ACTO ÚNICO

Gabinete lujosamente amueblado. Puertas laterales á la derecha y otra en el fondo. Á la izquierda chimenea y al lado de ella dos butacas. Mesa de escritorio á la derecha, y una butaca delante de ella.

ESCENA PRIMERA

pura, casta, sandalia y procopio. Al alzarse el telón aparecen Procopio sentado á la mesa escribiendo; Sandalia y Pura sentadas en las butacas de junto á la chimenea; la primera haciendo calceta, y la segunda leyendo en un devocionario. Casta, sentada en la butaca de delante de la mesa, lee un periódico.

Procopio (Escribiendo).—Cinco, y me llevo seis...
seis, y me llevo siete... siete, y me llevo ocho...
Sandalia.—Pero, Procopio, veo que siempre te
llevas más de lo que dejas.
Procopio.—¿Qué sabes tú? Ésta es la aritmética, 5
mujer. Ajajá. (Sumando.) Cincuenta mil seiscientos
setenta y cuatro. Nuestra renta ha tenido este año un
aumento de diez mil setenta y cuatro reales. Por ahora
puede contar cada una de nuestras hijas con una renta
de unos veinticinco mil realitos. 10
Sandalia.—Más vale así.
Procopio.—¿Qué haces, Pura?
Pura.—Padre mío, leo los ejercicios del día.
Procopio.—¿Los ejercicios? ¿Ha venido tropa?...
¿Y tú, Casta?
Casta.—Estoy saboreando una magnífica composición
que se titula: «El día del juicio, ó el acabose.» El 5
mundo no es más que un inmenso espacio lleno de calaveras.
Los pelos se ponen de punta...
Procopio.—¿Los pelos de las calaveras? No lo
entiendo. ¿Y tú, Sandalia, haces calceta al amor de la
lumbre? 10
Sandalia.—Ya lo estás viendo.
Procopio (Levantándose y contemplándolas con regocijo).—Bien;
perfectamente bien. Hé aquí un cuadro
de familia en que todo respira felicidad, paz y sosiego.
Pero esto no puede seguir así, y no seguirá. 15
Sandalia.—¿Qué dices, Procopio? ¿Te disgusta
ver á tu familia feliz?
Procopio.—Al contrario, mujer. Quiero decir que
aun cuando éste es un espectáculo hermoso, tierno y
conmovedor, no me satisface por completo. Me preocupa 20
mucho el porvenir de nuestras hijas, quedándose
solteras, y es necesario que piensen seriamente en el
matrimonio.
Casta.—¡Horror! (Haciendo un gesto de disgusto.)
Pura.—¡Ave María! (Santiguándose.) 25
Procopio.—Ya me van cargando vuestros repulgos
y aspavientos siempre que se habla de casaros. ¿Qué
os proponéis de seguir así? Tú, Casta, pasas tu tiempo
ocupada en la literatura, en la música y en echarle alpiste
al canario. Tú, Pura, estás con tus rezos, novenas y 30
místicas ideas de tal modo abstraída, que ya todo
el mundo te llama la monjita. Es, pues, preciso que salgáis
de esta monotonía que os imprime cierta antipática
seriedad. Para desterrarla, nada como el amor, que os
brinda con... en fin, que hay que hacer algo.
Sandalia.—Procopio, no seas majadero. 5
Procopio (Como siguiendo el hilo de su discurso).—Eso
es. El amor llena la imaginación de gratas ilusiones,
nos hace amables, alegres, comunicativos. Dormir y
comer tranquilamente; como hacéis, no es bastante para
la vida, pues no sólo de pan se alimenta el hombre: es 10
preciso además...
Sandalia.—La carne.
Procopio.—Y el vino. ¿Te quieres callar? ¿No
ves que estoy filosofando? Pues como decía: es preciso
además atender á la vida del espíritu. Tú, Casta, tienes 15
ya veintinueve años.
Casta (Protestando rápidamente).—¿Yo? ¡Imposible!
¡Qué atrocidad!
Procopio.—Lo dicho. Y tú, Pura, treinta.
Pura (Con ira).—¡Falta usted á la verdad! 20
Procopio.—¿Eh? ¡Miren la monjita!
Pura (En tono dulce).—Perdone usted. He querido
decir que se equivoca.
Sandalia.—Pero, hombre, ¿á qué viene hablar de
edades? Eso no hace al caso ni está decente. 25
Procopio.—¿También tú? ¡Lo que son las mujeres!
¡Que no hace al caso!... Pues entonces no sé para
cuándo van á dejar el casarse.
Sandalia.—¿Pero tienen la culpa las pobres de que
sus novios hayan dado media vuelta? 30
Procopio.—Puede que sí. Generalmente, cuando
un hombre deja á su novia, es porque ésta no tiene lo
que vulgarmente se llama gancho. ¿Y qué es el gancho?
