EL CELOSO ESTREMEÑO.
No ha muchos años que de un lugar de Estremadura salió un hidalgo, nacido de padres nobles, el cual como un otro pródigo, por diversas partes de España, Italia y Flándes anduvo gastando así los años como la hacienda; y al fin de muchas peregrinaciones (muertos ya sus padres y gastado su patrimonio) vino á parar á la gran ciudad de Sevilla, donde halló ocasion muy bastante para acabar de consumir lo poco que le quedaba. Viéndose pues tan falto de dineros, y aun no con muchos amigos, se acogió al remedio á que otros muchos perdidos en aquella ciudad se acogen, que es el pasarse á las Indias, refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores (á quien llaman ciertos los peritos en el arte), añagaza general de mujeres libres, engaño comun de muchos y remedio particular de pocos.
En fin, llegado el tiempo en que una flota partia para Tierrafirme, acomodándose con el almirante della, aderezó su matalotaje y su mortaja de esparto, y embarcándose en Cádiz, echando la bendicion á España, zarpó la flota, y con general alegría dieron las velas al viento, que blando y próspero soplaba; el cual en pocas horas les encubrió la tierra, y les descubrió las anchas y espaciosas llanuras del gran padre de las aguas, el mar Océano.
Iba nuestro pasajero pensativo, revolviendo en su memoria los muchos y diversos peligros que en los años de su peregrinacion habia pasado, y el mal gobierno que en todo el discurso de su vida habia tenido: y sacaba de la cuenta que á sí mismo se iba tomando, una firme resolucion de mudar manera de vida, y de tener otro estilo en guardar la hacienda que Dios fuese servido de darle, y de proceder con mas recato que hasta allí con las mujeres.
La flota estaba como en calma, cuando pasaba consigo esta tormenta Felipe de Carrizales, que este es el nombre del que ha dado materia á nuestra novela. Tornó á soplar el viento, impeliendo con tanta fuerza los navíos, que no dejó nadie en sus asientos, y así le fué forzoso á Carrizales dejar sus imaginaciones, y dejarse llevar de solos los cuidados que el viaje le ofrecia, el cual viaje fué tan próspero, que sin recebir algun reves ni contraste, llegaron al puerto de Cartagena; y por concluir con todo lo que no hace á nuestro propósito, digo que la edad que tenia Felipe, cuando pasó á las Indias, seria de cuarenta y ocho años, y en veinte que en ellas estuvo, ayudado de su industria y diligencia, alcanzó á tener mas de ciento y cincuenta mil pesos ensayados.
Viéndose pues rico y próspero, tocado del natural deseo que todos tienen de volver á su patria, pospuestos grandes intereses que se le ofrecian, dejando el Perú, donde habia granjeado tanta hacienda, trayéndola toda en barras de oro y plata, y registrada, por quitar inconvenientes, se volvió á España: desembarcó en Sanlúcar; llegó á Sevilla tan lleno de años como de riquezas; sacó sus partidas sin zozobras; buscó sus amigos, hallólos todos muertos; quiso partirse á su tierra, aunque ya habia tenido nuevas que ningun pariente le habia dejado la muerte: y si cuando iba á Indias pobre y menesteroso le iban combatiendo muchos pensamientos sin dejarle sosegar un punto en mitad de las ondas del mar, no ménos ahora en el sosiego de la tierra le combatian, aunque por diferente causa; que si entónces no dormia por pobre, ahora no podia sosegar de rico: que tan pesada carga es la riqueza al que no está usado á tenerla ni saber usar della, como lo es la pobreza al que continuo la tiene. Cuidados acarrea el oro, y cuidados la falta dél; pero los unos se remedian con alcanzar alguna mediana cantidad, y los otros se aumentan miéntras mas parte se alcanza.
Contemplaba Carrizales en sus barras, no por miserable, porque en algunos años que fué soldado aprendió á ser liberal, sino en lo que habia de hacer dellas, á causa que tenerlas en sér, era cosa infructuosa; y tenerlas en casa, cebo para los codiciosos y despertador para los ladrones.
Habíase muerto en él la gana de volver al inquieto trato de las mercancías, y parecíale que conforme á los años que tenia, le sobraban dineros para pasar la vida, y quisiera pasarla en su tierra, y dar en ella su hacienda á tributo, pasando en ella los años de su vejez en quietud y sosiego, dando á Dios lo que podia, pues habia dado al mundo mas de lo que debia: por otra parte consideraba que la estrecheza de su patria era mucha, y la gente muy pobre, y que el irse á vivir á ella, era ponerse por blanco de todas las importunidades que los pobres suelen dar al rico que tienen por vecino, y mas cuando no hay otro en el lugar á quien acudir con sus miserias: quisiera tener á quien dejar sus bienes despues de sus dias, y con este deseo tomaba el pulso á su fortaleza, y parecíale que aun podia llevar la carga del matrimonio; y en viniéndole este pensamiento, le sobresaltaba un tan gran miedo, que así se le desbarataba y deshacia, como hace á la niebla el viento, porque de su natural condicion era el mas celoso hombre del mundo, aun sin estar casado, pues con solo la imaginacion de serlo, le comenzaban á ofender los celos, á fatigar las sospechas y á sobresaltar las imaginaciones, y esto con tanta eficacia y vehemencia, que de todo en todo propuso de no casarse.
Y estando resuelto en esto, y no lo estando en lo que habia de hacer de su vida, quiso su suerte que pasando un dia por una calle, alzase los ojos y viese á una ventana puesta una doncella al parecer de edad de trece á catorce años, de tan agradable rostro y tan hermosa, que sin ser poderoso para defenderse el buen viejo Carrizales, rindió la flaqueza de sus muchos años á los pocos de Leonora, que así era el nombre de la hermosa doncella; y luego sin mas detenerse, comenzó á hacer un gran monton de discursos, y hablando consigo mismo decia:
«Esta muchacha es hermosa, y á lo que muestra la presencia desta casa, no debe de ser rica, y ella es niña; sus pocos años pueden asegurar mis sospechas: casarme he con ella, encerraréla, haréla á mis mañas, y con esto no tendrá otra condicion que aquella que yo le enseñare: yo no soy tan viejo que pueda perder la esperanza de tener hijos que me hereden: de que tenga dote ó no, no hay para qué hacer caso, pues el cielo me dió para todo, y los ricos no han de buscar en sus matrimonios hacienda, sino gusto, que el gusto alarga la vida, y los disgustos entre los casados la acortan: alto pues; echada está la suerte, y esta es la que el cielo quiere que yo tenga.»
Y así hecho este soliloquio, no una vez sino ciento, al cabo de algunos dias habló con los padres de Leonora, y supo cómo, aunque pobres, eran nobles, y dándoles cuenta de su intencion y de la calidad de su persona y hacienda, les rogó muy encarecidamente le diesen por mujer á su hija. Ellos le pidieron tiempo para informarse de lo que decia, y que él tambien le tendria para enterarse ser verdad lo que de su nobleza le habian dicho.
Despidiéronse, informáronse las partes, y hallaron ser ansí lo que entrambos dijeron; y finalmente, Leonora quedó por esposa de Carrizales, habiéndola dotado primero en veinte mil ducados: tal estaba de abrasado el pecho del celoso viejo. El cual apénas dió el sí de esposo, cuando de golpe le embistió un tropel de rabiosos celos, y comenzó sin causa alguna á temblar, y á tener mayores cuidados que jamas habia tenido: y la primera muestra que dió de su condicion celosa, fué no querer que sastre alguno tomase la medida á su esposa de los muchos vestidos que pensaba hacerle; y así anduvo mirando cuál otra mujer tendria poco mas ó ménos el talle y cuerpo de Leonora, y halló una pobre á cuya medida hizo hacer una ropa, y probándosela su esposa, halló que le venia bien, y por aquella medida hizo los demas vestidos, que fueron tantos y tan ricos, que los padres de la desposada se tuvieron por mas que dichosos en haber acertado con tan buen yerno para remedio suyo y de su hija. La niña estaba asombrada de ver tantas galas, á causa que las que ella en su vida se habia puesto, no pasaban de una saya de raja y una ropilla de tafetan.
La segunda señal que dió Felipe, fué no querer juntarse con su esposa hasta tenerla puesta casa aparte, la cual aderezó en esta forma. Compró una en doce mil ducados en un barrio principal de la ciudad, que tenia agua de pié y jardin con muchos naranjos: cerró todas las ventanas que miraban á la calle, y dióles vista al cielo, y lo mismo hizo de todas las otras de casa: en el portal de la calle, que en Sevilla llaman casapuerta, hizo una caballeriza para una mula, y encima della un pajar y apartamiento, donde estuviese el que habia de curar della, que fué un negro viejo y eunuco: levantó las paredes de las azoteas de tal manera que el que entraba en la casa habia de mirar al cielo por línea recta, sin que pudiese ver otra cosa: hizo torno que de la casapuerta respondia al patio.
Compró un rico menaje para adornar la casa, de modo que por tapicerías, estrados y doseles ricos, mostraba ser de un gran señor: compró asimismo cuatro esclavas blancas, y herrólas en el rostro, y otras dos negras bozales.
Concertóse con un despensero que le trujese y comprase de comer, con condicion que no durmiese en casa, ni entrase en ella, sino hasta el torno, por el cual habia de dar lo que trujese: hecho esto, dió parte de su hacienda á censo, situada en diversas y buenas partes: otra puso en el Banco, y quedóse con alguna para lo que se le ofreciese: hizo asimismo llave maestra para toda la casa, y encerró en ella todo lo que suele comprarse en junto y en sus sazones para la provision de todo el año; y teniéndolo todo así aderezado y compuesto, se fué á casa de sus suegros, y pidió á su mujer, que se la entregaron no con pocas lágrimas, porque les pareció que la llevaban á la sepultura.
