LA ESPAÑOLA INGLESA.
Entre los despojos que los ingleses llevaron de la ciudad de Cádiz, Clotaldo, un caballero inglés, capitan de una escuadra de navíos, llevó á Lóndres una niña de edad de siete años, poco mas ó ménos, y esto contra la voluntad y sabiduría del conde de Essex, que con gran diligencia hizo buscar la niña para volvérsela á sus padres, que ante él se quejaron de la falta de su hija, pidiéndole que pues se contentaba con las haciendas y dejaba libres las personas, no fuesen ellos tan desdichados, que ya que quedaban pobres quedasen sin su hija, que era la lumbre de sus ojos, y la mas hermosa criatura que habia en toda la ciudad.
Mandó el conde echar bando por toda su armada, que so pena de la vida volviese la niña, cualquiera que la tuviese; mas ningunas penas ni temores fueron bastantes á que Clotaldo la obedeciese, que la tenia escondida en su nave, aficionado, aunque cristianamente, á la incomparable hermosura de Isabela, que así se llamaba la niña. Finalmente, sus padres se quedaron sin ella, tristes y desconsolados, y Clotaldo alegre sobre modo llegó á Lóndres, y entregó por riquísimo despojo á su mujer á la hermosa niña.
Quiso la buena suerte que todos los de la casa de Clotaldo eran católicos secretos, aunque en lo público mostraban seguir la opinion de su reina. Tenia Clotaldo un hijo llamado Ricaredo, de edad de doce años, enseñado de sus padres á amar y temer á Dios, y á estar muy entero en las verdades de la fe católica. Catalina, la mujer de Clotaldo, noble, cristiana y prudente señora, tomó tanto amor á Isabela, que como si fuera su hija la criaba, regalaba é industriaba; y la niña era de tan buen natural, que con facilidad aprendia todo cuanto le enseñaban: con el tiempo y con los regalos fué olvidando los que sus padres verdaderos le habian hecho; pero no tanto que dejase de acordarse y de suspirar por ellos muchas veces; y aunque iba aprendiendo la lengua inglesa, no perdia la española, porque Clotaldo tenia cuidado de traerle á casa secretamente españoles que hablasen con ella; desta manera, sin olvidar la suya, como está dicho, hablaba la lengua inglesa como si hubiera nacido en Lóndres.
Despues de haberle enseñado todas las cosas de labor, que puede y debe saber una doncella bien nacida, la enseñaron á leer y escribir mas que medianamente; pero en lo que tuvo estremo fué en tañer todos los instrumentos que á una mujer son lícitos, y esto con toda perfeccion de música, acompañándola con una voz que le dió el cielo tan estremada, que encantaba cuando cantaba.
Todas estas gracias, adquiridas y puestas sobre la natural suya, poco á poco fueron encendiendo el pecho de Ricaredo, á quien ella como á hijo de su señor queria y servia: al principio le salteó amor con un modo de agradarse y complacerse de ver la singular belleza de Isabela, y de considerar sus infinitas virtudes y gracias, amándola como si fuera su hermana, sin que sus deseos saliesen de los términos honrados y virtuosos. Pero como fué creciendo Isabela, que ya cuando Ricaredo ardia, tenia doce años, aquella benevolencia primera, y aquella complacencia y agrado de mirarla, se volvió en ardentísimos deseos de gozarla y de poseerla: no porque aspirase á esto por otros medios que por los de ser su esposo, pues de la incomparable honestidad de Isabela (que así la llamaban ellos) no se podia esperar otra cosa, ni aun él quisiera esperarla aunque pudiera; porque la noble condicion suya y la estimacion en que á Isabela tenia, no consentian que ningun mal pensamiento echase raíces en su alma.
Mil veces determinó manifestar su voluntad á sus padres, y otras tantas no aprobó su determinacion, porque él sabia que le tenian dedicado para ser esposo de una muy rica y principal doncella escocesa, asimismo secreta cristiana como ellos; y estaba claro, segun él decia, que no habian de querer dar á una esclava (si este nombre se podia dar á Isabela) lo que ya tenian concertado de dar á una señora: y así perplejo y pensativo, sin saber qué camino tomar para venir al fin de su buen deseo, pasaba una vida tal, que le puso á punto de perderla; pero pareciéndole ser gran cobardía dejarse morir sin intentar algun género de remedio á su dolencia, se animó y esforzó á declarar su intento á Isabela.
Andaban todos los de su casa tristes y alborotados por la enfermedad de Ricaredo, que de todos era querido, y de sus padres con el estremo posible, así por no tener otro, como porque lo merecia su mucha virtud y su gran valor y entendimiento: no le acertaban los médicos la enfermedad, ni él osaba ni queria descubrírsela. En fin, puesto en romper por las dificultades que él se imaginaba, un dia que entró Isabela á servirle, viéndola sola, con desmayada voz y lengua turbada le dijo:
—Hermosa Isabela, tu valor, tu mucha virtud y grande hermosura me tienen como me ves; si no quieres que deje la vida en manos de las mayores penas que pueden imaginarse, responda el tuyo á mi buen deseo, que no es otro que el de recebirte por mi esposa á hurto de mis padres, de los cuales temo que, por no conocer lo que yo conozco que mereces, me han de negar el bien que tanto me importa: si me das la palabra de ser mia, yo te la doy desde luego como verdadero y católico cristiano de ser tuyo; que puesto que no llegue á gozarte, como no llegaré hasta que con bendicion de la Iglesia y de mis padres sea, aquel imaginar que con seguridad eres mia, será bastante á darme salud y á mantenerme alegre y contento hasta que llegue el feliz punto que deseo.
En tanto que esto dijo Ricaredo, estuvo escuchándole Isabela los ojos bajos, mostrando en aquel punto que su honestidad se igualaba á su hermosura, y á su mucha discrecion su recato; y así viendo que Ricaredo callaba, honesta, hermosa y discreta le respondió desta suerte:
—Despues que quiso el rigor ó la clemencia del cielo (que no sé á cuál destos estremos lo atribuya) quitarme á mis padres, señor Ricaredo, y darme á los vuestros, agradecida á las infinitas mercedes que me han hecho, determiné que jamas mi voluntad saliese de la suya, y así sin ella tendria no por buena, sino por mala fortuna la inestimable merced que quereis hacerme; si con su sabiduría fuere yo tan venturosa que os merezca, desde aquí os ofrezco la voluntad que ellos me dieren, y en tanto que esto se dilate, ó no fuere, entretenga vuestros deseos saber que los mios serán eternos y limpios en desearos el bien que el cielo puede daros.
Aquí puso silencio Isabela á sus honestas y discretas razones, y allí comenzó la salud de Ricaredo, y comenzaron á revivir las esperanzas de sus padres, que en su enfermedad muertas estaban.
Despidiéronse los dos cortésmente: él con lágrimas en los ojos, ella con admiracion en el alma de ver tan rendida á su amor la de Ricaredo; el cual levantado del lecho, al parecer de sus padres por milagro, no quiso tenerles mas tiempo ocultos sus pensamientos; y así un dia se los manifestó á su madre, diciéndole en el fin de su plática, que fué larga, que si no le casaban con Isabela, que el negársela y darle la muerte era todo una misma cosa: con tales encarecimientos subió al cielo las virtudes de Isabela Ricaredo, que le pareció á su madre que Isabela era la engañada en llevar á su hijo por esposo. Dió buenas esperanzas á su hijo de disponer á su padre á que con gusto viniese en lo que ya ella tambien venia; y así fué, que diciendo á su marido las mismas razones que á ella habia dicho su hijo, con facilidad le movió á querer lo que tanto su hijo deseaba, fabricando escusas que impidiesen el casamiento que casi tenia concertado con la doncella de Escocia.
Á esta sazon tenia Isabela catorce, y Ricaredo veinte años, y en esta tan verde y tan florida edad su mucha discrecion y conocida prudencia los hacia ancianos.
Cuatro dias faltaban para llegarse aquel en el cual los padres de Ricaredo querian que su hijo inclinase el cuello al yugo santo del matrimonio, teniéndose por prudentes y dichosísimos de haber escogido á su prisionera por su hija, teniendo en mas la dote de sus virtudes que la mucha riqueza que con la escocesa se les ofrecia: las galas estaban ya á punto, los parientes y los amigos convidados, y no faltaba otra cosa sino hacer á la reina sabedora de aquel concierto, porque sin su voluntad y consentimiento entre los de ilustre sangre no se efectúa casamiento alguno; pero no dudaron de la licencia, y así se detuvieron en pedirla. Digo pues que estando todo en este estado, cuando faltaban los cuatro dias hasta el de la boda, una tarde turbó todo su regocijo un ministro de la reina, que dió un recaudo á Clotaldo, que su Majestad mandaba que otro dia por la mañana llevasen á su presencia á su prisionera la española de Cádiz. Respondióle Clotaldo que de muy buena gana haria lo que su Majestad le mandaba. Fuése el ministro, y dejó llenos los pechos de todos de turbacion, de sobresalto y miedo.
—¡Ay, decia la señora Catalina, si sabe la reina que yo he criado á esta niña á lo católico, de aquí viene á inferir que todos los desta casa somos cristianos! pues si la reina le pregunta qué es lo que ha aprendido en ocho años que ha que es prisionera, ¿qué ha de responder la cuitada que no nos condene, por mas discrecion que tenga?
Oyendo lo cual Isabela, le dijo:
—No le dé pena alguna, señora mia, ese temor, que yo confío en el cielo, que me ha de dar palabras en aquel instante por su divina misericordia, que no solo no os condenen, sino que redunden en provecho vuestro.
Temblaba Ricaredo, casi como adivino de algun mal suceso. Clotaldo buscaba modos que pudiesen dar ánimo á su mucho temor, y no los hallaba sino en la mucha confianza que en Dios tenia y en la prudencia de Isabela, á quien encomendó mucho que por todas las vias que pudiese escusase el condenallos por católicos; que puesto que estaban prontos con el espíritu á recebir martirio, todavía la carne enferma rehusaba su amarga carrera. Una y muchas veces les aseguró Isabela estuviesen seguros que por su causa no sucederia lo que temian y sospechaban; porque aunque ella entónces no sabia lo que habia de responder á las preguntas que en tal caso le hiciesen, tenia viva y cierta esperanza que habia de responder de modo que, como otra vez habia dicho, sus respuestas les sirviesen de abono.
Discurrieron aquella noche en muchas cosas, especialmente en que si la reina supiera que eran católicos, no les enviaria recaudo tan manso, por donde se podia inferir que solo queria ver á Isabela, cuya sin igual hermosura y habilidades habrian llegado á sus oidos como á todos los de la ciudad; pero ya en no habérsela presentado se hallaban culpados, de la cual culpa hallaron seria bien disculparse con decir, que desde el punto que entró en su poder la escogieron y señalaron para esposa de su hijo Ricaredo; pero tambien en esto se culpaban, por haber hecho el casamiento sin licencia de la reina, aunque esta culpa no les pareció digna de gran castigo.
Con esto se consolaron, y acordaron que Isabela no fuese vestida humildemente como prisionera, sino como esposa, pues ya lo era de tan principal esposo como su hijo.
