EL HOMBRE ÚNICO
En una isla de la Polinesia, que por su pequeñez ni siquiera consta en los mapas, reinaba, sin oposición ni émulos platónicos, un jefe de tribu, que, en las alocuciones y mensajes dirigidos a sus fieles súbditos, dábase a sí propio el dictado de Emperador del mundo. Un navegante europeo que por acaso abordó aquellas playas, trató de disuadir a Su Majestad Universal
de sus errores geográficos; mas este se limitó a contestarle: «No existe ni puede existir otro mundo fuera de mi isla, porque sé de muy buena tinta que el Sol, mi ilustre antecesor, fundó aquí su única casa solariega, y no tiene más descendientes que yo y mis vasallos: por lo tanto, los que venís en el buque debéis ser espectros en figura humana.»
La persona que te voy a presentar, lector benévolo, sin los conocimientos genealógicos de aquel monarca de antiquísima alcurnia, ni pretender compartir con él tan claro linaje, fue más allá en su opinión sobre sus semejantes.
Poseído de extraña aberración mental, que no reveló jamás, porque fue loco vergonzante, antojósele que en el mundo no existía más personalidad corpórea que la suya, y que los hombres y los demás seres animados eran vanos fantasmas hechos para su servicio, mortificación o entretenimiento.
Algunas veces extremaba su extravagante hipótesis, juzgando quiméricos cuantos objetos herían sus sentidos, de lo cual deducía que él monopolizaba el mundo de las ilusiones. A decir verdad, no tuvo sobre este punto opinión constante, fija y concreta, pero sí sobre lo primero, que llegó a ser para él verdad inconcusa.
No conoció a sus padres, porque los había perdido siendo muy niño; circunstancia que le libró de la dura necesidad de no creer en ellos y de sacrificarlos al principio fundamental de sus convicciones.
Era español, y llamábase Tomás Solitario.
Como el mundo había sido hecho para su uso exclusivo, propendía naturalmente a la vanidad, al orgullo y a la soberbia; llegando a tanto su locura, que se creyó inmortal, sospechando que sus ilusorios prójimos simulaban la muerte solo para engañarle sobre la caducidad de la vida.
Sin miedo ni temor alguno a seres que se disipaban apenas volvía las espaldas o cerraba los ojos, nada era capaz de oponerse a los arrebatados ímpetus de su valor temerario.
Cauteloso y taimado como quien temía siempre ser víctima del dolo de fantasmas astutos creados para molestarle, revelaba un carácter prudente, mesurado y taciturno; hablaba poco, se reía menos, aquilataba las palabras y medía su significación, y aun así, muchas noches antes de dormirse se arrepentía de algunas indiscreciones; tal es la funesta propensión humana a la locuacidad, que aun los más precavidos, el tipo más acabado de la prudencia, han de confesarse con la almohada y expiar la culpa a costa del sueño.
Muy pronto dio claros indicios de sus felices disposiciones para el mando; pues en los juegos infantiles representaba siempre el principio de autoridad entre sus tiernos compañeros, ora a guisa de cochero, ora con la investidura de capitán, si no de general.
Consideraba como la peor de las malas sombras hechas para su tormento a un tío suyo, y tutor a la vez, el cual, harto de semejante sobrino, no tuvo punto de reposo hasta que lo vio en el colegio de cadetes de Toledo.
Los antiguos pusieron a duras pruebas la paciencia del apóstol, como llamaban allí a los nuevos; pero Tomás Solitario opuso tal resistencia a las novatadas, que a los pocos días de su ingreso en el colegio era considerado como el prototipo del valor y del arrojo. Verdad es que esta fama la obtuvo a costa de sus costillas; pero como era hombre de suyo sufrido y resignado, hubiera preferido perder la inmortalidad a expresar una queja. Con todo, alguna vez flaqueó su ánimo, abrumado por el dolor, y acaso entonces le asaltaba la duda de si los golpes que había recibido su humanidad unipersonal procedían de espíritus deletéreos o de hombres como él, de carne y hueso; aunque nada he hallado que confirme esta suposición mía, fundada en la poderosa virtud del palo, ese don del Cielo, como le llamaban los antiguos, para poner en razón a los cuerdos y amansar a los locos rematados.
La declaración de la guerra de Marruecos en 1859 coincidió con la promoción a subteniente de nuestro personaje, por lo cual deducirá el lector que se trata de un contemporáneo. Incorporado a un batallón de cazadores, dirigiose a Málaga, donde vio por vez primera el mar. Al contemplar aquella inmensa y líquida llanura, llevado de su rara demencia, decía para sí: «¿Es esto verdad, o mis mentidos semejantes me presentan una decoración de teatro para hacerme creer que los mapas no discrepan un punto de lo que me enseñaron en el colegio?»
Embarcose en aquel puerto, y con los brazos sobre la obra muerta del buque, y los ojos fijos en las ondulantes aguas, pasó la noche reflexionando acerca de las causas que producen aquel movimiento; y perturbado tal vez por el mareo, antojósele que entre las fosforescentes olas veía vagar las sombras de los que consideraba como enemigos suyos, que se entretenían en mover el mar con objeto de mortificarle y para que la ilusión del viaje fuese completa.
«¡Pronto —decía para su poncho— harán salir al Sol con la regularidad de todos los días, y me presentarán una tierra, a la cual debo llamar Continente africano, y en ella comparsas de fantasmas con el nombre de moros, con los cuales debo batirme! ¡Necios, si creéis que vais a amedrentarme! ¡Conozco vuestro juego, hombres en apariencia, espíritus burlones, vanas sombras, que me juzgáis condenado a perpetuo engaño! ¿Quién es más fuerte aquí? ¿Los que me consideran víctima de sus maquinaciones, o yo, que las adiviné desde que tuve uso de razón?»
