FÁBULA IX.

MIRRA CONVERTIDA EN ÁRBOL.

„Abominable Mirra, no tienes disculpa excusándote con el amor, porque este niega y repugna haberte herido sus armas, y se disculpa de que sus incentivos te pudiesen incitar. Solo alguna de las infernales Furias te abrasó con su horrible tea,[166] é inspiró en tí el venenoso hálito de sus hinchadas víboras. Maldad abominable seria el que hubieses aborrecido á tu padre; pero es mas abominable el que te enamorases de él. Puesto que de todas partes concurrian á ser pretendientes tuyos los próceres mas afamados, y la juventud de todo el Oriente se presenta como á competencia á solicitar tus bodas, elige al que quieras de todos ellos, con tal que en ellos no esté ni se cuente uno.[167] Mirra, conociéndose arrebatada de su pasion, resistia cuanto podia á un amor tan abominable, y decia entre sí: „¿Adónde me precipito? ¿Qué es lo que intento? Deidades, piedad y reverencia paternal, sagrados respetos y derechos de los padres, impedid que llegue á egecutarse tal maldad, y oponeos á tan execrable deliro, á llamarse asi lo que intento, porque puede con razon negarse que lo abominen y condenen la piedad y la reverencia, pues vemos que los brutos y animales se enlazan entre sí sin reparos ni respetos: no es torpe ni feo en la novilla el tener por marido al toro su padre, ni al caballo el tener por muger á su propia hija: por el mismo órden se conducen las aves y los demas animales que andan y pacen reunidos en rebaños. Dichosos todos ellos, pues se hallan sin trabas, y les es lícita esta libertad.[168] La invencion de los hombres estableció unas extrañas leyes, que niegan y prohiben envidiosamente lo que la naturaleza permite y dispensa.[169] Con todo eso se cuenta que hay pueblos entre quienes la madre se casa con el hijo, el padre con la hija, y crece la piedad[170] con el amor duplicado. ¡Desgraciada de mí! ¡Que no hubiera tenido la suerte de haber nacido en aquellas regiones, y me perjudicase la costumbre y derecho de mi patria! Pero ¿de qué me sirve cavilar sobre estas cosas? Alejaos de mí, esperanzas prohibidas. Es cierto que Ciniras es digno de ser amado; pero solo como padre. De aqui infiero que si yo no fuese su hija, podria enlazarme con él en lícito casamiento. La proximidad es la que me perjudica; y si fuera extraña, seria mas asequible mi esperanza. El corazon me inspira la resolucion de alejarme de aqui, y abandonar el suelo patrio por evitar tan execrable delito; pero mi loca pasion me detiene, porque presente podré recrearme con la vista de Ciniras, con tocarle, hablarle y besarle, ya que no pueda ser otra cosa mas. Pero ¿qué es esto que digo de mas, impía doncella, puedes esperar alguna otra cosa mas? ¿No conoces el trastorno que causarias en los nombres y en las leyes? Entonces serias una competidora de tu madre, concubina de tu padre, hermana de tu propio hijo, y madre de tu hermano. ¿No temes pues á las implacables Furias, que con la hacha en la mano y los cabellos erizados de serpientes amedrentan sin cesar á los delincuentes? Pero tú, puesto que aun no has cometido la maldad en efecto, no la concibas en el ánimo, ni atropelles con un gusto prohibido las poderosas leyes de la naturaleza. Imagínate que él pueda inclinarse á quererte; pero la cosa no es permitida, y le detendrá su misma piedad, y el acordarse de la prohibicion de la ley. ¡Ay! ¡cuánto desearia yo que él estuviese poseido de un fuego semejante al mio!” Con esto puso fin á su razonamiento; pero Ciniras, á quien la multitud de los pretendientes de su hija le hacia dudar sobre la eleccion, se los nombró todos, preguntándola á ella misma á cual escogia por su marido. Enmudece al principio; y reclinándose como desmayada sobre el rostro de su padre, se abrasa, y humedece sus ojos con un ardiente llanto. Creyendo Ciniras que sus lágrimas y silencio eran efecto de su modestia y pudor virginal, las interrumpe con su mandato, la besa y enjuga sus mejillas. Causaron mucho gozo á Mirra estas demostraciones de la terneza de su padre, y preguntada por este á quien de los pretendientes queria elegir por esposo, le respondió que á uno que en todo se le asemejase. Ciniras aplaudió sin entender la respuesta de su hija, teniéndola por obediencia y subordinacion, y la dijo: „Persevera, hija mia, en ser siempre tan obediente y piadosa.” Mirra, que oyó la palabra piedad que su padre habia pronunciado, bajó el rostro avergonzada de su delito. Á la media noche, cuando todos estan descuidados y entregados al sueño, Mirra desvelada se abrasaba en el fuego de su amor, y resolvia en su imaginacion sus locos deseos. Unas veces desconfia, otras se resuelve á probar fortuna, y á intentar el ponerlos en egecucion. Ya se avergüenza, ya se inflama, y por mas que discurre no halla ni le adapta medio ni modo alguno de egecutar su proyecto; y á la manera que