EL CASAMIENTO ENGAÑOSO.
Salia del hospital de la Resurreccion, que está en Valladolid, fuera de la puerta del Campo, un soldado que por servirle su espada de báculo, y por la flaqueza de sus piernas y amarillez de su rostro, mostraba bien claro que, aunque no era tiempo muy caluroso, debia de haber sudado en veinte dias todo el humor que quizá granjeó en una hora: iba haciendo pinitos, y dando traspiés como convaleciente; y al entrar por la puerta de la ciudad, vió que hácia él venia un su amigo, á quien no habia visto en mas de seis meses, el cual santiguándose, como si viera alguna mala vision llegándose á él le dijo:
—¿Qué es esto, señor alférez Campuzano? ¿Es posible que está vuesa merced en esta tierra? ¡Como quien soy, que le hacia en Flándes, ántes terciando allá la pica, que arrastrando aquí la espada! ¿Qué color, qué flaqueza es esa?
Á lo cual respondió Campuzano:
—Á lo si estoy en esta tierra, ó no, señor licenciado Peralta, el verme en ella le responde: á las demas preguntas no tengo que decir, sino que salgo de aquel hospital de sudar catorce cargas de bubas que me echó á cuestas una mujer que escogí por mia, que no debiera.
—Luego ¿casóse vuesa merced? replicó Peralta.
—Sí, señor, respondió Campuzano.
—Seria por amores, dijo Peralta, y tales casamientos traen consigo aparejada la ejecucion del arrepentimiento.
—No sabré decir si fué por amores, respondió el alférez, aunque sabré afirmar que fué por dolores, pues de mi casamiento ó cansamiento, saqué tantos en el cuerpo y en el alma, que los del cuerpo para entretenerlos me cuestan cuarenta sudores, y los del alma no hallo remedio para aliviarlos siquiera; pero porque no estoy para tener largas pláticas en la calle, vuesa merced me perdone, que otro dia con mas comodidad le daré cuenta de mis sucesos, que son los mas nuevos y peregrinos que vuesa merced habrá oido en todos los dias de su vida.
—No ha de ser así, dijo el licenciado, sino que quiero que venga conmigo á mi posada, y allí haremos penitencia juntos, que la olla es muy de enfermo; y aunque está tasada para dos, un pastel suplirá con mi criado, y si la convalecencia lo sufre, unas lonjas de jamon de Rute nos harán la salva, y sobre todo la buena voluntad con que lo ofrezco, no solo esta vez, sino todas las que vuesa merced quisiere.
Agradecióselo Campuzano, y aceptó el convite y los ofrecimientos. Fueron á San Llorente, oyeron misa, llevóle Peralta á su casa, dióle lo prometido, y ofreciósele de nuevo, y pidióle en acabando de comer, le contase los sucesos que tanto le habian encarecido. No se hizo de rogar Campuzano, ántes comenzó á decir desta manera.
—Bien se acordará vuesa merced, señor licenciado Peralta, cómo yo hacia en esta ciudad camarada con el capitan Pedro de Herrera, que ahora está en Flándes.
—Bien me acuerdo, respondió Peralta.
—Pues un dia, prosiguió Campuzano, que acabámos de comer en aquella posada de la Solana, donde vivíamos, entraron dos mujeres de gentil parecer con dos criadas: la una se puso á hablar con el capitan en pié, arrimados á una ventana; y la otra se sentó en una silla junto á mí, derribado el manto hasta la barba, sin dejar ver el rostro mas de aquello que concedia la raridad del manto; y aunque le supliqué por cortesía me hiciese merced de descubrirse, no fué posible acabarlo con ella, cosa que me encendió mas el deseo de verle; y para acrecentarle mas, ó ya fuese de industria, ó acaso, sacó la señora una blanca mano, con muy buenas sortijas: estaba yo entónces bizarrísimo, con aquella gran cadena que vuesa merced debió de conocerme, el sombrero con plumas y cintillo, el vestido de colores á fuer de soldado, y tan gallardo á los ojos de mi locura, que me daba á entender que las podia matar en el aire: con todo esto le rogué que se descubriese. Á lo que ella me respondió: No seais importuno, casa tengo, haced á un paje que me siga, que aunque soy mas honrada de lo que promete esta respuesta, todavía á trueco de ver si responde vuestra discrecion á vuestra gallardía, holgaré de que me veais mas despacio.
