EN EL PLANETA MARTE
Periódicos parlantes. — Supresión por inútil de la enseñanza del arte de leer y escribir. — Medios de locomoción. — Unidad política, lingüistica y religiosa. — Artículo de un periódico. — Noticias de la Tierra. — Parangón entre esta y Marte. — Prodigios de las ciencias. — Oración de los martícolas.
Resonancia Universal es el nombre del periódico más oído del planeta Marte.
Para los suscriptores hay fonógrafos a casa hita, que, sin más trabajo que oprimir un botoncito, repiten los telefonemas impresos o grabados en el peregrino confidente.
Al público en general, para enterarse de las diarias noticias, le basta depositar una moneda en aparatos que abundan en calles, plazas y caminos. Apenas cae la moneda dentro del ingenioso fonógrafo, habla este en voz baja, a través de reducida abertura, de modo que solo pueda valerse de él una persona, y no resulten defraudados los intereses de la empresa.
Los decretos, órdenes, reglamentos y bandos de las autoridades son pregonados en todas partes por megáfonos, que sustituyen las campanas en las torres de los templos, y los relojes dan la hora imitando la voz humana.
Tanta perfección han alcanzado allí el fonógrafo y el teléfono, que el arte de leer y escribir está en desuso. El Supremo Consejo de Instrucción Pública acaba de suprimirlo de las escuelas, limitando su enseñanza a la Diplomática.
Compónense las calles, las carreteras, y aun los caminos vecinales, de dos series de plataformas que se deslizan en opuesto sentido; cada una de las últimas tiene velocidad diferente; de modo que cuando los martícolas quieren trasladarse de un punto a otro, se colocan sobre la más lenta, y si desean acelerar la marcha, pueden pasar sucesivamente a la más rápida, que tiene un movimiento de 250 kilómetros por hora.
Centenares de canales, cuyo principal objeto es evitar los estragos de las inundaciones periódicas producidas por la fusión de los hielos aglomerados en los polos, cruzan los continentes en todos sentidos, facilitando al mismo tiempo la navegación de buques eléctricos, que surcan las aguas con rapidez vertiginosa.
Esta facilidad de comunicaciones ha producido con el transcurso del tiempo, como no podía menos de acontecer, no solo la unidad política, sino también la lingüística y hasta la religiosa. Allí no hay más que un Estado, un idioma y una creencia. De tal suerte se arraigó esta en el corazón de los marcianos con el cultivo de las ciencias, que la palabra ateísmo y las de ella derivadas no existen en los diccionarios fonográficos de aquel feliz y venturoso mundo.
Y cuenta que su idioma es tan rico por la variedad y abundancia de sus voces, que las personas instruidas hablan con claridad y concisión admirables. No tienen que perder el tiempo en el estudio de otras lenguas muertas o vivas, y ni siquiera de la ortografía del propio idioma, por la razón que antes he indicado.
***
Y sin más preámbulos digo que Resonancia Universal, diario parlante del planeta Marte, sorprendió ha pocos días a sus oyentes con este estupendo artículo:
«Sabido es por todo el mundo (allí también hay un mundo tan grande como un planeta y un planeta de los de menor cuantía del sistema solar), que los observatorios astronómicos costeados liberalmente por el Estado en interés de la noble causa de la ciencia, descubrieron, a principios del siglo, que estaba habitado nuestro vecino y colega el astro opaco número tres, conocido vulgarmente con el nombre de Azul. Desde entonces se organizó, merced a la generosidad de los poderes públicos, un sistema de señales luminosas, por medio de inmensos focos eléctricos situados a grandes distancias, a fin de ver si aquellos telescópicos seres querían ponerse en relación con nuestros sabios. Pues bien; al cabo de muchos años de tentativas infructuosas, según un telefonema que acabamos de recibir, los astrónomos de aquí han logrado tener un diálogo con sus colegas del otro mundo, los cuales, advirtiendo nuestras señales, adoptaron un sistema análogo para contestarnos. Al efecto establecieron un telégrafo óptico compuesto de tres inmensos focos de luz eléctrica formando un triángulo equilátero, de un décimo de meridiano cada lado, de manera que aquellos proyectaran destellos a intervalos y constituyesen una especie de alfabeto. La interpretación fue al principio dificultosa; pero algunos arqueólogos versados en el conocimiento de las escrituras antiguas cayeron en la cuenta de que los signos de los habitantes del Azul para representar las letras tenían muchos puntos de semejanza con los que emplearon ha bastantes siglos nuestros antepasados, cuando el telégrafo estaba en la infancia. Más ardua fue la empresa de adoptar un lenguaje convencional; pero cuando tanto se ha progresado en los procedimientos inductivos, ¿puede sorprender a nadie que los sabios de ambos cuerpos celestes llegaran a entenderse hasta el punto de sostener conversaciones interplanetarias?
