CAPÍTULO XIV

Por más que el conde de Candespina, empleando alternativamente las persuasiones, el halago y su amistad, se había esforzado para conseguir que Hernando de Olea no se mezclara en el suceso de Alí, no podía este caballero tranquilizarse de ningún modo. «He jurado», decía entre sí, «ser el hermano de Zulema, y debo cumplirlo: las razones del conde serán todas muy buenas; pero no me convencen; sigamos, pues, la senda que el honor me manda». Con esta resolución se puso a pensar en qué medio hallaría para cumplir con su obligación sin disgustar a su amigo, a quien respetaba como a padre; y después de haber martirizado toda la noche su pobre cabeza para encontrar el deseado expediente, se resolvió por fin a dar el paso que vamos a ver.

Al mismo tiempo que Zulema y don Gómez marcharon al alcázar, se fue Hernando a la casa del conde de Lara, quien al oír el nombre del que venía a buscarle se quedó extrañamente sorprendido. «Hernando en mi casa», se dijo, «no será para nada bueno».

Entró Hernando en el gabinete del conde, y recibiole este con muestras de cortesía y agasajo; mas el amigo de Candespina sin contestarle le dijo:

—Haced que nos dejen solos: el asunto de que tengo que hablaros es reservado.

—Voy a complaceros —contestó el conde haciendo una señal a sus criados, que al punto se retiraron—. Ya estamos solos.

Hernando sin responder dio una vuelta al aposento como para cerciorarse de que no hubiese nadie escondido debajo de los tapices; en seguida se dirigió a la puerta, que cerró con llave; y por último, desciñéndose la espada y sacando la daga que llevaba en la cintura, las puso ambas sobre un escaño. Asombrado y con no poco temor miraba aquellos singulares preparativos Lara; pero no osaba decir palabra porque conocía el carácter de Olea, y este tomando asiento frente a él empezó a hablar de esta manera:

—Alí ha muerto asesinado...

—¡Santos cielos! ¿Qué me decís? —interrumpió don Pedro, y al mismo tiempo cubría su rostro la palidez de la muerte.

—Sí, malvado, ya lo sabes, y tú eres el autor de su muerte.

—¿Hernando, a esto habéis venido?

—Sí, a esto; a esto solo.

—¿Qué pruebas podréis presentar de esa horrible calumnia?

—Tu conciencia y mi espada. ¿Te parecen bastantes? Pero aún te queda un medio de salvar tu honra.

—Jamás la he perdido.

—Asesino, no abuses de mi paciencia. He depuesto las armas para que no pudieras decir que te ataco con ventaja; pero con una mano me sobra para darte el castigo que mereces.

—Basta, Hernando: sobrado tiempo he sufrido esa insolencia; idos, y si tenéis alguna queja contra mí, exponedla ante quien convenga, yo sabré responder.

—Con la lengua sí; sabes manejarla, ya lo sé; pero la espada te pesa demasiado.

—¡Hola..., criados...!

—Silencio, silencio —le interrumpió Hernando asiéndole un brazo con tal violencia que faltó poco para que se lo rompiera—; has de oírme hasta el fin, y después eres muy dueño de llamar a tus criados, que yo sabré contenerlos.

—Habla pues, y pronto —contestó el conde lleno de rabia y confusión.

—Tú has llenado de amargura los últimos instantes de la vida del amigo de tu padre: tú has deshonrado a la hermana de Alí; y por último, has cometido un asesinato para evitar el pelear como caballero con él. Eres el baldón de los tuyos; la afrenta de los castellanos; el destructor de tu patria. Has merecido la muerte, y la recibirás si no te conformas con lo que voy a proponerte... No me repliques: óyeme. El pueblo ignora que seas tú el asesino de Alí: este secreto solas dos personas lo saben: el conde de Candespina es una, y yo la otra. Si quieres salvarte...

Aquí llegaba Hernando, cuando un criado llamó fuertemente a la puerta de la estancia en que se hallaba con el conde, a quien nada podía causar más placer que ver interrumpida tan desagradable conferencia.

—¿Quién llama? —preguntó furioso Hernando.

—La reina manda —contestó el criado— que el conde de Lara se presente inmediatamente en el alcázar.

—Ya oís —dijo Lara...

—Sí, ya oigo; y no me opondré a las órdenes de Su Alteza; pero volveremos a vernos antes de mucho; y tiembla por ti si te atreves a publicar esta conversación.

Diciendo así, tomó Hernando sus armas, abrió la puerta y se marchó, dejando absorto y pesaroso al menguado conde. Sin embargo, este recordó que debía presentarse a la reina; sacó fuerzas de flaqueza, y como tenía sobrada costumbre de disfrazar sus naturales sentimientos, logró tomar un aspecto bastante sereno para comparecer ante doña Urraca, quien por su parte también se esforzaba para disimular su enojo.