La tierna Leonora aun no sabia lo que la habia acontecido, y así llorando con sus padres, les pidió su bendicion, y despidiéndose dellos, rodeada de sus esclavas y criadas, asida de la mano de su marido, se vino á su casa, y entrando en ella les hizo Carrizales un sermon á todas, encargándoles la guarda de Leonora, y que por ninguna via ni en ningun modo dejasen entrar á nadie de la segunda puerta adentro, aunque fuese el negro eunuco: y á quien mas encargó la guarda y regalo de Leonora, fué á una dueña de mucha prudencia y gravedad, que recebió como para aya de Leonora, y para que fuese superintendente de todo lo que en la casa se hiciese, y para que mandase á las esclavas y á otras dos doncellas de la misma edad de Leonora, que para que se entretuviese con las de sus mismos años asimismo habia recebido.
Prometióles que las trataria y regalaria á todas de manera que no sintiesen su encerramiento, y que los dias de fiesta todos, sin faltar ninguno, irian á oir misa, pero tan de mañana, que apénas tuviese la luz lugar de verlas. Prometiéronle las criadas y esclavas de hacer todo aquello que les mandaba, sin pesadumbre, con pronta voluntad y buen ánimo: y la nueva esposa, encogiendo los hombros, bajó la cabeza, y dijo que ella no tenia otra voluntad que la de su esposo y señor, á quien estaba siempre obediente.
Hecha esta prevencion, y recogido el buen estremeño en su casa, comenzó á gozar como pudo los frutos del matrimonio, los cuales á Leonora, como no tenia esperiencia de otros, ni eran gustosos ni desabridos, y así pasaba el tiempo con su dueña, doncellas y esclavas; y ellas por pasarle mejor dieron en ser golosas, y pocos dias se pasaban sin hacer mil cosas, á quien la miel y el azúcar hacen sabrosas. Sobrábales para esto en grande abundancia lo que habian menester, y no ménos sobraba en su amo la voluntad de dárselo, pareciéndole que con ello las tenia entretenidas y ocupadas, sin tener lugar donde ponerse á pensar en su encerramiento.
Leonora andaba á lo igual con sus criadas, y se entretenia en lo mismo que ellas, y aun dió con su simplicidad en hacer muñecas, y en otras niñerías que mostraban la llaneza de su condicion y la terneza de sus años: todo lo cual era de grandísima satisfaccion para el celoso marido, pareciéndole que habia acertado á escoger la vida mejor que se la supo imaginar, y que por ninguna via la industria ni la malicia humana podia perturbar su sosiego; y así solo se desvelaba en traer regalos á su esposa, y en acordarle le pidiese todos cuantos le viniesen al pensamiento, que de todos seria servida.
Los dias que iba á misa, que como está dicho era entre dos luces, venian sus padres, y en la iglesia hablaban á su hija delante de su marido, el cual les daba tantas dádivas, que aunque tenian lástima de su hija por la estrecheza en que vivia, la templaban con las muchas dádivas que Carrizales, su liberal yerno, les daba.
Levantábase de mañana, y aguardaba á que el despensero viniese, á quien de la noche ántes por una cédula que ponian en el torno, le avisaban lo que habia de traer otro dia, y en viniendo el despensero, salia de casa Carrizales las mas veces á pié, dejando cerradas las dos puertas, la de la calle y la de en medio, y entre las dos quedaba el negro.
Íbase á sus negocios, que eran pocos, y con brevedad daba la vuelta, y encerrándose, se entretenia en regalar á su esposa y acariciar á sus criadas, que todas le querian bien por ser de condicion llana y agradable; y sobre todo, por mostrarse tan liberal con todas.
Desta manera pasaron un año de noviciado, y hicieron profesion en aquella vida, determinándose de llevarla hasta el fin de las suyas; y así fuera, si el sagaz perturbador del género humano no lo estorbara, como ahora oiréis.
Dígame ahora el que se tuviere por mas discreto y recatado: ¿qué mas prevenciones para su seguridad podia haber hecho el anciano Felipe, pues aun no consintió que dentro de su casa hubiese algun animal que fuese varon? Á los ratones della jamas los persiguió gato, ni en ella se oyó ladrido de perro, todos eran del género femenino: de dia pensaba, y de noche no dormia: él era la ronda y centinela de su casa, y el Argos de lo que bien queria: jamas entró hombre de la puerta adentro del patio: con sus amigos negociaba en la calle: las figuras de los paños que sus salas y cuadros adornaban, todas eran hembras, flores y boscajes: toda su casa olia á honestidad, recogimiento y recato, aun hasta en las consejas, que en las largas noches del invierno en la chimenea sus criadas contaban; por estar él presente en ninguna ningun género de lascivia se descubria: la plata de las canas del viejo á los ojos de Leonora parecian cabellos de oro puro, porque el amor primero que las doncellas tienen se les imprime en el alma, como el sello en la cera: su demasiada guarda le parecia advertido recato: pensaba y creia que lo que ella pasaba, pasaban todas las recien casadas: no se desmandaban sus pensamientos á salir de las paredes de su casa, ni su voluntad deseaba otra cosa mas de aquella que la de su marido queria: solo los dias que iba á misa veia las calles, y esto era tan de mañana, que si no era al volver de la iglesia, no habia luz para mirallas.
No se vió monasterio tan cerrado, ni monjas mas recogidas, ni manzanas de oro tan guardadas; y con todo esto, no pudo en ninguna manera prevenir ni escusar de caer en lo que recelaba: á lo ménos en pensar que habia caido.
Hay en Sevilla un género de gente ociosa y holgazana, á quien comunmente suelen llamar gente de barrio: estos son los hijos de vecino de cada colacion y de los mas ricos della, gente baldía, atildada y melíflua; de la cual, y de su traje y manera de vivir, de su condicion y de las leyes que guardan entre sí, habia mucho que decir; pero por buenos respetos se deja.
Uno destos galanes pues, que entre ellos es llamado virote, mozo soltero (que á los recien casados llaman matones), acertó á mirar la casa del recatado Carrizales; y viéndola siempre cerrada, le tomó gana de saber quién vivia dentro; y con tanto ahinco y curiosidad hizo la diligencia, que de todo en todo vino á saber lo que deseaba.
Supo la condicion del viejo, la hermosura de su esposa, y el modo que tenia en guardarla: todo lo cual le encendió el deseo de ver si seria posible espugnar por fuerza ó por industria fortaleza tan guardada: y comunicándolo con dos virotes y un maton, sus amigos, acordaron que se pusiese por obra; que nunca para tales obras faltan consejeros y ayudadores.
Dificultaban el modo que se tendria para intentar tan dificultosa hazaña; y habiendo entrado en bureo muchas veces, convinieron en esto: que fingiendo Loaysa, que así se llamaba el virote, que iba fuera de la ciudad por algunos dias, se quitase de los ojos de sus amigos, como lo hizo; y hecho esto, se puso unos calzones de lienzo limpio, y camisa limpia, pero encima se puso unos vestidos tan rotos y remendados, que ningun pobre en toda la ciudad los traia tan astrosos: quitóse un poco de barba que tenia, cubrióse un ojo con un parche, vendóse una pierna estrechamente, y arrimándose á dos muletas, se convirtió en un pobre tullido, tal que el mas verdadero estropeado no se le igualaba.
Con este talle se ponia cada noche á la oracion á la puerta de la casa de Carrizales, que ya estaba cerrada, quedando el negro, que Luis se llamaba, cerrado entre las dos puertas. Puesto allí Loaysa, sacaba una guitarrilla algo grasienta y falta de algunas cuerdas, y como él era algo músico, comenzaba á tañer algunos sones alegres y regocijados, mudando la voz por no ser conocido. Con esto se daba priesa á cantar romances de moros y moras á la loquesca, con tanta gracia, que cuantos pasaban por la calle se ponian á escucharle, y siempre en tanto que cantaba, estaba rodeado de muchachos, y Luis, el negro, poniendo los oidos por entre las puertas, estaba colgado de la música del virote, y diera un brazo por poder abrir la puerta y escucharle mas á su placer: tal es la inclinacion que los negros tienen á ser músicos. Y cuando Loaysa queria que los que le escuchaban le dejasen, dejaba de cantar, y recogia su guitarra, y acogiéndose á sus muletas, se iba.
Cuatro ó cinco veces habia dado música al negro (que por solo él la daba), pareciéndole que por donde se habia de comenzar á desmoronar aquel edificio, habia y debia ser por el negro, y no le salió vano su pensamiento; porque llegándose una noche como solia á la puerta, comenzó á templar su guitarra, y sintió que el negro estaba ya atento, y llegándose al quicio de la puerta, con voz baja dijo:
—¿Será posible, Luis, darme un poco de agua, que perezco de sed, y no puedo cantar?
—No, dijo el negro, porque no tengo la llave desta puerta, ni hay agujero por donde pueda dárosla.
—Pues ¿quién tiene la llave? preguntó Loaysa.
—Mi amo, respondió el negro, que es el mas celoso hombre del mundo, y si él supiese que yo estoy ahora aquí hablando con nadie, no seria mas mi vida; pero ¿quién sois vos, que me pedís el agua?
