Á UNA MÁSCARA.

ace en este momento veinte y cuatro horas que te acercaste á mí en el baile de máscaras del Teatro Real, y me dijiste, cogiéndome una mano:

—¡Júralo!

—¡Lo juro!—te respondí desesperadamente, por lo mismo que no sabía de qué diablos se trataba.

—Acabas de jurarme (proseguiste diciendo) referirme en un periódico todas tus aventuras de esta noche.

—¡Lo he jurado!—repliqué yo con cierta solemnidad.

—¡Si así lo hicieres, Dios te lo premie, y si no, te lo demande!—añadiste lúgubremente, levantando los ojos al techo y perdiéndote entre la muchedumbre.

Voy, pues, á cumplirte mi juramento.

Pero, antes, oye otra cosa.

Son las tres de la noche. En esta tu casa reina un silencio tan profundo, que se oiría cenar á un gusano metido en una calavera.

¡No te asustes, amiga máscara; que la calavera en que estoy pensando perteneció á una mujer inofensiva!

Mis ojos se hallan fijos en la pantalla de la lámpara que hace las veces del sol sobre mi mesa.

En esa pantalla se ve la figura de una princesa china...—¡Es la única mujer en quien, por la presente, puedo fijar los ojos!

Nadie sabe que estoy despierto... ¡Nadie!

¡Ah! ¿por qué nací soltero?—Yo hubiera querido nacer casado.

¡Pero casarse uno mismo!...

Quizás me equivoco, y no nací soltero, sino viudo.—¡Ay! ¡guardo allá en el alma tales memorias de no sé qué felicidades perdidas!... ¡Llevo en el corazón, desde que me conozco, tal sombra de luto, que ennegrece todas mis esperanzas!...—¿Habré yo vivido otra vez?

De cualquier manera, si yo tuviera esposa, ella sabría que te estoy escribiendo á media noche, á pesar de no conocerte, y la pobre tendría celos, lo cual fuera para mí preferible á esta soledad que me consume...

Pero paso á decirte mis aventuras de anoche.

Anoche se me acercó otra máscara antes que tú, y me preguntó:

—¿Me conoces?

—No te conozco (le respondí); pero, en cambio, tú tampoco te conoces.

—¡Que yo no me conozco! (exclamó la encubierta).—Yo me llamo Juana.

—Eso te figuras tú, porque han dado en llamártelo.

—Te repito que soy Juana.

—Bien; pero Juana es un nombre compuesto de cinco letras: resulta, pues, que tú eres un pedazo de alfabeto.

—¡Y, además, una mujer!—añadió la máscara con cierta valentía muy graciosa.

—¡Todavía no has dicho nada! (repliqué yo).—Una mujer es muchas cosas distintas, cuya esencia nadie conoce. Llámase mujer á cinco ó seis arrobas de carne y huesos (tú tendrás cinco y media, que es lo clásico); á una partida de bautismo, si se trata de quien, como tú, lleva un nombre cristiano; á una camisa, unas medias, unas botas, un corsé, un miriñaque, unas enaguas y un vestido, suponiendo que no use más cosas postizas; á un mueble en casa de su esposo, si es casada; al retrato de una futura esposa, si es soltera; á un espectáculo para sus amigas, si las tiene, y, en fín, á otras muchas cosas que no quiero citar...—¡Te aconsejo, pues, que averigües quién eres, qué haces en el mundo, y qué es el mundo!

Creo que ya irás formando idea de lo mucho que me divertí anoche en el baile.

—¿Qué buscas aquí?—me preguntó otra máscara.

—¡Lo busco todo!—le contesté.

—¡Pues búscate á tí mismo!—replicó quien quiera que fuese.

Y desapareció como tú y como la otra máscara.

—¡Que me busque á mí mismo!...—balbuceé medio triste y medio alegre.

Y entonces recordé esta verdad, que me dijo mi padre hace muchos años:

—En el mundo no hay más que el yo de cada hombre. Cada hombre es el mundo. El primer meridiano se hallará siempre donde quiera que tú estés. El universo es un espectáculo dispuesto para tí, aunque cada uno de los demás hombres te considere á tí mismo como parte de su espectáculo. ¡Y es que cada cual lleva en su alma el infinito!

¡Búscate á tí mismo, y lo encontrarás todo!—me había venido á decir la última máscara.

Encerréme entonces en mi propio pensamiento, y no pude encontrarme á mí mismo.

—¿Qué buscas aquí?—volvieron á preguntarme gentes que adivinan mi amor á lo absoluto.

—No busco nada,—les respondí ya tranquilamente.

Y aquí terminan mis aventuras de anoche.

Entretanto, había yo dejado de considerar aquella fiesta como una broma.

Por el contrario: pensaba ya en que las máscaras son cosa muy seria, tan seria cuando menos como las demás que hay en el mundo.

Y, en efecto, las máscaras tienen su razón de ser: no son una necedad ni una locura: son un goce natural, aunque terrible; racional, aunque espantoso.—Voy á probártelo.

