CAPÍTULO XIV
En medio de la temeridad que bajo cierto aspecto aparecía en toda la conducta de don Gómez y sus amigos en este asunto, es preciso confesar sin embargo que el conde de Candespina supo aprovecharse con extremada sagacidad aun de las mismas circunstancias que más contrarias podían serle. ¿Quién, en efecto, viendo a don Pedro Ansúrez caminar por las calles de Soria con dirección al alojamiento del rey de Aragón, acompañado por tres hombres completamente armados, cuyo reposado continente y gravedad en la marcha no descubría la menor agitación; quién, decimos, hubiera podido figurarse que el mayordomo mayor de la reina iba allí prisionero en poder de sus mayores enemigos? ¿A quién se le podría ocurrir que aquellos tres guerreros fuesen nada menos que el mismo conde de Candespina y sus dos más íntimos amigos? Sin duda que a nadie; y el mismo don Pedro podía apenas persuadirse de que no fuera un sueño lo que por él estaba pasando. Todas estas consideraciones, tan naturales y de tanto peso en el ánimo de un hombre incapaz de conocer el miedo, alentaron sobremanera al conde de Candespina; mas no por eso dejó de tomar todas aquellas precauciones que estuvieron a su alcance: tales como las de hacer que Millán fuese con los cincuenta hombres disfrazados que a Soria le habían seguido, a situarse en la puerta de ella, de modo que siempre le quedara aquella salida; y emboscar un razonable escuadrón a tan corta distancia de la ciudad que a la primera señal podía hallarse al pie de sus muros: y dejando el resto en manos de su buena suerte, obraba en medio de sus enemigos tan sosegadamente, o acaso más que hubiera podido hacerlo en sus propios reales.
Llegados a la casa que habitaban los reyes, ninguna dificultad encontraron para introducirse en la cámara de la reina, pues su entrada no podía menos de estar franca en las horas regulares a don Pedro Ansúrez, cuya dignidad de mayordomo mayor era en aquellos tiempos como en los actuales la más alta y considerada de las de la real servidumbre. El estado de sitio en que entonces se hallaba Soria dio lugar a que no se extrañasen en ningún modo las férreas figuras que seguían a don Pedro Ansúrez, del mismo modo que al cuerpo la sombra: los cortesanos que circulaban por los salones del alcázar se inclinaban profundamente al pasar por delante de ellos el privado, quien, habiendo tenido algún tiempo para serenarse, empezaba a recobrar, a pesar de lo crítico de su posición, aquel aire de importancia que ya le era casi natural. Don Gómez no podía menos de sonreírse del singular contraste que aquellas demostraciones de respeto hacían con la verdadera y precaria situación del conde de Ansúrez; Hernando se contenía con dificultad para no descargar una lluvia de tajos y mandobles sobre la afeminada chusma de los palaciegos; y don Diego López iba pensando entre sí cómo saldrían del lance en caso de ser conocidos antes de salir de la ciudad. Penetraron pues, como hemos dicho, sin encontrar obstáculo hasta las puertas de la estancia misma en que estaba doña Urraca; y allí don Pedro hizo que una dama de la servidumbre anunciase según costumbre a la reina que su mayordomo deseaba hablarla: entró la dama y a poco rato volvió a salir diciendo, que hallándose Su Alteza indispuesta, no se había aún levantado de la cama, ni pensaba hacerlo en todo aquel día: y que por lo mismo dejaba para el siguiente recibir a su mayordomo. No era esta la primera vez que la reina obraba así, antes por el contrario acostumbraba a hacerlo con mucha frecuencia; pues siéndole odiosa la vista de cuantos la rodeaban, y mucho más que la de ninguna otra persona la de su antiguo ayo, se valía del expediente de fingirse enferma para poder a lo menos deplorar a sus solas la crueldad de su destino.
—Ya lo oís, señores —dijo don Pedro volviéndose a sus tres acompañantes—, me es imposible complaceros.
—Insistid —le contestó el conde en voz muy baja, pero con firmeza.
—Hemos de entrar —añadió Hernando—, hemos de entrar o...
—Basta, por san Pedro —le interrumpió don Diego—; ved el paraje en que estamos.
—Caballeros... —volvió a decir el de Ansúrez.
—Insistid, os digo por última vez, o temblad —replicó ya ardiendo en cólera don Gómez.
No había recurso para don Pedro; estaba enteramente a merced de los enemigos, y hubo por lo mismo de obedecerles.