Resueltos en esto, otro dia vistieron á Isabela á la española, con una saya entera de raso verde acuchillada, y forrada en rica tela de oro, tomadas las cuchilladas con unas eses de perlas, y toda ella bordada de riquísimas perlas: collar y cintura de diamantes, y con abanico á modo de las señoras damas españolas: sus mismos cabellos, que eran muchos, rubios y largos, entretejidos y sembrados de diamantes y perlas, le servian de tocado. Con este adorno riquísimo, y con su gallarda disposicion y milagrosa belleza, se mostró aquel dia á Lóndres sobre una hermosa carroza, llevando colgados de su vista las almas y los ojos de cuantos la miraban. Iban con ella Clotaldo y su mujer, y Ricaredo en la carroza, y á caballo muchos ilustres parientes suyos. Toda esta honra quiso hacer Clotaldo á su prisionera, por obligar á la reina la tratase como á esposa de su hijo.
Llegados pues á palacio, y á una gran sala donde la reina estaba, entró por ella Isabela, dando de sí la mas hermosa muestra que pudo caber en humana imaginacion. Era la sala grande y espaciosa, y á dos pasos se quedó el acompañamiento, y se adelantó Isabela, y como quedó sola, pareció lo mismo que parece la estrella ó exhalacion que por la region del fuego en serena y sosegada noche suele moverse, ó bien ansí como rayos del sol que al salir el dia, por entre dos montañas se descubre: todo esto pareció, y aun cometa que pronosticó el incendio de mas de una alma de los que allí estaban, á quien amor abrasó con los rayos de los hermosos soles de Isabela. La cual, llena de humildad y cortesía, se fué á poner de hinojos ante la reina, y en lengua inglesa le dijo:
—Dé vuestra Majestad las manos á esta su sierva, que desde hoy mas se tendrá por señora, pues ha sido tan venturosa que ha llegado á ver la grandeza vuestra.
Estúvola la reina mirando por un buen espacio, sin hablarle palabra, pareciéndole, como despues dijo á su camarera, que tenia delante un cielo estrellado, cuyas estrellas eran las muchas perlas y diamantes que Isabela traia, su bello rostro y sus ojos el sol y la luna, y toda ella una nueva maravilla de hermosura. Las damas que estaban con la reina quisieran hacerse todas ojos, porque no les quedase cosa por mirar en Isabela: cuál alababa la viveza de sus ojos, cuál la color del rostro, cuál la gallardía del cuerpo y cuál la dulzura de la habla, y tal hubo que de pura invidia, dijo:
—Buena es la española, pero no me contenta el traje.
Despues que pasó algun tanto la suspension de la reina, haciendo levantar á Isabela, le dijo:
—Habladme en español, doncella, que yo le entiendo bien, y gustaré dello.
Y volviéndose á Clotaldo, dijo:
—Clotaldo, agravio me habeis hecho en tenerme este tesoro tantos años ha encubierto; mas él es tal que os habrá movido á codicia: obligado estais á restituírmele, porque de derecho es mio.
—Señora, respondió Clotaldo, mucha verdad es lo que vuestra Majestad dice: confieso mi culpa, si lo es haber guardado este tesoro á que estuviese en la perfeccion que convenia para parecer ante los ojos de vuestra Majestad; y ahora que lo está, pensaba traerle mejorado, pidiendo licencia á vuestra Majestad, para que Isabela fuese esposa de mi hijo Ricaredo, y daros, alta Majestad, en los dos todo cuanto puedo daros.
—Hasta el nombre me contenta, respondió la reina; no le faltaba mas sino llamarse Isabela la española, para que no me quedase nada de perfeccion que desear en ella; pero advertid, Clotaldo, que sé que sin mi licencia la teníades prometida á vuestro hijo.
—Así es verdad, señora, respondió Clotaldo; pero fué en confianza que los muchos y relevados servicios que yo y mis pasados tenemos hechos á esta corona, alcanzarian de vuestra Majestad otras mercedes mas dificultosas que las desta licencia: cuanto mas que aun no está desposado mi hijo.
—Ni lo estará, dijo la reina, con Isabela hasta que por sí mismo lo merezca; quiero decir, que no quiero que para esto le aprovechen vuestros servicios, ni de sus pasados: él por sí mismo se ha de disponer á servirme, y á merecer por sí esta prenda, que yo la estimo como si fuese mi hija.
Apénas oyó esta última palabra Isabela, cuando se volvió á hincar de rodillas ante la reina, diciéndole en lengua castellana:
—Las desgracias que tales descuentos traen, serenísima señora, ántes se han de tener por dichas que por desventuras: ya vuestra Majestad me ha dado nombre de hija: sobre tal prenda ¿qué males podré temer, ó qué bienes no podré esperar?
Con tanta gracia y donaire decia cuanto decia Isabela, que la reina se le aficionó en estremo, y mandó que se quedase en su servicio, y se la entregó á una gran señora, su camarera mayor, para que la enseñase el modo de vivir suyo.
Ricaredo que se vió quitar la vida en quitarle á Isabela, estuvo á pique de perder el juicio; y así temblando y con sobresalto se fué á poner de rodillas ante la reina, á quien dijo:
—Para servir yo á vuestra Majestad no es menester incitarme con otros premios que con aquellos que mis padres y mis pasados han alcanzado por haber servido á sus reyes; pero pues vuestra Majestad gusta que yo la sirva con nuevos deseos y pretensiones, querria saber en qué modo, en qué ejercicio podré mostrar que cumplo con la obligacion en que vuestra Majestad me pone.
—Dos navíos, respondió la Reina, están para partirse en corso, de los cuales he hecho general al baron de Lansac: del uno dellos os hago á vos capitan; porque la sangre de do venís me asegura que ha de suplir la falta de vuestros años; y advertid á la merced que os hago, pues os doy ocasion en ella á que correspondiendo á quien sois, sirviendo á vuestra reina, mostreis el valor de vuestro ingenio y de vuestra persona, y alcanceis el mejor premio que á mi parecer vos mismo podeis acertar á desearos: yo misma os seré guarda de Isabela, aunque ella da muestras que su honestidad será su mas verdadera guarda: id con Dios, que pues vais enamorado, como imagino, grandes cosas me prometo de vuestras hazañas: felice fuera el rey batallador que tuviera en su ejército diez mil soldados amantes, que esperaran que el premio de sus victorias habia de ser gozar de sus amadas. Levantáos, Ricaredo, y mirad si teneis ó quereis decir algo á Isabela, porque mañana ha de ser vuestra partida.
Besó las manos Ricaredo á la reina, estimando en mucho la merced que le hacia, y luego se fué á hincar de rodillas ante Isabela, y queriéndola hablar no pudo, porque se le puso un nudo en la garganta, que le ató la lengua, y las lágrimas acudieron á los ojos, y él acudió á disimularlas lo mas que le fué posible; pero con todo eso no se pudieron encubrir á los ojos de la reina, pues dijo:
—No os afrenteis, Ricaredo, de llorar, ni os tengais en ménos por haber dado en este trance tan tiernas muestras de vuestro corazon, que una cosa es pelear con los enemigos, y otra despedirse de quien bien se quiere: abrazad, Isabela, á Ricaredo, y dadle vuestra bendicion, que bien lo merece su sentimiento.
Isabela, que estaba suspensa y atónita de ver la humildad y dolor de Ricaredo, que como á su esposo le amaba, no entendió lo que la reina le mandaba, ántes comenzó á derramar lágrimas tan sin pensar lo que hacia, y tan ciega y tan sin movimiento alguno, que no parecia sino que lloraba una estatua de alabastro. Estos afectos de los dos amantes, tan tiernos y tan enamorados, hicieron verter lágrimas á muchos de los circunstantes, y sin hablar mas palabra Ricaredo y sin haberle hablado alguna á Isabela, haciendo Clotaldo y los que con él venian reverencia á la reina, se salieron de la sala, llenos de compasion, de despecho y de lágrimas.
Quedó Isabela como huérfana que acaba de enterrar sus padres, y con temor que la nueva señora quisiese que mudase las costumbres en que la primera la habia criado. En fin, se quedó, y de allí á dos dias Ricaredo se hizo á la vela, combatido entre otros muchos de dos pensamientos que le tenian fuera de sí: era el uno considerar que le convenia hacer hazañas que le hiciesen merecedor de Isabela, y el otro que no podia hacer ninguna, si habia de responder á su católico intento, que le impedia no desenvainar la espada contra católicos, y si no la desenvainaba, habia de ser notado de cristiano, ó de cobarde, y todo esto redundaba en perjuicio de su vida y en obstáculo de su pretension. Pero en fin, determinó de posponer al gusto de enamorado el que tenia de ser católico, y en su corazon pedia al cielo le deparase ocasiones, donde con ser valiente cumpliese con ser cristiano, dejando á su reina satisfecha y á Isabela merecida.
Seis dias navegaron los dos navíos con próspero viento, siguiendo la derrota de las islas Terceras, paraje donde nunca faltan ó naves portuguesas de las Indias orientales, ó algunas derrotadas de las occidentales. Y al cabo de los seis dias les dió de costado un recísimo viento que en el mar Océano tiene otro nombre que en el Mediterráneo, donde se llama mediodía, el cual viento fué tan durable y tan recio, que sin dejarles tomar las islas, les fué forzoso correr á España; y junto á su costa, á la boca del estrecho de Gibraltar, descubrieron tres navíos, uno poderoso y grande, y los dos pequeños: arribó la nave de Ricaredo á su capitana por saber de su general si queria embestir á los tres navíos que se descubrian; y ántes que á ella llegase, vió poner sobre la gavia mayor un estandarte negro, y llegándose mas cerca, oyó que tocaban en la nave clarines y trompetas roncas, señales claras ó que el general era muerto, ó alguna otra principal persona de la nave. Con este sobresalto llegaron á poderse hablar, que no lo habian hecho despues que salieron del puerto; dieron voces de la nave capitana diciendo que el capitan Ricaredo pasase á ella, porque el general la noche ántes habia muerto de una apoplejía. Todos se entristecieron, si no fué Ricaredo que se alegró, no por el daño de su general, sino por ver que quedaba él libre para mandar en los dos navíos; que así fué la órden de la reina, que faltando el general, lo fuese Ricaredo, el cual con presteza se pasó á la capitana, donde halló que unos lloraban por el general muerto, y otros se alegraban con el vivo: finalmente los unos y los otros le dieron luego la obediencia, y le aclamaron por su general con breves ceremonias, no dando lugar á otra cosa dos de los tres navíos que habian descubierto, los cuales desviándose del grande, á las dos naves se venian.
Luego conocieron ser galeras y turquescas, por las medias lunas que en las banderas traian, de que recebió gran gusto Ricaredo, pareciéndole que aquella presa, si el cielo se la concediese, seria de consideracion, sin haber ofendido á ningun católico. Las dos galeras turquescas llegaron á reconocer los navíos ingleses, los cuales no traian insignias de Ingalaterra, sino de España, por desmentir á quien llegase á reconocellos, y no los tuviesen por navíos de cosarios. Creyeron los turcos ser naves derrotadas de las Indias, y que con facilidad las rendirian. Fuéronse entrando poco á poco, y de industria los dejó llegar Ricaredo hasta tenerlos á gusto de su artillería, la cual mandó disparar á tan buen tiempo, que con cinco balas dió en la mitad de una de las galeras con tanta furia, que la abrió por medio toda; dió luego á la banda, y comenzó á irse á pique sin poderse remediar. La otra galera, viendo tan mal suceso, con mucha priesa le dió cabo, y le llevó á poner debajo del costado del gran navío; pero Ricaredo que tenia los suyos prestos y lijeros, que salian y entraban como si tuvieran remos, mandando cargar de nuevo la artillería, los fué siguiendo hasta la nave, lloviendo sobre ellos infinidad de balas.
