CAPÍTULO IV
En tanto que pasaba en Burgos lo que acabamos de referir, llegó el conde de Ansúrez a Valladolid, y sabiendo que el pontífice había nombrado juez a don Diego Gelmírez en el pleito del divorcio de los reyes, no dudó un momento en abandonar el partido aragonés, y en efecto proclamó que reconocía la autoridad de doña Urraca y que sometía a ella cuantas ciudades, villas y aldeas de él dependían, haciéndoselo saber a la corte por medio de un mensaje. Bien hubiera querido doña Urraca despojarle de todos sus estados, pero el conde de Candespina se lo disuadió, y la única medida de precaución que se tomó fue la de poner alcaides de conocida fidelidad a la reina en los castillos y fortalezas que habían hasta allí seguido el bando aragonés. Mas don Pedro, al mismo tiempo que trataba de reconciliarse con sus compatriotas, no quiso perder enteramente la gracia del rey de Aragón, por si un día variaban de aspecto los negocios. Difícil empresa era la de conservar a un tiempo la amistad de dos potencias enemigas, como Castilla y Aragón, gobernadas por dos esposos a punto de divorciarse; pero sin embargo creyó el conde de Ansúrez haber hallado medio para conseguirlo. Con este objeto salió de Valladolid para Aragón, llevando en su compañía algunos criados, y cuando estuvo en el pueblo donde momentáneamente se hallaba don Alfonso, se presentó ante él vestido de ropas de sayal, cubierta la cabeza de ceniza, ceñido el cuello con una cuerda de esparto y descalzos los pies,[1] que más parecía penitente o ajusticiado que noble castellano. Fue esto en ocasión que el rey salía de su alojamiento con algunos cortesanos, y viendo aquel hombre tan extrañamente aderezado, se paró a considerarle preguntándole:
[1] El hecho que aquí se refiere es absolutamente histórico, y conviniendo en su relación cuantos han escrito sobre la materia, desgraciadamente para la memoria del conde, es indudable.
—¿Qué es eso, hermano, qué os ha acaecido que así venís?
—Vuestra Alteza no me conoce —contestó el conde—, y yo...
—¿Cómo, traidor, osas ponerte en mi presencia? ¡Hola! Prendedle.
—Rey Alfonso, escuchadme. Vedme aquí a vuestros pies: yo os he servido fiel y lealmente mientras he podido hacerlo; pero Dios dispuso las cosas de distingo modo del que vos y yo esperábamos. No fui yo quien sacó a la reina de Soria.
—¿Ni quien puso en su poder las plazas de Castilla la Vieja?
—He debido hacerlo. Toda Castilla...
—Callad, noramala, y quitaos de mi presencia, o pesaros ha.
Volvió con esto el rey la espalda al conde, dejándole mohíno y pesaroso del mal efecto que produjo su mojiganga. Desde allí regresó a Valladolid, donde despreciado por todos los partidos, empleó a lo menos útilmente el resto de sus días fundando diversos establecimientos piadosos, y construyendo varios edificios públicos, entre los cuales el puente que aún existe en aquella ciudad.
