FÁBULA XI.
VENUS Y ADONIS.
„El tiempo y la edad corren ocultamente, y no hay cosa mas veloz que los años. Este niño, hijo de su hermana y de su abuelo, que poco antes habia estado oculto en el árbol, y habia nacido de él, llegó, siendo cada vez mas hermoso, desde la infancia á la juventud, y desde esta á la edad varonil,[175] en la que excediéndose á sí mismo en belleza, fue el objeto del amor de la Diosa Venus, y vino á vengar en ella el amor que habia inspirado á su madre: fue pues el caso que el niño Cupido, al tiempo que como hijo se acercó á dar un beso á su madre Venus, sin advertirlo la clavó en el pecho la punta de una de sus flechas.[176] La Diosa sintiéndose herida, arrojó y apartó de sí á su hijo Cupido; y aunque al ir á mirarse la herida le pareció que era pequeña, era mas profunda de lo que parecia. La flecha la encendió en el amor de Adonis (que este era el nombre del hijo de Mirra), y este amor la hizo descuidarse de las playas de Citera, y de frecuentar las islas de Pafos, la de Cnido y la de Amatonta, abundante en metales.[177] Tambien se ausentó del olimpo, al cual preferia á su Adonis. Á este ama, de este no puede apartarse un momento; y la que antes estaba acostumbrada á las delicias de estar á la sombra, y á adornarse para acrecentar su hermosura, ahora, semejante á Diana, con el vestido arregazado y descalza trepa por collados, selvas y ásperos peñascos con su amante, azuzando á los perros, y dando alcance á las veloces liebres, ciervos, gamos, y á los demas animales fáciles de cazar; pero se abstiene de los bravos jabalíes, de los hambrientos lobos, de los osos armados de sus uñas, de los leones hartos con la muerte de los ganados, y amonesta á Adonis tema á unos animales tan peligrosos. „Tú puedes, le decia, seguir con tu valor y denuedo á las bestias que huyen del cazador. La osadía no es segura contra las fieras, á quienes dió armas la naturaleza: no te expongas, querido jóven, temerariamente y con peligro mio: mira que me estará y costará muy cara tu animosidad: ni tu edad, ni tu hermosura, ni cuantas cosas me hicieron inclinarme á tí, serán respetadas, ni detendrán á los leones, á los cerdosos jabalíes, ni templarán la centellante vista ni impetuosidad de las fieras. No olvides nunca que los rayos no son tan temibles como los colmillos de los ásperos jabalíes, y que los rojos leones tienen ímpetu y una grande saña, y estos últimos son para mí muy odiosos.” „¿Cuál es la causa, la pregunta, que te estimula á darme tales consejos?” „Yo te la diré, respondió Venus, y te referiré una monstruosa transformacion, á quien dió causa una culpa que es ya bien antigua.”