Desembarcó en Ceuta, y a los pocos días tomó parte en las primeras acciones de guerra de aquella gloriosísima campaña, distinguiéndose de tal suerte, que obtuvo cruces, grados y ascensos, y renombre de bizarro, siendo proverbial su valor en todo el ejército. ¿Era acaso de extrañar tanto denuedo en quien no creía en la muerte y juzgaba en su extravagante desvarío cadáveres o heridos simulados a cuantos caían en la pelea?
Tanto pudo su locura, que una noche, estando de servicio en las avanzadas, echose junto a un montón de cadáveres insepultos, y fingiéndose dormido, miraba con el rabillo del ojo a aquellos fantásticos muertos para ver si, creyéndole desprevenido, variaban de postura; mas como no daban la menor señal de vida, exclamaba para sí: «¡Qué taimados! ¡Capaces son de no moverse hasta la consumación de los siglos, y hacer que se pudren y se convierten en polvo si saben que he de volver a pasar por este sitio! ¡Qué admirable tenacidad! ¿Qué poder sobrenatural rige y gobierna esa aparente humanidad, esa ilusión que me persigue por todas partes, ese espejismo maravilloso que miente sin cesar en medio del árido desierto de mi vida?»
Donde tuvo empero uno de los mayores raptos de enajenación mental fue en el campamento del Hambre. Una cena opípara que siguió a tres días de privaciones y de insomnio, perturbó de tal manera su cerebro que, saliendo de la tienda a tomar el aire, veía todos los objetos dobles, y meditando sobre el caso se decía: «¡Yo siempre he creído en un mundo ilusorio, pero no en dos! Ahora me parece que coexisten. ¡Si tendrá el mundo el don de la ubicuidad!»
Con tan raros pensamientos echose a dormir, y a la mañana siguiente, reflexionando sobre lo que le aconteció por la noche, discurría de esta manera disparatada: «La embriaguez me hizo ver los objetos dobles; ordinariamente los veo sencillos; luego en estado normal soy víctima de una alucinación a medias.»
En fin, sus heroicos hechos, y jamás el bajo valimiento, eleváronle a los primeros puestos de la milicia. Terminada la guerra, era ya comandante, y las contiendas civiles que sobrevinieron algunos años después a nuestra patria sin ventura, fueron grande parte para que tuviese ocasión de completar su merecido encumbramiento.
Cuando yo le conocí en el Casino de Madrid, ceñía la faja de general. Hasta entonces no comenzó a figurar en la política.
Antojósele ser diputado, y no faltaron electores fantásticos que le votasen.
Como hablaba poco y su continente era grave, todo el mundo le tenía por político ducho y de talla, y cierto periódico habló de él como de un hombre providencial, llamándole «rayo de luz en medio de las tinieblas que envolvían los destinos de la nación», y «áncora salvadora con que íbamos a dar fondo en el seguro puerto de la felicidad de la patria».
Estas figuras retóricas produjeron su efecto, porque el Ministerio que había logrado antes aquel puerto entendió que hombre tan extraordinario era muy a propósito para dar lustre al nombre español en extranjeras tierras; y así, antes de que se formase el partido de los solitarios, proyecto que estaba ya en gestación, propuso a nuestro héroe un cargo diplomático en una de las principales cortes de Europa.
El cual fue aceptado sin modestas resistencias. ¿Quién era superior a él? ¡Los grandes hombres de Estado, los reyes, los emperadores, se le representaban a sus ojos como espíritus aventajados, como eminentes artistas, como primeros actores del teatro en que se consideraba único espectador!
Desempeñó su embajada, y fue tenido por el primer diplomático de su tiempo. Había resuelto el gran problema: no decir más que lo que quería. Nadie pudo competir con él en arte tan de suyo difícil.
En la corte donde estaba acreditado, conoció a una gentil doncella, la más hermosa entre las beldades de aquel reino. Sin amarla quiso casarse con ella: aspiraba a la envidia universal, si aquellos duendes podían envidiarle.
Consiguió su objeto; pero no contaba con el huésped en forma de suegra, el más horroroso de los fantasmas, el spirito folletto, la pesadilla de la humanidad-yerno.
Y huyendo de aquel azote, renunció el destino y vínose a Madrid.
Y el Ministerio tembló, y los periodistas no dieron paz a la pluma.
Pero aquel hombre era muy otro. No quería nada. El tedio, esa crónica dolencia de los hombres extraordinarios, minaba su alma. La idea de la inmortalidad le infundía espanto.
Deseaba tener sucesión, y la esterilidad de su espiritual consorte causábale profunda pesadumbre.
«¡Es claro —decía para sí—, los seres producen otros seres a ellos semejantes! ¿Qué ha de nacer de un hombre y de un espectro? Sería un producto híbrido no previsto por la naturaleza, si existe algo que merezca este nombre.»
Una noche, al volver más temprano que de costumbre a casa, sorprendió a su esposa de tertulia con un apuesto joven. Aquella se turbó al pronto; pero repuesta del sobresalto, con la sonrisa en los labios, exclamó:
—¡Tomás, te presento a mi primo Rafael!
Y Solitario no dudó de aquel vínculo de familia.
Mas como para esto le era forzoso admitir la posibilidad de parentesco entre los espíritus, inventó, en consonancia con su disparatada hipótesis, una teoría sobre la afinidad de determinados fluidos psíquicos.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Vivió hasta el fin de sus días sospechando de todo, menos de la virtud de su mujer.
¡Estaba predestinado a tener fe ciega en lo que nadie creía!
***
¡Cuántos como Tomás Solitario son externos de los manicomios porque sienten el rubor de sus íntimos desvaríos!
¡Si saliese a luz toda la demencia latente en los cerebros humanos, tal vez sería imposible encontrar loqueros!...
LO PRESENTE
JUZGADO POR LO PORVENIR
EN EL SIGLO XX
El vapor con sus múltiples aplicaciones constituyó la principal gloria del siglo XIX. La aplicación de la electricidad como fuerza motriz es, sin duda alguna, la verdadera causa del progreso que, en el orden material, hemos alcanzado en el siglo XX.
