BELGRANO

Este apellido figura entre los más conocidos y respetables de América, no ciertamente á la altura de los San Martín y los Bolívar, nunca al nivel de los Wáshington, los Hámilton, los Juárez ó los Bello, pero de todos modos á elevación bastante para ser visto de todos y servir de ejemplo á la posteridad.

El prócer argentino don Manuel Belgrano, general de la Revolución, vino al mundo en Buenos Aires hacia el año 1770. Pasó casi niño á España, cursando jurisprudencia en Valladolid y graduándose en Madrid. Era, pues, doctor en derecho cuando volvió á su patria; pero sus estudios favoritos eran los concernientes á la economía política y á lo que hoy llamaríamos ciencia social.

En 1806, hallándose España en guerra con Inglaterra, fué invadido el río de la Plata por una escuadra inglesa, que atacó á Buenos Aires. Las tropas inglesas de desembarco se posesionaron de la capital, pero no pudieron sostenerse ante la resistencia valerosa de las escasas tropas y de las milicias populares. Por dos veces fué vencida Inglaterra en Buenos Aires, siendo los héroes de la resistencia el coronel Liniérs y el alcalde de la ciudad Martín Alzaga. Belgrano tomó parte, como simple capitán de las milicias urbanas en 1806, como sargento mayor del cuerpo de Patricios en 1807.

Sonó la hora de la Independencia en 1810, y constituído un gobierno en Buenos Aires, fué llamado al poder el insigne Belgrano con otros varios patriotas argentinos.

Los españoles no opusieron en la región del Plata, por falta de recursos, la tenaz resistencia que hicieron en Méjico, Venezuela y el Perú. No fué la lucha tan larga ni tan sangrienta; pero de todas maneras fué necesario reñir algunas batallas con los elementos españoles, muchas con los descontentos, varias con las provincias que querían su propia independencia al mismo tiempo que la de Buenos Aires. Las divergencias y las discrepancias, las notas y los matices eran tantos como pueblos, casi tantas como hombres. Cada ciudadano concebía una forma de gobierno, prefería una solución ó ponía su confianza en una persona diferente. Las dificultades eran grandes, tal vez mayores que en los países donde los españoles combatían con tesón y con bravura, pues su sola presencia constituía una amenaza y aunaba los esfuerzos y las aspiraciones de los independientes.

El Paraguay se negaba á someterse al gobierno constituído en Buenos Aires, y Belgrano, con 700 hombres, recibió la misión de someterlo. Una campaña heroica, pero desgraciada, terminada por un armisticio, obligó á retroceder al general Belgrano con su titulado ejército.

Belgrano perdió las batallas de Paraguarí, Tacuarí y alguna otra, sin que padeciera su prestigio de soldado: había luchado con fuerzas inferiores, en la proporción de 1 á 16, no cediendo la victoria sino á la superioridad numérica del enemigo.

Pero si mantenía su buen nombre de soldado y su acreditada fama de valiente, en cambio carecía de esa reputación de inteligencia militar sin la cual no hay caudillo prestigioso. La pericia de un general se demuestra lo mismo en los reveses que en las victorias; mas los pueblos no la ven jamás sino en la gloria del triunfo.

En la campaña de 1812 fué Belgrano mucho más feliz, pues ganó la acción de Tucumán, como también la de Salta en 1813. Estas victorias, que restablecieron su prestigio, aseguraron el éxito de la revolución. La Asamblea, y en nombre suyo el gobierno, premió á Belgrano con un sable de honor que contenía la inscripción siguiente:

La Asamblea Constituyente
al benemérito general Belgrano

La guarnición del sable era de oro.

Además se le regalaron sobre 40,000 pesos en fincas del Estado.

El cabildo de la capital le remitió un bastón de mando y un par de magníficas pistolas.

Belgrano aceptó los obsequios con que se le honraba, excepto el de las fincas. Sobre éste dijo en una respetuosa comunicación:

«Nada hay más despreciable para el hombre de bien, para el patriota verdadero que goza de la confianza de sus conciudadanos, que las riquezas. Éstas son el escollo de la virtud, y adjudicadas en premio, no sólo son capaces de excitar la avaricia en los demás, sino que parecen dirigidas á lisonjear una pasión abominable en el agraciado. He creído digno de mi honor y de los deseos que me inflaman por la prosperidad de mi patria, el destinar esa suma de 40,000 pesos á la dotación de cuatro escuelas en las ciudades de Tarija, Jujuy, Santiago y Tucumán.»

En octubre de 1813 fué batido Belgrano en las altillanuras de Bolivia, teniendo que retirarse á Jujuy. Después de entregar sus fuerzas al general San Martín, regresó á Buenos Aires.

Enviado á Europa en comisión, tornó á su patria en 1815. Entonces fué nombrado por segunda vez general del ejército que operaba en el Perú[5]. Cuatro años se mantuvo lidiando en las cordilleras, y contrajo allí la enfermedad que poco después le arrebató la vida. En aquella guerra de fatigas y de privaciones sin gloria ni lucimiento, acreditó sus dotes militares, sus virtudes y su patriotismo. Es necesario conocer la guerra de montañas y lo escabroso que es el que fué teatro de sus operaciones, para apreciar todo el mérito de su abnegación y sus servicios.

Llegó moribundo á Buenos Aires en el mes de marzo de 1820, falleciendo en el inmediato mes de junio.

Sus funerales se celebraron con inusitada pompa. Su memoria se conserva con veneración en todos los pechos argentinos. Cerca de Buenos Aires se ha fundado un pueblo con su nombre. Por último, su ciudad natal le ha dedicado una estatua ecuestre con estas cuatro inscripciones:

Manuel Belgrano
Nació en Buenos Aires el 3 de junio de 1770

Al iniciador de la revolución de 1810
Campaña del Paraguay, 1811.—Victoria de Tucumán, 1812

Á Belgrano la patria agradecida
Victoria de Salta 1813

Fundó las primeras escuelas en cuatro provincias
Campaña del Alto Perú

General Belgrano
Murió en Buenos Aires el 20 de junio de 1820.