LA INOCENCIA CASTIGADA.
A la última hora de su jornada iba por las cristalinas esferas el rubicundo Apolo, recogiendo sus flamígeros cabellos por llegar ya con su carro cerca del occidente, para dar lugar a su mudable hermana a visitar la tierra, cuando los caballeros y damas de la pasada noche se habían hallado en casa de la bien entendida Lisis, honrando la fiesta de su honesto y entretenido sarao.
Estaban ya juntos en la misma sala, y no era pequeño favor haber acudido tan temprano, porque desengañar y decir verdades está hoy tan mal aplaudido, por pagarse todos más de la lisonja bien vestida que de la verdad desnuda, que había bien que agradecerles; mas eso tienen las novedades, que aunque no sean muy sabrosas, todos gustan de comerlas, y por esa causa hubo esta noche más gente que la pasada, que unos a la fama de la hermosa esclava, que ya se había transformado en señora, y otros por la hermosura de las damas convidadas, por gozar de la novedad, venían, aunque no sé si muy gustosos, por estar prevenidos de que las desengañadoras, armadas de comparaciones y casos portentosos, tenían publicada la guerra contra los hombres; si bien ellos viven tan exentos de leyes que no las conocen si no son a favor de su gusto.
Tenían duda de que las segundas, que habían de desengañar a las damas de los engaños en que viven, igualasen a las primeras, y deseaban ver cómo salían de su empeño; aunque tengo por cierto que si bien estaban estas, como las pasadas, determinadas a tratar con rigor las costumbres de los hombres, no era por aborrecerlos sino por enmendarlos, para que si les tocaba alguno no llevasen el pago que llevan las demás; y no me espanto, que suele haber engaños tan bien sazonados que, aunque se conoce que lo son, no empalagan, y aun imagino que cuando más desengañan las mujeres entonces se engañan mejor: demás que mis desengaños son para los que engañan y para las que se dejan engañar; pues, aunque en general se dice por todos, no es para todos, pues las que no se engañan no hay necesidad de desengañarlas, ni a los que no engañan no les tocará el documento.
Quién ignora que habría esta noche algunos no muy bien intencionados a quienes me parece los oigo decir: «¿Quién las pone a estas mujeres en estos disparates? Porque enmendar a los hombres es lindo desacierto».
Veamos ahora a estas bachilleras, que no faltará ocasión de venganza; y como no era fiesta en que se podía pagar un silbo a un mosquetero, dejarían en casa doblado el papel y cortadas las plumas para vengarse, mas también imagino que a las desengañadoras no se les daba mucho, que diciendo verdades no hay que temer, pues pueden poner falta en lo hablado tanto en verso como en prosa; mas en la misma verdad no puede haber falta, como lo dijo Cristo nuestro Señor cuando dijo: «Si verdad os digo, ¿porqué no me creéis?»
Que trabajos del entendimiento, el que sabe lo que es, lo estima, y el que no lo sabe, su ignorancia le disculpa; como sucedió en la primera parte de este sarao, que si unos le desestimaron, ciento le aplaudieron, y todos le buscaron y le buscan, y ha gozado de tres impresiones, dos naturales y una hurtada, que los bien intencionados son como la abeja, que de las flores silvestres y sin sabor ni olor hace dulce miel; y los malos, como el escarabajo, que de las olorosas hace basura.
Pues crean que aunque las mujeres no son Homeros con basquiñas y enaguas, y Virgilios con moño, por lo menos tienen el alma, las potencias y los sentidos como los hombres. No quiero decir el entendimiento, que aunque muchas pudieran competir en él con ellos, fáltales el arte de que ellos se valen en estudios; y como lo que hacen no es más que una natural fuerza, es preciso que no salga tan acendrado: mas esta noche no les valió las malas intenciones, pues en lugar de vengarse se rindieron, que aquí se vio la fuerza de la verdad.
Salieron las desengañadoras siguiendo a Lisis, que traía de la mano a doña Isabel, muy ricamente vestidas y aderezadas, y muy bien prendidas, y con tantas joyas que parecía cada una un sol con muchos soles; y más doña Isabel, que habiendo renunciado el hábito morisco, pues ya no era necesario, su aderezo era costosísimo; tanto que no se podía juzgar qué daba más resplandores, si su hermoso rostro o sus ricas joyas, que esta noche hizo alarde de las que la pasada había dicho tenía reservadas para los gastos de su religión.
Doña Isabel se pasó al lado de los músicos, y las demás con Lisis al estrado, y la discreta Laura, su madre, que era la primera que había de desengañar, al asiento del desengaño.
Admirados quedaron todos de tanta hermosura y gallardía: los que las habían visto la noche antes juzgaron que en esta se habían armado de nueva belleza, y los que no las habían visto, juzgando que el cielo se había trasladado a la tierra y todos los ángeles a aquella sala, pareciéndoles que con las deidades no se puede tener rencor, perdieron el enojo que traían y decían:
—Aunque más mal digáis de nosotros, os lo perdonamos, por el bien de haber visto tanta hermosura.
Pues sentadas las damas y sosegados todos, la hermosa doña Isabel cantó sola este romance, que se hizo estando ausente el excelentísimo señor conde de Lemos, que hoy vive, y viva muchos años, y mi señora la condesa, su esposa:
Los bellos ojos de Atandra,
Claros y hermosos luceros,
Cuyo resplandor da al sol
Las luces con que le vemos.
De quien aprendió el amor
A matar con rayos negros,
Quitando a las flechas de oro
Valor y merecimientos.
Vertiendo sartas de perlas,
Que Manzanares risueño
Coge, para que sus ninfas
Adoren sus blancos cuellos.
Al tiempo que el alba hermosa
Deja del Titán el lecho,
La vi yo, y la vio el amor,
Por la ausencia de Fileno.
Aquel galán mayoral,
Digo de aquel sol, que siendo
Sol de este presente siglo,
Se pasó a ser sol del cielo.
Dejando púrpura y oro
Por el paño tosco y negro
Del patriarca Benito,
Cuyos pasos va siguiendo.
Tras aquestos resplandores
Se fue su amante discreto:
Que a los rayos de tal sol
Serán los suyos eternos.
Mirando al aurora, dice
La aurora de nuestro pueblo:
No goces, alba, tu esposa,
Cuando sin mi esposo quedo.
Llore la tórtola triste
La pérdida de su dueño;
Pues yo sin mi dueño amada
Ausente y sola padezco.
¿Adónde vas sin tu Atandra?
¿Cómo te cansó tan presta?
Eres hombre; no me espanto;
Mas no eres hombre, que miento.
Si eres deidad, necia soy,
Cuando de un ángel me quejo;
No me castigues, amor,
Pues ya ves que me arrepiento.
Vuelve, Fileno, a mis brazos,
Mira las penas que tengo,
Deja al sol, que tú eres sol
En su claro firmamento.
Si como luna recibo
De tu esplendor rayos bellos,
O vuelve a darme tu luz,
O tu luz iré siguiendo.
Dijo, y corriendo el aurora
La cortina el claro Febo,
Porque entraron sus zagales,
Puso a sus quejas silencio.
Las ninfas de Manzanares,
Que escuchándola estuvieron,
Al son de acordadas liras
La cantaron estos versos.
Enjugad, Atendra,
Vuestros soles negros,
Que señala tristeza
Si llora el cielo.
Sol es vuestro amante,
Ya venir lo vemos,
Pues vos sois su oriente
Al oriente vuestro.
Si de esa belleza
El divino extremo
Le cautivó el alma,
Y aprisionó el cuerpo.
No juzguéis su amor
Tan corto y pequeño,
Que no alargue el paso
Acortando el tiempo.
No deis a esos soles
Tantos desconsuelos,
Que señala tristeza
Si llora el cielo.
Con graves y dulces ecos se alabó la música, admirando los que no habían visto a la linda doña Isabel la hermosura y el donaire, dejándolos tan enamorados como suspensos, no sabiendo qué lugar le podían dar, sino décima musa; y si habían entrado con ánimo de murmurar y censurar este sarao, por atreverse en él las damas a ser contra los hombres, se les olvidó lo dañado de la intención con la dulce armonía de la voz y la hermosa vista de su belleza, perdonando, por haberla visto, cualquiera ofensa que recibiesen de las demás en sus desengaños; y viendo Laura la suspensión de todos, dio principio de esta suerte:
—Viví tan dulcemente engañada el tiempo que fui amada y amé, de que me pudiese dar la amable condición de mi esposo causa para saber y especificar ahora desengaños, que no sé si acertaré a darlos a nadie.
