CAPÍTULO VII
Sucedíanse en el alcázar de Burgos festines a festines: solo se pensaba en diversiones, y hubiera sido difícil adivinar por las apariencias la precaria y efímera existencia de la dominación de doña Urraca.
Los mismos que secretamente conspiraban contra la reina, eran los primeros en aprovecharse de sus indiscretas liberalidades, y en mostrarse oficiosos en inventar nuevos placeres, para ocultar así mejor sus proyectos y disipar toda sospecha; la reina veía con placer su mentido celo, y casi no echaba de menos la presencia del conde de Candespina.
Hernando de Olea y el señor de Nájara, dejándose arrastrar de la corriente, también pensaban más en solazarse que en otra cosa; y así eran de poquísimo estorbo para sus contrarios.
En particular Hernando, que por la parte que tuvo en el suceso del Castellar gozaba de gran favor con la reina y andaba siempre a su inmediación, con la vista y el frecuente trato de doña Leonor de Guzmán empezó a conocer que no era tan insensible como creía a los encantos del bello sexo. Hasta entonces había mirado siempre con repugnancia, y acaso con horror, la vida afeminada de la corte, y desdeñado acomodarse a los modales de los palaciegos, a quienes despreciaba; pero el deseo de agradar a doña Leonor le hizo vencerse e imitar lo que veía. De aquí resultaba un contraste singular y casi ridículo en todas sus acciones y palabras; pues a pesar de sus esfuerzos, le era imposible reprimir en algunas ocasiones su natural impetuosidad, y dejar de producirse con la aspereza y energía que le eran propias. Mas a pesar de que por esta parte el pobre Hernando no presentaba el aspecto más propio para agradar, sin embargo su figura colosal y bien proporcionada, su rostro hermoso aunque guerrero y la fama de sus hazañas eran con una dama de aquellos tiempos recomendaciones suficientes para no despreciar enteramente la ofrenda de su corazón. Doña Leonor, pues, vio con cierta complacencia la naciente inclinación del de Olea, y se condujo con toda la maestría propia de una mujer de talento y cortesana.
En tanto que el amor y los placeres reinaban en la capital de Castilla, el conde de Candespina no perdonaba medio ni fatiga para levantar sus tropas y las de sus amigos: pasaba el día expidiendo correos con avisos a los señores en quienes tenía más confianza, y órdenes para sus vasallos; y la noche escribiendo las cartas que debía enviar al siguiente día.
Él mismo no permanecía cuarenta y ocho horas en un paraje; corría todas las villas, lugares y alquerías de sus dominios: a unos amenazaba; a otros persuadía con el halago; a este le exigía caballos, al otro armas, al de más allá su persona; y, por último, todo lo ponía en contribución para lograr prontamente su objeto.
Entre los señores a quienes envió a pedir socorro citaremos como más principales a Íñigo Jiménez, que gobernaba en Calahorra y ambos Cameros, Garci López en Tobía y Marañón, y señaladamente al conde don Pedro González, señor de Lara, de Medina, Mormojón, Dueñas y Tariego, quien tanto por lo ilustre de su linaje, que es uno de los cinco grandes solares de Castilla, cuanto por su riqueza y fama, era tenido en grande estima y valía en aquella época.
Los que hemos nombrado, y algunos otros que omitimos en obsequio de la brevedad, se decidieron desde luego en favor de la reina, porque les era muy pesada la dominación del de Aragón, y confiaban en sus riquezas y vasallos, que capitaneados por el conde de Candespina, podrían resistir y acaso vencer a don Alfonso. Por el contrario, los que compusieron la junta de Burgos, eran todos caballeros cortesanos, mejor avenidos con los festines y torneos que con el rigor de los combates, y que preferían vivir pacífica y sosegadamente bajo el gobierno de un extraño a exponerse a los riesgos de la guerra, irritando a un monarca tan poderoso y esforzado como el de Aragón.