»Gracias a ellas se ha descorrido el velo del astro misterioso, objeto durante tantos siglos de las cavilaciones de los astrónomos. Ya sabemos que al planeta que nosotros designamos con el nombre de Azul le llaman sus naturales Tierra, y que el habitado por nosotros es conocido por ellos con la denominación de Marte.
»Pueblan aquel globo 1.400 millones de seres humanos, según la opinión de varios geógrafos, aunque otros reducen esta cifra, de lo cual se infiere lo atrasada que anda allí la estadística.
»La inmensa mayoría de sus habitantes vive sumida en la más vergonzosa barbarie, y el resto, que blasona de civilizado, se encuentra, a lo sumo, en el grado de perfección y adelantamiento que teníamos hace diez siglos, en aquella era histórica que calificamos de semiculta.
»Aunque de pocos años a esta parte se han realizado algunos progresos, los medios de comunicación son toscos e imperfectos. Los terrícolas emplean todavía el vapor de agua, lo cual exige máquinas complicadas, y, sobre todo, pesadísimas y costosas. La ciencia eléctrica está en la infancia. No han encontrado el procedimiento práctico y económico de utilizar la electricidad como única fuerza motriz. Desconocen en absoluto el fluido vital y el que llamamos innominado, cuyo descubrimiento tan gran revolución produjo en la mecánica.
»Las dificultades de la locomoción, inherentes al atraso de la Física, unidas a la extraña organización de sociedades que no reconocen en el individuo el derecho de viajar gratuitamente, como sucede aquí, en transportes que constituyen un servicio público, obligan a la generalidad de dichos seres a vivir adheridos a la tierra que los vio nacer, y de aquí que el medio ambiente ejerza tanta influencia sobre ellos, hasta el punto de que para muchos el concepto de la patria se limita a la reunión de unos cuantos edificios, y, a lo sumo, a un accidente geográfico o histórico.
»Esta forzada vida sedentaria da lugar a que subsistan aún en la Tierra numerosas nacionalidades con sendas lenguas, variedad de costumbres y diversos Estados.
»¡Cuán imperfecta la organización de estos!
»Los más bárbaros están regidos por el capricho de un individuo, y los más adelantados por las pasiones de unos cuantos; pero en todos los países siempre son los gobiernos los que viven a costa de los pueblos: les falta descubrir el sistema de que sea el pueblo el que viva a costa de su gobierno.
»Las rivalidades de los Estados, hijas casi siempre de la codicia del bien ajeno, engendran frecuentes y desastrosas guerras, que acaban con la ruina del vencido; pero aún hay una cosa peor que la guerra: el miedo de ella, que aniquila a todos a fuerza de aprestos militares.
»Nada más primitivo que la indumentaria. Se visten de telas, toscamente tejidas, producto de filamentos de tallos de plantas, de los gérmenes de estas, de los capullos de un gusano o de la tonsura de cuadrúpedos, a los cuales se despoja del abrigo que les dio la Naturaleza para su propio y no ajeno uso.
»Viven en tal atraso, que no han inventado, como nosotros, el sistema de caldear la atmósfera en la estación del frío, y de aquí que el vestido, acaso más caprichoso que racional, responda a la necesidad de defenderse de las inclemencias del cielo, cuando en nosotros no obedece más que a las leyes del decoro. Inútil es añadir que los terrícolas no han descubierto las finísimas telas que fabricamos, producto de microscópicos y flexibles hilos de diversos metales.
»Tan escasos son los progresos realizados por la síntesis química en la Tierra, que sus habitantes, para sustentarse, no tienen más remedio que destruir millones de millones de semillas de plantas, y sacrificar inmenso número de animales. No han encontrado, como nosotros, la manera de formar los compuestos necesarios a la nutrición, y reducir su principio activo a cantidades que, en pequeñas dosis, basten no solo para el sostén, sino hasta para el regalo del individuo.
»La organización social es, si cabe, más deficiente que la del Estado. La forzosa ley de la desigualdad que la Naturaleza impone a los individuos, lejos de atenuarse con sabias y previsoras medidas, y, sobre todo, con los nobles y levantados fines de la sublime caridad, adquiere cada vez mayor incremento, y de aquí que los odios, rencores y rivalidades, engendrados por la envidia y la miseria, amenacen la paz interior de las naciones. Existe además una causa que agrava de día en día estos males, llamada a producir la más tremenda de las crisis, y es que el aumento de la producción de los artículos necesarios a la existencia de los habitantes de la Tierra, no está en relación con el progresivo desarrollo de la población. Añádase a esto que los notables adelantos de la Medicina y de la Higiene, que tienden a aumentar el término medio de la vida humana, no están tampoco en relación con los de las demás ciencias, encaminados a que los alimentos y el bienestar material resulten fáciles y económicos.
»Para tener una idea de la constitución de la familia en la mayor parte de aquel mundo, preciso nos sería remontarnos a la época de nuestros aborígenes, cuando imperaba solo el derecho brutal de la fuerza. En los países bárbaros, que son la inmensa mayoría, la mujer, víctima del despotismo, de la violencia y de la esclavitud, no tiene más armas para su defensa que la hipocresía, mientras que en los demás suele vivir resignada, pero no satisfecha, con los mermados derechos que le conceden la legislación y las costumbres.
»La enseñanza se encuentra aún en estado rudimentario. La lozana inteligencia o inquieta atención de la juventud, entregadas a constante tortura, necesitan años y años para el estudio y provechoso cultivo de asignaturas a veces de utilidad discutible, o acaso de lenguas muertas, ajenas a los fines profesionales; cuando nosotros sometemos a los escolares al sueño hipnótico para sugerirles en deleitoso y plácido arrobamiento cuanto requiere la ciencia o arte a que muestran particular predilección desde su tierna infancia.
»Nos dicen que en la Tierra hay a veces justicia, pero que resulta lenta y costosa; como si el más primordial de los deberes de un Estado no consistiera en administrarla pronta y cumplida, y como si no fuese el colmo de la iniquidad, por parte del fisco, explotar la razón en tela de juicio. ¿Cuándo alcanzarán los terrícolas nuestra perfección forense? ¿Cuándo renunciarán a enojosas o interminables escrituras, y confiando las partes la simple exposición de hechos al teléfono, esperarán tranquilamente el fallo de los jueces, entregados durante las horas de audiencia al sueño hipnótico? Si bien parece un tribunal grave, circunspecto, solemne, estamos más seguros de su acierto al verle en el estado de reposo que constituye la genuina representación de la Justicia.
»Allí hasta los hombres más civilizados viven en jaulas, que no otro nombre merecen para nosotros sus hacinadas, incómodas y pequeñas casas, toscamente labradas con pesados materiales de hierro, madera, piedra o tierra cocida. La arquitectura, a la cual le falta el auxilio eficaz de los adelantos científicos, no puede construir los edificios de aluminio, ligeros, suntuosos, esbeltos y elegantes, que son el encanto y ornamento, no solo de nuestras ciudades, sino también de nuestras aldeas, ni los palacios ambulantes, levantados sobre las plataformas movedizas de los caminos, que brindan gratuita hospitalidad al viajero durante sus excursiones a través de los continentes.
»El terrícola ignora en qué consiste la verdadera libertad individual. Acontece que, cuanto más culto, mayor suele ser la tiranía que sobre él ejercen los deberes sociales. Víctima del reloj en los actos más vulgares de la vida, y casi siempre de la impertinencia ajena, solo hacen soportable el tormento de la comunidad la tolerancia recíproca, la benevolencia aparente y el convencionalismo perpetuo. En cambio, ¿necesitamos nosotros la asociación, ni siquiera en las horas del ordinario sustento, cuando una cajita de píldoras puede proporcionarlo durante veinte días? ¡A qué coches, tranvías, trenes, ni la eterna esclavitud de la campana, cuando aquí sirven de vehículo las mismas calles y caminos, cuyo pavimento se mueve sin cesar!
»Disfrutamos de las diversiones públicas sin encerrarnos en estrechos locales, donde tal vez la incomodidad del cuerpo no compensaría los placeres del espíritu, pues ¿quién no dispone a su sabor de un megáfono y de un telefoteidoscopio[10] para recrear el oído y la vista con los maravillosos espectáculos que costea pródiga y liberalmente la munificencia del Gobierno?
[10] Esta palabra no se encuentra todavía en ningún diccionario, pero espero que el de la Real Academia Española podrá publicar un día esta o parecida definición:
Telefoteidoscopio (del gr. τελε, lejos; φῶς, φωτός, luz; εἶδος, imagen; y σκοπέω, yo veo o yo examino), m. Aparato que por medio de hilos eléctricos reproduce las imágenes en un espejo, por grande que sea la distancia entre aquellas y este. — (N. del A.)
»Los amantes a quienes separa la distancia apelan al telefoteidoscopio y al teléfono, para verse con el uno y para transmitirse con el otro las jamás enojosas y nunca inútilmente reiteradas protestas de amor, cambiando entre sí las corrientes del fluido vital (que apenas presienten los terrícolas), el cual sumerge a ambos en deleitoso éxtasis, produciendo en los sujetos el maravilloso fenómeno de la unidad y simultaneidad de ideas y sensaciones.
»La poesía, amenazada, al parecer, de muerte a medida que lo útil y lo práctico prevalecía en nuestras costumbres, renace pujante y vigorosa, hallando inagotable manantial de inspiraciones en los secretos arrancados a la Naturaleza, en la contemplación de las admirables leyes que rigen al Universo, en la armonía asombrosa de los espacios siderales y en el esplendor y magnificencia de las obras del Altísimo.
»¡Y en tanto que la poesía filosófica remonta el vuelo a lo infinito, existe aquella que vivirá eternamente, mientras la perpetuación de nuestra especie dependa de la dulce y misteriosa atracción de dos seres racionales, y mientras el amor maternal subsista sobre la faz de los mundos!
»¡Benditos vosotros, nobles campeones de la ciencia, que tanto contribuisteis a nuestro bienestar material, a la independencia y autonomía del individuo y, sobre todo, a la paz indestructible cimentada en el derecho y en la unidad política del planeta! ¡Siglo dichoso este, que ve surgir la edad a la cual los antiguos, en su sencilla y grosera ignorancia, llamaron dorada, y no porque volvamos al idilio de los tiempos primitivos soñado por los poetas, sino porque los adelantos físicos han traído consigo el mejoramiento moral o intelectual de la familia humana!...»
***
Los megáfonos de todos los templos de la capital de Marte anunciaron la hora de la oración, y descubriéndose la gente con religioso respeto, alzando los ojos al cielo, repetía esta plegaria, que aquellas máquinas pronunciaban desde lo alto de las torres con voz grave, reposada y solemne:
«Padre común de los mortales, Creador y Señor de cuanto existe en el espacio y del mismo espacio, bendito y alabado sea tu nombre eternamente.
«Consérvanos, Señor, ante todo la inteligencia, destello solo de la tuya, a fin de que dominemos la materia y las fuerzas naturales que para el perfeccionamiento del espíritu en la lucha con ellas pusiste en torno nuestro.
»Que al perdonar a nuestros deudores encontremos el premio de tu bondad sin límites, y apártanos de la soberbia, porque nuestras pobres obras nada son, nada valen, ni nada significan comparadas con la grandeza inconmensurable de las tuyas.
«Líbranos del mal y concede el bien a nuestros enemigos, y cuando llegue el término de la vida planetaria, otórganos la eterna con el goce de tu amor infinito.»
Y las voces de los megáfonos resonaban en plazas y calles, y en medio de la soledad de los campos y de los mares, infundiendo en todos los corazones religioso recogimiento, purísimo amor al Omnipotente y la dulce esperanza del bien futuro e imperecedero.
EL DRAGÓN DE MONTESA
O LOS RECTOS JUICIOS DE LA POSTERIDAD
Al caer de una crudísima y ventosa tarde de enero, un dragón de Montesa, puesto sobre un caballo tordillo, calado el reluciente casco, el cuello del capote hasta las sienes, pendiente del cinto el largo sable y afianzada la tercerola, hacía centinela en la Plaza de Oriente de Madrid, junto a la estatua de don Sancho el Bravo, cuando de pronto jinete y cabalgadura quedaron muertos de frío.
