FÁBULA XIII.

LA ENVIDIA SE APODERA DE AGLAURA.

Camina Palas inmediatamente al templo de la Envidia, cubierto de negra podre,[178] que es una casa oculta en lo mas profundo de una gruta, donde habita la tristeza y el frio, á quien es desconocido el fuego, y donde siempre reyna la mayor obscuridad. Luego que llegó á ella esta muger varonil, temible en la guerra, se paró á sus umbrales (porque no le era permitido entrar), y llama á las puertas con la punta de su lanza. Apénas las tocó, quando se abren: ve en su interior á la Envidia comiendo carne de víboras, único alimento de sus vicios; aparta su vista horrorizada de este espectáculo; mas ella se levanta perezosa, y dexando á medio comer los cuerpos de las serpientes, se dirige á Palas con lentos pasos; y viéndola tan hermosa y con tales armas, empezó á gemir, é hizo asomar á su semblante la tristeza que sentia en su interior. Habita en su rostro la palidez; presenta consumido todo su cuerpo; mira siempre de reojo, y tiene los dientes ennegrecidos con el sarro; reverdece con la hiel su pecho; la lengua está inficionada con el veneno. Jamas se rie, sino quando ve el mal ageno; no puede dormir movida de los vigilantes cuidados; ve con horror los prósperos sucesos de los hombres, y viéndolos se consume; de suerte, que á un mismo tiempo daña y es dañada, siendo ella verdugo de sí misma. Tritonia,[179] aunque la aborrecia, la dixo en pocas palabras: „Inficiona con tu veneno á una de las hijas de Cecrope, que así conviene á mis intentos: Aglaura es esta.” Desapareció sin hablar mas; y clavando su lanza en la tierra la hizo temblar. Ella, mirando por encima el hombro á la Diosa en su fuga, murmuró secretamente, pesándole de la prosperidad futura de los sucesos de Minerva: toma su báculo, compuesto de espinosos nudos, y cubierta de negras nubes, destruye los floridos campos por qualquiera parte que pasa: abrasa la yerba, y aniquila los mas altos montes; contamina con su aliento pueblos, ciudades y casas; y por último, mira la ciudad consagrada á Palas, floreciente en ingenios, riquezas, y amable paz. Detiene con dificultad las lágrimas, porque nada ve digno de llanto. Pero luego que entró en el aposento de la hija de Cecrope,[180] pone en execucion las órdenes de la Diosa: toca su pecho con envidiosa mano, y llena sus entrañas de ramosas espinas: le introduce nociva la ponzoña, llena sus huesos del pestífero veneno, y le esparce por sus pulmones. Y para que no tarde en probar su dolor, presenta á su imaginacion á la hermana su feliz casamiento, y al hermoso Dios. Todo se lo propone grande; con cuyos remordimientos, estimulada la hija de Cecrope, se ve atormentada ocultamente, y gime noche y dia llena de sobresaltos. Empieza á consumirse la infeliz, no de otra suerte que se derrite el hielo con la presencia del Sol ardoroso: se abrasa envidiosa de la felicidad de Herse, del mismo modo que las espinosas yerbas quando se les aplica fuego; porque sin levantar llama se queman lentamente. Algunas veces se deseaba la muerte por no presenciar esto, y otras pretendia descubrirlo á su padre como si fuera un delito.