—Decid a la reina, mi señora, que el asunto de que tengo que hablarla es de tal importancia que no sufre demora, y que la suplico que se digne recibirme inmediatamente.
Ejecutó la dama este nuevo mandato, y trajo sin tardanza la orden de la reina para que entrase el mayordomo, lo que se ejecutó inmediatamente, siguiéndole los tres caballeros.
Doña Urraca estaba en efecto en el lecho, y su hermosura parecía mayor en medio del estudiado desaliño en que se hallaba. Ondeaba libre el cabello sobre la espalda, que apenas cubría un delgado cendal, y al incorporarse, cuando vio entrar al conde, dejó ver un talle que hubiera podido dar envidia a la misma diosa de la hermosura; el enojo por la demasía del mayordomo en empeñarse en verla contra su expresa voluntad, había encendido el color del rostro, pálido otras veces a causa de sus continuados disgustos; y, en una palabra, la figura de la reina de Castilla era en el momento de que hablamos la más seductora que puede imaginarse.
—¿Hasta dónde piensa el conde Ansúrez llevar el desacato y la injuria? —exclamó furiosa doña Urraca al entrar en su cuarto el mayordomo.
—Crea Vuestra Alteza, señora, que bien a mi pesar...
No pudo decir más, porque dentro ya de la estancia los tres castellanos, cerró Hernando inmediatamente la puerta, y sacando la espada se puso a ella de centinela sin proferir una palabra: la reina que vio aquella acción, y que ignoraba quiénes eran los que delante tenía, se horrorizó creyendo que semejante precaución no podía tener más objeto que el de llevarla presa, o tal vez el de atentar a su existencia; pues era tal la prevención odiosa con que miraba a su marido que le hacía la injuria de creerle capaz de acciones enteramente ajenas del ánimo de Alfonso el Batallador. Como quiera que fuese, lo cierto es que doña Urraca se asustó sobremanera, e interrumpió al conde en su discurso diciéndole con voz amortiguada:
—Traidor: ¿qué intentas?
—Sus intentos son vanos —contestó el conde de Candespina alzándose la visera—; deponga Vuestra Alteza todo temor.
—¡Dios de bondad! ¿Vos en Soria, conde?
—Sí, señora; mientras haya en mis venas una gota de sangre se consagrará al servicio de mi reina.
—Lo que importa —dijo el prudente don Diego— es que Su Alteza se vista y salgamos pronto de aquí.
—¿Dónde vamos?
—Al campo de Castilla, señora; no pierda Vuestra Alteza tiempo.
Vistiose la reina lo mejor y más de prisa que pudo, con no poco embarazo por verse precisada a hacerlo delante de aquellos caballeros; pero ellos con la debida discreción le volvieron la espalda en tanto que lo hacía, prefiriendo justamente cometer tal descortesía a ofender con sus miradas el pudor de su soberana. Aprovechando este intervalo se aproximó Hernando al conde de Ansúrez que, sumido en las más amargas reflexiones, parecía haberse convertido en fría estatua de mármol; tal era la estupidez con que miraba la escena que la fuerza le obligaba a presenciar, y asiéndole con no mucha afabilidad por un brazo, le dijo en voz que solo de él pudo ser oída:
—¿Dónde está doña Leonor de Guzmán?
—Ya he dicho que en un convento por orden del rey.
—¿En qué convento?
—En el de ***.
—¿Está muy lejos de aquí?
—No.
—Poned una orden por escrito para que la abadesa la deje salir inmediatamente.
—¡Una orden...!
—Sin réplica.
—¡Cómo abusáis de mi situación!
—Si no estuvieras en ella ya hubieras probado el hierro de la lanza de Hernando de Olea. La orden al momento; aquí hay recado de escribir, ponla.
—Sea.
Hizo el de Ansúrez lo que Hernando le mandaba; mas, temeroso este de que el conde le hubiese engañado, poniéndole en vez de la orden que pedía algún documento como la carta de Urías, y no sabiendo leer, cosa muy común en aquellos tiempos en todas las clases de la sociedad, y particularmente en la nobleza, cuyo exclusivo ejercicio era el de las armas, se dirigió a su amigo don Gómez, quien leyó el papel y vio que en efecto era una orden en toda forma; mas preocupado con su principal idea, que era la de salvar a la reina, no volvió a pensar en tal papel luego que se lo hubo devuelto al de Olea.