me diréis. Entre otras cosas, es la afabilidad, el cariño,
la dulzura; cierta estudiada sumisión que consiste en
aparentar ceder siempre, haciendo que él sea quien 5
transija inconscientemente con vuestros menores caprichos.
Hacer pequeñas concesiones; por ejemplo: que
él os estrecha la mano apasionadamente; pues no la
retiréis con indignación: al contrario, abandonadla como
si no os dierais cuenta de ello; que os pisa suavemente el 10
pie, contestad en la misma forma y no le apartéis rápidamente
á no ser que os diera en un callo. ¿Tenéis
vosotras callos?
Casta.—¡Qué pregunta, papá! ¿Quién tiene eso?
Procopio.—Toma; pues cualquiera. Yo, tu 15
madre...
Sandalia.—Pero, Procopio...
Procopio.—Déjame. Estoy poniendo los puntos
sobre las íes.
Sandalia.—Di más bien: los pies sobre los callos. 20
Procopio.—Y últimamente. Si la mujer tuviera un
poco más de sentido práctico, no se quedarían tantas
solteronas por perseguir fantasmas y no aprovechar bien
las ocasiones. La mayor parte de las niñas de buen
palmito y bien parecidas, y esto no hay ninguna que no 25
se lo crea al mirarse al espejo, sueñan á los quince años
con casarse con un título de Castilla: á los veinte, ceden
y se conforman con un banquero; á los veinticinco transigen
por fin con un empleado, abogado, comerciante,
etcétera, etcétera, y á los treinta, todos los hombres les son 30
igualmente simpáticos y agradables; hasta el aguador.
Sandalia.—¿Sabes que estás hoy elocuentísimo?
Procopio.—Es que la verdad se abre paso y hace
listos á los más imbéciles; y no es esto decir que yo lo
sea. (Dirigiéndose á Pura y Casta.) Conque, ¿qué
opináis vosotras? Hablad. 5
Casta.—Francamente; yo encuentro al hombre
sumamente antipático. En su exterior es grosero, ordinario.
(Animándose con ira mal reprimida.) ¡Moralmente
es aleve, traidor, falso, perjuro!... (Transición.)
Hago una excepción en favor de usted porque es mi 10
padre.
Procopio.—Gracias, hija. (Á Pura.) Y tú, ¿qué
dices?
Pura (Levantándose y con misticismo).—Yo, padre
mío, no juzgo al hombre físicamente. Bajo este punto 15
de vista son para mí todos iguales; me son indiferentes.
En cuanto á lo moral, no veo en él más que un fiel trasunto
del demonio, de quien hay que huir en absoluto.
Su palabra es engañadora, diabólica su sonrisa, y su
mirada... ¡ah! su mirada es tan satánica y penetrante 20
que hace asomar á la mejilla el color de la vergüenza.
¡Oh! Yo le aborrezco tanto, que lamento que usted,
padre mío, sea hombre. (Vuelve á sentarse.)
Procopio.—¿Pues qué había de ser siendo padre?
¿Sabéis lo que os digo? Que más que horror lo que 25
sentís es despecho porque no ha habido todavía quien
cargue con vosotras.
Casta.—¡Qué disparate!
Pura.—¡Dios me libre!
Procopio.—¿De modo que pensáis permanecer solteras? 30
Sandalia.—Pero, hombre, déjalas que hagan de su
capa un sayo. Además, lo primero que se necesita para
casarse es novio, y ellas no lo tienen.
Casta.—Por fortuna.
Pura.—Tienes razón. (Á Casta.) 5
Procopio (Á Pura).—No te pareces á tu madre,
que me atrapó siendo viuda y teniéndote á tí.
Sandalia.—Yo tuve siempre mucho gancho, como
tú dices.
Procopio (Á Casta).—Ni tú á la tuya, que en paz 10
descanse; que se casó conmigo en terceras nupcias,
siendo tú el fruto de nuestro tierno amor.
Sandalia.—Ésa tuvo más gancho todavía.
Procopio.—En fin, me aflige y me desatina veros por
ese camino. Parece mentira, que el elemento joven, 15
relativamente, de la casa, goce en el aburrimiento. El
día menos pensado, para alegrar esto, voy á tener que
salir bailando el cancán con vuestra madre.
Pura (Santiguándose).—¡Jesús!
Sandalia.—¡Pero qué cosas dices!... 20
Procopio.—Déjame, Sandalia. Estoy desesperado.
¿Ves? (Haciendo contorsiones con los brazos.) ¡Tengo
los nervios como las cuerdas de un violín!... Ven, y
hazme una taza de tila para calmarlos.
Sandalia.—Vamos allá. Lo que es hoy, parece que 25
tienes el diablo en el cuerpo. (Vanse Sandalia y Procopio
por la segunda puerta lateral.
)

