IV.

Clasificados ya por géneros los diferentes artículos que esta obra contiene, preciso se hace que justifiquemos nuestras alabanzas, ocupándonos de la importancia del escritor y sometiendo al análisis el conjunto de sus inspiraciones para deducir el caracter general que en ellos se revela, la resultante, por decirlo así, que producen fuerzas á tan opuestos fines dirigidas, y encontrar la unidad literaria y progresiva que dé justo título al Sr. Alarcon para figurar entre nuestros primeros escritores.

Así como el término de todos nuestros juicios son ideas absolutas, así todas nuestras acciones, por diversas y complejas que hayan sido, deben contener un fín único, invariable; y si tal cosa no se ha realizado, puede decirse del individuo que no ha vivido ó que ha derrochado su vida y dejado evaporar su espíritu entre la duda y la impotencia. Las ideas sin forma son delirios: las formas sin ideas son mecanismos del instinto animal. Arte, sin independencia, sin libertad, sin progreso, es cadaver embalsamado, marioneta, cuyos movimientos compasados y rígidos dejan traslucir lo inerte de la materia. Cuando toda la idea que del arte se tiene es prestar culto ciego á una forma antigua, el arte muere entre el ridículo de sus propias hechuras; porque lo plástico, lo material no es más que el ropaje y atavío exterior de la idea, y mal puede ésta, nueva, variable y progresiva, contenerse y adaptarse á moldes únicos y constantes. Pero así como en el progreso del cuerpo humano se llega á la pubertad, conservando todo lo integrante del niño, así en las nuevas formas que la idea se busca para manifestarse clara y artísticamente no hay que renegar de lo ya conquistado y poseido. Progresar no es destruir, sino continuar la perfección de una forma y de una idea anteriores, y esta noción tan clara y sencilla es la desesperación de los soberbios y la dificilfacilidad que sorprende á todas las multitudes.

La prosa española, á cuya formación contribuyeron afluentes tan ricos, fué poco á poco mostrándose con un carácter peculiar y propio; pero, detenida en mitad de su progreso por causas extrañas, tuvo que dedicarse á asuntos esencialmente casuísticos ó ascéticos, ó á la representación exacta de lo material y de costumbres rebajadas y groseras. Mientras tanto, la Europa continuaba su marcha, y España, que había estado á su cabeza, fué poco á poco quedándose más distante en el camino del progreso. Costumbres más francas, atrevimientos felices, asociaciones más cultas, investigaciones más profundas, especulaciones menos temerosas de la Inquisición ó del despotismo, osadías científicas, iban depositando en lenguas extrañas palabras y giros que no se implantaban al mismo tiempo en nuestro idioma. Este se hizo extravagante, después vulgar, luego rígido y severo con los preceptistas, ó libre y desenfrenado con la licencia, pero nunca natural, como el de Cervantes, ni conciso y claro como el de Melo y fray Luís de Granada, con el natural progreso de tiempos é ideas modernas y distintas.

Tras de Moratín vino Larra, cuya educación en el extranjero, su estudio de nuestros escritores y su genio propio marcaron en inmortales obras un nuevo progreso para el habla de Cervantes, en que por primera vez se pensaba libremente y se expresaba el resultado del pensar bajo la garantía del derecho del hombre.

La prensa periódica, al mismo tiempo que con la grosería del obrero señalaba por medio de giros extraños la falta de costumbre en el lenguaje para decir ciertas cosas, indicaba, sin embargo, al hablista culto una necesidad que era preciso satisfacer, dentro del caracter genérico y tradicional del idioma, y sometida la lengua á esta revolución diaria, si se corrompía por un lado con el uso de extraños giros, ganaba por otro con el culto que se rendía á la verdad y á lo gráfico de la expresión, sacrificando, si se quiere, tradicionales fórmulas y conceptuosas y pueriles sentencias, perífrasis y regímenes que están reñidos con la ideología universal.

Además, sería en muchos casos difícil, si no imposible, decir cuándo, entre idiomas del mismo origen etimológico y gramatical, es extraña en el uno la irrupcion del otro, ó cuándo se verificó esta, habiendo estado recíprocamente sometidos entre sí á influencias poderosas.

Palabras y giros hay en francés y en italiano que son españolicismos en dichos idiomas, al paso que arcaismos en el nuestro, y lo mismo puede decirse en contrario sentido.

Así como las personas se diferencian, no por las partes de que están compuestas, sino por la fisonomía general, así, á mi modo de ver, los idiomas congénitos se distinguen por su sintaxis y su prosodia, más que por su etimología. Conste, pues, que es arriesgado tildar de galicismo el uso de una palabra, que por no existir ó por haber caido en desuso, deja de representar una idea de necesaria emisión, al referir un concepto.