—Yo, respondió Loaysa, soy un pobre estropeado de una pierna, que gano mi vida pidiendo por Dios á la buena gente, y juntamente con esto enseño á tañer á algunos morenos, y á otra gente pobre, y ya tengo tres negros esclavos de tres veinticuatros, á quien he enseñado de modo, que pueden cantar y tañer en cualquier baile y en cualquier taberna, y me lo han pagado muy rebien.
—Harto mejor os lo pagara yo, dijo Luis, á tener lugar de tomar licion; pero no es posible, á causa que mi amo en saliendo por la mañana cierra la puerta de la calle, y cuando vuelve hace lo mismo, dejándome emparedado entre dos puertas.
—Por Dios, Luis, replicó Loaysa (que ya sabia el nombre del negro), que si vos diésedes traza á que yo entrase algunas noches á daros licion, en ménos de quince dias os sacaria tan diestro en la guitarra, que pudiésedes tañer sin vergüenza alguna en cualquiera esquina; porque os hago saber que tengo grandísima gracia en el enseñar, y mas que he oido decir que vos teneis muy buena habilidad, y á lo que siento y puedo juzgar por el órgano de la voz, que es atiplada, debeis de cantar muy bien.
—No canto mal, respondió el negro; pero ¿qué aprovecha? pues no sé tonada alguna, sino es la de la estrella de Vénus, y la de
Por un verde prado,
y aquella que ahora se usa, que dice:
Á los hierros de una reja
La turbada mano asida.
—Todas esas son aire, dijo Loaysa, para las que yo os podria enseñar; porque sé todas las del moro Abindarraez, con las de su dama Jarifa, y todas las que se cantan de la historia del gran Sofí Tomunibeyo, con las de la zarabanda á lo divino, que son tales, que hacen pasmar á los mismos portugueses; y esto enseño con tales modos y con tanta facilidad, que aunque no os deis priesa á aprender, apénas habréis comido tres ó cuatro moyos de sal, cuando ya os veais músico corriente y moliente en todo género de guitarra.
Á esto suspiró el negro, y dijo:
—¿Qué aprovecha todo eso, si no sé cómo meteros en casa?
—Buen remedio, dijo Loaysa; procurad vos tomar las llaves á vuestro amo, y yo os daré un pedazo de cera, donde las imprimiréis de manera que queden señaladas las guardas en la cera, que por la aficion que os he tomado, yo haré que un cerrajero, amigo mio, haga las llaves, y así podré entrar dentro de noche y enseñaros mejor que al Preste Juan de las Indias; porque veo ser gran lástima que se pierda una tal voz como la vuestra, faltándole el arrimo de la guitarra: que quiero que sepais, hermano Luis, que la mejor voz del mundo pierde de sus quilates, cuando no se acompaña con el instrumento, ahora sea de guitarra, ó clavicímbano, de órganos ó de arpa; pero el que mas á vuestra voz le conviene, es el instrumento de la guitarra, por ser el mas mañero y ménos costoso de los instrumentos.
—Bien me parece eso, replicó el negro; pero no puede ser, pues jamas entran las llaves en mi poder, ni mi amo las suelta de la mano: de dia y de noche duermen debajo de su almohada.
—Pues haced otra cosa, Luis, dijo Loaysa, si es que teneis gana de ser músico consumado; que si no la teneis, no hay para qué cansarme en aconsejaros.
—Y ¿cómo si tengo gana? replicó Luis, y tanta que ninguna cosa dejaré de hacer, como sea posible salir con ella, á trueco de salir con ser músico.
—Pues si ansí es, dijo el virote, yo os daré por entre estas puertas, haciendo vos lugar, quitando alguna tierra del quicio, digo que os daré unas tenazas y un martillo, con que podais de noche quitar los clavos de la cerradura de loba con mucha facilidad, y con la misma volveremos á poner la chapa, de modo que no se eche de ver que ha sido desclavada; y estando yo dentro encerrado con vos en vuestro pajar, ó donde dormís, me daré tal priesa á lo que tengo de hacer, que vos veais aun mas de lo que os he dicho, con aprovechamiento de mi persona y aumento de vuestra suficencia; y de lo que hubiéremos de comer no tengais cuidado, que yo llevaré matalotaje para entrambos y para mas de ocho dias, que discípulos tengo yo y amigos que no me dejarán mal pasar.
—De la comida, replicó el negro, no habrá que temer, que con la racion que me da mi amo, y con los relieves que me dan las esclavas, sobrará comida para otros dos: venga ese martillo que decís y tenazas, que yo haré por junto á este quicio lugar por donde quepa, y le volveré á cubrir y tapar con barro, que puesto que dé algunos golpes en quitar la chapa, mi amo duerme tan léjos desta puerta, que será milagro ó gran desgracia nuestra si los oye.
—Pues á la mano de Dios, dijo Loaysa, que de aquí á dos dias tendréis, Luis, todo lo necesario para poner en ejecucion vuestro virtuoso propósito: y advertid en no comer cosas flemosas, porque no hacen ningun provecho, sino mucho daño á la voz.
—Ninguna cosa me enronquece tanto, respondió el negro, como el vino; pero no me lo quitaré yo por cuantas voces tiene el suelo.
—No digo tal, dijo Loaysa, ni Dios tal permita: bebed, hijo Luis, bebed, y buen provecho os haga, que el vino que se bebe con medida jamas fué causa de daño alguno.
—Con medida lo bebo, replicó el negro; aquí tengo un jarro que cabe una azumbre justa y cabal, este me llenan las esclavas sin que mi amo lo sepa, y el despensero á solapo me trae una botilla, que tambien cabe dos azumbres, con que se suplen las faltas del jarro.
—Digo, dijo Loaysa, que tal sea mi vida como eso me parece, porque la seca garganta ni gruñe ni canta.
—Andad con Dios, dijo el negro; pero mirad que no dejeis de venir á cantar aquí las noches que tardáredes en traer lo que habeis de hacer para entrar acá dentro, que ya me como los dedos por verlos puestos en la guitarra.
—Y cómo si vendré, replicó Loaysa, y aun con tonadicas nuevas.
—Eso pido, dijo Luis, y ahora no me dejeis de cantar algo, porque me vaya á acostar con gusto, y en lo de la paga entienda el señor pobre que le he de pagar mejor que un rico.
—No reparo en eso, dijo Loaysa, que segun yo os enseñare, así me pagaréis; y por ahora escuchad esta tonadilla, que cuando esté dentro veréis milagros.
—Sea en buen hora, respondió el negro.
Y acabado este largo coloquio, cantó Loaysa un romancito agudo, con que dejó al negro tan contento y satisfecho, que ya no veia la hora de abrir la puerta.
Apénas se quitó Loaysa de la puerta, cuando con mas lijereza que el traer de sus muletas prometia, se fué á dar cuenta á sus consejeros de su buen comienzo, adivino del buen fin que por él esperaba: hallólos, y contó lo que con el negro dejaba concertado, y otro dia hallaron los instrumentos, tales que rompian cualquier clavo como si fuera de palo.
No se descuidó el virote de volver á dar música al negro, ni ménos tuvo descuido el negro en hacer el agujero por donde cupiese lo que su maestro le diese, cubriéndolo de manera, que á no ser mirado con malicia y sospechosamente, no se podia caer en el agujero.
La segunda noche le dió los instrumentos Loaysa, y Luis probó sus fuerzas, y casi sin poner alguna se halló rompidos los clavos y con la chapa de la cerradura en las manos: abrió la puerta, y recogió dentro á su Orfeo y maestro; y cuando le vió con sus dos muletas y tan andrajoso, y tan fajada su pierna quedó admirado. No llevaba Loaysa el parche en el ojo, por no ser necesario, y así como entró, abrazó á su buen discípulo, y le besó en el rostro, y luego le puso una gran bota de vino en las manos, y una caja de conserva y otras cosas dulces, de que llevaba unas alforjas bien proveidas: y dejando las muletas, como si no tuviera mal alguno, comenzó á hacer cabriolas; de lo cual se admiró mas el negro, á quien Loaysa dijo:
—Sabed, hermano Luis, que mi cojera y estropeamiento no nace de enfermedad, sino de industria, con la cual gano de comer pidiendo por amor de Dios, y ayudándome della y de mi música paso la mejor vida del mundo, en el cual todos aquellos que no fuesen industriosos y tracistas morirán de hambre, y esto lo veréis en el discurso de nuestra amistad.
—Ello dirá, respondió el negro; pero demos órden de volver esta chapa á su lugar, de modo que no se eche de ver su mudanza.
—En buen hora, dijo Loaysa.
Y sacando clavos de sus alforjas asentaron la cerradura de suerte, que estaba tan bien como de ántes: de lo cual quedó contentísimo el negro, y subiéndose Loaysa al aposento que en el pajar tenia el negro, se acomodó lo mejor que pudo.
Encendió luego Luis un torzal de cera, y sin mas aguardar sacó su guitarra Loaysa, y tocándola baja y suavemente, suspendió al pobre negro de manera, que estaba fuera de sí escuchándole. Habiendo tañido un poco, sacó de nuevo colacion, y dióla á su discípulo, y aunque con dulce, bebió con tan buen talante de la bota, que le dejó mas fuera de sentido que la música. Pasado esto, ordenó que luego tomase licion Luis, y como el pobre negro tenia cuatro dedos de vino sobre los sesos, no acertaba traste, y con todo eso le hizo creer Loaysa que ya sabia por lo ménos dos tonadas; y era lo bueno que el negro se lo creia, y en toda la noche no hizo otra cosa que tañer con la guitarra destemplada y sin las cuerdas necesarias.
