resolución de Constanza, se fue adonde estaba y le dijo:
—No puedo ya sufrir ni disimular, señor don Jorge, la pasión que tengo de veros tan perdido y enamorado de mi hermana, y tan engañado en esto como amante suyo, y así, si me dais palabra de no decir en ningún tiempo que yo os he dicho lo que sé y os importa saber, os diré la causa de la tibia voluntad de Constanza. Sabed —dijo Teodosia— que vuestro hermano Federico y Constanza se aman con tanta terneza y firme voluntad que no hay para encarecerlo más que decir que tienen concertado de casarse; dada se tienen la palabra de esposos, y aun creo que con algunas más arraigadas prendas: testigo yo, sin querer ellos que lo fuese, oí y vi cuanto os digo, cuidadosa de lo mismo que ha sucedido: esto no tiene ya remedio, lo que yo os aconsejo es que, como tan bien entendido, llevéis este disgusto, creyendo que Constanza no nació para vuestra y que el cielo os tiene guardada sola la que os merece.
Con esto dio fin Teodosia a su traición, no queriendo por entonces decirle nada de su voluntad, porque no sospechase su engaño; y don Jorge principio a una celosa y desesperada cólera, porque en un punto ponderó el atrevimiento de su hermano y deslealtad de Constanza, y haciendo juez a sus celos y fiscal a su amor, juntando con esto el aborrecimiento con que trataba a Federico, aun sin pensar en la ofensa, dio luego contra él rigurosa sentencia; mas disimulando, por no alborotar, con Teodosia, le agradeció cortésmente la merced que le hacía, prometiendo el agradecimiento de ella, y por principio tomar su consejo y apartarse de la voluntad de Constanza, pues se empleaba en su hermano más debidamente que en él, despidiéndose de ella y dejándola en extremo alegre, pareciéndole que, defraudado don Jorge de alcanzar a su hermana, le sería a ella fácil de haberle por esposo.
Apenas se apartó don Jorge de Teodosia, cuando se fue a buscar a su aborrecido hermano, si bien primero llamó a un paje de quien fiaba mayores secretos, y dándole cantidad de joyas y dineros, con un caballo le mandó que le aguardase fuera de la ciudad en un señalado puesto. Hecho esto, se fue a Federico y le dijo que tenía ciertas cosas que tratar con él, para lo cual era necesario salir hacia el campo.
Hízolo Federico, no tan descuidado que no se recelase de su hermano, por conocer la poca amistad que le tenía; mas la fortuna hace sus cosas como le da gusto, sin mirar méritos ni ignorancias: tenía ya hecha la suerte por don Jorge contra el miserable Federico, porque apenas llegaron a un lugar a propósito, apartado de la gente, cuando sacando don Jorge la espada, llamándole robador de su mayor descanso y bien, sin darle lugar a que sacase la suya le dio una estocada en el corazón, de que cayó muerto.
Don Jorge acudió adonde le aguardaba su criado con el caballo y subiendo en él con su secretario a las ancas, se fue a Barcelona; de allí, hallando las galeras que se partían a Nápoles, se embarcó en ellas, despidiéndose para siempre de España.
Fue hallado muerto esta misma noche el malogrado Federico, y traído a sus padres, con tanto dolor suyo y de toda la ciudad que a una lloraban su desgraciada muerte, ignorándose el agresor de ella. Sintió mucho Constanza la ausencia de don Jorge, mas no de suerte que diese que sospechar cosa que no estuviese muy bien a su opinión.
En este tiempo murió su padre, dejando a sus hermosas hijas con gran suma de riqueza y a su madre por su amparo: la cual, ocupada en el gobierno de su hacienda, no trató de darlas estado en más de dos años, sin que en todo este tiempo se supiese cosa alguna de don Jorge, cuyo olvido fue haciendo su acostumbrado efecto en la voluntad de Constanza, lo que no pudo hacer en la de Teodosia que, siempre amante y siempre firme, deseaba ver casada a su hermana para vivir más segura si don Jorge pareciese.
Sucedió en este tiempo venir a algunos negocios a Zaragoza un hidalgo montañés, más rico de bienes de naturaleza que de fortuna, hombre de hasta treinta o treinta y seis años, galán discreto y de muy amables partes, llamado Carlos. Tomó posada en frente de la casa de Constanza, y a la primera vez que vio la belleza de la dama, le dio en pago de haberla visto la libertad, dándole asiento en el alma con tantas veras que sola la muerte le pudo sacar de esta determinación.