Con lo expuesto basta para deducir que, así como España necesitaba unirse por su política y por sus costumbres al ideal de la civilización de que había estado separada, hacía falta al idioma esa libertad de acción, esa moralidad, esa honradez con que la forma debe servir á la idea, no como esclava sumisa ni como señora imperante, sino como hermana dulce y bondadosa compañera.

A poco que se examinen los escritos de Alarcon, vése en ellos una genialidad propia, una felicidad de expresión, una tan natural y suave manera de ir sirviendo con el lenguaje á las ideas más espirituales ó á las transiciones más bruscas, que, aparte de lo que se dice en ellos, sus artículos vivirán siempre como una nueva eminencia que señala moderno adelanto en el idioma. No conocemos escritor compatriota que disponga de una forma más ductil y exacta para expresar de pronto y con rapidez pensamientos más distintos. Si la pereza del trabajo material no se apoderase de nuestra mano, citaríamos en montón trozos de riquísima prosa, en que con la rapidez del relámpago pasa una idea brillante, una observación cáustica, un gemido seco, una alegría infantil, sobre el tranquilo reposo de un periodo, ajeno á tales sensaciones por el objeto que describe ó el sentimiento que analiza.

Son, pues, estos trabajos, no sólo museo exquisito de cosas que fueron, sino expresión exacta del modo mejor de escribir, más artístico y más en consonancia con su tiempo y con la prosa castellana en mitad del siglo XIX: si defectos tienen son los de su época, como sus bellezas y sus giros. Habrá escritores más correctos que Alarcon, pero no más contemporaneos; que, si mérito tiene hoy quien esculpa una estatua de Júpiter Olímpico, no le vá en zaga el escultor que logre representar fielmente la grandeza de un Washington, de un Nelson ó de un Cavour.

Si se me tacha de exagerado, responderé con Chanford: «Acúsaseme de alabar á mis amigos; ¡como si antes de ser amigos mios no se hubieran conquistado mi amistad con esas mismas cualidades que en ellos alabo, y que no conocía!»

Lo que sí puedo asegurar, sin temor á que la experiencia me haga arrepentirme, es que el lector puede abrir este libro por cualquiera de sus páginas, sin miedo á hallar una vulgaridad de pensamiento ó una grosería de estilo.

Al frente de la obra del Sr. Alarcon podría estamparse el siguiente verso de Horacio, tan de común aplicación en la época presente

¡Odi profanum vulgus et arceo!

si en ella no figurase, á guisa de protuberancia escrita, este baladí prólogo mío.

Ramon Rodriguez Correa.

1871.


ADVERTENCIA
DE LOS EDITORES.

ON este mismo título de Cosas que fueron publicó el Sr. Alarcon hace once años una Colección de artículos literarios, hoy agotada, en la cual estaban revueltos y confundidos los cuadros de costumbres, los folletines de crítica y las relaciones de viajes, componiendo todo ello un tomo, por demás complicado y heterogéneo.

Posteriormente, el Autor ha ido escribiendo, y publicando acá y acullá, otros muchos artículos de cada clase, que, unidos á los anteriores, dan hoy materia para tres tomos y que nos permiten clasificarlos por géneros y darlos á luz como tres obras distintas.

La que ahora ofrecemos al público contiene todos los artículos de costumbres, y á ella es á la que de derecho corresponde llevar el título de Cosas que fueron, tan discretamente analizado por el Sr. Rodriguez Correa en el Prólogo de la edición primitiva.—A cambio de los trabajos que han pasado á otros tomos, figuran aquí tres nuevos, que son: El Carnaval de Madrid, Mis recuerdos de agricultor y Un Maestro de antaño, coleccionados hoy por primera vez.

Con la denominación de Juicios literarios y artísticos publicaremos en seguida los artículos críticos é históricos del Sr. Alarcon, referentes á Letras y Artes, así como su Discurso de entrada en la Real Academia Española y algunos otros escritos de estos últimos años.

Y, bajo el nombre de Viajes por España, daremos después á luz un tercer tomo, que contendrá, además de los relatos de viajes que figuraron en la primera edición de Cosas que fueron, otros nuevos, como la Visita al Monasterio de Yuste, De Madrid á Murcia y Cartagena (inédito), Dos días en Salamanca, De cómo yo he estado en Cuenca, etc.

Compondrán, pues, estas tres obras, aunque sueltas é independientes entre sí, una especie de conjunto de los trabajos del Sr. Alarcon, como articulista ó folletinista, papel que desempeñó muy asíduamente en nuestra literatura desde 1854 á 1860.


LA NOCHE-BUENA
DEL POETA.

«En un rincon hermoso
de Andalucía
hay un valle risueño...
¡Dios lo bendiga!
Que en ese valle
tengo amigos, amores,
hermanos, padres.»

(De El Látigo.)