Tú habrás pensado alguna vez en el profundo horror que causan á la sociedad los anónimos y los pasquines, y habrás reparado en que estas armas, tan alevosas como tremendas, apenas se usan en el combate de los más ruines resentimientos. ¡No parece sino que se ha estipulado de antemano no apelar nunca á estos golpes mortales, como se excluye la estocada en ciertos duelos! Y es, realmente, que un maravilloso instinto de conservación advierte á los más desalmados, que el anónimo, y sobre todo el pasquín, acabarían por disolver la sociedad humana.—¡Figúrate, por ejemplo, lo que pasaría en Madrid si mil ó dos mil personas se dedicasen á escribir anónimos á todos los maridos engañados, á todas las mujeres vendidas, á todos los que tienen amigos falsos, á cuantos son objeto de murmuraciones, á los jefes de quienes se burlan los subalternos, á los robados por personas de quienes no sospechan, y á todos los que viven de ilusiones ó bañándose en las aguas del olvido!—Pues añade el pasquín... ¡Imagínate el cinismo, la desvergüenza, el desenfreno que produciría esta murmuración á gritos, y el escándalo, los divorcios, los desagravios, los castigos, los desquites, los horrores que llevaría al seno de las familias!—¡Espanta el pensar en ello!

Ahora bien: como la privación es causa del apetito, la sociedad ha querido disfrutar el bárbaro placer de verse disuelta tres ó cuatro días cada año, y ha inventado las máscaras.

Merced á esta invención, durante las Carnestolendas, puede violarse ese tratado tácito de los individuos, mucho más sagrado que el derecho de gentes.—Porque no lo olvides: cada máscara que va á los bailes es un anónimo: cada una que vocea en el Prado es un pasquín; y el Carnaval en conjunto es un simulacro de la ruina, de la disolución de la sociedad.—Leyes, respetos, sexos, clases, nombres, fisonomías, todo se ve anulado, negado, derogado, escarnecido, en esa espantosa y general revolución dirigida por Momo.

Las máscaras retrotraen las costumbres al estado salvaje. Las convenciones humanas, las verdades legales, los principios que constituyen la vida común de los pueblos, se convierten en objeto de mofa y de ludibrio. Los hombres más graves gozan en establecer y confirmar con sus hechos estas asoladoras conclusiones: «¡Todo es mentira y vanidad en el mundo; todo farsa y locura! Nosotros, los que hoy nos entregamos al placer de burlarnos de nuestras costumbres, de nuestras categorías, de nuestras diferencias y variedades sociales, de nuestros estatutos, de nuestras vestimentas, de nuestros tratamientos, de todas las reglas de la vida, somos los mismos que mañana, metidos otra vez en el molde social, daremos por resultado códigos y catecismos, patíbulos y guerras, suicidios y apoteosis...»

Siento, querida máscara, que el estado de mi salud no me permita continuar...—Tengo mucho sueño.

Madrid 1859.


BOCANADA DE HUMO.
Á MI AMIGO DON RICARDO ALZUGARAY Y YANGUAS.

A mal dar, tomar tabaco.
(Refrán de nuestra tierra.)

uy lejos estoy y he estado siempre de creer que nuestros sentidos corporales sean cinco: ver, oir, oler, gustar y tocar.

Yo creo, por el contrario, que son muchos más y muchos menos: es decir, yo creo que sólo tenemos un sentido—el tacto,—del cual son órganos ó agentes, no sólo los cinco que trae el padre Ripalda, sino otros innumerables que no cita en su catecismo.

Ahora bien; estos agentes del tacto—encargados de trasmitir al cerebelo partes telegráficos de cuanto ocurre en el mundo, mediante esos alambres eléctricos que hemos llamado nervios en nuestro afan de poner nombres á todas las cosas, por desconocidas que nos sean;—estas diversas maneras de tocar ó de ser tocados, digo, no se reducen, como pretenden algunos rutinarios fisiólogos, al oido, al paladar, á la vista y al olfato.

Comprendo que tal cosa se dijera cuando sólo se conocían siete planetas y siete metales, cuatro Partes del mundo y cuatro elementos; pero repetirlo hoy, en pleno siglo XIX, sería un absurdo tan grande como echarse á buscar al Preste Juan de las Indias.

Lo repito: nuestros sentidos corporales, ó sea nuestros sentidos secundarios, son hoy muchos, son innumerables...—¡Cada día se descubre uno nuevo!

¡Y esto sin contar con el magnetismo, que prescinde de todos, que los domina, que los avasalla, que los anula completamente!

Reconozco, sin embargo, que los hay interiores y exteriores, y que los exteriores son cinco, como dice el padre Ripalda...

Pero los interiores... ¿por qué olvidarse de los interiores al hacer la cuenta de nuestros sentidos corporales?

No os hablaré de algunos que por sabidos se callan...—¡Líbreme Dios!

