FÁBULA XIV.

JÚPITER ENAMORADO DE IÖ.

Hay en Tesalia un bosque llamado Tempe, á quien rodea por todas partes una eminente selva. El Penéo, que nace de las raices del Pindo, se desenvuelve por estos lugares con espumosa corriente. Con su precipitado curso levanta una especie de nubes, que causan ligeras nieblas; con cuyo rocío parece riega las encumbradas selvas, y su ruido se oye hasta en los sitios mas distantes. Esta es la casa, este el asiento, y estos los recintos del gran rio Penéo, que habita en una cueva tajada de peñascos, desde donde gobierna las aguas, y á las Ninfas que veneran las olas. Todos los rios de ménos nombre vecinos se juntáron en este sitio, dudosos de si habian de dar el parabien á Penéo, ó le habian de consolar por la pérdida de su hija. Viene el rio Esperquio, cuyas riberas estan cubiertas de álamos, el inquieto Enipéo, que tiene siempre sus aguas agitadas, el anciano Apidano, el blando Anfriso, el rápido Aeas, y últimamente todos los demas rios, que llevan al mar las aguas golpeadas con los grandes rodeos por donde el ímpetu los arrebata. Solo entre estos falta Inaco, que encerrado en su profunda caverna acrecienta las aguas con sus lágrimas. Este desgraciado padre llora la pérdida de su hija Iö: ignora si es viva ó muerta; pero no hallándola por ningun lado, se persuade que ya en ninguna parte exîste, siempre inclinado á sospechar los sucesos mas desgraciados. Habia visto Júpiter á Iö, que salia del gremio de su padre, y la dice: „Ó doncella, digna de ser amada del mismo Júpiter, y que con tu mano harás feliz á no sé quien de los mortales: busca las sombras ó en estos ó en aquellos bosques (la señalaba las de derecha é izquierda) para evitar el ardor del sol, miéntras está en lo mas alto del cielo;[59] pero si temes entrar sola en los albergues de las fieras, no temas; penetrarás segura hasta lo mas oculto de los bosques, pues te acompaña un Dios, y no de los vulgares, sino el que tiene en su poder el imperio del cielo, y vibra los rayos. Ni huyas de mí (porque ya empezaba á hacerlo).” Habia pasado las majadas de Lerna y los campos Lircéos, poblados de árboles, quando cubriendo Júpiter con una espesa nube la tierra, la hizo obscurecer, detuvo á Iö en su precipitada fuga, y la robó el pudor. Entre tanto dió Juno[60] vuelta á la tierra con su vista, y admirándose de que las nieblas hubiesen convertido en noche la claridad y resplandor del dia, conoció que estas no provenian ni de los rios, ni de las humedades de la tierra. Busca pues á su marido, como que ya sospechaba sus adulterios, en que le habia cogido tantas veces, y no hallándole en el cielo: „Ó yo me engaño, dixo, ó se me hace traycion.” Y baxando á la tierra, mandó retirar las nubes.