—Os he llamado, conde —le dijo—, para daros una noticia que va sin duda a sorprenderos: vuestro contrario Alí ha perecido ayer a manos de unos asesinos desconocidos.

—Acabo de saber, señora, tan desagradable acontecimiento, y puedo asegurar a Vuestra Alteza que a pesar de todo...

—Estoy persuadida de que el conde de Lara es incapaz de alegrarse de semejante maldad; pero dejando esto aparte, sed franco: ahora que ese moro no existe, ¿no me diréis qué motivos...?

—Mil veces he dicho a Vuestra Alteza, y lo repito ahora bajo juramento, que nunca había yo visto a ese joven hasta que en presencia de Vuestra Alteza...

—Sí, eso puede ser verdad; y, sin embargo, también sin verle pudierais haberle agraviado.

—Que pudiera ser, señora, no lo niego, mas no ha sido...

—Hay, conde, quien dice lo contrario...

—Si Vuestra Alteza da oídos a mis enemigos, no habrá crimen que no se me impute —y al decir esto se turbó extraordinariamente.

—No, a fe mía, no he escuchado en este negocio a vuestros enemigos. Creedme, conde, confesad francamente a vuestra reina qué causa hizo al joven Alí vuestro enemigo.

—Vuestra Alteza sabe que la ignoro.

—Yo sé que así me lo habéis dicho; pero la cosa es tan inverosímil...

—¿Y quién ha presentado pruebas que contradigan mi verdad? Nadie, señora. Por el contrario: el mismo silencio de Alí ¿no prueba que no tenía de qué acusarme?

—Hace dos horas tal vez me hubiera convencido esa razón; mas ahora...

—Y ¿qué causa ha podido haber para que yo pierda la confianza con que Vuestra Alteza me honraba?

—Causa, ninguna. Solamente una reflexión, conde: habéis sido siempre tan rendido con las damas que me parece probable que algún amorío...

—¡Qué delirio, señora! Mi corazón no ha amado más que una sola vez, y esa con harta desgracia.

—Esa vez basta quizá para haber...

—No acabe Vuestra Alteza, señora; el objeto de mi amor nada ha tenido que ver con ese moro; yo he amado, amo todavía, y amaré siempre, pero será a mi reina.

—Basta, conde: no sabéis responder otra cosa. ¿Conque en efecto no habéis vos provocado la enemistad de Alí?

—No, señora.

—Miradlo bien.

—Mirado está, señora.

Doña Urraca hizo seña a una dama de su servidumbre que allí estaba, y esta salió inmediatamente de la cámara. Entonces abandonando la reina el aire de fría tranquilidad que hasta aquel punto había afectado, se levantó de su asiento y empezó a pasearse apresuradamente por la sala, con admiración de Lara; hasta que, abriéndose la puerta, se presentó a los ojos del asombrado conde la misma Zulema, pero vestida con el traje propio de su nación.

Lara al verla creyó que el universo entero se desplomaba sobre su cabeza, y exclamó involuntariamente:

—¡Zulema, tú aquí!

La reina se había parado en medio de la cámara, y con ojos centelleantes de furor consideraba al pérfido conde que, aterrado, no se atrevía a separar la vista del suelo.

—¿Tampoco —dijo la reina por fin—, tampoco habréis visto a esta joven antes de ahora? Conde de Lara, responded: ¿qué se ha hecho de vuestra elocuencia? Perjuro, ¿no decías que no habías agraviado nunca al infeliz Alí? Responde.

Lara no podía articular una palabra, tal era su espanto; Zulema, temerosa, se había quedado a la puerta de la cámara derramando copiosas lágrimas que regaban sus descoloridas mejillas; y doña Urraca, que ya no pensaba en enfrenar su enojo, continuó diciendo:

—No os atrevéis a responderme; pues bien, preparaos a sufrir el castigo que merece quien engaña a su reina. ¡Hola! Venga el conde de Candespina al momento.

Este nombre surtió un efecto mágico en don Pedro: oírlo y recordar al momento que, según Hernando le había dicho, poseía don Gómez el secreto fatal de la muerte de Alí, todo fue una misma cosa; y juzgando que Candespina no despreciaría aquella ocasión de libertarse para siempre de su rival, se dio por perdido.

—Señora —exclamó arrojándose a los pies de la reina—, no quiera Vuestra Alteza humillarme ante el conde.

—Apartaos —contestó doña Urraca—, sois indigno de consideraciones.

—¡Ah, señora! He delinquido, es verdad, con Zulema; ¿pero debe Vuestra Alteza ser quien me castigue por ello? La causa...

—Es vuestra perfidia. Venid, conde de Candespina; venid y encargaos de este caballero que confío a vuestra guarda. Zulema, ya veis que soy justa. Mañana será Lara vuestro esposo o perecerá en un cadalso. ¿Queréis más?