Ni del sexto sentido, ó sentido de la belleza, que estéticos y fisiólogos admiten ya—más ó menos desarrollado, eso sí!—en nuestra raza bípeda y sin plumas, y el cual sirve para apreciar las maravillas del Arte y de la Naturaleza...

Ni del sentido de las cosquillas ó de la risa,—muy digno de atención y hasta de estudio...

Ni del sentido barométrico, que hace subir y bajar el mercurio de nuestro spleen, según el estado de la atmósfera...

Ni del gran sentido, que crea las simpatías súbitas y las antipatías inmotivadas...

Ni del proto-sentido, ó sentido del presentimiento, que nos avisa siempre, con veinte y cuatro horas de anticipación, las desgracias que nos esperan.

Mi único objeto, hoy sábado, es probaros la existencia de un sentido cuyo exclusivo encargo, cuyo destino en nuestro cuerpo, cuya función natural y genuina... es fumar.

Ya oigo que se me replica, que el hecho de fumar, ó sea de humear, de expeler humo,—pues tal es el significado de ese verbo,—pertenece al dominio de los cinco sentidos clasificados por Ripalda.

—«Cojo un cigarro (me decís), y me lo pongo en la boca: le aplico lumbre: el aparato respiratorio me sirve de máquina mneumática: chupo: arde el tabaco y se convierte en humo: percibe el paladar el sabor de una y otra grata sustancia: huélelas el olfato: fijo la vista en las caprichosas espirales de humo que suben al cielo ó en la blanca ceniza que vuelve á la madre tierra, y...—¡negocio concluido!—he fumado

¡Ah! ¡Callad! ¡No digáis eso! No habéis fumado... ¡Eso no es fumar! ¡Vos no merecíais tener tan buenos cigarros! ¡Vos sois como los cerezos, que no se dan cuenta de los amoríos de sus propias flores!

Pero no es vuestra la culpa. La culpa es de la Academia de la Lengua.

Voy á convenceros.

El verbo fumar no expresa de ningún modo la idea á que se refiere: no interpreta, no traduce, no explica el hecho que analizamos: ¡es una palabra inadecuada, antigramatical, contradictoria, absurda!

El verbo fumar debiera ser reflejo, reflexivo; de ninguna manera intransitivo ó neutro, y menos que nada activo ó transitivo, como lo hacéis algunas veces.

En vez de fumar,—fumarse.—¡He aquí lo que debiera decirse!

En lugar de: «Yo fumo después de comer,» la frase reveladora sería: «Yo me fumo después de comer.»

Es decir: yo me humeo; yo me fumeo.

—¿Se fuma V. mucho, fulanito?

—Bastante, señora.

—Mal hecho: no debe V. fumarse tanto: va usted á quedarse hecho un alfeñique.

—¿Y el marqués?

—Está fumándose.

Fúmate tú.

Fúmese V...

¡Esto es lo propio, lo racional, lo elocuente, lo que se dirá con el tiempo, Dios mediante!

¡Y ahora me ocurre que, al descubrir el tabaco, ó sea al atinar con su uso, pudieron muy bien nuestros padres explicar este uso sin necesidad de inventar palabra alguna!—¿Acaso no existía el verbo fumigar,—fumigarse?

Pues su aplicación al nuevo acto humano hubiera sido más oportuna que la invención del verbo fumar, ridícula contracción del anticuado fumear!

Porque fumar—hablo ahora del fenómeno, que no de la palabra,—fumar no es, ni lo será nunca, más que para las mujeres y los tísicos, el acto de expeler humo por la boca ó por las narices. (¡Eso sí sería humear!)—Fumar es absorber ese humo; encaminarlo á un determinado sitio; ¡fumigarlo! y, por consiguiente, humearse.

¿Qué sitio es ese? ¿Qué cosa se humea uno?

Cate V. la cuestión. Ya va asomando el sentido de que hablaba hace poco.

Meditemos.

Por algo quiero yo convertir de neutro en reflexivo el verbo fumar; por algo predico que el hombre tiene un sentido exclusivamente fumigable...

¿Sabéis por qué?—Porque trato de demostraros que el placer de fumar pertenece al orden de los placeres naturales; esto es, que Dios había previsto el uso del tabaco al crear al hombre.

¡Culpa es del hombre, si ha tardado tanto en caer en la cuenta!—Homo lapsus, etc.

Fumar no es un placer convencional como el de ser calvo, ó como el que producen el frac negro, la pedrería, la cerveza, los Príncipes-Albertos (carruajes muy incómodos) y las poéticas estrofas del himno de Bilbao:—tampoco es un placer artificial como las verdades políticas, como las mujeres coquetas, como un baile de máscaras, como el matrimonio, como una conspiración bien urdida, como el juego ó como las aclamaciones populares.—Fumar es un placer ingénito de la naturaleza humana, como la música, la guerra, el amor correspondido, el sueño, el baile, la mesa, el baño, el vino, la caridad, el revolcarse en un prado la primavera, el adorno personal, los hijos, la murmuración, la caza y la pesca.