A los ferrocarriles, obras costosísimas y largas, particularmente en los terrenos quebrados, han sucedido las vías férreas aéreas, sostenidas por esbeltas columnas, sobre las cuales, salvando agrias pendientes que hacen innecesarios los túneles y las curvas, deslízanse coches colgantes arrastrados por aparatos eléctricos, con velocidad vertiginosa. Los buques de vapor, que requerían grandes depósitos de carbón y máquinas pesadísimas, han cedido el puesto a las ligeras naves que hoy surcan todos los mares, impulsadas por la electricidad acumulada, merced a un sencillo artificio que ocupa poco espacio y desarrolla considerable fuerza. Utilizada esta por todas las industrias y la agricultura, perfeccionados los procedimientos de la fabricación, reducidos en extremo los precios de transporte, los productos manufacturados y naturales han disminuido de tal suerte de su valor, que muchos de ellos calificados de lujo en el siglo precedente, se han puesto en el nuestro al alcance de las más modestas fortunas, demostrando así que artículos o mejoras que en una época se juzgan como exceso y demasía en el regalo, los convierte después la baratura en objeto de general consumo.
Nuestros abuelos habían creído realizar un gran progreso con los ferrocarriles. Lo eran en efecto, si se comparan aquellos medios de locomoción con las diligencias, que a su vez habían sido un notable adelanto comparadas con las galeras aceleradas; pero ¿qué dirían los hombres del siglo XIX si resucitasen ahora, a mediados del XX, y viesen en la práctica las varias y múltiples invenciones basadas en el motor eléctrico? En aquella época se empleaban, por ejemplo, treinta y tres horas mortales en recorrer la distancia que separa a Madrid de París, y para hacer el viaje era preciso sujetarse al reglamentarismo de las Compañías, a la tiranía de sus itinerarios y a todas las incomodidades que trae consigo vivir o viajar en colectividad, siquiera sea por breve espacio de tiempo, cuando hoy se toma un vagón a la hora, como antiguamente se tomaban los coches de plaza, y de sol a sol se puede hacer una excursión de ida y vuelta entre las capitales de España y Francia.
El principal defecto de que, en nuestro entender, adolecía el siglo anterior, era que se sacrificaba el individuo a la colectividad. El ómnibus, el tranvía, el tren, el buque de pasajeros, la mesa redonda, el taller, la fábrica, constituían una verdadera esclavitud para el individuo, que debía humillarse ante la inflexible autoridad del silbato o de la campana. Nuestra época, con sus grandes progresos materiales, ha contribuido a fundar la verdadera libertad, la que hace al hombre señor de sí mismo y le emancipa en cuanto cabe dentro del orden social, en que forzosamente hemos de vivir, del despotismo de la asociación.
Hasta la cuestión de las clases obreras, pavoroso problema que embargaba el ánimo de nuestros abuelos, se ha resuelto con el fraccionamiento y baratura de la fuerza y la subdivisión del trabajo hasta sus últimos límites, con lo cual las casas de los operarios se han convertido en verdaderas fábricas, anulando así los grandes establecimientos industriales.
Como nada contribuye tanto a los adelantos morales de un pueblo como el progreso material, no deben sorprendernos los que en el espacio de cincuenta años se han realizado en nuestra España.
La situación de esta, considerada desde el punto de vista político, era, a los ojos de la severa crítica, harto lamentable en el último tercio del siglo XIX.
Si se ponía término a las contiendas civiles que fácilmente encendían el carácter belicoso y aventurero de las masas, la ardiente sed del ideal en unos, la esperanza de medro personal en otros, seducidos por perniciosos ejemplos, y siempre el espíritu de rebelión encarnado en un pueblo víctima de los caprichos del poder, de la lentitud de la justicia, de la inercia de la administración y de las durísimas cargas del Estado; imperaba la guerra mansa de las parcialidades políticas, que se disputaban con ensañamiento el manejo de la cosa pública, sin reparar en promesas para alcanzarlo.
Y mientras los gobiernos, obligados por el instinto de la propia conservación y por el interés de bandería, gastaban su actividad y su fuerza en esas luchas intestinas, otras potencias de Europa marchaban resueltamente en pos de sus ideales, desenvolviendo una política internacional con la diplomacia y con las armas, que debía tener por coronamiento la constitución de grandes nacionalidades fundadas en la unidad geográfica y en la necesidad estratégica.
Los nobles propósitos con que algunos estadistas ilustres pretendían sacar a España de su postración, degeneraban en cruel escepticismo: si tenían fuerza para restablecer el orden material, retrocedían pusilánimes ante la empresa de volver, sin lastimosas hipocresías, por los fueros del sentido moral y del sentido jurídico.
Los adversarios del sistema que constituía la base de la organización del Estado, achacaban a aquel los defectos que acaso no tenían más origen que las flaquezas de los gobernantes.
Estos a su vez, alardeando siempre de profundo respeto a la legalidad, apelaban con frecuencia a medidas arbitrarias; y si alguno sentíase acometido de remordimientos, quizá tranquilizaba fácilmente su conciencia política considerando lícito extralimitarse en la aplicación de las leyes y aun falsearlas, suponiendo a los administrados sin virtudes cívicas y de suyo propensos a eludir y a no respetar aquellas.
Los que aceptaban un mismo principio fundamental y disentían en los de orden secundario, reñían incesantes batallas, más enconadas cuanto más afines eran los contendientes, creyendo con dudosa buena fe que defendían ideas, cuando en el fondo no disputaban más que personas.