Veíase nuestro Carlos pobre fuera de su patria, porque, aunque le sobraba de noble lo que le faltaba de rico, no era bastante para atreverse a pedirla por mujer, seguro de que no se la habían de dar; mas como no hay amor sin astucias ni cuerdo que no sepa aprovecharse de ellas, imaginó una que fue bastante a darle lo mismo que deseaba, y para conseguirla empezó a tomar amistad con Fabia, que así se llamaba la madre de Constanza, y a regalarla con algunas cosas que procuraba para este efecto, haciendo la noble señora en agradecimiento lo mismo. Visitábalas algunas veces, granjeando con su agrado y linda conversación la voluntad de todas, tanto que ya no se hallaban sin él.
En teniendo Carlos dispuesto este negocio tan a su gusto, descubrió su intento a una ama vieja que le servía, prometiéndole pagárselo muy bien, y de esta suerte se empezó a fingir enfermo, y no solo con achaque limitado sino que de golpe se arrojó en la cama.
Tenía ya su vieja ama prevenido un médico, a quien dieron un gran regalo, y así comenzó a curarle a título de un cruel tabardillo. Supo la noble Fabia la enfermedad de su vecino y con notable sentimiento le fue luego a ver, y le asistía como si fuera un hijo. Creció la fingida enfermedad, a dicho del médico y congojas del enfermo, tanto que se le ordenó que hiciese testamento.
Todo lo cual se hizo en presencia de Fabia, que sentía el mal de Carlos en el alma, a la cual dijo el astuto Carlos, asidas las manos, estando para hacer testamento:
—Ya veis, señora mía, en el estado que está mi vida, más cerca de la muerte que de otra cosa; no lo siento tanto por haberme venido en la mitad de mis años cuanto por estorbarse con ella el deseo que siempre he tenido de serviros después que os conocí, mas para que mi alma vaya con algún consuelo de este mundo, dadme licencia para descubriros un secreto. Seis meses ha, señora Fabia —dijo Carlos—, que vivo en frente de vuestra casa, y esos mismos que adoro y deseo para mi mujer a mi señora doña Constanza, vuestra hija: por su hermosura y virtudes no he querido tratar de ello, aguardando la venida de un caballero, deudo mío, a quien esperaba para que lo tratase; mas Dios, que sabe lo que más conviene, ha sido servido de atajar mis intentos de la manera que veis, sin dejarme gozar de ese deseado bien: la licencia que ahora me habéis de dar es para que yo la deje toda mi hacienda, y que ella la acepte, quedando vos, señora, por testamentaria, y después de cumplido mi testamento, todo lo demás sea para su dote.
Agradeciole Fabia con palabras amorosas la merced que le hacía, sintiendo y solemnizando con lágrimas el perderle.
Hizo Carlos su testamento, y por decirlo de una vez, él testó más de cien mil ducados, señalando en muchas partes de la montaña muy lucida hacienda, y de todo dejó por heredera a Constanza, y a su madre tan lastimada que pedía al cielo con lágrimas su vida.
En viendo Fabia a su hija, echándole al cuello los brazos, le dijo:
—¡Ay hija mía, en qué obligación estás a Carlos! ya puedes desde hoy llamarte desdichada, perdiendo como pierdes tal marido.
—No quiera el cielo, señora —decía la hermosa dama, agradada de las buenas prendas de Carlos y obligada con la riqueza que la dejaba—, que Carlos muera, ni que yo sea de tan corta dicha que tal vea; yo espero en Dios que le ha de dar vida para que todas sirvamos la voluntad que nos muestra.
Dentro de pocos días empezó Carlos, como quien tenía en su mano la salud, a mejorar, y antes de un mes a estar del todo sano, y no solo sano sino esposo de la bella Constanza; porque Fabia, viéndole con salud, le llevó a su casa y desposó con su hija, granjeando este bien por medio de su engaño, y Constanza tan contenta porque su esposo sabía granjear su voluntad con tantos regalos y caricias que, ya muy seguro de su amor, se atrevió a descubrirle su engaño, dando la culpa a su hermosura y al verdadero amor que desde que la vio la tuvo.