La reina, en este intermedio, se había trasladado con toda su corte a Compostela, donde estaba su hijo del primer matrimonio, a la sazón aún muy niño. Don Pedro de Lara, que la acompañó en aquel viaje, era quien todo lo gobernaba en su casa. Insensiblemente y a fuerza de lisonjas llegó a adquirir tal ascendiente sobre el ánimo de doña Urraca que no sabía esta dar un paso sin su consejo. Poco a poco fue abandonando la aparente moderación de que al principio usaba: todo había de humillarse en su presencia, so pena de caer en desgracia el que osara resistirle; y no contento con avasallar a los que dependían de la corte de Castilla, quiso hacerlo del mismo modo con los grandes de Galicia. Pero aquellos magnates tenían sobrado orgullo para ceder, y tanto más cuanto que a la sazón no eran realmente súbditos de doña Urraca, pues al morir el padre de esta princesa legó en su testamento a su nieto don Alfonso el condado independiente de Galicia; y a más, como ya se ha dicho, le habían aclamado rey de Castilla sus tutores los condes de Traba. Estos, que eran dos hermanos de linaje esclarecido y gran poder en Galicia, no podían tolerar las altanerías del conde de Lara; diariamente había entre ellos competencias sobre la preferencia en los asientos en asambleas y funciones; de estas nimiedades se pasó, como de ordinario sucede, a cosas de mayor importancia; y, por último, ambos partidos se declararon la guerra abiertamente. Doña Urraca, cediendo a las sugestiones de su privado, jamás quiso tratar a su hijo más que como a conde de Galicia, y los hermanos Traba pretendían que el conde de Candespina le había reconocido en nombre de Su Alteza como rey de Castilla. De aquí resultó que los compostelanos empezaron a mirar con no poca animosidad a doña Urraca, y que por fin estalló el furor popular de una manera espantosa.
En ocasión de una fiesta que se celebraba en la metropolitana iglesia de Compostela, se empeñó el conde de Lara en que la reina había de ocupar asiento preferente al de su hijo don Alfonso, y aunque los tutores de este al principio oponían una obstinada resistencia, cedieron sin embargo a las súplicas del dignísimo arzobispo don Diego Gelmírez. Llegó en efecto el día de la fiesta, y la reina ocupó su asiento sin dificultad; pero apenas vieron los gallegos al niño don Alfonso pospuesto a su madre, cuando, arrebatados de saña, salieron del templo, y ya fuera de sí con la cólera, se amotinaron pidiendo a voz en grito la cabeza de don Pedro de Lara y trataron con sobrado desacato la persona misma de doña Urraca. Conoció esta, aunque tarde, su imprudencia, y entonces echó de menos por primera vez a su leal don Gómez. Concluido el oficio divino, se trató de salir de la iglesia; pero el populacho furioso la rodeaba: los mismos condes de Traba procuraban en vano calmar el tumulto, y empezaban a temer algún funesto acontecimiento.
La reina y sus damas más parecían cadáveres que personas vivientes; el conde de Lara, poseído de un terror pánico, no acertaba a proferir una palabra; y solos tres individuos conservaban alguna sangre fría en aquel trance, que eran el arzobispo, Hernando de Olea y su inseparable compañero don Diego López. Estos dos últimos opinaban que formando un escuadrón los cortesanos, saliesen espada en mano con la reina y sus damas; pero don Diego Gelmírez no quiso consentir en ello.
—Harta sangre de cristianos —dijo— ha sido derramada por cristianos; y los enemigos de Dios triunfan con nuestras criminales enemistades. En nombre del que todo lo puede os prohíbo hacer uso de las armas.
—Padre mío —le contestó la reina—, vuestra elocuencia podrá tal vez calmar a esos furiosos.
—Señora, mi elocuencia es ninguna; pero Dios, que ve la pureza de mis intenciones, hablará por su siervo.
—Sí —dijo por fin el conde de Lara—, habladles, santo pastor, y tal vez...
—Tal vez —interrumpió Hernando, no pudiendo ya contenerse—, tal vez valiera más que vuestras locuras no hubieran irritado a ese pueblo.
Iba el conde a contestar, mas el arzobispo y la reina interpusieron su autoridad, lo que acaso no hubiera bastado para detener a Hernando, ya ciego de cólera; pero doña Leonor asiéndole del brazo no tuvo más que decirle, con una voz que penetró hasta lo íntimo de su corazón, «¡Hernando mío!», y el irritado león se convirtió en manso cordero.
