CAPÍTULO PRIMERO
A corta distancia de Soria, y oculto al pie de un pequeño cerro, había dejado un escuadrón el conde de Candespina, según hemos dicho; y así es que una vez fuera de los muros de aquella ciudad, pudo la reina deponer todo temor. Detúvose su litera el tiempo necesario para que despojándose algunos caballeros de sus vestidos de almogávares, calasen el morrión y montasen a caballo; y aprovechando este intervalo, enteró don Gómez a la reina de los medios que había empleado para sacarla por segunda vez del poder de su marido. Ocioso será decir que llena de admiración y reconocimiento, no encontraba doña Urraca expresiones bastantemente fuertes para ponderar su gratitud; y si hemos acertado a pintar con alguna verdad el carácter del conde, creemos también que no habrá uno de nuestros lectores que no conciba su placer viéndose tan favorecido de su señora, y que una sola de sus expresiones bastaría para hacerle arrostrar mil muertes en su defensa.
Concluidos los preparativos para la marcha, rompió su movimiento el escuadrón escogido, llevando en medio la preciosa litera. Verdaderamente era un magnífico espectáculo ver a aquellos guerreros cubiertos de fortísimas y brillantes armaduras, montados en soberbios bridones andaluces, y ostentando en la diversidad de colores de los pendones de las lanzas y de las bandas que adornaban las bruñidas corazas, las diferentes inclinaciones de sus damas, marchar con admirable concierto y uniformidad, como si todos fueran partes de una sola máquina, cuyo resorte principal fuese la voluntad de su caudillo. Flotaban a merced de los vientos las amarillas y negras plumas que adornaban la cimera del casco de este; el fogoso alazán que montaba, pareciendo sentir el gozo de su amo y envanecerse con sus triunfos, marchaba con la cerviz erguida, hinchado el ferviente pecho, sentando apenas las manos en la tierra, y cubriéndose a sí mismo de blanca espuma. La reina manifestaba en lo placentero del semblante cuál era su interior contento; y la dirección de todos los morriones indicaba que el objeto exclusivo a que atendía aquella tropa de leales era la misma doña Urraca.
Empezaba el sol a declinar al occidente, dejándose apenas sentir la benéfica influencia de sus rayos, cuando dieron vista al campo castellano don Gómez y su escuadrón. Los centinelas de los reales que vieron venir con tan buen orden a ellos un número bastante crecido de soldados, dieron la alarma. Resonaron en la vasta extensión del campo los bélicos instrumentos; corrieron a las armas soldados y caballeros; y en poco tiempo se reunieron bastantes para poder hacer frente al enemigo, mientras el resto se organizaba.
No había probado hasta entonces el conde de Lara más que las dulzuras del mando; y la crónica dice que, en el momento de que hablamos, creyendo que de improviso venía sobre él don Alfonso con todo su poder, hubiera de buena gana renunciado a su honorífico puesto. Hubo sin embargo de conformarse, y armado de todas armas se presentó al frente del campo.
Ya en esto se habían aproximado bastante a él los que acompañaban a la reina; y adelantándose el conde de Candespina se dio a conocer al ejército. Más de un soldado dicen que hubo a quien le pesase que en efecto no fueran aragoneses los que se presentaban, sintiendo renunciar a la idea de las honras que distinguiéndose en el combate esperaba conseguir; pero como este entusiasmo no es general, aun entre los valientes, se alegraron la mayor parte de su engaño, y más que todos el jefe del ejército.
—Bien ha hecho Vueseñoría, señor conde —dijo el de Lara—, en descubrirse a tiempo, porque si no, hubiéramos podido daros un mal rato.
—Dios solo sabe quién lo hubiera tenido, conde don Pedro; mas lo que importa es que Vueseñoría se aperciba para recibir dignamente a Su Alteza.
—¡Santos cielos! ¿Qué decís, don Gómez?
—¿A Su Alteza?
—¿A Su Alteza? —repitieron en coro los oficiales que rodeaban a don Pedro.