Cuatro años serían pasados de la ausencia de don Jorge, muerte de Federico y casamiento de Constanza, en cuyo tiempo la bellísima dama tenía por prendas de su querido esposo dos hermosos hijos, con los cuales, más alegre que primero, juzgaba perdidos los años que había gastado en otros devaneos, sin haber sido siempre de su Carlos, cuando don Jorge, habiendo andado toda la Italia, Piamonte y toda Flandes, no pudiendo sufrir la ausencia de su amada señora, seguro, por algunas personas que había visto por dónde había estado, de que no le atribuían a él la muerte del malogrado Federico, dio la vuelta a su querida patria y se presentó a los ojos de sus padres, y si bien su ausencia había dado que sospechar, supo dar tal satisfacción y color a su fuga, llorando con fingidas lágrimas y disimulada pasión la muerte de su hermano, haciéndose muy nuevo en ella, que deslumbró cualquier indicio que pudiera haber.
La que menos contento mostró en esta venida fue Constanza, porque casi adivinando lo que había de suceder, como amaba tan de veras a su esposo, se entristeció de lo que los demás se alegraban; porque don Jorge, aunque sintió con las veras posibles hallarla casada, se allanó a servirla y solicitarla de nuevo, ya que no para su esposa, que era imposible, a lo menos para gozar de su hermosura, por malograr tantos años de amor. Los paseos, regalos, músicas y finezas eran tantas que casi se empezó a murmurar por la ciudad, mas a todo la dama estaba sorda, porque jamás admitía ni estimaba cuanto el amante por ella hacía, antes la servía de mayor pena.
La que tenía Teodosia de ver estos extremos de amor en su querido don Jorge era tanta que, a no alentarla los desdenes con que su hermana le trataba, mil veces perdiera la vida. No ignoraba Constanza de dónde le procedía a su hermana la pena, y deseaba que don Jorge se inclinase a remediarla, tanto por no verla padecer como también por no verse perseguida de sus importunaciones; mas cada hora lo hallaba más imposible, por estar ya don Jorge tan rematado y loco en solicitar su pretensión que no sentía que en Zaragoza se murmurase ni que el esposo de Constanza lo sintiese.
Más de un año pasó don Jorge en este tema, sin ser parte las veras con que Constanza excusaba su vista, cuando Teodosia, agravada de su tristeza, cayó en la cama de una peligrosa enfermedad, tanto que se llegó a tener muy poca esperanza de su vida.
Constanza, que la amaba tiernamente, conociendo que el remedio de su pena estaba en don Jorge, se determinó a hablarle, forzando, por la vida de su hermana, su desapegada y cruel condición; y así, un día que Carlos se había ido a caza, le envió a llamar.
Loco de contento recibió don Jorge el venturoso recado de su querida dama; y por no perder esta ventura fue a ver lo que el dueño de su alma le quería. Con alegre rostro recibió Constanza a don Jorge, y sentándose con él en su estrado, lo más amorosa y honestamente que pudo, por obligarle y traerle a su voluntad, le dijo las razones siguientes:
—No puedo negar, señor don Jorge, si miro desapasionadamente vuestros méritos y la voluntad que os debo, que fui desgraciada el día que os ausentasteis de esta ciudad, pues con esto perdí el alcanzaros por esposo, cosa que jamás creí de la honesta afición con que admitía vuestros favores y finezas, si bien el que tengo es tan de mi gusto que doy mil gracias al cielo por haberle merecido: esta voluntad deseo pagaros sin ser a costa de mi honor, dándoos en mi lugar otra que de mi parte pague lo que en mí es sin remedio. En concederme este bien me ganáis, no solo por verdadera amiga sino por perpetua esclava, y para no teneros suspenso, esta hermosura que en cambio de la mía os quiero dar es mi hermana Teodosia, la cual, desesperada de vuestro desdén, está en lo último de su vida, sin saber otro remedio para dársela sino vos mismo. Ahora es tiempo de que yo vea lo que valgo con vos, si alcanzo que nos honréis a todos dándola la mano de esposo. Con esto quitáis al mundo de murmuraciones, a mi esposo de sospechas, a vos mismo de pena, y a mi hermana de las manos de la muerte: y yo, teniéndoos por hermano, podré pagar con agradecimientos lo que ahora niego por recato.
Turbado oyó don Jorge a Constanza, y precipitado en su pasión amorosa, la respondió:
—¿Este es el premio, hermosa Constanza, que tenías guardado al tormento que por ti paso y al firme amor que te tengo? Pues cuando entendí que obligada de él me llamabas para dármele, me quieres imposibilitar de todo punto de él; pues asegúrote que conmigo no tienen lugar tus ruegos, porque otra que no sea Constanza no triunfará de mí: amándote he de morir, y amándote viviré hasta que me asalte la muerte; mira si cuando la deseo para mí se la excusaré a tu hermana.
