LAS PEQUEÑAS VIRTUDES.
Los negocios domésticos, los deberes
sociales, los estudios, las facultades
del espíritu y del corazon, ofrezcamos
todo esto á Dios: mi querida
señora, sed amable para él, humilde
y paciente por él, y tendréis un
tesoro de horas afortunadas; no de
horas sin pesares, pero sí dichosas,
porque estarán en armonía con vuestra
conciencia y con el divino modelo;
allí está el mérito; allí está la
paz; allí está la caridad; allí está la
fuerza.
Silvio Pellico.
(Carta á una dama.)
I.
Virtudes pequeñas, ¡qué dulce es vuestro poder y que necesidad tenemos de vuestro auxilio las mujeres!
Quédense para el sexo fuerte las grandes, las que producen acciones heroicas que se esculpen en bronces y en mármoles. El brioso alazan necesita la inmensidad para lanzarse en la brava carrera: el cisne necesita sólo el dulce y límpido lago, y el pajarillo la embalsamada y escondida floresta: así nosotras, tanto ó más que las relevantes cualidades, mucho más que la ciencia y la grave y sólida instruccion del espíritu, necesitamos rodearnos de las pequeñas flores del Evangelio, abiertas bajo los pasos de aquél que fué dulce y humilde de corazon.
Paciencia, dulzura, indulgencia, afabilidad, cortesía, olvido, ignorancia de la falta de los otros, caritativa condescendencia para las debilidades de los demas, yo os llamo desde lo íntimo de mi corazon para que hagais mi vida apacible y feliz.
Fuerza es que yo lo confiese; las grandes virtudes, tales como en general se entienden, me han asustado mucho siempre, y áun más el aspecto de los que las practican, porque las personas de gran virtud se me han presentado constantemente ceñudas, mal vestidas, mal peinadas, regañonas é intolerantes.
¡Cuántas dulces y pequeñas virtudes he visto ocultas, por el contrario, bajo la graciosa apariencia de la belleza y la elegancia!
--Esa es una persona de gran virtud, he oido asegurar algunas veces; yo me he vuelto llena de aquel amor y veneracion que profeso á todo lo bueno, y me he hallado con una mujer fea, flaca, vestida de mala manera, huraña, regañona, con el traje roto y descuidado.
--Está sólo dedicada á servir á Dios, me han dicho, y su desprendimiento de las cosas terrenas es profundo y absoluto.
--¡Y qué! exclamé yo un dia con la ingenuidad de doce años que contaba entónces, ¿porque se sirva y se ame á Dios se ha de vestir así? ¿Impone su servicio por librea la miseria y la fealdad? Yo he leido en mis libros de estudio, que los antiguos coronaban de flores los blancos becerros y los hermosos corderillos que sacrificaban á sus dioses: ¿merece ménos nuestro Dios que aquéllos ídolos? ¿Merecen ménos tambien sus servidores que aquellos animales?
Debo confesarlo: nadie halló que responderme; pero la servidora del Dios de bondad y de misericordia me echó una mirada de cólera y de encono, y oí salir de entre sus labios, pálidos y secos por el ayuno, el dictado de chiquilla insolente con que me regalaba.
II.
--¡Parece, continué yo riéndome de la horrible cara que me puso, parece que sólo se ofrece á Dios lo que el mundo ya no quiere, lo peor y lo más feo! ¡Todas las mujeres excesivamente devotas son solteronas viejas ó que se han vuelto muy feas, y á mí me parecen criadas del diablo! Jesus es muy hermoso: su madre es hermosísima, y se deben disgustar de los santurrones de ambos sexos. Y luégo, yo sé, porque lo dice la Historia Sagrada, que Abel elegia para el altar del Señor sus más bellos y sazonados frutos, sus más frescas y perfumadas flores: estos dones los consumia la llama divina, y los de Caín quedaban intactos, porque llevaba al altar lo peor que tenía. ¡Luego esta señora se parece á Caín, pues no se dedicó al Señor cuando era jóven y bonita, sino ahora que ya no es lo uno ni lo otro!
Una carcajada acogió esta salida, más sincera que cortés, y más lógica que agradable para la señora de gran virtud.
III.
No hace falta tampoco para las dificultades de la vida de familia y para las pruebas de cada dia una virtud romana: no es necesario ser Cornelia ó Arria: hay otras virtudes pequeñas, ocultas, del dominio de la mujer cristiana, que, parecidas á modestas violetas, embalsaman aquí bajo el hogar doméstico, y que tal vez un dia formarán una diadema á la que las haya amado y cultivado constantemente.
¡Pequeñas virtudes, objeto de mis meditaciones de cada dia! ¡Vosotras pasais desapercibidas, y no obstante, sin vosotras no es la vida soportable! ¿Quiénes sois? La indulgencia, que perdona los defectos, bien que no pueda prometerse el perdon para sí misma; el piadoso disimulo, que parece no apercibirse de las faltas ajenas; la docilidad del espíritu, que adopta sin resistencia lo que hay de bueno en las ideas de los demas, aunque pensemos de distinto modo; la solicitud amable, que previene las necesidades y hasta los deseos de los que viven con nosotros; la generosidad del corazon, que hace todo el bien posible; la represion del mal humor para con nuestros iguales, y de la impaciencia para nuestros inferiores: sois el callarse cuando se desea decir una palabra dura; el vencer un movimiento de antipatía; el olvidar una pequeña injusticia ó procurarlo á lo ménos; el escuchar con cortesía paciente lo que nos fastidia; el prestarse con gusto á un juego, á una diversion, frecuentemente más penosa que el más árido trabajo.
¡Oh, no! no son brillantes estas pequeñas y dulces virtudes, y no atraen ni los ojos ni los elogios. ¡El que está presente no sabe por qué se dice una palabra y por qué se calla otra: no penetra en el santuario del pensamiento para leer allí que la manera de ver es diferente: no penetra hasta el corazon para sentir que los afectos están contrariados y que un rudo combate tiene lugar entre el carácter y la virtud! ¡Ni una mirada, ni un gesto, ni una palabra y el sacrificio queda cumplido!
IV.
¡Pequeñas, bellas y delicadas virtudes! ¡Perlitas puras de la cadena de la vida, hecha de tanto hierro! ¡Yo os amo, os venero y os llamo en auxilio mio á todas horas! ¡Os necesito, porque adoro vuestra belleza! ¡Abridme vosotras los corazones y conquistadme afectos! ¡Sed mis protectoras, y que vuestro dulce y santo perfume anuncie mi presencia!
Amables y lindas jóvenes que leeis estas líneas, mejor sentidas por mi corazon que trazadas por mi mano: la virtud que resulta de todas estas pequeñas virtudes reunidas, es tambien una gran virtud, como es bello y admirable un mosaico compuesto de partículas diminutas y delicadas; pero esta gran virtud que poseeréis practicando las pequeñas, no es fea, sino bella, adorable, llena de poesía y de gracia: esta gran virtud os exige el ser agradables, bonitas, elegantes, afables y dulces: os ordena cultivar vuestro talento y vuestras gracias, y es la sola verdaderamente grande y digna de ser ofrecida al Dios, todo amor, todo grandeza, bondad y misericordia.