VIAGE AL PARNASO.
[CAPITULO III.]
Eran los remos de la real galera
De esdrujulos, y dellos conpelida
Se deslizaba por el mar ligera.
Hasta el tope la vela iba tendida,
Hecha de muy delgados pensamientos,
De varios lizos por amor tegida.
Soplaban dulces y amorosos vientos,
Todos en popa, y todos se mostraban
Al gran Viage solamente atentos.
Las sirenas en torno navegaban,
Dando empellones al bagel lozano,
Con cuya ayuda en vuelo le llevaban.
Semejaban las aguas del mar cano
Colchas encarrujadas, y hacian
Azules visos por el verde llano.
Todos los del bagel se entretenian,
Unos glosando pies dificultosos,
Otros cantaban, otros componian.
Otros de los tenidos por curiosos
Referian sonetos, muchos hechos
A diferentes casos amorosos.
Otros alfeñicados y deshechos
En puro azucar, con la voz süave,
De su melifluidad muy satisfechos,
En tono blando, sosegado y grave,
Eglogas pastorales recitaban,
En quien la gala y la agudeza cabe.
Otros de sus señoras celebraban
En dulces versos de la amada boca
Los escrementos que por ella echaban.
Tal huvo á quien amor asi le toca,
Que alabó los riñones de su dama,
Con gusto grande, y no elegancia poca.
Uno cantó, que la amorosa llama
En mitad de las aguas le encendia,
Y como toro agarrochado brama.
Desta manera andaba la poesia
De uno en otro, haciendo que hablase
Este Latin, aquel algaravia.
En esto sesga la galera vase
Rompiendo el mar con tanta ligereza,
Que el viento aun no consiente que la pase.
Y en esto descubriose la grandeza
De la escombrada playa de Valencia
Por arte hermosa y por naturaleza.
Hizo luego de sí grata presencia
El gran DON LUIS FERRER, marcado el pecho
De honor, y el alma de divina ciencia.
Desembarcóse el dios, y fue derecho
A darle quatro mil y mas abrazos,
De su vista y su ayuda satisfecho.
Volvió la vista, y reiteró los lazos
En DON GUILLEN DE CASTRO, que venia
Deseoso de verse en tales brazos.
CHRISTOVAL DE VIRUES se le seguia,
Con PEDRO DE AGUILAR, junta famosa
De las que Turia en sus riberas cria.
No le pudo llegar mas valerosa
Esquadra al gran Mercurio, ni él pudiera
Desearla mejor, ni mas honrosa.
Luego se descubrió por la ribera
Un tropel de gallardos Valencianos,
Que á ver venian la sinpar galera.
Todos con instrumentos en las manos
De estilos y librillos de memoria,
Por bizarria y por ingenio ufanos.
Codiciosos de hallarse en la vitoria,
Que ya tenian por segura y cierta,
De las heces del mundo y de la escoria.
Pero Mercurio les cerró la puerta:
Digo, no consintió que se embarcasen,
Y el porque no lo dixo, aunque se acierta.
Y fue, porque temió que no se alzasen,
Siendo tantos y tales con Parnaso,
Y nuevo imperio y mando en él fundasen.
En esto viose con brioso paso
Venir al magno ANDRES REY DE ARTIEDA,
No por la edad descaecido ó laso.
Hicieron todos espaciosa rueda,
Y cogiendole en medio, le embarcaron,
Mas rico de valor que de moneda.
Al momento las ancoras alzaron,
Y las velas ligadas á la entena,
Los grumetes apriesa desataron.
De nuevo por el aire claro suena
El son de los clarines, y de nuevo
Vuelve á su oficio cada qual sirena.
Miró el bagel por entre nubes Febo,
Y dixo en voz que pudo ser oida:
Aqui mi gusto y mi esperanza llevo.
De remos y sirenas impelida
La galera se dexa atras el viento,
Con milagrosa y prospera corrida.
Leiase en los rostros el contento
Que llevaban los sabios pasageros,
Durable, por no ser nada violento.
Unos por el calor iban en cueros,
Otros por no tener godescas galas
En trage se vistieron de romeros.
