CASTILLA

El general peruano Ramón Castilla nació en la provincia de Tarapacá por los años 1796 ó 1797. En su juventud perteneció al ejército español en clase de oficial, como otros jóvenes americanos que adquirieron en las filas realistas los conocimientos militares que luego aprovecharon en servicio de la Independencia.

Los ejércitos de España en sus colonias de América se nutrían generalmente de reclutas indios, sobre todo en épocas normales; había también soldados españoles, pero éstos en escasa minoría. Los oficiales eran de raza española, tanto criollos como peninsulares, unos y otros sirvieron lealmente á España, subsistiendo aun hoy en la península jefes retirados, generales distinguidos y hombres públicos, nacidos en el Perú ó en Méjico, en Nueva Granada ó en el Plata, en Chile ó Venezuela, en Guatemala ó las Antillas. Muchos de ellos han desaparecido, en España, ocupando los más altos puestos en la gobernación y en la milicia, en las letras y en la Iglesia. No es posible que los citemos á todos ni eso responde á nuestros objeto; sólo diremos que los generales don Manuel de la Concha (marqués del Duero), don José de la Concha (marqués de la Habana), don Antonio Ros de Olano (marqués de Guadeljelú), don Luis y don Fernando Fernández de Córdova (marqueses de Mendigorría), don Juan Zavala (marqués de Sierra Bullones), don Juan de la Pezuela (conde de Cheste), el célebre general Narciso López ajusticiado en Cuba, el almirante Topete, el cardenal Moreno, el poeta Ventura de la Vega y otros mil, habían nacido en las colonias de América. Todos estos personajes eran niños cuando empezó la guerra de la Independencia americana; pero otros americanos que habían nacido en el siglo precedente, que se batieron por España y que en España han muerto, ocuparon también brillantes posiciones en la madre patria, distinguiéndose con especialidad en las letras, las armas ó la política desde 1824 hasta que el tiempo los ha ido acabando poco á poco.

Pero hemos dicho que algunos, entre ellos el general Castilla, optaron en la hora crítica por la causa americana. Su amor á la Patria y á la libertad fué más poderoso que sus compromisos con la metrópoli, que su afecto á la tradición, que su fidelidad á un rey malvado y perjuro como Fernando VII. El rey, que era entonces el símbolo de la unidad nacional, fué traidor á lo que él mismo personificaba; los hombres dignos estaban relevados para con él de todo compromiso. Los militares que, siendo americanos, se decidieron sin vacilaciones por la causa de la Independencia, fueron sin duda los más cuerdos y los más patriotas.

Castilla era capitán cuando abrazó la causa de la Independencia, á la que le arrastraban de consumo el sentimiento patrio, los principios liberales y su dignidad de hombre. Pudiendo ser ciudadano ¿cómo había de ser vasallo?

El 9 de diciembre de 1824, á las órdenes de Sucre, tomó parte en la gloriosa batalla de Ayacucho que puso fin á la dominación de España en el Perú y en América. En el ejército peruano ascendió luego á mayor, comandante y coronel, figurando activamente en la política de su país desde 1831. En la guerra civil de 1834 ascendió á general de brigada. Después de las batallas de Yanacocha y Socabaya, perdidas por él en 1835, emigró á la República chilena. En 1839 se encontró en la batalla de Jungaí como general de división de las tropas de Gamarra, contribuyendo mucho á la victoria.

El general Castilla fué ministro de Hacienda. Más tarde, en 1845, fué elegido presidente del Perú. En tan elevado puesto mereció bien de su patria y de la humanidad, aboliendo la esclavitud de los negros. Devolver su libertad á 30,000 esclavos: he aquí el timbre de gloria del general Castilla. Hizo más: suprimió el injustísimo tributo que dos millones de indios pagaban todavía á los que, en plena república, seguían siendo sus señores.

Castilla supo mantener el orden, aumentó la marina peruana dotándola de vapores y organizó la Hacienda fundando el crédito nacional, que antes de su mando no existía. Suprimió la pena capital por delitos políticos, y aunque subsistió para crímenes comunes, jamás quiso firmar una sentencia de muerte.

En la época de su mando se mejoraron las costumbres públicas, pues, él daba ejemplo de respeto á las leyes, de sinceridad electoral y de amor á todas las libertades.

Firmó tratados con otras repúblicas de América, extendió la influencia del Perú en el exterior, impulsó los progresos industriales en el interior y mejoró la organización del ejército peruano.

Los primeros ferrocarriles peruanos se deben á la iniciativa inteligente del general Castilla, que para construírlos se asoció á un capitalista chileno muy acaudalado y muy amigo suyo[6].

En 1858 fué elegido nuevamente para la magistratura suprema del Estado, habiendo sido presidente de la República por espacio de catorce años en el transcurso de su larga y provechosa vida política, una de las más gloriosas del Perú.

En 1867, á la edad de 70 años cumplidos, se puso al frente de una rebelión. El acto ha sido juzgado con dureza. Á nosotros sólo nos toca decir que lo pagó muy caro, pues le costó la vida: sucumbió en el campo de batalla.