FÁBULA V.
TISIFONE VUELVE FURIOSOS Á ATAMANTE Y Á INO.
Hay un camino declive obscuro, con árboles funestos, que conduce á los infiernos por parages que hacen mas pavoroso su silencio;[40] exhalan continuamente muchas nieblas las aguas de la Estigia,[41] por donde las sombras de aquellos que recibieron los honores de la sepultura baxan al infierno. La palidez y el frio habitan allí, y los Manes[42] nuevos ignoran el camino que conduce á la Estigia, y donde esté la Corte de Pluton, que tiene mil entradas, y todas abiertas. Aquel lugar recibe todas las almas, así como el Océano quantos rios corren sobre la tierra, y á pesar de las innumerables que llegan á él parece estar siempre vacío.[43] De todas partes llegan almas separadas de sus cuerpos: unas freqüentan el Foro, otras se apresuran á hacer la corte á Pluton, y finalmente todas se dedican á los mismos exercicios en que se habian ocupado sus cuerpos durante su vida, sin contar con las que estan en los tormentos.[44] Irritada Juno (tantos deseos tenia de venganza), dexa su mansion celeste para descender á la lúgubre estancia. Á su llegada, la puerta por donde entró, hizo un ruido extraordinario. Abrió sus tres bocas, y ladró tres veces el Cancerbero.[45] Llama al instante á las Furias,[46] hijas de la Noche, que estaban sentadas á la puerta de aquella tenebrosa cárcel peinando las enroscadas serpientes que tenian por cabellos. Luego que vieron á Juno por entre la obscuridad, se levantaron. La prision que custodiaban era la mansion de las almas criminales: allí Ticio, cuyo cuerpo ocupa el espacio de nueve yugadas, es despedazado por un buytre; allí Tántalo corre tras del agua que le huye, procurando en vano coger el fruto de un árbol que se aleja; allí Sisifo se afana en subir la peña que al punto ha de volver á rodar; allí Ixîon da vueltas eternamente atado á una rueda, huyendo y buscándose á sí mismo: allí en fin las hijas de Dánao, que se atrevieron á dar muerte á sus maridos, se afanan en llenar de agua unas vasijas horadadas.[47]
Juno, habiendo mirado con severidad á estos desgraciados, y en especial á Ixîon, y despues á Sisifo: „¿Por qué, preguntó á las Furias, es este el solo de sus hermanos que se ve condenado á tormentos eternos, quando el soberbio Atamante y su muger, teniendo siempre la vanagloria de despreciarme, habitan en un palacio magnífico?” Contó en seguida á las Furias la causa que tenia para aborrecerles, lo que la hacia descender á los infiernos; y finalmente lo que pretendia de ellas. Su intento era echar por tierra el palacio de Cadmo, y que las Furias induxesen á Atamante á cometer una horrorosa maldad. Para obligar á las Diosas á que cumplan sus deseos, las interesa con súplicas y ofertas, pero con un cierto imperio. Tisifone, sacudiendo sus canas erizadas, y desviando sobre sus espaldas las culebras que la rodeaban: „Excusemos, dixo á la Diosa, de rodeos: haz cuenta que ya estan puestos en execucion tus preceptos; y así dexa este triste Reyno, y vuelve al Olimpo á respirar un ayre mas benigno.” Juno sale regocijada; y al ir á entrar en el cielo, derrama sobre ella Iris,[48] hija de Taumante, un celestial rocío con que queda purificada.
La severa Tisifone toma al momento una hacha teñida en sangre y un vestido asimismo ensangrentado, se ciñe una serpiente,[49] y sale de aquel Reyno tenebroso. El llanto, el pavor, el terror y el furor que lleva en su semblante, la fueron acompañando. Llega al umbral de la casa de Atamante, se estremece la portada; y sus puertas, hechas de madera de acebuche, se llenan de obscuridad, y hasta el sol retira de allí sus rayos. Aterrados Atamante y su esposa con tales prodigios, querian echarse fuera del palacio; pero les cerró el paso la implacable Furia extendiendo los brazos enlazados con las enroscadas víboras, y sacudió su cabello. Hacen un fuerte ruido las culebras; se esparcen unas por las espaldas, y otras, dexándose caer por el rostro al pecho, dan silbidos, vomitan negra ponzoña, y esgrimen las abrasadoras lenguas. Arranca Tisifone dos de entre todas, y con su pestífera mano las arrojó contra Ino y Atamante. Corren en sus senos, á los que inficionan de un hedor pestilencial, pero sin lastimar sus cuerpos, como que el alma sola habia de padecer los tormentos que les tenia preparados.