Voy á probarlo.

Si el fumar no fuera un placer de la naturaleza, los hijos no se esconderían de sus padres para hacerlo, ni los padres del antiguo régimen, enemigos en todo de las leyes naturales, se lo hubieran vedado tan rigurosamente á sus hijos.

La sociedad, que ha hecho un crimen de todas las funciones inherentes á nuestra vil condición de muñecos de barro; que considera de mal tono el comer por la calle; que no se da por entendida de ciertas flaquezas comunes á todo animal; que ha levantado mil barreras entre el hombre y la mujer (barreras que no pueden saltarse decorosamente sin pagar ese horrible derecho de puertas que se llama matrimonio); la sociedad, hipócrita siempre, que viste á las señoras de manera que aparezcan enteramente al contrario de como Dios las hizo (estrechas por arriba y anchas por abajo, siendo así que ellas son estrechas por abajo y anchas por arriba), ha proscrito en Inglaterra el uso público del tabaco, como ya proscribió antes en aquel mismo pueblo las palabras pantalón, sábana, camisolín y otras. ¿Qué mayor prueba de que el hombre es naturalmente fumigable?

Pensemos, si no, un momento en los efectos y excelencias del tabaco.

Para un verdadero fumador, el cigarro es el primer amigo, el más sabroso manjar, el más fiel compañero de todos sus pesares y alegrías.

Fuma el hombre que está á dieta; fuma el que ayuna voluntariamente; fúmase antes de comulgar; fúmase dentro del baño... ¡No hay ocio que el fumar no entretenga!—El hombre que fuma, nunca está solo.

Cuando habéis perdido una prenda del alma y os espanta la idea de comer ó de beber; mientras recibís el duelo; mientras acompañáis el cadaver al Campo Santo; en las patéticas crisis de vuestro dolor, el cigarro es lícito, conveniente, bien mirado por la sociedad española y por la madre naturaleza, y el único placer que os permitís...—¡Quizás el único lazo que os retiene en la vida!

Nosotros, los que pasamos largas horas buscando en nuestra imaginación mundos ilusorios que presentar ante los ojos de los lectores, á fín de sustraerlos á la realidad de este mundo mezquino, vivimos en una atmósfera de tabaco... Entre nuestros ojos y el papel, flota siempre una nube de azulado humo que idealiza la materialidad de las cosas, en tanto que allá, en el alma, dulces somnolencias y estrañas reveríes vienen á brotar del roce del aroma precioso con el sentido oculto de que hablo.—Este aroma, que calma y embriaga á la vez, que mitiga las penas y endulza los recuerdos, que renueva la inspiración y fomenta la esperanza, es para nosotros lo que el gas para el globo aerostático: nos levanta de la tierra, nos suspende, nos eleva, nos hace recorrer el espacio, nos aisla completamente de toda relación de tiempo y lugar, y anticipa por momentos la hora mística y solemne de la libertad del espíritu.

¡Desgraciado mil veces el que no fuma!—¿Qué hará este sér incompleto, en la orilla del mar, en aquellas horas de infinito éxtasis que siguen á la puesta del sol? ¿Qué velas llevarán su imaginación hacia lo desconocido? ¿Qué alas lo subirán al cielo durante las espléndidas noches de verano? ¿Qué hará en los entreactos de una ópera? ¿Qué, después de comer? ¿Qué, al despertar por la mañana? ¿Qué, durante una larga navegación? ¿Qué, en la ausencia, cuando cierre los ojos para ver las personas queridas? ¿Qué, para no acatarrarse á la salida de un baile en provincias, donde no suele haber coches, si tiene que ir charlando con la beldad que aceptó su brazo para volver á casa? ¿Qué, cuando viaje á caballo por solitarios montes? ¿Qué, cuando convalezca de una enfermedad? ¿Qué, en fín, en aquella hora que sigue al logro de cualquier deseo; cuando, si no fuera por el tabaco, ya no habría razón ninguna para seguir viviendo en un mundo donde todo es igual y acaba del mismo modo?

¡Ah! lo repito: ¡desgraciado mil veces el que no fuma! ¡Y más desgraciado todavía el que fuma... y no tiene buenos cigarros!

Madrid 1858.


EL CARNAVAL
EN MADRID.

I.
LOS BAILES DE CAPELLANES.

ox populi, vox Dei.—Cuando la fama lo dice, verdad será.—Pero, aunque no lo sea, nadie negará que los confesores, las madres del antiguo régimen, las damas educadas á la inglesa y los hombres que observan un buen método higiénico-moral, ponen las cruces á los Bailes de Capellanes.

—¡Conque anoche estuvo V. en Capellanes!... ¡Vaya una vida!—exclama maliciosamente nuestra presunta madre política, en tanto que nuestra futura esposa calla y cose, más seria que la siempre escamada Juno.

