LIBRO TERCERO.
ELEGÍA PRIMERA.
ARGUMENTO.
La Tragedia y la Elegía se disputan la posesion de Ovidio.
Existe una antigua selva, que durante largos años ha permanecido virgen, y se la cree el santuario de una divinidad. En medio hay una fuente sagrada, que domina una gruta cortada en la roca: el aire resuena al alrededor, con el dulce murmullo de las aves. Paseándome un dia en los espesos sotos de este bosque, pensaba sobre qué género de obra ocuparia mi musa.
Ví venir hácia mí la Elegía con los cabellos olorosos y atados con arte; y, si no me engaño, uno de sus piés era más largo que el otro. Su aire era decente: su ropa, del tisú más lijero; su aspecto, el de una amante. El defecto mismo de sus piés aumentaba su gracia. Ví venir tambien á la Tragedia avanzándose á grandes pasos, la mirada feroz, los cabellos dispersos, la ropa talar. En su mano izquierda llevaba con arrogancia el cetro de los reyes; sus piés calzaban noblemente el coturno Lydio.
La primera, dirigiéndose á mi, me dijo: «¿Cuál será, cuál será el término de tus amores, poeta infiel á mi culto? En los festines licenciosos cuéntanse tus locuras, cuéntanse en las encrucijadas. Casi siempre que pasas te señalan con el dedo, y dicen: «Ved ahí ese poeta á quien consume el cruel Amor.» Tú eres, sin duda, la fábula de la capital cuando cuentas sin pudor tus espansiones amorosas. Tiempo es ya de que, cediendo á los impulsos del thyrso, trates asuntos más elevados. Por largo tiempo has estado reposado; emprende una nueva obra. El asunto de tus cantos apoca tu génio: celebra los grandes hechos de los guerreros. ¿Soy yo, dirás tú, para servir en esa carrera? ¿Pero tu Musa no ha prodigado bastantes canciones á las bellas? Tu primera juventud está enteramente entregada á esas bagatelas. Sé conmigo ahora; que yo te debo el nombre de Tragedia romana. Tu génio puede bastar para esta noble tasca.» Dijo ella, y, apoyándose con altanería en sus coturnos bordados, sacudió tres ó cuatro veces su cabeza sombreada por una espesa cabellera.
La Elegía, si no recuerdo mal, sonrió mirándome de soslayo. Tenia, si no me engaño, un ramo de mirto en la mano. «¿Por qué, dijo, orgullosa Tragedia, me tratas con tan pocos miramientos? ¿no puedes jamás dejar de ser severa? Esta vez no obstante has tenido á bien combatirme en versos desiguales con mi propia rima. No comparo mis cantos á tus sublimes acentos: tu soberbio palacio aplasta mi humilde morada. Lijera como soy, me deleito con Cupido, no menos lijero que yo. No tengo la vanidad de creerme superior á mi papel. Sin mí, la madre del voluptuoso Amor no tendria tantos encantos: soy la auxiliar y la compañera de esta diosa. La puerta que no sabria forzar tu duro coturno, se abre á los dulces acentos de mi voz; y sin embargo, si mi poder es superior al tuyo, lo debo á la paciencia con la cual sufro bien las cosas que sublevarian tu orgullo. De mí aprende Corina á engañar á su guardian, á forzar la cerradura de una puerta rigurosamente cerrada, á salir furtivamente de su lecho, vestida de una túnica arremangada, y á avanzar con paso sordo, en las tinieblas de la noche.
«¡Cuántas veces me he visto suspendida en una puerta rebelde, importándome poco ser vista por los paseantes! Hay más: recuerdo que la sirvienta de Corina me recibió y tuvo escondida en su seno, hasta que vió alejarse al severo guardian de su señora. ¿Te recordaré que para celebrar el aniversario del nacimiento de tu bella, me enviabas á ella en presente, y que me rasgó y me arrojó despiadada en el agua? Soy yo la primera que ha hecho germinar en tí las semillas fecundas de la poesía: á mí debes el privilegiado talento que reclama para sí mi rival.»
Las dos Musas habian acabado, y, dirigiéndome á ellas, les dije: «Por vosotras mismas os conjuro; acojed sin prevencion mis tímidas palabras. Vosotras me ofreceis el cetro y el noble coturno y ya los acentos sublimes salen de mi boca apenas entreabierta; y vosotras haceis inmortales mis amores. Sé, pues, propicia á mis votos y déjame mezclar entre sí el grande y el pequeño verso: otórgame una poca dilacion, majestuosa Tragedia: tus obras exigen años, y las de tu rival solamente algunas horas.»
No fué sorda á mi ruego: los tiernos amores esméranse en aprovechar la próroga otorgada: he de ultimar una obra mucho más grande que me apremia.
ELEGIA SEGUNDA.
ARGUMENTO.
Los juegos del Circo.
«Si me siento aquí, no es por el interés que tomo en los famosos corceles; y sin embargo, mis votos no son menos para aquel que tú favoreces. Vengo para charlar contigo, para estar á tu lado, para no dejarte ignorar todo el amor que tú me inspiras. Tú miras la corrida y yo te miro á tí. Gocemos los dos del espectáculo que nos agrada, ambos repasemos nuestras miradas holgadamente. ¡Oh, dichoso, sea quien quiera, el competidor que tú favorezcas! tiene la dicha de interesarte. Que semejante dicha me alcance; al instante me lanzaria de la barrera, abandonándome á mis impetuosos corceles. Sabria, aquí, soltarles las riendas; allá, marcar sus flancos con golpes de látigo; más lejos, estrechar el círculo dando vuelta. Pero si, en mi carrera rápida, llegara á divisarte, ¡oh! me detendria, y las riendas se me escaparian de las manos. ¡Ah! faltó poco para que Pelops no cayera en medio de la carrera de Pisa, ocupado como estaba en contemplarte, ¡bella Hippodamia! Y no obstante él debió su victoria á los votos de su señora. ¡Así pudiesen todos los amantes deber su triunfo á los votos de sus bellas!
¿Por qué tratas vanamente de alejarte de mí? la misma grada nos retiene al uno junto al otro: es una ventaja que debo á los reglamentos del Circo. Pero tú, que estás á la derecha de mi bella, sostente bien; la molestas, apoyándote sobre ella. Y vosotros que estais colocados detrás, no extendais tanto vuestras piernas; tened bastante circunspeccion para no ajar sus espaldas con vuestra ruda rodilla. Cuidado, amiga mia, tu ropa demasiado baja arrastra por tierra; levántala como voy á hacerlo yo mismo. Oh ropa, estabas celosa por cubrir tan bellas piernas; tú querias ser sola en verlas; si, tú estabas celosa. Tales eran las piernas de la lijera Atalante, que Milanion hubiera querido tocar con sus manos: tales tambien las de Diana, cuando, levantada la ropa, perseguia en las selvas los venados, menos intrépidos que ella misma. Estoy encendido por aquellas piernas que no he podido ver; ¿qué sucederá al ver las tuyas? tú vienes á añadir fuego á un brasero, y agua al mar. Juzgo, por lo que he visto, lo que pueden ser los otros atractivos tan bien cubiertos bajo tu lijera ropa.
¿Quieres tú, entretanto, que un aire agradable venga á refrescar tu rostro? esta tablilla agitada por mi mano, te dará ese placer; á menos que no sea el fuego de mi amor, más bien que el calor del aire, lo que te ahoga, y que tu corazon no arda con una placentera llama. Mientras que te hablo, una negra polvareda ha empañado el brillo de tu blanca ropa: ¡huye de encima de aquellas espaldas de nieve, polvorosa tierra! Mas vé ahí venir la corte; callad, y prestad toda vuestra atencion. Es llegado el momento de aplaudir: la brillante corte se adelanta.
En primer lugar aparece la Victoria, con las alas desplegadas. Oh diosa, seme favorable, y haz que mi amor sea vencedor. Aplaudid á Neptuno, vosotros los que tanta confianza teneis en sus ondas. Por lo que á mí toca, nada tengo de comun con el mar, y no amo mas que la tierra que habito. Tú, soldado, aplaude á tu dios Marte. Yo huyo de los combates: amo la paz y el amor al que la paz favorece. Que Febo sea propicio á los augures, Febé á los cazadores. Tú, Minerva, recibe el saludo de todos los amigos de las artes. Y vosotros, labradores, saludad á Céres y al tierno Baco. Que Pólux oiga los votos del gladiador, y Cástor los del caballero. Nosotros te aplaudimos á tí, dulce Vénus, á tí y á los Amores armados de flechas. Secunda mis esfuerzos, tierna diosa; dá otro génio á mi amante; que ella se deje amar. Con un signo de cabeza, me predice Vénus el éxito. Lo que ella me ha prometido, prométemelo tú tambien. Atiende mi súplica, y perdóneme Vénus, serás á mis ojos más grande que esta diosa. Te lo juro, y pongo en testimonio de mi juramento á todos los dioses que brillan en esa corte, tú serás siempre mi querida señora. Pero tus piernas no tienen punto de apoyo: puedes, si quieres, apoyar en medio de estos barrotes la punta de tus piés.
Ya la carrera está libre, y los grandes juegos van á empezar: el pretor acaba de dar la señal: los cuádrigas[10], se han lanzado todos á un tiempo, desde la barrera. Miro aquel por que te interesas; quien quiera que sea el que tú favoreces, saldrá vencedor. Los mismos caballos parecen adivinar tus voces. ¡Ay! qué círculo describe alrededor del mojon, desgraciado ¿qué haces? te lleva ventaja tu rival, que ha rasado de más cerca. ¿Qué haces, imprudente? Dejas inútiles los votos de la belleza. Por favor sujeta fuertemente la rienda izquierda. Nos hemos interesado por un torpe. Vamos, romanos, llamad, y dad la señal sacudiendo de todos lados vuestras togas. Hé aquí, que se le llama: pero, por miedo á que el movimiento de las togas no desordene la simetría de tu tocado, puedes ponerle al abrigo bajo la falda de la mia.
Ya la liza se abre de nuevo, la barrera está levantada, y los rivales, á quienes distingue su color, lanzan sus caballos en la arena. Esta vez al menos sé vencedor, y vuela por el espacio que se abre ante tí. Haz que mis votos, y los de mi señora se vean cumplidos. Lo son efectivamente los de mi señora y aun más los mios. Ha conquistado la palma; me resta ganar la mia.» La bella ha sonreido, y su chispeante mirada ha prometido alguna cosa. Por ahora es bastante: en otra parte darás el resto.