CAPÍTULO IX

Difícil sería describir la turbación que causó en Burgos el rapto de la reina a las personas que no estaban iniciadas en la trama de don Pedro Ansúrez con los nobles y clérigos de aquella ciudad; pero es preciso confesar que no produjo verdadero sentimiento más que en los soldados de Diego López, quienes apenas recibida la noticia, salieron en busca de su caudillo, capitaneados por un don Pedro, hermano del señor de Nájara.

Así que Álvar Fáñez se vio libre de ellos, hizo proclamar rebeldes en nombre de don Alfonso a cuantos siguiesen el partido de Candespina; cerró las puertas de la ciudad y se apercibió para defenderla en caso de que los soldados de Nájara regresaran e intentasen entrar en ella por fuerza: mas todas sus disposiciones fueron excusadas, pues informado el conde de Candespina por Pedro López de lo acaecido en Burgos, y sabiéndose ya que la reina estaba en Soria en poder de su marido, le mandó que marchase a reunirse con él en las cercanías de esta ciudad que intentaba asediar.

La aciaga cacería de Vivar destruyó en un momento la obra que con tanto riesgo personal había llevado a cabo don Gómez; pero su ánimo incontrastable no por eso desmayó. Llegadas las cosas al punto en que estaban, no le era ya posible retroceder, y por más desigual que pudiese parecer la lucha entre el poderoso monarca de Aragón y un vasallo de la corona de Castilla, el conde de Candespina no quiso renunciar a sus pretensiones, que a la verdad no carecían de fundamentos.

Los grandes de Galicia, a cuyo frente se puso don Diego Gelmírez, obispo de Santiago y sobrino del pontífice Pascual II, excitados por el amor a la independencia nacional y el odio a los aragoneses, se sublevaron contra don Alfonso, pretextando que tenían por inválido su matrimonio con doña Urraca, en razón del parentesco de ambos consortes; y proclamaron a don Alfonso de Castilla, hijo de doña Urraca en su primer matrimonio con el conde de Galicia, y entonces de corta edad. Esta nueva facción, que en adelante hizo no poco daño a doña Urraca, le era sin embargo favorable en aquella época, llamando la atención de su marido a diversos puntos, y debilitando por consiguiente sus fuerzas. Como es de suponer, el conde no descuidó ponerse en comunicación con los gallegos insurreccionados; estos enviaron sus embajadores al papa para tratar de la invalidación del matrimonio de la reina; y rota ya la barrera, la mayor parte de los nobles de Castilla tomaron las armas para sacudir el pesado yugo de los aragoneses. En poco tiempo se reunió alrededor de Soria un poderoso ejército castellano que bloqueó la plaza, y don Alfonso, que desmintiendo en aquella ocasión su conocida actividad militar se descuidó en reunir competente número de tropas, hubo de limitarse a estar encerrado en la plaza, sufriendo que a su vista ondeasen tranquilamente los pendones de los que llamaba rebeldes. En aquella ocasión se juntó la flor de Castilla; pero como nuestro propósito no es escribir circunstanciadamente la historia de esta época, omitiremos hacer una descripción prolija, y tal vez fastidiosa, del ejército de los nobles; y no hablaremos más que de los que han de ocupar algún lugar en el resto de nuestra narración.

Eran de estos los principales el conde de Candespina, a quien ya conocemos, y don Pedro de Lara, señor poderoso, pero de muy distintas cualidades que aquel; ambicioso en demasía, tenía todos los demás vicios que de este dependen; y sobre todos un orgullo sin límite, y poca delicadeza en la elección de los medios para llegar al fin que se proponía. Don García, obispo de Burgos, prelado de virtudes verdaderamente evangélicas, autorizaba con su presencia aquel campo, y le seguían no pocos eclesiásticos, cuya influencia en el pueblo era de la mayor importancia.