Mas por ciencia alcanzo, pues de experiencia estoy muy ajena, que hoy hay de todo, engañadas y engañados, y pocos o ningunos que acierten a desengañarse; y así, las mujeres se quejan de sus engaños y los hombres de los suyos; y esto es porque no quieren dejar de estarlo; porque paladea tanto el gusto esto de amar y ser amados que, aunque los desengaños se vean a los ojos, se dan por desentendidos y hacen que no los conocen: si bien es verdad que los que más se cobran en ellos son los hombres, que como el ser mudables no es duelo, se dejan llevar tanto de esta falta que dan motivo a las mujeres para que se quejen, y aun para que se venguen; y han elegido una venganza civil, y que fuera tanto mejor vengarse en las vidas que no en las honras, como de quedar ellas con nombre de valerosas y ellos con el castigo que su mudable condición merece; porque no puedo imaginar sino que el demonio las ha propuesto este modo de venganza de que usan las que lo usan; porque, bárbara, si tu amante o marido te agravia, ¿no ves que en hacer tú lo mismo te agravias a ti misma, y das motivo para que si es marido, te quite la vida, y si es amante, diga mal de ti? No seas liviana, y si lo fuiste, mata a quien te hizo serlo y no mates tu honra.
De esto me parece que nace el tener los hombres motivo para decir mal de las mujeres; demás que como ya los hombres se precian de mudables, fuerza es que para seguir su condición busquen las comunes, y creo que lo hacen de propósito para hallar ocasión para dejarlas; pues claro está que las hallarán a cada paso, porque no quieren seguir otro ejercicio y les sabe mejor pasear que no hilar.
¿Quién duda que a cada paso les darán ocasión para que varíen? Y así, por esta parte a todos los culpo y a todos los disculpo: por lo que no tienen los hombres disculpa es por el hablar licenciosamente de ellas, pues les basta su delito sin que ellos se le saquen a plaza, y lo peor es que se descuidan y las llevan a todas por un camino sin mirar cuánto se desdoran a sí mismos, pues hallaremos pocos que no tengan mujer o pariente o conocida a quien guardar decoro, pues ni de lo malo se puede decir bien, ni de lo bueno mal; mas la cortesía hará más que todo, diciendo bien de todas; de unas, porque son buenas, y de otras, por no ser descorteses.
¿Quién duda, señores caballeros, que hay mujeres muy virtuosas, muy encerradas y muy honestas? Direisme: ¿Adónde están? Y diréis bien, porque como no las buscáis, no las halláis, ni ellas se dejan buscar ni hallar, y hablan de las que tratan y dicen cómo les va con ellas; y así, en lugar de desengañar, quisiera aconsejar y pedirles que aunque sean malas, no las ultrajen, y podrá ser que así las hagan buenas; y en verdad, hermosas damas, que fuera cosa bien parecida que no hubiera hombres muy nobles, muy sabios, muy cuerdos y muy virtuosos: cierto es que los hay, y que no todos tratan engaños ni hablan desenfrenadamente contra las mujeres, y de los que lo hacen digo que no le está a un hombre tan mal obrar mal como hablar mal, que hay cosas que son mejores para hechas que para dichas.
De suerte que, honrando y alabando a las damas, restauran la opinión perdida, pues tanto cuesta lo uno como lo otro, y lo demás es bajeza; y las damas sean cuerdas y recogidas, que con esto no habrán menester desengaños; que quien no se engaña no tiene necesidad de desengañarse.
Los ríos, los prados, las comedias no son para cada día, que se rompen muchos mantos y vale cara la seda; véndanse a deseo, y verán como ellas mismas hacen buenos a los hombres.
En cuanto a la crueldad, no hay duda de que está asentada en el corazón del hombre, y esto nace de la dureza de él; y pues ya este sarao se empezó con dictamen de probar esto y avisar a las mujeres para que teman y escarmienten, pues conocen que todo cae sobre ellas, como se verá en este desengaño, digo así:
En una ciudad cerca de la gran Sevilla, que no quiero nombrarla porque aún existen deudos muy cercanos, vivió don Francisco, caballero principal y rico, casado con una dama su igual hasta en la condición.
Este tenía una hermana de las hermosas mujeres que en toda la Andalucía se hallaba, cuya edad aún no llegaba a diez y ocho años. Pidiósela por mujer un caballero de la misma ciudad, no inferior a su calidad ni menos rico, antes entiendo que le aventajaba en todo; pareciole, como era razón, a don Francisco que aquella dicha solo venía del cielo, y muy contento con ella lo comunicó con su mujer y con doña Inés su hermana que, como no tenía más voluntad que la suya, y en cuanto a la obediencia y amor reverencial le tuviese en lugar de padre, aceptó el casamiento, quizá no tanto por él cuanto por salir de la rigurosa condición de su cuñada, cruel cuanto se puede imaginar, de manera que antes de dos meses se halló, por salir de un cautiverio, puesta en otro martirio; si bien satisfecha con la dulzura de las caricias de su esposo, pues hasta en eso a los principios no hay quien se la gane a los hombres; antes se dan tan buena maña que tengo para mí que las gastan todas al primer año, y después, como se hallan fallidos del caudal del agasajo, hacen morir a puras necesidades de él a sus esposas, y quizá, y sin quizá, es lo cierto ser esto la causa por donde ellas aborrecidas se empeñan en bajezas, con las que ellos pierden el honor y ellas la vida.
¿Qué espera un marido, ni un padre, ni un hermano, y hablando más comúnmente, un galán de una dama, si se ve aborrecida y falta de lo que ha menester, y tras eso poco agasajada y estimada, sino una desdicha? ¡Oh, válgame Dios, y qué confiados son hoy los hombres! Pues no temen que lo que una mujer desesperada hará, no lo hará el demonio, y piensan que por velarlas y celarlas se libran y las apartan de travesuras, y se engañan: quiéranlas, acarícienlas y denlas lo que han menester, y no las guarden ni celen, que ellas se guardarán y celarán, cuando no sea por virtud, por obligación: ¡y válgame otra vez Dios, y qué moneda tan falsa es ya la voluntad que no pasa ni vale sino el primer día, y luego no hay quien sepa su valor!
No le sucedió por esta parte a doña Inés la desdicha, porque su esposo hacía la estimación de ella que merecía su valor y hermosura: por esta le vino la desgracia, porque siempre la belleza anda en pasos de ella.
Gozaba la bella dama una vida gustosa y descansada, como quien entró en tan florida hacienda, con un marido lindo de talle y mejor condición, si le durara, mas cuando sigue a uno la adversa suerte, por más que haga no se librará de ella; y fue que siendo doncella jamás fue vista de nadie por la terrible condición de su hermano y cuñada; mas ya casada, o bien con su esposo, o bien con las parientas y amigas, salía a las holguras, visitas y fiestas de la ciudad.
Fue vista de todos, unos alabando su hermosura y la dicha de su marido en merecerla, y otros envidiándola y sintiendo no haberla escogido para sí, y otros amándola ilícita y deshonestamente, pareciéndoles que con sus dineros y galanterías la granjearían para gozarla: uno de estos fue don Diego, caballero mozo, rico y libre, que, a costa de su gruesa hacienda, no solo había granjeado el nombre y lugar de caballero, mas que no se le iban por alto ni por remontadas las más hermosas garzas de la ciudad.
Este, de ver la peligrosa ocasión, se admiró, y de admirarse, se enamoró, y debió ser de veras, que hay hombres que se enamoran de burlas: con loca desesperación, pues, mostraba y daba a entender su amor en la continua asistencia en su calle, en iglesias y en todas las partes que podía seguirla: amaba, en fin, sin juicio, pues no atendía a la pérdida que podía resultar al honor de doña Inés con tan públicos galanteos.
No reparaba la inocente dama en ellos; lo uno, por parecerla que con su honestidad podía vencer cualesquiera deseos lascivos de cuantos la veían; y lo otro, porque en su calle vivían sujetos, no solo hermosos, mas hermosísimos, a quien imaginaba dirigía don Diego su asistencia: solo amaba a su marido, y con este descuido ni se escondía si estaba en el balcón, ni dejaba de asistir a las músicas y demás finezas de don Diego, pareciéndola iban dirigidas a una de dos damas que vivían más abajo de su casa, doncellas y hermosas, mas con libertad.
Don Diego cantaba y tenía otras habilidades que ocasiona la ociosidad de los mozos ricos y sin padres que los sujeten, y las veces que se ofrecía, daba muestras de ellas en la calle de doña Inés.
Ella y sus criadas, y su mismo marido salían a oírlas, como he dicho, creyendo se dirigían a diferente sujeto; que a imaginar otra cosa, de creer es que pusiera estorbo al dejarse ver: en fin, con esta buena fe pasaban todos haciendo gala del bobeamiento de don Diego: cuando el esposo de doña Inés o sus criados le veían, daba a entender lo mismo que ellos pensaban, y con este cuidado descuidado, cantó una noche, sentado a la puerta de las dichas damas, este romance:
Como la madre a quien falta
El tierno y amado hijo,
Así estoy cuando no os veo,
Dulcísimo dueño mío.