En esta época en que se ha realizado un gran progreso en las costumbres políticas y en la administración pública, no puede menos de maravillarnos la perversión y falta completa de todo sentimiento de justicia que presidían a la provisión de los destinos públicos y a las relaciones entre el Estado y el ciudadano. El valimiento, el favor y la recomendación eran la fuerza suprema que daba movimiento e impulso a aquel mecanismo oficial. Aun los espíritus más rectos y justicieros no podían sustraerse al medio ambiente en que vivían, y acaso sin darse cuenta de ello muchas veces se hacían cómplices de la iniquidad cediendo a un falso deber de agradecimiento, a una exigencia de la amistad o a una atención de la galantería.
El caciquismo que imperaba en los pueblos enseñoreándose de los Ayuntamientos y de las Diputaciones provinciales, a su calor nacidos, sometía a la dura ley del vencedor al adversario político o personal, con el encarnizamiento y el encono propios de las luchas locales; y el representante del poder central en las provincias, que no podía prescindir de estas fuerzas para el triunfo de los candidatos que recomendaba el Gobierno, transigía fácilmente con ellas, y las más veces era en vano reclamar justicia de quien carecía de autoridad moral para aplicarla.
Los ciudadanos acabaron por perder la fe en la justicia administrativa, creyendo solo en la eficacia de las influencias, habiéndose impuesto de tal suerte la costumbre de las recomendaciones, aun con los más frívolos pretextos, que hubiera parecido notable falta de cortesía en un hombre urbano no prestarles por lo menos hipócrita atención y aparente acogida. Y ese afán de apelar al favor lo invadía todo: sus importunidades ni siquiera respetaban la santidad de los tribunales, a los que se reclamaba justicia con la imposición de influencias políticas o sociales, como si aquella pudiera torcerse y quebrantarse, lo cual en el fondo argüía una grave ofensa a la rectitud de los magistrados.
Debe, sin embargo, negarse, y dicho sea en honor de la verdad, que los hombres públicos se convirtiesen en dóciles instrumentos de injustas pretensiones, cediendo al torpe móvil de la codicia: sus debilidades nacían del interés político, del espíritu de parcialidad, de una deuda de gratitud, del amor de familia o de la benevolencia del afecto. Los caracteres más refractarios a la venalidad del favor, prestaban fácil oído al soborno del sentimiento.
Y mientras el arte de la política se basaba en las complacencias personales, la administración arrastraba vida lánguida y perezosa, siendo la inestabilidad burocrática el más funesto de sus males. Acrecentábanse de día en día los gastos del Estado, porque no había ministro con fuerza ni voluntad bastantes para reorganizar de una manera radical los servicios, ante el temor de enajenarse el apoyo de los régulos del Parlamento, de herir intereses de localidad, de lastimar el espíritu de clase, mayormente si se trataba de institutos armados o de evocar el más pavoroso de los fantasmas: la cuestión de orden público.
Tal era el miedo que esta inspiraba, que casi todas las iniquidades cometidas por los Gobiernos y su falta de iniciativa para corregir ciertos abusos, no reconocían más causa que el recelo de conflictos acaso más imaginarios que reales.
La autoridad, el prestigio, la fama de hacendista buscábanse, no en el planteamiento de reformas trascendentales que cambiasen los gastados organismos, base de una administración anacrónica, indolente y a veces absurda, sino en los arrebatos y en las audacias, encaminados a vejar más y más al país, agobiado bajo el peso de tributos superiores a sus agotadas fuerzas.
La obstinación que engendra la ajena resistencia, el amor propio que se complace solo en las satisfacciones del orgullo, el falso sentimiento de la realidad que ciega y perturba las más claras inteligencias, eran poderosa parte para que, en aquellas batallas continuas entre gobernantes y gobernados, el poder degenerase en arbitrario, caprichoso y tiránico, imponiendo su voluntad a las clases contribuyentes, a despecho de las quejas generales de estas, que pedían en vano ministros de Hacienda prácticos, equitativos administradores del Estado, y no agentes ejecutivos, más atentos al éxito del momento, al aplauso de la especulación bursátil y a la alabanza de la exótica conveniencia que a las necesidades de lo porvenir y al respeto y consideración de la inmensa mayoría de los ciudadanos.
Y para conseguir tales triunfos, de los cuales eran ostentoso trofeo los estados de recaudación en la Gaceta, falsos a veces, amañados otras y artificiosos casi siempre, se apelaba a irritantes procedimientos, inspirados en las argucias y sutilezas de la mala fe vergonzante.
Ya se vulneraba el espíritu y la letra de las leyes votadas en Cortes, con reglamentos dando torcida interpretación a aquellas; ya se encarecía a los empleados del fisco la necesidad de que desplegasen exagerado e inicuo celo en sus funciones; ya se aplazaba, sin miramiento a la justicia, la resolución o el pago de créditos contra el Tesoro; o ya se entorpecían, en fin, con manifiesta malicia, las reclamaciones de las víctimas de la burocracia fiscal o acaso del odio de los adversarios políticos.
Parecía natural que las leyes tributarias fuesen redactadas con la mayor claridad; pero de intento, al parecer, los mismos ministros que debían reglamentarlas, llevados del afán de favorecer los intereses de la Hacienda, procuraban sembrar la confusión en su propia obra, para dejar abierto y expedito el camino de las más caprichosas y exageradas interpretaciones.
Los preámbulos y exposiciones de las leyes y decretos se repetían con la misma monotonía, los mismos lugares comunes y la misma vaguedad en los conceptos. Si aquellos documentos, en los cuales se ofrecía a manos llenas la felicidad al país o el perfeccionamiento de la administración, carecían generalmente de sinceridad, en cambio faltaba en los lectores el propósito de dejarse convencer. ¡Estéril convencionalismo! ¡Conjunto de frases, sin el encanto siquiera de la forma, arrojadas al universal escepticismo! ¡Tal era casi siempre la literatura oficial!