Los de la galera abierta así como llegaron á la nave la desampararon, y con priesa y celeridad procuraban acogerse á la nave. Lo cual visto por Ricaredo, y que la galera sana se ocupaba con la rendida, cargó sobre ella con sus dos navíos, y sin dejarla rodear ni valerse de los remos, la puso en estrecho, que los turcos se aprovecharon ansimismo del refugio de acogerse á la nave, no para defenderse en ella, sino por escapar las vidas por entónces.
Los cristianos, de quien venian armadas las galeras, arrancando las branzas y rompiendo las cadenas, mezclados con los turcos, tambien se recogieron á la nave, y como iban subiendo por su costado, con la arcabucería de los navíos los iban tirando como al blanco; á los turcos no mas, que á los cristianos mandó Ricaredo que nadie los tirase. Desta manera casi todos los mas turcos fueron muertos, y los que en la nave entraron, por los cristianos que con ellos se mezclaron aprovechándose de sus mismas armas, fueron hechos pedazos; que la fuerza de los valientes cuando caen, se pasa á la flaqueza de los que se levantan: y así con el calor que les daba á los cristianos pensar que los navíos ingleses eran españoles, hicieron por su libertad maravillas. Finalmente, habiendo muerto casi todos los turcos, algunos españoles se pusieron á bordo del navío, y á grandes voces llamaron á los que pensaban ser españoles, entrasen á gozar el premio del vencimiento.
Preguntándoles Ricaredo en español que ¿qué navío era aquel? respondieron que era una nave que venia de la India de Portugal, cargada de especería, y con tantas perlas y diamantes, que valia mas de un millon de oro, y que con tormenta habia arribado á aquella parte, toda destruida y sin artillería, por haberla echado á la mar la gente enferma y casi muerta de sed y de hambre, y que aquellas dos galeras, que eran del cosario Arnaute Mamí, el dia ántes la habian rendido, sin haberse puesto en defensa, y que á lo que habian oido decir, por no poder pasar tanta riqueza á sus dos bajeles, la llevaban á jorro para meterla en el rio de Larache, que estaba allí cerca.
Ricaredo les respondió que si ellos pensaban que aquellos dos navíos eran españoles, se engañaban, que no eran sino de la señora reina de Ingalaterra, cuya nueva dió que pensar y que temer á los que la oyeron, pensando, como era razon que pensasen, que de un lazo habian caido en otro. Pero Ricaredo les dijo que no temiesen algun daño, y que estuviesen ciertos de su libertad, con tal que no se pusiesen en defensa.
—Ni es posible ponernos en ella, respondieron; porque, como se ha dicho, este navío no tiene artillería, ni nosotros armas: así que nos es forzoso acudir á la gentileza y liberalidad de vuestro general; pues será justo que quien nos ha librado del insufrible cautiverio de los turcos, lleve adelante tan gran merced y beneficio, pues le podrá hacer famoso en todas las partes, que serán infinitas, donde llegare la nueva desta memorable vitoria y de su liberalidad, mas de nosotros esperada que temida.
No le parecieron mal á Ricaredo las razones del español, y llamando á consejo los de su navío, les preguntó cómo haria para enviar todos los cristianos á España, sin ponerse á peligro de algun siniestro suceso, si el ser tantos les daba ánimo para levantarse. Pareceres hubo, que los hiciese pasar uno á uno á su navío, y así como fuesen entrando debajo de cubierta, matarles, y desta manera matarlos á todos, y llevar la gran nave á Lóndres sin temor ni cuidado alguno.
Á esto respondió Ricaredo:
—Pues que Dios nos ha hecho tan gran merced en darnos tanta riqueza, no quiero corresponderle con ánimo cruel y desagradecido, ni es bien que lo que puedo remediar con la industria, lo remedie con la espada; y así soy de parecer que ningun cristiano católico muera, no porque los quiero bien, sino porque me quiero á mí muy bien, y querria que esta hazaña de hoy ni á mí ni á vosotros, que en ella me habeis sido compañeros, nos diese, mezclado con el nombre de valientes, el renombre de crueles, porque nunca dijo bien la crueldad con la valentía: lo que se ha de hacer es que toda la artillería de un navío destos se ha de pasar á la gran nave portuguesa, sin dejar en el navío otras armas ni otra cosa mas del bastimento, y no alejando la nave de nuestra gente, la llevaremos á Ingalaterra, y los españoles se irán á España.
Nadie osó contradecir lo que Ricaredo habia propuesto, y algunos le tuvieron por valiente y magnánimo y de buen entendimiento; otros le juzgaron en sus corazones por mas católico que debia. Resuelto pues en esto Ricaredo, pasó con cincuenta arcabuceros á la nave portuguesa, todos alerta y con las cuerdas encendidas: halló en la nave casi trecientas personas, de las que habian escapado de las galeras: pidió luego el registro de la nave, y respondióle aquel mismo que desde el borde le habló la vez primera, que el registro le habia tomado el cosario de los bajeles, que con ellos se habia ahogado. Al instante puso el torno en órden, y acostando su segundo bajel á la gran nave, con maravillosa presteza y con fuerza de fortísimos cabestrantes, pasaron la artillería del pequeño bajel á la mayor nave: luego haciendo una breve plática á los cristianos, les mandó pasar al bajel desembarazado, donde hallaron bastimento en abundancia para mas de un mes y para mas gente; y así como se iban embarcando, dió á cada uno cuatro escudos de oro españoles, que hizo traer de su navío, para remediar en parte su necesidad cuando llegasen á tierra, que estaba tan cerca, que las altas montañas de Ávila y Calpe desde allí se parecian. Todos le dieron infinitas gracias por la merced que les hacia, y el último que se iba á embarcar fué aquel que por los demas habia hablado, el cual le dijo:
—Por mas ventura tuviera, valeroso caballero, que me llevaras contigo á Ingalaterra, que no que me enviaras á España, porque aunque es mi patria, y no habrá sino seis dias que della partí, no he de hallar en ella otra cosa que no sea de ocasiones de tristezas y soledades mias: sabrás, señor, que en la pérdida de Cádiz, que sucedió habrá quince años, perdí una hija que los ingleses debieron de llevar á Ingalaterra, y con ella perdí el descanso de mi vejez y la luz de mis ojos, que despues que no la vieron, nunca han visto cosa que de su gusto sea: el grave descontento en que me dejó su pérdida y la de la hacienda, que tambien me faltó, me pusieron de manera, que ni mas quise, ni mas pude ejercitar la mercancía, cuyo trato me habia puesto en opinion de ser el mas rico mercader de toda la ciudad: y así era la verdad, pues fuera del crédito, que pasaba de muchos centenares de millares de escudos, valia mi hacienda dentro de las puertas de mi casa mas de cincuenta mil ducados: todo lo perdí, y no hubiera perdido nada, como no hubiera perdido á mi hija: tras esta general desgracia, y tan particular mia, acudió la necesidad á fatigarme hasta tanto que no pudiéndola resistir, mi mujer y yo, que es aquella triste que allí está sentada, determinámos irnos á las Indias, comun refugio de los pobres generosos; y habiéndonos embarcado en un navío de aviso seis dias ha, á la salida de Cádiz dieron con el navío estos dos bajeles de cosarios, y nos cautivaron, donde se renovó nuestra desgracia y se confirmó nuestra desventura; y fuera mayor si los cosarios no hubieran tomado aquella nave portuguesa, que los entretuvo hasta haber sucedido lo que él habia visto.
Preguntóle Ricaredo cómo se llamaba su hija. Respondióle que Isabel. Con esto acabó de confirmarse Ricaredo en lo que ya habia sospechado, que era, que el que se lo contaba era el padre de su querida Isabela; y sin darle algunas nuevas della, le dijo que de muy buena gana llevaria á él y á su mujer á Lóndres, donde podria ser hallasen nuevas de la que deseaban: hízolos pasar luego á su capitana, poniendo marineros y guardas bastantes en la nao portuguesa. Aquella noche alzaron velas, y se dieron priesa á apartarse de las costas de España, porque el navío de los cautivos libres (entre los cuales tambien iban hasta veinte turcos, á quien tambien Ricaredo dió libertad, por mostrar que mas por su buena condicion y generoso ánimo se mostraba liberal, que por forzarle amor que á los católicos tuviese) rogó á los españoles que en la primera ocasion que se ofreciese, diesen entera libertad á los turcos, que ansimismo se le mostraron agradecidos.
El viento, que daba señales de ser próspero y largo, comenzó á calmar un tanto, cuya calma levantó gran tormenta de temor en los ingleses, que culpaban á Ricaredo y á su liberalidad, diciéndole que los libres podian dar aviso en España de aquel suceso, y que si acaso habia galeones de armada en el puerto, podian salir en su busca, y ponerlos en aprieto, y en término de perderse. Bien conocia Ricaredo que tenian razon; pero venciéndolos á todos con buenas razones, los sosegó; pero mas los quietó el viento que volvió á refrescar de modo, que dándole en todas las velas, sin tener necesidad de amainallas ni aun de templallas, dentro de nueve dias se hallaron á la vista de Lóndres, y cuando en él victoriosos volvieron, habria treinta que dél faltaban.
No quiso Ricaredo entrar en el puerto con muestras de alegría, por la muerte de su general, y así mezcló las señales alegres con las tristes: unas veces sonaban clarines regocijados, otras trompetas roncas: unas tocaban los atambores alegres y sobresaltadas armas, á quien con señas tristes y lamentables respondian los pífanos: de una gavia colgada puesta al reves una bandera de medias lunas sembrada: en otra se veia un luengo estandarte de tafetan negro, cuyas puntas besaban el agua. Finalmente, con estos tan contrarios estremos entró en el rio de Lóndres con su navío, porque la nave no tuvo fondo en él que la sufriese; y así se quedó en la mar á lo largo.
Estas tan contrarias muestras y señales tenian suspenso el infinito pueblo que desde la ribera les miraba: bien conocieron por algunas insignias que aquel navío menor era la capitana del baron de Lansac, mas no podian alcanzar cómo el otro navío se hubiese cambiado con aquella poderosa nave, que en la mar se quedaba; pero sacólos desta duda haber saltado en el esquife, armado de todas armas, ricas y resplandecientes, el valeroso Ricaredo, que á pié, sin esperar otro acompañamiento que aquel de un innumerable vulgo que le seguia, se fué á palacio, donde ya la reina puesta á unos corredores estaba esperando le trujesen la nueva de los navíos.
Estaba con la reina y con las otras damas Isabela vestida á la inglesa, y parecia tan bien como á la castellana: ántes que Ricaredo llegase, llegó otro que dió las nuevas á la reina de cómo Ricaredo venia. Alborotóse Isabela, oyendo el nombre de Ricaredo, y en aquel instante temió y esperó malos y buenos sucesos de su venida.
