DOLENCIAS DEL ÁNIMO.

I.

Uno de los mayores males de la humanidad, y que hace ver todos los objetos y todos los intereses de la vida bajo el prisma más triste y más sombrío, es el descontento.

Los caractéres descontentadizos son víctimas de sí mismos; todo cuanto tienen les parece lleno de defectos; y es lo más extraño que tampoco les agrada lo que poseen los demas, mirando el mundo como un desierto, y su suerte como la más desventurada.

Las personas que han tenido la desgracia de nacer con un carácter dado al descontento, acusan hasta á la Providencia, y hallan defectos hasta en las leyes más sábias de la naturaleza, hasta en la perfecta y admirable armonía que rige al universo; y si éste se convirtiera en cielo, le hallarian defectos tambien, porque el defecto está, no en lo que miran, sino en su modo de ver.

De todas las enfermedades del espíritu que se pueden padecer, un carácter descontentadizo es la más cruel, y quizá la más incurable de todas.

Esta terrible dolencia tiene sus variantes, y hay quien cree más felices á los otros que á sí mismos, siendo el período de que acabo de hablar el más cruel y el más grave de esta peligrosa enfermedad.

Generalmente hablando, es achaque de todo mortal, pero más particularmente de la mujer, el poner la dicha, no en lo que tenemos, sino en lo que dejamos de poseer.

La que no puede negar que es rica, bien nacida y amada de su familia, lamenta el carecer de hermosura, aunque no se la pueda llamar fea.

La que ha nacido bella, suspira por aquellas dotes, ó dice que daria toda su hermosura por un poco de talento.

Yo conozco una mujer extraordinariamente fea, pero dotada de un talento sobresaliente; una hermosa tarde de primavera se hallaba paseando conmigo en los frondosos jardines de Aranjuez; cansadas ya de andar, nos sentamos en un banco rústico, á la sombra de algunos grandes árboles, y empezamos á hablar de mil cosas diferentes.

Mi amiga desplegó tal sutileza de ingenio, tal gracia y tanta lucidez de raciocinio, que yo me entusiasmé; é idólatra del talento, como he sido siempre, no pude ménos de exclamar:

--¡Bendito sea Dios, que te ha dotado de tan elevada inteligencia!

Jamas olvidaré el gesto de tristeza con que mi amiga sacudió la cabeza al contestarme.

--¡Toda mi inteligencia, dijo, la daria yo por una cara regular!

--¡Oh, no! exclamé yo: ¡son mucho más nobles, más durables y más atractivos los dones de la inteligencia y del corazon!

--Así se dice generalmente, repuso tristemente mi amiga, y áun se cree así; pero si la primera vista de una persona es repulsiva y antipática, ¿cómo podrá luégo hacerse amable y cautivar á nadie por otras dotes, que sólo el tiempo y el trato puede ir descubriendo?

--¡Pero cuando se llegan á conocer inspiran un afecto eterno!

--Podrá ser; pero créeme, amiga mia, á la mujer debe serle mucho más halagador, y con efecto así es, el agradar á primera vista; sé distinguir, porque, como tú dices, tengo alguna inteligencia; sé distinguir la simpatía de la estimacion; el amor nace á primera vista; las prendas del alma son las que le fijan; pero yo no seré querida jamas, aunque siempre sea muy estimada, y necesito una fuerza de carácter que no tengo para consolarme de tan triste suerte.

Así habló mi amiga, y yo no tuve valor para culpar su desaliento, porque me pareció fundado en muy triste pero muy verdadera causa.

Lo mismo que nos sucede respecto de nuestras cualidades, nos sucede respecto de las de los demas, y sobre todo, en el matrimonio, la mujer es por demas intolerante.

¿Por qué causa es más indulgente y más benévola respecto de sus padres y de sus hermanos, que respecto de su marido?

¡Ay! porque al casarse cree haber conquistado la libertad de ser injusta y de juzgarlo todo con rigor, cuando debia ser todo lo contrario.

Muchas esposas hay que, favorecidas por la suerte con hombres honrados y que las aman de todo corazon, les echan en cara que son poco atentos, que no las miman, ú otra gran culpa por este estilo.

Es decir, que fundamos siempre nuestra desgracia en lo que nos falta, sin pensar en la dicha de lo que poseemos, y como dice muy bien Carolina Coronado:

«Es lo mismo que todos los pesares

Del mundo tenga, ó que los sueñe todos,

Si se sufre igualmente de ambos modos.»

