I
El príncipe don Juan, único hijo varón de los Reyes Católicos, bajó al sepulcro el 4 de octubre de 1497, y su hermana mayor, Doña Isabel, reina de Portugal, sucediole en el derecho de heredar el trono de Castilla, según las leyes de este reino; lo cual no impidió que Felipe el Hermoso, casado con Doña Juana, hija segunda de aquellos monarcas, reclamara para sí y para su esposa el título de Príncipes de Asturias.
Los soberanos españoles apresuráronse a protestar contra tan injustificada pretensión, y resueltos a destruirla por completo, llamaron a sus hijos, los de Portugal, y en 29 de abril de 1498 hicieron reconocer y jurar por las Cortes, reunidas en Toledo, a Doña Isabel, esposa del rey don Manuel, por sucesora legítima de la corona de Castilla; mientras don Fernando convocaba, para el 2 de junio del mismo año, las Cortes aragonesas, a fin de que estas, por la parte referente a aquel reino, tomaran el mismo acuerdo.
Graves dificultades opusieron las de Zaragoza a los deseos de la familia Real, que de propósito había ido a dicha ciudad, pues la mayor parte de los representantes, invocando las leyes de Aragón,
a pesar de ejemplos contrarios, profesaban el principio de que las hembras eran excluidas en la sucesión del trono. Después de prolija controversia, decidiose diferir la resolución hasta que ocurriese el alumbramiento de la hija mayor de los Reyes, que se hallaba encinta; con objeto, en el caso de nacer un niño, de proclamar a este por heredero de la corona, en virtud de la disposición testamentaria de don Juan II, según la cual a falta de hijos varones se reconocía el derecho de sucesión a los descendientes varones de las hijas del monarca.
Conciliados sobre este punto los opuestos pareceres, no suscitó oposición alguna el reconocimiento del príncipe don Miguel, a quien dio a luz, a costa de su vida, la virtuosa princesa Doña Isabel el 23 de agosto de 1498, en la misma ciudad de Zaragoza. Los cuatro brazos del reino de Aragón, reunidos el 22 de septiembre, confirmaron su acuerdo con la jura solemne del tierno nieto de los Reyes Católicos o hijo primogénito de los de Portugal.
En los primeros días del siguiente año, las Cortes de Castilla, congregadas en Ocaña, y en 17 de marzo las de Portugal en Lisboa, declararon a don Miguel legítimo heredero de los respectivos reinos.
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Don Miguel I[4] fue proclamado rey de Castilla en 1504, por muerte de Doña Isabel la Católica; de Aragón en 1516, al expirar don Fernando, y de Portugal, en 1521, en cuya época ocurrió el fallecimiento de don Manuel el Grande.
[4] El príncipe don Miguel, a quien hace reinar el autor de esta pseudohistoria, murió en Granada el día 20 de julio de 1500, a la temprana edad de dos años, por desgracia de España, que cifraba en aquel niño las más halagüeñas esperanzas.
Frisaba con los veinticuatro años el ilustre nieto de los Reyes Católicos, cuando juntó las coronas de Castilla, Aragón, Portugal y Navarra, en la Península, y fuera de ella, las de Nápoles y Sicilia; con las colonias de las Indias Orientales y Occidentales, que a la sazón acrecentaban con pasmosa rapidez los navegantes españoles y portugueses.
Era don Miguel un monarca de ánimo esforzado, de actividad incansable y de reflexivo y cultivado entendimiento. De su abuelo don Fernando heredó aquella sagacidad y diplomacia que hicieron de él uno de los más hábiles políticos de su tiempo; de su abuela, la Reina Católica, los generosos impulsos y la tenaz perseverancia que dieron un mundo a España y completaron la obra de la Reconquista; de su madre la piadosa Doña Isabel, los más puros sentimientos religiosos, aunque ajenos de superstición y fanatismo, y por fin, de su padre el rey don Manuel, aquel incesante deseo y noble ardimiento con que protegía y estimulaba las atrevidas empresas encaminadas a coronar la obra iniciada en Occidente por el genio portentoso de Cristóbal Colón, y en Oriente por la constancia indomable de Vasco de Gama.
