II.

Cuando en el mes de Noviembre próximo se vista de luto el Año para representar el último acto de la tal tragedia; cuando las hojas que aún no han brotado hoy caigan al suelo marchitas...—porque brotarán y caerán según costumbre;—cuando los tísicos y los pámpanos vuelvan á la madre Tierra, dejándonos, aquéllos sus obras, si son artistas, y éstos su vino, sus uvas ó sus pasas..., los estudiantes de medicina que hayan sido aplicados tendrán un año más de carrera, lo cual llenará de orgullo á sus señores padres, que dirán muy sériamente, como si esto no fuese un absurdo: Mi chico no ha perdido el año.—Y, en efecto: su chico sabrá cómo se respira y se digiere, y hasta quizás dónde reside el alma, y las relaciones de ésta con los nervios...; de cuyas resultas padecerá las mismas enfermedades que los demás hombres; habrá ganado un año universitario y perdido otro de vida, y se morirá como esos gladiadores que, al espirar, dicen á su enemigo: «Me ha matado V. en cuarta.»

Mas no seamos tan descorazonados. Puede que el año neófito encierre algo más agradable que lo conocido hasta aquí. ¡Quién sabe si, durante él, variará la forma de los cuellos de camisa ó la situación de Europa; lo cual, al llegar otro San Silvestre, nos consolará de tener una arruga más ó un cabello menos!

¡Esperemos, señores! En un año nuevo pueden suceder muchas cosas nuevas. V. gr.: El año difunto ¡bendito sea él! ha respetado la vida de algunas personas que amamos... (¡Año misericordioso! ¡Ha preferido su propia muerte!—¡Parárase el tiempo, aunque no conociésemos las modas que han de venir, los reyes que han de reinar y los grandes inventos que aún me prometo del hombre, y no correrían peligro de morir nuestros padres, hermanos y novias!) Pero el tiempo no se para; el tiempo vuela. Tenemos año nuevo: preparad los lutos; si no para este año, para el que viene; si no para el otro. ¡Pensad, en fín, que cada 1.º de Enero es una amenaza!—Ahora: si queréis libraros de estos disgustos, podéis moriros de antemano.

¡Salud á 1859! ¡á la nueva incógnita! Pero ¡haga Dios que la historia no lo registre en sus páginas; que la historia es casi siempre una lección inútil, escrita con lágrimas y sangre!

He reparado que los niños se burlan de los viejos.

He reparado también que los ancianos que llegan á ver viejos á sus hijos, los tratan con aquella oficiosa ternura, aquel miedo y aquella consideración que tenemos á las personas que nos deben sus desgracias.

He reparado, por último, que las madres sienten que sus niños se conviertan en hombres hechos y derechos...

¡Salud! ¡salud á 1859!

Será este año tan largo como el 14 del siglo IV, salvo el déficit que cubrió después la Corrección Gregoriana. Y tan perdido quedará en el tiempo el año que empieza hoy, como cualquiera otro que pudiera citar. Y lo veremos después en la moneda, en las portadas de los libros y en las losas de los sepulcros, como á esas amadas de ocho días, cuyo imperio sobre nosotros no comprendemos al cabo de ocho años.

¡Ay! sí... ¡Pero vendrá la Primavera de 1859! La creación empezará á retozar como un potro de seis meses. Los valles y las laderas de los montes abrirán al público sus perfumerías. De Africa y de Oriente llegarán compañías de pájaros á cantar gratis lo que Dios les haya enseñado: se tenderán alfombras de yerba en los campos: doseles de verdura cubrirán los bosques: el sol atizará sus caloríferos, y el ambiente se dilatará tibio y amoroso como un animal acariciado. La Luna y el Sol, que habrán andado cada uno por un Trópico durante seis meses, se encontrarán en el Ecuador y saldrán á pasear del brazo por un mismo punto del Oriente. ¡Entonces se armará la de Dios es Cristo! Desde las hormigas hasta las águilas empezarán á hacer de las suyas: todo será luz, aroma y armonía: todo amor y reproducción. El aire se poblará de aves, de insectos y de átomos bulliciosos. Y todos se dirán: ¿Me quieres?—¡Y ni de noche habrá silencio ni quietud! Las mismas estrellas se requebrarán en lo alto: sólo que, como más sublimes, se dirán: ¡te adoro!—A todo esto los ríos se desperezarán contra las guijas de su lecho, dando estirones para llegar pronto á la mar salada, coquetona que los acoje á todos en su seno y les chupa su caudal, que gasta luego en vistosas papalinas de nubes y anchos peinadores de niebla.

Tal será la Primavera de 1859.

Pues bien: en esos días tentadores, persuadidos por esas músicas, embriagados con esos aromas, desvanecidos en ese aire voluptuoso, los adolescentes que no han amado todavía sentirán escaparse de su corazón la primera bocanada de fuego; notarán que serpea por sus venas una sangre más activa; verán en el aire luces de colores, y llorarán sin saber por qué.—¡Amarán entonces por vez primera!—¡Año dichoso para ellos! ¡Año inolvidable! ¡Año verdaderamente nuevo! ¡nuevo para ellos solos!... Ya me parece que les oigo decir estas dos palabras infinitas, que brotan de nuestra alma en los mementos solemnes: «¡Siempre!» «¡nunca!».

«¡Siempre» y «nunca» hemos dicho todos! «¡Siempre» y «nunca» nos han dicho también!—Pero luego llega el año-nuevo, y después el otro año..., ¡y acaba uno por extremecerse al pensar que hay años-nuevos!

Así va siguiendo el argumento de la tragedia.—Yo lo tengo al dedillo, y en verdad que no me alegro mucho.

Pero, en fín, por conocida que sea la función, por triste que sea oirla de nuevo, sabiendo en qué ha de venir á parar, siempre habrá un consuelo para nuestro corazón y una moraleja para este artículo.

Son del tenor siguiente: