BELLO

He aquí el nombre de un publicista eminente. La América española no ha producido hasta hoy ninguno que le aventaje. Su fama es tan merecida que nadie la discute ni la niega.

Andrés Bello nació en la ciudad de Caracas en 1780; se educó en un convento de frailes mercenarios, donde se daba una enseñanza incompleta ó mal distribuida; no cursó ninguna carrera con regularidad ni la terminó completamente. Es curiosa la circunstancia de que no obtuviera nunca el título de abogado un jurisperito como Bello, autor del notable Código civil de Chile.

La situación casi precaria de la familia Bello, obligó á éste á interrumpir sus estudios regulares para desempeñar un destino muy modesto. Bello no lo obtuvo por favor, sino por concurso. El capitán general de Venezuela dispuso que todos y cada uno de los aspirantes redactasen una memoria sobre cierto asunto concreto y determinado; la de Bello fué la mejor de todas y el empleo disputado le fué justamente concedido.

Los antepasados de Bello procedían de las islas Canarias, y nuestro joven poseía las cualidades que suelen distinguir á los isleños: asiduidad constante en el trabajo, incansable celo en su labor y energía moral superior á todos los desfallecimientos. No heredó las fuerzas físicas de los canarios, pero sí la fuerza de voluntad y la constancia. Por eso trabajó toda su vida, como los de su raza, no en las rudas faenas de la mar ó de la agricultura, que son las habituales de los insulares en América, sino en las propias de su entendimiento y de su constitución. Tan débil era ésta, que Alejandro Humboldt aconsejó á su familia, interesándose por la salud del joven, que no le dejaran estudiar con aplicación tan desmedida.

Estudió, no obstante, con ahinco, estudió siempre, y bien puede asegurarse que consagró su vida entera al estudio.

En su juventud, sin desatender sus labores de empleado, aprendió las lenguas vivas sin maestro alguno y sin otra base que el latín aprendido en el convento, aprendió la lógica del lenguaje, aprendió sólo cuanto por entonces constituía la ciencia filológica, ciencia que estaba en su infancia y que él supo cultivar con aprovechamiento.

Por necesidades de su empleo, tanto quizá como por afición, hizo un estudio prolijo de la administración hispano colonial y de las leyes de Indias. Al mismo tiempo devoraba las publicaciones filosóficas y las novedades literarias de su tiempo, siéndole familiares todas las obras de los enciclopedistas. Y con todo, le quedaba tiempo y lo utilizaba con general provecho dando lecciones de gramática, retórica y filosofía. De los jóvenes que fueron sus discípulos hubo algunos que después brillaron en su patria y viven en la historia, entre ellos Simón Bolívar.

Además era poeta; y como no se daba instante de reposo ni momento de vagar, componía versos magníficos para solaz ajeno y placer propio; sus versos eran leídos con general aplauso en todas las tertulias caraqueñas. Sus poesías de aquella época no se imprimieron jamás y se han perdido muchas.

Al empezar la guerra de la independencia, su espíritu estaba entero con sus compatriotas; pero el insigne Bello no era hombre de lucha y no tomó en la guerra parte activa. Le ataban además lazos de familia y de agradecimiento, que originaron calumnias groseras é infundadas. El tiempo y las pruebas materiales han desvanecido las calumnias; la memoria de Bello es la de un patriota puro y convencido; pero aquellas acusaciones injuriosas debieron mortificar hondamente el alma del patriota, cuando le obligaron á abandonar su país.

Bello emigró de Venezuela, estableciéndose en Chile; pero antes viajó por otros varios países de América y de Europa. En Londres cultivó la amistad de los sabios más sobresalientes, registró los archivos, consultó las bibliotecas y aprendió mucho. Allí estudió la lengua griega, que le era indispensable, dada la especialidad de sus estudios; aprendió el limosín, que le había de ser tan útil en sus investigaciones literarias sobre la Edad media; perfeccionó sus conocimientos de la lengua patria, del portugués, del francés, del italiano y sobre todo, del inglés, lengua que hablaba y escribía con rara perfección.