Mas sobre tan relevantes cualidades descollaban en el joven soberano otras superiores a ellas, en una época en que las tendencias de un orden sentimental ahogaban la voz de la razón y de la conveniencia, y eran el sentido práctico, el claro y recto juicio y el espíritu eminentemente utilitario que presidían a todos los actos de su política.
Abatida la grandeza turbulenta en el anterior reinado; reducidos a la impotencia aquellos soberbios magnates que ultrajaban la majestad del solio; respetado en todas partes el poder Real; reformadas las órdenes religiosas, merced al cristiano celo de Isabel, secundado por la austera energía de Cisneros, que durante la menor edad del Rey intervino en la gobernación de Castilla; organizada la Santa Hermandad, milicia creada para la defensa del orden social, que convirtiose en vigoroso campeón del trono contra las demasías de la nobleza, el gran rey don Miguel comprendió que el reposo, la prosperidad y la ventura de su dilatada monarquía estribaban en el respeto de las venerandas instituciones populares y en el paulatino desenvolvimiento de estas, unidas en estrecho o indisoluble vínculo con la Corona.
Era al propio tiempo forzoso dar cierta unidad a aquellos Estados peninsulares, que discrepaban entre sí por sus leyes, usos, costumbres, y hasta por su lengua, y al efecto, con prudentes medidas, sin lastimar las preocupaciones locales, fue preparando el camino del sistema que alcanza tan alto grado de perfección en nuestros días, gracias al unánime concurso del cuerpo electoral, al desinterés de los representantes del país, y a la sinceridad y rectitud de los gobiernos: lógica consecuencia de los progresos de las costumbres políticas, después de tantos siglos, sin solución de continuidad, de un régimen encarnado en el espíritu de la nación ibérica.
En medio del caos en que estaban sumidas entonces las ciencias económicas, dio don Miguel un raro ejemplo de previsión, facilitando el libre tráfico entre todos los reinos europeos sometidos a su cetro, haciendo extensivos a los puertos de los mismos el privilegio, de que disfrutaban Sevilla y Lisboa, de contratar con las Indias, y por fin, autorizando, aunque con algunas restricciones, el comercio exterior. Si bien rindiendo tributo a las ideas proteccionistas de la época, o acaso impulsado por un móvil de alta política, prohibió en absoluto toda comunicación entre las colonias y los puertos extranjeros, permitió, en cambio, la extracción del oro y de la plata de la Metrópoli; metales que, abundando con exceso desde el descubrimiento del Nuevo Mundo, encarecían las mercancías y la mano de obra. Los resultados de esta sabia medida fueron tan inmediatos como eficaces: derramándose el numerario sobrante por Europa, abrió vastísimo mercado a las transacciones, acrecentose en extremo con los retornos la riqueza pública, y restableciose el perdido equilibrio de la balanza mercantil, librándose la nación de verse pobre en medio de la superabundancia de aquellos metales preciosos estancados.
La supresión de las trabas impuestas al comercio colonial, y la concesión a todos los puertos de la Monarquía, de las franquicias que gozaban solo Sevilla y Lisboa, contribuyeron en gran parte al afianzamiento de la unidad nacional; porque eran tan pingües los beneficios que reportaba el tráfico con los países ultramarinos a la industria y a la agricultura, que los diferentes reinos quedaron ligados entre sí en inquebrantable lazo por el derecho recíproco, la utilitaria conveniencia y la asociación de intereses materiales: vínculos más estrechos y poderosos que los creados por las combinaciones políticas, el espíritu regional o la fuerza de las armas.
Además, con esta reforma acelerose el desarrollo y la prosperidad de las colonias, porque la emulación y la competencia, que nacieron al amparo del libre comercio, confirmaron pronto la bondad de una ley económica revelada palpablemente por la experiencia.
Tal fue en resumen la política interior del rey don Miguel.
En cuanto a la exterior, tuvo por constante objetivo los altos intereses del cristianismo y de la civilización, la defensa de la unidad nacional, el bienestar de sus súbditos y la seguridad del tráfico. Atento sobre todo a la situación geográfica de la Península, que constituía el núcleo de sus vastos dominios; con sobradas tierras, en los extremos Oriente y Occidente, por colonizar: con un enemigo en la costa opuesta del Mediterráneo a quien someter, comprendió que Iberia debía vivir, en lo posible, alejada de toda injerencia en el resto de Europa, prescindiendo de aquellos derechos señoriales que no afectasen de un modo directo al porvenir de la patria. Así es que no mostró empeño en conservar el reino de Nápoles, eterna causa de discordias con Francia, seguro de que la posesión de aquel territorio pudiérale distraer de empresas más provechosas. En cambio retuvo y fortificó a Sicilia, que por su carácter insular era más fácil poner a cubierto de los ataques enemigos, y que por su posición estratégica constituía uno de los fuertes destacados para proseguir la guerra contra el islamismo.
Vencer a este y conquistar aquellos países, separados de España por un brazo de mar, fue el propósito de toda su existencia, y a esta política, con perseverancia seguida en los siglos posteriores, débese la formación del grande estado ibero-africano, que tiene por linderos, al Norte, el Garona; al Sur, el Atlas, y al Este, el desierto de la Libia.
Para el logro de tan altos fines, y sobre todo para la defensa de las apartadas colonias, dedicose, con particular predilección, al fomento de la armada y a la creación de ejércitos permanentes, obra patriótica que con el mismo ardor continuaron sus sucesores, y así, ni los venecianos y turcos primero, ni los holandeses e ingleses después, pudieron hacer frente al poder marítimo de Iberia, la cual consiguió de esta suerte, no solo dar feliz remate a la obra de la conquista de África, sino también salvar de la rapacidad extranjera las dilatadas colonias de la América del Sur, y sobre todo, el rico imperio indostánico, donde los portugueses habían fundado las primeras factorías.
Sobre tales cimientos asentada la política de la nación; sinceramente unida la dinastía tradicional con las instituciones populares; hermanado el trono con las libertades públicas, que el espíritu de los tiempos ha venido perfeccionando sin revoluciones ni violencias; inspirados los altos poderes en los grandes intereses del país; seguida sin interrupción, en el espacio de cuatro siglos, la senda trazada por don Miguel I, ¿debe sorprendernos acaso que Iberia, a pesar de sus vicisitudes, de sus crisis y de los grandes conflictos surgidos en Europa y América, sea todavía la primera potencia del mundo?
Aquel gran Monarca, imitando a sus ilustres abuelos los Reyes Católicos, no tuvo residencia fija en ninguna de las ciudades de la Península; pero en el reinado siguiente tratose de designar la capital definitiva de la Monarquía. Era este punto motivo de rivalidades y de discordias entre varias poblaciones de los antiguos reinos, y el Soberano no quiso tomar resolución alguna sin el concurso de las Cortes. Con este motivo convocó por primera vez, en un solo Cuerpo, las de los diferentes reinos, dando además voto a las ciudades y pueblos importantes que carecían de él. Esta novedad, recibida con universal beneplácito, fue un gran paso hacia el perfeccionamiento del sistema parlamentario.
Congregáronse las Cortes en Toledo, y después de animados debates prevaleció el dictamen de la conveniencia pública, sustentado especialmente por los procuradores de los pueblos que por primera vez hacían uso del derecho de representación.
Toledo fue declarada capital de Iberia.
Las Cortes, no obstante, al proponer al Rey esta medida, le suplicaron encarecidamente que visitase con mucha frecuencia las grandes poblaciones de los antiguos reinos, para ver de cerca sus necesidades.
Situada Toledo en la margen de un río caudaloso, en el centro de la Península, con una extensa vega, numeroso vecindario, florecientes industrias y activo comercio, abundante de buenos materiales de construcción, próxima al delicioso sitio de Aranjuez, llena de monumentos que atestiguaban sus antiguas glorias, y residencia del primado de España, parecía el punto destinado a ser el corazón de una gran potencia.
Acordose que en lo sucesivo se reunirían en Toledo los procuradores de todos los reinos, cuando fuesen convocados por el Monarca para tratar de asuntos de interés general, sin perjuicio de las juntas parciales de cada uno de ellos en las cuestiones de carácter regional; y después las Cortes votaron un impuesto destinado a la construcción en la vega del soberbio edificio, asombro de propios y extraños, donde todavía celebran sus sesiones las Cámaras del reino.
En torno de aquel monumento, símbolo de las libertades patrias, repartida en anchas plazas y espaciosas calles tiradas a cordel, se fue edificando la ciudad moderna. Allí, en las márgenes del Tajo, se admiran en el día las casas solariegas, propiedad de las más ilustres familias del país; numerosas y artísticas iglesias del estilo del Renacimiento; el Palacio Real, situado en la orilla izquierda del río, que deja atrás al Louvre y a las Tullerías por su extensión y magnificencia; grandes museos, donde descuellan las obras del genio ibérico y se estudian los progresos de sus civilizadoras conquistas; la Universidad y considerables establecimientos de enseñanza, que ofrecen a la juventud, sin estipendio alguno, el pan del alma, y al verdadero mérito y al probado saber, justa y liberal recompensa; vastos cuarteles, albergue de los que en extranjero suelo esgrimen las armas, jamás manchadas de española sangre; suntuosos Tribunales de justicia, amparo solícito y diligente de la razón atropellada; la casa del Ayuntamiento, centro de noble desinterés y cívica perseverancia; cómodos y elegantes coliseos, palenques solo del arte nacional; los Ministerios, término glorioso de la reconocida competencia y de la acrisolada rectitud; la grandiosa Bolsa, mercado universal de valores y santuario de la probidad y de la buena fe; el Banco, activo servidor del crédito ajeno y fiel guardián del propio; parques y paseos, con profusión de estatuas erigidas a los preclaros hijos de Iberia, y en magnífica abundancia, elegantes fuentes y murmuradoras cascadas; una campiña poblada de árboles seculares y de pintorescas quintas, donde el ánimo fatigado halla el dulce reposo del hogar en el seno de la Naturaleza; numerosas fábricas, cuyas humeantes chimeneas glorifican la conquista del hombre sobre la materia, y por fin, la soberbia ciudad de tres millones de almas, digna capital del mayor y más poderoso de los imperios, que eclipsa con su grandeza a París y a Londres.
A tal prosperidad contribuyó en extremo la canalización del Tajo desde Aranjuez hasta su desembocadura, en cuya obra colosal, sobre todo para la época en que se llevó a cabo, invirtiose una parte de los beneficios de las minas de las colonias, que correspondían al Estado. A fines del siglo XVI terminaron los trabajos, y desde entonces pueden remontar el río hasta Toledo buques de 200 toneladas.
La invención de los ferrocarriles, que comenzaron a construirse en la Península en el segundo tercio de este siglo, fue también poderoso auxiliar al engrandecimiento de Toledo, y especialmente de su industria y comercio. El plan de las vías férreas respondió a las necesidades generales del país: los trazados acomodáronse a ellas y a la economía, sin tenerse para nada en cuenta las influencias personales o de localidad, y obtúvose de esta suerte una gran baratura en las tarifas de transportes. Así es que los carbones de Puerto Llano y Bélmez se colocan en Toledo a tan bajo precio, que compiten con los ingleses traídos por la vía fluvial.
Gracias a esta facilidad de comunicaciones, renacieron y se desarrollaron en el centro de la Península las industrias que de antiguo existían, las cuales librándose de inminente ruina, evitaron el empobrecimiento de unas provincias que, poseyendo, en lo general, un suelo ingrato, necesitan el concurso de la fábrica para no arrastrar vida trabajosa y miserable.
La elección de capital, aunque parece un simple incidente histórico, ejerció grande influencia en los destinos de nuestra patria, pues estableciéndose aquella en un centro donde pudieron desarrollarse en grande escala el comercio, la industria y la agricultura, infundió a la gobernación del Estado sentido utilitario y práctico, dio al resto del país constante ejemplo de amor al trabajo, abrió ancho campo a la iniciativa individual, y alejó a la ambición, que veía ante sí más dilatados horizontes, de las estériles luchas de la política y de las esperanzas burocráticas.
En el segundo capítulo daremos a conocer cómo salió el reino de las grandes crisis que surgieron en el mundo, y particularmente de la producida por la emancipación de los Estados sud-americanos, y veremos el prodigioso incremento que tomó la riqueza pública en toda la Península al amparo de la paz interior y de la sabia política de la dinastía nacional, fiel intérprete de los altos intereses, de las tradicionales necesidades y de las verdaderas aspiraciones de la sociedad ibérica.