ESCENA II

pura, casta y á poco claudio

Casta.—¡Qué empeño en que seamos víctimas
de esos malvados! ¡Pues bonitos son los hombres!
Pura.—¡Qué han de ser bonitos! ¡Horribles!
Casta.—Mis convicciones son tan arraigadas, que
no cedo. 5
Pura.—Ni yo.
Claudio (Presentándose en la puerta del foro).—Muy
buenos días...
Casta.—¿Eh? ¿Quién es?
Claudio.—¿El señor don Procopio Canchalagua? 10
(Avanzando.)
Casta.—¿Busca usted á nuestro padre?
Claudio.—Sí, señora.
Casta (Muy marcado).—Señorita.
Pura (Lo mismo).—Señoritas. Las dos somos señoritas.15
(Desde que apareció Claudio, Casta y Pura le
examinan con atención.
)
Claudio.—Perdonen ustedes, no había reparado...
Pues bien, señoritas, yo deseo hablar con su papá; pero
si incomodo... 20
Casta.—Nada de eso. Tome usted asiento, que
vamos á avisarle. ¿Su gracia de usted?
Claudio.—Ninguna.
Casta.—¿No tiene usted nombre?
Claudio.—Ah, sí; Claudio Pasalodos. 25
Casta.—Está bien. (Fijándose en él.) (Es muy
simpático...)
Pura (Lo mismo).—(Tiene unos ojos interesantes...)
(Vanse las dos por la segunda puerta lateral.)

ESCENA III

claudio y á poco procopio

Claudio.—Pero, ¿por qué me mirarán de ese modo
estas señoritas? No son feas. Y se han incomodado
porque las he llamado señoras... Yo quisiera saber 5
cómo va uno á conocer á la simple vista el estado de las
mujeres. (Examinando la habitación.) ¡Cuánto lujo!
No hay una casa así en el pueblo. Se conoce que don
Procopio tiene guita.
Procopio (Apareciendo).—Señor mío... Me han 10
dicho que me buscaba usted, y por cierto que su apellido
no me es desconocido.
Claudio.—Ya lo creo que no. Yo soy hijo de su
amigo don Policarpo Pasalodos.
Procopio.—Cuánto celebro... Pero siéntese usted. 15
(Se sientan.) ¿Y está bueno el papá?
Claudio.—Baldado: y con unos dolores, que le
hacen poner el grito en el cielo; pero por lo demás, está
completamente bien.
Procopio.—Lo siento mucho. 20
Claudio.—¿Que esté bien?
Procopio.—No; que esté baldado.
Claudio.—Pues como él no podía venir conmigo
á Madrid, me dijo:—toma esta carta (Saca una carta que
entrega á Procopio, y éste la lee.
) para mi amigo Canchalagua, 25
que tiene muy buenas aldabas, y él te acompañará
como un perro á todas partes.
Procopio.—(¡Qué animal!) ¿Por lo que dice en la
carta viene usted á gestionar un asunto?...
Claudio.—Sí, señor. Como mi padre es ahora
alcalde, quiere que me nombren secretario del Ayuntamiento
de Matalauva, nuestro pueblo. 5
Procopio.—¡Ya; vamos! Sin duda para estar de
acuerdo y moralizar más fácilmente la administración.
Claudio.—¡Cá; no es eso!
Procopio.—¿Qué no?
Claudio.—No señor. El otro día me llamó y me 10
dijo:—Mira, Claudio; es menester que te calces la
Secretaría; porque siendo yo alcalde y tú secretario,
haremos la mar de chanchullos y comeremos á dos
carrillos.
Procopio.—¡Ya! Veo que á Policarpo los dolores 15
no le han quitado el apetito. (¡Qué salvaje ingenuidad!)
Claudio.—Y para eso vengo á ver al diputado del
distrito...
Procopio.—Pues nada; yo le acompañaré á usted al
Congreso y á cuantas partes sea necesario. ¿Usted no 20
ha estado nunca en Madrid?
Claudio.—Sí, señor, pero hace muchos años. Á
propósito; ¿sabe usted que sus hijas son muy guapas?
Procopio.—¡Que si lo sé!... (¡Le han parecido
guapas! ¡Bravo!) Calle usted, llaman la atención de 25
todo el mundo; tanto, que me violenta ir con ellas por la
calle, pues cuantos hombres vienen en dirección opuesta
á nosotros se quedan parados como estatuas y con el
cuello tieso viéndolas alejarse llenos de admiración.
Han producido muchas tortícolis. 30
Claudio.—¡Digo, digo!...
Procopio.—Son dos ángeles, amigo mío, dos verdaderos
ángeles. Casta, es la belleza romana. Pura, la
belleza griega. Y ambas por sus cualidades morales,
dignas de figurar entre las vestales más famosas.
Claudio.—¿Las qué? (Como no entendiendo lo que 5
oye.
)
Procopio.—Yo las amo con delirio. Y el día que
cualquiera de ellas me diga;—Papá, me caso—será
un golpe terrible para mí. (¡Así fuese mañana!) Pero,
en fin, si se trata de un hombre honrado que las haga 10
dichosas...
Claudio.—¿Uno para las dos?
Procopio.—¡Picarillo! (Dándole un golpecito en la
mejilla.
) Ellas por su parte labrarían la felicidad de
cualquiera, pues además de sus prendas físicas, reunen 15
otras cualidades de orden económico. Cuentan con una
buena dote, que unida á lo que tengan sus maridos, les
proporcionará vivir con cierto desahogo.
Claudio.—Eso está bien. (Levantándose.) Conque,
don Procopio, yo me voy. 20
Procopio (Lo mismo).—¿Tan pronto?
Claudio.—Mañana volveré por aquí...
Procopio (Reflexionando).—(¡Le han parecido guapas!...)
¿Dónde para usted?
Claudio.—Como mi padre no quiere que repare en 25
gastos, me he alojado en la mejor fonda de Madrid; y
ahí me tiene usted en la Posada del Peine.
Procopio.—(¡Oh, qué idea!) Pues yo no puedo
consentir...
Claudio.—¿Por qué? 30
Procopio.—Nada; que no puedo consentir que el
hijo de mi buen amigo Policarpo vaya á parar á una
fonda. ¡No faltaba más! Se instalará usted en mi casa
por todo el tiempo que necesite estar en Madrid. Supongo
que aceptará usted. Luego mandaremos por el
equipaje, y... 5
Claudio.—Bueno. Eso me ahorro.
Procopio (Indicándole la primera puerta lateral).—Mire
usted. Esta alcoba es independiente. La tenemos
destinada precisamente á estos casos. Ahí encontrará
usted cuanto necesite. Ea; voy á participar á la 10
familia esta combinación. ¡Sandalia; niñas!... (Acercándose á
la segunda puerta lateral.
)