»Beséle las manos por la grande merced que me hacia, en pago de la cual le prometí montes de oro. Acabó el capitan su plática. Ellas se fueron: siguiólas un criado mio. Díjome el capitan que lo que la dama le queria era que le llevase unas cartas á Flándes á otro capitan, que decia ser su primo; aunque él sabia que no era, sino su galan.
»Yo quedé abrasado con las manos de nieve que habia visto, y muerto por el rostro que deseaba ver; y así otro dia, guiándome mi criado, dióseme libre entrada. Hallé una casa muy bien aderezada, y una mujer de hasta treinta años, á quien conocí por las manos: no era hermosa en estremo, pero éralo de suerte, que podia enamorar comunicada, porque tenia un tono de habla tan suave, que se entraba por los oidos en el alma. Pasé con ella luengos y amorosos coloquios: blasoné, hendí, rajé, ofrecí, prometí y hice todas las demostraciones que me pareció ser necesarias para hacerme bienquisto con ella; pero como ella estaba hecha á oir semejantes ó mayores ofrecimientos y razones, parecia que les daba atento oido, ántes que crédito alguno. Finalmente, nuestra plática se pasó en flores cuatro dias que continué en visitalla, sin que llegase á coger el fruto que deseaba.
»En el tiempo que la visité, siempre hallé la casa desembarazada, sin que viese visiones en ella de parientes fingidos, ni de amigos verdaderos: servíala una moza mas taimada que simple: finalmente, tratando mis amores como soldado, que está víspera de mudar, apuré á mi señora Doña Estefanía de Caicedo (que este es el nombre de la que así me tiene), y respondióme: Señor alférez Campuzano, simplicidad seria, si yo quisiese venderme á vuesa merced por santa; pecadora he sido, y aun ahora lo soy; pero no de manera que los vecinos me murmuren, ni los apartados me noten: ni de mis padres ni de otro pariente heredé hacienda alguna, y con todo esto vale el menaje de mi casa bien validos, dos mil y quinientos ducados; y estos en cosas, que puestas en almoneda, lo que se tardare en ponellas, se tardará en convertirse en dineros: con esta hacienda busco marido á quien entregarme, y á quien tener obediencia; á quien juntamente con la enmienda de mi vida, le entregaré una increible solicitud de regalarle y servirle; porque no tiene príncipe cocinero mas goloso, ni que mejor sepa dar el punto á los guisados, que le sé dar yo, cuando mostrando ser casera, me quiero poner á ello: sé ser mayordomo en casa, moza en la cocina y señora en la sala: en efecto sé mandar, y sé hacer que me obedezcan: no desperdicio nada, y allego mucho: mi real no vale ménos, sino mucho mas, cuando se gasta por mi órden: la ropa blanca que tengo, que es mucha y muy buena, no se sacó de tiendas ni lenceros; estos pulgares y los de mis criadas la hilaron, y si pudiera tejerse en casa, se tejiera: digo estas alabanzas mias, porque no acarrean vituperio, cuando es forzosa la necesidad de decirlas: finalmente quiero decir, que yo busco marido que me ampare, me mande y me honre, y no galan que me sirva y me vitupere: si vuesa merced gustare de aceptar la prenda que se le ofrece, aquí estoy moliente y corriente, sujeta á todo aquello que vuesa merced ordenare, sin andar en venta, que es lo mismo andar en lenguas de casamenteros, y no hay ninguno tan bueno para concertar el todo, como las mismas partes.