—No, señora. Quédese libre el conde de Lara: su corazón no es mío, y aunque lo fuera, yo no podría ya mirar sin horror al que ha causado la muerte de mi padre y la de mi hermano, y con ellas mi eterno dolor. Yo he venido solo a pedir a Vuestra Alteza justicia contra los asesinos del desdichado Alí, si puede averiguarse quiénes son.

—Y la obtendréis como yo llegue a conocerlos. Conde, llevaos al preso.

—¿Querrá Vuestra Alteza —dijo Candespina— escuchar una súplica?

—Decid presto.

—Pues bien, señora, yo ruego a Vuestra Alteza que el conde de Lara quede en libertad. Su conciencia, el enojo de Vuestra Alteza, y el menosprecio de todos los buenos harto castigo son para un noble.

—Y yo —añadió Zulema—, yo uniré también mis ruegos a los de este generoso caballero. Piedad, señora.

Las lágrimas inundaron los ojos de doña Urraca, y después de un breve rato de meditación, volviéndose a Lara le dijo:

—Salid de mi presencia, y no os volváis a presentar sin mi orden —y luego, señalándole al conde de Candespina añadió—: este es vuestro enemigo, procurad imitarle.

Lara, confuso y desesperado, se retiró; y don Gómez iba a hacer lo mismo con Zulema, mas doña Urraca los detuvo. La generosidad del conde y la perfidia de su rival le habían abierto los ojos por fin, y resolvió premiar en aquel mismo instante los servicios y constancia de su libertador dándole la mano de esposa. Sin embargo, fiel a su primer proyecto de no dividir el trono con nadie, se lo hizo saber así al conde; pero este, lleno de amor y enajenado de júbilo, respondió:

—Yo, señora, amo a doña Urraca, no a su trono; mi gloria será después de ser su esposo, como lo es ahora la de ser su vasallo más fiel.

La triste Zulema hubo de presenciar aquella escena, que recordaba a su afligido corazón la corta y venturosa época en que también a ella la halagaban las dulces y lisonjeras ilusiones del amor, y aun parecía que su alma bondadosa olvidaba parte de sus penas para tomarla en la alegría de su protector; pero el dardo había penetrado demasiado para que la herida pudiera nunca cerrarse. En vano doña Urraca le propuso recibirla entre sus damas si quería quedarse en Castilla, o hacerla llevar a su país si lo deseaba: la hermana de Alí, resuelta a entrar en el gremio de los fieles, pidió por única gracia que se la administrara el bautismo para retirarse después a un claustro.

Al cabo de no poco tiempo se retiró el conde con Zulema a su casa, y enteró de su próxima dicha a Hernando y a Leonor, cuyo júbilo no puede encarecerse bastante. Hernando contó a su amigo la conversación que con Lara había tenido, diciéndole su objeto, que era el de obligar al conde a que diese la mano a la pobre mora; «mas pues ella lo rehúsa», concluyó, «inútil es insistir más».

Pocos días después del de la escena referida recibió Zulema el bautismo, siendo sus padrinos el conde de Candespina y doña Leonor; e inmediatamente tomó el velo de novicia en uno de los conventos de León, donde a su debido tiempo profesó; siendo los pocos años que sus penas la dejaron vivir un modelo de virtud, dulzura y paciencia: dotes dignas a la verdad de mas próspera suerte que la que su aciago destino le proporcionó.

El leal, el valiente, el virtuoso conde de Candespina vio colmados sus deseos con la posesión de la mano de la reina de Castilla. Su matrimonio se verificó en el oratorio del alcázar, en presencia de Hernando, su esposa, don Diego López y algunos fieles partidarios, quedando secreto por entonces. Doña Urraca quería tener un esposo, pero no un dueño; y el conde, sobre no ser ambicioso, conocía que, en aquellas circunstancias, aun los mismos que como ministro eran sus parciales se convertirían tal vez en enemigos si veían brillar en su frente la diadema de los godos.

Continuó viviendo en la corte el conde de Lara por un resto de vanidad que no le permitía retirarse de ella, como sin duda hubiera debido hacerlo; y don Gómez era demasiado generoso para hacerle sentir el peso de su poder. Lejos pues de tratarle con aspereza le manifestaba más agrado acaso del justo, y contenía con su ejemplo a muchos, que sin él, hubieran tomado cruelísima venganza de agravios recibidos en otro tiempo.

Solo Hernando era quien no podía resolverse a dirigirle la palabra jamás; y por deferencia a su amigo huía las ocasiones de encontrarle.

—Paréceme —decía a su esposa— que veo siempre sus manos teñidas en la sangre del desventurado Alí. Asesino es la primera palabra que se me ocurre decirle, y asesino también la última.

Por fin Lara, perseguido por los remordimientos, despreciado de sus enemigos y abandonado de los que en su privanza le manifestaban más afecto, vivía infeliz y miserablemente.