ESCENA IV

dichos, sandalia, pura y casta

Sandalia (Que aparece seguida de Pura y Casta).—¿Qué
quieres?
Procopio (Á las tres).—Tengo el gusto de presentaros15
al hijo de mi querido amigo Policarpo Pasalodos.
Sandalia.—Muy bien venido...
Procopio.—Le trae un negocio á Madrid, y le he
rogado que se aloje desde este momento en nuestra casa.
El me ha hecho la merced de aceptar, y... 20
Sandalia.—Así debe ser. ¡No faltaba más!...
Procopio.—Pero, sentémonos. (Aparte á Sandalia.)
Le han parecido guapas. ¡Hay que pescar este
congrio!
Casta.—(¡Se queda en casa!...) (Se sientan; Casta 25
al lado de Claudio. Sandalia al de Procopio, Pura junto
á la chimenea.
)
Claudio.—(¡Es que son guapas!...) (Mirando á
Casta y Pura.
)
Procopio (Señalándolas).—Aquí las tiene usted.
Casta es hija mía. Pura, de mi mujer. Nos casamos
siendo viudos, y no hemos tenido sucesión. Nos habíamos 5
reproducido ya anticipadamente y por separado.
(Pausa. Pura, Sandalia y Procopio miran á Claudio,
Pura revelando cierto despecho; Casta mira con cierto coquetismo
á Claudio. A parte á Sandalia.
) Mira qué ojos
le echa á Casta. ¡Se conoce que es la que le ha flechado! 10
Sandalia (Por Pura. Á Procopio).—¡Si esta otra
es una boba!
Casta (Á Claudio, con coquetería).—¿Y á usted le
gusta la poesía?
Claudio.—No, señorita; me cargan los versos. Me 15
armo un lío con el sol, la luna, las estrellas y los luceros.
No me caben tantas cosas en la cabeza. La música, sí;
tanto, que en el pueblo me paso todo el día dale que le
das al acordeón.
Procopio (Por Casta).—Pues ahí tiene usted una 20
gran profesora. Toca el piano durmiendo.
Claudio.—¿Es sonámbula?
Procopio.—Quiero decir... (¡Qué materialista es
este hombre!)
Sandalia (Dándole á Procopio con el codo).—¡Calla! 25
Casta (Por Claudio).—(No es un Apolo; pero vestido
á la moda...)
Pura.—(¡Miren la de las convicciones arraigadas!
¡Cuánta gazmoñería! ¡Que le causan horror los hombres!...
¡Hipócrita!) (Claudio bosteza.) 30
Sandalia (Aparte á Procopio).—Suspira...
Procopio (Lo mismo á Sandalia).—Sí; un rebuz...
digo, un suspiro de amor.
Casta (Á Claudio).—¿Suspira usted?
Claudio.—No, señorita. Es que bostezo de debilidad,
porque como no he almorzado todavía... 5
Sandalia (Levantándose).—¡Qué oigo! ¿Sin almorzar...
y se está usted tan callado? (Todos se levantan.)
Claudio.—¡Claro! ¿Quién tiene ganas de hablar
con el estómago vacío?
Procopio.—Pero, ¿por qué no lo ha dicho? Á ver, 10
niñas, corriendo,
decid á la criada que le saque algo...
de comer. (Á Claudio.) Como nosotros ya hemos
almorzado... Pase, pase usted al comedor con mis
hijas. En seguida soy con ustedes...
Claudio.—Pasen ustedes. (Se entra antes que ellas.)15
Gracias.
Procopio.—(Deteniendo á Sandalia, que va á salir
tras de ellos.
) Ven acá tú. (Vanse por la segunda puerta
lateral Pura, Casta y Claudio.
)