Púsose Constanza, oyendo esto, en pie, y en modo de burla dijo:
—Hagamos, señor don Jorge, un concierto, y sea que como vos me hagáis en esta placeta que está delante de mi casa, de aquí a la mañana, un jardín tan adornado de cuadros y olorosas y vistosas flores, árboles y fuentes, que ni en su frescura ni belleza, ni en la diversidad de pájaros que en él haya, desdiga de los nombrados pensiles de Babilonia que Semíramis hizo sobre sus muros, yo me pondré en vuestro poder y haré por vos cuanto deseáis; y si no, que os habéis de dejar de esta pretensión, otorgándome en pago el ser esposo de mi hermana, porque si no es a precio de este imposible no han de perder Carlos y Constanza su honor, granjeado con tanto cuidado y sustentado con tanto aumento.
Con esto se entró donde estaba su hermana, bien descontenta del mal recado que llevaba de su pretensión, dejando a don Jorge tan desesperado que fue milagro no quitarse la vida. Saliose asimismo loco y perdido de casa de Constanza, y con desconcertados pasos, sin mirar dónde iba, se fue al campo, y allí maldiciendo su suerte, dando tristes y lastimosos suspiros, y cercado de mortales pensamientos, se le puso (sin ver por dónde ni cómo había venido) delante un hombre que le dijo:
—¿Qué tienes, don Jorge? ¿Por qué das voces y suspiros al viento pudiendo remediar tu pasión de otra suerte? ¿Qué lágrimas femeniles son estas? ¿No tiene más ánimo un hombre de tu valor que el que aquí muestras? ¿No echas de ver que, pues tu dama puso precio a tu pasión, que no es tan difícil tu remedio como piensas?
Mirándole estaba don Jorge, espantado de oírle decir lo que él apenas creía que sabía nadie, y así le respondió:
—¿Y quién eres tú, que sabes lo que yo mismo no sé y que asimismo me prometes remedio? ¿Qué puedes tú hacer cuando aun al demonio es imposible?
—Y si yo fuese el que dices —respondió—, ¿qué dirías? Ten ánimo y mira qué me darás si yo hago el jardín que tu dama pide.
—Pon tú el precio a lo que por mí quieres hacer, que pronto estoy a otorgarlo.
—Pues mándame el alma —dijo el demonio— y hazme de ella cédula, que antes que amanezca podrás cumplir a tu dama su deseo.
Amaba el mal aconsejado mozo, y así no dificultó hacer lo que el demonio le pedía. Hízole la cédula en la manera que él la ordenó, y firmando sin mirar lo que hacía ni que por precio de un desordenado apetito daba una joya tan apreciada y que tanto le costó al divino Criador. Hecho esto, don Jorge se fue a su posada y el demonio a dar principio a su fabulosa fábrica.
Llegó la mañana y don Jorge, creyendo que había de ser la de su gloria, se levantó al amanecer, y vistiéndose lo más rica y costosamente que pudo, se fue donde el jardín se había de hacer, y llegando a la placeta que estaba en frente de la casa de la hermosa Constanza el más contento que en su vida estuvo, vio la más hermosa obra que jamás había visto, que a no ser mentira, como el autor de ella, pudiera ser recreación de cualquier monarca. Entrose dentro y estuvo aguardando un buen rato que saliese su dama a ver como había cumplido su deseo.
Carlos, que aunque la misma noche que Constanza habló con don Jorge había venido de caza cansado, madrugó aquella mañana para acudir a un negocio que se le había ofrecido; y como apenas fuese de día, abrió una ventana que caía a la placeta, poniéndose a vestir en ella; y como se le ofreciese a los ojos la máquina ordenada por el demonio para derribar la fortaleza del honor de su esposa, como admirado estuvo un rato creyendo que soñaba, mas viendo que ya que los ojos se pudieran engañar, no lo hacían los oídos, que absortos a la dulce armonía de tantos y tan diversos pajarillos como en el deleitoso jardín estaban, empezó a dar voces, llamando a su esposa y a los demás de su casa, diciéndoles que se levantasen y verían la mayor maravilla que jamás se vio.