Desde 1829 hasta su muerte, ocurrida en 1865, vivió nuestro Bello en la capital de Chile donde fué querido y venerado. Allí escribió ó revisó sus obras más importantes, ejerciendo una influencia que dura todavía en la política, las letras y la enseñanza. Fué senador, fué rector perpetuo de la Universidad y unió su nombre al Código chileno.

Las obras de Bello son tan numerosas é importantes, que su simple reseña exigiría un volumen.

La literatura castellana le debe ricos tesoros, tan apreciados en España por los eruditos como en América por todos los hombres estudiosos. Los trabajos de Bello sobre el poema del Cid, sobre la gramática española, sobre la ortología y métrica de la lengua castellana, son verdaderos monumentos del habla de Castilla. Con justicia fué nombrado Bello miembro honorario de la Academia Española.

Escribió el gran publicista sobre derecho internacional, hizo traducciones directas de los poetas clásicos y dejó manuscrita en lengua inglesa una obra referente á la crónica fabulosa de Turpin, obra que no podemos juzgar.

La literatura amena le debe también las poesías más perfectas y más acabadas; sus himnos patrióticos, su poema descriptivo de la zona tórrida, su traducción del Orlando, son otros tantos modelos.

Como prueba de su correctísima versificación, vamos á dar algunas muestras.

FRAGMENTOS DE LA ORACIÓN POR TODOS

I

Ve á rezar, hija mía. Ya es la hora

De la conciencia y del pensar profundo.

Cesó el trabajo afanador, y al mundo

La sombra va á colgar su pabellón.

Sacude el polvo el árbol del camino

Al soplo de la noche; y en el suelto

Manto de la sutil neblina envuelto

Se ve temblar el viejo torreón.

¡Mira! su ruedo de cambiante nácar

El occidente más y más angosta

Y enciende sobre el cerro de la costa

El astro de la tarde su fanal.

Para la pobre cena aderezado

Brilla el albergue rústico, y la tarda

Vuelta del labrador la esposa aguarda

Con su tierna familia en el umbral.

Brota del seno de la azul esfera

Uno tras otro fúlgido diamante;

Y ya apenas de un carro vacilante

Se oye á distancia el desigual rumor.

Todo se hunde en la sombra: el monte, el valle.

Y la iglesia, y la choza, y la alquería;

Y á los destellos últimos del día

Se orienta en el desierto el viajador.

Naturaleza toda gime; el viento

En la arboleda, el pájaro en el nido,

Y la oveja en su trémulo balido,

Y el arroyuelo en su correr fugaz.

El día es para el mal y los afanes:

¡He aquí la noche plácida y serena!

El hombre tras la cuita y la faena

Quiere descanso y oración y paz.

Sonó en la torre la señal: los niños

Conversan con espíritus alados;

Y los ojos al cielo levantados,

Invocan de rodillas al Señor.

Las manos juntas, y los pies desnudos,

Fe en el pecho, alegría en el semblante,

Con una misma voz, á un mismo instante,

Al padre Universal piden amor.

Y luego dormirán; y en leda tropa

Sobre su cama volarán ensueños,

Ensueños de oro, diáfanos, risueños,

Visiones que imitar no osó el pincel.

Y ya sobre la tersa frente posan,

Ya beben el aliento á las bermejas

Bocas, como lo chupa las abejas

Á la fresca azucena y al clavel.

Como para dormirse, bajo el ala

Esconde su cabeza la avecilla,

Ya la niñez en su oración sencilla

Adormece su mente virginal.

¡Oh dulce devoción, que reza y ríe!

¡De natural piedad primer aviso!

¡Fragancia de la flor del paraíso!

¡Preludio del concierto celestial!

