LA HIJA.

ARTÍCULO CUARTO.

I.

Los dos ejemplos que dejamos expuestos en nuestros anteriores artículos prueban hasta dónde puede llegar la ternura filial en nuestro sexo.

El uno está rodeado de la aureola del heroismo: el otro, de la suave y dulce luz de las virtudes privadas; pero uno y otro demuestran que todo debe posponerse á la gratitud y al amor que debemos á nuestros padres.

Se han visto malos hijos; pero de hijas malas y desnaturalizadas presenta la historia muy raros ejemplos.

Y esto no es extraño á nuestro parecer; la condicion de la mujer, blanda é impresionable, la inclina á venerar el ejemplo de su madre y á seguirle religiosamente; en tanto que los hijos abandonan el hogar y llevan léjos de él sus pasiones, sus penas y sus alegrías: se alejan de sus padres, y sólo en las grandes ocasiones pueden dar á éstos pruebas de su amor.

Pero las hijas, en las que domina ante todo el sentimiento; las hijas, que por su condicion viven y crecen al lado de los que les han dado el sér, pueden en todas las situaciones y en todos los instantes probarles su amor y gratitud.

II.

Grande y noble es el ejemplo de amor filial que Isabel de Segura dió casándose con D. Rodrigo de Azagra, por conquistar unas cartas que éste poseia, y que encerraban la deshonra de su madre; y el poeta eminente que ha llevado al teatro la lastimera y tierna historia de Los Amantes de Teruel, ha dado el más grande interes á su obra, poniendo como base de la desdicha de Diego y de Isabel, el santo sacrificio de la hija á su madre.

Pero si la hija puede y debe en circunstancias excepcionales sacrificarse moral y materialmente por sus padres, no es ménos cierto que tambien puede en las naturales de la vida labrar su felicidad.

La mayor libertad que se nota cada dia en las costumbres, y la fe que se oscurece con esta misma libertad, hace que áun en las familias más unidas, áun en los hijos más tiernos se note cierto tono irrespetuoso y ligero, y cierta falta de atencion que las niñas excusan con la franqueza familiar.

Esto me parece, no sólo anti-cristiano, sino anti-social, y los padres deben poner el más grande cuidado en evitar el que sus hijos les falten al respeto y consideracion que les son debidos.

--¡No añadais, dice Silvio Pellico en su libro Deberes de los hombres, no añadais tristeza con vuestro modo de obrar, á las tristezas que doblegan las cabezas que el tiempo ha blanqueado! ¡Que vuestra presencia reanime á vuestros padres! Cada sonrisa que llameis sobre sus labios, cada movimiento de alegría que desperteis en sus corazones, será para ellos el más bello de los goces y descenderá sobre vosotros como un rocío bienhechor: Dios confirma siempre las bendiciones de los padres.

Esta bella exhortacion debe dirigirse con preferencia á las hijas, pues ellas son las que viven más inmediatamente al lado de sus padres, y las que más pueden alegrar su corazon, y distraerlos de sus pesares.

III.

No espereis, mis amables lectoras, á las ocasiones solemnes para probar á vuestros padres vuestro amor y respeto, porque éstas se presentan raras veces, y más de una existencia se pasa sin haber podido dar pruebas de abnegacion, á no ser en las pequeñas cosas de cada dia: no dejeis pasar esas ocasiones, y pagad vuestra deuda filial en pequeña moneda, por decirlo así, ya que no os sea dado hacerlo en grandes sumas, pues, si no, correis peligro de morir insolventes.

Á todas horas y de todos modos podeis dar á vuestros padres testimonios de afecto; la dulzura en el lenguaje, las atenciones en la mesa, en la calle y dentro de casa, son otros tantos homenajes que les debeis, y de los que no podeis excusaros sin falta notoria de respeto y cariño.

No es de buen gusto la familiaridad chocante que algunas jóvenes ostentan con sus madres: nosotros no aceptamos la familiaridad y desatenta llaneza, ni áun en la amistad más íntima, ni áun en el amor, ni áun en el matrimonio; la cortesía, los modales afectuosos y dulces son el mejor sosten de los afectos, áun de los más santos y legítimos; y muchas veces nos ha lastimado profundamente el ver confundir el cariño con la desatencion, que está muy cerca de la insolencia; hemos visto hijos que se presentaban ante sus padres mal vestidos y con un desaliño que se hubieran avergonzado de mostrar ante la persona más indiferente: los hemos visto tomar posturas contrarias á la buena educacion, cantar, responder con negligencia y aspereza, murmurar del mandato maternal ó paterno y obrar en la mesa como si estuviesen, no con sus iguales, sino con sus inferiores, sirviéndose, comiendo y levantándose con la más extraña libertad.

¿Por qué no se han de guardar con los autores de nuestros dias todas las atenciones que la educacion ordena y el decoro manda con los extraños? ¿Por qué una jóven no ha de ser con sus padres lo que es para todos los demas?

Imposible le sería estimar quien estas líneas escribe, á una jóven que respondiese duramente á su madre, aunque ésta adoleciese de los más graves defectos; imposible concederle el más pequeño lugar en su corazon, aunque por otro lado aquella hija estuviera adornada de las más relevantes y bellas cualidades, porque nada se puede esperar de quien no guarda en el alma como una flor inmaculada y pura, el tierno sentimiento del amor filial.

Jóvenes que áun vivís bajo el ala dulce del amor materno y paternal, á vosotras os toca ser la alegría del hogar y el consuelo de vuestros padres: dejad á vuestros hermanos seguir á cada uno el camino que la suerte le destine: vosotras sois los ángeles custodios de la casa, y las que debeis rodear á vuestros padres de cuidados y de alegría: vosotras las que debeis evitarles las penas y las fatigas, y las que debeis condenaros hasta á un asiduo y penoso trabajo, si es preciso, para pagarles así la inmensa deuda de gratitud que contraeis al nacer.