Los ojos en vuestra ausencia
Son dos caudalosos ríos,
Y el pensamiento sin vos
Un confuso laberinto.
¿Adónde estáis, que no os veo,
Prendas que en el alma estimo?
¿Qué oriente goza esos rayos,
O qué venturosos Indios?
Si en los brazos del aurora
Está el sol alegre y rico,
Decid, siendo vos mi aurora,
¿Cómo no estáis en los míos?
Salís y os ponéis sin mí,
Acaso triste me pinto,
Triste Noruega parezco,
Tormento en que muero y vivo.
Amaros no es culpa, no,
Adoraros no es delito,
Si el amor dora los yerros,
¡Qué dorados son los míos!
No viva yo si ha llegado
A los amorosos quicios
De las puertas de mi alma
Pesar de haberos querido.
Ahora que no me oís,
Habla mi amor atrevido;
Y cuando os veo enmudezco,
Sin poder mi amor deciros.
Quisiera que vuestros ojos
Conocieran de los míos
Lo que no dice la lengua,
Que está para hablar sin bríos.
Y luego que os escondéis,
Atormento los sentidos,
Por haber callado tanto
Diciendo lo que os estimo.
Mas porque no lo ignoréis,
Siempre vuestro me eternizo;
Siglos durará mi amor,
Pues para vuestro he nacido.
Alabó doña Inés, y su esposo, el romance, porque, como no entendía que ella era la causa de las bien cantadas y lloradas penas de don Diego, no se sentía agraviada, que a imaginarlo es de creer que no lo consintiera.
Pues viéndose el mal correspondido caballero cada día peor y que no daba un paso adelante en su pretensión, andaba confuso y triste, no sabiendo cómo descubrirse a la dama, temiendo de su indignación alguna áspera y cruel respuesta.
Pues, estando, como digo, una mujer que vivía en la misma calle y en frente de la casa de la dama, algo más abajo, notó el cuidado de don Diego con más sentimiento que doña Inés, y luego conoció el juego, y un día que le vio pasar, le llamó, y con cariñosas razones le procuró sacar la causa de sus desvelos.
Al principio negó don Diego su amor, por no fiarse de la mujer; mas ella, como astuta, y que no debía de ser la primera que había hecho, le dijo que no se lo negase, que ella conocía medianamente su pena; y que si alguna en el mundo le podía dar remedio era ella; porque su señora doña Inés le hacía mucha merced, dándole entrada en su casa y comunicando con ella sus más escondidos secretos, porque la conocía desde antes de casarse, estando en casa de su hermano.
Finalmente, ella lo pintó tan bien y con tan finos colores que don Diego casi pensó si era echada por parte de la dama, por haber notado su cuidado; y con este loco pensamiento, a pocas vueltas que este astuto verdugo le dio, confesó de plano toda su voluntad, pidiéndola diese a entender a la dama su amor, ofreciéndola, si se veía admitido, grande interés; y para engolosinarla más, quitándose una cadena que traía puesta, se la dio: era rico y deseaba alcanzar, y así no reparaba en nada: ella la recibió y le dijo descuidase, y que anduviese por allí que ella le avisaría en teniendo negociado, que no quería que nadie le viese hablar con ella, porque no cayesen en alguna malicia.
Pues, ido don Diego, muy contenta la mala mujer, se fue a casa de unas mujeres de oscura vida que ella conocía, y escogiendo entre ellas una, la más hermosa, y que así en el cuerpo y garbo pareciese a doña Inés, llevola a su casa, comunicando con ella el engaño que quería hacer; y escondiéndola donde de nadie fuese vista, pasó a casa de doña Inés diciendo a las criadas dijesen a su señora que una vecina de en frente la quería hablar, lo que sabido por doña Inés, la mandó entrar; y ella, con la arenga y labia necesaria, de que la mujercilla no carecía, después de haberla besado la mano, la suplicó le hiciese merced de prestarle por dos días aquel vestido que traía puesto, y que se quedase en prenda de él aquella cadena, que era la misma que la había dado don Diego, porque casaba una sobrina.
No anduvo muy descaminada en pedir aquel que traía puesto, porque, como era el que doña Inés ordinariamente traía, que era de damasco pardo, pudiese don Diego dejarse llevar de su engaño. Doña Inés era afable, y como la conoció por vecina de la calle, la respondió que aquel vestido estaba ya ajado de traerle continuo, que otro mejor la daría.
—No, señora —dijo la engañosa mujer—, este basta, que no quiero que sea demasiadamente costoso, que parecerá (lo que es) que no es suyo, y los pobres también tenemos reputación; y quiero yo que los que se hallaren a la boda piensen que es suyo y no prestado.
Riose doña Inés, alabando el pensamiento de la mujer, y mandando traer otro se le puso, desnudándose aquel y dándosele a la dicha, que le tomó contentísima, dejando en prendas la cadena que doña Inés tomó por quedar segura, yéndose con él más contenta que si llevara un tesoro.
Con esto aguardó a que viniese don Diego, que no fue nada descuidado, y ella, con alegre semblante, le recibió diciendo:
—Esto sí que es saber negociar, caballerito; bobillo, si no fuera por mí, toda tu vida te pudieras andar tragando saliva sin remedio; ya hablé a tu dama y la dejé más blanda que una madeja de seda floja, y para que veas lo que me debes y en la obligación que me estás, esta noche, a la oración, aguarda a la puerta de tu casa, que ella y yo te iremos a hacer una visita, porque es cuando su marido se va a jugar a una casa de conversación, donde está hasta las diez; mas dice que, por el decoro de una mujer de su calidad y casada, no quiere ser vista, que no haya criados ni luz, sino muy apartada o que no la haya: mas yo, que soy muy apretada de corazón, me moriré si estoy a oscuras, y así podrás apercibir un farolillo que dé luz, y esté sin ella la parte donde hubieres de hablarla.
Todo esto hacía porque pudiese don Diego reconocer el vestido y no el rostro, y se engañase; mas volvíase loco el enamorado mozo, y abrazaba a la falsa y cautelosa tercera, ofreciéndola de nuevo suma de interés, dándole cuanto consigo traía.
En fin, él se fue a aguardar su dicha, y ella, ido él, vistió a la moza que tenía apercibida el vestido de la desdichada doña Inés, tocándola y aderezándola al modo que la dama andaba; púsola de modo que, mirada algo a lo oscuro, parecía la misma doña Inés, muy contenta de haberle salido tan bien la invención que ella misma, con saber la verdad, se engañaba.
Poco antes de anochecer se fueron en casa de don Diego, que las estaba aguardando a la puerta, haciéndosele los instantes siglos; que, viéndolas y reconociendo el vestido, por habérsele visto ordinariamente a doña Inés, como en el talle le parecía y venía tapada, y era ya cuando se acercaba la noche, la tuvo por ella. Loco de contento, la recibió y entró en un cuarto bajo donde no había más luz que la de un farol que estaba en la antesala, y a esta y a una alcoba que en ella había no se comunicaba más que el resplandor que entraba por la puerta.
Quedose la vil tercera en la sala de afuera, y don Diego, tomando de la mano a su fingida doña Inés, se fueron a sentar sobre una cama de damasco que estaba en la alcoba. Gran rato se pasó en encarecer don Diego la dicha de haber merecido tal favor, y la fingida doña Inés, bien instruida en lo que había de hacer en responderle a propósito, encareciéndole el haber venido y vencido los inconvenientes de su honor, marido y casa, con otras cosas que más a gusto les estaba, don Diego, bien ciego en su engaño, llegó al colmo de los favores que tantos desvelos le habían costado el desearlos y alcanzarlos, quedando muy más enamorado de su doña Inés que antes.
Entendida era la que hacía el papel de doña Inés, y representábale tan al propio que en don Diego puso mayores obligaciones; y así, cargándola de joyas de valor, y a la tercera de dinero, viendo ser la hora conveniente para llevar adelante su invención, se despidieron, rogando el galán a su amada señora que viniese presto, y ella prometiéndole que sin salir de casa la aguardase cada noche desde la hora que había dicho hasta las diez, que si hubiese lugar no le perdería. Él se quedó gozosísimo, y ellas se fueron a su casa contentas y aprovechadas a costa de la opinión de la inocente y descuidada doña Inés.