La oratoria de las Cortes españolas no tenía rival en el mundo civilizado; pero si rayaba a la mayor altura en el grandioso concepto del arte, jamás fue más sospechosa su utilidad en los asuntos económicos. Si se discutían los presupuestos, para lo cual el tiempo apremiaba siempre, los oradores eminentes mostraban viva repulsión a descender al árido terreno de la aritmética.
¡Y sin embargo, el sentido utilitario y práctico debía imponerse al fin en los destinos de España!
No en vano era esta una nación europea, y por lo tanto estaba condenada a perecer, o a seguir la suerte y las vicisitudes del resto del Continente.
Al socialismo de Estado, consecuencia lógica y natural de los grandes armamentos, sucedió la miseria inevitable de los pueblos; y el ejemplo, el pernicioso ejemplo de arriba, trascendiendo a las clases obreras, conmovió los cimientos sobre los cuales descansa la obra secular de las sociedades civilizadas. Somos el Estado, dijeron la política, la milicia y la burocracia, y queremos ser el Estado, repitió el proletariado; pero cuando este, fiando en el número, se proclamaba vencedor, la discordia puso de manifiesto la inestabilidad de las agrupaciones humanas que no se fundan en el principio del orden y de la disciplina.
Vencida la causa que tantos temores y sobresaltos inspiraba a fines del siglo XIX; el progreso de las ciencias; la facilidad, rapidez y baratura de las comunicaciones; la subdivisión del trabajo, que recobró el carácter doméstico en las industrias que lo permitían; la depreciación creciente del capital con el aumento del ahorro y de la riqueza; el desarrollo considerable de la instrucción pública; el sentimiento del deber y de la propia conciencia inculcado en el corazón del pueblo, y sobre todo el sentido práctico y el espíritu de rectitud, de justicia y de equidad que lograron imponerse en las esferas del poder, contribuyeron en gran manera a la regeneración de nuestra patria; verificándose entonces el consorcio admirable y armónico, gloria de la edad presente, del Estado, representación sincera y genuina de todas las clases, de todos los intereses y de las generales aspiraciones, con la libertad individual, en su concepto más elevado, dentro del derecho.
UN VIAJE
A LA REPÚBLICA ARGENTINA
EN EL SIGLO XXI
Residía en Madrid. El reloj eléctrico y a la vez calendario perpetuo de mi despacho señalaba y anunciaba las 5 de la tarde del 9 de mayo de 2003. Me acerqué al teléfono y pedí comunicación telefónica y neumática con la Compañía del expreso hispano-argentino.
—¿Qué quiere? —murmuró el reóforo a mi oído.
—Un billete de ida y vuelta a Buenos Aires. ¿Cuánto es?
—Mil quinientas pesetas.
—Quiero además una carta de crédito de veinte mil.
—Corriente.
—Por el tubo neumático remitiré un talón contra el Banco y mi equipaje.
—Está bien. ¿Se le ofrece algo más?
—Nada, gracias.
—A la orden de usted.
Al cuarto de hora el tubo neumático, que pone en comunicación mi casa con todos los abonados de Madrid, me traía una medalla de níquel señalada con el número 5, letra M.
Esta medalla me daba derecho a un viaje redondo a Buenos Aires, y a un crédito de cuatro mil pesos oro en todas las estaciones de la línea.
A las siete menos diez minutos subí por el ascensor a la azotea de mi casa y esperé el paso del tranvía electro-aéreo. Ocho minutos después me hallaba en la estación central de los aluminio-carriles, y me instalaba en el tren expreso hispano-argentino.
Componíase este de seis soberbios vagones-palacios, precedidos de una potente máquina eléctrica. Estaba el primero destinado a cocinas y dependencias, a comedor el segundo, a salón y biblioteca los dos inmediatos, y a camarotes los restantes.
El ancho de la vía era de seis metros y el de los coches de nueve. Los carriles de aluminio asentábanse sobre largueros de madera revestida de una materia elástica que amortiguaba el ruido y la trepidación del tren en movimiento. Seguía casi siempre el trayecto la línea recta, sin grandes desmontes ni terraplenes y con cortos túneles, porque las perfeccionadas máquinas de tracción salvaban con facilidad las más agrias pendientes.
Lujo artístico y comodidad refinada reinaban en aquel suntuoso recinto. Ricas y exóticas maderas talladas, obra de célebres escultores, ostentaba en sus muebles el comedor; del techo pendían riquísimas lámparas de cristal de roca que reflejaban los rayos de centenares de luces eléctricas; el servicio de mesa era de Sèvres con elegantes pinturas, representando los principales paisajes de la línea; los asientos y respaldos de las sillas, de fino tafilete maqueado; los manjares y los vinos, delicados aquellos y exquisitos estos; las fuentes y las botellas, movidas por misterioso artificio, circulaban profusamente por la mesa, deslizándose sobre carriles de plata; las dulces notas de los cantores y de la orquesta de una ópera que en aquel momento se representaba en el teatro de Apolo de Roma, reproducidas por un megáfono, recreaban el oído de los viajeros durante la hora de la comida; la aguja de un cuadrante colocado en la pared señalaba los kilómetros recorridos y las estaciones por donde pasaba el tren; un termómetro automático, combinado con caloríferos y frigoríferos, mantenía siempre la misma temperatura dentro de los coches; un reloj señalaba la hora del meridiano de Madrid en una esfera, y en otra, por ingenioso mecanismo, la que correspondía al punto donde nos hallábamos; en fin, cuanto pudo imaginar el espíritu utilitario, el gusto artístico y el genio de la invención para comodidad, deleite y regalo del viajero, estaba encerrado en el palacio ambulante que con rapidez vertiginosa recorría llanuras, cruzaba valles, vadeaba ríos y salvaba montañas, sin notarse apenas el acompasado ruido de las ruedas, ni la estridente vibración de los rieles, ni los vaivenes de las curvas, ni los saltos del paso de agujas, ni ninguna de aquellas innumerables molestias de los primitivos y rudimentarios ferrocarriles.
