LA CORTESÍA.
I.
La verdadera cortesía nace de la bondad del corazon y es la llave que nos abre todos los corazones; es la expresion ó la imitacion de las virtudes sociales; y estas virtudes son las que nos hacen útiles y agradables á las personas con quienes tenemos que vivir.
En sociedad se perdona rara vez una falta de cortesía, porque no hay otro modo de demostrarse afecto y benevolencia que las mutuas atenciones, triviales en la apariencia, pero que muchas veces nos conquistan afectos profundos y sinceros.
Una visita de atencion, el sencillo y cordial ofrecimiento de un libro, de un grabado de modas ó de una pieza de música, un simple recado que manifieste interes, nos abren á veces un corazon bueno y leal, cuyo cariño es eterno.
Verdad es que la cortesía impone algunas molestias; pero es como un freno saludable que nos impide entregarnos á nuestras pequeñas pasiones; es decir, es como un velo delicado con el cual podemos cubrir nuestros defectos, impidiéndoles salir á la luz y mostrar toda su fealdad.
La amabilidad, la cortesía son como precisas en la edad juvenil, en esa edad en que el corazon, sin penas aún y sin sacudimientos, debe estar todo dispuesto á la dulzura y á la indulgencia.
Nada es más bello y nada hace formar mejor y más noble idea del carácter de una jóven que la deferencia y las atenciones que consagra á los amigos de sus padres; algunas veces estos amigos son ancianos, y su trato, por consecuencia, es poco entretenido, porque adolecen de mil rarezas; pero los padres acogen, no sólo con benevolencia, sino con cariño á las jóvenes amigas de sus hijas; sonrien con tierna indulgencia oyendo sus conversaciones superficiales y sus juegos ruidosos, y encuentran en sí mismos algun destello de alegría que mezclar á la de aquéllas, no porque ellos se diviertan, sino porque las ven dichosas.
Una jóven no debe consentir jamas que la antigua amiga de su madre ocupe un asiento incómodo, teniendo ella otro mejor; debe escuchar cuanto diga con aspecto de verdadero interes, y ceder en todo á la opinion de las personas mayores que han adquirido la triste ventaja de la experiencia.
II.
Tanto como en sociedad, ó acaso más, es precisa la cortesía en el seno de la familia.
Procurad, amigas mias, ser atentas con vuestros hermanos y hermanas, esos primeros amigos de nuestra existencia; no seais jamas con ellos secas, difíciles, díscolas, tales, en una palabra, como os avergonzaríais de aparecer á los ojos de los demas.
¿Por qué arrebatarse entre hermano y hermana un libro que agrada, un sitio cómodo? ¿Por qué armar disputas por las cosas pequeñas? Esas querellas, que parecen tener tan pocas consecuencias como tienen fundamento, van minando lentamente el edificio de la mutua consideracion; llega una de las grandes crísis de la vida en que se necesita el amor de las familias, y éste ¡ya no existe!
La dulce intimidad que reina bajo el techo doméstico, no debe degenerar nunca en esa grosera franqueza, que debilita y rompe los lazos más sagrados.
No es de buen gusto la familiaridad que algunas jóvenes ostentan con sus padres; la que esto escribe no acepta la desatenta llaneza ni áun en la amistad más íntima; la cortesía, los modales atentos son el mejor sosten de los afectos, áun de los más santos y legítimos, y muchas veces le ha lastimado profundamente el ver confundir con el cariño la desatencion, que está muy cerca de la insolencia. He visto hijas que se presentaban ante sus padres mal vestidas y con un desaliño que se hubieran avergonzado de mostrar ante la persona más indiferente; las he visto tomar posturas contrarias á la buena educacion, cantar, responder con aspereza y negligencia, murmurar del mandato paternal ó materno, y estar en la mesa como si se hallasen con sus iguales ó inferiores, sirviéndose, comiendo y levantándose con la más extraña libertad.
¿Por qué no se han de guardar con nuestra familia todas las atenciones que la educacion ordena y el decoro manda con los extraños? ¿Por qué una jóven no ha de ser para con sus padres y hermanos lo que es para todos los demas?
