INTRODUCCIÓN.


Para el primer día del año quedaron en la primera parte de mi entretenido sarao concertadas las bodas de la gallarda Lisis con el galán don Diego, tan dichoso en haber merecido esta suerte, como prometían las bellas prendas de la hermosa dama, y nuevas fiestas para solemnizarlas con más aplauso.

Mas cuando las cosas no están otorgadas del cielo, poco sirve que las gentes concierten si Dios no lo otorga; que como quien mira desapasionado lo que no está bien, dispone a su voluntad, y no a la nuestra, aunque nosotros sintamos lo contrario: y así, o que fuese algún desorden, como suele suceder en los suntuosos banquetes, o el pesar de considerarse Lisis ya en poder de extraño dueño, y solamente por vengarse del desprecio que le parecía haberle hecho don Juan amando a su prima Lisarda, usurpándole a ella las glorias de ser suya, mal hallada con dueño extraño de su voluntad y ya casi en poder del no apetecido, se dejó rendir a tan crueles desesperaciones, vertiendo tantas perlas sus divinos ojos, que amaneció otro día la hermosa dama con una mortal calentura, y tan desalentada y rendida a ella que los médicos, desconfiando de su vida, antes de hacerle otros remedios le ordenaron los importantes al alma, mandándola confesar y recibir el Santísimo Sacramento como la más cordial medicina, y luego procuraron con su ciencia hacer las importantes al cuerpo; con cuya alteración y nuevos cuidados cesaron las fiestas ya dichas, y volvió la alegría de las pasadas noches en llanto y tristeza de su noble madre y queridas amigas, que lo sentían ternísimamente, y principalmente don Diego; y no hay que maravillar, pues cuando se veía casi en posesión de su belleza, se hallaba temeroso de perderla para siempre.

Bien sentía el ingrato don Juan ser él la causa de la enfermedad de Lisis; pues el frío de sus tibiezas era la mayor calentura de la dama, y sentía faltase del mundo una estrella que le daba ser: tal era la belleza y discreción de Lisis, junto con otras mayores virtudes de que era dotada; mas estaba tan rendido a la hermosura de Lisarda que presto hallaba en ella el consuelo de su pena: y aunque muchas veces proponía, para alentarla, hacerle más caricias, y con esta intención la visitaba, como Lisarda jamás se apartaba de su prima, en viéndola él afectuosamente, no se acordaba de los propósitos hechos.

Aumentábase el mal de Lisis, faltando en todos las esperanzas de su salud, y más a la bien entendida señora, que como era quien le sentía y sabía mejor las circunstancias de él, pues unas veces se hallaba ya entre las manos de la muerte, ya otras (aunque pocas) con más alivio, tuvo lugar su divino entendimiento de obrar en su alma nuevos propósitos, si bien a nadie lo daba a entender, guardando para su tiempo la disposición de su deseo, mostrando a don Diego y a la demás familia, cuando se hallaba con notable mejoría, un honesto agrado con que enfrenaba cualquier deseo, y solo le tenían puesto en verla con salud.

Más de un año duró la enfermedad con caídas y recaídas, sin tratarse en todo este tiempo de otra cosa sino de acudir a la presente causa, padeciendo don Diego el achaque de desesperado; tanto que ya quisiera de cualquier suerte fuera suya Lisis por estar seguro de él; mas si alguna vez lo proponía, hallaba en la dama un enojo agradable y una resistencia honesta, con que le obligaba a pedir perdón de haberlo intentado.

En esta ocasión le trajeron a Lisis una hermosísima esclava, herrada en el rostro, mas no porque la S y clavo que esmaltaba sus mejillas manchase su belleza, que antes la descubría más; era mora y su nombre Zelima, de gallardo entendimiento y muchas gracias, como era leer, escribir, cantar, tañer, bordar y, sobre todo, hacer excelentísimos versos. Este presente le hizo a Lisis una tía suya, hermana de su madre, que vivía en la ciudad de Valencia; y aunque pudiera desdorar algo la estimación de tal prenda el ser mora, sazonaba este género de desabrimiento con decir quería ser cristiana.

