I

Jorge Wáshington es el tipo más acabado y más perfecto del republicano y del patriota.

Como ninguno de sus contemporáneos, él personifica la independencia de las colonias.

Sin él, se hubiera hecho lo mismo la independencia de los Estados de la América inglesa, que no hay hombres necesarios.

Pero sin duda hubiera sido difícil encontrar otro caudillo tan pundonoroso, tan leal y tan desinteresado.

Por amor á la patria y á la independencia, rompió con tradiciones de familia, se sobrepuso á preocupaciones de raza, olvidó hábitos de educación y de carrera, todo lo sacrificó al servicio de su patria.

Fué militar afortunado, pero sumiso á las leyes de la naciente república; fué político sagaz, pero sin ambiciones; fué patriota benemérito, y sólo creyó haber cumplido con los deberes que la patria le imponía.

Tuvo otra eminente cualidad: sus discursos en el Parlamento fueron siempre desapasionados y lacónicos; jamás pronunció una arenga que durara diez minutos.

Para apreciar el mérito de su laconismo, hijo de su espíritu práctico y de su modestia, es conveniente recordar que las democracias pecan por los extremos contrarios, es decir, por la multitud de oradores y de charlatanes, por las dimensiones de los discursos políticos y por los derroches de mal empleada elocuencia.

Hablaba Wáshington á la razón, no á las pasiones; su escudo era la verdad; su fuerza el buen sentido. No hizo jamás inmoderado uso de hipérboles ni de metáforas; no las necesitó para hacerse aplaudir ni para hacerse admirar; no le fueron necesarias las imágenes de relumbrón ni los artificios de una pueril retórica, para fundar una República inmortal, potente, rica y gloriosa, que ha llegado á ser el modelo de las naciones libres.

Se ha comparado á Wáshington con Napoleón; los que lo han hecho injurian al caudillo americano.

Entre ambos héroes no hay comparación posible.

Napoleón era un genio militar, al servicio de sus personales ambiciones.

Wáshington, soldado más modesto, peleaba por la patria y por la libertad.

Se le ha comparado con Bolívar.

Tampoco es justa la comparación.

Bolívar luchó más, porque tuvo enemigos más tenaces y dificultades más tremendas.

Pero Wáshington fué más liberal, más consecuente y más modesto.

Bolívar lidiaba como un león; era un torrente en la montaña, un huracán en las llanuras.

Wáshington descollaba por la perseverancia y la firmeza; resistía como un roble el torrente de las contrariedades, como un baluarte el huracán de la guerra.

Bolívar es el soldado de la Revolución.

Wáshington es el patriarca de la Libertad, de la Federación, de la República y de la Independencia.

Nació Jorge Wáshington en un lugar de Virginia en 1732, de una familia inglesa que se hallaba en el país desde mediados del siglo XVII.

Aunque de padres ricos y de origen noble, adquirió desde la juventud los hábitos de formalidad y de trabajo que le distinguían. Se hizo cazador por afición y placer, agrimensor para tener una ocupación más útil.

En 1851 fué elegido comandante de la milicia local, y poco después tomó parte en la guerra contra los franceses, en la que se distinguió.

En esta campaña, y á las órdenes de oficiales ingleses muy acreditados por su valor y pericia, hizo Wáshington el aprendizaje de la guerra.

Firmada la paz entre Inglaterra y Francia, tomó parte el futuro caudillo de la independencia en la agitación que se manifestaba contra la metrópoli. Ya en la asamblea de Virginia se declaró contrario á las pretensiones del gobierno inglés, como lo hizo más tarde en el Congreso de Filadelfia, adonde fué como representante de Virginia en 1774.

Todos los americanos deseaban las reformas, pero estaban divididos en cuanto al procedimiento que se había de emplear para lograrlas; unos querían emplear la persuasión para obtenerlas de la corona británica; otros decían que el único recurso era la fuerza. Wáshington fué de estos últimos.

Rotas las hostilidades, el Congreso por unanimidad eligió á Wáshington para mandar las tropas (1775).