Hendia entanto las Neptuneas salas
La galera del modo como hiende
La grulla el aire con tendidas alas.
Enfin llegamos donde el mar se estiende,
Y ensancha y forma el golfo de Narbona,
Que de ningunos vientos se defiende.
Del gran Mercurio la cabal persona
Sobre seis rezmas de papel sentada
Iba con cetro y con real corona:
Quando una nube, al parecer preñada,
Parió quatro poetas en crugia,
O los llovió, razon mas concertada.
Fue el uno aquel, de quien Apolo fia
Su honra, JUAN LUIS DE CASANATE,
Poeta insigne de mayor quantía.
El mismo Apolo de su ingenio trate,
El le alabe, él le premie y recompense,
Que el alabarle yo sería dislate.
Al segundo llovido el Uticense
Catón no le igualó, ni tiene Febo,
Quien tanto por él mire, ni en él piense.
Del Contador GASPAR DE BARRIONUEVO
Mal podrá el corto flaco ingenio mio
Loar el suyo asi como yo debo.
Llenó del gran bagel el gran vacio
El gran FRANCISCO DE RIOJA al punto
Que saltó de la nube en el navio.
A CHRISTOVAL DE MESA vi alli junto
A los pies de Mercurio, dando fama
A Apolo, siendo dél propio trasunto.
A la gavia un grumete se encarama,
Y dixo á voces: la ciudad se muestra
Que Genova del dios Jano se llama.
Dexese la ciudad á la siniestra
Mano, dixo Mercurio, el bagel vaya
Y siga su derrota por la diestra.
Hacer al Tiber vimos blanca raya
Dentro del mar, haviendo ya pasado
La ancha Romana y peligrosa playa.
De lexos vióse el aire condensado
Del humo, que el estrombalo vomita,
De azufre, y llamas, y de horror formado.
Huyen la isla infame, y solicita
El suave poniente, asi el viage
Que lo acorta, lo allana y facilita.
Vimonos en un punto en el parage,
Do la nutriz de Eneas piadoso
Hizo el forzoso y ultimo pasage.
Vimos desde alli á poco el mas famoso
Monte que encierra en sí nuestro emisfero,
Mas gallardo á la vista y mas hermoso.
Las cenizas de Titiro y Sincero
Están en él, y puede ser por esto
Nombrado entre los montes por primero.
Luego se descubrió, donde echó el resto
De su poder naturaleza amiga,
De formar de otros muchos un compuesto.
Vióse la pesadumbre sin fatiga
De la bella Partenope, sentada
A la orilla del mar, que sus pies liga.
De castillos y torres coronada,
Por fuerte y por hermosa en igual grado
Tenida, conocida y estimada.
Mandóme el del aligero calzado,
Que me aprestase y fuese luego á tierra
A dar á los LUPERCIOS un recado.
En que les diese cuenta de la guerra
Temida, y que á venir les persuadiese
Al duro y fiero asalto, al cierra, cierra,
Señor, le respondí, si acaso huviese
Otro que la embaxada les llevase,
Que mas grato á los dos hermanos fuese,
Que yo no soy; sé bien que negociase
Mejor. Dixo Mercurio: no te entiendo,
Y has de ir antes que el tiempo mas se pase.
Que no me han de escuchar estoy temiendo,
Le replique, ya si el ir yo no importa,
Puesto que en todo obedecer pretendo.
Que no sé quien me dice, y quien me exhorta,
Que tienen para mi, á lo que imagino,
La voluntad, como la vista corta.
Que si esto asi no fuera, este camino
Con tan pobre recamara no hiciera,
Ni diera en un tan hondo desatino.
Pues si alguna promesa se cumpliera
De aquellas muchas, que al partir me hicieron,
Lléveme Dios si entrára en tu galera.
Mucho esperé, si mucho prometieron,
Mas podra ser, que ocupaciones nuevas
Les obligue á olvidar lo que dixeron.
Muchos, señor, en la galera llevas,
Que te podrán sacar el pie del lodo,
Parte, y escusa de hacer mas pruebas.