II

Ve á rezar, hija. Y ante todo

Ruega á Dios por tu madre; por aquella

Que te dió el ser, y la mitad más bella

De su existencia ha vinculado en él.

Que en su seno hospedó tu joven alma,

De una llama celeste desprendida;

Y haciendo dos porciones de la vida,

Tomó el acíbar y te dió la miel.

Ruega después por mí. Más que tu madre

Lo necesito yo... Sencilla, buena,

Modesta como tú, sufre la pena,

Y devora en silencio su dolor.

Á muchos compasión, á nadie envidia,

La vi tener en mi fortuna escasa:

Como sobre el cristal la sombra, pasa

Sobre su alma el ejemplo corruptor.

No le son conocidos... ¡ni lo sean

Á tí jamás!... los frívolos azares

De la vana fortuna, los pesares

Ceñudos que anticipan la vejez;

De oculto oprobio el torcedor, la espina

Que punza á la conciencia delincuente,

La honda fiebre del alma, que la frente

Tiñe con enfermiza palidez.

Mas yo la vida por mi mal conozco,

Conozco al mundo, y sé su alevosía;

Y tal vez de mi boca oirás un día

Lo que valen las dichas que nos da.

Y sabrás lo que guarda á los que rifan

Riquezas y poder, la urna aleatoria,

Y que tal vez la senda que á la gloria

Guiar parece, á la miseria va.

Viviendo, su pureza empaña el alma,

Y cada instante alguna culpa nueva

Arrastra en la corriente que la lleva

Con rápido descenso al ataúd.

La tentación seduce; el juicio engaña;

En los zarzales del camino deja

Alguna cosa cada cual: la oveja

Su blanca lana, el hombre su virtud.

Ve, hija mía, á rezar por mí, y al cielo

Pocas palabras dirigir te baste;

«¡Piedad, Señor, al hombre que criaste;

Eres Grandeza; eres Bondad; perdón!»

Y Dios te oirá; que cual del ara santa

Sube el humo á la cúpula eminente,

Sube del pecho cándido, inocente,

Al trono del Eterno la oración.

Todo tiende á su fin: á la luz pura

Del sol la planta; el cervatillo atado,

Á la libre montaña; el desterrado,

Al caro suelo que le vió nacer.

Y la abejilla en el frondoso valle,

De los nuevos tomillos al aroma;

Y la oración en alas de paloma

Á la morada del Supremo Ser.

Cuando por mi se eleva á Dios tu ruego,

Soy como el fatigado peregrino,

Que su carga á la orilla del camino

Deposita y se sienta á respirar.

Porque de tu plegaria el dulce canto

Alivia el peso á mi existencia amarga

Y quita de mis hombros esta carga,

Que me agobia, de culpa y de pesar.

Ruega por mí, y alcánzame que vea

En esta noche de pavor, el vuelo

De un ángel compasivo, que del cielo

Traiga á mis ojos la perdida luz.

Y pura finalmente, como el mármol

Que se lava en el templo cada día,

Arda en sagrado fuego el alma mía,

Como arde el incensario ante la Cruz.

III

Ruega, hija, por tus hermanos,

Los que contigo crecieron

Y un mismo seno exprimieron,

Y un mismo techo abrigó.

Ni por los que te amen solo

El favor del cielo implores:

Por justos y pecadores

Cristo en la Cruz expiró.

Ruega por el orgulloso

Que ufano se pavonea,

Y en su dorada librea

Funda insensata altivez.

Y por el mendigo humilde

Que sufre el ceño mezquino

De los que beban el vino

Porque les dejen la hez.

Por el que de torpes vicios

Sumido en profundo cieno,

Hace aullar el canto obsceno

De nocturno bacanal.

Y por la velada virgen

Que en su solitario lecho,

Con la mano hiriendo el pecho,

Reza el himno sepulcral.

