LAS ARMAS DE LA MUJER.
I.
En la época belicosa que atravesamos; en esta época en que se inventan cañones, fusiles, pistolas; máquinas de batir ejércitos, medios de arrasar ciudades y todo género de instrumentos destructores de la humanidad, como si la vida fuese tan larga y tan exenta de peligros; en esta época guerrera y valerosa, no parecerá extraño que yo haga tambien ostentacion de las armas de nuestro sexo, enumerándolas, elogiándolas y recomendando su uso constante, para defensa de nuestros derechos y de nuestro bienestar.
Nuestras armas son numerosas y fuertes, tan fuertes, que sabiéndolas esgrimir bien, y sobre todo á tiempo, el guerrero más temible, más audaz y más fiero depone su lanza, inclina la cabeza y pide gracia y misericordia.
¿Qué loca manía invade hoy las cabezas femeninas al querer dejar los privilegios del sexo débil, tan bien armado, tan seguro siempre de la victoria?
¿Por qué quieren ceñir el birrete de abogado ó de doctor, dejando las blondas y las flores que tan graciosamente coronan las blancas sienes de la mujer?
Con la blanda sumision, con la amorosa obediencia abdican todo su poder, y entregan las armas bellas que poseen.
Los hombres no las contarán como sus iguales; no es la ciencia y el estudio lo que da la energía del alma, la fuerza del carácter, y de poseer estas prendas, la mujer dejaria de serlo.
Yo no quiero parecerme en nada al sexo fuerte, y prefiero escudarme con mi debilidad á tener la terrible responsabilidad de la fuerza.
Obedecer es mucho mejor, más fácil y más dulce que mandar.
II.
Pasemos revista á nuestras armas, ¡oh, mis lectoras! y la que haya olvidado las suyas, que las prepare y las tenga prontas para el combate.
La dulzura es el auxiliar más poderoso para conquistar todo cuanto apetecemos: pues seamos dulces en todo, en el carácter, en las acciones, en la expresion del rostro, en las inflexiones de la voz, en la mirada y en la sonrisa.
Cuando un hombre se deja llevar por la cólera y se olvida de lo que se debe á sí mismo, una palabra dulce le desarma y una dulce mirada le avergüenza.
El contraste es la gran elocuencia y la gran leccion de la vida.
Una dulce sonrisa da las gracias con más verdad que una arenga, y una dulce inflexion de voz alcanza más que todas las instancias.
Todos los poetas han vestido sus canciones inmortales con el ropaje de la dulzura: ¿qué otra cosa sino su imágen son la Cordelia, de Shakespeare; la Cossete, de Víctor Hugo; Mme. de Tecle, de Feuillet, y Corina, de madame Staël?
La música, ¿nos encantaria si no hubiera en ella dulzura y sentimiento?
¿Amariamos las flores á no ser por su dulce perfume y su suave belleza?
El grato ambiente de la primavera ¿no parece reanimarnos con su penetrante dulzura?
Sí; la dulzura es lo más bello que se conoce y lo que ejerce un predominio mayor en nosotros, y con el manto de la dulzura se adorna todo lo que es inmortal; seamos dulces, aunque tengamos razon para estar resentidas, y mostremos sentimiento, pero cólera, jamas.
Julieta sedujo á Romeo por su inefable dulzura de carácter: así lo dice el poeta y así lo demuestra en la deliciosa escena de ¡Adios! que los dos jóvenes tienen á la aurora del dia que los separa para siempre, y en la que la amada dice al amante, para retenerle más, que no es la alondra la que canta, sino el ruiseñor el que se deja oir entre las sombras de la noche.
Habrá quien comprenda y ame á la mujer fuerte y enérgica, y yo siento no ser de ese número para amar de otro modo nuevo á la mujer; mas áun cuando la voy á buscar para admirarla al campo del pasado y entre las páginas de la historia, admiro más á la mártir de las oscuras penas del hogar doméstico que á las heroínas como Juana de Monforte y la Monja Alférez.