Desde entonces empezó á figurar en primer término, como general inteligente y soldado valeroso.

Ni los mayores reveses doblegaban su esforzado espíritu, luchando á la vez contra los ejércitos británicos, la penuria del Tesoro y la falta de recursos.

Á fuerza de perseverancia tomó la ciudad de Boston en 1776, victoria que permitió al Congreso proclamar la independencia el 4 de julio de aquel año.

Los ingleses, mandados por Howe, se apoderaron de Long-Island después de un recio combate, y Wáshington hubo de abandonar Nueva York, para proseguir la guerra con un ejército de 5 á 6,000 hombres en las márgenes del Delaware.

Tomando después y repentinamente la ofensiva, cuando nadie lo esperaba de un ejército desmoralizado por las derrotas y mermado por las deserciones, levantó el espíritu de las tropas y del pueblo con sus brillantes victorias de Trenton y Princeton.

La insurrección de las colonias inglesas produjo mucho entusiasmo en Europa, sobre todo en Francia, donde ya se agitaba el espíritu de la Revolución. Acudieron al teatro de la lucha numerosos voluntarios, entre ellos el joven marqués de Lafayette que peleó por la libertad de América y se hizo amigo de Wáshington.

Por entonces, 1777, se ganó la batalla de Saratoga en la que Wáshington no tomó parte; pero á sus acertadas maniobras se debió el éxito de la batalla.

El rey de Francia se declaró abiertamente en favor de los Estados Unidos, y envió algunas, aunque escasas tropas, que pelearan por la independencia. En aquella escuela se formaron algunos oficiales de los que dieron más tarde tanta gloria á la República francesa, cuando tuvo ésta que combatir contra todos los ejércitos de Europa.

Wáshington, sereno en los combates, sufrido en las privaciones y buen patriota siempre, dió además repetidas pruebas de severidad cuando se trataba de mantener la disciplina en sus tropas. Á los desertores, á los insubordinados y á los espías, los fusilaba ó los mandaba ahorcar sin debilidades ni contemplaciones. Y sólo así pudo salvar la disciplina del ejército; así fundó la patria.

No obstante su saludable rigor, no obstante las intrigas que contra él fraguaban sus émulos y envidiosos, era el ídolo de los soldados y la admiración del mundo. Por eso es más grande, por eso es más singular su abnegación renunciando á aprovecharse de su popularidad y de sus triunfos, y deponiendo su espada y sus laureles en el altar de la patria.

La capitulación de Yorktown, el 19 de octubre de 1781, fué el hecho decisivo de la guerra. Allí quedó prisionero el ejército inglés mandado por Cornwallis. Continuaron algún tiempo las hostilidades, pero Inglaterra estaba ya vencida.

En 1783 quedó firmada la paz.

Wáshington hubiera podido hacerse aclamar emperador ó rey ó dictador, como se lo proponían muchos de sus oficiales. Desechó la propuesta con indignación, desdeñó las críticas de unos y los halagos de otros, y se retiró á su casa de Mount-Vernon para vivir con honra como ciudadano de un gran pueblo.

Pero este pueblo, que le debía su existencia como nación independiente y libre, le sacó de su retiro en 1788 para elevarle á la presidencia de la República. Reelegido presidente en 1793, desempeñó lealmente la primera magistratura del Estado hasta 1797. Se quiso entonces reelegirle por otros cuatro años; pero él se negó resueltamente, dando así un buen ejemplo, que en las democracias no debe haber reelecciones.

En 1798 se dió á Wáshington el título honorífico de generalísimo de los ejércitos americanos, título que debía conservar mientras viviera. Mas vivió poco, pues murió el 14 de diciembre de 1799.

El Congreso decidió que todos los ciudadanos de los Estados Unidos vistieran luto durante un mes, y que se erigiera un monumento al gran caudillo en la ciudad Federal, que tomó el nombre de Wáshington.

Su memoria vive en el corazón de todo patriota americano, y es venerada por todos los federales de todos los continentes.