De esta suerte le visitaron algunas veces en quince días que tuvieron el vestido; al cabo de los cuales, temerosas de que se descubriese la verdad, o por temor de que don Diego no reconociese con el tiempo que no era la verdadera doña Inés la que gozaba, no se previnieron de otro vestido como el que les servía de disfraz; y viendo era tiempo de volverle a su dueño, la última noche que se vieron con don Diego le dieron a entender que su marido había dado en recogerse temprano, y era fuerza por algunos días recatarse, por parecerles andaba algo cuidadoso, y que era fuerza asegurarle que en habiendo ocasión de verle no la perderían. Se despidieron, quedando don Diego tan triste como alegre cuando la primera vez la vio. Con esto se volvió el vestido a doña Inés; y la fingida y la tercera partieron la ganancia, muy contentas con la burla.
Don Diego, muy triste, paseaba la calle de doña Inés, y muchas veces que la veía, aunque notaba el descuido de la dama, juzgábalo a recato, y sufríalo sin atreverse a más que a mirarla; otras hablaba con la tercera que había sido de su gloria; y ella unas veces le decía que no tenía lugar por andar su marido cuidadoso, otras, que buscaría ocasión para verle; hasta que un día, viéndose importunada de don Diego, y que le pedía llevase a doña Inés un papel, le dijo no se cansase, porque la dama, o por miedo de su esposo, o porque se había arrepentido, no consentía la hablase en esas cosas, y aun llegaba a más, que la negaba la entrada en su casa, mandando a las criadas no la dejasen entrar. En esto se ve cuán mal la mentira se puede disfrazar en traje de verdad; y si lo hace, es por poco tiempo.
Quedó el triste don Diego con eso tal, que fue milagro no perder el juicio; y en mitad de sus penas, por ver si podía hallar alivio en ellas, se determinó hablar a doña Inés y saber de ella misma la causa de tal desamor y tan repentino, y así no faltaba de día ni de noche de la calle hasta hallar ocasión de hacerlo.
Pues un día que la vio ir a misa sin su esposo (novedad grande, porque siempre le acompañaba), la siguió hasta la iglesia; y arrodillándose junto a ella lo más paso que pudo, si bien con grande turbación, la dijo:
—¿Es posible, señora mía, que vuestro amor fuese tan corto, y mis méritos tan pequeños, que apenas nació cuando murió? ¿Cómo es posible que mi agasajo fuese de tan poco valor y vuestra voluntad tan mudable que, siquiera bien hallada en mis cariños, no hubiera echado algunas raíces para a lo menos tener en la memoria cuántas veces os nombrasteis mía, y yo me ofrecí por esclavo vuestro? Si las mujeres de calidad dan mal pago, ¿qué se puede esperar de las comunes? Si acaso este desdén nace de haber andado corto en serviros y regalaros, vos habéis tenido la culpa, que quien os rindió lo poco os hubiera hecho dueño de lo mucho, si no os hubiésedes retirado tan cruel que, aun cuando os miro, no os dignáis favorecerme con vuestros hermosos ojos, como si cuando os tuve en mis brazos no jurasteis mil veces por ellos que no me olvidaríais.
Mirole doña Inés, admirada de lo que decía, y dijo:
—¿Qué decís, señor? ¿Deliráis, o teneisme por otra? ¿Cuándo estuve en vuestros brazos, ni juré de no olvidaros, ni recibí agasajos, ni me hicisteis cariños?; porque mal puedo olvidar lo que jamás me he acordado, ni cómo puedo amar ni aborrecer lo que nunca amé.
—¿Pues cómo —replicó don Diego—, queréis negar que no me habéis visto ni hablado? Decid que estáis arrepentida de haber ido a mi casa, y no lo neguéis; porque no lo podrá negar el vestido que traéis puesto, que es el mismo que llevásteis, ni lo negará fulana, vecina de en frente de vuestra casa, que fue con vos.
Cuerda y discreta era doña Inés; y oyendo del vestido y mujer, aunque turbada y medio muerta de un caso tan grave, cayó en lo que podía ser; y volviendo a don Diego le dijo:
—¿Cuánto habrá eso que decís?
—Poco más de un mes —replicó él.
Con lo cual doña Inés acabó de todo punto de creer que el tiempo que el vestido estuvo prestado a la misma mujer la habían hecho algún otro; y por averiguarlo mejor dijo:
—Ahora, señor, no es tiempo de hablar más en esto; mi marido ha de partir mañana a Sevilla a la cobranza de unos pesos que le han venido de las Indias; por la tarde estaréis en mi calle, que yo os haré llamar, y hablaremos largo sobre esto que me habéis dicho; y no digáis nada a esa mujer, que importa encubrirlo de ella.
Con esto don Diego se fue muy gustoso por haber negociado tan bien, cuanto doña Inés quedó triste y confusa.
Finalmente, su marido se fue a otro día, como ella dijo, y luego doña Inés envió a llamar al corregidor, y venido le puso en parte donde pudiese oír lo que pasaba, diciéndole convenía a su honor que fuese testigo y juez de un caso de mucha gravedad; y llamando a don Diego, que no se había descuidado, le dijo estas razones:
—Cierto, señor don Diego, que me dejasteis ayer puesta en tanta confusión que si no hubiera permitido Dios la ausencia de mi esposo en esta ocasión, que con ella he de averiguar la verdad y sacaros del engaño y error en que estáis, pienso que hubiera perdido el juicio o yo misma me hubiera quitado la vida; y puesto que tenemos ocasión tan oportuna, os suplico me digáis muy por entero y despacio lo que ayer me dijisteis de paso en la iglesia.
Admirado don Diego de sus razones, le contó cuanto con aquella mujer le había pasado, las veces que había estado en su casa, las palabras que le había dicho y las joyas que la había dado; a que doña Inés admirada, satisfizo y contó cómo ese tiempo había estado el vestido en poder de esa mujer, y cómo le había dejado en prenda una cadena, atestiguando con sus criadas la verdad, y como ella no había faltado de su casa, ni su marido iba a ninguna otra a conversación, antes se recogía con el día, y que ni conocía tal mujer sino de verla a la puerta de su casa, ni la había hablado, ni entrado en ella en su vida; con lo cual don Diego quedó embelesado como los que han visto visiones, y corrido de la burla que de él se hizo, y aún más enamorado de doña Inés que antes.
A esto salió el corregidor, y juntos fueron en casa de la desdichada tercera que al punto confesó la verdad de todo, entregando algunas de las joyas que le habían tocado de la partición, y la cadena, que se volvió a don Diego, granjeando de la burla doscientos azotes por infamadora de mujeres principales y honradas, y más desterrada por seis años de la ciudad, no declarándose más el caso por la opinión de doña Inés: con que la dama quedó satisfecha en parte, y don Diego más perdido que antes, volviendo de nuevo a sus pretensiones, paseos y músicas; y esto con más confianza, pareciéndole que ya había menos que hacer, supuesto que la dama sabía su amor, no desesperando de la conquista, pues tenía caminado lo más; y lo que le debió de animar fue no creer que no había sido doña Inés la que había gozado, pues aunque se averiguó la verdad con tan fieles testigos, y que la misma tercera lo confesó, con todo debió de entender había sido fraude, y que arrepentida doña Inés lo había negado, y la mujer de miedo se había sujetado a la pena.
Con este pensamiento la galanteaba muy atrevido, siguiéndola, si salía fuera, y hablándola, si hallaba ocasión; con lo que doña Inés perseguida, ni aun a misa se dejaba ver del atrevido mozo, que con la ausencia de su marido se tomaba más licencia que era menester; de suerte que la afligida señora aun la puerta no consentía que se abriese, porque no llegase su descomedimiento a entrarse en su casa; mas, ya desesperada y resuelta a vengarse por este soneto que una noche cantó en su calle, sucedió lo que luego se dirá.
Dueño querido, si en el alma mía
Alguna parte libre se ha quedado,
Hoy de nuevo a tu imperio la he postrado,
Rendido a tu hermosura y gallardía.
Dichoso soy desde aquel dulce día
Que con tantos favores quedé honrado,
Instantes a mis ojos he juzgado
Las horas que gocé tu compañía.
¡Oh, si fueran verdad los fingimientos
De los encantos que en la edad primera
Han dado tanta fuerza a los engaños!
Ya se vieran logrados mis intentos;
Si de los dioses merecer pudiera
Encantado gozarte muchos años.
Sintió tanto doña Inés entender que aún no estaba don Diego cierto de la burla que aquella engañosa mujer le había hecho, en desdoro de su honor, que al punto le envió a decir con una criada, que supuesto que ya sus atrevimientos pasaban a desvergüenzas, que se fuese con Dios, sin andar haciendo escándalos ni publicando locuras, y si no, que le prometía, como quien era, de hacerle matar.
Sintió tanto el mal aconsejado mozo esto, que como desesperado, con mortales bascas, se fue a su casa donde estuvo muchos días en la cama con una peligrosa enfermedad, acompañada de tan cruel melancolía que parecía querérsele acabar la vida, y viéndose morir de pena, habiendo oído decir que en la ciudad había un moro, grande hechicero y nigromántico, le hizo buscar y que se le trajesen, para obligar con encantos y hechicerías a que le quisiese doña Inés.