Bastantes hombres hay que derraman la sangre de sus semejantes.
Á las mujeres toca, no herir, sino curar, amar y bendecir.
III.
La resignacion es otra de las armas mejores, y á la vez una de las santas coqueterías de la mujer.
No es la falta de sentimiento; es el sentimiento mismo, domado, suavizado, embellecido, por decirlo así, con la dulzura y la paciencia.
No hace mucho tiempo que reconvenia yo á un hombre de mérito que, casado con una bella jóven, hacía la córte á otra mujer no tan bella.
Hacíale yo notar que no ganaba en el cambio, y me respondió:
--Usted se engaña, amiga mia, gano y mucho; mi mujer tiene un carácter insoportable, y en casa de esa persona descanso de oirla quejarse de todo; justamente esa otra no se queja de nada.
--Porque le quiere á V. ménos.
--Pues desearia que mi mujer no me quisiera tanto, y sería más feliz; cariño que se expresa mortificando, no sirve para nada.
--¿Y no le remuerde á V. la conciencia de ser infiel á su mujer?
--Absolutamente; pasaria muy malos ratos si la viera resignada y triste, pero dulce; mas ha tomado un camino que me absuelve; se enoja, se encoleriza, y me creo en paz con mi conciencia en atencion á lo que me hace sufrir.
--Si ella supiera que le era V. fiel, no estaria incomodada.
--Lo estaba lo mismo cuando yo lo era; lo ha estado siempre y siempre lo estará; así es que tanto me sirve obrar bien con ella como obrar mal, y no veo la razon de por qué no he de ser yo feliz, haciéndome ella tan desdichado.
¡Cuánto hubiera ganado aquella pobre mujer por medio de la dulzura y de la resignacion!
No hay hombre de corazon tan duro que al ver sufrir á su esposa silenciosa y noblemente por sus extravíos, no se avergüence de ellos y no procure corregirlos.
La cólera exaspera al sexo fuerte; semejante al clarin del combate, convida á la batalla y hace desafiar todos los peligros.
La resignacion es una hija del cielo, tan hermosa, tan dulce, tan benéfica, que en el alma de la criatura más afligida, más infeliz y más perseguida, derrama la tranquilidad y el bálsamo del consuelo; no hay pena que no dulcifique, ni herida cuyos dolores no alivie.
IV.
Réstame hablar de la más bella de nuestras armas; del puñalito con cabo incrustado de pedrería y delicadamente cincelado; del primoroso juguete cuyo resplandor atrae y seduce.
Esta es... la coquetería.
¿Os asustais? No hay por qué; la coquetería no tiene nada que ver con el coquetismo.
Es sencillamente el deseo de agradar y el arte de conseguirlo.
La mujer necesita conservar la coquetería para su felicidad, porque la coquetería es una especie de conocimiento de su propio mérito, que la induce á realzarlo en cuanto puede y á aumentarlo con mil graciosos é inocentes recursos; puede decirse que la coquetería es amable; puesto que se ocupa de complacer.
Entre una mujer que descuide su traje y su atavío y una mujer vestida con coquetería, no hay que dudar cuál de las dos alcanzará más victorias: no será la más buena, sino la más agradable.
Casi todos los maridos negarán una cosa justa, solicitada en nombre del derecho por su esposa, y no resistirán á la vista de un brazo blanco y torneado que se apoya en su hombro, en tanto que los labios piden por favor la misma cosa entre dos lágrimas y una sonrisa.
¡Oh, las lágrimas! Las lágrimas á tiempo son otro de los auxiliares de la coquetería.
Pero las lágrimas vertidas dulcemente, y, sobre todo, sin cólera, aunque sea con sentimiento.
Ellas son las balas de que debemos servirnos para tomar las fortalezas más inexpugnables.
La dulzura, la persuasion, la belleza, el llanto; y cuando nada de esto baste, la paciencia; hé aquí nuestros medios de conquista y nuestros recursos diplomáticos para alcanzar la felicidad en esta vida.