Durmieron lo poco que de la noche les quedaba; y á obra de las seis de la mañana bajó Carrizales, y abrió la puerta de en medio, y tambien la de la calle, y estuvo esperando al despensero, el cual vino de allí á un poco, y dando por el torno la comida, se volvió á ir, y llamó al negro que bajase á tomar cebada para la mula y su racion; y en tomándola se fué el viejo Carrizales, dejando cerradas ambas puertas, sin echar de ver lo que en la de la calle se habia hecho, de que no poco se alegraron maestro y discípulo.
Apénas salió el amo de casa, cuando el negro arrebató la guitarra, y comenzó á tocar de tal manera, que todas las criadas le oyeron, y por el torno le preguntaron:
—¿Qué es esto, Luis, de cuándo acá tienes tú guitarra, ó quién te la ha dado?
—¿Quién me la ha dado? respondió Luis, el mejor músico que hay en el mundo, y el que me ha de enseñar en ménos de seis dias mas de seis mil sones.
—Y ¿dónde está ese músico? preguntó la dueña.
—No está muy léjos de aquí, respondió el negro, y si no fuera por vergüenza y por el temor que tengo á mi señor, quizá os le enseñara luego, y á fe que os holgásedes de verle.
—Y ¿adónde puede él estar que nosotras no le podamos ver, replicó la dueña, si en esta casa jamas entró otro hombre que nuestro dueño?
—Ahora bien, dijo el negro, no os quiero decir nada hasta que veais lo que yo sé y él me ha enseñado en el breve tiempo que he dicho.
—Por cierto, dijo la dueña, que si no es algun demonio el que te ha de enseñar, que yo no sé quién te pueda sacar músico con tanta brevedad.
—Andad, dijo el negro, que lo oiréis y lo veréis algun dia.
—No puede ser eso, dijo otra doncella, porque no tenemos ventanas á la calle para poder ver ni oir á nadie.
—Bien está, dijo el negro, que para todo hay remedio, si no es para escusar la muerte; y mas si vosotras sabeis ó quereis callar.
—Y ¿cómo que callaremos? hermano Luis, dijo una de las esclavas: callaremos mas que si fuésemos mudas, porque te prometo, amigo, que me muero por oir una buena voz, que despues que aquí nos emparedaron, ni aun el canto de los pájaros habemos oido.
Todas estas pláticas estaba escuchando Loaysa con grandísimo contento, pareciéndole que todas se encaminaban á la consecucion de su gusto, y que la buena suerte habia tomado la mano en guiarlas á la medida de su voluntad.
Despidiéronse las criadas con prometerles el negro que cuando ménos se pensasen las llamaria á oir una muy buena voz; y con temor que su amo volviese y le hallase hablando con ellas, las dejó y se recogió á su estancia y clausura. Quisiera tomar licion, pero no se atrevió á tocar de dia, porque su amo no le oyese; el cual vino de allí á poco espacio, y cerrando las puertas, segun su costumbre, se encerró en casa. Y al dar aquel dia de comer por el torno al negro, dijo Luis á una negra que se lo daba, que aquella noche despues de dormido su amo bajasen todas al torno á oir la voz que les habia prometido, sin falta alguna: verdad es que ántes que dijese esto habia pedido con muchos ruegos á su maestro fuese contento de cantar y tañer aquella noche al torno, porque él pudiese cumplir la palabra que habia dado de hacer oir á las criadas una voz estremada, asegurándole que seria en estremo regalado de todas ellas. Algo se hizo de rogar el maestro de hacer lo que él mas deseaba; pero al fin dijo que haria lo que su buen discípulo pedia, solo por darle gusto, sin otro interes alguno.
Abrazóle el negro, y dióle un beso en el carrillo en señal del contento que le habia causado la merced prometida, y aquel dia dió de comer á Loaysa tan bien como si comiera en su casa, y aun quizá mejor, pues pudiera ser que en su casa le faltara.
Llegóse la noche, y en la mitad della ó poco ménos comenzaron á cecear en el torno, y luego entendió Luis que era la cáfila que habia llegado; y llamando á su maestro, bajaron del pajar con la guitarra bien encordada y mejor templada. Preguntó Luis quién y cuántas eran las que escuchaban. Respondiéronle que todas, si no su señora, que quedaba durmiendo con su marido, de que le pesó á Loaysa; pero con todo eso quiso dar principio á su designio y contentar á su discípulo, y tocando mansamente la guitarra, tales sones hizo que dejó admirado al negro, y suspenso el rebaño de las mujeres que le escuchaba.
Pues ¿qué diré de lo que ellas sintieron, cuando le oyeron tocar el Pésame de ello, y acabar con el endemoniado son de la zarabanda, nuevo entónces en España? No quedó vieja por bailar, ni moza que no se hiciese pedazos, todo con silencio estraño, poniendo centinelas y espías que avisasen si el viejo despertaba.
Cantó asimismo Loaysa coplillas de la Seguida, con que acabó de echar el sello al gusto de los escuchantes, que ahincadamente pidieron al negro les dijese quién era tan milagroso músico. El negro les dijo que era un pobre mendigante, el mas galan y gentil hombre que habia en toda la pobrería de Sevilla.
Rogáronle que hiciese de suerte que ellas le viesen, y que no le dejase ir en quince dias de casa, que ellas le regalarian muy bien, y darian cuanto hubiese menester. Preguntáronle qué modo habia tenido para meterle en casa. Á esto no les respondió palabra: á lo demas dijo que para poderle ver hiciesen un agujero pequeño en el torno, que despues lo taparian con cera, y que á lo de tenerle en casa, que él lo procuraria.
Hablólas tambien Loaysa, ofreciéndoseles á su servicio con tan buenas razones, que ellas echaron de ver que no salian de ingenio de pobre mendigante: rogáronle que otra noche viniese al mismo puesto, que ellas harian con su señora que bajase á escucharle á pesar del lijero sueño de su señor, cuya lijereza no nacia de sus años, sino de sus muchos celos. Á lo cual dijo Loaysa, que si ellas gustaban de oirle sin sobresalto del viejo, que él les daria unos polvos que le echasen en el vino, que le harian dormir con pesado sueño mas tiempo del ordinario.
—¡Jesus, valme, dijo una de las doncellas; y si eso fuese verdad, qué buenaventura se nos habia entrado por las puertas sin sentillo y sin merecello! No serian ellos polvos de sueño para él, sino polvos de vida para todas nosotras y para la pobre de mi señora Leonora, su mujer, que no la deja á sol ni á sombra, ni la pierde de vista un solo momento: ¡ay, señor mio de mi alma! traiga esos polvos, así Dios le dé todo el bien que desea: vaya, y no tarde, tráigalos, señor mio, que yo me ofrezco á mezclarlos en el vino y á ser la escanciadora; y pluguiese á Dios que durmiese el viejo tres dias con sus noches, que otros tantos tendríamos nosotras de gloria.
—Pues yo les traeré, dijo Loaysa, y son tales que no hacen otro mal ni daño á quien los toma, sino es provocarle á sueño pesadísimo.
Todas le rogaron que los trujese con brevedad, y quedando de hacer otra noche con una barrena el agujero en el torno, y de traer á su señora para que le viese y oyese, se despidieron; y el negro, aunque era casi el alba, quiso tomar licion, la cual le dió Loaysa, y lo hizo entender que no habia mejor oido que el suyo en cuantos discípulos tenia, y no sabia el pobre negro ni lo supo jamas hacer un cruzado.
Tenian los amigos de Loaysa cuidado de venir de noche á escuchar por entre las puertas de la calle, y ver si su amigo les decia algo ó si habia menester alguna cosa, y haciendo una señal que dejaron concertada, conoció Loaysa que estaban á la puerta, y por el agujero del quicio les dió breve cuenta del buen término en que estaba su negocio, pidiéndoles encarecidamente buscasen alguna cosa que provocase á sueño para dárselo á Carrizales, que él habia oido decir que habia unos polvos para este efeto: dijéronle que tenian un médico amigo que les daria el mejor remedio que supiese, si es que le habia, y animándole á proseguir la empresa, y prometiéndole de volver la noche siguiente con todo recaudo, apriesa se despidieron.
Vino la noche, y la banda de las palomas acudió al reclamo de la guitarra: con ellas vino la simple Leonora, temerosa y temblando de que no despertase su marido, que aunque ella vencida deste temor no habia querido venir, tantas cosas le dijeron sus criadas, especialmente la dueña, de la suavidad de la música y de la gallarda disposicion del músico pobre, que sin haberle visto le alababa y le subia sobre Absalon y sobre Orfeo, que la pobre señora convencida y persuadida dellas, hubo de hacer lo que no tenia ni tuviera jamas en voluntad. Lo primero que hicieron fué barrenar el torno para ver al músico, el cual no estaba ya en hábitos de pobre, sino con unos calzones grandes de tafetan leonado, anchos á la marineresca, un jubon de lo mismo con trencillas de oro, y una montera de raso de la misma color, con cuello almidonado con grandes puntas y encaje, que de todo vino proveido en las alforjas, imaginando que se habia de ver en ocasion que le conviniese mudar de traje.