un grande árbol herido con los golpes de la segur, cuando ya resta poco para acabarlo de cortar, no se sabe hácia qué lado podrá caer, y se teme por todas partes, asi el ánimo de Mirra, agitado de tantos y tan varios impulsos, duda entre los medios que debe escoger, y no encuentra medio ni reposo sino en la muerte. Resuélvese á ella, se levanta precipitada con la determinacion de echarse un dogal á la garganta; y teniendo ya para ello atado al techo el cíngulo que al efecto se quitó, dijo: „Á Dios, querido Ciniras, sabe que tu amor es la causa de mi muerte.” Dijo esto, y al momento acomodó el lazo á su descolorido cuello. Se cuenta que su fiel aya, que dormia en la pieza inmediata, oyó el confuso ruido de las voces. Levántase asustada, abre la puerta, y viéndola en la disposicion que estaba, puesto en el cuello el lazo para ahorcarse, empieza á dar voces, se da golpes, se hiere el pecho, la desata y quita el lazo, y le hace pedazos. Despues la estrecha entre sus brazos, derrama un torrente de lágrimas, y la pregunta la causa de su desesperacion. Queda enmudecida la doncella, é inmóvil fija sus ojos en el suelo, sintiendo que su ama la hubiese hallado en aquella accion, y la estorbase darse la muerte. La anciana la insta de nuevo; y descubriendo sus canas y ya arrugados pechos, la ruega con mucho ahinco por la leche que la dió, y por los desvelos que padeció en criarla, que la comunique su dolor, cualquiera que él fuese. Mirra gimiendo con alguna indignacion repelió sus ruegos. La anciana persiste en averiguar la causa, prometiéndola todo su favor. „Dime, hija mia, la decia, ¿qué es lo que te aflige? No me niegues el gusto y consuelo que tendré en aliviarte. No me servirá de estorbo la vejez. Si el amor causa tu mal, tengo yerbas virtuosas y encantos para curarlo: si alguno te ha fascinado, serás purificada con las ceremonias mágicas: últimamente si los Dioses vengadores quieren castigarte, yo sabré aplacarlos con los sacrificios. Yo no puedo atribuir á otra cosa alguna mas que á las referidas la causa de tu desesperacion, porque tus bienes y tu casa no padecen ninguna quiebra ni menoscabo, y viven y estan sanos tu madre y tu padre.” Al oir Mirra la palabra padre arrancó un triste suspiro de lo íntimo de su pecho, y el ama, aunque comprendió que podia proceder de algun amor, no sospechó que pudiese ser de los nefarios y prohibidos. Tenaz en su propósito de averiguarlo, la hace instancias á que la manifieste la causa de su desesperacion, fuese de la clase que fuese; y viendo que no daba otra respuesta que la de deshacerse en lágrimas, la tomó en su regazo, y abrazando estrechamente su cuello con sus débiles brazos, la dijo: „Ya he penetrado lo que ello es: tú estás enamorada; anímate y depon tu temor, y confia en que mi industria y mi eficacia te serán útiles para proporcionarte el logro de tus deseos, sin que jamas lo llegue á entender tu padre.” Mirra se soltó furiosa de los brazos de su ama, y echándose boca abajo sobre la cama y mordiendo la ropa, la dijo: „Apártate de aqui por vida tuya, y déjame ocultar mi vergüenza con el llanto;” y como el ama redoblase las instancias, la respondió: „No seas importuna, vete de aqui, ó deja de preguntarme la causa de mi dolor, porque es una maldad lo que pretendes saber.” Llenóse de horror la vieja; y alargando sus manos trémulas con la edad y con el miedo, se postró rendida á los pies de su alumna; unas veces la acaricia, otras la amedrenta si no la descubre el secreto, amenazándola que descubrirá y publicará el delito que intentaba cometer cuando la halló á punto de quitarse la vida con el dogal al cuello, y por el contrario la aseguraba su ayuda y favor para el logro de su amor si se descubria. Mirra algo animada se incorporó, y echándose al cuello de su ama, la riega el pecho con sus lágrimas. Mil veces intenta descubrir su debilidad, y otras tantas detiene los acentos. En fin, cubriéndose el rostro con su ropa: „¡Ah! dijo suspirando, ¡qué dichosa es mi madre con ser esposa de mi padre!” No dijo mas, y concluyó con un suspiro; pero la aya, que comprendió el sentido de estas palabras, entró en un temblor que la penetró hasta los huesos, se llenó de pavor, y se le erizaron los plateados cabellos. Persuadióla cuanto pudo por si podia apartarla de una pasion tan criminal. Penetra Mirra lo justo de sus persuasiones; pero sin embargo estaba resuelta á morir si no daba satisfaccion á sus deseos. „Vive, la dijo entonces el aya: tú gozarás de tu propio...” y calló, no atreviéndose á decir padre, y la asegura con juramento esta promesa. Era tiempo en que las matronas vestidas de blanco celebraban la fiesta de Céres, y la ofrecian como en primicias de sus cosechas guirnaldas de espigas; y era rito de esta solemnidad el que en los nueve dias y noches que duraba las casadas no podian cohabitar con sus