Con esta hermosa mora se alegró tanto Lisis que, gozándose con sus habilidades y agrados, casi se olvidaba de la enfermedad, cobrándose tanto amor que no era como de señora y esclava, sino de dos queridas hermanas: sabía muy bien Zelima granjear y atraer a sí la voluntad de Lisis, y Lisis pagárselo en quererla tanto que apenas se hallaba sin ella.

Entretenía Zelima a su señora, haciendo alarde de sus habilidades, ya cantando y tañendo, ya recitando versos, ya contándole cosas de Argel, su patria; y aunque muchas veces la veía Lisis divertida y tan transportada que sin sentir se le caían las lágrimas de sus divinos ojos, creía Lisis serían memorias de su tierra; y tal vez que le preguntaba la causa, le respondía la discreta Zelima:

—A su tiempo, señora mía, lo sabrás y te admirarás de ella.

Con que Lisis no la importunaba más. Sanó Lisis, convaleció Lisis, y volvió el sol de su hermosura a recobrar nuevos rayos, y apenas la vio don Diego con entera salud cuando volvió de nuevo a sus pretensiones, hablando a Laura y pidiendo cumpliese la palabra de darle a Lisis por esposa.

Comunicó la discreta señora con su hermosa hija lo que don Diego le había propuesto, y la sabia dama dio a su madre la respuesta que se podía esperar de su obediente proceder, añadiendo que pues se allegaban los alegres días de las carnestolendas y en ellos se habían de celebrar sus bodas, que tenía gusto de que se mantuviese otro entretenido recreo como el pasado, empezando el domingo para que el último día se desposasen, y que le diese licencia para que lo dispusiese; de lo que se alegró mucho su madre con la fiesta que quería hacer Lisis.

Concedida facultad para ordenarlo, se dispuso de esta suerte: en primer lugar, que habían de ser las damas las que novelasen (y en esto acertó con la opinión de los hombres, pues siempre tenían a las mujeres por noveleras). Y en segundo, que los que refiriesen fuesen casos verdaderos y que tuviesen nombre de desengaños (en esto no sé si los satisfizo, porque como ellos procuran siempre engañarlas, sienten mucho se desengañen).

Fue la pretensión de Lisis en esto volver por la fama de las mujeres, tan postrada y abatida por su mal juicio que apenas hay quien hable bien de ellas. Y como son los hombres los que presiden en todo, jamás cuentan los malos pagos que dan sino los que les dan: y si bien lo miran, ellos cometen la culpa y ellas siguen tras su opinión, pensando que aciertan, y lo cierto es que no hubiera malas mujeres si no hubiera malos hombres.

No hablo con los que no lo fueren, que de la misma manera que a la mujer falsa, inconstante, liviana y sin reputación no se le ha de dar nombre de mujer sino de bestia fiera, así el hombre cuerdo, bien intencionado y que sabe en los mismos vicios aprovecharse de la virtud y nobleza a que está obligado, no será comprendido en mi reprensión: mas hablo de los que, olvidados de sus obligaciones, hacen diferente de lo que es justo: estos tales no serán hombres sino monstruos, y si todos lo son, con todos hablo, advirtiendo que las mujeres que hablaré en este libro no son de las comunes, y que tienen por oficio y grangería el serlo, que esas pasan por sabandijas; sino de las no merecedoras de desdichados sucesos.

Habíale pedido a Lisis Zelima por merced le fuese concedido que los versos que se cantasen los diese ella, de que Lisis se holgó por excusarse de este trabajo, y que la primera que desengañase fuese ella; y Lisis, imaginando la petición no por acaso, lo tuvo a bien; y así nombró para la primera noche a Zelima, y tras ella a su prima Lisarda, luego a Nise, y tras ellas a Filis.