A las voces que Carlos dio se levantó Constanza y su madre, y cuantos en su casa había, bien seguros de tal novedad, porque la dama ya no se acordaba de lo que le había pedido a don Jorge, segura de que no lo había de hacer, y como descuidada se llegase a ver qué la quería su esposo y viese el jardín, precio de su honor, tan adornado de flores y árboles, que aun le pareció que era menos lo que ella había pedido, y muy poco, según lo que la daban, pues las fuentes y hermosos cenadores ponían espanto a quien las veía, y viese a don Jorge tan lleno de galas y bizarría pasearse por él, y en un punto considerase lo que había prometido, sin poderse tener en sus pies se dejó caer en el suelo, a cuyo golpe acudió su esposo y los demás, pareciéndoles que estaban encantados según los prodigios que veían.
Y tomándola en sus brazos, como quien la amaba tiernamente, con gran priesa pedía que llamasen a los médicos, pareciéndole que estaba sin vida, por cuya causa su marido y hermana solemnizaban con lágrimas su muerte, a cuyos llantos acudió mucha gente que se había juntado en el jardín que en la plaza estaba, y entre ellos don Jorge, que luego imaginó lo que podía ser.
Media hora estuvo la hermosa señora de esta suerte, haciéndosele innumerables remedios, cuando, estremeciéndose fuertemente, tornó en sí; y viéndose en los brazos de su amado esposo, cercada de gente, y entre ellos don Jorge, llorando amarga y abundantemente, puestos los ojos en Carlos, le empezó a decir:
—Ya, señor mío, si quieres tener honra, y que tus hijos la tengan y mis nobles deudos no la pierdan sino que tú se la des, conviene que al punto me quites la vida; no porque a él ni a ellos he ofendido; mas porque puse precio a tu honor y al suyo, sin mirar que no le tiene. Yo lo hiciera imitando a Lucrecia, y aun dejándola atrás, pues si ella se mató después de haber hecho la ofensa, yo muriera sin cometerla; mas soy cristiana y no es razón que, pues yo estoy sin culpa, pierda la vida y te pierda juntamente a ti, que lo eres mío, y pierda el alma que tanto costó a su Criador.
Más espanto dieron estas razones a Carlos que lo demás que había visto; y así le pidió que dijese la causa por qué las decía y lloraba con tanto sentimiento. Entonces Constanza, aquietándose un poco, contó públicamente cuanto con don Jorge la había pasado desde que la empezó a amar hasta el punto en que estaba, añadiendo por fin que, pues ella había pedido a don Jorge un imposible y él le había cumplido, que en aquel caso no había otro remedio sino su muerte, con la cual, dándosela su marido, como el más agraviado, tendría todo fin y don Jorge no podría tener queja de ella.
Viendo Carlos un caso tan extraño, considerando que por su esposa se veía en tanta prosperidad, pues la desigualdad muchas veces suele ser freno a las inclinaciones de los hombres, porque el que escoge mujer más rica que él no lleva mujer sino señora; y asimismo, más enamorado que nunca de la hermosa Constanza, la dijo:
—No puedo negar, señora mía, que hicisteis mal en poner precio a lo que en realidad de verdad no lo tiene ni puede tener, porque la virtud y la castidad de la mujer no hay en el mundo con que se pueda pagar, pues aunque os fiasteis de un imposible, pudierais considerar que no le hay para un amante que lo es de veras, y el premio de su amor le espera alcanzar con cometer imposibles y hacerlos; mas esta culpa ya la pagáis con la pena en que os veo; por tanto ni yo os quitaré la vida ni os daré más pesadumbre de la que tenéis: el que ha de morir es Carlos, que, como desdichado, ya la fortuna, cansada de sufrirle, le quería derribar.
Y diciendo esto sacó la espada y fuésela a meter por los pechos, sin mirar que con esta desesperada acción perdía el alma, al tiempo que don Jorge, temiendo lo mismo que él quería hacer, había de un salto juntádose con él, y asiéndole fuertemente el puño de la espada le dijo:
—Tente, Carlos, tente.
Y así como estaba, prosiguió contando cuanto con el demonio le había pasado hasta el punto que estaba, y pasando adelante dijo:
—No es razón que a tan noble condición como la tuya haga yo ninguna ofensa, pues solo con ver que te quitas la vida porque yo no muera (pues no hay muerte para mí más cruel que privarme del bien que tanto me cuesta, pues he dado por precio el alma), me ha obligado de suerte que no una sino mil perdiera por no ofenderte: tu esposa está ya libre de su obligación, que yo la alzo la palabra; goce Constanza a Carlos, y Carlos a Constanza, pues el cielo los crió tan conformes que solo él es el que la merece y ella la que es digna de ser suya; y muera don Jorge, pues nació tan desdichado que no solo ha perdido gusto por amar, sino la joya que le costó a Dios morir en una cruz.