—¡La Vizcondesa estaba anoche en Capellanes!!!—se dicen al oido sus adoradores, llevándose las manos á la cabeza, sin que lo vea el marido.

—¡No me lo niegues! (grita otra mujer arreglando la corbata á su consorte). ¡Tú vienes de Capellanes!

—Pero ¿qué pasa en Capellanes?—me preguntará el benévolo lector.

Va V. á saberlo, amigo mío.—Hoy habrá baile, pues desde Navidad hasta Ceniza, rara es la noche que se cierra aquel local...—Va usted á acompañarme esta noche... La función principiará á las nueve; pero nosotros no iremos hasta la hora de la salida de los teatros, que es cuando la danza se halla en todo su apogeo.—Desde entonces hasta las dos de la madrugada, que se apagan las luces, tiempo tendremos de conocerlo todo...

Ya hemos llegado.—Comience V. á admirar prodigios...

El primero es de baratura...—Lo digo, porque la entrada cuesta diez reales.—La salida... es á gusto del consumidor.

No hay necesidad de quitarse el abrigo, ni la bufanda; pero, si tiene V. calor, puede dejarlos en el guarda-ropa.

¡Vea V. qué galería tan cómoda para descansar!... Es un diván de cien metros que da la vuelta al salón... Aquí se fuma, se duerme, se pronuncian discursos ó se pasea filosóficamente.

Penetremos en el paraninfo ó para... ninfas.

Aquí tiene V. un salón cuadrado, sostenido el techo por cuatro columnas, y muy semejante á un gran patio de Andalucía.

En el espacio comprendido entre los cuatro cenadores, se baila...—¡Porque eso que mira usted asombrado es bailar!

Al rededor se ama á cuarenta grados Reaumur.

Por lo demás, yo creo que en Madrid no hay un local más bonito ni más á propósito para un baile.

El aspecto de la concurrencia recuerda los buenos tiempos de las máscaras.—Aquí, no sólo se viene disfrazados, sino vestidos. ¡Es un baile de trajes en toda la extensión de la palabra!—Aquí tiene V. todo el guarda-ropa de los teatros: Moros, templarios, griegas, manolas, escoceses, Isabeles de Inglaterra, Franciscos primeros, Motezumas, Reinas-Católicas, puritanos, Federicos, Raqueles y Semíramis, andan amigablemente del brazo, ó polkan que se las pelan, ó se ponen como hoja de peregil si llega la mano.

Estas espléndidas máscaras, varones y hembras, son la parte peligrosa del baile... Porque observe V. que los Federicos, los templarios y los Motezumas son también mujeres disfrazadas de hombre!—Yo sé de un amigo mío que logró fijar la atención de una de esas máscaras ilustres, y consiguió á fuerza de muchas instancias (las instancias fueron de él: y lo advierto... porque también ellas suelen instarle á uno), consiguió, digo, llevarla al ambigú.

—Pide algo...—exclamó mi amigo.

Era la una de la noche.

—Mozo, ¿hay puchero?—preguntó Isabel de Inglaterra.

¡Y no es esto lo peor que puede acontecer en Capellanes!...—Pero hablemos de cosas más apetecibles. El lado novelesco y digno de atención de estos bailes lo constituyen ciertas modestas tapadas vestidas de negro, con largos mantos ó anchurosos capuchones, que andan de acá para allá buscando á un marido más ó menos infiel ó á un amante más ó menos afortunado.

Y es que á Capellanes va también la dama non sancta del gran mundo, que ama á un gallardo estudiante del sexto de Leyes y no le ve nunca con desahogo, ni tuvo jamás la dicha de bailar con él.—Para estos, la noche es ideal, sublime, romántica á sumo grado. ¿Qué les importa el mundo que les rodea? ¡Allí está ella, la deidad cuyo coche sigue penosamente en el Prado, cuya mano puede apenas coger en los corredores del teatro Real, y con la que no se ve á solas más que alguna vez en detestable coche simón! ¡Y allí está el incauto joven que la aristócrata aburrida distinguió entre la muchedumbre y elevó á un cielo que nunca soñara!—¡Al fín son libres; al fín andan del brazo por en medio de la multitud! ¡Todo el mundo es testigo de su dicha, y sin embargo, nadie los ve!...—¡He aquí un goce que sólo lo proporcionan las máscaras!

A las dos menos cuarto nadie ve más allá de sus narices.—Se ha bebido, se ha perdido la cabeza á fuerza de bailar, se ha dado el alma al diablo, se ha obtenido la cita, se han marchado las tapadas decentes, se han confundido en un vértigo febril la mentira y la verdad, y las caretas son inútiles, y los respetos sociales una farsa, y los desconocidos se tutean, y las feas parecen hermosas, y todos gritan, todos bailan, todos sueñan, todos reducen el pasado y el porvenir á aquel instante pasajero de locura y fascinación.

—¡Huyamos, amigo mío: huyamos de esta jaula de monos!