Es de advertir que a pocos instantes de estar en la estancia de la reina los caballeros castellanos, hizo el conde de Candespina que el de Ansúrez mandase desde la puerta a la dama que estaba de guardia en la antecámara que diese las órdenes convenientes para que lo más pronto posible se pusiese una litera para Su Alteza: obedeció la dama, y casi en el mismo instante en que doña Urraca acababa de vestirse anunciaron que estaba pronta la litera. La reina se cubrió con un manto negro, y salió llevando a su derecha a su mayordomo, a la izquierda al conde de Candespina, y detrás a don Diego y Hernando. La presencia del conde de Ansúrez alejaba todo género de sospecha, pues acostumbrados todos en Soria a mirarle como el favorito del rey, y a manera de gobernador de la reina, respetaban sus acciones, aun aquellas que salían del orden regular, como se veneran los arcanos de la Providencia; por lo mismo, aunque algunos cortesanos vieron salir a la reina con tan poco aparato, y en hora desusada, no lo extrañaron, o al menos si lo extrañaron guardaron silencio, pensando que se haría con acuerdo del rey.
El hecho es que salieron con la mayor felicidad del alcázar, entrando la reina en su litera y siguiéndola los mismos individuos. Apenas estaban en la calle, cuando el de Olea se dirigió de nuevo al conde de Ansúrez para preguntarle si una iglesia, que no tardaron en ver, era el convento en que se hallaba Leonor, y habiéndole respondido que sí, sin esperar a más se dirigió a él apresuradamente. Se informó en la portería, en la cual le confirmaron en la verdad de lo que el conde Ansúrez le había dicho; y habiendo hecho anunciar a la abadesa que se la buscaba de parte de este, bajó inmediatamente la buena religiosa, y vista la firma del conde no puso la menor dificultad en entregar a doña Leonor, a quien inmediatamente fue a buscar. La premura con que Hernando dijo a la abadesa que debía presentarse al conde aquella dama fue tal, que apenas la dio tiempo para ponerse un manto y bajar. ¿Quién podría explicar la alegría de Hernando, cuando abriéndose las puertas se presentó a su vista el objeto de todos sus pensamientos? No será mi pluma la que lo intente; para el que haya amado una vez toda explicación sobra, y para el que no, sería inútil. Así que Hernando creyó que ya las religiosas que habían salido a acompañar a doña Leonor no podrían oírle, se inclinó a ella y le dijo:
—Estáis en poder de un amigo; guiadme a las puertas de la ciudad y seréis libre.
—¡Será posible...! Es la voz que oigo...
—De Hernando de Olea.
—¿Y os habéis expuesto por mí...?
—A nada: dejemos eso. ¿Sabéis el camino a la puerta por donde se entra viniendo de Castilla?
—Sí, que no es esta la primera vez que he estado en Soria.
—Pues guiad y volemos, que temo que hemos de llegar demasiado tarde.
Y en efecto caminaron con tanta presteza que apenas sentaban el pie en el suelo. Ya en esto la litera con los que la seguían había llegado a la puerta de la ciudad, y en ella echó de menos el conde de Candespina a su amigo Hernando. Recordando entonces el papel que le había dado a leer en la cámara de la reina, se hizo cargo de que habría ido a buscar a doña Leonor, y temió que tal imprudencia le costase cara. Muy sensible le era tener que abandonar a su amigo en tan peligroso trance; pero la menor detención podía frustrar su ya casi conseguido y principal designio de sacar de Soria a doña Urraca, y por lo mismo, después de algunos instantes de meditación, se decidió a sacrificarlo todo al interés de la reina.
A la orden personal de don Pedro Ansúrez se abrieron las puertas, y él mismo se vio obligado a salir con la reina: Millán sin embargo se quedó con parte de la escolta en la puerta para esperar a Hernando, quien llegó como un cuarto de hora después con doña Leonor.
—¿Y la litera dónde está? —fue su primera pregunta.
—Se ha marchado —respondió Millán—; pero el conde don Pedro ha dejado orden para que se os facilite un caballo de uno de los soldados de la guardia que ya está pronto.
La verdad era que el conde de Candespina le había prevenido a Millán que dispusiese el caballo, y este fiel criado lo ejecutó puntualmente. Montó pues Hernando, puso a Leonor a las ancas, y se alejó a todo galope de los muros de Soria; y a poco siguió Millán con el resto de la tropa, dejando a los que guardaban las puertas atónitos de lo que veían, pero muy lejos de comprender la causa.
FIN DEL TOMO PRIMERO.