»Yo, que tenia entónces el juicio no en la cabeza, sino en los carcañales, haciéndoseme el deleite en aquel punto mayor de lo que en la imaginacion le pintaba, y ofreciéndoseme tan á la vista la cantidad de hacienda, que ya la contemplaba en dineros convertida, sin hacer otros discursos de aquellos á que daba lugar el gusto que me tenia echados grillos al entendimiento, le dije que yo era el venturoso y bienafortunado en haberme dado el cielo casi por milagro tal compañera para hacerla señora de mi voluntad y de mi hacienda, que no era tan poca, que no valiese con aquella cadena que traia al cuello, y con otras joyuelas que tenia en casa, y con deshacerme de algunas galas de soldado, mas de dos mil ducados, que juntos con los dos mil y quinientos suyos, era suficiente cantidad para retirarnos á vivir á una aldea de donde yo era natural, y adonde tenia algunas raíces, hacienda tal, que sobrellevada con el dinero, vendiendo los frutos á su tiempo, nos podia dar una vida alegre y descansada: en resolucion, aquella vez se concertó nuestro desposorio, y se dió traza como los dos hiciésemos informacion de solteros, y en los tres dias de fiesta, que vinieron luego juntos en una pascua, se hicieron las amonestaciones, y al cuarto dia nos desposámos, hallándose presentes al desposorio dos amigos mios, y un mancebo que ella dijo ser primo suyo, á quien yo me ofrecí por pariente con palabras de mucho comedimiento, como lo habian sido todas las que hasta entónces á mi nueva esposa habia dado, con intencion tan torcida y traidora que la quiero callar, porque aunque estoy diciendo verdades, no son verdades de confesion, que no pueden dejar de decirse.
»Mudó mi criado el baul de la posada á casa de mi mujer: encerré en él delante della mi magnífica cadena: mostréle otras tres ó cuatro, si no tan grandes, de mejor hechura, con otros tres ó cuatro cintillos de diversas suertes: hícele patentes mis galas y mis plumas, y entreguéle para el gasto de casa hasta cuatrocientos reales que tenia. Seis dias gocé del pan de la boda, espaciándome en casa como el yerno ruin en la del suegro rico: pisé ricas alfombras, ajé sábanas de Holanda, alumbréme con candeleros de plata, almorzaba en la cama, levantábame á las once, comia á las doce, y á las dos sesteaba en el estrado; bailábanme Doña Estefanía y la moza el agua delante; mi mozo, que hasta allí le habia conocido perezoso y lerdo, se habia vuelto un corzo; el rato que Doña Estefanía faltaba de mi lado, la habian de hallar en la cocina toda solícita en ordenar guisados que me despertasen el gusto y me avivasen el apetito; mis camisas, cuellos y pañuelos eran un nuevo Aranjuez de flores, segun olian, bañados en la agua de ángeles y de azahar, que sobre ellos se derramaba.
»Pasáronse estos dias volando, como se pasan los años que están debajo de la jurisdicion del tiempo; en los cuales dias por verme tan regalado y tan bien servido, iba mudando en buena la mala intencion con que aquel negocio habia comenzado; al cabo de los cuales, una mañana (que aun estaba con Doña Estefanía en la cama) llamaron con grandes golpes á la puerta de la calle. Asomóse la moza á la ventana, y quitándose al momento, dijo:
»—¡Oh, que sea ella la bien venida! ¿Han visto y cómo ha venido mas presto de lo que escribió el otro dia?
»—¿Quién es la que ha venido, moza? le pregunté.
»—¿Quién? respondió ella, es mi señora Doña Clementa Bueso, y viene con ella el señor D. Lope Melendez de Almendarez, con otros dos criados, y Hortigosa, la dueña que llevó consigo.
»—Corre, moza, bien haya yo, y ábreles, dijo á este punto Estefanía; y vos, señor, por mi amor, que no os alboroteis ni respondais por mí á ninguna cosa que contra mí oyéredes.
»—Pues ¿quién ha de decir cosa que os ofenda, y mas estando yo delante? decidme qué gente es esta, que me parece que os ha alborotado su venida.
»—No tengo lugar de responderos, dijo Doña Estefanía; solo sabed que todo lo que aquí pasare es fingido, y que tira á cierto designio y efecto que despues sabréis.
»Y aunque quisiera replicarle á esto, no me dió lugar la señora Doña Clementa Bueso, que se entró en la sala, vestida de raso verde prensado, con muchos pasamanos de oro, capotillo de lo mismo y con la misma guarnicion, sombrero con plumas verdes, blancas y encarnadas, y con rico cintillo de oro, y con un delgado velo cubierto la mitad del rostro. Entró con ella el señor D. Lope Melendez de Almendarez, no ménos bizarro, que ricamente vestido de camino. La dueña Hortigosa fué la primera que habló, diciendo:
»—¡Jesus! ¿Qué es esto? ¡Ocupado el lecho de mi señora Doña Clementa, y mas con ocupacion de hombre! milagros veo hoy en esta casa: á fe que se ha ido bien del pié á la mano la señora Doña Estefanía, fiada en la amistad de mi señora.