II.
LOS BAILES DEL TEATRO REAL.

Las tres noches en que estos bailes presentan su caracter propio,—el segundo día de Carnaval, la noche de Piñata y la consagrada á los Establecimientos de Beneficencia,—el regio coliseo ofrece un aspecto moral y material enteramente distinto del de Capellanes.

En él no hay trajes pintorescos ni aparatosos disfraces. Las mujeres van cubiertas de largos dominós ó mantos negros: los hombres vestidos de media sociedad.—Casi nadie baila: los que se dedican á este placer, ó son tránsfugas de Capellanes ó provincianos inespertos.—Al teatro Real se va más que á nada á desenlazar dramas y poemas ó á empezar novelas sumamente interesantes.

Hay, pues, algo de lúgubre y melancólico en estos bailes de máscaras; algo de serio y de imponente. Allí se dan ciertas quejas, y se hacen ciertas recriminaciones. Allí hablan los que se amaron durante mucho tiempo, riñeron después y dejaron de verse al cabo... De allí salen á veces reconciliados los novios, los amantes y hasta los esposos... Allí tropieza uno con los amigos secretos, con las simpatías ignoradas, con las desconocidas entusiastas que no se ponen en balde la careta... Consejos, noticias, censuras, declaraciones, desengaños..., salen como un vendabal de labios de las mujeres, yendo á turbar la mente de los hombres... La infidelidad, los celos, la venganza, la calumnia, los recuerdos de amor andan encarnados, por decirlo así, en aquellas sombras negras cuyos funerales chillidos van sembrando la desolación y la muerte.

Por lo demás, el local es lujosísimo, la orquesta maravillosa, la concurrencia innumerable. A cierta hora los palcos se llenan, ó de parejas que siguen el drama tête á tête, sin que la protagonista se haya quitado el antifaz, ó de familias pacíficas que han arrojado la inútil máscara y contemplan desde allí el animado espectáculo del salón, como los que ven desde un balcón artificial la catarata del Niágara.

De las tres á las cuatro hay una hora de sosiego, en que ni se baila ni suena la música.

Es que cenan los alegres de corazón.

Pero más excitan la envidia de los tristes y de los solitarios algunas parejas que se pasean por los corredores ó por las escaleras.—Muchos toman un coche y se marchan..., y luego vuelven.—No pocos se sientan á filosofar, y acaban por dormirse.

A última hora, á las seis de la mañana, se alumbra el teatro con luces de Bengala, que le dan un aspecto fantástico: báilase la galop infernal, perfectamente llamada así; condénsase en vivísimas expresiones, en tumultuosos pensamientos, en rápidos compases, en frenéticos giros, toda la poesía diabólica de la noche, y entonces, los que se han reunido por casualidad, los que sólo pueden hablarse con el rostro cubierto, los que no esperan verse ya lo menos en un año, sienten un hondo vacío en el corazón, como si les faltase la vida, como si se acabase el mundo...

Entretanto, la aurora se abre paso en el horizonte, alumbrando calles y tejados cubiertos de nieve, de escarcha ó de ceniciento lodo.

III.
>EL CARNAVAL EN EL PRADO.

La decoración ha cambiado completamente.

Las damas llevan la cara descubierta. Los hombres más elegantes van vestidos de mujeres y con la cara tapada. Ellas pasean en coche, ó á pié, ó están sentadas en las sillas del Ayuntamiento. Ellos se hallan á un mismo tiempo en todas partes.

Desde la Fuente Castellana hasta la iglesia de Atocha, esto es, en un espacio de media legua, fluye incesantemente un río de carne y trapo. Los más lujosos trajes de nuestras madrileñas sirven de disfraz á los jóvenes más traviesos y distinguidos.

Ha llegado la hora del desquite. Los embromados del teatro Real se cobran con usura de todo el daño que allí recibieron del bello sexo.

El pueblo, por su parte, acude con danzas, estudiantinas y mojigangas. Entonces aparece también la mascarada política, la filosófica, la epigramática en el orden moral. Trajes fantásticos, ingeniosas caricaturas, burlas sangrientas, tipos cómicos, biografías en acción, nada falta en el gran escándalo de esos días.

Uno pronuncia discursos, otro os dirige á voz en grito apóstrofes que os ponen colorado; quién os nombra, quién os señala con el dedo; cuál os adula, cuál otro os manifiesta todo lo que os conviene saber.

Estas máscaras pregoneras, que son las más terribles, suelen ir hasta en coche, ó asaltar el que primero encuentran: á veces van á caballo: hablan con las gentes que ven en los balcones; penetran en algunas casas; acuden á los cafés; paran á los transeuntes; nada perdonan, en fín, de cuanto puede contribuir á su tremenda incontrastable soberanía.

Tal es el Carnaval en Madrid, donde, á consecuencia de nuestras revoluciones y áun de nuestro caracter nacional, la sociedad se compone de un solo vastísimo círculo que incluye todas las clases cultas y en que todos se conocen y tratan.