Para la segunda noche puso la primera a su madre, segunda a Matilde y tercera y cuarta a doña Luisa y doña Francisca, dos señoras hermanas que poco había vivían en su casa, la primera viuda y la otra doncella, mozas hermosas y muy bien entendidas.

Y la tercera noche puso primero a doña Estefanía; esta era una prima suya que tenía religiosa, que había con licencia salido del convento a curarse de unas peligrosas cuartanas, y ya sana de ellas no aguardaba para volverse a él más de que se celebrasen las bodas de Lisis, y ella tomó para sí el postrero desengaño, para que hubiese lugar para su desposorio.

Ordenado esto, convidó a todos los caballeros y damas, citados en la primera parte, y muchos más que vinieron avisados unos de otros. Con esto se sacó licencia del nuncio para que se desposasen sin amonestaciones, o por más secreto, o por mayor grandeza (que está ya el gusto tan empalagado de lo antiguo, que buscan lo más moderno, y lo tienen por sainete).

Se previnieron músicos y entoldaron las salas de ricas tapicerías, suntuosos estrados, curiosos escritorios, vistosas sillas y taburetes, aliñados braseros, tanto de buenas lumbres como de diversas y olorosas perfumaderas, claros y resplandecientes faroles, muchas bujías, y sobre todo sabrosas y costosas colaciones, sin que faltase el amigo chocolate (que en todo se halla como la mala ventura).

Todo tan en su punto que la hermosa sala no parecía sino un abreviado cielo, y más cuando empezaron a ocuparla tantas jerarquías de serafines, presidiendo a todas la divina Lisis, de negro, con muchos botones de oro: y si bien esta dama no era la más linda de todas, en la gallardía y entendimiento las excedía.

Acomodados todos en sus lugares, sin que faltasen de los suyos el ingrato don Juan y el dichoso don Diego, y todos los hombres mal contentos, quienes por no serles concedido el novelar no podían dar muestra de sus intenciones, y quizá los que escriben deseosos de verse en ocasión de vengarse, como si a mí me importase algo, pues no les quito el entendimiento que Dios les dio, si acaso escribir esto fuese presunción y no entretenimiento, no obstante las damas contentas de que les llegaba la ocasión de satisfacerse de tantos agravios como les hacen en sentir mal de ellas y juzgar a todas por una, Zelima, que junto a Lisis estaba, se levantó, y haciendo una cortés y humilde reverencia (habiendo prevenido a los músicos de lo que habían de hacer, como a quien tocaba dar los versos), se entró en una cuadra y los músicos dieron principio a la fiesta con este romance:

Mentiroso pastorcillo,

Que a los montes de Toledo

Llevasteis mis alegrías,

Y me dejaste mis celos:

Dueño de quien soy esclava,

Y a quien reconoce imperio,

Por confrontación de estrella,

Mi cautivo pensamiento:

Deidad, a cuyos altares,

Sacrificando en deseos

El alma, víctima humilde,

Es holocausto e incienso:

¿Qué dichosa te entretiene,

Que faltando el plazo puesto,

Consientes que estén mis ojos

Bañados en llanto tierno?

Si los rigores de ausencia

Hicieran mella en tu pecho,

Ni tú estuvieras sin mí,

Ni yo estuviera con ellos.

Si cuando te despediste

Callé el dolor que padezco,

Ya que no por sentirle,

Porque tú fueses contento.

Y con aqueste seguro,

Ignorando mis tormentos,

La rienda a la ausencia alargas,

Pensando que no la siento.

Vuelve a mirarte en los ojos,

Que sueles llamar espejos,

Y los verás por tu causa

Caudalosas fuentes hechos.

Vuelve, y verás que las horas

Las llamo siglos eternos;

Los días eternidades,

Tanto es el dolor que tengo.