»—Yo te lo prometo, Hortigosa, replicó Doña Clementa; pero yo, yo me tengo la culpa: ¡que jamas escarmiente yo en tomar amigas, que no lo saben ser sino es cuando les viene á cuento!
»Á todo lo cual respondió Doña Estefanía:
»—No reciba vuesa merced pesadumbre, mi señora Doña Clementa Bueso, y entienda que no sin misterio ve lo que ve en esta su casa, que cuando lo sepa, yo sé que quedaré disculpada y vuesa merced sin ninguna queja.
»En esto ya me habia puesto yo en calzas y en jubon, y tomándome Doña Estefanía por la mano, me llevó á otro aposento, y allí me dijo, que aquella su amiga queria hacer una burla á aquel D. Lope que venia con ella, con quien pretendia casarse, y que la burla era darle á entender que aquella casa y cuanto estaba en ella era todo suyo, de lo cual pensaba hacerle carta de dote; y que hecho el casamiento, se le daba poco que se descubriese el engaño, fiada en el grande amor que el D. Lope la tenia.
»—Y luego se me volverá lo que es mio, y no se le tendrá á mal á ella ni á otra mujer alguna, de que procure buscar marido honrado, aunque sea por medio de cualquier embuste.
»Yo le respondí que era grande estremo de amistad el que queria hacer, y que primero se mirase bien en ello, porque despues podria ser tener necesidad de valerse de la justicia para cobrar su hacienda. Pero ella me respondió con tantas razones, representando tantas obligaciones que la obligaban á servir á Doña Clementa, aun en cosas de mas importancia, que mal de mi grado y con remordimiento de mi juicio hube de condescender con el gusto de Doña Estefanía; asegurándome ella que solos ocho dias podia durar el embuste, los cuales estaríamos en casa de otra amiga suya.
»Acabámonos de vestir ella y yo, y luego entrándose á despedir de la señora Doña Clementa Bueso y del señor D. Lope Melendez de Almendarez, hizo á mi criado que se cargase el baul, y que la siguiese, á quien yo tambien seguí, sin despedirme de nadie.
»Paró Doña Estefanía en casa de una amiga suya, y ántes que entrásemos dentro, estuvo un buen espacio hablando con ella, al cabo del cual salió una moza, y dijo que entrásemos yo y mi criado. Llevónos á un aposento estrecho, en el cual habia dos camas tan juntas que parecian una, á causa que no habia espacio que las dividiese, y las sábanas de entrambas se besaban.
»En efecto, allí estuvimos seis dias, y en todos ellos no se pasó hora que no tuviésemos pendencia, diciéndole la necedad que habia hecho en haber dejado su casa y su hacienda, aunque fuera á su misma madre. En esto iba yo y venia por momentos, tanto, que la huéspeda de casa un dia que Doña Estefanía dijo que iba á ver en qué término estaba su negocio, quiso saber de mí qué era la causa que me movia á reñir tanto con ella, y qué cosa habia hecho que tanto se la afeaba, diciéndole que habia sido necedad notoria, mas que amistad perfecta. Contéle todo el cuento, y cuando llegué á decir que me habia casado con Doña Estefanía, y la dote que trujo, y la simplicidad que habia hecho en dejar su casa y hacienda á Doña Clementa, aunque fuese con tan sana intencion, como era alcanzar tan principal marido como D. Lope, se comenzó á santiguar y hacerse cruces con tanta priesa, y con tanto ¡Jesus, Jesus, de la mala hembra! que me puso en gran turbacion, y al fin me dijo:
»—Señor alférez, no sé si voy contra mi conciencia en descubriros lo que me parece que tambien la cargaria, si lo callase; pero á Dios y á ventura, sea lo que fuere, viva la verdad, y muera la mentira. La verdad es, que Doña Clementa Bueso es la verdadera señora de la casa y de la hacienda de que os hicieron la dote: la mentira es todo cuanto os ha dicho Doña Estefanía, que ni ella tiene casa, ni hacienda, ni otro vestido del que trae puesto; y el haber tenido lugar y espacio para hacer este embuste, fué que Doña Clementa fué á visitar unos parientes suyos á la ciudad de Plasencia, y de allí fué á tener novenas en Nuestra Señora de Guadalupe, y en este entre tanto dejó en su casa á doña Estefanía que mirase por ella, porque en efecto son grandes amigas; aunque bien mirado, no hay que culpar á la pobre señora, pues ha sabido granjear á una tal persona, como la del señor alférez por marido.