Era Ricaredo alto de cuerpo, gentil hombre y bien proporcionado: y como venia armado de peto, espaldar, gola y brazaletes, escarcelas, con unas armas milanesas de once vistas, grabadas y doradas, parecia en estremo bien á cuantos le miraban: no le cubria la cabeza morrion alguno, sino un sombrero de gran falda, de color leonado, con mucha diversidad de plumas terciadas á la valona: la espada ancha, los tiros ricos, las calzas á la esguízara. Con este adorno, y con el paso brioso que llevaba, algunos hubo que le compararon á Marte, dios de las batallas, y otros llevados de la hermosura de su rostro dicen que le compararon á Vénus, que para hacer alguna burla á Marte de aquel modo se habia disfrazado. En fin él llegó ante la reina. Puesto de rodillas le dijo:
—Alta Majestad, en fuerza de vuestra ventura y en consecucion de mi deseo, despues de haber muerto de una apoplejía el general de Lansac, quedando yo en su lugar, merced á la liberalidad vuestra, me deparó la suerte dos galeras turquescas que llevaban remolcando aquella gran nave que allí se parece: acometíla, pelearon vuestros soldados como siempre: echáronse á fondo los bajeles de los cosarios: en el uno de los nuestros en vuestro real nombre di libertad á los cristianos que del poder de los turcos escaparon: solo truje conmigo á un hombre y á una mujer, españoles, que por su gusto quisieron venir á ver la grandeza vuestra: aquella nave es de las que vienen de la India de Portugal, la cual por tormenta vino á dar en poder de los turcos, que con poco trabajo, por mejor decir sin ninguno, la rindieron, y segun dijeron algunos portugueses de los que en ella venian, pasa de un millon de oro el valor de la especería y otras mercancías de perlas y diamantes que en ella vienen: á ninguna cosa se ha tocado, ni los turcos habian llegado á ella; porque todo lo dedicó el cielo, y yo lo mandé guardar para vuestra Majestad, que con una joya sola que se me dé, quedaré en deuda de otras diez naves; la cual joya ya vuestra Majestad me la tiene prometida, que es á mi buena Isabela: con ella quedaré rico y premiado, no solo deste servicio, cual él sea, que á vuestra Majestad he hecho, sino de otros muchos que pienso hacer por pagar alguna parte del todo casi infinito que en esta joya vuestra Majestad me ofrece.
—Levantáos, Ricaredo, respondió la reina, y creedme que si por precio os hubiera de dar á Isabela, segun yo la estimo, no la pudiérades pagar ni con lo que trae esa nave, ni con lo que queda en las Indias: dóyosla porque os la prometí, y porque ella es digna de vos, y vos lo sois della: vuestro valor solo la merece; si vos habeis guardado las joyas de la nave para mí, yo os he guardado la joya vuestra para vos; y aunque os parezca que no hago mucho en volveros lo que es vuestro, yo sé que os hago mucha merced en ello; que las prendas que se compran á deseos y tienen su estimacion en el alma del comprador, aquello valen que vale una alma, que no hay precio en la tierra con que aprecialla: Isabela es vuestra, veisla allí; cuando quisiéredes podeis tomar su entera posesion, y creo será con su gusto, porque es discreta, y sabrá ponderar la amistad que le haceis, que no la quiero llamar merced, sino amistad; porque me quiero alzar con el nombre de que yo sola puedo hacerle mercedes: idos á descansar, y venidme á ver mañana, que quiero mas particularmente oir vuestras hazañas; y traedme esos dos que decís que de su voluntad han querido venir á verme, que se lo quiero agradecer.
Besóle las manos Ricaredo por las muchas mercedes que le hacia. Entróse la reina en una sala, y las damas rodearon á Ricaredo, y una dellas que habia tomado grande amistad con Isabela, llamada la señora Tansi, tenida por la mas discreta, desenvuelta y graciosa de todas, dijo á Ricaredo:
—¿Qué es esto, señor Ricaredo, qué armas son estas? ¿Pensábades por ventura que veníades á pelear con vuestros enemigos? Pues en verdad que aquí todas somos vuestras amigas, si no es la señora Isabela, que como española está obligada á no teneros buena voluntad.
—Acuérdese ella, señora Tansi, de tenerme alguna, que como yo esté en su memoria, dijo Ricaredo, yo sé que la voluntad será buena, pues no puede caber en su mucho valor y entendimiento y rara hermosura la fealdad de ser desagradecida.
Á lo cual respondió Isabela:
—Señor Ricaredo, pues he de ser vuestra, á vos está tomar de mí toda la satisfaccion que quisiéredes para recompensaros de las alabanzas que me habeis dado, y de las mercedes que pensais hacerme.
Estas y otras honestas razones pasó Ricaredo con Isabela y con las damas, entre las cuales habia una doncella de pequeña edad, la cual no hizo sino mirar á Ricaredo miéntras allí estuvo; alzábale las escarcelas, por ver qué traia debajo dellas, tentábale la espada, y con simplicidad de niña queria que las armas le sirviesen de espejo, llegándose á mirar de muy cerca en ellas; y cuando se hubo ido, volviéndose á las damas, dijo:
—Ahora, señoras, yo imagino que debe de ser cosa hermosísima la guerra, pues aun entre mujeres parecen bien los hombres armados.
—Y ¿cómo si parecen? respondió la señora Tansi; si no, mirad á Ricaredo, que no parece sino que el sol se ha bajado á la tierra, y en aquel hábito va caminando por la calle.
Rieron todas del dicho de la doncella y de la disparatada semejanza de Tansi; y no faltaron murmuradores que tuvieron por impertinencia el haber venido armado Ricaredo á palacio, puesto que halló disculpa en otros, que dijeron que como soldado lo pudo hacer para mostrar su gallarda bizarría.
Fué Ricaredo de sus padres, amigos, parientes y conocidos con muestras de entrañable amor recebido. Aquella noche se hicieron generales alegrías en Lóndres por su buen suceso.
Ya los padres de Isabela estaban en casa de Clotaldo, á quien Ricaredo habia dicho quién eran; pero que no les diesen nueva ninguna de Isabela hasta que él mismo se la diese. Este aviso tuvo la señora Catalina, su madre, y todos los criados y criadas de su casa. Aquella misma noche, con muchos bajeles, lanchas y barcos, y con no ménos ojos que lo miraban, se comenzó á descargar la gran nave, que en ocho dias no acabó de dar la mucha pimienta y otras riquísimas mercaderías que en su vientre encerradas tenia.
El dia que siguió á esta noche fué Ricaredo á palacio, llevando consigo al padre y madre de Isabela, vestidos de nuevo á la inglesa, diciéndoles que la reina queria verlos. Llegando todos donde la reina estaba en medio de sus damas, esperando á Ricaredo, á quien quiso lisonjear y favorecer con tener junto á sí á Isabela, vestida con aquel mismo vestido que llevó la vez primera, mostrándose no ménos hermosa ahora que entónces. Los padres de Isabela quedaron admirados y suspensos de ver tanta grandeza y bizarría junta. Pusieron los ojos en Isabela, y no la conocieron, aunque el corazon, presagio del bien que tan cerca tenian, les comenzó á saltar en el pecho, no con sobresalto que les entristeciese, sino con un no sé qué de gusto, que ellos no acertaban á entendelle. No consintió la reina que Ricaredo estuviese de rodillas ante ella: ántes le hizo levantar y sentar en una silla rasa, que para solo esto allí puesta tenian, inusitada merced para la altiva condicion de la reina, y alguno dijo á otro:
—Ricaredo no se sienta hoy sobre la silla que le han dado, sino sobre la pimienta que él trujo.
Otro acudió, y dijo:
—Ahora se verifica lo que comunmente se dice, que dádivas quebrantan peñas; pues las que ha traido Ricaredo han ablandado el duro corazon de nuestra reina.
Otro acudió, y dijo:
—Ahora que está tan bien ensillado, mas de dos se atreverán á correrle.
En efecto, de aquella nueva honra que la reina hizo á Ricaredo, tomó ocasion la envidia para nacer en muchos pechos de aquellos que mirándole estaban; porque no hay merced que el príncipe haga á su privado, que no sea una lanza que atraviese el corazon del envidioso. Quiso la reina saber de Ricaredo menudamente cómo habia pasado la batalla con los bajeles de los cosarios: él la contó de nuevo, atribuyendo la victoria á Dios y á los brazos valerosos de sus soldados, encareciéndoles á todos juntos, y particularizando algunos hechos de algunos que mas que los otros se habian señalado, con que obligó á la reina á hacer á todos merced, y en particular á los particulares; y cuando llegó á decir la libertad que en nombre de su Majestad habia dado á los turcos y cristianos, dijo:
—Aquella mujer y aquel hombre que allí están (señalando á los padres de Isabela) son los que dije ayer á vuestra Majestad, que con deseo de ver vuestra grandeza, encarecidamente me pidieron los trujese conmigo: ellos son de Cádiz, y de lo que ellos me han contado, y de lo que en ellos he visto y notado, sé que son gente principal y de valor.
Mandóles la reina que se llegasen cerca: alzó los ojos Isabela á mirar los que decian ser españoles, y mas de Cádiz, con deseo de saber si por ventura conocian á sus padres. Ansí como Isabela alzó los ojos, los puso en ella su madre y detuvo el paso para mirarla mas atentamente, y en la memoria de Isabela se comenzaron á despertar unas confusas noticias, que le querian dar á entender que en otro tiempo ella habia visto aquella mujer que delante tenia. Su padre estaba en la misma confusion, sin osar determinarse á dar crédito á la verdad que sus ojos le mostraban. Ricaredo estaba atentísimo á ver los afectos y movimientos que hacian las tres dudosas y perplejas almas, que tan confusas estaban entre el sí y el no de conocerse. Conoció la reina la suspension de entrambos, y aun el desasosiego de Isabela, porque la vió trasudar, y levantar la mano muchas veces á componerse el cabello.
En esto deseaba Isabela que hablase la que pensaba ser su madre: quizá los oidos la sacarian de la duda en que sus ojos la habian puesto. La reina dijo á Isabela que en lengua española dijese á aquella mujer y á aquel hombre le dijesen qué causa les habia movido á no querer gozar de la libertad que Ricaredo les habia dado, siendo la libertad la cosa mas amada, no solo de la gente de razon, mas aun de los animales que carecen della.
Todo esto preguntó Isabela á su madre, la cual sin responderle palabra, desatentadamente y medio tropezando se llegó á Isabela, y sin mirar á respeto, temores ni miramientos cortesanos, alzó la mano á la oreja derecha de Isabela, y descubrió un lunar negro que allí tenia, la cual señal acabó de certificar su sospecha; y viendo claramente ser Isabela su hija, abrazándose con ella dió una gran voz, diciendo:
—¡Oh hija de mi corazon! ¡Oh prenda cara del alma mia!
Y sin poder pasar adelante, se cayó desmayada en los brazos de Isabela.
Su padre, no ménos tierno que prudente, dió muestras de su sentimiento, no con otras palabras que con derramar lágrimas, que sesgamente su venerable rostro y barbas le bañaron. Juntó Isabela su rostro con el de su madre, y volviendo los ojos á su padre, de tal manera le miró, que le dió á entender el gusto y el descontento que de verlos allí su alma tenia. La reina, admirada de tal suceso, dijo á Ricaredo:
—Yo pienso, Ricaredo, que con vuestra discrecion se han ordenado estas vistas, y no sé si os diga que han sido acertadas, pues sabemos que así suele matar una súbita alegría como mata una tristeza.