No: no es el Carnaval entre nosotros la desaforada orgía de otras capitales de Europa, en que millares de individuos que no se han visto nunca, convierten las plazas y los teatros en otras tantas casas de locos: es una innumerable tertulia de personas que se aman, se temen, se odian ó se necesitan, en la cual se ha apagado la luz y andan las gentes á tientas diciendo verdades como puños y relajando en lo posible los vínculos estrechos de las conveniencias sociales.

1859.


MIS RECUERDOS
DE AGRICULTOR.

osible es, y hasta casi seguro, pues cosas más raras se ven todos los días en España, que algunos de los pacíficos labradores á quienes especialísimamente va dedicado este artículo[5], tengan así como una vaga idea de que yo existo en el mundo, por haber llegado á la envidiable soledad de sus casas de campo tal ó cual periódico madrileño ó de provincias en que se me citara, probablemente para censurarme, como teólogo, como poeta, como soldado, como periodista, como diputado á Cortes, ó como cualquiera de las demás cosas que he sido consecutiva y áun simultáneamente, por falta de mérito bastante para ser una sola...

Pero de seguro que ningún campesino ni cortesano me ha oido mentar nunca como agricultor, ni tiene el más leve barrunto de que yo haya pasado años enteros de mi vida labrando la dura tierra, sembrando, regando, escardando, segando, podando, etc., etc.; todo ello con anterioridad á los tiempos actuales, en que he venido á ser un poquito jardinero y otro poquito hortelano en la villa de Valdemoro, de donde hace pocos meses me nombró Patriarca, en letras de molde, mi pícaro y buen amigo Alfredo Escobar, con gran asombro de las personas que todavía me tomaban por un muchacho.

¡Pues sí, mis queridos lectores técnicos del Almanaque agrícola! En los primeros años de mi varia y complicada existencia, yo he sido tan labriego como vosotros: yo he manejado millares de veces la azada, el almocafre, la hoz y otros muchos instrumentos de labranza: yo he confiado el grano de oro del trigo ó el grano de topacio del maiz á la generosa madre Tierra, y la he visto devolverme al poco tiempo el ciento por uno: yo he sepultado el hueso, que es como quien dice el esqueleto, del albaricoque ó de la guinda que me había comido, y luego he visto brotar un verde tallo por el grieteado suelo que cubría aquella fosa, y convertirse el tallo en tronco, y vestirse el tronco de hojas y flores, y trocarse las flores en frutos tan bellos y tan opimos como los del primer año de la Creación: yo he plantado el árido sarmiento que, andando los años, había de ser lujosa parra y darme fresca sombra y apretados racimos: yo he comido pimientos y tomates de las matas que planté y cultivé, y cebollas, y ajos, y calabazas y pepinos sembrados por mí, y... (¿por qué no he de decirlo todo, aunque tenga que acusarme de contrabando?) ¡yo he fumado tabaco de mi cosecha! ¡yo he criado la preciosa planta, la he secado, la he prensado, la he arrollado, y, una vez enjuto el resultante cigarro casero, lo he encendido y me lo he fumado con el mayor gusto, bien que á escondidas..., no de la Real Hacienda, sino de mis Padres (Q. E. P. D.)

Porque habéis de saber que apenas tendría yo nueve años cuando hacía todas estas cosas, es decir, cuando estaba dedicado en cuerpo y alma á la agricultura.—Poco después entré en el Seminario, no en busca de simientes, sino á estudiar latín: la lectura de los Clásicos me aficionó á las Bellas Letras, y ¡adios, mi azada! ¡adios, mi almocafre! ¡adios, mi huerta! ¡adios, mis calabazas!... Ya tenía mayores cuidados: ya tenía que pensar en no recoger cosecha de estas cucurbitáceas cuando llegase Junio con sus exámenes!

¡Mi huerta!—Mi huerta mediría seis varas cuadradas de extensión, y constituía la décima parte de un corral que de nada servía (por haber otros mejor acondicionados para gallinas y demás animales comestibles) en el viejo y destartalado caserón que ya no puedo llamar mi hogar paterno...

Pero explicaré eso que he dicho de décima parte.

Eramos diez hermanos..., como quien no dice nada, y no había local, ni juguetes, ni paciencia, ni oidos que bastasen á resistir nuestros juegos, reyertas y espíritu de destrucción.—Desde los gatos que discurrían por los tejados hasta los conejos que tenían sus madrigueras bajo los cimientos de la casa; desde las mismas tejas y chimeneas del edificio y de los demás de la manzana hasta el agua misteriosa de los profundos pozos, todo sufría el incesante azote de aquellos diez guerreros, cuya edad se escalonaba entre dos y quince años, y cuyo único descanso era el pelear. ¡No se nos tenía por tan malos como los cuatro hijos de un nuestro vecino á quienes todo el barrio llamaba los cuatrocientos; pero, áun así, cabía en lo posible que, de no buscarse mejor empleo á nuestra vertiginosa actividad, acabáramos por destruir la casa en que habíamos nacido y por matar á disgustos á los padres que nos habían engendrado!