El salón que seguía al comedor superaba a este en magnificencia. Durante el día la luz cenital y durante la noche potentes focos eléctricos, velados por cristales opacos ligeramente sonrosados, prestaban a todos los objetos un aspecto mágico y sorprendente. En las paredes alternaban los tapices antiguos, venerables restos de las pasadas grandezas de la sangre, hoy al servicio de la aristocracia del capital, con los cuadros de los más célebres pintores contemporáneos, llenos de riqueza de detalles, sentidos de color y rebosando vida y movimiento. El piso, compuesto de la reunión de pequeños fragmentos de madera de diversas clases y múltiples y brillantes colores, constituía uno de los más notables mosaicos que vieron jamás los afamados talleres de Roma. Anchas y cómodas butacas articuladas, de dorado cuero cordobés unas, de seda suave o de terciopelo finísimo otras, convidaban al descanso del cuerpo y a la plácida y reparadora somnolencia del espíritu. Ocultos resortes que cedían al menor esfuerzo daban a estos muebles la inclinación o la postura que de ellos solicitaba el viajero. Destacábase en el centro un gran velador de malaquita con incrustaciones de oro, representando las armas de los zares, despojo que arrojó al mercado la revolución de Rusia del siglo XX y mudo testigo del incendio y el saqueo del palacio de Invierno por la enfurecida plebe. ¡Inestable fortuna! Todo cambia de destino, todo obedece a la eterna ley de la evolución. ¡De las ricas joyas y preciados ornamentos de la corte imperial no queda más que lo útil al servicio tal vez del primer advenedizo!
Inmediata al salón, hallábase la biblioteca, iluminada como aquel por luz cenital. Llenaban los estantes centenares de volúmenes colocados por orden de materias, manuales casi todos, de esmerada y clara impresión y con numerosos grabados intercalados en el texto. En sitio preferente veíanse las Enciclopedias y el Diccionario ilustrado de la Academia Española, notable por las viñetas y cromos que daban clara idea de los vocablos que permitían su representación gráfica. En dos de los ángulos de la biblioteca veíanse dos globos, terráqueo el uno y celeste el otro, ambos de metro y medio de diámetro y transparentes; luces eléctricas interiores permitían durante la noche observar los menores detalles. Un mecanismo también eléctrico hacía girar al celeste, dando una revolución cada veinticuatro horas. Al mismo tiempo producía un movimiento de inclinación en correspondencia con la latitud geográfica del tren. La otra esfera tenía también movimiento de inclinación y traslación, presentando en su parte superior el punto de la tierra en que se encontraba el viajero. Atriles mecánicos destinados a los lectores, sin más trabajo para estos que oprimir un pedal, doblaban automáticamente las hojas de los libros. Lo más peregrino empero era el Diccionario-fonógrafo. Tenía este aparato un teclado con todas las letras del alfabeto, y bastaba oprimir la correspondiente a una palabra para que el fonógrafo recitase en el acto la definición del vocablo. Sobre una mesa estaba puesto otro fonógrafo en relación con los alambres exteriores, merced a los cuales el tren comunicaba con la red universal telefónica. En dicho aparato, que hacía las veces de periódico, se imprimían silenciosamente noticias del mundo entero, y a voluntad del viajero funcionaba para reproducirlas. Me acerqué al Noticiero parlante, que así se llamaba aquella ingeniosa máquina, y vi que tenía una serie de botoncitos, junto a cada uno de los cuales se leía en letras de metal: Europa, Asia, África, América, Oceanía, Bolsas, Mercados, Miscelánea. Oprimí el primer botón, y el fonógrafo habló de esta manera:
«Madrid, 8 noche. — La Academia Española abre un certamen para premiar el mejor discurso parlamentario. Se preferirá el de estilo más lacónico. No se admiten solecismos.»
«París, 8,35 noche. — La Cámara de Diputados ha aprobado una proposición eximiendo a sus individuos del deber de asistir a las sesiones. Podrán hablar desde sus casas por medio del fonógrafo parlamentario. Habrá aparatos especiales para uso de los diputados que quieran interrumpir al orador.»
«Londres, 8,15 noche. — Se está desguazando el último blindado de vapor que conservaba como reliquia la Marina inglesa. Era un pequeño buque de 18.000 toneladas, que solo podía navegar a flote.»
«Roma, 9 noche. — La Sociedad Universal de Teléfonos y Fonógrafos abre un abono a audiciones perpetuas de ópera. La diferencia de meridiano de las diferentes ciudades del mundo donde se representan esta clase de espectáculos, permite a la Compañía ofrecer esta ventaja al público.»
«Viena, 9,30 noche. — La cuestión de los Balkanes...»
—Basta —dije para mí, y puse el dedo en el último botón.
«Madrid, 8,5 noche (continuó el eco). — El crimen de la calle de...»
—¡Todavía! —exclamé, oprimiendo el cuarto botón.
«Lima, 3,5 tarde (dijo la voz del fonógrafo). — Se han presentado los presupuestos en la Cámara de Representantes con un superávit de 98 millones de soles. El último plazo de la indemnización de guerra pagada por los Estados Unidos, se aplicará a la completa extinción de la deuda del Perú.»
«Santiago de Chile, 3,12 tarde. — Los viajeros del tren relámpago procedente de Montevideo han sido indemnizados con 150 pesos cada uno por haber llegado aquel con un retraso de 15 minutos. El Supremo Jurado sienta la jurisprudencia de que la indemnización sea a razón de 10 pesos por minuto perdido en la marcha.»
«Buenos Aires, 5,15 tarde. — Ha fallecido esta tarde el célebre almirante argentino López, que mandando la escuadra submarina de los aliados de la América latina, aniquiló en el golfo de México el poder marítimo de los Estados Unidos. Por disposición del finado, la familia no recibirá comunicaciones telefónicas de pésame.»