—¿A Su Alteza? —exclamaron oyéndolo los más próximos, y a la manera con que, herida la mansa corriente de un caudaloso río por una piedra, se forman sucesivamente en torno de esta multitud de círculos cada vez mayores hasta que se terminan en las orillas, así también la voz «¿A Su Alteza?» se extendió por todo el campo, repitiéndola confusamente los ecos de los vecinos montes.
—Sí, caballeros —continuó el conde de Candespina—, sí, soldados castellanos, nuestra reina doña Urraca es la que va a honrarnos con su presencia.
—Viva la reina, viva su libertador —exclamaron unánimemente cuantos alcanzaron a oírle.
Y precisamente entonces llegó doña Urraca. Se apeó de la litera para gozar libremente, dijo, de la vista de sus vasallos, y habiéndose apeado también todos los caballeros, fue el conde de Lara a rendirla el debido homenaje, y tomar en su calidad de general las órdenes de Su Alteza.
—¿Cómo —exclamó doña Urraca entre sorprendida e indignada—, cómo? Conde de Candespina, ¿no sois vos el caudillo de mis tropas?
—Señora —contestó este—, el conde de Lara y yo alternamos en el mando.
—¿Y quién ha alternado con vos para exponerse dos veces a riesgos eminentes por salvarme? ¡Ah, castellanos, castellanos!
Felizmente para el conde de Lara, el respeto tenía bastante lejos de la reina a todos los jefes del ejército, sin lo cual hubieran oído la justa y amarga reconvención que sus últimas palabras contenían; mas no dejó de producir en don Pedro el más vivo resentimiento, o por mejor decir, la más negra envidia por lo que don Gómez acababa de hacer. Cualquier otro hombre de su calidad a quien la reina hubiera hecho semejante alusión, habría contestado con aspereza, y tal vez con desacato; mas el conde de Lara sabía dominarse, y contando con los recursos que aún le quedaban, no se dio por entendido de lo que oyó. La alegría del campo castellano era imponderable: el simple soldado que iba a la guerra sin más motivo que la voluntad de su señor feudal, veía llegar con el placer que puede imaginarse el momento de volver al cultivo de su campo, y a la dichosa oscuridad de su cabaña; y los ricos hombres y caballeros de más cuenta, empeñados en aquel partido, no desconocían que la sola presencia de doña Urraca daba más consistencia a su facción que cuantas victorias hubieran alcanzado sobre los aragoneses. Un solo hombre era el que entre tantos dichosos gemía dolorosamente viendo frustrados sus más caros proyectos, y pendiente sobre su cabeza la cuchilla de la justicia de la reina: don Pedro Ansúrez, custodiado por una fuerte escolta al mando de don Diego López, y conducido en pos de la triunfante doña Urraca, como en la soberbia Roma seguían los cautivos el carro de sus vencedores. ¡Extraña vicisitud de la fortuna! Veinticuatro horas antes pendía de su voluntad la suerte y la vida de los que en aquel momento eran árbitros de la suya.
Después de haber corrido en esta disposición todo el campo, para que los soldados se cerciorasen de que en efecto se hallaba en él, se retiró la reina a la tienda de Lara, que por su magnificencia, acaso extremada para un guerrero, se juzgó la más digna de tener la honra de hospedarla. En ella recibió a las personas más distinguidas del ejército, y nada le quedó que hacer para que todos saliesen a cual más encantado de su afabilidad y dulzura; pero el conde de Candespina fue la persona a quien particularmente parecía dirigir sus afectuosas miradas. Cada vez que un noble la felicitaba por su inesperada libertad, decía:
—Ved aquí al que ha hecho este milagro; Castilla le debe su reina, y doña Urraca la libertad y la vida.
—¡Ah, señora! —contestaba el conde—, ¿quién no expondrá gustoso mil vidas por una reina como doña Urraca?
Así que se hubo apaciguado algún tanto el tumulto causado por la inesperada aparición de doña Urraca, y que, satisfechos de haberla visto, los caballeros castellanos dejaron desembarazada su tienda, quedando solamente en ella los condes de Candespina y Lara, y algunas de las personas de más cuenta, volvió de nuevo a resonar el campo con gritos de alegría: la multitud de los soldados seguía a un caballero, montado en un caballo casi exánime de fatiga, y que apenas podía sostener su peso y el de una enlutada dama que a las ancas llevaba.