ESCENA V

sandalia y procopio

Procopio.—Ya comprenderás mi idea al hospedar 20
en casa á este joven.
Sandalia.—Desde luego.
Procopio.—En cuanto ví revolotear el pájaro, le he
preparado la trampa.
Sandalia.—¿Sabes que me parece algo estúpido? 25
Procopio.—Pues que no te lo parezca; tenlo por
seguro. Mejor. Éstos caen en seguida. Ah, pero por
nuestra parte, nada de preferencias en favor de una ó
de otra. No vayas á creer que porque Casta es hija mía,
arrimo el ascua á mi sardina.
Sandalia.—Pues hasta ahora ella es la que...
Procopio.—¡Quién sabe si le gusta también Pura! 5
Sandalia.—Pero con las dos no va á casarse.
Procopio.—¡Ojalá! ¡Qué lástima que la ley no lo
permita! Es preciso que las aconsejes, que se dejen de
sueños y que procedan con él con mucho tacto.
Sandalia.—¿Y él, qué es? 10
Procopio.—Un imbécil. Ya lo hemos dicho.
Sandalia.—Me refiero á su profesión.
Procopio.—¿Su profesión? ¡Oh! Su profesión es
la de futuro Secretario del Ayuntamiento de Matalauva,
y si se casa con una de nuestras hijas, lo será también de 15
Matalavieja.
Sandalia.—¡Qué exagerado eres! ¡Pues mira que
tener que irse á vivir á un pueblo!...
Procopio.—¿Qué importa? La vida del pueblo es
sana y amena. Allí entre sus gallinitas, sus cerdos y su 20
marido, lo pasará muy bien. ¡Digo! ¡Y á ellas que les
gustan tanto los animales!...
Sandalia.—¿Pero tú tienes antecedentes de su familia?
Procopio.—¡Ya lo creo! Conozco al padre. ¡Buena
persona! Es un antiguo acaparador de cereales, que 25
hizo dinero. En cuanto venía un cargamento de cebada,
ya lo estaba comprando por grande que fuera. Nunca
había bastante cebada para él.
Sandalia.—¡Qué estómago!
Procopio.—Conque ve adentro, Sandalia, y haz tus 30
ensayos de suegra tierna y bondadosa.
Sandalia.—¡Qué papeles tiene una que hacer por
las hijas!
Procopio.—¡Ya, ya! El día que salga de ellas, ¡qué
peso se me va á quitar de encima!
Sandalia.—¡Hombre, ni que las llevaras á cuestas! 5
Procopio.—¡Anda, mujer, anda; que sabe Dios
cuándo nos veremos en otra! (Vase Sandalia por la
segunda puerta lateral.
)

ESCENA VI

procopio, solo

Procopio (Frotándose las manos de contento).—Esto
es hecho. La verdad es que ser Secretario del Ayuntamiento 10
de un pueblecillo, no es una posición muy brillante.
Sin embargo, él es rico por su casa, y... peor
sería que fuese el barbero, el veterinario ó el herrador.
Esto último sí que sería peor que todo; porque eso de
que un padre entregue su hija al herrador... En cualquiera 15
de estos casos no sé lo que habría hecho; pero
casi estoy por asegurar que hubiera transigido. En fin,
voy á ver á mi futuro yerno... (Se dirige á la segunda
puerta lateral en el momento en que sale Claudio comiéndose
un bizcocho, y tropieza con Procopio.
) 20

ESCENA VII

procopio y claudio

Procopio (Al tropezar).—¡Canastos!
Claudio.—Usted perdone...
Procopio.—¡Calle! ¿Ha almorzado usted ya? ¿Tan
pronto?
Claudio.—Yo acostumbro á comer en un pe...
pe... (Atragantándose con el bizcocho.)
Procopio.—(Sí; en un pesebre.)
Claudio.—En un periquete. Á poco me ahogo. ¿Sabe
usted que tiene usted un vinillo que se cuela sin sentir? 5
Procopio.—¿Le ha gustado?
Claudio.—Mucho. ¡Vamos, que estoy animadete!...
¡Jé!... ¡jé!...
Procopio.—¡Magnífico! Cuando se bebe con cierta
medida es muy bueno. El vino tomado así, tiene la 10
virtud de inspirar á los necios y hacer atrevidos á los
apocados. ¡Es una gran cosa!
Claudio.—Sí que lo es. Tanto que he requebrado
á sus hijas y hasta á su señora.
Procopio.—¿Á mi mujer también? Hola, hola... 15
(¡Pues es más valiente de lo que yo pensaba!...)
Claudio.—Son muy amables. Ya todos somos una
familia.
Procopio.—Eso: eso me agrada. (La cosa marcha.)
Mucha confianza, ¿eh? Nada de cumplidos. ¿Conque, 20
qué piensa usted hacer ahora? ¿Quiere usted que
salgamos?
Claudio.—No; ahora voy á escribir á mi padre.
Procopio.—Es muy justo. Pues aquí tiene usted
todo cuanto necesita. (Indicándole la mesa. Claudio se 25
sienta ante ella dispuesto á escribir.
)
Claudio.—Bueno, bueno...
Procopio.—Entonces yo le dejo, para que
tranquilamente...
Claudio.—No se vaya usted. Á mí no me estorba 30
usted... Está usted en su casa...
Procopio.—Ya, ya lo sé; pero voy un instante allá
dentro... Vuelvo, vuelvo...
Claudio.—Como usted quiera. (Vase Procopio por
la segunda puerta lateral.
)