Era mozo y de gentil disposicion y buen parecer, y como habia tanto tiempo que todas tenian hecha la vista á mirar al viejo de su amo, parecióles que miraban á un ángel. Poníase una al agujero para verle, y luego otra; y porque le pudiesen ver mejor, andaba el negro paseándole el cuerpo de arriba abajo con el torzal de cera encendido: y despues que todas le hubieron visto, hasta las negras bozales, tomó Loaysa la guitarra, y cantó aquella noche tan estremadamente, que las acabó de dejar suspensas y atónitas á todas, así á la vieja como á las mozas, y todas rogaron á Luis diese órden y traza como el señor su maestro entrase allá dentro, para oirle y verle de mas cerca, y no tan por brújula como por el agujero, y sin el sobresalto de estar tan apartadas de su señor, que podia cogerlas de sobresalto y con el hurto en las manos, lo cual no sucederia ansí, si le tuviesen escondido dentro.
Á esto contradijo su señora con muchas veras, diciendo que no se hiciese la tal cosa ni la tal entrada, porque le pesaria en el alma, pues desde allí le podian ver y oir á su salvo, y sin peligro de su honra.
—¿Qué honra? dijo la dueña: el rey tiene harta: estése vuesa merced encerrada con su Matusalen, y déjenos á nosotras holgar como pudiéremos: cuanto mas, que parece este señor tan honrado, que no querrá otra cosa de nosotras mas de lo que nosotras quisiéremos.
—Yo, señoras mias, dijo á esto Loaysa, no vine aquí sino con intencion de servir á todas vuesas mercedes con el alma y con la vida, condolido de su no vista clausura, y de los ratos que en este estrecho género de vida se pierden: hombre soy yo, por vida de mi padre, tan manso y de tan buena condicion y tan obediente, que no haré mas de aquello que se me mandare; y si cualquiera de vuesas mercedes dijere: maestro, siéntese aquí, maestro, pásese allí, echáos acá, pasáos acullá, así lo haré, como el mas doméstico y enseñado perro que salta por el rey de Francia.
—Si eso ha de ser así, dijo la ignorante Leonora, ¿qué medio se dará para que entre acá dentro el señor maese?
—Bueno, dijo Loaysa: vuesas mercedes pugnen por sacar en cera la llave de esta puerta de en medio, que yo haré que mañana en la noche venga hecha otra, tal que nos pueda servir.
—En sacar esa llave, dijo una doncella, se sacan las de toda la casa, porque es llave maestra.
—No por eso será peor, replicó Loaysa.
—Así es verdad, dijo Leonora; pero ha de jurar este señor primero, que no ha de hacer otra cosa cuando esté acá dentro, sino cantar y tañer cuando se lo mandaren, y que ha de estar encerrado y quedito donde le pusiéremos.
—Sí juro, dijo Loaysa.
—No vale nada ese juramento, respondió Leonora; que ha de jurar por vida de su padre, y ha de jurar la cruz, y besalla, que lo veamos todas.
—Por vida de mi padre juro, dijo Loaysa, y por esta señal de cruz que la beso con mi boca sucia.
Y haciendo la cruz con dos dedos, la besó tres veces.
Esto hecho, dijo otra de las doncellas:
—Mire, señor, que no se le olvide aquello de los polvos, que es el tuautem de todo.
Con esto cesó la plática de aquella noche, quedando todos muy contentos del concierto. Y la suerte, que de bien en mejor encaminaba los negocios de Loaysa, trujo á aquellas horas, que eran dos despues de la media noche, por la calle á sus amigos, los cuales haciendo la señal acostumbrada, que era tocar una trompa de Paris, Loaysa les habló, y les dió cuenta del término en que estaba su pretension, y les pidió si traian los polvos, ó otra cosa como se la habia pedido, para que Carrizales durmiese; díjoles asimismo lo de la llave maestra. Ellos le dijeron que los polvos, ó un ungüento, vendria la siguiente noche, de tal virtud, que untados los pulsos y las sienes con él, causaba un sueño profundo, sin que dél se pudiese despertar en dos dias, si no era lavándose con vinagre todas las partes que se habian untado; y que se les diese la llave en cera, que asimismo la harian hacer con facilidad.
Con esto se despidieron, y Loaysa y su discípulo durmieron lo poco que de la noche les quedaba, esperando Loaysa con gran deseo la venidera, por ver si se le cumplia la palabra prometida de la llave. Y puesto que el tiempo parece tardío y perezoso á los que en él esperan, en fin corre á las parejas con el mismo pensamiento, y llega el término que quieren, porque nunca para ni sosiega.
Vino pues la noche, y la hora acostumbrada de acudir al torno, donde vinieron todas las criadas de casa, grandes y chicas, negras y blancas, porque todas estaban deseosas de ver dentro de su serrallo al señor músico; pero no vino Leonora, y preguntando Loaysa por ella, le respondieron que estaba acostada con su velado, el cual tenia cerrada la puerta del aposento donde dormia con llave, y despues de haber cerrado, se la ponia debajo de la almohada, y que su señora les habia dicho que en durmiéndose el viejo, haria por tomarle la llave maestra, y sacarla en cera, que ya llevaba preparada y blanda, y que de allí á un poco habian de ir á requerirla por una gatera.
Maravillado quedó Loaysa del recato del viejo; pero no por esto se le desmayó el deseo, y estando en esto oyó la trompa de Paris: acudió al puesto, halló á sus amigos que le dieron un botecico de ungüento de la propiedad que le habian significado: tomólo Loaysa y díjoles que esperasen un poco, que les daria la muestra de la llave: volvióse al torno, y dijo á la dueña, que era la que con mas ahinco mostraba desear su entrada, que se lo llevase á la señora Leonora, diciéndole la propiedad que tenia, y que procurase untar á su marido con tal tiento que no lo sintiese, y que veria maravillas. Hízolo así la dueña, y llegándose á la gatera, halló que estaba Leonora esperando tendida en el suelo de largo á largo, puesto el rostro en la gatera. Llegó la dueña, y tendiéndose de la misma manera, puso la boca en el oido de su señora, y con voz baja le dijo que traia el ungüento, y de la manera que habia de probar su virtud. Ella tomó el ungüento, y respondió á la dueña como en ninguna manera podia tomar la llave á su marido, porque no la tenia debajo de la almohada como solia, sino entre los dos colchones y casi debajo de la mitad de su cuerpo; pero que dijese al maese que si el ungüento obraba como él decia, con facilidad sacarian la llave todas las veces que quisiesen, y ansí no seria necesario sacarla en cera: dijo que fuese á decirlo luego, y volviese á ver lo que el ungüento obraba, porque luego le pensaba untar á su velado.
Bajó la dueña á decirlo al maese Loaysa, y él despidió á sus amigos que esperando la llave estaban. Temblando y pasito, y casi sin osar despedir el aliento de la boca, llegó Leonora á untar los pulsos del celoso marido, y asimismo le untó las ventanas de las narices, y cuando á ellas le llegó, le parecia que se estremecia, y ella quedó mortal, pareciéndole que la habia cogido en el hurto. En efeto, como mejor pudo le acabó de untar todos los lugares que le dijeron ser necesarios, que fué lo mismo que haberle embalsamado para la sepultura.
Poco espacio tardó el alopiado ungüento en dar manifiestas señales de su virtud, porque luego comenzó á dar el viejo tan grandes ronquidos, que se pudieran oir en la calle: música á los oidos de su esposa mas acordada que la del maese de su negro; y aun mal segura de lo que veia, se llegó á él, y le estremeció un poco, y luego mas, y luego otro poquito mas por ver si despertaba; y á tanto se atrevió que le volvió de una parte á otra sin que despertase: como vió esto, se fué á la gatera de la puerta, y con voz tan baja como la primera llamó á la dueña que allí la estaba esperando, y le dijo:
—Dáme albricias, hermana, que Carrizales duerme mas que un muerto.
—Pues ¿á qué aguardas á tomar la llave, señora? dijo la dueña; mira que está el músico aguardándola mas ha de una hora.
—Espera, hermana, que ya voy por ella, respondió Leonora.
Y volviendo á la cama, metió la mano por entre los colchones, y sacó la llave de en medio dellos, sin que el viejo lo sintiese; y tomándola en sus manos, comenzó á dar brincos de contento, y sin mas esperar abrió la puerta, y la presentó á la dueña, que la recebió con la mayor alegría del mundo.
Mandó Leonora que fuese á abrir al músico, y que le trujese á los corredores, porque ella no osaba quitarse de allí por lo que podia suceder; pero que ante todas cosas hiciese que de nuevo ratificase el juramento que habia hecho de no hacer mas de lo que ellas le ordenasen, y que si no le quisiese confirmar y hacer de nuevo, en ninguna manera le abriesen.
—Así será, dijo la dueña, y á fe que no ha de entrar si primero no jura y rejura, y besa la cruz seis veces.
—No le pongas tasa, dijo Leonora, bésela él, y sean las veces que quisiere; pero mira que jure por la vida de sus padres, y por todo aquello que bien quiere, porque con esto estaremos seguras, y nos hartaremos de oir cantar y tañer, que en mi ánima que lo hace delicadamente; y anda, no te detengas mas, porque no se nos pase la noche en pláticas.
Alzóse las faldas la buena dueña, y con no vista lijereza se puso en el torno, donde estaba toda la gente de la casa esperando, y habiéndoles mostrado la llave que traia, fué tanto el contento de todas, que la alzaron en peso como á catedrático, diciendo: viva, viva; y mas cuando les dijo que no habia necesidad de contrahacer la llave, porque segun el untado viejo dormia, bien se podian aprovechar de la de casa todas las veces que la quisiesen.
—Ea pues, amiga, dijo una de las doncellas, ábrase esa puerta, y entre este señor, que ha mucho que aguarda, y démonos un verde de música, que no haya mas que ver.
—Mas ha de haber que ver, replicó la dueña, que le hemos de tomar juramento como la otra noche.
