LA HIJA.

ARTÍCULO SEXTO.

I.

Terminemos este ligero estudio del tipo encantador que llamamos la hija con algunas consideraciones generales, y despues con otro nuevo y elocuente ejemplo.

Nada hay más simpático en la sociedad que una jóven que tiene con sus padres todo género de atenciones, que les manifiesta un tierno cariño y una profunda consideracion.

Nadie puede amar ni estimar á la que demuestra á sus padres despego, y más de un tierno y entusiasta amor se ha apagado ante una respuesta dura, dada por una hija á su madre.

--¿Cuándo se casa V.? preguntábamos hace poco á á un amigo nuestro.

--No lo sé, respondió con tono triste y contrariado.

--¡No lo sabe V.! ¿Pues no iba á hacerse la boda?

--He desistido de ella.

--¿Por qué?

--La que amaba, la que creia que podria labrar mi dicha, no me conviene.

--¿Qué dice V.?

--Es mala hija, y no puede ser buena esposa y buena madre.

--¿Pero no vive con la suya? ¿No va con ella á todas partes?

--Eso no es un obstáculo para que la trate muy mal y con absoluta falta de consideracion; una sola escena ha bastado para que yo desista del proyecto de casarme con ella: he visto que no siente por su madre ni respeto ni cariño; y la que no profesa respeto al santo lazo del amor filial, le profesará ménos al conyugal y al materno.

De esta suerte miran los hombres el olvido de los deberes más sagrados, y apénas habrá alguno, por libertino que sea, que quiera unir su suerte á la de una mujer sin corazon.

Honrarás padre y madre, dice el decálogo; y este precepto de la religion lo impone tambien el mundo, y castiga con su desprecio á la que falta á él.

II.

Pocas hijas tan excelentes ha habido como madame Staël, autora de várias obras que le han dado fama inmortal, é hija del ilustre Necker, ministro de Luis XVI.

El amor filial era el sentimiento predominante en ella, y de aquel amor dió pruebas que le conquistaron la estimacion y el afecto de todas las personas de verdadera valía de la capital de Francia.

Apénas habia salido de la infancia, cuando ya sostenia conversaciones sérias con su padre, que á su vez la adoraba, y con todos los ilustrados amigos de aquel hombre de Estado.

Su gran talento se desarrollaba á expensas del cuerpo, y los médicos la ordenaron residir en el campo, adonde su padre iba á verla con frecuencia; la instruccion particular que su padre le daba fué la que produjo en ella aquel entusiasmo que animó toda su vida, como una bella llama, y una inclinacion irresistible hácia las altas cualidades que distinguen á los hombres superiores.

Era la admiracion de todos la apasionada ternura con que se amaban el Ministro y su hija, y la frialdad que reinaba entre la misma y su madre; pero aunque se ha pretendido que aquella frialdad nacia de que Mme. Necker tenía celos del afecto de su esposo á su hija, es lo cierto que no pudiendo la madre moderar á su gusto el carácter y las inclinaciones de la niña, se fué apartando de ella poco á poco.

La severidad maternal hizo que Ana, éste era el nombre de la autora de Corina, manifestase toda su ternura á su padre, y áun se cree tambien que retrató á la que la habia llevado en su seno en la severa lady Edgermond, tan recta, tan virtuosa, pero tan intolerante y tan poco indulgente.

III.

Desde que aquella ilustre niña pudo pensar, se ocupó en meditar los graves asuntos de la política, por lo que podian interesar á su adorado padre.

Para no separarse de éste, eligió, entre los numerosos pretendientes que se presentaron á su mano, á Erico Magnus, baron de Staël Holstein, embajador de Suecia, y que dió su palabra de honor de no obligar jamas á su esposa á dejar la Francia.

Cuando la revolucion francesa trajo el destierro para Mr. Necker, éste se retiró á Suiza y su hija le acompañó; volvió á ser llamado por el Rey, y otra vez fué con él á París.

En 1790 el Ministro, abrumado de injusticias y disgustos, abandonó por segunda vez á Francia. Ana acababa de dar á luz un hijo; mas olvidando el cuidado de su propia salud, se puso en camino para seguir á su padre á la posesion de Copelt.

Poco tiempo despues murió la Baronesa, y Ana fué entónces más que nunca el solo consuelo de su padre, extremadamente afligido por la pérdida de su esposa.

Desterrada ella misma, murió su padre, en tanto que sufria léjos de su patria la pérdida de su esposo y todos los dolores de una larga peregrinacion. Entónces su desesperacion no tuvo límites: volvió á Copelt, reunió todas las obras de su padre y las hizo imprimir, con un extenso artículo biográfico, escrito por ella misma, con la justificacion del carácter de Mr. Necker y de su vida privada.

La lectura de este opúsculo da á conocer el alma apasionada de Mme. Staël, y convence plenamente de que el sentimiento más profundo que se albergaba en ella era el amor filial: expresa en él, con la elocuencia de un vivo dolor, su amargo pesar al ver que su padre descendia á la tumba sin que los franceses hubieran apreciado su carácter noble y superior. Aquel escrito es un quejido del alma, herida en lo más vivo, que hace sufrir y excita el llanto: es indudable que la autora hubiera eternizado su nombre, áun cuando fuera ésta su única produccion.

IV.

De esta suerte Mme. Staël llevó hasta más allá de la tumba su admirable amor filial, y este sentimiento es acaso el que, tanto como su talento literario, ha hecho inmortal su nombre.

Desde la muerte de su padre, la Baronesa de Staël se dejó dominar por una profunda melancolía. Ni el amor de sus hijos, ni un casamiento más feliz que el primero, ni los halagos de la fortuna, nada pudo aliviar aquel profundo dolor en que su alma se hallaba sumergida.

Sus hijos recompensaron su ternura filial y fueron para ella modelos de cariño y de respeto.

Cuando ya el helado dedo de la muerte se apoyaba en su frente, Mme. Staël alzó los ojos al cielo y exclamó:

--¡Padre mio, voy á buscarte!

Este fué el grito postrero de aquel modelo de hijas.