Salió sin perder tiempo el arzobispo a arengar al pueblo: el espíritu divino parecía inspirarle; sus razones eran concluyentes; mas el furor dominaba a los gallegos, y se obstinaron en que a nadie dejarían salir del templo más que a los sacerdotes, si no se entregaba a su venganza el conde de Lara. No faltó quien opinase entre los cortesanos que, pues la necesidad lo exigía, debía sacrificársele al interés general; mas ni la reina lo hubiera consentido nunca, ni aprobádolo la mayoría de aquellos caballeros. Probáronse en vano todos los medios imaginables para aplacar a los amotinados, y la ansiedad de la corte de doña Urraca no podía ser ya mayor, cuando el arzobispo imaginó un expediente tan ingenioso como arriesgado para él, con que salvar a los castellanos. Se despojó de sus sagradas vestiduras y cubrió con ellas al conde de Lara, quien a favor de este disfraz salió de la iglesia sin que nadie se lo estorbara, rodeado por los familiares del arzobispo, que tenían los curiosos a suficiente distancia para que no pudiesen conocerle; y pasado el tiempo que creyó bastante para que el conde, según habían concertado, saliese a caballo de Compostela, se mostró el mismo prelado al pueblo: le hizo relación del ardid de que se había valido para evitar que cometiese un crimen horrendo.
—Y si necesitáis absolutamente para calmar vuestra ira una víctima —dijo—, aquí me tenéis; pronto estoy a terminar, por complaceros, una vida que toda entera os he consagrado. Pero cuando el Dios de las venganzas me pregunte: «¿Qué has hecho del rebaño que te he confiado?». «Señor», diré, «el enemigo del género humano se ha apoderado de él, mis ovejas descarriadas corren ciegas a la perdición». Y entonces el Omnipotente, soltando la rienda a su irresistible enojo, dejará caer sobre vosotros todo el peso de su ira. La maldición de Dios... Pero no, compostelanos: aún es tiempo de reparar vuestras faltas. Acatad en la persona de doña Urraca la imagen de Dios en la tierra; dejadla salir libremente y yo imploraré para vosotros la divina misericordia.
Este breve discurso, las sugestiones caritativas de varios eclesiásticos que andaban mezclados entre el pueblo, y la idea de que ya se les había escapado el objeto principal de su venganza, redujeron a los rebeldes a términos más razonables, haciéndoles por fin consentir en dar libertad a la reina, con condición de que saliera en las veinticuatro horas de Compostela, reconociendo antes el título de rey de su hijo y su soberanía especial e independiente en el condado de Galicia. En todo consintió doña Urraca, y todo lo cumplió exactamente, pues suplicando al arzobispo el pronto despacho del pleito de su divorcio, salió aquella misma tarde para León.
Tales eran los aciagos sucesos del partido de doña Urraca en Galicia, mientras que el conde de Candespina, su leal servidor, lograba a fuerza de actividad, talento y política, reducir a su obediencia a Castilla y a León, y organizar un ejército capaz de hacer frente a don Alfonso, quien, habiendo hecho treguas con los navarros, era de presumir volviese las armas contra su mujer. Así lo hizo en efecto; pero sabedor de que doña Urraca se hallaba en Galicia, e ignorando el suceso por el que tuvo que ausentarse de aquel reino antes de lo que pensaba, se encaminó contra él. Derrotó completamente al ejército gallego, mandado por los hermanos Traba, y es posible que su hijastro hubiera caído en sus manos, si el arzobispo de Compostela no se hubiera refugiado con él en Portugal. Con noticia de estos acontecimientos trajo el conde de Candespina sus tercios a las fronteras de Galicia; pero la llegada del invierno terminó aquella campaña sin dar lugar a que castellanos y aragoneses viniesen a las manos, retirándose los primeros a sus cuarteles de invierno, y los segundos, ricos con los despojos de los infelices gallegos, a su patria. A pesar de la agitación continua en que las circunstancias tuvieron todo aquel tiempo a don Diego Gelmírez, no descuidó el íntegro prelado el examen del casamiento de doña Urraca con el rey de Aragón; y después de haberlo todo considerado con el tino y prudencia que le caracterizaban, declaró poco tiempo después de su regreso a Compostela, que en nombre del Sumo Pontífice decidía ser enteramente nulo el matrimonio de la reina de Castilla, promulgando su sentencia con las formalidades de costumbre.