—Él es tan bueno, dijo una de las esclavas, que no reparará en juramentos.
Abrió en esto la dueña la puerta, y teniéndola entreabierta, llamó á Loaysa que todo lo habia estado escuchando por el agujero del torno, el cual llegándose á la puerta, quiso entrarse de golpe; mas poniéndole la dueña la mano en el pecho, le dijo:
—Sabrá vuesa merced, señor mio, que en Dios y en mi conciencia todas las que estamos dentro de las puertas desta casa somos doncellas como las madres que nos parieron, escepto mi señora, y aunque yo debo de parecer de cuarenta años, no teniendo treinta cumplidos, porque les faltan dos meses y medio, tambien lo soy, mal pecado; y si acaso parezco vieja, corrimientos, trabajos y desabrimientos echan un cero á los años, y á veces dos, segun se les antoja: y siendo esto ansí, como lo es, no seria razon que á trueco de oir dos, ó tres, ó cuatro cantares, nos pusiésemos á perder tanta virginidad como aquí se encierra; porque hasta esta negra, que se llama Guiomar, es doncella. Así que, señor de mi corazon, vuesa merced nos ha de hacer, primero que entre en nuestro reino, un muy solene juramento de que no ha de hacer mas de lo que nosotras le ordenáremos, y si le parece que es mucho lo que se le pide, considere que es mucho mas lo que se aventura: y si es que vuesa merced viene con buena intencion, poco le ha de doler el jurar, que al buen pagador no le duelen prendas.
—Bien y rebien ha dicho la señora Marialonso, dijo una de las doncellas, en fin como persona discreta y que está en las cosas como se debe, y si es que el señor no quiere jurar, no entre acá dentro.
Á esto dijo Guiomar la negra, que no era muy ladina:
—Por mí, mas que nunca jura, entre con todo diablo, que aunque mas jura, si acá estás todo olvida.
Oyó con gran sosiego Loaysa la arenga de la señora Marialonso, y con grave reposo y autoridad respondió:
—Por cierto, señoras hermanas y compañeras mias, que nunca mi intento fué, es, ni será otro que daros gusto y contento en cuanto mis fuerzas alcanzaren; y así no se me hará cuesta arriba este juramento que me piden; pero quisiera yo que se fiara algo de mi palabra, porque dada de tal persona como yo soy, era lo mismo que hacer una obligacion guarentigia; y quiero hacer saber á vuesa merced que debajo del sayal hay al, y que debajo de mala capa suele estar un buen bebedor; mas para que todas estén seguras de mi buen deseo, determino de jurar como católico y buen varon: y así juro por la intemerata eficacia donde mas santa y largamente se contiene, y por las entradas y salidas del santo Líbano monte, y por todo aquello que en su proemio encierra la verdadera historia de Carlomagno, con la muerte del gigante Fierabras, de no salir ni pasar del juramento hecho, y del mandamiento de la mas mínima y desechada destas señoras, so pena que si otra cosa hiciere ó quisiere hacer, desde ahora para entónces, y desde entónces para ahora lo doy por nulo, y no hecho ni valedero.
Aquí llegaba con su juramento el buen Loaysa, cuando una de las doncellas que con atencion le habia estado escuchando, dió una gran voz, diciendo:
—Este sí que es juramento para enternecer las piedras; mal haya yo, si mas quiero que jures, pues con solo lo jurado podias entrar en la misma sima de Cabra.
Y asiéndole de los gregüescos le metió dentro, y luego todas las demas se le pusieron á la redonda. Luego fué una á dar las nuevas á su señora, la cual estaba haciendo centinela al sueño de su esposo, y cuando la mensajera le dijo que ya subia el músico, se alegró y se turbó en un punto, y preguntó si habia jurado. Respondióle que sí, y con la mas nueva forma de juramento que en su vida habia visto.
—Pues si ha jurado, dijo Leonora, asido le tenemos: ¡oh qué avisada que anduve en hacelle que jurase!
En esto llegó toda la caterva junta, y el músico en medio, alumbrándolos el negro y Guiomar la negra. Y viendo Loaysa á Leonora, hizo muestras de arrojársele á los piés para besarle las manos. Ella, callando y por señas, le hizo levantar, y todas estaban como mudas sin osar hablar, temerosas que su señor las oyese: lo cual considerado por Loaysa, les dijo que bien podian hablar alto, porque el ungüento con que estaba untado su señor tenia tal virtud, que fuera de quitar la vida, ponia á un hombre como muerto.
—Así lo creo yo, dijo Leonora; que si así no fuera, ya él hubiera despertado veinte veces, segun le hacen de sueño lijero sus muchas indisposiciones; pero despues que le unté, ronca como un animal.
—Pues eso es así, dijo la dueña, vámonos á aquella sala frontera, donde podremos oir cantar aquí al señor, y regocijarnos un poco.
—Vamos, dijo Leonora; pero quédese aquí Guiomar por guarda, que nos avise si Carrizales despierta.
Á lo cual respondió Guiomar:
—Yo, negra, quedo, blancas van, Dios perdone á todas.
Quedóse la negra, fuéronse á la sala, donde habia un rico estrado, y cogiendo al señor en medio, se sentaron todas. Y tomando la buena Marialonso una vela, comenzó á mirar de arriba abajo al bueno del músico, y una decia: ¡Ay qué copete que tiene tan lindo y tan rizado! otra: ¡Ay qué blancura de dientes! ¡mal año para piñones mondados, que mas blancos ni mas lindos sean! otra: ¡Ay qué ojos tan grandes y tan rasgados; y por el siglo de mi madre, que son verdes, que no parecen sino que son de esmeraldas! Esta alababa la boca, aquella los piés, y todas juntas hicieron del una menuda anatomía y pepitoria. Sola Leonora callaba, y le miraba, y le iba pareciendo de mejor talle que su velado. En esto la dueña tomó la guitarra que tenia el negro, y se la puso en las manos de Loaysa, rogándole que la tocase, y que cantase unas coplillas que entónces andaban muy validas en Sevilla, que decian:
Madre, la mi madre,
Guardas me poneis.
Cumplióle Loaysa su deseo. Levantáronse todas, y se comenzaron á hacer pedazos bailando. Sabia la dueña las coplas, y cantólas con mas gusto que buena voz, y fueron estas:
Madre, la mi madre,
Guardas me poneis;
Que si yo no me guardo,
No me guardaréis.
Dicen que está escrito,
Y con gran razon,
Ser la privacion
Causa de apetito:
Crece en infinito
Encerrado amor,
Por eso es mejor
Que no me encerreis:
Que si yo, etc.
Si la voluntad
Por sí no se guarda,
No la harán la guarda
Miedo ó calidad:
Romperá en verdad
Por la misma muerte,
Hasta hallar la suerte
Que vos no entendeis.
Que si yo, etc.
Quien tiene costumbre
De ser amorosa,
Como mariposa
Se irá tras su lumbre,
Aunque muchedumbre
De guardas le pongan,
Y aunque mas propongan
De hacer lo que haceis:
Que si yo, etc.
Es de tal manera
La fuerza amorosa,
Que á la mas hermosa
La vuelve en quimera:
El pecho de cera,
De fuego la gana,
Las manos de lana,
De fieltro los piés.
Que si yo no me guardo,
Mal me guardaréis.
Al fin llegaban de su canto y baile el corro de las mozas, guiado por la buena dueña, cuando llegó Guiomar la centinela, toda turbada, hiriendo de pié y de mano como si tuviera alferecía, y con voz entre ronca y bajo, dijo:
—Despierto señor, señora; y señora, despierto señor, y levantas y viene.
Quien ha visto banda de palomas estar comiendo en el campo sin miedo lo que ajenas manos sembraron, que al furioso estrépito de disparada escopeta se azora y levanta, y olvidada del pasto, confusa y atónita cruza por los aires: tal se imagine que quedó la banda y corro de las bailadoras pasmadas y temerosas, oyendo la no esperada nueva que Guiomar habia traido; y procurando cada una su disculpa y todas juntas su remedio, cuál por una, y cuál por otra parte, se fueron á esconder por los desvanes y rincones de la casa, dejando solo al músico, el cual dejando la guitarra y el canto, lleno de turbacion no sabia qué hacerse.
Torcia Leonora sus hermosas manos: abofeteábase el rostro, aunque blandamente, la señora Marialonso. En fin, todo era confusion, sobresalto y miedo. Pero la dueña, como mas astuta y reportada, dió órden que Loaysa se entrase en un aposento suyo, y que ella y su señora se quedarian en la sala, que no faltaria escusa que dar á su señor, si allí las hallase.
Escondióse luego Loaysa, y la dueña se puso atenta á escuchar si su amo venia, y no sintiendo rumor alguno, cobró ánimo, y poco á poco, paso ante paso se fué llegando al aposento donde su señor dormia, y oyó que roncaba como primero, y asegurada de que dormia, alzó las faldas y volvió corriendo á pedir albricias á su señora del sueño de su amo, la cual se las mandó de muy entera voluntad.
No quiso la buena dueña perder la coyuntura que la suerte le ofrecia de gozar primero que todas las gracias que ella se imaginaba que debia tener el músico; y así, diciéndole á Leonora que esperase en la sala en tanto que iba á llamarlo, la dejó y se entró donde él estaba no ménos confuso que pensativo, esperando las nuevas de lo que hacia el viejo untado: maldecia la falsedad del ungüento, y quejábase de la credulidad de sus amigos y del poco advertimiento que habia tenido en no hacer primero la esperiencia en otro, ántes de hacerla en Carrizales.
