IX.
No sé cómo he venido á parar á este café, donde oigo sonar las doce de la noche, la hora del Nacimiento!
Aquí, solo, aunque bulle á mi alrededor mucha gente, he dado en analizar la vida que llevo desde que abandoné mi casa paterna, y me ha horrorizado por primera vez esta penosa lucha del poeta en Madrid; lucha en que sacrifica á una vana ambición tanta paz, tantos afectos.
Y he visto á los vates del siglo XIX convertidos en gacetilleros, á la Musa con las tijeras en la mano despedazando sueltos, á los que en otros siglos hubieran cantado la epopeya de la patria, zurcir hoy artículos de fondo para rehabilitar un partido y ganar cincuenta duros mensuales!...
¡Pobres hijos de Dios! ¡Pobres poetas!
Dice Antonio Trueba (á quien dedico este artículo):
Hallo tantas espinas
en mi jornada,
que el corazón me duele,
me duele el alma!...
¡He aquí mi Noche-buena, del presente, mi Noche-buena de hoy!
Luego he tornado otra vez la vista á las Noches-buenas de mi pasado, y, atravesando la distancia con el pensamiento, he visto á mi familia, que en esta hora patética me echará de menos; á mi madre, extremeciéndose cada vez que gime el viento en el cañón de la chimenea, como si aquel gemido pudiese ser el último de mi vida; á unos diciendo: «¡tal año estaba aquí!»; á otros: «¿dónde estará ahora?...»
¡Ay! ¡no puedo más! ¡Yo os saludo á todos con el alma, queridos míos! Sí: yo soy un ingrato, un ambicioso, un mal hermano, un mal hijo... Pero ¡ay otra vez y ay cien mil veces! yo siento en mí una fuerza sobrenatural que me lleva hacia adelante y que me dice: «¡tú serás!» ¡Voz de maldición que estoy oyendo desde que yacía en la cuna!!
¿Y qué he de ser yo, desdichado? ¿Qué he de ser?
Y nosotros nos iremos,
y no volveremos más.
¡Ah! yo no quiero irme: yo quiero volver: inmolo demasiado en la contienda para no salir victorioso: triunfaré en la vida y triunfaré de la muerte... ¿No ha de tener recompensa esta infinita angustia de mi alma?
Es muy tarde.
La copla de la difunta sigue revoloteando sobre mi cabeza.
La Noche-buena se viene...
¡Ah! ¡sí! ¡Vendrán otras Noches-buenas!—me he dicho, reparando en mis pocos años.
Y he pensado en las Noches-buenas de mi porvenir.
Y he empezado á formar castillos en el aire.
Y me he visto en el seno de una familia venidera, en el segundo crepúsculo de la vida, cuando ya son frutos las flores del amor.
Ya se había calmado esta tempestad de amor y lágrimas en que zozobro, y mi cabeza reposaba tranquila en el regazo de la paciencia, ceñida con las flores melancólicas de los últimos y verdaderos amores.
¡Yo era ya un esposo, un padre, el jefe de una casa, de una familia!
El fuego de un hogar desconocido ha brillado á lo lejos, y á su vacilante luz he visto á unos seres extraños que me han hecho palpitar de orgullo.
¡Eran mis hijos!...
Y he cerrado los ojos para seguir viendo aquella claridad rojiza, aquella profética aparición, aquellos seres que no han nacido...
La tumba estaba ya muy próxima... Mis cabellos blanqueaban...
Pero ¿qué importaba ya? ¿No dejaba la mitad de mi alma en la madre de mis hijos? ¿No dejaba la mitad de mi vida en aquellos hijos de mi amor?
¡Ay! en vano quise reconocer á la esposa que compartía allí conmigo el anochecer de la existencia...
La futura compañera que Dios me tenga destinada, esa desconocida de mi porvenir, me volvía la espalda en aquel momento...
¡No: no la veía!... Quise buscar un reflejo de sus facciones en el rostro de nuestros hijos, y el hogar empezó á apagarse.
Y cuando se apagó completamente, yo seguía viéndolo...
¡Era que sentía su calor dentro de mi alma!
Entonces murmuré por última vez:
La Noche-buena se va...
Y me quedé dormido..., quizá muerto.
Cuando desperté, se había ido ya la Noche-buena.
Era el primer día de Pascua.
1855.