»Aquí dió fin á su plática, y yo di principio á desesperarme, y sin duda lo hiciera, si tantico se descuidara el ángel de mi guarda en socorrerme, acudiendo á decirme en el corazon que mirase que era cristiano, y que el mayor pecado de los hombres era el de la desesperacion, por ser pecado de demonios. Esta consideracion, ó buena inspiracion, me confortó algo; pero no tanto que dejase de tomar mi capa y espada, y salir á buscar á Doña Estefanía, con presupuesto de hacer en ella un ejemplar castigo; pero la suerte, que no sabré decir si mis cosas empeoraba ó mejoraba, ordenó que en ninguna parte donde pensé hallar á Doña Estefanía, la hallase: fuíme á San Llorente, encomendéme á Nuestra Señora, sentéme sobre un escaño, y con la pesadumbre me tomó un sueño tan pesado, que no despertara tan presto, si no me despertaran: fuí lleno de pensamientos y congojas á casa de Doña Clementa, y halléla con tanto reposo como señora de su casa; no le osé decir nada, porque estaba el señor D. Lope delante: volví en casa de mi huéspeda, que me dijo haber contado á Doña Estefanía, cómo yo sabia toda su maraña y embuste, y que ella le preguntó qué semblante habia yo mostrado con tal nueva, y que le habia respondido que muy malo, y que á su parecer habia salido yo con mala intencion y con peor determinacion á buscarla: díjome finalmente, que Doña Estefanía se habia llevado cuanto en el baul tenia, sin dejarme en él sino un solo vestido de camino.
»Aquí fué ello, aquí me tuvo de nuevo Dios de su mano: fuí á ver mi baul, y halléle abierto, y como sepultura que esperaba cuerpo difunto, y á buena razon habia de ser el mio, si yo tuviera entendimiento para saber sentir y ponderar tamaña desgracia.
—Bien grande fué, dijo á esta sazon el licenciado Peralta, haberse llevado Doña Estefanía tanta cadena y tanto cintillo; que como suele decirse, todos los duelos, etc.
—Ninguna pena me dió esa falta, respondió el alférez, pues tambien podré decir: Pensóse D. Simueque que me engañaba con su hija la tuerta, y por el Dios contrecho soy de un lado.
—No sé á qué propósito puede vuesa merced decir eso, respondió Peralta.
—El propósito es, respondió el alférez, de que toda aquella balumba y aparato de cadenas, cintillos y brincos, podia valer hasta diez ó doce escudos.
—Eso no es posible, replicó el licenciado, porque la que el señor alférez traia al cuello, mostraba pesar mas de docientos ducados.
—Así fuera, respondió el alférez, si la verdad respondiera al parecer; pero como no es todo oro lo que reluce, las cadenas, cintillos, joyas, brincos, con solo ser de alquimia se contentaron, pero estaban tan bien hechas, que solo el toque ó el fuego podia descubrir su malicia.
—Desa manera, dijo el licenciado, entre vuesa merced y la señora Doña Estefanía, pata es la traviesa.
—Y tan pata, respondió el alférez, que podemos volver á barajar; pero el daño está, señor licenciado, en que ella se podrá deshacer de mis cadenas, y yo no de la falsía de su término; y en efecto, mal que me pese es prenda mia.
—Dad gracias á Dios, señor Campuzano, dijo Peralta, que fué prenda con piés, y que se os ha ido, y que no estais obligado á buscarla.
—Así es, respondió el alférez; pero con todo esto, sin que la busque la hallo siempre en la imaginacion, y adonde quiera que estoy tengo mi afrenta presente.