Por el hombre sin entrañas,

En cuyo pecho no vibra

Una simpática fibra

Al pesar y á la aflicción,

Que no da sustento al hambre,

Ni á la desnudez vestido,

Ni da la mano al caído,

Ni da á la injuria perdón.

Por el que en mirar se goza

Su puñal de sangre rojo,

Buscando el rico despojo

O la venganza cruel.

Y por el que en vil libelo

Destroza una fama pura,

Y en la leve mordedura

Escupe asquerosa hiel.

Por el que surca animoso

La mar, de peligros llena;

Por el que arrastra cadena,

Y por su duro señor.

Por la razón que leyendo

En el gran libro, vigila;

Por la razón que vacila;

Por la que abraza el error.

Acuérdate, en fin, de todos

Los que penan y trabajan;

Y de todos los que viajan

Por esta vida mortal.

Acuérdate aún del malvado

Que á Dios blasfemando irrita.

La oración es infinita:

Nada agota su caudal.

IV

¡Hija! reza también por los que cubre

La soporosa piedra de la tumba,

Profunda sima adonde se derrumba

La turba de los hombres mil á mil:

Abismo en que se mezcla polvo á polvo,

Y pueblo á pueblo; cual se ve á la hoja

De que al añoso bosque abril despoja

Mezclar la suya otro y otro abril.

Arrodilla, arrodíllate en la tierra

Donde segada en flor yace mi Lola,

Coronada de angélica aureola;

Do helado duerme cuanto fué mortal;

Donde cautivas almas piden preces

Que las restauren á su ser primero,

Y purguen las reliquias del grosero

Vaso, que las contuvo, terrenal.

¡Hija! cuando tú duermes, te sonríes,

Y cien apariciones peregrinas,

Sacuden retozando tus cortinas;

Travieso enjambre, alegre, volador.

Y otra vez á la luz abres los ojos,

Al mismo tiempo que la aurora hermosa

Abre también sus párpados de rosa,

Y da á la tierra el deseado albor.

¡Pero esas pobres almas!... ¡si supieras

Qué sueño duermen!... su almohada es fría:

Duro su lecho; angélica armonía

No regocija nunca su prisión.

No es reposo el sopor que las abruma;

Para su noche no hay albor temprano;

Y la conciencia, velador gusano,

Les roe inexorable el corazón.

Una plegaria, un solo acento tuyo,

Harán que gocen pasajero alivio,

Y que de luz celeste un rayo tibio,

Logre á su obscura estancia penetrar;

Que el atormentador remordimiento

Una tregua á sus víctimas conceda,

Y del aire, y el agua, y la arboleda,

Oigan el apacible susurrar.

FRAGMENTO DE LA ZONA TÓRRIDA

Tú das la caña hermosa

De do la miel se acendra,

Por quien desdeña el mundo los panales:

Tú en urnas de coral cuajas la almendra

Que en la espumante jícara rebosa;

Bulle carmín viviente en sus nopales

Que afrenta fuera al múrice de Tiro;

Y de su añil la tinta generosa

Émula es de la lumbre del zafiro.

El vino es tuyo que la herida agave

Para los hijos vierte

Del Anáhuac feliz; y la hoja es tuya

Que cuando de suave

Humo en espiras vagorosas huya

Solazará el fastidio al ocio inerte.

Tu vistes de jazmines

El arbusto sabeo

Y el perfume le das que en los festines

La fiebre insana templará á Lieo.

Para tus hijos la procera palma

Su vano feudo cría,

Y la piña sazona su ambrosía:

Su blanco pan la yuca,

Sus rubias pomas la patata educa,

Y el algodón despliega el aura leve

Las rosas de oro y el vellón de nieve.

El entierro del gran poeta, del eminente filólogo, del distinguido hombre público, fué una solemnidad que dejó memoria en la capital de Chile. El pueblo entero acompañó á su tumba los restos del anciano venerable. Bello cerró sus ojos á la luz á la edad de 85 años.