En esto llegó la dueña, y le aseguró que el viejo dormia á mas y mejor: sosegó el pecho, y estuvo atento á muchas palabras amorosas que Marialonso le dijo, de las cuales coligió la mala intencion suya, y propuso en sí de ponerla por anzuelo para pescar á su señora. Y estando los dos en sus pláticas, las demas criadas que estaban escondidas por diversas partes de la casa, una de aquí otra de allí, volvieron á ver si era verdad que su amo habia despertado, y viendo que todo estaba sepultado en silencio, llegaron á la sala donde habian dejado á su señora, de la cual supieron el sueño de su amo, y preguntándole por el músico y por la dueña, les dijo dónde estaban, y todas con el mismo silencio que habian traido, se llegaron á escuchar por entre las puertas lo que entrambos trataban.
No faltó de la junta Guiomar la negra; el negro sí, porque así como oyó que su amo habia despertado, se abrazó con su guitarra, y se fué á esconder en su pajar, y cubierto con la manta de su pobre cama sudaba y trasudaba de miedo; y con todo eso no dejaba de tentar las cuerdas de la guitarra: tanta era (encomendado él sea á Satanas) la aficion que tenia á la música.
Entreoyeron las mozas los requiebros de la vieja, y cada una le dijo el nombre de las pascuas: ninguna la llamó vieja, que no fuese con su epíteto y adjetivo de hechicera y de barbuda, de antojadiza, y de otros que por buen respeto se callan; pero lo que mas risa causara á quien entónces las oyera, eran las razones de Guiomar la negra, que por ser portuguesa, y no muy ladina, era estraña la gracia con que la vituperaba. En efeto, la conclusion de la plática de los dos fué que él condescenderia con la voluntad della, cuando ella primero le entregase á toda su voluntad á su señora.
Cuesta arriba se le hizo á la dueña ofrecer lo que el músico pedia; pero á trueco de cumplir el deseo que ya se le habia apoderado del alma, y de los huesos y médulas del cuerpo, le prometiera los imposibles que pudieran imaginarse: dejóle, y salió á hablar á su señora; y como vió su puerta rodeada de todas las criadas, les dijo que se recogiesen á sus aposentos, que otra noche habria lugar para gozar con ménos ó con ningun sobresalto del músico, que ya aquella noche el alboroto les habia aguado el gusto.
Bien entendieron todas que la vieja se queria quedar sola; pero no pudieron dejar de obedecerla, porque las mandaba á todas. Fuéronse las criadas, y ella acudió á la sala á persuadir á Leonora acudiese á la voluntad de Loaysa, con una larga y tan concertada arenga, que pareció que de muchos dias la tenia estudiada: encarecióle su gentileza, su valor, su donaire y sus muchas gracias: pintóle de cuánto mas gusto le serian los abrazos del amante mozo, que los del marido viejo, asegurándole el secreto y la duracion del deleite, con otras cosas semejantes á estas, que el demonio le puso en la lengua, llenas de colores retóricos, tan demostrativos y eficaces, que movieran, no solo el corazon tierno y poco advertido de la simple é incauta Leonora, sino el de un endurecido mármol. ¡Oh dueñas, nacidas y usadas en el mundo para perdicion de mil recatadas y buenas intenciones! ¡Oh luengas y repulgadas tocas, escogidas para autorizar las salas y los estrados de señoras principales, y cuán al reves de lo que debíades usais de vuestro casi ya forzoso oficio! En fin, tanto dijo la dueña, tanto persuadió la dueña, que Leonora se rindió, Leonora se engañó, y Leonora se perdió, dando en tierra con todas las prevenciones del discreto Carrizales, que dormia el sueño de la muerte de su honra.
Tomó Marialonso por la mano á su señora, y casi por fuerza, preñados de lágrimas los ojos, la llevó donde Loaysa estaba, y echándoles la bendicion con una risa falsa de demonio, cerrando tras sí la puerta, los dejó encerrados, y ella se puso á dormir en el estrado, ó por mejor decir á esperar su contento de recudida. Pero como el desvelo de las pasadas noches la venciese, se quedó dormida en el estrado.
Bueno fuera en esta sazon preguntar á Carrizales, á no saber que dormia, que ¿adónde estaban sus advertidos recatos, sus recelos, sus advertimientos, sus persuasiones, los altos muros de su casa, el no haber entrado en ella ni aun en sombra álguien que tuviese nombre de varon, el torno estrecho, las gruesas paredes, las ventanas sin luz, el encerramiento notable, la gran dote en que á Leonora habia dotado, los regalos continuos que la hacia, el buen tratamiento de sus criadas y esclavas, el no faltar un punto á todo aquello que él imaginaba que habian menester y que podian desear? Pero ya queda dicho que no habia para qué preguntárselo, porque dormia mas de aquello que fuera menester: y si él lo oyera, y acaso respondiera, no podia dar mejor respuesta que encoger los hombros, enarcar las cejas y decir: todo aqueso derribó por los fundamentos la astucia, á lo que yo creo, de un mozo holgazan y vicioso, y la malicia de una falsa dueña, con la inadvertencia de una muchacha rogada y persuadida: libre Dios á cada uno de tales enemigos, contra los cuales no hay escudo de prudencia que defienda, ni espada de recato que corte.
Pero con todo esto, el valor de Leonora fué tal, que en el tiempo que mas le convenia, le mostró contra las fuerzas villanas de su astuto engañador, pues no fueron bastantes á vencerla, y él se cansó en balde, y ella quedó vencedora, y entrambos dormidos. Y en esto ordenó el cielo que á pesar del ungüento Carrizales despertase, y como tenia de costumbre, tentó la cama por todas partes, y no hallando en ella á su querida esposa, saltó de la cama despavorido y atónito, con mas lijereza y denuedo que sus muchos años prometian; y cuando en el aposento no halló á su esposa, y le vió abierto, y que le faltaba la llave de entre los colchones, pensó perder el juicio; pero reportándose un poco salió al corredor, y de allí andando pié ante pié por no ser sentido, llegó á la sala donde la dueña dormia, y viéndola sola sin Leonora, fué al aposento de la dueña, y abriendo la puerta muy quedo, vió lo que nunca quisiera haber visto: vió lo que diera por bien empleado no tener ojos para verlo: vió á Leonora en brazos de Loaysa, durmiendo tan á sueño suelto, como si en ellos obrara la virtud del ungüento y no en el celoso anciano.
Sin pulsos quedó Carrizales con la amarga vista de lo que miraba, la voz se le pegó á la garganta, los brazos se le cayeron de desmayo, y quedó hecho una estatua de mármol frio; y aunque la cólera hizo su natural oficio, avivándole los casi muertos espíritus, pudo tanto el dolor, que no le dejó tomar aliento; y con todo eso tomara la venganza que aquella grande maldad requeria, si se hallara con armas para poder tomarla: y así determinó volverse á su aposento á tomar una daga, y volver á sacar las manchas de su honra con sangre de sus dos enemigos, y aun con toda aquella de toda la gente de su casa. Con esta determinacion honrosa y necesaria volvió, con el mismo silencio y recato que habia venido, á su estancia, donde le apretó el corazon tanto el dolor y la angustia, que sin ser poderoso á otra cosa, se dejó caer desmayado sobre el lecho.
Llegóse en esto el dia, y cogió á los nuevos adúlteros enlazados en la red de sus brazos. Despertó Marialonso, y quiso acudir por lo que á su parecer le tocaba, pero viendo que era tarde, quiso dejarlo para la venidera noche. Alborotóse Leonora viendo tan entrado el dia, y maldijo su descuido y el de la maldita dueña, y las dos con sobresaltados pasos fueron donde estaba su esposo, rogando entre dientes al cielo que le hallasen todavía roncando; y cuando le vieron encima de la cama callando, creyeron que todavía obraba la untura, pues dormia, y con gran regocijo abrazaron la una á la otra. Llegóse Leonora á su marido, y asiéndole de un brazo, le volvió de un lado á otro por ver si despertaba sin ponerles en necesidad de lavarle con vinagre, como decian era menester para que en sí volviese. Pero volvió Carrizales de su desmayo, y dando un profundo suspiro, con una voz lamentable y desmayada dijo:
—¡Desdichado de mí, y á que tristes términos me ha traido mi fortuna!
No entendió bien Leonora lo que dijo su esposo, mas como le vió despierto y que hablaba, admirada de ver que la virtud del ungüento no duraba tanto como habian significado, se llegó á él, y poniendo su rostro con el suyo, teniéndole estrechamente abrazado, le dijo:
—¿Qué teneis, señor mio, que me parece que os estais quejando?
Oyó la voz de la dulce enemiga suya el desdichado viejo, y abriendo los ojos desencajadamente, como atónito y embelesado, los puso en ella, y con grande ahinco, sin mover pestaña la estuvo mirando una gran pieza, al cabo de la cual le dijo:
—Hacedme placer, señora, que luego luego envieis á llamar á vuestros padres de mi parte, porque siento no sé qué en el corazon, que me da grandísima fatiga, y temo que brevemente me ha de quitar la vida, y querríalos ver ántes que me muriese.
Sin duda creyó Leonora ser verdad lo que su marido le decia, pensando ántes que la fortaleza del ungüento, y no lo que habia visto, le tenia en aquel trance; y respondiéndole que haria lo que la mandaba, mandó al negro que luego al punto fuese á llamar á sus padres; y abrazándose con su esposo, le hacia las mayores caricias que jamas le habia hecho, preguntándole qué era lo que sentia, con tan tiernas y amorosas palabras, como si fuera la cosa del mundo que mas amaba. Él la miraba con el embelesamiento que se ha dicho, siéndole cada palabra ó caricia que le hacia, una lanzada que le atravesaba el alma.