Así se pasaron algunos días, hasta uno en que ya cansada doña Urraca de las diversiones de la capital, dispuso salir a caza con todo el aparato correspondiente. La corte entera se puso en movimiento: todos los caballeros apercibían sus caballos y perros, y los monteros se desafiaban unos a otros sobre quién haría alarde de más destreza y fuerza en la próxima cacería; diversión en aquellos tiempos propia solo de los príncipes y grandes señores, quienes no perdonaban gastos para hacerla con toda la ostentación posible. Las damas, que a caballo asistían también a amenizar el espectáculo, se esmeraban en los vestidos y sombrerillos, procurando cada una sobrepujar a las demás en gala y bizarría; y la reina, no menos que las otras, se ocupaba también en sus adornos, con el mismo ahínco, o acaso más, que hubiera podido hacerlo en el negocio de estado de la mayor importancia.
Llegó por fin el día señalado, y desde antes del amanecer empezaron a oírse los ladridos de los lebreles, el relinchar de los caballos y el alegre son de las cornamusas.
Caballeros y damas, todos con vestidos de fondo verde, con adornos y plumas de diferentes colores, conforme al gusto e inclinaciones de cada uno, se reunieron en el alcázar para acompañar a la reina, quien no tardó en presentarse tan bizarra con su vestido de caza que excitó un murmullo general de admiración en los cortesanos, pues, para no faltar a la verdad, nos es preciso decir que según la crónica no bastó su alta dignidad a ponerla a cubierto de las críticas observaciones de las señoras de Castilla. Quién de estas hallaba el vestido muy largo; quién muy corto; una sobrecargado de adornos al paso que a otra le parecía harto pobre; esta decía que el color era poco a propósito para favorecer el rostro de la reina, y aquella que las plumas de la gorra o sombrerillo eran demasiadas: en resumen, desde la punta del calzado hasta el último adorno de la cabeza de la reina sufrieron el más severo de los exámenes. Todo esto debe entenderse en voz baja, y con el suficiente recato para no ser oídas de doña Urraca, pues a su presencia o callaban o se deshacían en elogios bien poco sinceros. Los de los hombres lo eran más, y tal vez por esta causa crecía el descontento de aquellas damas, porque sabido es que no pueden perdonar que otra mujer parezca bien a su amante estando ellas presentes, aunque sea una reina. Una sola entre todas no tuvo motivo de queja, porque su amante, enteramente ocupado en contemplarla, no hizo siquiera reparo en la reina, y esta fue doña Leonor, de quien Hernando estaba cada día más prendado; verdad es que también el primer cuidado de la camarera, cuando entró en el salón acompañando a su señora, fue buscar a Hernando para ver qué efecto le hacían sus gracias en aquel nuevo traje, y como le halló con los ojos clavados en ella, en la actitud de un hombre que está en éxtasis, no pudo menos de ruborizarse; pero quedando al mismo tiempo muy satisfecha interiormente.
Lucidísima fue la comitiva que salió de Burgos con la reina, y todos con gran júbilo y algazara (en cuanto lo permitía la presencia de doña Urraca) se dirigieron a Vivar, aldea de la montaña, célebre por haber dado su nombre al Cid Campeador, en la cual debía darse principio a la montería. Hallábase en ella preparado el desayuno para la reina y las personas de más cuenta en un magnífico pabellón arabesco, dispuesto con el mayor gusto, y para la generalidad de los cazadores en el campo mismo. Oíanse entre tanto los gritos de los ojeadores que de gran distancia venían estrechando su círculo para reunir las reses en un corto espacio de terreno; y los bramidos de las acosadas fieras hacían resonar los ecos de las profundas cavernas de los montes.
Pocas serían las damas de nuestro siglo a quienes la idea sola de presenciar la caza de jabalíes no asustase, pues en cuanto a encontrar una que quisiera tomar un venablo y atacar a la fiera, aun cuando otras heridas la hubiesen ya postrado, la empresa nos parece tan difícil que raya en lo imposible.