Hallado el moro y venido a su presencia, se encerró con él, dándole larga cuenta de sus amores tan desdichados como atrevidos, pidiéndole remedio contra el desamor y desprecio que hacía de él su dama, tan hermosa como ingrata. El nigromántico agareno le prometió que dentro de tres días haría que la misma dama se le viniese a su poder, como lo hizo, que como ajenos de nuestra católica fe no les es dificultoso, con apremios que hacen al demonio, aun en casos de más calidad.
Pasados los tres días, vino y le trajo una imagen de la misma figura y rostro de doña Inés, que por sus artes la había copiado al natural como si la tuviera presente. Tenía en el remate del tocado una vela de la medida y proporción de una bujía de un cuarterón de cera verde; la figura de doña Inés estaba desnuda, y las manos puestas sobre el corazón, que tenía descubierto, clavado por él un alfiler grande dorado, a modo de saeta, y en lugar de la cabeza tenía una forma de plumas del mismo metal, y parecía que la dama quería sacarle con las manos, que tenía encaminadas a él.
Díjole el moro que en estando solo pusiese aquella figura sobre un bufete y que encendiese la vela que estaba sobre la cabeza, que sin falta ninguna vendría luego la dama, y que estaría el tiempo que él quisiese mientras él no la dijese que se fuese; que cuando la enviase no matase la vela, que en estando la dama en su casa se moriría por sí misma; que si la mataba antes que ella se apagase correría riesgo la vida de la dama; y asimismo que no tuviese miedo de que la vela se acabase aunque ardiese un año entero, porque estaba formada con tal arte que duraría eternamente, mientras que en la noche del Bautista no la echase en una hoguera bien encendida.
Don Diego, aunque no muy seguro de que sería verdad lo que el moro le aseguraba, contentísimo cuando no por las esperanzas que tenía a lo menos por ver en la figura el natural retrato de su enemiga, con tanta perfección y naturales colores que, si como no era de más del alto de media vara fuera de la altura de una mujer, creo con ella olvidara el natural original de doña Inés, a imitación del que se enamoró de otra pintura y de un árbol.
Pagole al moro bien a su gusto el trabajo; y despedido de él, aguardaba la noche como si esperara la vida, haciéndosele un siglo el tiempo que tardó en recogerse la familia y una hermana suya, viuda, que tenía consigo en casa y le asistía a su regalo; tal era el deseo que tenía de experimentar el encanto. Recogida pues la gente, él se desnudó para acostarse y dejando la puerta de la sala no más de apretada, que así se lo advirtió el moro, porque las de la calle nunca se cerraban por haber en la casa más vecindad, encendió la vela, y poniéndola sobre el bufete se acostó, contemplando a la luz que daba la belleza del retrato.
Así que la vela empezó a arder, la desdichada doña Inés, que estaba ya acostada y su casa y gente recogida, porque su marido aún no había vuelto de Sevilla por haberse originado a sus cobranzas algunos pleitos, privada, con la fuerza del encanto y de la vela que ardía, de su juicio y, en fin, forzada de algún espíritu diabólico que gobernaba aquello, se levantó de su cama, y poniéndose unos zapatos que tenía junto a ella y un faldellín que estaba con sus vestidos sobre un taburete, tomó la llave que tenía debajo de su cabecera, y saliendo fuera, abrió la puerta de su cuarto, y juntándola en saliendo y mal torciendo la llave, se salió a la calle y fue a casa de don Diego, que aunque ella no sabía quién la guiaba, la supo llevar, y como halló la puerta abierta, se entró sin hablar palabra ni mirar en nada; se puso dentro de la cama donde estaba don Diego, quien viendo un caso tan maravilloso quedó fuera de sí; mas levantándose y cerrando la puerta, se volvió a la cama diciendo:
—¿Cuándo, hermosa señora mía, merecí yo tal favor? Ahora sí que doy mis penas por bien empleadas. ¡Decidme, por Dios, si estoy durmiendo y sueño este bien, o si tan dichoso que despierto y en mi juicio os tengo en mis brazos!
A esto y otras muchas cosas que don Diego decía doña Inés no respondía palabra, y viendo esto el amante algo pesaroso, por parecerle que doña Inés estaba fuera de su sentido con el maldito encanto y que no tenía facultad para hablar, teniendo aquellos, aunque favores, por muertos, conociendo claro que si la dama estuviera en su juicio no se los hiciera, como era la verdad, que antes pasara por la muerte, quiso gozar el tiempo y la ocasión, remitiendo a las obras las palabras. De esta suerte la tuvo gran parte de la noche, hasta que viendo ser hora se levantó, y abriendo la puerta, la dijo:
—Señora mía, mirad que es ya hora de que os vayáis.
Y en diciendo esto, la dama se levantó, y poniéndose su faldellín y calzándose sin hablar palabra, se salió y volvió a su casa, y llegando a ella, abrió, y vuelto a cerrar sin haberla sentido nadie, o por estar vencidos del sueño, o porque participaban todos del encanto, se echó en su cama. Luego que se halló en ella, la vela que estaba en casa de don Diego, ardiendo, se apagó, como si con un soplo la mataran, dejando a don Diego mucho más asombrado, y no acababa de santiguarse aunque lo hacía muchas veces; y si la admiración que le causaba todo esto no le tuviera como absorto, se volviera loco de alegría.
Estese con ella lo que le durare, y vamos a doña Inés que, como estuvo en su cama y la vela se apagó, la pareció, cobrando el perdido sentido, que despertaba de un profundo sueño; si bien acordándose de lo que le había sucedido, juzgaba que todo le había pasado soñando, y muy afligida de tan descompuestos sueños, se reprendía a sí misma diciendo:
—¡Qué es esto, desdichada de mí! ¿Pues cuándo he dado yo lugar a mi imaginación para que me represente cosas tan ajenas de mí, o qué pensamientos ilícitos he tenido yo con este hombre para que de ellos hayan nacido tan enormes y deshonestos efectos? ¡Ay de mí!, ¿qué es esto o qué remedio tendré para olvidar cosas semejantes?
Con esto, llorando y con gran desconsuelo, pasó la noche y el día, y ya sobre tarde se salió a un balcón por divertir algo su enmarañada memoria; al tiempo que don Diego, aun no creyendo fuese verdad lo sucedido, pasó por la calle para ver si la veía, y fue al tiempo que como he dicho estaba en el balcón; y viéndola el galán quebrada de color y triste, conociendo de qué procedía el tal accidente, se persuadió a dar crédito a lo sucedido; mas doña Inés, en el punto que le vio, quitándose del balcón lo cerró con mucho enojo, en cuya acción conoció don Diego que doña Inés iba a su casa privada de todo sentido, y que su tristeza procedía si acaso como en sueños se acordaba de lo que con él había pasado; si bien, viéndola con la cólera que se quitó del balcón, se puede creer que la diría:
—Cerrad, señora, que a la noche yo os obligaré a que me busquéis.
De esta suerte pasó don Diego más de un mes, llevando a su dama la noche que le daba gusto a su casa, con lo cual la pobre señora andaba tan triste y casi asombrada de ver que no se podía librar de tan descompuestos sueños, que tal creía que eran, ni por encomendarse a Dios, como lo hacía, ni por acudir a menudo a su confesor, que la consolaba cuanto era posible, y deseaba que viniese su marido por ver si con él podía remediar su tristeza; y ya determinada, o a enviarle a llamar, o a persuadirle la diese licencia para irse con él, le sucedió lo que ahora oiréis, y fue que una noche, que por ser de las calurosas del verano, muy serena y apacible con la luna hermosa y clara, don Diego encendió su encantada vela, y doña Inés, que por ser ya tarde estaba acostada, aunque dilataba el sujetarse al sueño por no rendirse a los malignos sueños que ella creía ser, lo que no era sino la pura verdad; cansada de desvelarse, se adormeció, y obrando en ella el encanto, despertó despavorida, y levantándose fue a buscar el faldellín, que no hallándole, por haber las criadas llevado los vestidos para limpiarlos, así en camisa como estaba se salió a la calle, yendo encaminada a la casa de don Diego.
Encontró con ella el corregidor, que con todos sus ministros de justicia venía de ronda, y con él don Francisco su hermano, que habiéndole encontrado gustó de acompañarle por ser su amigo; y como viesen aquella mujer en camisa tan a paso tirado, la dieron voces que se detuviese; mas ella callaba y andaba a toda diligencia, como quien era llevada del espíritu maligno: tanto que les obligó a alargar el paso por lograr alcanzarla; mas cuando lo hicieron fue cuando doña Inés se hallaba ya en la sala, y entrando todos juntos, ella se fue a la cama donde estaba don Diego, y ellos a la figura, que estaba en la mesa con la vela encendida en la cabeza.