Ninguno, dixo, me hable dese modo,
Que si me desembarco y los envisto,
Voto á Dios, que me traiga al Conde, y todo.
Con estos dos famosos me enemisto,
Que haviendo levantado á la poesia
Al buen punto en que está, como se ha visto:
Quieren con perezosa tirania
Alzarse como dicen á su mano
Con la ciencia que á ser divinos guia.
Por el solio de Apolo soberano
Juro ... y no digo mas: y ardiendo en ira
Se echó á las barbas una y otra mano.
Y prosiguió diciendo: el DOTOR MIRA,
Apostare, sino lo manda el Conde,
Que tambien en sus puntos se retira.
Señor galan, parezca: á qué se asconde?
Pues á fé por llevarle, si él no gusta,
Que ni le busque, aseche, ni le ronde.
Es esta empresa acaso tan injusta,
Que se esquiven de hallar en ella quantos
Tienen conciencia limitada y justa?
Carece el cielo de poetas santos?
Puesto que brote á cada paso el suelo
Poetas, que lo son tantos y tantos?
No se oyen sacros hymnos en el cielo?
La harpa de David allá no suena,
Causando nuevo acidental consuelo?
Fuera melindres, y cese la entena,
Que llegue al tope, y luego obedeciendo
Fue de la chusma sobre buenas buena.
Poco tiempo pasó, quando un ruido
Se oyó, que los oidos atronaba,
Y era de perros aspero ladrido.
Mercurio se turbó, la gente estaba
Suspensa al triste son, y en cada pecho
El corazon mas valido temblaba.
En esto descubrióse el corto estrecho,
Que Scila, y que Caribdis espantosas,
Tan temeroso con su furia han hecho.
Estas olas que veis presuntuosas
En visitar las nubes de contino,
Y aun de tocar el cielo codiciosas.
Venciólas el prudente peregrino
Amante de Calipso, al tiempo quando
Hizo, dixo Mercurio, este camino.
Su prudencia nosotros imitando,
Echaremos al mar en que se ocupen,
Entanto que el bagel pasa volando.
Que entanto que ellas tasquen, roan, chupen
Al misero que al mar ha de entregarse,
Seguro estoy que el paso desocupen.
Miren si puede en la galera hallarse
Algun poeta desdichado acaso,
Que á las fieras gargantas pueda darse.
Buscaronle, y hallaron á LOFRASO,
Poeta militar Sardo, que estaba
Desmayado á un rincon marchito y laso:
Que á sus diez libros de Fortuna, andaba
Añadiendo otros diez, y el tiempo escoge,
Que mas desocupado se mostraba.
Gritó la chusma toda: al mar se arroje,
Vaya Lofraso al mar sin resistencia.
Por Dios, dixo Mercurio, que me enoje.
Cómo? y no será cargo de conciencia
Y grande echar al mar tanta poesia?
Puesto que aqui nos hunda su inclemencia?
Viva Lofraso, entanto que dé al dia
Apolo luz, y entanto que los hombres
Tengan discreta alegre fantasia.
Tocante á ti, ó Lofraso, los renombres,
Y epitetos de agudo y de sincero,
Y gusto que mi comitre te nombres.
Esto dixo Mercurio al caballero,
El qual en la crugia en pie se puso
Con un rebenque despiadado y fiero.
Creo que de sus versos le compuso,
Y no sé como fue, que en un momento,
O ya el cielo, ó Lofraso lo dispuso,
Salimos del estrecho á salvamento
Sin arrojar al mar poeta alguno,
Tanto del Sardo fue el merecimiento.
Mas luego otro peligro, otro importuno
Temor amenazó, sino gritára
Mercurio, qual jamas gritó ninguno.
Diciendo al timonero: á orza, pára,
Amainese de golpe, y todo á un punto
Se hizo, y el peligro se repara.
Estos montes que veis que están tan juntos,
Son los que Acroceraunos son llamados,
De infame nombre, como yo barrunto.
Asieron de los remos los honrados,
Los tiernos, los melifluos, los godescos;
Y los de á cantimplora acostumbrados.
Los frios los asieron y los frescos,
Asieronlos tambien los calurosos,
Y los de calzas largas y greguescos.
Del sopraestante daño temerosos,
Todos á una la galera empujan,
Con flacos y con brazos poderosos.
Debaxo del bagel se somurmujan
Las sirenas que dél no se apartaron,
Y á si mismas en fuerzas sobrepujan.
Y en un pequeño espacio la llevaron
A vista de Corfú, y á mano diestra
La isla inexpugnable se dexaron.
Y dando la galera á la siniestra
Discurria de Grecia las riberas,
Adonde el cielo su hermosura muestra.
Mostravanse las olas lisongeras,
Impeliendo el bagel suavemente,
Como burlando con alegres veras.
Y luego al parecer por el oriente,
(Rayando el rubio sol nuestro orizonte
Con rayas rojas, hebras de su frente;)
Gritó un grumete y dixo: el monte, el monte,
El monte se descubre, donde tiene
Su buen rocin el gran Belorofonte.
Por el monte se arroja, y á pie viene
Apolo á recebirnos. Yo lo creo,
Dixo Lofraso, ya llega á la Hipocrene.
Yo desde aqui columbro, miro y veo
Que se andan solazando entre unas matas
Las musas con dulcisimo recreo.
Unas antiguas son, otras novatas,
Y todas con ligero paso y tardo
Andan las cinco en pie, las quatro á gatas.
Si tu tal ves, dixo Mercurio, ó Sardo
Poeta, que me corten las orejas,
O me tengan los hombres por bastardo.
Dime, porqué algun tanto no te alejas
De la ignorancia, pobretón, y adviertes
Lo que cantan tus rimas en tus quejas?
Porqué con tus mentiras nos diviertes
De recibir á Apolo qual se debe,
Por haver mejorado vuestras suertes?
En esto mucho mas que el viento leve
Baxó el lucido Apolo á la marina
A pie, porque en su carro no se atreve.
Quitó los rayos de la faz divina,
Mostróse en calzas y en jubon vistoso,
Porque dar gusto á todos determina.
Seguiale detras un numeroso
Esquadron de doncellas bailadoras,
Aunque pequeñas, de ademan brioso.
Supe poco despues, que estas señoras,
Sanas las mas, las menos mal paradas.
Las del tiempo y del sol eran las horas.
Las medio rotas eran las menguadas,
Las sanas las felices, y con esto
Eran todas en todo apresuradas.
Apolo luego con alegre gesto
Abrazó á los soldados, que esperaba
Para la alta ocasion que se ha propuesto.
Y no de un mismo modo acariciaba
A todos, porque alguna diferiencia
Hacia con los que él mas se alegraba.
Que á los de señoria y excelencia
Nuevos abrazos dió, razones dixo,
En que guardó decoro y preeminencia.
Entre ellos abrazó á DON JUAN DE ARGUIJO,
Que no sé en qué, ó como, ó quando hizo
Tan aspero viage y tan prolijo.
Con él á su deseo satisfizo
Apolo y confirmó su pensamiento,
Mandó, vedó, quitó, hizo y deshizo.
Hecho pues el sinpar recebimiento,
Do se halló DON LUIS DE BARAHONA,
Llevado alli por su merecimiento.
Del siempre verde lauro una corona
Le ofrece Apolo en su intencion, y un vaso
Del agua de Castalia y de Elicona.
Y luego vuelve el magestoso paso,
Y el esquadron pensado y de repente
Le sigue por las faldas del Parnaso.
Llegóse enfin á la Castalia fuente,
Y en viendola infinitos se arrojaron
Sedientos al cristal de su corriente.
Unos no solamente se hartaron,
Sino que pies y manos, y otras cosas
Algo mas indecentes se lavaron.
Otros mas advertidos, las sabrosas
Aguas gustaron poco á poco, dando
Espacio al gusto, á pausas melindrosas.
El brindez y el caraos se puso en vando,
Porque los mas de bruces, y no á sorbos
El suave licor fueron gustando.
De ambas manos hacian vasos corbos
Otros, y algunos de la boca al agua
Temian de hallar cien mil estorbos.