Habia traido tambien consigo la Furia un sutil veneno, compuesto de la espuma que arroja por la boca el Cancerbero, de la ponzoña de la Hidra, y de quanto podia inspirar el olvido, el delito, la rabia, el llanto y el deseo del homicidio; y habiendo mezclado este veneno con sangre reciente, lo hizo cocer en una caldera de cobre, agregando tambien una porcion de cicuta. Valiéndose la Furia de la ocasion que la ofrecia el espanto de estos dos esposos, vierte aquella fatal confeccion en sus pechos, que inmediatamente penetra hasta sus entrañas. Da muchas vueltas con el hacha que llevaba, consiguiendo encenderla con esta agitacion; y ufana de su triunfo, como de haber obedecido á la Diosa, se desciñe la serpiente, y regresa al obscuro reyno de Pluton.
Enloquecido de improviso Atamante, corre furioso por medio del palacio gritando: „¡ah! compañeros, tended las redes en estos bosques, que he visto una leona con dos cachorros hijos suyos.” Al decir esto persigue á su esposa furioso como un loco, teniéndola por fiera; arrebata de su seno á su tierno hijo Gearco, que le tendia los brazos muy risueño, y volteándole muchas veces á manera de onda, hace pedazos sus tiernos miembros arrojándolos contra un peñasco. Entonces la dolorida madre, ya instigada del mismo dolor, ó del veneno esparcido en sus entrañas, huye con el cabello desgreñado, fuera de sí, y con espantosos aullidos, y llevándote en sus brazos, tierno Melicerto, va diciendo á voces: ¡Evohe, Baco! Pero Juno, riéndose al oir tal nombre: „Sí, dice, que te ampare ese Dios que tu criaste.”[50]
Sobresale á orilla del mar un escollo, que socavado en su parte inferior por las olas, las da sosegada acogida en su concavidad: forma en su parte superior varias puntas, y se extiende sobre las aguas á largo trecho. Ino, animada de su mismo furor, sube sin temor á la roca, y desde ella se precipita al mar con su hijo, á cuyo golpe se cubrió el agua de blanca espuma. Compadecida Venus de la desgracia no merecida de su nieta, habló á Neptuno, su tio, en estos términos: „Dios de los mares, á quien tocó el imperio que mas se parece al celestial, mucho es lo que te pido; pero compadécete de una familia que tanto me interesa, y ves fluctuar en medio de las olas del mar: colócala pues en el número de tus deidades; tambien yo he sido favorecida del mar, pues engendrada en otro tiempo en sus profundidades, fui espuma, y de esta tengo en el idioma griego el mismo nombre.”[51] Accedió Neptuno á sus ruegos; y despojando á Ino y Melicerto de quanto tenian de mortales, les adornó de una magestad digna de veneracion, dándoles nuevo nombre y nueva forma, por lo que se llamaron desde entonces, Ino su madre, Leucotea; y Melicerto su hijo, Palemon.
Siguieron con toda la presteza que pudieron las matronas Tebanas las huellas de Ino; y viendo que estas las conducian hasta la extremidad del peñasco, no dudaron de su desastrada muerte: rasgaron sus vestiduras, arrancaron sus cabellos, é hirieron sus pechos llorando amargamente las desgracias de la familia de Cadmo; y como culpasen la injusticia y crueldad de Juno en haber castigado tan cruelmente á la adúltera,[52] no quiso esta Diosa sufrir semejantes ultrajes: „Vosotras mismas, dixo, vais á ser el mas horroroso exemplo de mi crueldad.” Siguióse el efecto á la amenaza; porque diciendo la mas compasiva de las Sidonias, seguiré á mi Reyna hasta en las aguas mismas, quedó inmoble asida al peñasco, al ir á arrojarse desde él, sin poder moverse. Otra, que intentaba lastimar su pecho impelida de su dolor, siente convertirse en piedra sus brazos. La tercera, que extendia sus manos hácia el mar, experimentó la misma suerte; y á la última, que iba á mesarse los cabellos con las manos, se le quedaron entre ellos petrificados los dedos. Cada qual quedó en aquella actitud en que se hallaba al tiempo de su transformacion. Las demas Tebanas fueron convertidas en aves, que desde este tiempo van volando en el mismo sitio, tocando el agua con la extremidad de sus alas.