Don Alfonso hizo en público a la reina una acogida tan cariñosa como si se hubieran separado por alguna circunstancia imprevista, y fuera el amor conyugal y no la fuerza la que volvía a reunirlos; pero en secreto la reprendió severamente por su fuga, amenazándola de que usaría, si en lo sucesivo no variaba de conducta, de su autoridad como marido y poderío como rey de Aragón. Otra mujer más prudente hubiera acaso contemporizado con su marido, no permitiéndole las circunstancias obrar de otro modo; mas doña Urraca, demasiado irascible, trató a don Alfonso con una acrimonia que solo sirvió para empeorar su situación. El rey de Aragón, no atreviéndose a usar de su poder abiertamente, y escarmentado del suceso de Castellar, renunció a tomar medidas violentas cuyo efecto, le manifestó el conde de Ansúrez, no podría ser otro más que el de enajenarle enteramente los ánimos de los mal contentos castellanos y fortificar el partido de la reina; mas no por eso mejoró esta de posición, pues si bien continuó viviendo con su esposo, tratada en lo exterior como a su alta dignidad convenía, también fueron separadas de su lado cuantas personas se tuvieron por afectas a ella. El conde de Ansúrez, con el título de mayordomo mayor, era una especie de carcelero de Su Alteza; y toda su nueva servidumbre, compuesta de personas vendidas al mayordomo, un enjambre de espías destinados a evitar todo género de comunicación de doña Urraca con sus amigos. Sin embargo, nada fue tan sensible a la reina como verse privada de su fiel camarera, la bella Leonor de Guzmán, a quien de orden del rey se puso en reclusión en un convento de religiosas de la ciudad de Soria. Única persona que había llegado a conocer a fondo a doña Urraca, Leonor le era tan necesaria para mitigar sus penas como para ayudarla a sobrellevar el peso de su insípida y monótona vida; y por lo mismo el conde de Ansúrez, que además temía los talentos y penetración de la camarera, tuvo buen cuidado de alejarla de sí.

En tanto que doña Urraca pasaba triste y pesarosa su vida en los dorados hierros de su palacio, Leonor, en el silencioso retiro de un claustro, dirigía continuamente sus ruegos al que todo lo puede, para que mejorase sus horas y las de su señora, a quien, a pesar de todos sus defectos, quería entrañablemente; y debemos decir como fieles historiadores que los campeones de Castellar tenían no poca parte en sus oraciones, especialmente el intrépido Hernando, quien tan generosa y temerariamente había puesto en riesgo su vida por defenderla cuando fue presa con la reina en las cercanías de Vivar.

Don Diego López y Hernando de Olea, presos en la cárcel de Soria y custodiados con la más activa vigilancia, aunque en honor de la verdad tratados en lo demás como era debido a su nobleza y valor, sufrían todos los tormentos inseparables de la doble incertidumbre en que vivían, tanto de su suerte futura, como de la situación de la reina y estado de los negocios del conde de Candespina; pues sus carceleros, aragonés el uno, y criado del conde de Ansúrez el otro, guardaban el más profundo silencio con ellos, alegando cuando les hacían alguna pregunta órdenes superiores que tenían para no contestar a ella.

Diversos eran los pareceres en el consejo de Alfonso sobre la suerte que debía caber a los dos nobles cautivos: los aragoneses que eran más encarnizados enemigos de Castilla y aquellos castellanos que habiéndose ya comprometido en el partido del de Aragón solo podían esperar salud en el triunfo de este opinaban que se les decapitara, cosa, decían, que el rey puede hacer sin escándalo, pues han sido rebeldes al que como esposo de doña Urraca es su legítimo soberano; emitiendo el mismo principio, pero siendo más generosos y tal vez más políticos, otros caballeros de Aragón decían qué aun cuando Su Alteza podía legalmente hacerlos castigar como traidores, sin embargo era más conforme a su grandeza y magnanimidad, y más conveniente a sus mismos intereses, no usar con ellos de todo el rigor de su justicia, pues por más que fuese merecido aquel castigo, siempre sería muy pesado para la grandeza de Castilla ver que el rey de Aragón trataba así a dos de sus miembros. Quien tenía la balanza en aquel negocio, como privado del rey, era don Pedro Ansúrez, y este era demasiado prudente y astuto para dar un paso de tal importancia, ya que para siempre le cerraría la entrada de Castilla, si triunfaba el partido de la reina, al haber tomado parte en la ejecución de Hernando y de don Diego, quienes en su prisión ignoraban absolutamente cuanto sobre ellos se trataba.