—Es Hernando de Olea —gritaban los soldados—. Es el valiente Hernando.
—Sí, camaradas —contestaba nuestro Hernando—. Yo soy: vuelvo a pelear, a vencer con vosotros.
Los talentos de Olea eran escasos, pero su valor, sobrado, y el soldado gusta de esta cualidad en sus jefes, perdonándoles fácilmente en favor de ella cualquier otro defecto. Así es que Hernando gozaba de la más alta reputación entre la tropa, y su venida fue para el ejército un verdadero júbilo.
—Leonor —exclamó la reina viéndola entrar—, ¿tú también aquí? Ya nada me falta.
—¡Ah, señora!, déjeme Vuestra Alteza besar sus pies.
—Alza y dame los brazos; ¿y a quién debo la dicha de tenerte a mi lado?
—Al incomparable valor del amigo del conde de Candespina.
—¿Al valiente Hernando? Venid acá, buen caballero, no estéis tan retirado; el servicio que me habéis hecho merece recompensa; pedid, y os será otorgada.
—Vuestra Alteza pondera más de lo que vale mi acción, que al cabo nada significa, y además lleva la recompensa en sí misma.
—¿No os parece, conde de Candespina, que vuestro amigo ha tenido más memoria que todos nosotros, acordándose de Leonor, y no poca osadía para quedarse solo en Soria por no dejarla en su convento?
—Verdaderamente, señora —contestó el conde, a quien las bondades de doña Urraca tenían de festivo humor—, parece que el buen Hernando ha apartado poco de su memoria a doña Leonor desde...
—Callad, conde, que hacéis ruborizar a mi camarera. Veamos, Hernando, qué recompensa pedís; os mando que la señaléis.
—Pues Vuestra Alteza lo exige, diré... que... señora... el conde ha indicado...
—Que amáis a Leonor; válgame el cielo, que amante sois tan tímido. Será preciso que yo hable por vos.
—Señora, Vuestra Alteza ha adivinado mis pensamientos.
—¿Y qué dices a esto, Leonor? Solo falta tu consentimiento para que seas esposa de Hernando.
—No tengo más voluntad que la de Vuestra Alteza; y Hernando tiene demasiados títulos a mi agradecimiento para que yo pueda negarle nada. Mas hasta tanto que Vuestra Alteza esté pacíficamente en su trono, Leonor de Guzmán no pensará en casarse.
—Todos a porfía queréis acumular las pruebas de vuestra fidelidad; plegue a Dios que llegue el momento en que pueda recompensaros.
La tienda de la reina era en aquel instante el templo de la felicidad, y el generoso Candespina aprovechó la ocasión para hablar de don Pedro Ansúrez. A pesar de haber sido este siempre su mortal enemigo, a pesar de las asechanzas que últimamente intentó poner en práctica para llevarle a un suplicio, y a pesar de sus traiciones, no podía dejar el conde de Candespina de mirar a don Pedro Ansúrez como a un compatriota, y compatriota desgraciado. Habló pues en su favor a doña Urraca; Lara se opuso a que se le diera libertad, pretextando que debía hacerse un escarmiento; pero las razones que alegó el conde de Candespina sobre la crueldad que habría en deshacerse de un enemigo ya indefenso, lo peligroso que sería enajenarse los ánimos de sus muchos parientes y allegados; y hasta la especie de felonía con que había sido forzoso sacarle de Soria, unidas a los generosos ruegos de Hernando, Leonor y don Diego López, decidieron la cuestión en favor del desgraciado conde de Ansúrez.
Aquella misma noche se le hizo saber la piedad de Su Alteza, y prestado que hubo juramento de fidelidad a doña Urraca, quedó libre para marcharse adonde mejor le pareciese.
Con acuerdo de la reina resolvieron los dos generales que el ejército se pondría en marcha al romper el alba de la próxima mañana, y tomadas las disposiciones convenientes, se retiraron a reposar de las fatigas de aquel día tan fecundo en sucesos no comunes.