«Bogotá, 6,24 tarde. — El Gobierno ha resuelto sustituir los antiguos cañones de 250 toneladas que defendían el canal de Panamá, con máquinas eléctricas lanzarrayos.»
«México, 3 tarde. — El general mexicano Victoria telefonea que hoy ha ocupado San Francisco de California en virtud del tratado de paz con los Estados Unidos. La noticia produce aquí entusiasmo indescriptible. Esta noche se iluminará la ciudad con quinientos poderosos focos eléctricos suspendidos por globos cautivos. Hoy se firmará el pacto de la confederación latino-americana...»
Iba a proseguir interrogando al misterioso confidente, cuando noté que el tren reducía su marcha. Fijé la vista en la esfera que señalaba nuestra situación geográfica, y vi que nos encontrábamos cerca de Gibraltar, hermosa ciudad que España recobró después de la guerra de la coalición continental contra los ingleses. Detúvose el tren, y asomándome al mirador situado en el testero del último coche, se presentó a mis ojos uno de los espectáculos más sorprendentes que imaginarse pueden.
El enorme peñón, a cuyos pies se asienta la gran ciudad de Gibraltar, y los demás montes que ciñen la anchurosa bahía de Algeciras, parecían ríos de lava de un volcán en ignición. Focos eléctricos de diversos colores, artísticamente combinados, llenaban el espacio comprendido entre Punta de Europa y Punta Carnero. En cada una de estas destacábase una gigantesca columna luminosa con la inscripción Plus ultra. Sobre la ladera del Peñón se leía con enormes caracteres de fuego: ¡Viva la raza latina! ¡Viva la Confederación latino-americana! y debajo veíanse como entrelazadas la bandera española y las de todos los Estados de América de origen ibérico.
Así la madre patria celebraba la fausta nueva que la electricidad había transmitido a todos los ámbitos de la tierra. La raza ibérica, representada en el Nuevo Mundo por 300 millones de almas, sellaba con el pacto fraternal de la «Unidad en la variedad» su inquebrantable propósito de vivir confundida en un solo sentimiento y en una sola aspiración y robustecer sus fuerzas ante el coloso del Norte, que intentó, aunque en vano, extender sus dilatados dominios por el resto de América o someterlo a vergonzosa tutela. La venerable España, que veía renacer en sus hijos emancipados de allende los mares las glorias de su raza imperecedera, declaraba aquel día fiesta nacional, y la fecha del 9 de mayo de 2003 se inscribía en letras de oro en el salón de sesiones de las Cortes.
El tren se puso en movimiento, y la oscuridad exterior y un ruido sordo y prolongado me advirtieron que en aquel momento penetrábamos por el túnel submarino de 15 kilómetros que pone en comunicación la red de aluminio-carriles de Europa con la de África. Minutos después avistábamos a nuestra derecha a Tánger, iluminado también como Gibraltar y Algeciras, y sin detenernos proseguimos nuestra rápida marcha a través del antiguo imperio de Marruecos, hoy floreciente provincia española.
A las once de la mañana del siguiente día, después de salvar la cordillera del Atlas por el túnel de Afifen, hacíamos alto en Cabo Juby. Los viajeros de Canarias se embarcaron allí en el buque eléctrico que debía trasladarlos a aquel Archipiélago. A la sazón no estaba terminado el puente de aluminio entre las islas Canarias y el continente africano. Los estudios hechos por los ingenieros para unirlos por medio de túneles submarinos fueron abandonados a causa de las grandes perturbaciones volcánicas que ofrece el fondo del mar en aquella parte.
Nos encontrábamos en pleno desierto. La temperatura era sofocante en lo exterior, pero deliciosa dentro del tren, hasta el punto de que el termómetro seguía invariable. A través de los tubos que sirvieron de caloríferos a la salida de Madrid, circulaba entonces aire frío producido por una máquina heladora.
En la madrugada del día 11 nos encontrábamos en Dakar (Senegal), habiendo recorrido desde Madrid 3.622 kilómetros de aluminio-carril. Detúvose el tren cinco minutos, y púsose luego lentamente en marcha por un muelle metálico, al extremo del cual estaba atracado por la popa un buque eléctrico submarino de 60.000 toneladas. Sobresalía este 15 metros sobre el nivel del mar, y en su parte posterior, a manera de la entrada de un túnel, tenía una inmensa abertura por la cual penetró todo el tren. Apenas quedó dentro, púsose en movimiento una poderosa máquina hidráulica que cerró herméticamente la comunicación exterior. Al cabo de algunos minutos un estremecimiento general nos anunció que el barco soltaba las amarras y se ponía en marcha.
Dos días mortales empleamos en la travesía entre Dakar y el cabo de San Roque, o sea la parte de la costa del Brasil que más se aproxima al Continente africano; y digo mortales, porque a pesar de los progresos de la industria naval, el hombre no ha podido domeñar la fuerza impetuosa de las olas, ni los adelantos de la medicina han encontrado remedio a las angustias del mareo. Así se explica que ínterin se tienden puentes metálicos de 1.500 metros de luz sobre el Océano, se procure limitar todo lo posible las travesías marítimas. Navegaba nuestro buque unas veces sobre la superficie de las olas y otras a cierta profundidad, según el estado del mar; pero los balances y las cabezadas eran verdaderamente insoportables.
Por fin, a los cuatro días y medio de nuestra salida de Madrid atracamos en el espacioso puerto que la Compañía universal de trenes expresos ha construido en el cabo de San Roque. Fondear el submarino, abrirse la compuerta que cerraba la abertura de la proa, a semejanza de la del lado opuesto, salir el tren y lanzarse este a toda electricidad por la vía americana, fue obra de un momento.
Inútil es advertir que no tuvimos registro de equipajes, ni reconocimiento de pasaportes, ni ninguna de aquellas infinitas trabas, eterna pesadilla de nuestros bisabuelos, víctimas de la transición industrial y política del siglo XIX, cuando la defensa de la propia producción y el interés del orden público obligaban a las naciones a poner cortapisas al comercio y a la libertad humana.