Y diciendo esto, se volvió á Isabela, y la apartó de su madre, la cual, habiéndole echado agua en el rostro, volvió en sí, y estando un poco mas en su acuerdo, puesta de rodillas delante de la reina, le dijo:
—Perdone vuestra Majestad mi atrevimiento, que no es mucho perder los sentidos con la alegría del hallazgo desta amada prenda.
Respondióle la reina que tenia razon, sirviéndole de intérprete, para que lo entendiese, Isabela, la cual de la manera que se ha contado conoció á sus padres, y sus padres á ella, á los cuales mandó la reina quedar en palacio, para que despacio pudiesen ver y hablar á su hija, y regocijarse con ella; de lo cual Ricaredo se holgó mucho, y de nuevo pidió á la reina le cumpliese la palabra que le habia dado de dársela, si es que acaso la merecia; y de no merecerla, le suplicaba desde luego le mandase ocupar en cosas que le hiciesen digno de alcanzar lo que deseaba. Bien entendió la reina que estaba Ricaredo satisfecho de sí mismo y de su mucho valor, que no habia necesidad de nuevas pruebas para calificarle; y así le dijo que de allí á cuatro dias le entregaria á Isabela, haciendo á los dos la honra que á ella fuese posible.
Con esto se despidió Ricaredo contentísimo con la esperanza propincua que llevaba de tener en su poder á Isabela, sin sobresalto de perderla, que es el último deseo de los amantes.
Corrió el tiempo, y no con la lijereza que él quisiera; que los que viven con esperanzas de promesas venideras, siempre imaginan que no vuela el tiempo, sino que anda sobre los piés de la pereza misma. Pero en fin llegó el dia, no donde pensó Ricaredo poner fin á sus deseos, sino de hallar en Isabela gracias nuevas que le moviesen á quererla mas, si mas pudiese. Mas en aquel breve tiempo, donde él pensaba que la nave de su buena fortuna corria con próspero viento hácia el deseado puerto, la contraria suerte levantó en su mar tal tormenta, que mil veces temió anegarse.
Es pues el caso que la camarera mayor de la reina, á cuyo cargo estaba Isabela, tenia un hijo de edad de veinte y dos años, llamado el conde Arnesto. Hacíanle la grandeza de su estado, la alteza de su sangre, el mucho favor que su madre con la reina tenia; hacíanle, digo, estas cosas mas de lo justo arrogante, altivo y confiado. Este Arnesto pues se enamoró de Isabela tan encendidamente, que en la luz de los ojos de Isabela tenia abrasada el alma; y aunque en el tiempo que Ricaredo habia estado ausente, con algunas señales le habia descubierto su deseo, nunca de Isabela fué admitido; y puesto que la repugnancia y los desdenes en los principios de los amores suelen hacer desistir de la empresa á los enamorados, en Arnesto obraron lo contrario los muchos y conocidos desdenes que le dió Isabela, porque con sus celos ardia y con su honestidad se abrasaba: y como vió que Ricaredo, segun el parecer de la reina, tenia merecida á Isabela, y que en tan poco tiempo se le habia de entregar por mujer, quiso desesperarse; pero ántes que llegase á tan infame y tan cobarde remedio, habló á su madre, diciéndole pidiese á la reina le diese á Isabela por esposa, donde no, que pensase que la muerte estaba llamando á las puertas de su vida. Quedó la camarera admirada de las razones de su hijo, y como conocia la aspereza de su arrojada condicion, y la tenacidad con que se le pegaban los deseos en el alma, temió que sus amores habian de parar en algun infelice suceso. Con todo eso, como madre á quien es natural desear y procurar el bien de sus hijos, prometió al suyo de hablar á la reina, no con esperanza de alcanzar della el imposible de romper su palabra, sino por no dejar de intentar cómo no salir desahuciada de los últimos remedios.
Y estando aquella mañana Isabela vestida por órden de la reina tan ricamente, que no se atreve la pluma á contarlo, y habiéndole echado la misma reina al cuello una sarta de perlas de las mejores que traia la nave, que las apreciaron en veinte mil ducados, y puéstole un anillo de un diamante, que se apreció en seis mil escudos, y estando alborozadas las damas por la fiesta que esperaban del cercano desposorio, entró la camarera mayor á la reina, y de rodillas le suplicó suspendiese el desposorio de Isabela por otros dos dias, que con esta merced sola que su Majestad le hiciese, se tendria por satisfecha y pagada de todas las mercedes que por sus servicios merecia y esperaba.
Quiso saber la reina primero por qué le pedia con tanto ahinco aquella suspension, que tan derechamente iba contra la palabra que tenia dada á Ricaredo; pero no se la quiso dar la camarera hasta que le hubo otorgado que haria lo que le pedia: tanto deseo tenia la reina de saber la causa de aquella demanda. Y así despues que la camarera alcanzó lo que por entónces deseaba, contó á la reina los amores de su hijo, y cómo temia que si no le daban por mujer á Isabela, ó se habia de desesperar, ó hacer algun hecho escandaloso; y que si habia pedido aquellos dos dias, era por dar lugar á que su Majestad pensase qué medio seria á propósito y conveniente para dar á su hijo remedio.
La reina respondió que si su real palabra no estuviera de por medio, que ella hallara salida á tan cerrado laberinto, pero que no la quebrantaria ni defraudaria las esperanzas de Ricaredo por todo el interes del mundo. Esta respuesta dió la camarera á su hijo, el cual sin detenerse un punto, ardiendo en amor y en celos, se armó de todas armas, y sobre un fuerte y hermoso caballo se presentó ante la casa de Clotaldo, y á grandes voces pidió que se asomase Ricaredo á la ventana, el cual á aquella sazon estaba vestido de galas de desposado, y á punto para ir á palacio con el acompañamiento que tal acto requeria; mas habiendo oido las voces, y siéndole dicho quién las daba, y del modo que venia, con algun sobresalto se asomó á una ventana, y como le vió Arnesto, dijo:
—Ricaredo, estáme atento á lo que decirte quiero: la reina mi señora te mandó fueses á servirla, y á hacer hazañas que te hiciesen merecedor de la sin par Isabela: tú fuiste, y volviste cargadas las naves de oro, con el cual piensas haber comprado y merecido á Isabela; y aunque la reina mi señora te la ha prometido, ha sido creyendo que no hay ninguno en su corte que mejor que tú la sirva, ni quien con mejor título merezca á Isabela, y en esto bien podrá ser se haya engañado: y así llegándome á esta opinion que yo tengo por verdad averiguada, digo que ni tú has hecho cosas tales que te hagan merecer á Isabela, ni ninguna podrás hacer que á tanto bien te levante; y en razon de que no la mereces, si quisieres contradecirme, te desafío á todo trance de muerte.
Calló el conde, y desta manera le respondió Ricaredo:
—En ninguna manera me toca salir á vuestro desafío, señor conde, porque yo confieso, no solo que no merezco á Isabela, sino que no la merece ninguno de los que hoy viven en el mundo; así que contestando yo lo que vos decís, otra vez digo que no me toca vuestro desafío; pero yo le acepto por el atrevimiento que habeis tenido en desafiarme.
Con esto se quitó de la ventana, y pidió apriesa sus armas. Alborotáronse sus parientes, y todos aquellos que para ir á palacio habian venido á acompañarle. De la mucha gente que habia visto al conde Arnesto armado, y le habia oido las voces del desafío, no faltó quien lo fué á contar á la reina, la cual mandó al capitan de su guarda que fuese á prender al conde. El capitan se dió tanta priesa, que llegó á tiempo que ya Ricaredo salia de su casa, armado con las armas con que se habia desembarcado, puesto sobre un hermoso caballo.
Cuando el conde vió al capitan, luego imaginó á lo que venia, y determinó de no dejar prenderse, y alzando la voz contra Ricaredo, dijo:
—Ya ves, Ricaredo, el impedimento que nos viene; si tuvieres ganas de castigarme, tú me buscarás; y por la que yo tengo de castigarte, tambien te buscaré; y pues dos que se buscan fácilmente se hallan, dejemos para entónces la ejecucion de nuestros deseos.
—Soy contento, respondió Ricaredo.
En esto llegó el capitan con toda su guarda, y dijo al conde que fuese preso en nombre de su Majestad. Respondió el conde que sí quedaba; pero no para que lo llevasen á otra parte que á la presencia de la reina. Contentóse con esto el capitan, y cogiéndole en medio de la guarda le llevó á palacio ante la reina, la cual ya de su camarera estaba informada del amor grande que su hijo tenia á Isabela, y con lágrimas habia suplicado á la reina perdonase al conde, que como mozo y enamorado á mayores yerros estaba sujeto.
Llegó Arnesto ante la reina, la cual sin entrar con él en razones, le mandó quitar la espada, y llevar preso á una torre.
Todas estas cosas atormentaban el corazon de Isabela y de sus padres, que tan presto veian turbado el mar de su sosiego. Aconsejó la camarera á la reina que para sosegar el mal que podia suceder entre su parentela y la de Ricaredo, que se quitase la causa de por medio, que era Isabela, enviándola á España, y así cesarian los efectos que debian de temerse: añadiendo á estas razones decir que Isabela era católica, y tan cristiana que ninguna de sus persuasiones, que habian sido muchas, la habian podido torcer en nada de su católico intento. Á lo cual respondió la reina que por eso la estimaba en mas, pues tan bien sabia guardar la ley que sus padres la habian enseñado, y que en lo de enviarla á España no tratase, porque su hermosa presencia y sus muchas gracias y virtudes le daban mucho gusto, y que sin duda, si no aquel dia, otro se la habia de dar por esposa á Ricaredo, como se lo tenia prometido.
Con esta resolucion de la reina quedó la camarera tan desconsolada, que no le replicó palabra, y pareciéndole lo que ya le habia parecido, que si no era quitando á Isabela de por medio, no habia de haber medio alguno que la rigurosa condicion de su hijo ablandase ni redujese á tener paz con Ricaredo, determinó de hacer una de las mayores crueldades que pudo caber jamas en pensamiento de mujer principal, y tanto como ella lo era; y fué su determinacion matar con tósigo á Isabela: y como por la mayor parte sea la condicion de las mujeres ser prestas y determinadas, aquella misma tarde atosigó á Isabela en una conserva que le dió, forzándola que la tomase por ser buena contra las ansias de corazon que sentia.
Poco espacio pasó despues de haberla tomado, cuando á Isabela se le comenzó á hinchar la lengua y la garganta, y á ponérsele denegridos los labios, y á enronquecérsele la voz, turbársele los ojos y apretársele el pecho: todas conocidas señales de haberle dado veneno. Acudieron las damas á la reina, contándole lo que pasaba, y certificando que la camarera habia hecho aquel mal recaudo. No fué menester mucho para que la reina lo creyese, y así fué á ver á Isabela, que ya casi estaba espirando.