Sin embargo, el mismo clima, la misma tierra habitaban las españolas del siglo XII que las del XIX.
Pero tal es la fuerza de la costumbre o, por mejor decir, de la educación, que llega a veces a hacerse superior a la misma naturaleza. Nuestra augusta cazadora fue la primera a apresurar el momento de dar principio a la diversión, y en el transcurso de aquel día dio varias pruebas de valor y destreza, que la atrajeron no pocos vítores y aplausos de sus vasallos. La mañana se dedicó enteramente a hacer la guerra a los jabalíes, y la tarde se destinó contra los ciervos, por ser caza que podía hacerse a caballo. Excusado será decir que doña Leonor no se apartó ni un momento de la reina, y que Diego López y Hernando de Olea, como encargados de su guarda, tampoco la perdieron de vista. En particular este último, que iba encontrando mucho placer en su encargo, siempre tenía un pretexto para estar más próximo a la camarera que a la reina: ya era que respetaba demasiado a doña Urraca para entablar conversación con ella, o que aquel honor era debido más bien a don Diego que a él. En resumen, el amor, como todas las pasiones, era en él dominante, exclusivo e incapaz de ocultarse, y si hubiera encontrado expresiones a propósito con que declararse, es indudable que lo hubiera hecho al momento.
Habíase ya puesto el sol e iba a terminarse la cacería con la muerte de un desdichado ciervo, a quien los perros acosaban muy de cerca, cuando hallándose en lo más intrincado del monte la reina con su camarera, el señor de Nájara, Hernando y un corto número de personas de la comitiva, se aparecieron de repente y como por ensalmo a alguna distancia, una porción de hombres que más que tales parecían fieras. Vestían una especie de calzón de piel de oso hasta media pierna; una túnica o pellico de lo mismo les cubría desde los hombros hasta las rodillas; media cara iba oculta con un antifaz también de piel, y su calzado eran unas abarcas del mismo material. Defendíales la cabeza un casquete de red de hierro, y sus armas consistían en una espada, un chuzo y tres o cuatro dardos arrojadizos.
—Jesús sea conmigo —exclamó doña Leonor deteniendo al mismo tiempo su caballo.
—¿Qué es eso, Leonor? —preguntó la reina haciendo lo mismo.
—Mire Vuestra Alteza aquellas visiones —contestó aquella.
Y don Diego López la atajó, diciendo:
—O yo me engaño o aquellos son almogávares.
—No os engañáis, don Diego, ellos son; conozco a esos montañeses perfectamente, y a fe, a fe, que no sé qué querrán en Castilla esas aves de rapiña naturales de la corona de Aragón —añadió Hernando.
La reina, que ya empezaba a sobresaltarse, mandó que inmediatamente se le explicase qué gente era aquella, a lo cual Hernando satisfizo diciendo que los almogávares eran una tribu oriunda de los Pirineos, que servía a los reyes de Aragón en calidad de tropas ligeras, y que cuando este príncipe no los tenía empleados, se ocupaban en talar las tierras de los moros, y aun las de los cristianos si a mano les venía.
—Me parece —dijo Leonor— que sería prudente que Vuestra Alteza se retirase.
—¿Y por qué, señora? —preguntó el de Olea—: somos cinco caballeros...
—Lo erais —interrumpió la reina, advirtiendo entonces que durante su conversación habían desaparecido los caballeros de Burgos que la seguían.
—Tiene Vuestra Alteza razón —repuso el de Nájara—: solos hemos quedado este caballero y yo.
—Bastantes somos —contestó Hernando.
—Estáis desarmados —exclamó la reina, pálida ya de temor como un cadáver—. Volvamos atrás.
Sea que doña Urraca se hubiera adelantado demasiado a sus cortesanos en el ardor de la caza, sea que estos se hubiesen ido retrasando casualmente o de intento, lo cierto es que en el momento crítico de que hablamos ni aun se alcanzaban a oír las voces de los monteros, y solo se percibía confusamente el agudo sonido de la cornamusa.