Así que don Diego vio el fracaso y desdicha, temeroso de que si mataban la vela doña Inés padecería el mismo riesgo, saltando de la cama, les dio voces que no matasen la vela, que se quedaría muerta aquella mujer; y vuelto a ella, le dijo:
—Idos, señora, con Dios, que ya tuvo fin este encanto; y vos y yo el castigo de nuestro delito: por vos me pesa, que inocente padeceréis —y esto lo decía por haber visto a su hermano al lado del corregidor.
Levantose, dicho esto, doña Inés, y como había venido se volvió a ir, habiéndola al salir reconocido todos, y también su hermano, y fue bien menester la autoridad y presencia del corregidor para que en ella y en don Diego no tomase la justa venganza que a su parecer merecían.
Mandó el corregidor que fuesen la mitad de sus ministros con doña Inés y que, viendo en qué paraba su embelesamiento, no se apartasen de ella hasta que él mandase otra cosa, volviendo uno a darle cuenta de todo; y viendo que de allí a poco la vela se mató repentinamente, le dijo al infelice don Diego:
—¡Ah, señor, y como pudiérades haber escarmentado en la burla pasada, y no poneros en tan costosas veras!
Con esto aguardaron el aviso de los que habían ido con doña Inés, que como llegó a su casa y abrió la puerta, que no estaba más de apretada, y entró, y todos con ella, volvió a cerrar y se fue a su cama, echándose en ella; y como a este mismo punto se apagase la vela, ella despertó del embelesamiento, y dando un grande grito, viéndose cercada de aquellos hombres y conociendo ser ministros de justicia, les dijo que qué buscaban en su casa, o por dónde habían entrado, supuesto que ella tenía la llave.
—¡Ay, desdichada señora —dijo uno de ellos—; y cómo habéis estado sin sentido, pues eso preguntáis!
A esto y al grito de doña Inés habían ya salido las criadas alborotadas, tanto de oír dar voces a su señora como de ver allí tanta gente. Prosiguiendo el que había empezado, contó a doña Inés cuanto había sucedido desde que la habían encontrado hasta el punto en que estaba, y cómo a todo se había hallado su hermano presente: lo que oído por la triste y desdichada dama fue milagro no perdiese la vida.
En fin, para que no se desesperase, según las cosas que hacía y decía, y las hermosas lágrimas que derramaba sacándose a manojos sus cabellos, enviaron a avisar al corregidor de todo, diciéndole ordenase lo que se había de hacer; el cual, habiendo tomado su confesión a don Diego y este dijo la verdad del caso, declarando cómo doña Inés estaba inocente, pues privado su entendimiento y sentido con la fuerza del encanto venía como habían visto: con lo que su hermano mostró serenar su cólera, aunque otra cosa le quedó en el corazón.
Con esto mandó el corregidor poner a don Diego en la cárcel a buen recaudo, y tomando la encantada figura se fueron a casa de doña Inés, a la cual hallaron haciendo las lástimas dichas, sin que sus criadas ni los demás fuesen parte para consolarla, que a haber quedado sola se hubiera quitado la vida.
Estaba ya vestida y arrojada sobre un estrado, alcanzándose un desmayo a otro, y una congoja a otra: y así que vio al corregidor y a su hermano, se arrojó a sus pies pidiéndole que la matase, pues había sido tan mala que, aunque sin su voluntad, había manchado su honor.
Don Francisco, mostrando en su exterior piedad, si bien en lo interior estaba vertiendo ponzoña y crueldad, la levantó y abrazó, teniéndoselo todos a nobleza; y el corregidor la dijo:
—Sosegaos, señora, que vuestro delito no merece la pena que vos pedís, pues no lo es, supuesto que vos no erais parte para no hacerlo.
Y algo más quieta la desdichada dama mandó el corregidor, sin que ella lo supiera, se saliesen fuera y encendiesen la vela: lo que, apenas fue hecho, cuando se levantó y se salió adonde la vela estaba encendida, y en diciéndole que ya era hora de irse se volvía a su asiento, y la vela se apagaba y ella volvía como de un sueño.
Esto hicieron muchas veces, mudando la vela a diferentes partes, hasta volver con ella a casa de don Diego y encenderla allí, y luego doña Inés se iba allá de la manera que estaba, y aunque la hablaban no respondía: con que averiguado el caso, asegurándola, y acabando de aquietar a su hermano, que estaba más sin juicio que ella misma, por entonces disimuló, siendo él el que más la disculpaba; y dejándola el corregidor dos guardas, más por amparo que por prisión, pues ella no la merecía, se fue cada uno a su casa, admirados del suceso.
Don Francisco se recogió a la suya loco de pena, contando a su mujer lo que pasaba; que, como al fin cuñada, decía que doña Inés debía de fingir el embelesamiento por quedar libre de culpa. Su marido, que había pensado lo mismo, fue de su parecer y al punto despachó un criado a Sevilla con una carta a su cuñado, diciéndole en ella dejase todas sus ocupaciones y se viniese al punto, que importaba al honor de entrambos, y que fuese tan secreto que no supiese nadie su venida, ni fuese a su casa hasta que se viese con él.
El corregidor a otro día buscó al moro que había hecho el hechizo; mas no pareció. Divulgose el caso por la ciudad y, sabido por la inquisición, pidió el preso, que le fue entregado con el proceso ya sustanciado y puesto como había de estar, quien llevado a su cárcel, y de ella a la suprema, no pareció más; y no fue pequeña piedad castigarle en secreto, pues al fin él había de morir a manos del marido y hermano de doña Inés, supuesto que el delito cometido no merecía menor castigo.
Llegó el correo a Sevilla y dio la carta a don Alonso, quien como vio lo que en ella se le ordenaba, bien confuso y temeroso de que serían flaquezas de doña Inés, se puso en camino y a largas jornadas llegó a casa de su cuñado con tanto secreto que nadie supo su venida, y sabido todo el caso como había sucedido, entre todos tres había diferentes pareceres sobre qué género de muerte darían a la inocente y desdichada doña Inés, la que, aun cuando de voluntad fuera culpada, la bastara por pena de su delito la que tenía, cuanto más no habiéndole cometido como estaba averiguado: y de quien más pondero la crueldad es de la traidora cuñada, que siquiera por ser mujer podría tener piedad de ella.
Acordado en fin el modo, don Alonso, disimulando su dañada intención, se fue a su casa y con caricias y halagos la aseguró, haciendo él mismo de modo que la triste doña Inés estuviese más quieta, viendo que su marido había creído la verdad y estaba seguro de su inocencia; porque habérselo encubierto era imposible según estaba el caso público; y si bien avergonzada de su desdicha apenas osaba mirarle, se moderó en sus sentimientos y lágrimas.
Con esto pasó algunos días, cuando uno con mucha afabilidad le dijo el cauteloso marido cómo su hermano y él estaban determinados y resueltos a irse a vivir con sus casas y familias a Sevilla; lo uno, por quitarla de los que habían sabido aquella desdicha que la señalaban con el dedo; y lo otro, por asistir a sus pleitos que habían quedado empantanados; a lo cual doña Inés dijo que en ella no había más gusto que el suyo.
Puesta por obra la determinación propuesta, vendiendo cuantas posesiones y hacienda tenían allí, como quien no pensaba volver más a la ciudad, se partieron todos con mucho gozo y doña Inés más contenta que todos; porque vivía afrentada de un suceso tan escandaloso.
Llegados a Sevilla, tomaron casa a su cómodo, sin más vecinos que ellos dos, y luego despidieron todos los criados y criadas que habían traído, para hacer sin testigos la crueldad que ahora diré.
En un aposento, el último de toda la casa, donde aunque hubiese gente de servicio ninguno tuviese modo ni ocasión de entrar en él, en el hueco de una chimenea que allí había, o ellos la hicieron, porque para este caso no hubo más oficiales que el hermano, marido y cuñada, habiendo traído yeso, cascotes y lo demás que era menester, pusieron a la pobre y desdichada doña Inés, no dejándole más lugar que cuanto pudiese estar en pie; porque si se quería sentar no podía sino, como ordinariamente se dice, en cuclillas, y la tabicaron, dejando solo una ventanilla como medio pliego de papel, por donde respirase y le pudiesen dar una miserable comida porque no muriese tan presto, sin que sus lágrimas ni protestas los enterneciesen.
Hecho esto, cerraron el aposento, y la llave la tenía la mala y cruel cuñada, y ella misma iba a darla la comida y un jarro de agua, de manera que aunque después recibieron criados y criadas, ninguno sabía el secreto de aquel cerrado aposento.