Mandó llamar la reina con priesa á sus médicos, y en tanto que tardaban, la hizo dar cantidad de polvos de unicornio, con otros muchos antídotos que los grandes príncipes suelen tener prevenidos para semejantes necesidades. Vinieron los médicos, y esforzaron los remedios, y pidieron á la reina hiciese decir á la camarera qué género de veneno le habia dado; porque no se dudaba que otra persona alguna sino ella la hubiese envenenado. Ella lo descubrió, y con esta noticia los médicos aplicaron tantos remedios y tan eficaces, que con ellos y con el ayuda de Dios quedó Isabela con vida, ó á lo ménos con esperanza de tenerla.
Mandó la reina prender á su camarera, y encerrarla en un aposento estrecho de palacio, con intencion de castigarla como su delito merecia, puesto que ella se disculpaba diciendo que en matar á Isabela hacia sacrificio al cielo, quitando de la tierra á una católica, y con ella la ocasion de las pendencias de su hijo.
Estas tristes nuevas oidas de Ricaredo, le pusieron en términos de perder el juicio: tales eran las cosas que hacia y las lastimeras razones con que se quejaba. Finalmente, Isabela no perdió la vida, que el quedar con ella la naturaleza lo conmutó en dejarla sin cejas, pestañas y sin cabello, el rostro hinchado, la tez perdida, los cueros levantados y los ojos lagrimosos. Finalmente quedó tan fea, que como hasta allí habia parecido un milagro de hermosura, entónces parecia un monstruo de fealdad. Por mayor desgracia tenian los que la conocian haber quedado de aquella manera, que si la hubiera muerto el veneno. Con todo esto, Ricaredo se la pidió á la reina, y le suplicó se la dejase llevar á su casa, porque el amor que la tenia pasaba del cuerpo al alma, y que si Isabela habia perdido su belleza, no podia haber perdido sus infinitas virtudes.
—Así es, dijo la reina, lleváosla, Ricaredo, y haced cuenta que llevais una riquísima joya encerrada en una caja de madera tosca: Dios sabe si quisiera dárosla como me la entregastes, pero pues no es posible, perdonadme; quizá el castigo que diere á la cometedora de tal delito satisfará en algo el deseo de la venganza.
Muchas cosas dijo Ricaredo á la reina disculpando á la camarera, y suplicándola la perdonase, pues las disculpas que daba eran bastantes para perdonar mayores insultos. Finalmente, le entregaron á Isabela y á sus padres, y Ricaredo los llevó á su casa, digo, á la de sus padres: á las ricas perlas y al diamante añadió otras joyas la reina y otros vestidos tales, que descubrieron el mucho amor que á Isabela tenia, la cual duró dos meses en su fealdad, sin dar indicio alguno de poder reducirse á su primera hermosura; pero al cabo deste tiempo comenzó á caérsele el cuero, y á descubrírsele su hermosa tez.
En este tiempo los padres de Ricaredo, pareciéndoles no ser posible que Isabela en sí volviese, determinaron enviar por la doncella de Escocia, con quien primero que con Isabela tenian concertado de casar á Ricaredo, y esto sin que él lo supiese, no dudando que la hermosura presente de la nueva esposa hiciese olvidar á su hijo la ya pasada de Isabela: á la cual pensaban enviar á España con sus padres, dándoles tanto haber y riquezas que recompensasen sus pasadas pérdidas. No pasó mes y medio, cuando sin sabiduría de Ricaredo la nueva esposa se le entró por las puertas, acompañada como quien ella era, y tan hermosa que despues de la Isabela, que solia ser, no habia otra tan bella en todo Lóndres.
Sobresaltóse Ricaredo con la improvisa vista de la doncella, y temió que el sobresalto de su venida habia de acabar la vida á Isabela; y así para templar este temor se fué al lecho donde Isabela estaba, y hallóla en compañía de sus padres, delante de los cuales dijo:
—Isabela de mi alma, mis padres con el grande amor que me tienen, aun no bien enterados del mucho que yo te tengo, han traido á casa una doncella escocesa, con quien ellos tenian concertado de casarme ántes que yo conociese lo que vales; y esto á lo que creo con intencion que la mucha belleza desta doncella borre de mi alma la tuya, que en ella estampada tengo: yo, Isabela, desde el punto que te quise, fué con otro amor de aquel que tiene su fin y paradero en el cumplimiento del sensual apetito; que puesto que tu corporal hermosura me cautivó los sentidos, tus infinitas virtudes me aprisionaron el alma, de manera que si hermosa te quise, fea te adoro, y para confirmar esta verdad, dame esa mano.
Y dándole ella la derecha y asiéndola él con la suya, prosiguió diciendo:
—Por la fe católica que mis cristianos padres me enseñaron, la cual si no está en la entereza que se requiere, por aquella juro que guarda el Pontífice romano, que es la que yo en mi corazon confieso, creo y tengo; y por el verdadero Dios que nos está oyendo, te prometo (¡oh Isabela, mitad de mi alma!) de ser tu esposo, y lo soy desde luego, si tú quieres levantarme á la alteza de ser tuyo.
Quedó suspensa Isabela con las razones de Ricaredo, y sus padres atónitos y pasmados. Ella no supo qué decir ni hacer otra cosa que besar muchas veces la mano de Ricaredo, y decirle con voz mezclada con lágrimas, que ella le aceptaba por suyo y se entregaba por su esclava. Besóla Ricaredo en el rostro feo, no habiendo tenido jamas atrevimiento de llegarse á él cuando hermoso.
Los padres de Isabela solemnizaron con tiernas y muchas lágrimas las fiestas del desposorio: Ricaredo les dijo que él dilataria el casamiento de la escocesa que ya estaba en casa, del modo que despues verian, y cuando su padre los quisiese enviar á España á todos tres, no lo rehusasen, sino que se fuesen y le aguardasen en Cádiz ó en Sevilla dos años, dentro de los cuales les daba su palabra de ser con ellos, si el cielo tanto tiempo le concedia de vida, y que si deste término pasase, tuviesen por cosa certísima que algun grande impedimento, ó la muerte, que era lo mas cierto, se habia opuesto á su camino.
Isabela le respondió que no solos dos años le aguardaria, sino todos aquellos de su vida hasta estar enterada que él no la tenia; porque en el punto que esto supiese, seria el mismo de su muerte. Con estas tiernas palabras se renovaron las lágrimas en todos, y Ricaredo salió á decir á sus padres como en ninguna manera se casaria, ni daria la mano á su esposa la escocesa, sin haber primero ido á Roma á asegurar su conciencia. Tales razones supo decir á ellos, y á los parientes que habian venido con Clisterna, que así se llamaba la escocesa, que como todos eran católicos fácilmente las creyeron; y Clisterna se contentó de quedar en casa de su suegro hasta que Ricaredo volviese, el cual pidió de término un año.
Esto ansí puesto y concertado, Clotaldo dijo á Ricaredo como determinaba enviar á España á Isabela y á sus padres, si la reina les daba licencia: quizá los aires de la patria apresurarian y facilitarian la salud que ya comenzaba á tener. Ricaredo, por no dar indicio de sus designios, respondió tibiamente á su padre que hiciese lo que mejor le pareciese; solo le suplicó que no quitase á Isabela ninguna cosa de las riquezas que la reina le habia dado. Prometióselo Clotaldo, y aquel mismo dia fué á pedir licencia á la reina, así para casar á su hijo con Clisterna, como para enviar á Isabela y á sus padres á España. De todo se contentó la reina, y tuvo por acertada la determinacion de Clotaldo: y aquel mismo dia sin acuerdo de letrados y sin poner á su camarera en tela de juicio, la condenó en que no sirviese mas su oficio, y en diez mil escudos de oro para Isabela; y al conde Arnesto por el desafío le desterró por seis años de Ingalaterra.
No pasaron cuatro dias, cuando ya Arnesto se puso á punto de salir á cumplir su destierro, y los dineros estuvieron juntos. La reina llamó á un mercader rico que habitaba en Lóndres, y era frances, el cual tenia correspondencia en Francia, Italia y España, al cual entregó los diez mil escudos y le pidió cédula para que se los entregasen al padre de Isabela en Sevilla ó en otra plaza de España. El mercader, descontados sus intereses y ganancias, dijo á la reina que las daria ciertas y seguras para Sevilla sobre otro mercader frances, su correspondiente, en esta forma: que él escribiria á Paris, para que allí se hiciesen las cédulas por otro correspondiente suyo, á causa que rezasen las fechas de Francia, y no de Ingalaterra, por el contrabando de la comunicacion de los dos reinos, y que bastaba llevar una letra de aviso suya sin fecha con sus contraseñas, para que luego diese el dinero el mercader de Sevilla, que ya estaria avisado del de Paris. En resolucion la reina tomó tales seguridades del mercader, que no dudó de ser cierta la paga; y no contenta con esto, mandó llamar á un patron de una nave flamenca, que estaba para partirse otro dia á Francia á solo tomar en algun puerto della testimonio para poder entrar en España á título de partir de Francia, y no de Ingalaterra, al cual pidió encarecidamente llevase en su nave á Isabela y á sus padres, y con toda seguridad y buen tratamiento los pusiese en un puerto de España, el primero á do llegase. El patron, que deseaba contentar á la reina, dijo que sí haria, y que los pondria en Lisboa, Cádiz ó Sevilla. Tomados pues los recaudos del mercader, envió la reina á decir á Clotaldo no quitase á Isabela todo lo que ella le habia dado, así de joyas como de vestidos.
Otro dia vinieron Isabela y sus padres á despedirse de la reina, que los recebió con mucho amor. Dióles la reina la carta del mercader, y otras muchas dádivas, así de dineros como de otras cosas de regalo para el viaje. Con tales razones se lo agradeció Isabela, que de nuevo dejó obligada á la reina para hacerle siempre mercedes: despidióse de las damas, las cuales como ya estaba fea, no quisieran que se partiese, viéndose libres de la envidia que á su hermosura tenian, y contentas de gozar de sus gracias y discreciones. Abrazó la reina á los tres, y encomendándolos á la buena ventura y al patron de la nave, y pidiendo á Isabela la avisase de su buena llegada á España, y siempre de su salud por la via del mercader frances, se despidió de Isabela y de sus padres, los cuales aquella misma tarde se embarcaron, no sin lágrimas de Clotaldo y de su mujer, y de todos los de su casa, de quien era en todo estremo bien querida. No se halló á esta despedida presente Ricaredo, que por no dar muestras de tiernos sentimientos aquel dia hizo que unos amigos suyos le llevasen á caza. Los regalos que la señora Catalina dió á Isabela para el viaje fueron muchos, los abrazos infinitos, las lágrimas en abundancia, las encomiendas de que la escribiese sin número, y los agradecimientos de Isabela y de sus padres correspondieron á todo; de suerte que aunque llorando, los dejaron satisfechos.
Aquella noche se hizo el bajel á la vela, y habiendo con próspero viento tocado en Francia, y tomado en ella los recaudos necesarios para poder entrar en España, de allí á treinta dias entró por la barra de Cádiz, donde desembarcaron Isabela y sus padres, y siendo conocidos de todos los de la ciudad, los recebieron con muestras de mucho contento. Recebieron mil parabienes del hallazgo de Isabela, y de la libertad que habian alcanzado ansí de los moros que los habian cautivado (habiendo sabido todo su suceso de los cautivos á que dió libertad la liberalidad de Ricaredo), como de la que habian alcanzado de los ingleses.