En esto comenzó a nevar copiosamente y a descender el termómetro, hasta el punto de que, algunas horas después, señalaba 55 grados centígrados bajo cero.
Y sobrevino una noche horrorosa, que se prolongó por espacio de tres meses.
Europa, el Norte de África, la Australia y una parte de Asia y América fueron sepultadas bajo un sudario de nieve de muchos metros de espesor; el Atlántico, el Pacífico, el Océano Índico y el mar de la China se precipitaron furiosos sobre islas y continentes, dejando solo al descubierto las cumbres del Himalaya, y los 1.400 millones de seres humanos que poblaban la Tierra quedaron reducidos a unas cuantas tribus nómadas semisalvajes e ignorantes de la civilización europea, que habitaban las elevadas mesetas de la gran cordillera asiática.
La aproximación de un cometa perturbando el movimiento rotativo de la Tierra había variado de súbito su eje.
La Península ibérica pasó a ser una región del polo boreal.
Madrid se encontraba a los 85 grados y 27 minutos de latitud Norte.
***
Transcurren años y años y siglos y siglos; los mares se retiran a sus antiguos límites; las tierras anegadas reaparecen y los polos vuelven a su primer estado.
La acción solar recobra su perdido imperio en la desierta España, y comienzan a liquidarse las enormes masas de nieve helada aglomeradas en los valles.
De las cordilleras de la Península se desprenden aludes como montañas, que bajan despeñados para sumergirse en las turbulentas aguas que cubren las hondonadas, y aparecer luego sobre la superficie de aquellas a manera de grandes islas flotantes.
El exuberante raudal, siguiendo las antiguas cuencas, ora formando inmensos lagos, ora anchurosos y dilatados ríos, se precipita entre abruptas y colosales moles de brillantes facetas cubiertas de cristalinos carámbanos.
Por todas partes el hielo ofrece en magnífica abundancia y grandiosa perspectiva las múltiples obras y variados estilos que pudo inventar el genio de la arquitectura. Aquí la pagoda india de sobrepuestos pisos, el esbelto minarete árabe, la severa columna dórica, la afilada aguja del obelisco, el imponente torreón del castillo feudal, el gótico campanario coronado de afiligranadas torrecillas, la cúpula majestuosa del Renacimiento y la bóveda atrevida del arte ojival, y allí el corvo espolón de un buque blindado, la proa lanzada de un barco de vela, el hondo foso y la empinada contraescarpa de una fortaleza. Más allá masas confusas, aglomeraciones ciclópeas, cerros cortados a pico, inclinados, que se juntan por las cimas, dejando entre sí espaciosas y profundísimas cavernas donde penetran lejanos rayos de luz, reflejándose y descomponiéndose con todos los colores del iris.
Doquiera el incesante estrépito de témpanos que resbalan por las laderas de los montes y en progresivo movimiento ruedan al fondo, de rugientes cataratas que se desprenden de considerable altura, y de informes bloques de hielo que se dislocan y rajan y al propio peso se desploman.
El Atlántico invade la desembocadura del Tajo, y juntando sus aguas con las de la gran arteria fluvial que dilata las orillas hasta las altas sierras, recibe en su seno enormes bancos de hielo, los cuales, a impulsos del viento, surcan las olas del mar espacioso, hasta liquidarse en las calientes zonas.
Un barco ballenero aborda acaso la errante isla, cuyas entrañas encierran todavía vestigios de la que fue capital de España. La acción del frío ha conservado momificados, a través de los siglos, al dragón de Montesa y el caballo sorprendidos por la ventisca a la puerta del Real Palacio.[11] Junto a ellos yacen hacinados los restos de la garita de caballería, el puesto de agua y fragmentos de la estatua de don Sancho el Bravo. Encuentran los pescadores estas reliquias de una época que se pierde en la noche de los tiempos, y solícitos las recogen, y con la preciosa carga se hacen a la vela con rumbo a la antigua costa del Senegal.
[11] A fines del siglo XVIII se encontró en Siberia entre el hielo, conservada por la acción del frío, la momia de un mamuth, cuya especie ha desaparecido.