maridos, y como Ceneris[171] era una de las que asistian á la fiesta, quedóse solo el Rey Ciniras su marido. Aprovechándose la oficiosa aya de esta coyuntura, se entró en su cámara en ocasion que le halló algo trastornado con el vino, y le propuso bajo un nombre supuesto el amor que le tenia una jóven, alabándole mucho su hermosura. Preguntándola el Rey los años de la doncella, respondió que era de la misma edad de su hija, de lo que informado, mandó se la llevara. Al momento fue al cuarto de Mirra, y abrazándola la dijo: „Alégrate, hija mia, pues ya te tengo proporcionada la victoria y el logro de tus deseos.” Aunque esta noticia no causó sino una alegría imperfecta á Mirra, y que su corazon le presagió alguna cosa funesta, no obstante no dejó de regocijarse: tanta era la perturbacion en que la tenia su pasion. Llegó la media noche, en que todo yacia en silencio profundo, y el carro de Bootes habia ya torcido su direccion. Á esta hora se encaminó Mirra al aposento de su padre á egecutar su torpe deseo. La luna desamparó el cielo, ocultándose debajo del horizonte; las estrellas se cubrieron de nubes negras y espesas, y la noche quedó en una total oscuridad. Icario y Erigone,[172] vosotros que por el amor paternal fuisteis colocados en el cielo, velasteis vuestro rostro por no ser testigos de una accion tan abominable. Mirra tropezó tres veces, y tres veces el fúnebre buho la presagió alguna desgracia con su lúgubre canto. No obstante como la noche y las tinieblas la hacian menos tímida, continuó su camino asida á la mano izquierda de su aya, y de la derecha se servia para atinar el camino por medio de la oscuridad. Llega por último á la entrada del cuarto de su padre. Apenas entró cuando le temblaron las rodillas, vacilando las piernas; mudó de color, y la faltaba el ánimo para proseguir. Cuanto mas se acerca á su delito tanto mas se horroriza y arrepiente de su atrevimiento, y quisiera poder volverse sin ser conocida. La vieja, que la ve detenerse, la conduce é introduce, llevándola asida por la mano, y al tiempo que la entregaba á Ciniras habló de esta manera: „Esta es la persona que te he prometido,” y se retiró, dejándola en el cuarto. Ciniras para acariciarla, alentarla y hacerla deponer el temor es creible que alguna vez la llamase hija, y ella á él padre, y de este modo no faltaron á la maldad los verdaderos nombres. Cometido el incesto, del que fue consecuencia la gravidacion, se repitió por el mismo órden otras noches, hasta que Ciniras, ansioso por ver y conocer á su amante, hizo entrar una luz, á cuyo resplandor vió y comprendió su delito, y que la cómplice era su hija. Callando y sin pronunciar una palabra, porque no se lo permitia su dolor, arremetió á su espada, y la desenvainó. Mirra al verlo echó á huir, y se ocultó y escapó de la muerte favorecida de la oscuridad y de lo tenebroso de la noche, á quienes debió poder escapar del palacio y salir á los dilatados campos, y entregándose por ellos á la fuga, penetró peregrinando hasta la Arabia, abundante en palmas, y se dejó atras las llanuras de Pancaya, y despues de haber andado errante por espacio de nueve meses, hallándose cansada de la fatiga de su viage, y aun mas de la incomodidad de su embarazo, hizo alto en la region Sabea. Entonces sin saber qué hacer, pues le era odiosa la vida, aunque temia la muerte, hizo á los Dioses esta súplica: „Ó Dioses, si favoreceis á los que confiesan su delito, yo me reconozco digna de la mayor pena: no rehuso el merecido castigo. Mas para que yo no sea el oprobio y escándalo de la tierra si vivo en ella, ó la vergüenza y espanto de los muertos si bajo al reino tenebroso, arrojadme de ambos imperios, y mudándome mi forma, negadme la vida y la muerte.” Estos votos y súplicas de Mirra hallaron propicios á los Dioses, pues aun no las habia concluido cuando la tierra empezó á cubrir sus pies, que se volvieron raices retorcidas, capaces de sostener un robusto árbol. Sus huesos, que conservaron su medula, formaron el tronco; su sangre se convirtió en jugo, sus brazos y dedos se trocaron en las ramas, y su piel en dura corteza; la que creciendo poco á poco, habia ya ocultado el elevado é hinchado vientre y el pecho, y se dirigia á cubrir el cuello y cabeza, que era lo que únicamente faltaba: no aguardó á tanto Mirra, sino que impaciente con la tardanza se encogió un poco, y zabulló su rostro en la corteza que venia creciendo. Aunque con la transformacion de su cuerpo perdió Mirra el uso de todos los sentidos, conservó el llanto, pues del tronco se destilan unas cálidas gotas, que corriendo por él á manera de lágrimas, se congelan y forman una preciosa goma, que tiene y conserva el nombre de Mirra, y perpetuarán la memoria y noticia de su transformacion á todas las edades.”

(109) Mirra pare á Adonis y es transformada
en el árbol de su nombre.