Ya Isabela en este tiempo comenzaba á dar grandes esperanzas de volver á cobrar su primera hermosura. Poco mas de un mes estuvieron en Cádiz, restaurando los trabajos de la navegacion, y luego se fueron á Sevilla por ver si salia cierta la paga de los diez mil escudos, que librados sobre el mercader frances traian. Dos dias despues de llegar á Sevilla le buscaron, y le hallaron, y le dieron la carta del mercader frances de la ciudad de Lóndres: él la reconoció, y dijo que hasta que de Paris le viniesen las letras y carta de aviso, no podia dar el dinero; pero que por momentos aguardaba el aviso. Los padres de Isabela alquilaron una casa principal frontero de Santa Paula, por ocasion que estaba monja en aquel santo monasterio una sobrina suya, única y estremada en la voz; y así por tenerla cerca, como por haber dicho Isabela á Ricaredo que si viniese á buscarla la hallaria en Sevilla, y le diria su casa su prima la monja de Santa Paula, y que para conocella no habia menester mas de preguntar por la monja que tenia la mejor voz en el monasterio, porque estas señas no se le podian olvidar.
Otros cuarenta dias tardaron de venir los avisos de Paris; y á dos que llegaron el mercader frances entregó los diez mil escudos á Isabela, y ella á sus padres, y con ellos, y con algunos mas que hicieron vendiendo algunas de las muchas joyas de Isabela, volvió su padre á ejercitar su oficio de mercader, no sin admiracion de los que sabian sus grandes pérdidas. En fin, en pocos meses fué restaurando su perdido crédito, y la belleza de Isabela volvió á su ser primero, de tal manera que en hablando de hermosas, todos daban el lauro á la Española inglesa, que tanto por este nombre, como por su hermosura, era de toda la ciudad conocida. Por la órden del mercader frances de Sevilla escribieron Isabela y sus padres á la reina de Ingalaterra su llegada, con los agradecimientos y sumisiones que requerian las muchas mercedes della recebidas: asimismo escribieron á Clotaldo y á su señora Catalina, llamándolos Isabela padres, y sus padres señores. De la reina no tuvieron respuesta; pero de Clotaldo y de su mujer sí, donde les daban el parabien de la llegada á salvo, y los avisaban como su hijo Ricaredo otro dia despues que ellos se hicieron á la vela se habia partido á Francia, y de allí á otras partes, donde le convenia ir para seguridad de su conciencia, añadiendo á estas otras razones y cosas de mucho amor y de muchos ofrecimientos. Á la cual carta respondieron con otra no ménos cortés y amorosa que agradecida.
Luego imaginó Isabela que el haber dejado Ricaredo á Ingalaterra, seria para venirla á buscar á España; y alentada con esta esperanza vivia la mas contenta del mundo, y procuraba vivir de manera que cuando Ricaredo llegase á Sevilla, ántes le diese en los oidos la fama de sus virtudes, que el conocimiento de su casa. Pocas ó ninguna vez salia de su casa sino para el monasterio: no ganaba otros jubileos que aquellos que en el monasterio se ganaban. Desde su casa y desde su oratorio andaba con el pensamiento los viérnes de cuaresma la santísima estacion de la cruz, y los siete venideros del Espíritu Santo: jamas visitó el rio, ni pasó á Triana, ni vió el comun regocijo en el campo de Tablada y puerta de Jerez el dia, si le hace claro, de San Sebastian, celebrado de tanta gente que apénas se puede reducir á número: finalmente, no vió regocijo público, ni otra fiesta en Sevilla: todo lo libraba en su recogimiento, y en sus oraciones y buenos deseos, esperando á Ricaredo. Este su grande retraimiento tenia abrasados y encendidos los deseos, no solo de los pisaverdes del barrio, sino de todos aquellos que una vez la hubiesen visto: de aquí nacieron músicas de noche en su calle, y carreras de dia. Deste no dejar verse y desearlo muchos, crecieron las alhajas de las terceras, que prometieron mostrarse primas y únicas en solicitar á Isabela, y no faltó quien se quiso aprovechar de lo que llaman hechizos, que no son sino embustes y disparates; pero á todo esto estaba Isabela como roca en mitad de la mar, que la tocan, pero no la mueven las olas ni los vientos.
Año y medio era ya pasado, cuando la esperanza propincua de los dos años por Ricaredo prometidos, comenzó con mas ahinco que hasta allí á fatigar el corazon de Isabela; y cuando ya le parecia que su esposo llegaba, y que le tenia ante los ojos, y le preguntaba qué impedimentos le habian detenido tanto; cuando ya llegaban á sus oidos las disculpas de su esposo, y cuando ya ella le perdonaba y le abrazaba, y como á mitad de su alma le recebia, llegó á sus manos una carta de la señora Catalina, fecha en Lóndres cincuenta dias habia: venia en lengua inglesa; pero leyéndola en español, vió que así decia:
«Hija de mi alma: Bien conociste á Guillarte el paje de Ricaredo: este se fué con él al viaje, que por otra te avisé que Ricaredo á Francia y á otras partes habia hecho el segundo dia de tu partida; pues este mismo Guillarte, á cabo de diez y seis meses que no habíamos sabido de mi hijo, entró ayer por nuestra puerta con nuevas que el conde Arnesto habia muerto á traicion en Francia á Ricaredo. Considera, hija, cuál quedaríamos su padre y yo, y su esposa con tales nuevas: tales digo, que aun no nos dejaron poner en duda nuestra desventura. Lo que Clotaldo y yo te rogamos otra vez, hija de mi alma, es que encomiendes muy de veras á Dios la de Ricaredo, que bien merece este beneficio el que tanto te quiso como tú sabes: tambien pedirás á nuestro Señor nos dé á nosotros paciencia y buena muerte, á quien nosotros tambien pediremos y suplicaremos te dé á tí y á tus padres largos años de vida.»
Por la letra y por la firma no le quedó que dudar á Isabela para no creer la muerte de su esposo: conocia muy bien al paje Guillarte, y sabia que era verdadero, y que de suyo no habria querido ni tenia para qué fingir aquella muerte, ni ménos su madre la señora Catalina la habria fingido, por no importarle nada enviarle nuevas de tanta tristeza: finalmente, ningun discurso que hizo, ninguna cosa que imaginó le pudo quitar del pensamiento no ser verdadera la nueva de su desventura.
Acabada de leer la carta, sin derramar lágrimas, ni dar señales de doloroso sentimiento, con sesgo rostro y al parecer con sosegado pecho se levantó de un estrado donde estaba sentada, y se entró en un oratorio, y hincándose de rodillas ante la imágen de un devoto crucifijo, hizo voto de ser monja, pues lo podia ser teniéndose por viuda. Sus padres disimularon y encubrieron con discrecion la pena que les habia dado la triste nueva, por poder consolar á Isabela en la amarga que sentia; la cual, casi como satisfecha de su dolor, templándole con la santa y cristiana resolucion que habia tomado, ella consolaba á sus padres, á los cuales descubrió su intento, y ellos le aconsejaron que no le pusiese en ejecucion hasta que pasasen los dos años que Ricaredo habia puesto por término á su venida, que con esto se confirmaria la verdad de la muerte de Ricaredo, y ella con mas seguridad podia mudar de estado. Ansí lo hizo Isabela, y los seis meses y medio que quedaban para cumplirse los dos años, los pasó en ejercicios de religiosa, y en concertar la entrada del monasterio, habiendo elegido el de Santa Paula, donde estaba su prima.
Pasóse el término de los dos años, y llegóse el dia de tomar el hábito, cuya nueva se estendió por la ciudad, y de los que conocian de vista á Isabela, y de aquellos que por sola su fama, se llenó el monasterio y la poca distancia que dél á la casa de Isabela habia; y convidando su padre á sus amigos, y aquellos á otros, hicieron á Isabela uno de los mas honrados acompañamientos que en semejantes actos se habian visto en Sevilla. Hallóse en él el asistente, y el provisor de la Iglesia, y vicario del arzobispo, con todas las señoras y señores de título que habia en la ciudad: tal era el deseo que en todos habia de ver el sol de la hermosura de Isabela, que tantos meses se les habia eclipsado: y como es costumbre de las doncellas que van á tomar el hábito ir lo posible galanas y bien compuestas, como quien en aquel punto echa el resto de la bizarría y se descarta della, quiso Isabela ponerse lo mas bizarra que fué posible; y así se vistió con aquel vestido mismo que llevó cuando fué á ver á la reina de Ingalaterra, que ya se ha dicho cuán rico y cuán vistoso era: salieron á luz las perlas y el famoso diamante, con el collar y cintura, que asimismo era de mucho valor. Con este adorno y con su gallardía, dando ocasion para que todos alabasen á Dios en ella, salió Isabela de su casa á pié, que el estar tan cerca el monasterio escusó los coches y carrozas: el concurso de la gente fué tanto, que les pesó de no haber entrado en los coches, porque no les daban lugar de llegar al monasterio: unos bendecian á sus padres, otros al cielo que de tanta hermosura la habia dotado: unos se empinaban por verla; otros, habiéndola visto una vez, corrian adelante por verla otra: y el que mas solícito se mostró en esto, y tanto que muchos echaron de ver en ello, fué un hombre vestido en hábito de los que vienen rescatados de cautivos, con una insignia de la Trinidad en el pecho en señal que han sido rescatados por la limosna de sus redentores. Este cautivo pues, al tiempo que ya Isabela tenia un pié dentro de la portería del convento, donde habian salido á recebirla, como es uso, la priora y las monjas con la cruz, á grandes voces dijo:
—Detente, Isabela, detente, que miéntras yo fuere vivo no puedes tu ser religiosa.
Á estas voces Isabela y sus padres volvieron los ojos, y vieron que hendiendo por toda la gente hácia ellos venia aquel cautivo, que habiéndosele caido un bonete azul redondo que en la cabeza traia, descubrió una confusa madeja de cabellos de oro ensortijados, y un rostro como el carmin y como la nieve, colorado y blanco, señales que luego le hicieron conocer y juzgar por estranjero de todos. En efecto, cayendo y levantando llegó donde Isabela estaba, y asiéndola de la mano, le dijo:
—¿Conócesme, Isabela? mira que yo soy Ricaredo, tu esposo.
—Sí conozco, dijo Isabela, si ya no eres fantasma que viene á turbar mi reposo.
Sus padres le asieron y atentamente le miraron, y en resolucion conocieron ser Ricaredo el cautivo: el cual con lágrimas en los ojos, hincando las rodillas delante de Isabela, le suplicó que no impidiese la estrañeza del traje en que estaba su buen conocimiento, ni estorbase su baja fortuna, que ella no correspondiese á la palabra que entre los dos se habian dado. Isabela, á pesar de la impresion que en su memoria habia hecho la carta de la madre de Ricaredo, dándole nuevas de su muerte, quiso dar mas crédito á sus ojos y á la verdad que presente tenia; y así abrazándose con el cautivo, le dijo:
—Vos sin duda, señor mio, sois aquel que solo podrá impedir mi cristiana determinacion: vos, señor, sois sin duda la mitad de mi alma, pues sois mi verdadero esposo: estampado os tengo en mi memoria, y guardado en mi alma: las nuevas que de vuestra muerte me escribió mi señora y vuestra madre, ya que no me quitaron la vida, me hicieron escoger la de la religion, que en este punto queria entrar á vivir en ella; mas pues Dios con tan justo impedimento muestra querer otra cosa, ni podemos ni conviene que por mi parte se impida: venid, señor, á la casa de mis padres, que es vuestra, y allí os entregaré mi posesion por los términos que pido nuestra santa fe católica.