Existe allí un pueblo, descendiente como el resto de la humanidad, de las hordas que se salvaron del nuevo diluvio en las altas mesetas del Himalaya, pueblo tan de suyo pacífico, que apenas conserva nociones del arte militar, aunque cuenta con una legión de sabios pletóricos de erudición, devorados por la sed de las investigaciones.
Todos ellos acogen con júbilo aquel tesoro de la edad prehistórica, y a porfía tratan de reconstituir los valiosos objetos que han de figurar en preferente sitio en el Museo Arqueológico. Algunos están hechos pedazos, deteriorados otros, incompletos los demás; pero no faltarán hábiles restauradores que los compongan, dando a los remiendos hasta la pátina antediluviana.
Por fin llega el deseado día en que los representantes de la sabiduría oficial dan a luz el luminoso informe confiado a su reconocida competencia o indiscutible autoridad, y presentan, reconstituidos y restaurados ante el más selecto de los auditorios, los preciosos y sin par ejemplares de un hombre, un caballo y diversos objetos de la más remota antigüedad.
«En primer lugar —dice el ponente de la comisión informadora—, han llamado nuestra atención la cabeza y el brazo derecho de una estatua de piedra. La expresión majestuosa de aquella, la actitud enérgica del segundo, extendido hacia el cielo, han confirmado plenamente nuestra primera impresión, de que nos encontrábamos en presencia de un ídolo. Y si no, juzgad vosotros.»
(Enseña los dos fragmentos de la estatua de don Sancho. El auditorio da muestras de aprobación.)
«Siendo este un ídolo —prosigue— hay motivos para creer que ese mueble pintado de blanco, símbolo de la pureza, y con rayas azules, color del cielo, es el altar.»
(Y señala el puesto de agua restaurado.)
«Y que era altar destinado a los sacrificios, lo atestigua esta plancha de metal blanco, que cubre el ara, para recoger la sangre de las víctimas con pulcritud y sin detrimento de la madera.»
(Y pone la mano sobre el cinc de la mesa.)
«Tenemos, pues, el ídolo, el altar y el ara de los sacrificios; pero estos ejemplares de la época anterior al diluvio, nada valen comparados con los notables objetos que vamos a exponeros. El hallazgo ha sido tal, que hasta nos ha permitido reconstituir parte del santuario del ídolo. Vedlo.»
(Y muestra con orgullo la garita de caballería, convertida en pagoda por obra y arte de los restauradores.)
«En cuanto al caballo, la comisión opina que era la víctima destinada al sacrificio, pues la costumbre de inmolar estos animales se pierde en la oscuridad de los tiempos más remotos. En prueba de ello recordaréis que, según la tradición transmitida por las tribus indias que se salvaron en los valles superiores del Himalaya del casi universal diluvio, y de las cuales descendemos todos, Vichnu, segundo término de la trinidad bráhmica, en una de sus primeras encarnaciones tomó la forma de enano para confundir a Balí, quien había sacrificado cien caballos para tener derecho al trono de Indra.
»Hay además otro indicio que no podemos menos de someter a vuestra consideración. El caballo es tordo claro, casi blanco, y nadie ignora que este último era el color propicio a los dioses.
»Reconocido el caballo como la víctima que iba a ser inmolada en aras del ídolo, hemos deducido naturalmente que este hombre de tan extraña manera vestido, cubierto con largo ropaje, tal vez el de ceremonias, era el sacerdote sacrificador.»
(Y presenta la momia del dragón de Montesa.)
«Como si no fuera bastante lo expuesto, a los pies del sacerdote se encontró un pedazo de la cuchilla de los sacrificios.»
(Y blande un fragmento del sable.)
«Por cierto que esta cuchilla tiene junto a la empuñadura una inscripción con caracteres para nosotros desconocidos, la cual debe ser una invocación a la Divinidad.»
(La inscripción dice: Fábrica de Toledo.)
«En uno de los bolsillos del sacerdote hemos encontrado un documento importante. Va encabezado con caracteres parecidos a los de la cuchilla, que tampoco hemos podido descifrar por no tener ninguna analogía con las escrituras conocidas; pero siguen a ellos columnas de números iguales a los que nuestros antepasados aprendieron de una tribu musulmana. ¿Qué significa este documento prehistórico? ¿Será aventurado suponer que nos encontramos en presencia de la Tabla cabalística de los augures, o tal vez de la Clave de los sagrados misterios, reservada solo a una casta sacerdotal?»
(Y ante el atónito auditorio exhibe un Suplemento a El Tío Jindama, con la lista de los números premiados en un sorteo de la lotería de Madrid.)
«¿A qué religión pertenecía este sacerdote? Pregunta es esta a la cual no nos atrevemos a contestar de una manera categórica; pero desde luego afirmamos que hemos encontrado algunas reminiscencias del brahmanismo. Sabido es, por ejemplo, que los vichnu-baktas, o sectarios de Vichnu, llevaban sobre el pecho una especie de medalla de cobre en la cual estaba grabada la imagen del mono Anumanta. Pues bien, junto a los restos del altar se encontró este pedazo de vidrio, con un papel a él adherido representando al mismo animal.»
(Mientras habla así, somete al examen del auditorio un fragmento de botella de Anís del Mono procedente del puesto de agua.)
«Este feliz hallazgo dará ocasión a uno de nuestros más ilustres colegas para escribir un interesante libro con el título de Influencia del brahmanismo en las religiones de los pueblos antediluvianos de Occidente.
»Vamos a exponeros otros objetos de inapreciable mérito arqueológico. He aquí una lámpara votiva.»
(Y enseña con algunos remiendos y añadiduras de los restauradores, el casco invertido del soldado de caballería.)
«Que era aquel un pueblo adelantado en el orden científico, lo demuestra este fragmento del pararrayos del santuario.»
(Alude a un trozo del cañón de la tercerola.)
«Aquí tenéis el cepillo de las ofrendas. Ofrece una particularidad: es de cristal para que aquellas fuesen públicas. Así se estimulaba la largueza de los fieles, se ponía de manifiesto la ruindad de los avaros, y se fiscalizaba a los servidores del culto. ¡Elocuente testimonio de la previsión prehistórica!»
(Saca la caja de vidrio y hoja de lata donde la aguadora guardaba los azucarillos.)
«En el seno de la comisión investigadora han surgido dudas respecto de la procedencia de esta momia humana. Algunos dignísimos individuos, en vista del color negro del pelo y de la barba, sostenían que aquella era originaria de un clima caliente, o por lo menos templado. Otros, no menos respetables por su saber y acreditada competencia en materias antropológicas, objetaban, fundándose en las prendas de vestir y en el sitio donde fue hallada, que procedía de un país septentrional. Varios conciliaban las opuestas opiniones con este razonamiento: “Esta momia perteneció a una casta sacerdotal; las clases sacerdotales residían en las zonas templadas más civilizadas, donde debieron tener su origen, y acaso enviaban misioneros a los pueblos menos cultos del Norte. ¿No podría ser por lo tanto un hombre meridional que se encontrase accidentalmente ejerciendo sus funciones sagradas en una comarca extraordinariamente fría?” Cuando era más acalorada la controversia, vino a darle término un feliz hallazgo, poniendo de acuerdo los contrarios pareceres. La momia tuvo el pelo y la barba rubios, como suelen tenerlo los hijos del Norte, pero se teñía de negro. Sí, señores, se teñía de negro, y llevaba consigo una bolsa con varios artículos de tocador. Helos aquí: un peine, un cepillo, y en una cajita el cosmético. ¡Señores, qué adquisición! ¡El cosmético fósil!»
(Y presenta la caja de betún hallada en la bolsa de trastes del exdragón de Montesa.)
«Pero como si no bastaran tantas riquezas, la suerte nos deparaba un objeto de más valor: un ejemplar numismático. ¡El único, prehistórico, que existe en el mundo! Es una medalla de cobre. En el anverso hay una matrona sentada, con el brazo extendido en actitud enérgica, y en el reverso un arrogante león con las manos levantadas haciendo equilibrios, apoyándose en un aro. Todos vosotros habréis adivinado el objeto y significación de esta preciosa y sin igual reliquia arqueológica, que hemos clasificado así: Medalla conmemorativa de una domadora de leones.»
(Y el docto auditorio admira aquel prodigio numismático, y el Museo Arqueológico se enriquece con el último perro chico de la pobre España.)