En la mañana del día 14 de mayo de 2003 hacíamos alto en la hermosa ciudad de Río Janeiro, cuya población excede actualmente de 2 millones de almas.
De Río Janeiro salen dos líneas con dirección al Río de la Plata: la de la costa, que se dirige a Montevideo, uno de los puertos más florecientes de la América latina, que cuenta ya con 3 millones de habitantes, y la del interior, que va a buscar la confluencia del Uruguay y el Panamá. Nuestro tren siguió la última, y antes de rayar el día 15 atravesábamos los indicados ríos, un poco más arriba de su confluencia, por dos soberbios túneles subfluviales.
Al despuntar el alba hicimos nuestra entrada en la gran capital de la República Argentina, término de nuestro viaje.
Describir la floreciente ciudad de Buenos Aires, emporio del comercio y de las artes, con sus magníficos monumentos, sus ricos museos de pinturas, sus bibliotecas, que cuentan por centenares los libros-fonógrafos; sus calles, terrestres y aéreas, tiradas a cordel; su magnífico puerto poblado de buques submarinos, con muelles que comienzan cerca de la antigua estación de Rivadavia y terminan más abajo de Riachuelo; su magnificencia y grandiosidad, pues su actual superficie excede a la del antiguo distrito federal, no es empresa para mi pluma, ni la permiten las dimensiones de este artículo. Baste decir que San José de Flores es hoy el centro de la ciudad y que de allí radian los aluminio-carriles subterráneos y los tranvías electro-aéreos que llevan con rapidez vertiginosa la exuberante vida social y mercantil a todas partes. El aumento incesante de la inmigración europea y el natural desarrollo de la población, han elevado la de Buenos Aires a 4.122.307 almas, según la estadística del mes de abril de 2003.
***
Antes de poner término a este artículo, fuerza es que diga siquiera breves palabras acerca de los notables cambios que en el orden político se han operado en el Nuevo Mundo.
Los Estados Unidos del Norte adquirieron durante la pasada centuria enorme crecimiento, hasta el punto de que su inmenso territorio apenas bastaba para contener la población, y amenazaban con un desbordamiento a costa de los países de origen latino.
México, las repúblicas del Centro y Colombia, como más directamente interesadas, la primera porque veía en peligro sus fronteras septentrionales, y las restantes porque so pretexto de los canales interoceánicos, el Gobierno de Washington pretendía someterlas a una tutela, que rechazaba la dignidad nacional, dieron la voz de alerta y reclamaron el auxilio de los demás Estados americanos.
Las notas diplomáticas que los representantes de aquellas repúblicas dirigieron a sus hermanas, fueron acogidas al principio con marcada tibieza, porque nadie creía el riesgo cercano; pero la noticia de que los anglo-americanos habían violado el territorio de México, y de que pretendían enviar un ejército de ocupación a Nicaragua, Costa Rica y Panamá, produjo un grito unánime de indignación desde Río Grande del Norte hasta el Cabo de Hornos. Todos los gobiernos, impulsados por el generoso y espontáneo movimiento de la opinión pública, pactaron una alianza ofensiva y defensiva, y aprestaron sus formidables huestes y sus escuadras submarinas para salvar la independencia de la América latina y la exclusiva preponderancia en ella de la raza ibérica.
España, que no podía permanecer indiferente a una lucha gigantesca en la cual se ponía en tela de juicio el principio de raza, de lengua y de costumbres que eran las suyas propias, prestó desinteresado y noble concurso a sus hijas americanas, y de Cádiz salió la escuadra submarina que, en unión de las demás aliadas, contribuyó al desastre de la poderosa armada de los Estados Unidos.
Entretanto, las márgenes de Río Grande del Norte eran teatro de las más encarnizadas batallas que vieron los siglos. Todos los medios de destrucción que el moderno arte de la guerra arrancó a la ciencia y a la industria, se juntaron allí: cañones de 300 toneladas; proyectiles explosivos con substancias hasta entonces desconocidas; máquinas eléctricas arrastrando las piezas; verdaderas fortificaciones ambulantes que marchaban sobre rieles, a medida que lo exigía el ataque o la defensa;
reductos cubiertos que se ocultaban y a voluntad salían a flor de tierra para disparar su artillería; trincheras que parecían montañas, y montañas que allanaba el asiduo trabajo de zapa y el incesante reventar de las minas. La guerra cuerpo a cuerpo no puede existir en manera alguna; la infantería y la caballería han desaparecido, pero no el recuerdo de sus bizarras empresas, en que en tan alto grado campeaba el valor individual. La lucha ya no es de hombres contra hombres, sino de máquinas contra máquinas. Imposibles las batallas a campo raso y sobre la superficie de los mares; la guerra, según una frase del general ruso Arbaff, se convierte en subterránea y submarina.
Vencidos los Estados Unidos en esta memorable campaña, viéronse obligados a firmar un tratado de paz, comprometiéndose al pago de una indemnización de diez mil millones de pesos, que se repartieron los aliados; a limitar sus fuerzas navales y terrestres, y a devolver a México los territorios que inicuamente le usurparon en el siglo XIX.
Entonces los Estados de la América latina, para afianzar su independencia y oponer inquebrantable valladar a la invasión de la raza anglo-sajona, pactaron la confederación sin el predominio de ninguno, y conservando todos sus leyes o instituciones particulares.
Bajo estos auspicios se abre una nueva era de paz y prosperidad; y como si los progresos en el orden material, obtenidos durante los siglos XIX y XX, no fueran bastantes a satisfacer las aspiraciones de la humanidad, en los albores del XXI se descubre al fin, con éxito completo y admirable, la dirección de los aeróstatos, con lo cual resultan inútiles los aluminio-carriles para el transporte de viajeros.