—No sé qué responderos, dijo Peralta, sino es traeros á la memoria dos versos de Petrarca, que dicen:
Ché chi prende diletto di far frode,
Non si de’ lamentar s’altri l’inganna.
Que responden en nuestro castellano: Que el que tiene costumbre y gusto de engañar á otro, no se debe quejar cuando es engañado.
—Yo no me quejo, respondió el alférez, sino lastímome: que el culpado, no por conocer su culpa, deja de sentir la pena del castigo: bien veo que quise engañar y fuí engañado, porque me hirieron por mis propios filos; pero no puedo tener tan á raya el sentimiento, que no me queje de mí mismo. Finalmente, por venir á lo que hace mas al caso á mi historia (que este nombre se le puede dar al cuento de mis sucesos), digo que supe que se habia llevado á Doña Estefanía el primo que dije que se halló á nuestros desposorios, el cual de luengos tiempos atras era su amigo á todo ruedo: no quise buscarla, por no hallar el mal que me faltaba: mudé posada, y mudé el pelo dentro de pocos dias; porque comenzaron á pelárseme las cejas y las pestañas, y poco á poco me dejaron los cabellos, y ántes de edad me hice calvo, dándome una enfermedad que llaman lupicia, y por otro nombre mas claro la pelarela: halléme verdaderamente hecho pelon; porque ni tenia barbas que peinar, ni dineros que gastar: fué la enfermedad caminando al paso de mi necesidad, y como la pobreza atropella á la honra, y á unos lleva á la horca, y á otros al hospital, y á otros les hace entrar por las puertas de sus enemigos con ruegos y sumisiones, que es una de las mayores miserias que puede suceder á un desdichado, por no gastar en curarme los vestidos que me habian de cubrir y honrar en salud, llegado el tiempo en que se dan los sudores en el hospital de la Resurreccion, me entré en él, donde he tomado cuarenta sudores: dicen que quedaré sano, si me guardo: espada tengo, lo demas Dios lo remedie.
Ofreciósele de nuevo el licenciado, admirándose de las cosas que le habia contado.
—Pues de poco se maravilla vuesa merced, señor Peralta, dijo el alférez, que otros sucesos me quedan por decir que esceden á toda imaginacion, pues van fuera de todos los términos de naturaleza: no quiera vuesa merced saber mas, sino que son de suerte que doy por bien empleadas todas mis desgracias, por haber sido parte de haberme puesto en el hospital, donde vi lo que ahora diré, que es lo que ahora ni nunca vuesa merced podrá creer, ni habrá persona en el mundo que lo crea.
Todos estos preámbulos y encarecimientos, que el alférez hacia ántes de contar lo que habia visto, encendian el deseo de Peralta, de manera que con no menores encarecimientos le pidió que luego luego le dijese las maravillas que le quedaban por decir.
—Ya vuesa merced habrá visto, dijo el alférez, dos perros que con dos linternas andan de noche con los hermanos de la Capacha, alumbrándoles cuando piden limosna.
—Sí he visto, respondió Peralta.
—Tambien habrá visto ó oido vuesa merced, dijo el alférez, lo que dellos se cuenta, que si acaso echan limosna de las ventanas y se cae en el suelo, ellos acuden luego á alumbrar, á buscar lo que se cae, y se paran delante de las ventanas, donde saben que tienen costumbre de darles limosna, y con ir allí con tanta mansedumbre, que mas parecen corderos que perros, en el hospital son unos leones, guardando la casa con grande cuidado y vigilancia.
—Yo he oido decir, dijo Peralta, que todo es así; pero eso no me puede ni debe causar maravilla.
—Pues lo que ahora diré dellos, dijo el alférez, es razon que la cause, y que sin hacerse cruces, ni alegar imposibles ni dificultades, vuesa merced se acomode á creerlo; y es que yo oí y casi vi con mis ojos á estos dos perros, que el uno se llamaba Cipion, el otro Berganza, estar una noche, que fué la penúltima que acabé de sudar, echados detras de mi cama en unas esteras viejas, y á la mitad de aquella noche, estando á escuras y desvelado, pensando en mis pasados sucesos y presentes desgracias, oí hablar allí junto, y estuve con atento oido escuchando, por ver si podia venir en conocimiento de los que hablaban, y de lo que hablaban, y á poco rato vine á conocer, por lo que hablaban, los que hablaban, que eran los dos perros Cipion y Berganza.