Aquí estuvo doña Inés seis años, que permitió la divina Majestad en tanto tormento conservarla la vida, o para castigo de los que se le daban, o para mérito suyo, pasando lo que imaginar se puede, supuesto que he dicho de la manera que estaba, y que las inmundicias y basuras que de su cuerpo echaba la servían de cama y estrado para sus pies.
Siempre estaba llorando y pidiendo a Dios la aliviase de tan penoso martirio, sin que en tan largo tiempo viese luz ni pudiese recostar su triste cuerpo, ajena y apartada de las gentes, negada a los divinos sacramentos y a oír misa, padeciendo más que los que martirizan los tiranos, sin que ninguno de sus tres verdugos tuviese piedad de ella ni se enterneciese; antes la traidora cuñada cada vez que la llevaba la comida la decía mil oprobios y afrentas.
Nuestro Señor, cansado de sufrir tales delitos, permitió que fuese sacada esta triste mujer de tan desdichada vida, siquiera para que no muriese desesperada; y fue el caso que a las espaldas de esta casa en que estaba había otra principal de un caballero de mucha calidad: la mujer del que digo había tenido una doncella que la había casado años había, la cual enviudó, quedando necesitada, y la señora, por caridad y haberla servido, porque no tuviese en la pobreza en que estaba que pagar casa, le dio dos aposentos que estaban arrimados al emparedamiento en que la cuitada doña Inés estaba, y nunca había habitado gente en ellos porque no habían servido sino de guardar cebada.
Pasada pues a ellos esta buena viuda, acomodó su cama a la parte que digo estaba doña Inés, la cual, como siempre, estaba lamentando su desdicha y llamando a Dios que la socorriese; la otra, que estaba en su cama, como con el sosiego de la noche todo estaba en quietud, oía los ayes y suspiros; y al principio es de creer que entendiera era alguna alma de la otra vida, y tuvo tanto miedo, como estaba sola, que apenas osaba estar allí; de tal modo que la obligó a pedir a una hermana suya le diese una muchacha de hasta diez años, hija suya, para que estuviese con ella, con cuya compañía, más alentada, asistía más allí; y como se reparase más, y oyese que entre los gemidos que doña Inés daba llamaba a Dios y a la Virgen María Señora nuestra, juzgó sería alguna persona enferma a quien los dolores que padecía la obligaban a quejarse de aquella forma.
Y una noche que más atenta tuvo arrimado el oído a la pared, pudo percibir que decía estas razones:
—¿Hasta cuándo, poderoso y misericordioso Dios, ha de durar esta triste vida? ¿Cuándo, Señor, darás lugar a la airada muerte que ejecute en mí el golpe de su cruel guadaña; y hasta cuándo estos crueles y carniceros verdugos de mi inocencia les ha de durar el poder de tratarme así? ¿Cómo, Señor, permites que te usurpen tu justicia, castigando con su crueldad lo que tú, Señor, no castigaras?
Pues cuando tú envías el castigo es a quien tiene culpa, y aun entonces con piedad; mas estos tiranos castigan en mí lo que no hice, como lo sabéis vos, que no fui parte en el yerro por que padezco tan crueles tormentos; y el mayor de todos y que más siento es carecer de vivir y morir como cristiana, pues ha tanto tiempo que no oigo misa, ni confieso mis pecados, ni recibo tu santísimo cuerpo.
¿En qué tierra de moros pudiera estar cautiva que me trataran como me tratan? ¡Ay de mí!, que no deseo salir de aquí por vivir, sino solo por morir católica y cristianamente; que ya la vida la tengo tan aborrecida que, si tomo el triste sustento que me dan, no es por vivir, sino por no morir desesperada.
Acabó estas razones con tan doloroso llanto que la que escuchaba, movida a lástima, alzando la voz para que la oyese, la dijo:
—Mujer, o quien eres, ¿qué tienes o por qué te lamentas tan dolorosamente? Dímelo por Dios; y si soy parte para sacarte de donde estás, lo haré, aunque aventure y arriesgue la vida.
—¿Quién eres tú —respondió doña Inés—, que ha permitido Dios que me tengas lástima?
—Soy —replicó la otra mujer— una vecina de esta otra parte, que ha poco que vine aquí y en ese corto tiempo me has ocasionado muchos temores, tantos cuantos ahora compasiones; y así, dime qué podré hacer, y no me ocultes nada, que yo no excusaré ningún trabajo por sacarte del que padeces.
—Pues si es así, señora mía —respondió doña Inés—, que no eres de la parte de mis crueles verdugos, no te puedo decir más por ahora, porque temo que me escuchen, sino que soy una triste y desdichada mujer a quien la crueldad de un hermano, un marido y una cuñada me tienen puesta en tal desventura que aun no tengo lugar de poder extender este triste cuerpo: tan estrecho es en el que estoy que, si no es en pie, o mal sentada, no hay otro descanso sin otros dolores y desdichas que estoy padeciendo; pues cuando no la hubiera mayor que la oscuridad en que estoy, bastaba; y esto no ha un día ni dos, porque aunque aquí no sé cuando es de día ni de noche, ni domingo, ni sábado, ni pascua, ni año, bien sé que ha una eternidad de tiempo; y si esto lo padeciera con culpa, ya me consolara; mas sabe Dios que no la tengo: y lo que temo no es la muerte, que antes la deseo; perder el alma es mi mayor temor; porque muchas veces me dan tentaciones de con mis propias manos hacer cuerda a mi garganta para acabarme; mas luego considero que es el demonio, y pido ayuda a Dios para librarme de él.
—¿Qué hiciste que los obligó a tal? —dijo la mujer.
—Ya te he dicho —dijo doña Inés— que no tengo culpa; mas son cosas muy largas, y no se pueden contar. Ahora lo que has de hacer, si deseas hacerme bien, es irte al arzobispo o al asistente y contarle lo que te he dicho, y pedirles vengan a sacarme de aquí antes que muera, siquiera para que haga las obras de cristiana; que te aseguro que está ya tal mi triste cuerpo que pienso no viviré mucho, y pídote por Dios que sea luego, que le importa mucho a mi alma.
—Ahora es de noche —dijo la mujer—; ten paciencia y ofrécele a Dios eso que padeces, que yo te prometo que siendo de día yo haré lo que pides.
—Dios te lo pague —replicó doña Inés—, que así lo haré, y reposa ahora, que yo procuraré, si puedo, hacer lo mismo con las esperanzas de que has de ser mi remedio después de Dios.
—Créelo así —respondió la buena mujer; y con esto callaron.
Venida la mañana, la viuda bajó a su señora y la contó todo lo que la había pasado, de lo que la señora se admiró y lastimó; y si bien quisiera aguardar la noche para hablar ella misma a doña Inés, temiendo el daño que podía crecer si aquella pobre mujer se muriese, no lo dilató más; antes mandó poner el coche; y para que con su autoridad se diese más crédito al caso, se fue ella y la viuda al arzobispo, dándole cuenta de todo lo que en esta parte se ha dicho; el cual, admirado, avisó al asistente y juntos, con todos sus ministros seculares y eclesiásticos, se fueron a la casa de don Francisco y don Alonso, y cercándola por todas partes, porque no se escapasen, entraron en ella y prendieron a los dichos y a la mujer de don Francisco, sin reservar criados ni criadas; y tomadas sus confesiones, estos no supieron decir nada, porque no lo sabían; mas los traidores, hermano, marido y la cruel cuñada, al principio negaban; mas viendo que era por demás, porque el arzobispo y asistente venían bien instruidos, confesaron la verdad, y dando la cuñada la llave subieron donde estaba la desdichada doña Inés que, como sintió tropel de gente, imaginando lo que sería, dio voces: en fin, derribando el tabique la sacaron.
Aquí entra la piedad; porque cuando la encerraron allí no tenía más de veinte y cuatro años, y seis que había estado eran treinta, que era la flor de su edad.
En primer lugar, aunque tenía los ojos claros, estaba ciega, bien fuese de la oscuridad (porque es cosa asentada que si una persona estuviese mucho tiempo sin ver luz, cegaría), o ya fuese de llorar; sus hermosos cabellos, que cuando entró allí eran como hebras de oro, estaban como la misma nieve, enredados y llenos de animalejos, en tanta cantidad que por encima hervoneaban; el color, el de la muerte; y tan flaca y consumida que se le señalaban los huesos, como si el pellejo que estaba encima fuera un delgado cendal; desde los ojos hasta la barba tenía dos surcos cavados de las lágrimas, que se le escondía en ellos un bramante grueso; los vestidos hechos cenizas, y se le veían las más partes de su cuerpo, descalza de pies y piernas, pues los excrementos de su cuerpo, como no tenía dónde echarlos, la habían consumido la carne hasta los muslos, que tenía llenos de llagas y gusanos de que abundaba aquel hediondo lugar. No hay más que decir, sino que causó a todos tanta lástima que lloraban como si fuera hija de cada uno.