ESCENA VIII

claudio, pura y después procopio

Claudio.—¡Qué buena gente es ésta! Yo estoy muy 5
contento de quedarme con ellos. (Escribiendo.) «Querido
padre: He llegado bien, por fortuna, pues en el
camino tuve una cuestión con un torero, que quiso matarme
cuando pasé por Toro. Fué horrible...» (Entra
Pura y mira por la habitación como buscando algo.
) 10
(¿Eh? ¿quién anda ahí? Ah; es la mosquita muerta.
¡Y es muy mona! Se parece á la Santa Casilda, que hay
en la iglesia de mi pueblo.)
Pura.—(No le veo.)
Claudio.—¿Qué busca usted? 15
Pura (Con fingida sorpresa).—¡Ah! ¿Estaba usted
ahí? Buscaba mi devocionario.
Claudio.—Vea usted si en la mesa...
Pura (Acercándose á ella y mirando).—No, no está.
¿Escribe usted?... 20
Claudio.—Sí, una carta.
Pura.—¿Á su novia, sin duda?
Claudio.—No. Á mi padre. Vea usted.
(Dándosela.)
Pura (Mirándola).—¡Ay, qué buena letra! 25
Claudio.—La letra no es maleja; pero la ortografía...
Pura.—Sí; ya veo que pone usted horrible sin
hache.
Claudio.—¿Horrible se escribe con hache? Pues
no lo corrijo. Mejor. Así le parecerá más horrible todavía. 5
Pura.—Pues... ya le dejo.
Claudio.—No se vaya usted, señorita.
Pura.—No me llame usted señorita. Llámeme
Pura.
Claudio.—Pues bien, Pura, no se vaya usted. 10
Pura.—Temo molestarle...
Claudio.—¿Á mí? Al contrario. Tengo tanto
gusto en verla...
Pura.—Es usted muy galante. No ha entrado usted
en Madrid y ya se vuelve cortesano. 15
Claudio.—Confieso que desde que estoy con ustedes
me siento otro. No sé si será el vinillo... ¡Caramba!
¿No tiene usted frío?
Pura.—No.
Claudio.—Pues yo sí. 20
Pura.—Pobre Claudio... ¡Tiene frío!... Echaré
más leña en la chimenea. (Lo hace.) ¡Ajajá! Ya está.
Verá usted como ahora se le pasa.
Claudio.—Es usted muy buena.
Pura (Encontrando el devocionario sobre la chimenea y 25
tomándolo
).—¡Ah! aquí está mi libro. Puesto que no
quiere usted que me vaya, mientras usted escribe, yo
leeré. (Se sienta en la butaca frente al público, y se pone
á leer. Pausa breve.
)
Claudio.—Bueno. 30
Pura.—¿Se le pasa?
Claudio.—No.
Pura.—¡Claro! Está usted tan lejos de la lumbre...
Claudio (Levantándose y yendo hacia la chimenea).—Tiene
usted razón. Soy lo más topo... (Mirando el
fuego.
) ¡Anda, como arde! (Se sienta junto á Pura.) 5
Esto ya es otra cosa. ¿Qué lee usted?
Pura.—Los medios de que se vale el diablo para
perdernos.
Claudio.—Deben ser muchos. ¿En cuál está usted
ahora? 10
Pura.—En «La Tentación.»
Claudio.—Vaya, no lea usted más. (Quitándola el
libro y echándolo en la butaca de al lado.
)
Pura.—¿Y qué vamos á hacer?
Claudio.—Toma; pues... hablar: mirarnos... 15
Pura.—En cuanto á lo primero, mi conversación,
¿qué puede interesarle? Y respecto á lo segundo, ¿qué
encanto le puede ofrecer contemplar á una pobre mujer
sin atractivos?
Claudio.—No diga usted eso, Purita. Pues si tiene 20
usted unos ojos...
Pura.—¿No siente usted ya frío?
Claudio.—Ya, no. (Fijándose en el pie de Pura.)
Y un pie... ¡Ay, qué pie!... (Contemplándolo.)
Pura (Enseñando el pie con coquetería).—¿Qué tiene 25
mi pie de particular? Como todos.
Claudio.—Sí; como todos los pies bonitos. Y su
mano... (Cogiéndola.) Vaya una mano linda. (Acariciándola.)
¡Y qué cutis más fino!...
Pura.—Me va usted á hacer creer que soy un conjunto 30
de perfecciones. Vamos, estése usted quieto.
Claudio.—¿La incomodo á usted?
Pura.—No; pero... (Levantándose rápidamente y
pasándose la mano por la frente.
) ¡Uf! qué calor despide
la chimenea. (Vase junto á la mesa, donde se queda en
pie jugando con los libros. Claudio, sin moverse de su 5
sitio, se pasa también la mano por la frente.
)
Claudio.—Es verdad. Ha echado usted tanta leña
al fuego... (Breve pausa. Se oye tocar el piano.)
¡Hola! música;... ¿Quién toca el piano?
Pura (Con desdén).—Ésa. Mi... mi hermana. 10
Claudio.—Toca bien.
Pura.—¡Bah! Lo de siempre. No sale de ahí. Se
conoce que quiere desplegar ante usted todas sus
habilidades.
Claudio (Levantándose).—¿Cree usted eso? 15
Pura.—Pero no le molestará á usted mucho. ¡Tiene
tan pocas! (Como arrepintiéndose de lo que dice.) ¡Ah!
pero usted dispense: ahora caigo en que está usted enamorado
de ella, y...
Claudio.—¿Yo? No hay tal cosa. 20
Pura.—Pero le gusta á usted.
Claudio.—Eso sí: es bastante guapa.
Pura.—¿Que es guapa? No sé donde tiene usted
los ojos. ¿Qué ha visto usted en ella de notable? Sus
facciones son incorrectas; su figura es vulgar... 25
Claudio.—Sin embargo...
Pura.—Vaya, veo que tiene usted muy mal gusto.
(Hace un gracioso mohín y se sienta en la butaca. Cesa
el piano. Claudio se aproxima á ella.
)
Claudio.—No lo tendré tan malo, puesto que usted 30
me gusta más que ella.
Pura.—¡Adulador!... (Muy cariñosa.)
Claudio.—Á su lado no sentiría lo que siento al de
usted. No me dominaría esta fuerza irresistible que me
hace cogerla á usted la mano, besársela...
Procopio (Saliendo de pronto y viendo que Claudio está 5
besándola la mano
).—(¡Zambomba! ¡Esto va de veras!)
(Desaparece rápidamente por donde ha salido.)