Ya la dueña habia dicho á la gente de casa y á Loaysa la enfermedad de su amo, encareciéndoles que debia de ser de momento, pues se le habia olvidado de mandar cerrar las puertas de la calle cuando el negro salió á llamar á los padres de su señora: de la cual embajada asimismo se admiraron, por no haber entrado ninguno dellos en aquella casa despues que casaron á su hija.
En fin, todos andaban callados y suspensos, no dando en la verdad de la causa de la indisposicion de su amo, el cual de rato en rato tan profunda y dolorosamente suspiraba, que con cada suspiro parecia arrancársele el alma.
Lloraba Leonora por verle de aquella suerte, y reíase él con una risa de persona que estaba fuera de sí, considerando la falsedad de sus lágrimas.
En esto llegaron los padres de Leonora, y como hallaron la puerta de la calle y la del patio abiertas, y la casa sepultada en silencio y sola, quedaron admirados y con no pequeño sobresalto. Fueron al aposento de su yerno, y halláronle, como se ha dicho, siempre clavados los ojos en su esposa, á la cual tenia asida de las manos, derramando los dos muchas lágrimas, ella con no mas ocasion de verlas derramar á su esposo: él por ver cuán fingidamente ella las derramaba.
Así como sus padres entraron, habló Carrizales, y dijo:
—Siéntense aquí vuesas mercedes, y todos los demas dejen desocupado el aposento, y solo quede la señora Marialonso.
Hiciéronlo así, y quedando solos los cinco, sin esperar que otro hablase, con sosegada voz, limpiándose los ojos, desta manera dijo Carrizales:
—Bien seguro estoy, padres y señores mios, que no será menester traeros testigos para que me creais una verdad que quiero deciros: bien se os debe acordar (que no es posible se os haya caido de la memoria) con cuánto amor, con cuán buenas entrañas hace hoy un año, un mes, cinco dias y nueve horas, que me entregasteis á vuestra querida hija por legítima mujer mia: tambien sabeis con cuánta liberalidad la doté, pues fué tal la dote, que mas de tres de su misma calidad pudieran casar con opinion de ricas: asimismo se os debe acordar la diligencia que puse en vestirla y adornarla de todo aquello que ella se acertó á desear y yo alcanzé á saber que le convenia: ni mas ni ménos habeis visto, señores, cómo llevado de mi natural condicion, y temeroso del mal de que sin duda he de morir, y esperimentado por mi mucha edad en los estraños y varios acaecimientos del mundo, quise guardar esta joya que yo escogí y vosotros me disteis, con el mayor recato que me fué posible; alcé las murallas desta casa, quité la vista á las ventanas de la calle, doblé las cerraduras de las puertas, púsele torno como á monasterio de monjas, desterré perpetuamente della todo aquello que sombra ó nombre de varon tuviese; dile criadas y esclavas que la sirviesen, ni les negué á ellas ni á ella cuanto quisieron pedirme; hícela mi igual, comuniquéle mis mas secretos pensamientos, y entreguéla toda mi hacienda: todas estas eran obras para que, si bien lo considerara, yo viviera seguro de gozar sin sobresalto lo que tanto me habia costado, y ella procurara no darme ocasion á que ningun género de temor celoso entrara en mi pensamiento; mas como no se puede prevenir con diligencia humana el castigo que la voluntad divina quiere dar á los que en ella no ponen del todo en todo sus deseos y esperanzas, no es mucho que yo quede defraudado en las mias, y que yo mismo haya sido el fabricador del veneno que me va quitando la vida; pero porque veo la suspension en que todos estais, colgados de las palabras de mi boca, quiero concluir los largos preámbulos desta plática con deciros en una palabra lo que no es posible decirse en millares dellas: digo pues, señores, que todo lo que he dicho y hecho ha parado en que esta madrugada hallé á esta, nacida en el mundo para perdicion de mi sosiego y fin de mi vida (y esto señalando á su esposa) en los brazos de un gallardo mancebo, que en la estancia desta pestífera dueña ahora está encerrado.
Apénas acabó estas últimas palabras Carrizales, cuando á Leonora se le cubrió el corazon, y en las mismas rodillas de su marido se cayó desmayada. Perdió la color Marialonso, y á las gargantas de los padres de Leonora se les atravesó un ñudo que no les dejaba hablar palabra. Pero prosiguiendo adelante Carrizales, dijo:
—La venganza que pienso tomar desta afrenta no es ni ha de ser de las que ordinariamente suelen tomarse; pues quiero que así como yo fuí estremado en lo que hice, así sea la venganza que tomare, tomándola de mí mismo como del mas culpado en este delito, que debiera considerar que mal podian estar ni compadecerse en uno los quince años desta muchacha con los casi ochenta mios, y yo fuí el que como el gusano de seda me fabriqué la casa donde muriese; y á tí no te culpo, ¡oh niña mal aconsejada! (Y diciendo esto se inclinó y besó el rostro de la desmayada Leonora.) No te culpo, digo, porque persuasiones de viejas taimadas, y requiebros de mozos enamorados, fácilmente vencen y triunfan del poco ingenio que los pocos años encierran; mas porque todo el mundo vea el valor de los quilates de la voluntad y fe con que te quise, en este último trance de mi vida quiero mostrarlo de modo que quede en el mundo por ejemplo, si no de bondad, al ménos de simplicidad jamas oida ni vista: y así quiero que se traiga luego aquí un escribano para hacer de nuevo mi testamento, en el cual mandaré doblar la dote á Leonora, y le rogaré que despues de mis dias, que serán bien breves, disponga su voluntad, pues lo podrá hacer sin fuerza, á casarse con aquel mozo, á quien nunca ofendieron las canas deste lastimado viejo; y así verá que si viviendo jamas salí un punto de lo que pude pensar ser su gusto, en la muerte hago lo mismo, y quiero que le tenga con el que ella debe de querer tanto: la demas hacienda mandaré á otras obras pias, y á vosotros, señores mios, dejaré con que podais vivir honradamente lo que de la vida os queda: la venida del escribano sea luego, porque la pasion que tengo me aprieta de manera, que á mas andar me va acortando los pasos de la vida.
Esto dicho, le sobrevino un terrible desmayo, y se dejó caer tan junto de Leonora, que se juntaron los rostros: ¡estraño y triste espectáculo para los padres, que á su querida hija y á su amado yerno miraban! No quiso la mala dueña esperar á las reprensiones que pensó le darian los padres de su señora; y así se salió del aposento, y fué á decir á Loaysa todo lo que pasaba, aconsejándole que luego al punto se fuese de aquella casa, que ella tendria cuidado de avisarle con el negro lo que sucediese, pues ya no habia puertas ni llaves que lo impidiesen. Admiróse Loaysa con tales nuevas, y tomando el consejo, volvió á vestirse como pobre, y fuese á dar cuenta á sus amigos del estraño y nunca visto suceso de sus amores.
En tanto pues que los dos estaban transportados, el padre de Leonora envió á llamar á un escribano amigo suyo, el cual vino á tiempo que ya habian vuelto hija y yerno en su acuerdo. Hizo Carrizales su testamento en la manera que habia dicho, sin declarar el yerro de Leonora, mas de que por buenos respetos le pedia y rogaba se casase, si acaso él muriese, con aquel mancebo que él la habia dicho en secreto. Cuando esto oyó Leonora se arrojó á los piés de su marido, y saltándole el corazon en el pecho, le dijo:
—Vivid vos muchos años, mi señor y mi bien todo, que puesto caso que no estais obligado á creerme ninguna cosa de las que os dijere, sabed que no os he ofendido sino con el pensamiento.
Y comenzando á disculparse y á contar por estenso la verdad del caso, no pudo mover la lengua, y volvió á desmayarse. Abrazóla así desmayada el lastimado viejo, abrazáronla sus padres, lloraron todos tan amargamente, que obligaron y aun forzaron á que en ellas les acompañase el escribano que hacia el testamento, en el cual dejó de comer á todas las criadas de casa, horras las esclavas y negro, y á la falsa de Marialonso no le mandó otra cosa que la paga de su salario; mas sea lo que fuere, el dolor le apretó de manera, que al seteno dia le llevaron á la sepultura.
Quedó Leonora viuda, llorosa y rica; y cuando Loaysa esperaba que cumpliese lo que ya él sabia que su marido en su testamento dejaba mandado, vió que dentro de una semana se entró monja en uno de los mas recogidos monasterios de la ciudad: él despechado y casi corrido se pasó á las Indias. Quedaron los padres de Leonora tristísimos, aunque se consolaron con lo que su yerno les habia dejado y mandado por su testamento. Las criadas se consolaron con lo mismo, y las esclavas y esclavo con la libertad, y la malvada de la dueña, pobre y defraudada de todos sus malos pensamientos.
Y yo quedé con el deseo de llegar al fin deste suceso, ejemplo y espejo de lo poco que hay que fiar de llaves, tornos y paredes, cuando queda la voluntad libre; y de lo ménos que hay que confiar de verdes y pocos años, si les andan al oido eshortaciones destas dueñas de monjil negro y tendido, y tocas blancas y luengas. Solo no sé qué fué la causa que Leonora no puso mas ahinco en disculparse y dar á entender á su celoso marido cuán limpia y sin ofensa habia quedado en aquel suceso; pero la turbacion le ató la lengua, y la priesa que se dió á morir su marido no dió lugar á su disculpa.