Así como la sacaron, pidió que si estaba allí el señor arzobispo, la llevasen a él (como fue hecho), habiéndola, por la indecencia que estar desnuda causaba, cubierto con una capa.
En fin, en brazos la llevaron junto a él, y ella echada en el suelo le besó los pies y pidió la bendición, contando en sucintas razones toda su desdichada historia, de que se indignó tanto el asistente que al punto los mandó a todos tres poner en la cárcel con grillos y cadenas, de suerte que no se viesen los unos a los otros, afeando a la cuñada más que a los otros la crueldad: a lo que ella respondió que hacía lo que le mandaba su marido.
La señora que dio el aviso, junto con la buena dueña que lo descubrió, que estaban presentes a todo, rompiendo la pared por la parte que estaba doña Inés, por no pasarla por la calle, la llevaron a su casa, y haciendo la noble señora prevenir una regalada cama, puso a doña Inés en ella, llamando médicos y cirujanos para curarla, haciéndola tomar sustancias, porque era tanta su flaqueza que temía no se muriese: mas doña Inés no quiso tomar cosa alguna hasta dar la divina sustancia a su alma, confesando y recibiendo el santísimo sacramento, que le fue luego traído.
Últimamente, con tanto cuidado miró la señora por ella, que sanó; solo la vista no fue posible restaurársela.
El asistente sustanció luego el proceso a los reos y, averiguado todo, los condenó a todos tres a muerte, que fue ejecutada en un cadalso, por ser nobles y caballeros, sin que les valiesen sus dineros para alcanzar perdón, por ser el delito de tal calidad.
A doña Inés pusieron, ya sana y restituida en su hermosura, aunque ciega, en un convento, con dos criadas que cuidaban de su regalo, sustentándose de la gruesa hacienda de su hermano y marido, donde hoy vive haciendo vida de una santa, afirmándome quien la vio cuando la sacaron de la pared, y después, que es de las más hermosas mujeres que hay en el reino de Andalucía; porque, aunque está ciega, como tiene los ojos claros y hermosos como ella los tenía, no se le echa de ver que no tiene vista.
Todo este caso es tan verdadero como la misma verdad, que ya digo me lo contó quien se halló presente. Ved ahora si puede servir de buen desengaño a las damas; pues si a las inocentes les sucede esto, ¿qué esperan las culpadas? Pues en cuanto a la crueldad para con las desdichadas mujeres, no hay que fiar en hermanos ni maridos, que todos son hombres. Y como dijo el rey don Alonso el Sabio, el corazón del hombre es bosque de espesura que nadie le puede hallar senda, y donde la crueldad, bestia fiera e indomable, tiene su morada y habitación.
Este suceso habrá que pasó veinte años, y vive hoy doña Inés, y muchos de los que la vieron y se hallaron en el suceso; y quiso Dios darla sufrimiento y guardarla la vida porque no muriese allí desesperada; y para que tan rabioso lobo como su hermano, y tan cruel basilisco como su marido, y tan rigurosa leona como su cuñada, ocasionasen ellos mismos su castigo.
Deseando estaban las damas y caballeros que la discreta Laura diese fin a su desengaño: tan lastimados y enternecidos los tenían los prodigiosos sucesos de la hermosa cuanto desdichada doña Inés, que todos de oírlos derramaban ríos de lágrimas, y no ponderaban tanto la crueldad del marido como la del hermano, pues parecía que no era sangre suya quien tal había permitido; pues cuando doña Inés de malicia hubiera cometido el yerro que les obligó a tal castigo, no merecía más que una muerte breve, como se ha dado a otras que han pecado de malicia, y no darla tantas y tan dilatadas como la dieron; y a la que más culpaban era a la cuñada, pues ella como mujer pudiera ser más piadosa, estando cierta, como se averiguó, que privada de sentido con el endemoniado encanto había caído en tal yerro.
La primera que rompió el silencio fue doña Estefanía, que dando un lastimoso suspiro dijo:
—¡Ay divino esposo mío!, y si vos, todas las veces que os ofendemos, nos castigarais así, ¡qué fuera de nosotros! Mas soy necia en hacer comparación de vos, piadoso Dios, con los esposos del mundo; jamás me arrepentí cuanto ha que me consagré a vos de ser esposa vuestra, y hoy menos lo hago ni lo haré, pues, aunque os agraviase, sé que a la más mínima lágrima me habéis de perdonar y recibirme con los brazos abiertos.
Y vuelta a las damas, las dijo:
—Cierto, señoras, que no sé cómo tenéis ánimo para entregaros, con nombre de marido, a un enemigo que no solo se ofende de las obras sino de los pensamientos; que ni con el bien ni el mal acertáis a darles gusto: y si acaso sois comprendidas en algún delito contra ellos, ¿por qué os fiais y confiáis de sus disimuladas maldades, que hasta que consiguen su venganza, y es lo seguro, no sosiegan?
Con solo este desengaño que ha dicho la señora Laura, mi tía, podéis quedar bien desengañadas, y concluida la opinión que se sustenta en este sarao: y los caballeros podrán también conocer qué engañados andan en dar toda la culpa a las mujeres, acumulándolas todos los delitos, flaquezas, crueldades y malos tratos, pues no siempre tienen la culpa; y es el caso que, por la mayor parte, las de más aventajada calidad son las más desgraciadas y desvalidas, no solo en sucederles las desdichas que en los desengaños referidos hemos visto, sino que también las comprenden en la opinión en que tienen a las vulgares; y es género de pasión o tema de los divinos entendimientos que escriben libros y componen comedias formar un empeño en seguir la opinión del vulgacho, que en común da la culpa de todos los malos sucesos a las mujeres, pues hay tantos en qué culpar a los hombres; y escribiendo de unos y de otros hubieran excusado a estas damas el trabajo que han tomado en volver por el honor de las mujeres y defenderlas, viendo que no hay quien las defienda, haciendo presentes los casos más ocultos para probar que no son todas las mujeres las malas, ni todos los hombres los buenos.
—Lo cierto es —replicó don Juan— que verdaderamente parece que todos hemos dado en el vicio de no decir bien de las mujeres como en el tomar tabaco, que ya tanto le gasta el ilustre como el plebeyo; y los que dicen mal de los que le toman traen ellos su tabaquera más a mano y en más custodia que el rosario y las horas; como si porque anda en cajas de oro, plata y cristal dejase de ser tabaco. Y si preguntan por qué lo toman, dicen que porque se usa. Lo mismo es en cuanto a culpar a las damas en todo; porque si se preguntase al más apasionado por qué dice mal de las mujeres, siendo el más deleitable vergel de cuanto crió la naturaleza, respondería que porque se usa.
Todos rieron la comparación del tabaco al decir mal de las mujeres que había hecho don Juan; y si se mira bien, tuvo razón, porque el vicio más abominable que puede haber es no estimar, alabar y honrar a las damas, a las buenas, por buenas, y a las malas, por las buenas.
Pues viendo la hermosa doña Isabel que la linda Matilde se prevenía para pasarse al asiento del desengaño, hizo señal a los músicos que cantaron este romance:
Cuando te mirare, Atandra,
No mires, ingrato dueño,
Los engaños de sus ojos,
Porque me matas con celos.
No esfuerces sus libertades,
Que si ve en tus ojos ceño,
Tendrán los livianos suyos
En los tuyos escarmiento.
No desdores tu valor
Con tan civil pensamiento,
Que serás causa que yo
Me arrepienta de mi empleo.
Dueño tiene, en él se goce,
Si no le salió a contento,
Reparara en elegirle
O su locura o su acierto.
Oblíguente a no admitir
Sus livianos devaneos
Las lágrimas de mis ojos,
De mi alma los tormentos.
Que si procuro sufrir
Las congojas que padezco,
Si es posible a mi valor,
No lo es a mi sufrimiento.
¿De qué me sirven, Salicio,
Los cuidados con que velo,
Sin sueño las largas noches,
Y los días sin sosiego?
Si tú gustas de matarme,
Dando a esa tirana el premio,
¿Qué me cuestas tantas penas,
Qué me cuestas tanto sueño?
Hoy, al salir de tu albergue
Mostró, con rostro risueño,
Tirana de mis favores,
Cuánto se alegra en tenerlos.
Si miraras que son míos,
No se los dieras tan presto;
Cometiste estelionato,
Porque vendiste lo ajeno.
Si te viera desabrido,
Si te mirara severo,
No te ofreciera atrevida
Señas de que yo te ofendo.
Esto cantó una casada
A solas en su instrumento,
Viendo en Salicio y Atandra
Averiguados los celos.
NOCHE CUARTA.
DESENGAÑO CUARTO.