ESCENA IX

pura, claudio y á poco casta

Pura (Levantándose).—Pero, ¿qué hace usted?
Claudio.—Pues ya lo ve. Probarle que la prefiero
á su hermana. 10
Pura.—¿De veras?... ¡Ay, Claudio! No me engañe
usted, y considere que sería una infamia que no
fuese verdad que había llegado el momento para mí de
dejar de ser...
Claudio (Viendo aparecer á Casta).—Su hermana 15
de usted...
Casta (Saliendo y reparando, contrariada, en Pura).—¡Calle!
¿Estabas aquí?
Pura.—Ya lo ves.
Casta.—Si estorbo, me voy. (Haciendo un movimiento 20
para ello. Claudio la detiene.
)
Claudio.—No. Quien se va soy yo. Con el viaje
y las emociones que he tenido, necesito descansar. Voy
á echarme un rato. (Se dirige á la primera puerta lateral.
Á Casta y Pura.
) Adiós... Aquí estoy. (Entra.) 25

ESCENA X

pura y casta

Casta.—Sentiría haber venido á interrumpir...
Pura.—Pues con no haber venido...
Casta.—Vamos, se conoce por tu contrariedad que
el diálogo era interesante.
Pura.—Interesantísimo. 5
Casta.—Un idilio de amor, sin duda.
Pura.—Eso es: y tan poético que hasta le han amenizado
con serenata.
Casta.—¿Serenata? Cencerrada querrás decir.
(Burlona.) 10
Pura.—Es verdad. No recordaba que quien tocaba
eras tú.
Casta.—¡Pero qué descarada! ¿Dónde está aquel
fervor religioso?
Pura.—Donde tu entusiasmo por las novelas 15
caballerescas.
Casta.—¿Das al olvido ya á los santos?
Pura.—Como tú les haces traición á tus trovadores.
(Riendo.)
Casta.—Miren la monjita, con ese aire modesto y 20
pudoroso.
Pura.—Pues y la literata, con esa majestad de reina
de comedia...
Casta.—Eres una hipócrita.
Pura.—Como tú: ni más ni menos. 25
Casta.—No te has dado poca prisa...
Pura.—Por si acaso.
Casta.—¿Temías que te lo robase?
Pura.—No sería tu primer hazaña.
Casta.—¿Qué, yo?
Pura.—Acuérdate de cuando me hacía el amor
Ricardito. Empezaste á hacerle tanta monada é insinuaciones, 5
que el pobre, ya aburrido, nos dejó plantadas
á las dos. Si eres el perro del hortelano...
Casta.—¡Pero qué embustera!
Pura.—Mira, no finjamos. Eso es bueno delante
de los hombres; pero entre nosotras no sirven esas pamemas. 10
Conocemos el personal.
Casta.—Me das lástima.
Pura.—Lo que te doy es envidia; pero, hija, llegas
tarde.
Casta.—Eso lo veremos. 15
Pura.—Claro que sí.
Casta.—Y no es porque me guste ese... tipo; sino
porque lo hago cuestión de amor propio.
Pura.—¡De amor propio! Es natural. Como que estás
rabiando por casarte. Pero por esta vez, perdone, hermana. 20
Casta.—¡Hermana! Yo no soy hermana tuya.
Pura.—Dices bien: perdona... prima. (Ríe.)
Casta.—¡Eres una insolente!... (Airadas se acercan
la una á la otra.
)
Pura.—Á mí no me alces el gallo. 25
Casta.—¡Qué! ¿Me amenazas?...
Pura.—¡Más aún!... (Se cogen de las muñecas la
una á la otra y forcejean un instante. Aparecen Sandalia
y Procopio.
)
Casta.—¡Adefesio! 30
Pura.—¡Espantajo!