Por más valientes que fuesen Diego López y Hernando de Olea, no era posible, a menos de estar locos, que apeteciesen entrar en combate con cerca de veinte hombres (que tal era poco más o menos el número de los que vieron desde luego) hallándose sin más armas que su espada, cuchillo de monte y venablos, y cubiertos del simple vestido de paño verde; y así es que cedieron sin repugnancia a la proposición de la reina, y volvieron la espalda a los almogávares que ya se les habían acercado a tiro de piedra.
¿Pero cuál fue la sorpresa de los caballeros y el pánico terror de las damas, cuando al emprender su retirada vieron que les interceptaban el paso otros tantos o más montañeses que los que tenían por delante?
—Que me maten —dijo el señor de Nájara— si no estamos cercados por estos salteadores de profesión.
—Dos mil diablos sean con ellos y toda su casta —añadió el de Olea echando mano a la espada—: solo nos queda este camino.
—Y nosotras —exclamó la reina—, ¿qué hemos de hacer?
—Caballeros —dijo doña Leonor, dirigiéndose particularmente a Hernando—, reflexionad lo que vais a hacer; la menor provocación de vuestra parte a esos miserables, puede costarnos a todos las vidas.
—Antes morderán el polvo algunos de ellos —respondió furioso el amigo de Candespina.
—¿Y eso podrá resucitarnos? —preguntó doña Urraca—: os prohíbo sacar la espada sin orden mía.
No tuvo tiempo de decir más, porque los almogávares, que por todas partes se habían ido presentando, después de formar un círculo en torno de los acuitados cazadores, fueron estrechándolo sucesivamente hasta acercarse tanto a ellos que podían oír perfectamente su conversación.
La reina entonces, sacando fuerzas de flaqueza, animada tal vez con el mismo peligro, se dirigió a ellos, mandándoles que dejaran paso franco a la reina de Castilla. En vez de responderla como era debido, uno de aquellos salvajes, con voz bronca y desentonada le preguntó:
—¿Sou vos la reina?
—Yo soy, villanos, apartaos y dejadme paso.
—No pot sé —contestó el mismo montañés; y dando un agudo silbido se arrojaron todos sus compañeros sobre doña Urraca y su escasa comitiva, sin dar tiempo a los dos caballeros para hacer uso de sus armas; si bien es verdad que no anduvieron bastante ligeros para evitar que Hernando atravesase a uno de parte a parte con su venablo.
Un grito que dieron la reina y su camarera fue el único que interrumpió el silencio de aquella extraña y desventurada escena. Los almogávares parecían mudos, y ni López ni Olea estaban para conversaciones.
Doña Urraca y Leonor, a quienes se mandó expresamente quitarse el calzado, lo hicieron por no exponerse a que lo ejecutasen por sí mismos sus bárbaros enemigos, y en seguida hubieron de ponerse uno igual al de estos, y una túnica de piel que no se diferenciaba de la de los montañeses en otra cosa más que en la longitud, pues las cubría desde los hombros hasta un poco más abajo de media pierna; y a más tuvieron que quitarse los sombrerillos y dejar el pelo suelto sin tocado alguno.
También al señor de Nájara y a Hernando les obligaron a vestir un traje igual al suyo, contentándose con exigir al primero su palabra de honor y fe de caballero de que no se escaparía ni pronunciaría en todo el camino una sola palabra, sin permiso del que parecía ser el capitán de aquella banda; la misma proposición hicieron al segundo, pero él, furioso, se negó a todo, por lo cual le maniataron y pusieron un lienzo en la boca.
Lloraban doña Urraca y Leonor; Diego López cabizbajo y mudo, parecía como enajenado; y a través de la especie de mordaza que llevaba el pobre Hernando se hubiera creído oír las maldiciones que echaba a la suerte, no tanto por su desgracia, cuanto por la de la señora de sus pensamientos. Tal era la situación de la que un cuarto de hora antes se creía señora de Castilla, y la de sus cortesanos más favorecidos.