En tal aprieto, decidieron sus mercedes regalarnos en propiedad y en usufructo el mencionado corral sobrante, para que lo convirtiéramos en teatro exclusivo de nuestras hazañas, é hiciésemos de él lo que se nos antojase, incluso levantar sus tapias hasta las nubes ó cavar su suelo hasta los antípodas, bien que aconsejándonos prudentemente que nos lo repartiésemos por lotes y que lo cultiváramos hasta convertirlo en una especie de jardín-huerta, cuyos frutos y flores perteneciesen de derecho al dueño de cada pedazo.—Á este fín, nuestros padres nos comprarían los necesarios instrumentos de labor y permitirían á los hortelanos y hortelanas mayores de ocho años sacar agua de los pozos con acetres de poco peso y con las debidas precauciones, dando además á un criado orden de regar la tierra de los minúsculos, quienes también podrían arrendarlas á sus hermanos más crecidos.

Con indecible entusiasmo y frenética alegría fué aceptada tan oportuna idea. Inmediatamente se dividió el corral en diez lotes iguales, dejando en medio una calle para vía pública. Hiciéronse escrituras que sirviesen de título á cada cual. Redactáronse leyes y ordenanzas sobre huertos, riegos, servidumbres, etcétera, y ya en adelante no dimos á nuestros padres más trabajo que el de impedir que echásemos raices en nuestra respectiva pertenencia. Todas las horas que nos dejaban libres escuelas y colegios, las pasábamos con el azadón ó el escardillo en la mano, ó sacando agua del pozo, ó haciendo estanques y acequias, ó construyendo pozos en el paseo que corría entre las dos series de huertecillas, ó pintando verjas en las tapias, con almagra y almazarrón, ó labrando encañados para acotar cada propiedad y defenderla de los gatos, ó cambiando entre nosotros tales ó cuales frutos ó semillas; cuando no convidándonos recíprocamente á comer sobre el terreno, y hasta en la mata, las lechugas, las habas ó los pimientos que habíamos criado.—¡Hubo allí agricultor que recogió más de una libra de algunas cosas!

Dicho se está que las primicias de cada cosecha eran llevadas solemnemente á nuestros padres, quienes las celebraban por todo extremo, dispensándoles la honra de disponer, como si fueran frutos de verdad, que se trasportasen á la cocina, y se sirviesen luego á la mesa, en el frito, cocido ó ensalada correspondiente.—Ni dejó de suceder, sino que ocurrió en varias ocasiones, el que los muy amados de nuestra alma fueren á ayudarnos por las tardes ó los días de fiesta en aquellas infantiles tareas agrícolas, ó sea á jugar con nosotros á labradores y hortelanos, prendados al igual de cada huertecillo, por ser obra y llevar el nombre de un hijo de su corazón...

¡Oh! no quiero seguir... Comencé en broma á hablar de mis juegos de la niñez, y ya no caben las lágrimas en mis ojos...

Pasaron ¡ay! aquellos años... Los hermanos más pequeños fueron heredando las abandonadas huertas de los mayores, según que estos iban casándose, ó yéndose del hogar paterno.—Uno murió, y su propiedad fué toda sembrada de siempre-vivas...—Pronto no quedaron hortelanos ni hortelanas que cultivasen, riendo, aquellas liliputienses fincas, y dos ancianos, ya casi solos, tuvieron que cultivarlas llorando, mientras que sus hijos creaban nuevas familias en otras casas, ó recorrían el mundo cargados con el fardo de tan santas memorias...—Apagóse, en fín, aquel hogar: murieron nuestros padres: secóse aquel jardín; ¡desapareció todo!

Mudáronse después los horizontes de nuestra vida, y, por lo que á mí toca, ví á mi alrededor nuevos seres amados, otros niños, muy parecidos á los que jugaban conmigo en la casa paterna, y que jugaban á los mismos juegos que nosotros...—¡Eran mis hijos, no mis hermanos!—Eran estos pedazos del alma que han de sobrevivirme, como yo he sobrevivido á los honrados cónyuges que me dieron el ser...

Así es que, al pensar en los años de mi infancia, paréceme que ahora vivo en otro mundo; pues de mi historia de niño y de agricultor, ya no me queda más que la dulce tristeza con que recuerdo alegrías tan inocentes, dichas tan puras, placeres tan benditos...

Digo mal: también me queda este amor al campo y este culto á la Naturaleza de que dan testimonio mis pobres obras literarias; amor que profeso asímismo á cuantos viven en íntimo contacto con la Madre Tierra,—depositaria de las cenizas de mis padres, que en plazo no muy remoto lo será también de las mías.

1880.


UN MAESTRO DE ANTAÑO.
(FRAGMENTO DE LAS «MEMORIAS INÉDITAS DEL BACHILLER PADEAYA,» QUE SE PUBLICARÁN ÍNTEGRAS DESPUÉS DE SU MUERTE).