Poco á poco la fuente se desagua,
Y pasa en los estomagos bebientes,
Y aun no se apaga de su sed la fragua.
Mas dixoles Apolo: otras dos fuentes
Aun quedan Aganipe é Hipocrene,
Ambas sabrosas, ambas excelentes.
Cada qual de licor dulce y perene,
Todas de calidad aumentativa
Del alto ingenio que a gustarlas viene.
Beben, y suben por el monte arriba,
Por entre palmas, y entre cedros altos,
Y entre arboles pacificos de oliva.
De gusto llenos y de angustia faltos,
Siguiendo á Apolo el esquadron camina,
Unos á pedicox, otros á saltos.
Al pie sentado de una antigua encina
Vi á ALONSO DE LEDESMA, componiendo
Una cancion angelica y divina.
Conocíle, y á él me fui corriendo
Con los brazos abiertos como amigo,
Pero no se movió con el estruendo.
No ves, me dixo Apolo, que consigo
No está Ledesma ahora, no ves claro
Que está fuera de sí, y está conmigo?
A la sombra de un mirto, al verde amparo
GERONIMO DE CASTRO sesteaba,
Varon de ingenio peregrino y raro.
Un motete imagino que cantaba
Con voz suave; yo quedé admirado
De verle alli, porque en Madrid quedaba.
Apolo me entendió, y dixo: un soldado
Como este no era bien que se quedara
Entre el ocio y el sueño sepultado.
Yo le truxe, y sé como, que á mi rara
Potencia no la impide otra ninguna,
Ni inconveniente alguno la repara.
En esto se llegaba la oportuna
Hora á mi parecer de dar sustento
Al estomago pobre, y mas si ayuna;
Pero no le pasó por pensamiento
A Delio que el exercito conduce,
Satisfacer al misero hambriento.
Primero á un jardin rico nos reduce,
Donde el poder de la naturaleza,
Y el de la industria mas campea y luce.
Tuvieron los Hesperidas belleza
Menor, no le igualaron los Pensiles
En sitio, en hermosura y en grandeza.
En su comparacion se muestran viles
Los de Alcinoo, en cuyas alabanzas
Se han ocupado ingenios bien sotiles:
No sugeto del tiempo á las madanzas,
Que todo el año primavera ofrece
Frutos en posesion, no en esperanzas.
Naturaleza y arte alli parece
Andar en competencia, y está en duda
Qual vence de las dos, qual mas merece.
Muestrase balbuciente y casi muda,
Si le alaba la lengua mas experta
De adulacion y de mentir desnuda.
Junto con ser jardin, era una huerta,
Un soto, un bosque, un prado, un valle ameno,
Que en todos estos titulos concierta.
De tanta gracia y hermosura lleno,
Que una parte del cielo parecia
El todo del bellisimo terreno.
Alto en el sitio alegre Apolo hacia,
Y alli mandó que todos se sentasen
A tres horas despues de mediodia.
Y porque los asientos señalasen
El ingenio y valor de cada uno,
Y unos con otros no se embarazasen;
A despecho y pesar del importuno
Ambicioso deseo, les dió asiento
En el sitio y lugar mas oportuno.
Llegaban los laureles casi á ciento,
A cuya sombra y troncos se sentaron
Algunos de aquel numero contento.
Otros los de las palmas ocuparon,
De los mirtos, y yedras, y los robles
Tambien varios poetas albergaron.
Puesto que humildes, eran de los nobles
Los asientos qual tronos levantados,
Porque tú, ó envidia, aqui tu rabia dobles.
Enfin, primero fueron ocupados
Los troncos de aquel ancho circuito,
Para honrar á poetas dedicados,
Antes que yo en el numero infinito
Hallase asiento: y asi en pie quedeme
Despechado, colerico y marchito.
Dixe entre mí: es posible que se estreme
En perseguirme la fortuna airada,
Que ofende á muchos y á ninguno teme?
Y volviendome á Apolo con turbada
Lengua le dixe lo que oirá el que gusta
Saber, pues la tercera es acabada,
La quarta parte desta empresa justa.