El paciente don Diego López llevaba con resignación aquella calamidad, contentándose con rogar a Dios le sacase de ella; mas el iracundo Hernando, incapaz de sufrimiento, no reposaba un instante. Su imaginación le presentaba ya el cadalso a que le seguían sus compañeros, ya una oscura prisión en que como él gemía su amigo don Gómez; pero sobre todo las delicadas manos de la bella Leonor cargadas de pesados hierros era la idea que más le atormentaba. Entregándose otras veces a la más ciega esperanza, veía triunfantes las armas de Candespina, creía arrancar con sus propias manos a Leonor del poder de los satélites aragoneses; y la más dulce, la más grata de las recompensas que podía imaginar, era la mano de su dama. Ora prorrumpía en terribles maldiciones contra su destino, ora, y eran las más veces, imploraba uno después de otro a todos los santos del cielo, ofreciendo a este una novena, a aquel una misa para que milagrosamente le sacaran de allí. El señor de Nájara oía tranquilamente sus arrebatadas expresiones, o sus ruegos, y acababa siempre exhortándole a la paciencia, único recurso en verdad que entonces tenían, pero que Hernando no podía tomar a menos, decía él, que no le hiciesen enteramente de nuevo.

—Decid lo que queráis, don Diego —le decía Hernando—, decid lo que queráis, pero yo jamás podré acostumbrarme a vivir encerrado entre cuatro paredes.

—Os han de acostumbrar por fuerza —replicó el de Nájara.

—Noramala nos acordamos de cazar. Lo que más me mata es ignorar absolutamente qué es de la reina, de don Gómez y de..., de doña Leonor.

—La reina estará o presa, o en su palacio.

—Sí; por fuerza en alguna aparte estará, y no deseo yo a Su Alteza que esté como nosotros. Os juro por el santo de mi nombre que estoy desesperado.

—Y yo os lo creo, Hernando, sin que juréis; pero hiciérades mejor en sosegaros, que llevándolo con paciencia ganarais al menos para con Dios.

—Sí; bueno es rogar a Dios, pero mejor sería ayudarnos nosotros en algo, pues estándonos así siempre...

—¿Y está en nuestra mano hacer otra cosa?

—Parece que no; pero discurrid a ver si encontráis algún medio para salir de aquí.

—Que nos abran las puertas, y...

—El día que se abran acaso será para sufrir en un cadalso...

—Dios nos defienda: mas hágase su voluntad.

—Amén, amén; pero veamos, ¿no se podrían forzar los hierros de esta reja?

—A menos que por un milagro no tengáis de repente las fuerzas de Sansón.

—Cuerpo de mí; ¿y dos hombres que saben manejar lanza y espada han de morir aquí como perros? Más valiera que aquellos almogávares hubieran concluido con nosotros.

—Quién sabe. Tal vez el cielo nos prepara mejor suerte de la que pensáis.

—Tal vez, y entonces han de pagar aquel maldito día en que nos dejamos coger como en ratonera; si las armas de los leales llegan a sacarnos de aquí, si una vez vuelve mi brazo a blandir la lanza, ¡ah, señores aragoneses!, ajustaremos nuestras cuentas y no habéis de salir alcanzados en golpes; no.

—Norabuena: más quiero veros así.

—Oíd, don Diego, veis estos malditos vestidos de pieles que nos pusieron aquellos salteadores, los he conservado ambos desde aquel día; y hasta que se los haga poner uno por uno a todos los caballeros de Aragón no he de sosegar.

—¿Sabéis qué me ocurre?

—¿Qué?

—Que si una vez llegamos a poder salir de este encierro, esos vestidos facilitarían nuestra fuga.

—Cierto, si encontramos un medio...

—Puede ser.

—¡Dios mío!, y ¿cuál es?

—Esperad: dejadme pensar un poco.

—No; decid, decid, después pensaréis.

—Se trata de... Silencio: son nuestros carceleros..., después hablaremos.