Apénas acabó de decir esto Campuzano, cuando levantándose el licenciado, dijo:
—Vuesa merced quede mucho en buen hora, señor Campuzano, que hasta aquí estaba en duda si creeria ó no lo que de su casamiento me habia contado; y esto que ahora me cuenta de que oyó hablar los perros, me ha hecho declarar por la parte de no creelle ninguna cosa: por amor de Dios, señor alférez, que no cuente estos disparates á persona alguna, si ya no fuere á quien sea tan su amigo como yo.
—No me tenga vuesa merced por tan ignorante, replicó Campuzano, que no entienda que, si no es por milagro, no pueden hablar los animales: que bien sé que si los tordos, picazas y papagayos hablan, no son sino las palabras que aprenden y toman de memoria, y por tener la lengua estos animales cómoda para poder pronunciarlas; mas no por esto pueden hablar y responder con discurso concertado, como estos perros hablaban; y así muchas veces despues que los oí, yo mismo no he querido dar crédito á mí mismo, y he querido tener por cosa soñada lo que realmente estando despierto con todos mis cinco sentidos, tales cuales nuestro Señor fué servido dármelos, oí, escuché, noté, y finalmente escribí sin faltar palabra por su concierto, de donde se puede tomar indicio bastante que mueva y persuada á creer esta verdad que digo: las cosas de que trataron fueron grandes y diferentes, y mas para ser tratadas por varones sabios, que para ser dichas de bocas de perros: así que, pues yo no las pude inventar de mio, á mi pesar y contra mi opinion vengo á creer que no soñaba, y que los perros hablaban.
—¡Cuerpo de mí, replicó el licenciado, si se nos ha vuelto el tiempo de Maricastaña, cuando hablaban las calabazas, ó el de Esopo, cuando departia el gallo con la zorra y unos animales con otros!
—Uno dellos seria yo y el mayor, replicó el alférez, si creyese que ese tiempo ha vuelto, y aun tambien lo seria, si dejase de creer lo que oí y lo que vi, y lo que me atreveré á jurar con juramento que obligue y aun fuerce á que lo crea la misma incredulidad; pero puesto caso que me haya engañado y que mi verdad sea sueño, y el porfiarla disparate, ¿no se holgara vuesa merced, señor Peralta, de ver escritas en un coloquio las cosas que estos perros, ó sean quien fueren, hablaron?
—Como vuesa merced, replicó el licenciado, no se canse mas en persuadirme que oyó hablar á los perros, de muy buena gana oiré ese coloquio, que por ser escrito y notado del buen ingenio del señor alférez, ya le juzgo por bueno.
—Pues hay en esto otra cosa, dijo el alférez, que como yo estaba tan atento y tenia delicado el juicio, delicada, sotil y desocupada la memoria (merced á las muchas pasas y almendras que habia comido), todo lo tomé de coro, y casi por las mismas palabras que habia oido, lo escribí otro dia, sin buscar colores retóricas para adornarlo, ni que añadir ni quitar, para hacerle gustoso. No fué una noche sola la plática, que fueron dos consecutivamente, aunque yo no tengo escrita mas de una, que es la vida de Berganza; y la del compañero Cipion pienso escribir (que fué la que se contó la noche segunda) cuando viere ó que esta se crea, ó á lo ménos no se desprecie: el coloquio traigo en el seno; púselo en forma de coloquio, por ahorrar de dijo Cipion, respondió Berganza, que suele alargar la escritura.
Y en diciendo esto, sacó del pecho un cartapacio, y le puso en las manos del licenciado, el cual le tomó riyéndose, y como haciendo burla de todo lo que habia oido, y de lo que pensaba leer.
—Yo me recuesto, dijo el alférez, en esta silla, en tanto que vuesa merced lee si quiere esos sueños ó disparates, que no tienen otra cosa de bueno, sino es el poderlos dejar cuando enfaden.
—Haga vuesa merced su gusto, dijo Peralta, que yo con brevedad me despediré desta letura.
Recostóse el alférez, abrió el licenciado el cartapacio, y en el principio vió que estaba puesto este título: