FÁBULA IX.
OCIROE TRANSFORMADA EN YEGUA.
Se hallaba alegre el Semifiera con tener por alumno á un Dios, y preferia este honor al trabajo de educarle: quando he aquí que se le presenta con los hombros cubiertos de sus rubios cabellos su hija, á quien la Ninfa su madre puso por nombre Ociroe, habiéndola parido en las riberas del rápido rio Caico.[159] No se contentaba esta con haber aprendido las artes de su padre, sino que vaticinaba los secretos de los hados. Un dia pues, concibiendo en su mente los fatídicos furores, y cobrando vigor con el espíritu divino que tenia encerrado en su pecho, miró al infante,[160] y le dixo: „Crece ¡ó niño! que traes la salud al orbe:[161] muchas veces te deberán la vida los cuerpos de los mortales.
(32) Ociroe anuncia á su padre Quirón
el destino del niño Esculapio.
Se te permitirá volver á dar la vida; pero sabe, que aunque lo harás una sola vez[162] contra la voluntad de los Dioses, no se te permitirá otra vez, por el fuego de tu abuelo,[163] que te quitará la vida: despues de haber sido Dios, quedarás un cuerpo muerto; y el que poco ha eras cuerpo, volverás á ser Dios, y renovarás dos veces tus hados. Tú tambien, padre caro, no mortal, sino criado para ser eterno, desearás poder morir, quando te atormente la sangre de la venenosa serpiente, introducida por los miembros heridos. Los Dioses te harán de eterno mortal; y las tres Diosas[164] cortarán el hilo de tu vida.” Aun le quedaba algo que decir sobre el destino de su padre,[165] quando suspira de lo profundo de su pecho, y empieza á derramar copiosas lágrimas diciendo: „El destino se vuelve contra mí; no puedo hablar mas, y se me impide la articulacion de la lengua. No debian haberme sido tan apreciables las artes,[166] que me han acarreado la ira de Dios. ¡Oxalá hubiera ignorado lo futuro! Ya parece que se me quita el semblante humano; ya me agrada la yerba por comida; ya tengo deseo de correr por los dilatados campos; ya me convierto en yegua, y en unos pechos de quienes no degenero.[167] Pero ¿por qué soy mudada toda, puesto que mi padre es de dos formas?” Al decir esto, se le entendian ya muy poco sus últimos lamentos, y se confundiéron sus palabras. No pareció aquel primer sonido de yegua sino del que la imita: á poco tiempo prorumpe en claros relinchos, y aplica sus brazos á la yerba.[168] Entónces se juntan los dedos, y la ligera uña liga las cinco con un eterno casco. Se extiende su rostro y cuello. Se convierte en cola la mayor parte del prolongado manto; y como los sueltos cabellos se tendian por el cuello, se convirtiéron en hermosas crines, y á un mismo tiempo se innovó la voz y semblante, y tomó el nombre de aquel monstruo.
(33) Apolo guarda los ganados de Admeto
en los campos de Mesene.