III.
Hablar de sí mismo es un escollo en el que casi todos tropezamos.
Nada hay tan enemigo como el yo de la verdadera y dulce cortesía que nos gana todos los corazones.
En sociedad es preciso olvidarse de sí mismo para atender á las penas, á las molestias y hasta á las excentricidades de los demas; es preciso manifestar interes por los negocios y los placeres ajenos; es preciso enterarse con discrecion y dulzura de todo lo que en primer lugar les preocupa; es preciso, en fin, hacer abstraccion de sí mismo, y ser amables si queremos ser amados.
Pocos afectos nacen espontáneos, á no ser el amor; el cariño, la amistad, la verdadera estimacion, se conquistan y se conservan; la dulzura y la benevolencia del carácter, las atenciones para con los demas, se miran, y con razon, como una prueba de la bondad del carácter. Una de las primeras reglas de la cortesía es no decir jamas ninguna cosa que desagrade ú ofenda á quien nos escucha; si las personas habladoras son tan insoportables, consiste en que hablando sin reflexionar, dicen mil inoportunidades.
--Yo soy muy franco, se oye afirmar algunas veces á personas que dicen cuanto les ocurre, hiriendo profundamente el amor propio, y hasta el corazon de alguno de sus oyentes.
Estas personas no son francas ni sinceras: son desatentas, mal educadas, y están dotadas de una crueldad de corazon, que las hace odiosas y repulsivas á todos.
Hay detalles en la cortesía ó buena educacion que varian con la moda: en tiempo de nuestros abuelos, por ejemplo, las señoras permanecian sentadas cuando un caballero entraba de visita y se despedia; hoy, la moda exige que las damas se pongan en pié para saludar, y si el visitante es anciano, que se le acompañe hasta la primera puerta.
Estos detalles, en las variantes de la moda, son muy dignos de atencion, porque no hay cosa más desagradable que el parecer como figurin atrasado en el buen tono, en la elegancia de modales, en la exquisita y delicada cortesía, que hacen tan amable, tan amada y tan distinguida á la mujer.
En la mesa la cortesía, ó mejor dicho, la expresion de la misma ha cambiado tambien: hoy el papel de los dueños de la casa es mucho más sencillo y más fácil de desempeñar que hace veinte años: el cuidado de trinchar es de los criados que sirven alrededor de la mesa, presentando los platos por la izquierda de los convidados: hoy las instancias para que éstos repitan de los manjares están completamente suprimidas, y á ménos de no caer en delito de lesa elegancia, no se pueden hacer finezas á ninguna de las personas que nos acompañan á comer; pero la señora de la casa tiene otros mil medios de complacer á sus convidados: la colocacion de los asientos, aproximando á los que más puedan simpatizar, las gracias de la conversacion, la atencion constante de los detalles del servicio, le abren ancho campo para ser amable.
Despues del café, el salon habla tambien de una manera muy elocuente en pro ó en contra de la cortesía de la señora de la casa: el salon debe ser el agradable asilo de la amistad, y el sitio donde todas las personas que asisten á él se hallen, no sólo bien, sino perfectamente.
Un salon abrigado, donde haya un piano que hagan sonar de cuando en cuando manos artísticas, donde haya libros y grabados, donde haya sobre todo una conversacion amena, cordial y sostenida al dulce calor de una inteligencia femenina, jamas estará solo.
Cuando me hablan de las tertulias íntimas de nuestros padres y busco la causa de que hoy no las haya, la encuentro al punto.
En nuestros dias la mujer se ha entregado por completo á la frivolidad, y el hombre, cansado de frivolidades, á la ambicion: la vanidad y el afan del lujo invaden los cerebros femeninos, y el hombre busca el medio de que la mujer alcance sus deseos, anhelando cada dia más fortuna.
Á la mujer, pues, toca dar luz y calor al hogar: si ella le embellece con su talento, con su bondad, con la cortesía, que es la expresion de aquéllas, la sociedad le deberá un voto de gracias.