Todas estas razones oyeron los circunstantes, y el asistente, y vicario, y provisor del arzobispo, y de oirlas se admiraron y suspendieron, y quisieron que luego se les dijese qué historia era aquella, qué estranjero aquel, y de qué casamiento trataban. Á todo lo cual respondió el padre de Isabela, diciendo que aquella historia pedia otro lugar y algun término para decirse; y así suplicaba á todos aquellos que quisiesen saberla, diesen la vuelta á su casa, pues estaba tan cerca, que allí se la contarian de modo que con la verdad quedasen satisfechos, y con la grandeza y estrañeza de aquel suceso admirados. En esto, uno de los presentes alzó la voz, diciendo:
—Señores, este mancebo es un gran cosario inglés, que yo le conozco, y es aquel que habrá poco mas de dos años tomó á los cosarios de Argel la nave de Portugal que venia de las Indias: no hay duda sino que es él, que yo le conozco; porque él me dió libertad y dineros para venir á España, y no solo á mí, sino á otros trescientos cautivos.
Con estas razones se alborotó la gente, y se avivó el deseo que todos tenian de saber y ver la claridad de tan intricadas cosas. Finalmente, la gente mas principal con el asistente y aquellos dos señores eclesiásticos volvieron á acompañar á Isabela á su casa, dejando á las monjas tristes, confusas y llorando por lo que perdian en no tener en su compañía á la hermosa Isabela, la cual estando en su casa, en una gran sala della hizo que aquellos señores se sentasen; y aunque Ricaredo quiso tomar la mano en contar su historia, todavía le pareció que era mejor fiarlo de la lengua y discrecion de Isabela, y no de la suya, que no muy espertamente hablaba la lengua castellana.
Callaron todos los presentes, y teniendo las almas pendientes de las razones de Isabela, ella así comenzó su cuento: el cual le reduzco yo á que dijo todo aquello que, desde el dia que Clotaldo la robó de Cádiz hasta que entró y volvió á él, le habia sucedido, contando asimismo la batalla que Ricaredo habia tenido con los turcos: la liberalidad que habia usado con los cristianos: la palabra que entrambos á dos se habian dado de ser marido y mujer: la promesa de los dos años: las nuevas que habia tenido de su muerte, tan ciertas á su parecer, que la pusieron en el término que habian visto de ser religiosa: engrandeció la liberalidad de la reina: la cristiandad de Ricaredo y de sus padres; y acabó con decir que dijese Ricaredo lo que le habia sucedido despues que salió de Lóndres hasta el punto presente, donde le veian con hábito de cautivo, y con una señal de haber sido rescatado por limosna.
—Así es, dijo Ricaredo, y en breves razones sumaré los inmensos trabajos mios.
Despues que me partí de Lóndres por escusar el casamiento que no podia hacer con Clisterna, aquella doncella escocesa católica con quien ha dicho Isabela que mis padres me querian casar, llevando en mi compañía á Guillarte, aquel paje que mi madre escribe que llevó á Lóndres las nuevas de mi muerte, atravesando por Francia llegué á Roma, donde se alegró mi alma y se fortaleció mi fe: besé los piés al Sumo Pontífice, confesé mis pecados con el mayor penitenciero, absolvióme dellos, y dióme los recaudos necesarios que diesen fe de mi confesion y penitencia, y de la reduccion que habia hecho á nuestra universal madre la Iglesia. Hecho esto, visité los lugares tan santos como innumerables que hay en aquella ciudad santa, y de dos mil escudos que tenia en oro, di los mil y seiscientos á un cambio, que me los libró en esta ciudad sobre un tal Roqui, florentin: con los cuatrocientos que me quedaron, con intencion de venir á España me partí para Génova, donde habia tenido nuevas que estaban dos galeras de aquella señoría, de partida para España. Llegué con Guillarte mi criado á un lugar que se llama Aquapendente, que viniendo de Roma á Florencia es el último que tiene el Papa, y en una hostería ó posada donde me apeé, hallé al conde Arnesto, mi mortal enemigo, que con cuatro criados disfrazados, y encubierto, mas por ser curioso que por ser católico, entendí que iba á Roma; creí sin duda que no me habia conocido; encerréme en un aposento con mi criado, y estuve con cuidado y con determinacion de mudarme á otra posada en cerrando la noche: no lo hice ansí, porque el descuido grande que noté que tenian el conde y sus criados, me aseguró que no me habian conocido; cené en mi aposento, cerré la puerta, apercebí mi espada, encomendéme á Dios y no quise acostarme; durmióse mi criado, y yo sobre una silla me quedé medio dormido; mas poco despues de la media noche me despertaron para hacerme dormir el eterno sueño cuatro pistoletes que, como despues supe, dispararon contra mí el conde y sus criados, y dejándome por muerto, teniendo ya á punto los caballos se fueron, diciendo al huésped de la posada que me enterrase, porque era hombre principal.
Mi criado, segun dijo despues el huésped, despertó al ruido, y con el miedo se arrojó por una ventana que caia á un patio, y diciendo: ¡desventurado de mí, que han muerto á mi señor! se salió del meson; y debió de ser con tal miedo, que no debió de parar hasta Lóndres, pues él fué el que llevó las nuevas de mi muerte.
Subieron los de la hostería, y halláronme atravesado con cuatro balas, y con muchos perdigones; pero todos por partes, que de ninguna fué mortal la herida. Pedí confesion, y todos los sacramentos como católico cristiano; diéronmelos, curáronme, y no estuve para ponerme en camino en dos meses, al cabo de los cuales vine á Génova, donde no hallé otro pasaje, sino en dos falucas que fletamos yo y otros dos principales españoles, la una para que fuese delante descubriendo, y la otra donde nosotros fuésemos.
Con esta seguridad nos embarcamos, navegando tierra á tierra con intencion de no engolfarnos; pero llegando á un paraje que llaman las Tres Marías, que es en la costa de Francia, yendo nuestra primera faluca descubriendo, á deshora salieron de una cala dos galeotas turquescas, y tomándonos la una la mar y la otra la tierra, cuando íbamos á embestir en ella nos cortaron el camino, y nos cautivaron: en entrando en la galeota nos desnudaron hasta dejarnos en carnes: despojaron las falucas de cuanto llevaban, y dejáronlas embestir en tierra sin echarlas á fondo, diciendo que aquellas les servirian otra vez de traer otra galima, que con este nombre llaman ellos á los despojos que de los cristianos toman: bien se me podrá creer, si digo que sentí en el alma mi cautiverio, y sobre todo la pérdida de los recaudos de Roma, donde en una caja de lata los traia, con la cédula de los mil y seiscientos ducados; mas la buena suerte quiso que viniese á manos de un cristiano cautivo español, que los guardó; que si viniera á poder de los turcos, por lo ménos habia de dar por mi rescate lo que rezaba la cédula, que ellos averiguarian cuya era.
Trujéronnos á Argel, donde hallé que estaban rescatando los padres de la Santísima Trinidad: hablélos, díjeles quién era, y movidos de caridad, aunque yo era estranjero, me rescataron en esta forma: que dieron por mí trescientos ducados, los ciento luego, y los doscientos cuando volviese el bajel de la limosna á rescatar al padre de la redencion, que se quedaba en Argel empeñado en cuatro mil ducados, que habia gastado mas de los que traia; porque á toda esta misericordia y liberalidad se estiende la caridad destos padres, que dan su libertad por la ajena, y se quedan cautivos por rescatar los cautivos. Por añadidura del bien de mi libertad hallé la caja perdida, con los recaudos y la cédula: mostrésela al bendito padre que me habia rescatado, y ofrecíle quinientos ducados mas de los de mi rescate para ayuda de su empeño. Casi un año se tardó en volver la nave de la limosna; y lo que en este año me pasó, á poderlo contar ahora, fuera otra nueva historia: solo diré que fuí conocido de uno de los veinte turcos, que di libertad con los demas cristianos ya referidos, y fué tan agradecido y tan hombre de bien, que no quiso descubrirme; porque á conocerme los turcos por aquel que habia echado á fondo sus dos bajeles, y quitádoles de las manos la gran nave de India, ó me presentaran al Gran Turco, ó me quitaran la vida; y de presentarme al Gran Señor redundara no tener libertad en mi vida. Finalmente, el padre redentor vino á España conmigo, y con otros cincuenta cristianos rescatados. En Valencia hicimos la procesion general, y desde allí cada uno se partió donde mas le plugo, con las insignias de su libertad, que son estos hábitos: hoy llegué á esta ciudad con tanto deseo de ver á Isabela mi esposa, que sin detenerme á otra cosa, pregunté por este monasterio, donde me habian de dar nuevas de mi esposa: lo que en él me ha sucedido ya se ha visto: lo que queda por ver son estos recaudos, para que se pueda tener por verdadera mi historia, que tiene tanto de milagrosa como de verdadera.
Y luego en diciendo esto, sacó de una caja de lata los recaudos que decia, y se los puso en las manos del provisor, que los vió junto con el señor asistente, y no halló en ellos cosa que le hiciese dudar de la verdad que Ricaredo habia contado. Y para mas confirmacion della, ordenó el cielo que se hallase presente á todo esto el mercader florentin, sobre quien venia la cédula de los mil y seiscientos ducados, el cual pidió que le mostrasen la cédula, y mostrándosela la reconoció, y la aceptó para luego, porque él muchos meses habia que tenia aviso desta partida: todo esto fué añadir admiracion á admiracion y espanto á espanto. Ricaredo dijo que de nuevo ofrecia los quinientos ducados que habia prometido. Abrazó el asistente á Ricaredo y á los padres de Isabela, y á ella, ofreciéndoseles á todos con corteses razones. Lo mismo hicieron los dos señores eclesiásticos, y rogaron á Isabela que pusiese toda aquella historia por escrito, para que la leyese su señor al arzobispo, y ella lo prometió.
El grande silencio que todos los circunstantes habian tenido, escuchando el estraño caso, se rompió en dar alabanzas á Dios por sus grandes maravillas, y dando desde el mayor hasta el mas pequeño el parabien á Isabela, á Ricaredo y á sus padres, los dejaron: y ellos suplicaron al asistente honrase sus bodas, que de allí á ocho dias pensaban hacerlas. Holgó de hacerlo así el asistente, y de allí á ocho dias, acompañado de los mas principales de la ciudad, se halló en ellas.
Por estos rodeos y por estas circunstancias, los padres de Isabela cobraron su hija y restauraron su hacienda, y ella favorecida del cielo y ayudada de sus muchas virtudes, á despecho de tantos inconvenientes halló marido tan principal como Ricaredo, en cuya compañía se piensa que aun hoy vive en las casas que alquilaron frontero de Santa Paula, que despues las compraron de los herederos de un hidalgo burgales, que se llamaba Hernando de Cifuentes.
Esta novela nos podria enseñar cuánto puede la virtud y cuánto la hermosura, pues son bastante juntas y cada una de por sí á enamorar aun hasta los mismos enemigos, y de cómo sabe el cielo sacar de las mayores adversidades nuestras, nuestros mayores provechos.