Quizá a la que te detiene,

Estando sin mi contento,

Quitarás de los favores

Que a mis espaldas le has hecho.

Que según sin mí te hallas,

Puedo llamar mis contentos

Censos que son al quitar,

Que me los quitas tan presto.

Celos me abrasan el alma:

¡Ay de mí! Valedme, cielos,

Dad agua apriesa, ojos míos,

Pues veis que crece el incendio.

¿Mas es fuego de alquitrán

Este en que me estoy ardiendo?

Que más se aviva la llama,

Mientras más lágrimas vierto.

Dicen algunos que son

Los celos del amor hielo;

Mas en mí vienen a ser

Abrasado mongibelo.

¿Para qué quiero la vida?

¿Para qué el reposo quiero?

¡Ay, zagalejos del Tajo,

No ángeles, sino infierno!

Mirad que Salicio es mío,

En él vivo, y por él muero,

Y quitármele es sacar

El alma a mi triste cuerpo.

Violentamente gozáis

Esa vida que poseo,

Porque sus favores son

Los bienes solos que tengo.

¡Ay, Dios! a quien me quejo,

O a quien aquestas lágrimas ofrezco,

Si mi ingrato Salicio está tan lejos.

Yo triste, y él contento,

Él gozando otros gustos, yo con celos.

Que soy inmortal Egeo,

Pues no me acaba este mortal veneno.

Largo les pareció el romance a los oyentes, y más como no sabían el designio de Zelima, la que de propósito lo había prevenido así para tener lugar de hacer lo que ahora se dirá; demás que los músicos de los libros son más piadosos que los de las salas de los señores, que acortan los romances y les quitan el ser, dejándolos sin pies ni cabeza.

A los últimos acentos de los postreros versos salió Zelima de la cuadra en tan diferente traje del que entró, que a todos puso en admiración. Traía una camisa de transparente cambray, con grandes puntas y encajes, las mangas muy anchas de la parte de la mano; unas enaguas de lama a flores, azul y plata, con tres o cuatro relumbrones que quitaban la vista, tan corta que apenas llegaba a las gargantas de los pies, y en ellos unas sandalias de muchos lazos y listones de seda muy vistosas: sobre esto, un vaquerillo o aljuba de otra telilla azul y plata muy vistosa, y asido al hombro una almalafa de la misma tela.

Tenía la aljuba o vaquerillo las mangas tan anchas que se igualaban con las de la camisa, mostrando sus blancos y torneados brazos con costosos carcajes o brazaletes: los largos, ondeados y hermosos cabellos, que ni eran oro ni ébano, sino un castaño tirante a rubio, tendidos por las espaldas, que le pasaban de la cintura una vara, y cogidos por la frente con una cinta o apretadorcillo de diamantes y luego prendido a la mitad de la cabeza un velo azul y plata, lo que unido todo al donaire, majestad y grandeza de sus airosos y concertados pasos, no parecía sino una princesa de Argel, una reina de Fez o Marruecos, o una sultana de Constantinopla.

Admirados quedaron damas y caballeros, y más la hermosa Lisis de verla con más arreos que los que ella había visto, y no acertaba a dar lugar al disfraz de su esclava, y así no hizo más de callar y admirarse (como todos) de tal deidad, porque la contemplaba una ninfa o diosa de las antiguas fábulas.

Pasó Zelima hasta el estrado, dejando a las damas muy envidiosas de su acabada y linda belleza, y a los galanes rendidos a ella, pues hubo más de dos que, con los clavos del rostro, sin reparar en ellos, la hiciera señora y poseedora de su persona y hacienda, y aun se juzgara indigno de merecerla.

Hizo Zelima una reverencia al auditorio y otra a su señora Lisis, y sentose en dos almohadas que estaban situadas en medio del estrado, lugar prevenido para la que había de desengañar, y vuelta a Lisis dijo así:


NOCHE PRIMERA.


DESENGAÑO PRIMERO.