ESCENA XI

dichas, sandalia y procopio

Sandalia (Corriendo á separarlas).—¡Jesús! Pero,
hijas, ¿qué es esto?
Procopio (Frotándose gozoso las manos).—Gracias á
Dios que se puede ya vivir á gusto en esta casa.
Pura (Abrazándola).—¡Mamá! 5
Casta (Lo mismo á Procopio).—¡Papá!
Sandalia.—¡Quién dijera que vosotras!...
Casta.—Es que Pura...
Pura.—Es que Casta...
Procopio.—Ni una palabra más. Ya me figuro lo 10
que ha pasado. Ese bribón de Claudio se ha permitido
hacer el amor á las dos, y vosotras os lo queréis ceder
como buenas hermanas.
Casta.—¡Cá! no es eso.
Pura.—No, señor. 15
Procopio.—Pues en ese caso no hay más remedio
que él elija; y á quien Dios se lo dé... Dejadme á mí,
que yo me pinto solo para estas cosas. ¿Dónde está él?
Pura.—En su cuarto.
Procopio.—Corriente. (Se acerca á la primera 20
puerta lateral, que abre.
) ¡Caballerito! Tenga usted la
bondad de salir. ¡Ejem! Ahora veremos. (Casta y
Pura se colocan cada una al lado de una butaca durante la
escena siguiente.
)

ESCENA ÚLTIMA

pura, casta, sandalia, procopio y claudio

Claudio (Saliendo).—¿Qué quiere usted?
Procopio.—¿Es así como corresponde usted á la
franca y cariñosa hospitalidad que le he dado?
Claudio.—¿Cómo?
Procopio.—¿Y usted me lo pregunta?... ¿Conque 5
ha tenido usted la avilantez de hacer el amor al propio
tiempo á mis inocentes y candorosas hijas?
Claudio.—¿Yo?
Procopio.—Sí, señor. Y esto, como comprenderá,
no puede quedar así. 10
Claudio.—Pero esto es una encerrona...
Procopio.—¡Silencio! Y aún se atreve... Concluyamos.
Elija usted la que más le guste de las dos.
Claudio.—¿Que elija? 15
Procopio.—¡Claro!
Claudio.—¿Y para qué?
Procopio.—¡Me gusta! ¡Para casarse!
Claudio.—¿Pero quién piensa en eso?
Procopio.—¿Cómo que quién piensa en eso? Ellas, 20
yo, su madre... que hace quince años que no pensamos
en otra cosa.
Claudio.—Pero si yo no puedo casarme.
Procopio.—¿Que no? ¿Por qué?
Claudio.—Toma, porque... Pues porque soy casado. 25
(Al oirle, Pura y Casta caen desvanecidas cada
cual en una butaca.
)
Pura.—¡Ah!...
Casta.—¡Villano!...
Sandalia (Á Claudio).—¡Monstruo! ¡Las ha dado
usted la puntilla!
Claudio.—¿Yo? 5
Sandalia (Auxiliándolas).—¡Hijas mías!...
Procopio (Como vacilando para caer).—¡Casado!...
(Con indignación.) ¿Y no le da á usted
vergüenza?...
Claudio.—¿De ser casado? No, señor. 10
Procopio.—Pero, hombre de Dios, eso se dice...
Claudio.—Pues bien claro lo estoy diciendo...
Pero si sus hijas quieren casarse, yo tengo un
medio...
Procopio.—¿Eh? 15
Sandalia.—Niñas, este joven tiene un medio...
(Pura y Casta vuelven en sí, se levantan y se acercan.)
Claudio.—Sí; yo tengo un medio para que se casen
en seguida.
Procopio (Anhelante).—¿Y cuál es? 20
Claudio.—Que se vengan á mi pueblo. En él escasean
las mujeres, y las pocas que hay son feas. Si
ellas van, estoy seguro que antes de quince días, es cosa
echa. Con decirle á usted que allí tienen gran partido
las tuertas, las cojas y hasta las jorobadas... En fin, 25
que todo se aprovecha. (Sandalia se acerca á Claudio,
con quien habla aparte animadamente.
)
Procopio (Á Pura y Casta).—Ya lo oís. Este año
á veranear á Matalauva... (Al público.) Y á ver si
quiere Dios que se queden por allí en alguna parte. Si 30
no, ¡qué remedio! Paciencia y barajar.

Y en tanto que la ocasión
de casarlas se presente,
mi deseo es solamente
escuchar tu aprobación.


LOS PANTALONES