A estas últimas palabras de don Jorge se les apareció el demonio con la cédula en la mano; y dando voces les dijo:
—No me habéis de vencer, aunque más hagáis, pues donde un marido, atropellando su gusto y queriendo perder la vida, se vence a sí mismo dando licencia a su mujer para que cumpla lo que prometió, y un loco amante obligado de esta suerte a palabra que le cuesta no menos que el alma, como en esta cédula se ve que me hace donación de ella, no he de hacer menos yo que ellos; y así, para que el mundo se admire de que en mí pudo haber virtud, toma, don Jorge, ve ahí tu cédula, yo te suelto la obligación, que no quiero alma de quien tan bien se sabe vencer.
Y diciendo esto le arrojó la cédula, y dando un grande estallido se desapareció y juntamente el jardín, quedando en su lugar un espeso y hediondo humo.
Al ruido que hizo, que fue tan grande que parecía hundirse la ciudad, Constanza y Teodosia, con su madre y las demás criadas que absortas y embelesadas habían quedado con la vista del demonio, volvieron sobre sí, y viendo a don Jorge hincado de rodillas, dando con lágrimas gracias a Dios por la merced que le había hecho de librarle de tal peligro, creyendo que por secretas causas solo a su Majestad Divina reservadas había sucedido aquel caso, le ayudaron todos haciendo lo mismo.
Acabada don Jorge su devota oración, se volvió a Constanza y la dijo así:
—Ya, hermosa señora, conozco cuán acertada has andado en guardar el decoro que es justo al marido que tienes; y así, para que viva seguro de mí, pues de ti lo está y tiene tantas causas para ello, después de pedirte perdón por la opinión que te he quitado con mis importunas pasiones, te pido lo que tú ayer me dabas, deseosa de mi bien, y yo como loco desprecié, que es a la hermosa Teodosia por mujer, que con esto el noble Carlos quedará seguro y esta ciudad enterada de tu valor y virtud.
Oyendo esto, Constanza se fue con los brazos abiertos a don Jorge, y echándoselos al cuello dijo:
—Tomad este favor que os doy como a mi hermano, siendo el primero que alcanzáis de mí desde que me amáis.
Este mismo día fueron desposados don Jorge y la bella Teodosia con general contento. Y otro día hicieron las bodas, siendo padrinos Carlos y la bella Constanza: hiciéronse muchas fiestas en la ciudad, solemnizando el dicho de tales sucesos, en los cuales don Jorge y Carlos se señalaron, dando muestras de su gallardía.
Vivieron muchos años con hermosos hijos, sin que jamás se supiese que don Jorge hubiese sido el matador de Federico, hasta que, después de muerto don Jorge, Teodosia contó el caso, a la cual cuando murió la hallaron escrita de su mano esta maravilla, dejando al fin de ella por premio al que dijese cuál hizo más de estos tres, Carlos, don Jorge o el demonio, el laurel de bien entendido. Cada uno lo juzgue si le quiere ganar, que yo quiero dar aquí fin al Jardín engañoso, título que da el suceso referido a esta maravilla.
Dio fin la discreta Laura a su maravilla, y todas aquellas damas y caballeros principio a disputar cuál había hecho más, por quedar con la opinión de discreto; y porque la bella Lisis había puesto una joya para el que acertase, cada uno daba su razón: unos alegaban que el marido y otros que el amante, y todos juntos que el demonio, por ser en él cosa nunca vista el hacer bien.
Esta opinión sustentó divinamente don Juan, llevando la joya prometida, no con pocos celos de don Diego y gloria de Lisarda, a quien la rindió al punto, dando a Lisis no pequeño pesar.
En esto entretuvieron parte de la noche, y por no ser hora de representar la comedia, se quedó para el día de la Circuncisión, en que se habían de desposar don Diego y la hermosa Lisis; y así se fueron a cenar con mucho gusto, dando fin a la quinta noche, y yo a mi entretenido sarao; prometiendo segunda parte, y en ella el castigo de la ingratitud de don Juan, mudanza de Lisarda y bodas de Lisis; si, como espero, es estimado mi trabajo, agradecido mi deseo, y alabado, no mi tosco estilo, sino el deseo con que va escrito.