Lo imaginado es muchas veces peor que lo que verdaderamente padecemos, porque la imaginacion va en la pena mucho más allá de la realidad. Una imaginacion demasiado viva ó desordenada es tambien un gran daño que puebla de fantasmas el cerebro, que ve el mal y el dolor donde no existe, y que devora á los desventurados que le dan cabida.

No se puede pedir á la humanidad más de lo que puede dar, ni exigir un amor heroico y apasionado del esposo, de los padres ó de los hijos; cada persona quiere segun el temple de su alma, y no son siempre los esposos que parecen más apasionados los que aman mejor, con más constancia y fidelidad.

III.

Hay una cosa, sin embargo, que preserva del dolor de carecer de los bienes que envidiamos en otros, y que evita el desaliento.

La vanidad.

Las personas muy vanas creen lo que poseen perfecto, seductor, inmejorable.

He visto hombres muy graves, hombres de mundo, hombres serios, atacados de esa feliz dolencia hasta un punto increible, y digo feliz, porque el modo de ver las cosas los que tal defecto tenian, era para ellos un elemento de constante y completa dicha.

¿Se habla delante de esas gentes de la distribucion de la casa que cada uno habita?

Ninguno la tiene mejor que la suya.

¿Se habla de caballos?

Los suyos son de la más pura raza.

¿De un buen sastre?

El suyo tiene un nombre glorioso en los anales de la aguja.

¿De perros?

Ellos los poseen de castas desconocidas.

¿De la belleza de alguna mujer?

Su esposa ó su prometida llaman la atencion general cuando se presentan en público.

¿De buena mesa?

Su cocinero tiene que ir á casa de sus amigos, cuando tienen convidados, para hacer alguno de esos platos de que él solo posee el secreto.

¡Oh dicha de la vanidad! ¡quién pudiera disfrutarte!

Estas personas son muy felices, pero son, en cambio, sumamente molestas.

Prefiero tratar con un pobre sér agobiado por un descontento incurable; prefiero tener á mi lado á un misántropo, á tener que soportar la necia vanidad de un tonto, cansada para el dichoso, ultrajante para el triste, antipática á todos.

Las personas vanidosas son las que ménos simpatías tienen: porque no se contentan sólo con la competencia; quieren sobresalir en todo y por todo, quieren siempre ocupar el primer lugar, y no comprenden que están ofendiendo siempre á cuantos hablan con ellos.

Personas he visto que estando fatigadas, no sólo por penas morales, sino por privaciones materiales, han tenido el empeño de hacer creer á todos en su felicidad y en su riqueza, y no por dignidad, que esto hubiera merecido alabanza, sino por vanidad, por necio deseo de inspirar envidia á otros que padecian las mismas ó más crueles penas que ellos.

¡Triste aberracion, que sólo les traia antipatías y enemistades de las personas á quienes herian y humillaban!

IV.

Hay otra tercera clase de personas á las que se les figura que les falta todo, á causa de una modestia que ya llega á ser como una dolencia del ánimo.

Esta clase es tambien desgraciada, y quizá más que ninguna, porque cuando falta la completa estimacion de sí mismo no hay valor para nada, y el alma está en una angustia contínua.

No hay nada que me cause más lástima que el ver á una persona dominada por una timidez excesiva; porque hay muy pocos sufrimientos morales que se puedan comparar á éste.

La vanidad es á la vez osada y feliz; el descontento de la vida es altivo y algunas veces amargo; pero la excesiva modestia, el pobre concepto de sí mismo, es un mal gravísimo y de difícil curacion.

¡Yo no valgo nada!

Este pensamiento es terrible, amargo, desconsolador, y poco á poco va empequeñeciendo el ánimo y amenguando insensiblemente el valor moral é intelectual de quien le abriga.

Todos valemos algo; todos somos útiles en la tierra; todos llevamos en el alma el grano de oro, la centella divina que, en un momento dado, puede enriquecer y alumbrar, y todos debemos estimarnos para que nos estimen, porque la primera condicion de la dignidad es el conocimiento de la propia valía.

Apelemos, pues, á la razon para hallar el justo medio, que está tan léjos de la excesiva vanidad como del extremo descontento, y tengamos equidad para los demas, á la vez que la tenemos para nosotros mismos.